Todo Estará Bien.
Una reunión de chicas a veces implicaba que habría algún niño correteando por el jardín, era algo normal cuando una llegaba a cierta edad y se casaban ella y la mayoría de sus amigas, pero cuando la miraron llegar, precisamente a ella, acompañada de un pequeño de no más de cinco años abrazado a sus piernas, ocultándose de manera tímida del resto, lo único que fue capaz de pensar era que aquello se trataba de una broma de mal gusto.
— ¿Es en serio? —inquirió Nami en cuanto la mujer terminó de dar aquella increíble explicación.
— Sí.
La chica de cabello celeste se mordió las uñas sin saber que decir. Robin había vuelto de una excavación hacia un par de días y había regresado acompañada por un pequeño niño, el hijo del difunto curandero del pequeño pueblo aborigen donde estuvo quedándose en Egipto. No tuvo corazón para dejarlo ahí, pues era rechazado por el pueblo debido a su cabello rojizo y sus ojos azules.
— Te divorciaste de Franky porque no querías hijos —enfatizó la pelinaranja. No estaba tratando de ser hiriente, simplemente estaba completamente desconcertada. Robin siempre había sido muy clara al decir que tener hijos era algo que no quería en su vida, pues su trabajo era demasiado demandante como para ocuparse de ellos.
— Lo sé —reconoció la morena, con pesar. Estaba perfectamente consciente de que aquello parecía una ironía del destino, pero cuando Hiruluk murió intentando ayudar al pueblo que lo trataba como un apestado, simplemente no fue capaz de permitir que el pequeño se quedara ahí, solo.
— Entonces explícame qué demonios está pasando, porque no entiendo nada —la mujer había comenzado a elevar la voz paulatinamente, sin darse cuenta, atrayendo la atención de la hija mayor de Kaya y el pequeño niño de sombrero de copa rojo, quienes jugaban en el jardín.
Vivi se levantó y la sujetó de los hombros—. Nami, cálmate —le pidió en voz baja.
— ¡No me pidas que me calme! —Se sacudió a su amiga con brusquedad, perdiendo un poco el control—. ¿Tienen una idea de cómo va a sentirse él cuando se entere?
La arqueóloga suspiró—. He pensado mucho en eso —admitió.
— ¡Pues no creo que lo pensaras lo suficiente!
El pequeño bebé, de dos meses, de Kaya comenzó a llorar a causa del escándalo general—. Nami —la llamó con voz suplicante mientras comenzaba a mecer a su pequeño, pero en lugar de calmarse empezó a llorar con más fuerza, tensando aún más el ambiente.
Robin se levantó de manera digna—. Entiendo que como su amiga te preocupes por él —razonó con voz suave, pero semblante firme—, sin embargo, lo que pasó, pasa o pasará entre él y yo no es de tu competencia.
— ¿Te molesta qué te digan la verdad?
— No. Lo que me molesta es que te comportes cómo si tú fueras la ofendida.
Se vieron la una a la otra de manera intensa, hasta que la más joven no aguantó más. Tomó su bolso de la mesa de centro y se dio la vuelta—. Me voy.
— Pero, Nami... —Vivi quería detenerla, pero no tenía la menor idea de que era lo que debía decir.
— Lo siento —se excusó mientras sujetaba el pomo de la puerta—, pero no me pidan soportar esta charada. No puedo —dicho aquello salió sin decir más.
La arqueóloga suspiró y se dejó caer en su asiento. Cuando decidió adoptar a aquel pequeño nunca pensó que las cosas fueran a ponerse así. Estaba lista para un mal encuentro con Franky, pero...
—El almuerzo está listo —el mayordomo de la rubia interrumpió, rompiendo un poco la tensión que Nami había dejado al irse.
Luego de meter el pequeño auto compacto, que Sanji le había regalado en su último cumpleaños, a la cochera, subió a su departamento, el cual estaba encima del restaurante que había abierto junto a su marido. Se quitó los zapatos y tiró su bolso sobre una mesita que tenía en la entrada. Tras haber conducido de regreso a casa se dio cuenta que su comportamiento había sido excesivo y un poco ridículo, después de todo ella no tenía derecho de meterse en sus vidas o recriminarles sus decisiones.
