Ilógico.


Se había levantado tarde, estaba llenó de moratones y golpes, tenía el tabique desviado, un parpado hinchado al punto que su ojo casi desaparecía, una de sus piernas le dolía al apoyarla, así que estaba caminando chueco. ¡Era un jodido lio!

No había encontrado a su pareja en la cama, pero el sonido de la ducha le dijo dónde estaba, así que continuó con sus deberes matutinos. Se puso la primera prenda de ropa interior que encontró, eran unas bragas rojas de encaje. Sus mejillas parecían dos tomates por la vergüenza que sentía. Se había acostumbrado a usar ese tipo de ropa para el sexo y deleite de su pareja, pero ponérsela debajo de sus pantalones de mezclilla lo hacía sentir inadecuado. Suspiró y se apresuró a la cocina para comenzar a buscar las cosas que le hacían falta para preparar el desayuno.

Siempre había sido un desastre cocinando, pero en aquellos años había terminado por aprender, y había descubierto que no era tan complicado, ni tan malo... miró la palma de su mano derecha y la cicatriz de quemadura que tenía en toda ella, miró, en su otra palma, la cicatriz del cuchillo que la había atravesado alguna vez.

Law había atendido aquellas heridas, de mala gana, sin preguntar, refunfuñando maldiciones... no había podido explicarlas y no había querido hacerlo, para su suerte al doctor le importaba un carajo. Sólo una vez le había preguntado que sucedía, quizá por lastima, quizá por hastió, quizá porque ya estaba cansado de curarle. Sea por lo que hubiera sido, luego de aquella vez no había vuelto a preguntar, sin importar lo molido que llegara. Llevaban compartiendo departamento tantos años que había ocasiones que le sorprendía como el doctor podía ser tan frio e indiferente.

Escuchó los pasos de su pareja cruzando el umbral de la cocina y su piel se erizo al tiempo que un escalofrió le subía por la espalda—. Esto estará listo en un momento —se excusó mientras elevaba la intensidad del fuego.

—Vete.

Los ojos de Zoro se abrieron como platos al escuchar aquello—. ¿Qué? —fue lo único que atinó a decir en medio de la incredulidad. Sabía muy bien que tenían problemas, pero no podía dejarlo, no luego de todo lo que había soportado por él, no luego de todo lo que se había humillado por él... por su amor...


Ψ

Él y Mihawk se encontraban en la pequeña casa a donde solían escaparse algunas veces al mes para verse a solas, después de todo el mayor estaba casado y debían mantener las apariencias. Ambos trabajaban en la misma universidad, Mihawk era profesor de ciencias básicas y él daba clases avanzadas mientras hacia su doctorado.

Se habían estado besando mientras Zoro, vestido con un traje de "maid" diminuto un delantal, estaba sentado en sus piernas dejándose hacer, disfrutando como le apretaba las nalgas al punto de dejarle marcada la piel, disfrutando como metía la mano bajo aquella ondulada prenda para acariciarle el palpitante miembro dentro de la ropa interior de encaje. Se dejaba tocar disfrutando de los descarados y fuertes manoseos, disfrutando como las uñas se clavaban en su piel, como aquellos blancos y perfectos dientes mordían la parte descubierta de sus pectorales para dejarle marca firme, fuerte, sagaz... una firma inequívoca de que era sólo suyo...

Había aprendido a acostumbrarse a la ropa, aunque no le gustara, se la dejaba por él, por el amor, la devoción y la obediencia que le tenía. Se ponía las tangas, las medias, las faldas, los vestidos, los disfraces, los humillantes disfraces... No podía decirle que no... o no se atrevía a hacerlo...

Odiaba aquella ropa, odiaba el maquillaje, odiaba los zapatos de tacón alto que había aprendido a usar a la fuerza, pero al mismo tiempo disfrutaba como lo tocaba debajo de la ropa, a pesar de la humillación disfrutaba las fuertes caricias, e incluso algunos golpes. Disfrutaba como ahorcaba su miembro evitando la eyaculación hasta un punto dolorosamente placentero y desesperante.

Pero Mihawk era muy estricto con respecto a su espacio personal y a lo que Zoro podía (o más bien, no podía) hacer durante sus sesiones. No le gustaba que lo tocaran sin su permiso, y no daba su permiso a menos que fuera de una manera humillante, haciéndole rogar, haciéndole lamer sus zapatos entre patadas, haciéndole andar como un perro por toda la casa, sacándolo de noche al jardín, completamente desnudo para que... Bueno, humillándolo tanto como podía, y únicamente cuando se sentía satisfecho le permitía darle una mamada, a veces tocar sus testículos también...

Mihawk era estricto, sin duda alguna, y él era joven, apasionado y torpe. A veces no se daba cuenta de lo que hacía hasta que ya era tarde, igual que en aquella ocasión.

Se dejó llevar un poco y lentamente había acercado sus manos hacia él, y aunque se había resistido al principio, cuando sintió las fuertes manos del mayor apretarlo más contra su cuerpo le resultó imposible continuar conteniéndose y acarició su pecho, metiendo las manos entre los botones desabrochados de su camisa. Fue una caricia leve, casi insignificante, sus dedos apenas habían rosado un poco la pálida piel de aquel tórax... No había sido nada...

Pero el mayor explotó colérico.

Más temprano que tarde Zoro se había encontrado en el suelo tras recibir un puñetazo que lo estrelló contra el piso. Una patada le había dado de lleno en las bolas y mientras el dolor lo hacía retorcerse, Mihawk lo había tomado de los cortos cabellos para atestarle un puñetazo directo en la nariz, desviándole el tabique y haciéndolo sangrar. Le dio una paliza como si se tratase de un saco de boxeo, y él se dejó golpear consiente de su "error". Sabía que había tenido que hacer aquello.

Terminó en el suelo con el mayor encima, golpeándolo con fuerza, descargando un