Cuando ella había escapado con Sanji luego del accidente de auto, en el que muriera el hermano mayor de Luffy, nadie le había recriminado aquello, ni siquiera su madre. Cuando había vuelto a casa luego de su boda, Bellemere simplemente la había abrazado con mucha fuerza, igual que cuando era pequeña, y le había dicho entre lágrimas: "—Si alguna vez te hace llorar, llámame para patearle el trasero." A pesar del tiempo que había pasado, sabía que sus padres seguían sintiéndose culpables, aunque ella no los culpara.
Había sido muy dura con Robin, hiriente. Ella conocía la historia de la arqueóloga y entendía porque decidió no tener hijos. Sabía que la soledad de su infancia aun le dolía. Ella entendía lo difícil que era vivir con una sombra del pasado, y sus amigos no tenían ni la menor idea de muchas de las cosas que había tenido que enfrentar, y que aun la atormentaban algunas noches.
Lo recordaba, quizás, como una pesadilla distante, pero con la suficiente claridad como para saber que era algo que realmente había pasado.
Tenía cinco años cuando ella y su familia habían ido de campamento al lago. Vivian al sur del país en un pequeño pueblo rural donde su padre y madre tenían una plantación de naranjas. Todos en el pueblo se conocían entre sí, cuidaban de todos. Eran un lugar muy bonito, muy acogedor... a veces aun lo extrañaba y la culpa por haber tenido que dejarlo la atormentaba.
— ¡Espérame!
— ¡Debes correr más rápido si quieres alcanzarme!
Ella y Nojiko estaban corriendo por la plantación mientras sus padres organizaban a los recolectores. Era época de cosecha y había muchos extraños en la zona, pero siendo aquello tan común y corriente en aquel lugar, a nadie le preocupo que algo pudiera suceder.
Nojiko era mayor que ella por dos años, así que era más rápida, y en poco tiempo la perdió de vista entre los arboles—. ¡Nojiko! —Comenzó a llamarla cuando se sintió asustada de encontrarse sola—. ¿¡Dónde estas!? —Pero sólo alcanzaba a escuchar el eco de su risa a lo lejos—. ¡Hermana, tengo miedo! —sus ojos habían comenzado a aguarse y los sollozos empezaban a escapársele de la garganta. Talló sus ojos varias veces mientras continuaba llamando a su hermana y andaba por entre los árboles sin ninguna noción de la dirección.
— ¿Estas perdida?
Una desconcertante y extraña voz masculina la hizo parar de llorar. Un hombre la miraba fijamente del otro lado de la valla que delimitaba el terreno de sus padres. Nunca antes lo había visto y su voz era grave e intimidante. Su primer impulso fue echarse a correr en dirección contraria a ese hombre, pero era pequeña, estaba asustada y era el primer adulto que miraba en horas, así que simplemente asintió con la cabeza mientras sorbía su nariz.
— Parece que tu hermana es muy desconsiderada.
La pequeña dio un paso atrás mientras negaba con la cabeza—. Sólo le gustaba molestarme.
— Mira que dejarte sola cuando está atardeciendo —el hombre continuó hablando como si ella no hubiera dicho nada. Ella miró el cielo y se dio cuenta que el sol estaba a punto de desaparecer—. Eso es muy desconsiderado.
La niña comenzó a hiperventilar mientras intentaba contener el llanto. Aquel hombre cruzó la valla y caminó hasta ella... probablemente debió echarse a correr, más sin embargo se quedó plantada en su lugar, muerta de miedo—. Si quieres te ayudo a buscarla.
— No lo conozco... —susurró con un hilo de voz.
El hombre le sonrió de una manera que, aun al recordarlo, le causaba escalofríos—. Mi nombre es Arlong —se presentó, extendiéndole la mano—, tú eres Nami, y tu hermana es Nojiko.
Ella miró aquella mano callosa y llena de cicatrices con recelo, pero el hombre parecía conocerlas y en el pueblo todos los adultos eran amigos y se ayudaban entre sí...
Tomó aquella mano, creyendo que debía confiar en él porque era un adulto, ignorando a su instinto que le gritaba que huyera muy lejos de ahí... pero que podía entender ella en realidad, tenía sólo cinco años y estaba asustada.
— ¡Reina de mi castillo! —Anunció con voz cantarina—, ¡estoy en casa!
Eran las dos de la mañana cuando el rubio finalmente pudo subir a su departamento tras cerrar el restaurante. Aquella había sido una noche tranquila, así que había terminado sus labores más temprano que de costumbre. Estaba feliz y su tono de voz era una muestra inequívoca de ello.
Una o dos veces al mes Nami tenía una "reunión de chicas" con sus amigas y volvía, generalmente, una o dos horas antes del amanecer. Normalmente se pasaba un poco de copas y el mayordomo de Kaya o Vivi era quien terminaba regresándola a casa, acompañada de Robin, quien siempre iba "un poco más lejos". Era sorprendente que una mujer tan maternal cómo lo era la arqueóloga realmente no deseara tener hijos...
Aquella noche al caminar hacia la entrada de su departamento vio el coche de su esposa aparcado en lo cochera, cosa que sin duda le extraño, pero al mismo tiempo le agradaba tenerla de vuelta temprano. Sin importar que la arqueóloga siempre cuidara de ella, no lograba evitar preocuparse.
La amaba demasiado.
Todavía recordaba la primera vez que la vio como si hubiese sido ayer...
Estaba en tercero de secundaria y la escuela había organizado un torneo interno de soccer. La mayoría de los mejores jugadores estaban en su grupo, incluido su amigo y rival Roronoa Zoro. Era la estrella del equipo de la escuela, y por lo tanto uno de los chicos más populares entre las mujeres, sin embargo era un bruto desconsiderado, así que pese a que eran amigos y compañeros de clase (y equipo) la mayor parte del tiempo estaban peleando.
El partido iba a comenzar y había tenido un altercado con él por empujar a un grupo de sus admiradoras para poder entrar en la cancha, sin importarle que una de ellas cayera al suelo. La final era, sorpresivamente, contra un grupo de primer año. El equipo estaba demasiado confiado, pese a que Ace les dijo que su hermano menor estaba en dicho equipo y que era muy talentoso.
Cuando el juego comenzó él y Zoro estaban demasiado ocupados discutiendo entre sí como para prestarle atención al partido, al menos hasta que el pequeño hermano de su narcoleptico amigo había anotado el primer gol.
El peliverde fue a despertar a su inconsciente portero de un golpe en la cabeza mientras él observaba al grupo de novatos celebrar junto a sus porristas.
Esa fue la primera vez que la vio.
Ella era perfecta, con su cabello atado en dos coletas y su enorme e hipnotizante sonrisa. Sin darse cuenta caminó hasta aquel grupo, se abrió paso entre la gente y se inclinó galantemente delante de ella—. De todas las flores en este jardín, tú eres la más hermosa de ellas —no le importó que lo escucharan todos o que algunos seguramente intentarían burlarse de él luego, simplemente no fue capaz de evitar halagar a una mujer tan majestuosa como ella.
— ¿Acaso eres tonto?
Esa fue la primera vez que lo rechazó, haciendo que se le estrujara el corazón, pero él no sabía rendirse, y cada rechazó lo animaba más a continuar intentándolo, especialmente cuando veía como sus hermosas mejillas se sonrosaban.
Para él, aquello fue amor a primera vista.
— Querida... —la volvió a llamar, pero no hubo respuesta.
Aquello no le gustaba en lo absoluto.
Su esposa era una mujer fuerte y llena de energía, pero de cuando en cuando entraba en crisis y se ponía fatal, y cuando eso pasaba era muy duro y pesado sacarla de aquel estado. Él mejor que nadie sabía aquello, pues él, mejor que nadie conocía todo su pasado.
La casa estaba completamente oscura y en total silencio.
Caminó con sigilo hasta su habitación, cuya puerta se encontraba entre abierta y una tenue luz se colaba al exterior. Lentamente empujó la puerta y dio un paso al interior, pero un crujido bajo sus pies lo detuvo. Miró el suelo cubierto de vidrios y todo su sigilo desapareció. Empujó la puerta con fuerza y encendió la luz a toda velocidad—. ¡Nami, estás bien!
—¡Maldita sea, Sanji! —La mujer se cubrió el rostro con las manos—. ¡Apaga la luz!
El cocinero suspiró aliviado y sonrió. Su esposa se encontraba recostada en la cama—. ¿Qué pasó? —Cuestionó, refiriéndose a los pedazos de cristal en el suelo.
—Tiré el florero al arrojar mi bolso —el bolso también estaba en el suelo.
Sanji lo recogió—. ¿Tuviste un mal día?
—Robin adoptó un niño —el rubio abrió muy grandes sus ojos, a causa de la sorpresa, pero no dijo nada—. Durante su última excavación un curandero murió, y ella adoptó a su hijo —suspiró. Su rostro aún estaba cubierto por su antebrazo. Sanji se sentó en la orilla de la cama y le acarició la cabeza, pero continuó en silencio —. Le grité —explicó—, y le dije cosas que no me correspondían.
El rubio encendió un cigarrillo mientras reflexionaba lo que debía decir en aquella situación. Desde que habían conocido a la morena, ella siempre había dejado claro que no quería tener hijos, que era lo último que pasaba por su mente, incluso su matrimonio se terminó debido a que su esposo y ella diferían en aquel importante punto sobre su vida. Exhaló el humo hacia el techo mientras contemplaba las decoraciones de su casa—. Es su vida —dijo con simpleza.
—Lo sé —suspiró su mujer al tiempo que se sentaba en la cama con las piernas en flor de loto—, por eso me siento tan mal —explicó con pesar—. Fui muy idiota.
Sanji apagó el cigarro en las suelas de sus zapatos y se sentó tras ella para poder abrazarla—. Todo estará bien —le susurró al oído con dulzura.
Nami abrazó los brazos que la rodeaban y se dejó envolver por toda la dulzura y el amor que le profesaba aquel hombre. ¡Lo amaba tanto!
Luego de lo que pasó en su pueblo natal, su familia se mudó a la capital, dónde su madre abrió un buro de detectives privados. Las sesiones con la terapeuta fueron de ayuda, al menos le hicieron ver que los sucesos ocurridos aquel día no eran su culpa, y gracias a la maravillosa figura paterna que era su padre también logró comprender que no todos los hombres eran iguales, que había quienes eran buenos... pero no quería ninguno en su vida.
Mientras fue creciendo se volvió más y más desconfiada, pues todos los chicos que intentaban ser sus amigos al final terminaban declarándole sus sentimientos, y aquello era decepcionante, pues le hacía sentir que todos buscaban la misma cosa.
En algún momento sintió que el mundo era una gran mierda y que no tenía caso confiar en ninguno de ellos, hasta que conoció a Luffy. Recordar aquel día siempre la hacía sonreír mucho.
Tenía once años cuando recibieron los resultados de los primeros exámenes. Ella fue quien obtuvo el mejor promedio, y un problemático "chico mono" había obtenido el peor. Normalmente no se hablaban nada, pero aquel día el chico de cabello negro no paraba de seguirla a todos lados como si fuera un perrito perdido.
Cansada de aquello y deseosa de volver a casa sin que aquel chico la siguiera, finalmente decidió dejar de ignorarlo y dignarse a dirigirle la palabra—. ¿Qué es lo que quieres? —preguntó de manera brusca tras detenerse en las escalera, con él detrás. El chico se echó a reír con ganas, como si acabase de decir un chiste y una vena se saltó en su frente—. ¿¡Se puede saber qué es tan gracioso!?
Él se echó las manos a la nuca, sin dejar de reír—. Pensé que eras sorda —anunció entre carcajadas.
—¡Sólo quería que me dejaras en paz!
El chico se sacó un moco y lo comenzó a jugar, con esté, entre sus dedos—. Debiste decirlo.
Nami exhaló con fuerza, para tratar de recuperar la calma—. Bien. Deja de...
—Ayúdame a estudiar —la interrumpió—. Eres muy lista, y necesito que me ayuden para poder cumplir mi sueño.
A ella le enfado bastante que no la dejara hablar, así que se dio la vuelta y continuó su caminó escaleras abajo—. Tonto.
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Quizás una persona normal habría buscado ayuda con alguien más, pero Luffy no entendía cuando alguien le decía que no, así que insistió por varias semanas, tanto que ella terminó cediendo, esperando que pronto la dejara en paz.
—De acuerdo, te ayudaré, pero con una condición.
—¡La que sea!
—No te enamores de mí.
Luffy rió a carcajadas—. Eso no será ningún problema —y antes de que ella se enfadara o se sintiera ofendida, añadió—, tú eres mi amiga.
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Pronto descubrió que el sueño de Luffy era ser jugador de soccer y que su padre lo apoyaría siempre y cuando también hiciera una carrera. Luego conoció a Usopp, un chico que jugaba soccer con Luffy y quien se unió a las asesorías para poder entrar a la secundaria donde iba a estudiar la chica que le gustaba.
De alguna manera se volvieron inseparables, así que también conoció al estudiante de grado superior, Zoro Roronoa, quien ayudaba a Luffy con sus prácticas de soccer algunas veces.
Sorprendentemente los tres aprobaron su examen de admisión, y entraron juntos a la secundaria, donde conocieron a Vivi Nefertiri, quien se convirtió en su mejor amiga. También conoció a Sanji, quien iba en el mismo grado que Zoro y también jugaba soccer ocasionalmente. Al principio pensó que era un verdadero fastidio, pero al menos agradecía que desde un principio hubiera anunciado sus verdaderas intenciones y no tratara de "ser su amigo" falsamente.
Con el tiempo las declaraciones de amor de Sanji se volvieron tan rutinarias como sus rechazos y el chico de cabello dorado se volvió parte del grupo.
Sin darse cuenta sus miedos e inseguridades se fueron quedando en parte atrás, pues sin darse cuenta se había rodeado de hombres buenos en los que podía depositar su total y absoluta confianza.
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Con el tiempo no fue difícil darse cuenta que Luffy sentía algo especial por Vivi, y viceversa, pero uno era demasiado despistado y la otra demasiado tímida. Se divertía bastante haciéndolos quedar juntos sin que ellos se dieran cuenta.
Durante su segundo año de preparatoria el padre de Luffy le había dado un ultimátum con respecto a sus notas y había contratado una tutora para que le ayudara con sus estudios, así que en aquella época habían pensado que ya no lo verían tan seguido, sin embargo él se encargó de que, Robin (su tutora), en lugar de separar al grupo se volviera parte de ellos. De alguna forma siempre conseguía que las personas se unieran.
Una tarde los llamó para decirles que haría una fiesta en honor a Vivi porque lo había animado mucho aquella tarde y quería compensarla, pero cuando la llamó para preguntarle a qué hora iría a la fiesta para irse juntas, la peliazul le explicó que no iría porque Luffy no la había llamado para invitarla—. No tiene que invitarte, es algo explicito —le dijo para convencerla, mientras estaba completamente furiosa con el cabeza hueca de su amigo—. A mí tampoco me invitó directamente —mintió—. De hecho ni siquiera sé a quién le dijo que haría una fiesta hoy, pero todos iremos a su casa.
La chica al otro lado del teléfono, dudó—. Ya es muy tarde y ni siquiera he comenzado a prepárame...
—Tienes que ir —sentenció la pelinaranja—. Sanji estará ahí y no puedes dejarme sola con él. Sabes lo pesado que se pone.
Vivi suspiró—. Está bien, pero llegaré un poco tarde.
Hablaron otro poco antes de despedirse y se sintió un poco culpable de haber usado al rubio como excusa porque ya no le molestaba en lo absoluto su presencia, incluso comenzaba a pensar que era divertido, pero aquello había sido necesario para que ese par pasara tiempo junto.
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Aquella noche salió al jardín de la casa de Luffy, acompañada por el rubio. Se sentó en una jardinera y observó el hermoso cielo estrellado—. Es una noche muy hermosa.
—No tanto como tú –él estaba detrás de ella al menos un metro, de pie.
Suspiró fastidiada y giró los ojos—. Puedes dejar de ser un tonto por una noche.
—Lamento que mis sentimientos te ofendan, pero no puedo mentirte.
—No me ofenden tus sentimientos, Sanji —suspiró de nuevo, pero con más calma—, sólo creo que en cuanto obtengas lo que quieres desaparecerás.
El chico la sujeto de los hombros y la hizo girarse a mirarlo. Le sujeto el mentón con suavidad y dijo con dulzura—. Lo que quiero es a ti.
Las mejillas de Nami se sonrojaron furiosamente y cuando el joven se inclinó lentamente hacia ella para besarla le dio un fuerte golpe en la cara que lo tiró al suelo—. ¿Acaso eres tonto?
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El siguiente año fue una turbulencia de confusiones para ella. Las palabras dulces del rubio y sus atenciones la desconcertaban cada día más. Quería alejarse de él, pero no quería perderlo.
En algún punto comenzó a sentirse tan repugnante por las cosas que sentía, por los deseos de ser abrazada, por los besos que comenzaba a anhelar... cada día quería estar más cerca de él, pero inevitablemente se alejaba más y más. Terribles recuerdos que creía olvidados comenzaron a asecharla y la culpa comenzó a consumirla convirtiendo dulces sueños en terribles pesadillas.
Aun le costaba trabajo pensar como había logrado terminar la preparatoria cuando su cabeza era un desastre.
Sus notas bajaron al menos la mitad y la decepción en la mirada de su madre la devasto, por primera vez en su vida sintió que no era lo que ella esperaba.
Aquellos días estaba tan deprimida que cuando Sanji y Luffy la invitaron a un concierto aceptó para poder distraerse un rato y dejar de pensar en todo lo que la atormentaba. Convenció a Vivi de ir porque en esa ocasión de verdad necesitaba que se quedara con ella para mantener a Sanji alejado, pero su amiga estaba tan embelesada con Luffy que ni siquiera le había prestado atención.
Por primera vez en mucho tiempo volvió a sentirse sola y desamparada.
Se aferró con fuerza a su esposo y exhaló para disipar las ganas que tenía de llorar. No le gustaba llorar—. ¿Acaso eres tonto? —dijo con voz suave.
El rubio le beso los hombros—. Te amo —respondió, aferrándola más.
—Idiota.
Él continuó besándola suavemente hasta conseguir que girara hacía él y lo besara.
¡Amaba a esa mujer!
Sus besos le sabían a ambrosia, desde el día que sus labios se unieron por primera vez confirmó que no había otra mujer para él en su vida.
Se recostó en la cama y la jaló con suavidad, recostándola en su pecho, acariciando su cabeza y apretándola contra su cuerpo con la otra—. Todo estará bien —volvió a susurrar mientras besaba su cabeza y sentía como comenzaba a temblar...
Fueron juntos a un concierto, acompañados por sus amigos, y aunque el evento había sido increíble él sentía que en lugar de enamorar a Nami la estaba alejando cada día más. Esa noche lo trato peor que nunca y mientras regresaban a sus casas en el auto de Ace, no podía evitar pensar si lo mejor era dejarla en paz y conformarse con ser sólo su amigo.
Aquella noche pensó que tal vez era momento de avanzar...
Aquella noche quedaron atrapados en un accidente de tránsito y se descubrió quitándose el cinturón y cubriendo a la pelinaranja con su cuerpo. Algunos trozos de metal lo golpearon y varios vidrios se incrustaron en su espalda, pero cuando ella lo miró, aterrada, y le pregunto si era tonto, solamente atinó a sonreír y responder: "el amor nos vuelve idiotas."
—¿Estás loco?
—Te amo, Nami —le sonrió—, y aunque no me correspondas, siempre te amaré.
Ella comenzó a llorar.
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Terminaron en la sala de emergencias en un hospital, donde sus padres fueron a recogerlos, dónde todo se volvió un caos.
Algunos de sus amigos murieron esa noche. Ace, el hermano de Luffy y novio de Nojiko, hermana mayor de Nami, fue uno de los fallecidos. Durante el funeral todo parecía ser una especie de trance del cual deseaba que lo despertaran. Él y la pelinaranja habían tenido mucha suerte.
Mientras bajaban el féretro Nami se alejó de la multitud, y él fue tras ella hasta alcanzarla.
—¿Por qué me sigues?
—Nadie debe estar solo en un momento como este.
—Eres un buen amigo —susurró ella con voz quebrada.
Sanji pensó en responder: "no es lo único que quiero ser", pero dadas las circunstancias se contuvo y se limitó a asentir en silencio. A veces fumaba a escondidas para "sentirse elegante", pero aquella tarde, por primera vez en su vida, tuvo la necesidad real de encender un cigarrillo—. Quieres que te acompañe a tu casa.
Ella negó con la cabeza—. Cuando era niña... —su voz se ahogó, y tragó saliva para sacar su voz—, un hombre me hizo daño —no lo vio, pero los ojos del rubio se abrieron muy grandes mientras intentaba comprender lo que sus palabras implicaban—... y yo pensé que... jamás querría que... ningún hombre me volviera a tocar...
Sanji se dio cuenta entonces de lo que esa confesión significaba y comenzó a recordar cómo se le declaraba constantemente y la perseguía tratando de obtener su afecto. Por primera vez pensó en lo molesto y desagradable que debió haber sido para ella tener que soportar todo ese tipo de cosas y se sintió como la peor de las basuras. Habría querido disculparse, pero las palabras no lograban salir de su garganta.
—¡Pero me equivoque! —sollozó—. Quiero que me abraces... y sueño con tus besos... —su voz se quebró y su cuerpo comenzó a temblar—... y me siento tan sucia porque fue algo horrible lo que me pasó... y aun así quiero estar contigo...
Su corazón se estrujó al oírla decir aquello—. Nami...
—¡Soy horrible! —se rompió.
Él le sujetó los hombros suavemente—. Eres maravillosa —le susurró—. Eres fuerte y valiente... y hoy te amo más todavía —entonces ella se dio la vuelta y se aferró a él con todas sus fuerzas—. Todo estará bien.
Aquella tarde se fugaron únicamente con lo que llevaban consigo. No hubo matrimonio, ni sexo instantáneo. Fue un proceso lento de reconstrucción y autoconocimiento, de confianza, paciencia y mucho amor.
Al despertar por la mañana aún estaban abrazados justo como se habían dormido. Era jueves y aquel día no abrían el restaurante, y aunque Sanji acostumbraba levantarse temprano sin importar que día fuera, aquella mañana permaneció recostado junto a su esposa hasta tarde.
—Tengo hambre —anunció ella.
—¿Te prepara algo?
—Crepas.
A Nami no le costaba trabajo dejarse consentir, y a Sanji no le costaba trabajo hacerlo.
Durante el desayuno juguetearon y bromearon entre besos, abrazos y amor, al menos por un rato.
—Debo llamar a las chicas y disculparme.
El rubio le sirvió una taza de café—. Todo sería más sencillo si les explicaras porque te enfadaste.
—No es necesario —rehusó—. Sólo deben entender que me alteré y que me porte como una tonta
—Ok.
El cocinero no dijo nada más y dejó a su esposa arreglar sus asuntos a su manera.
Ella no podía tener hijos debido a las lesiones que había sufrido cuando niña, así que por más que lo hubieran deseado los primeros años, había resultado imposible. Por un tiempo Nami había estado deprimida, especialmente durante el divorcio de la arqueóloga, le había costado trabajo aceptar que había mujeres que no querían tener hijos, y ahora le estaba costando trabajo aceptar que todos tenían derecho a cambiar de opinión, sin embargo aquello había servido para se planteara por primera vez aquella opción como algo tangible.
Sanji se alejó rumbo a la cocina para ordenar todo y lavar los platos. Aquella noche irían sus amigos a su restaurante y se divertirían como siempre, así que debía preparar todo para la cena, después de todo algunos de ellos comían como si no hubiera un mañana.
—Realmente lamento lo de ayer —la voz de la pelinaranja le llegó hasta donde estaba—. ¿De verdad no estas enfadada? ¡Me alegra oírlo! Entonces nos vemos esta noche.
El rubio sonrió. Al menos Robin era lo suficientemente madura como para no dejar llevar por rencores ni peleas infantiles.
—¿Qué opinas, Sanji? —le preguntó desde el umbral de la puerta.
—¿Sobre qué?
—Las adopciones.
Él dejó lo que hacía, se secó las manos y se quitó el delantal antes de caminar hasta ella y sujetar sus manos—. Querida —susurró con voz dulce—, lo que te haga feliz a ti, me hace feliz a mí.
Nami sonrió. El tiempo continuaba avanzando día con día, y por primera vez su temor de no tener familia se vio disipado ante la posibilidad de adoptar, por primera vez en mucho tiempo las suaves palabras de su esposo la había tranquilizado y la habían llenado de confianza: "Todo Estará Bien." Le decía siempre que se sentía mal, y eso era lo único que necesitaba para recuperar su ánimo—. Bueno, ya lo investigaremos más a fondo otro día, hoy hay mucho que hacer.
Sin duda, aquella mañana, estaba más feliz y segura que nunca.
Fin.
Sé que ha pasado tiempo desde que he actualizado algo, pero saben que soy un desastre.
Por ahora les traigo esta historia y espero que les guste un poco.
Saludos.
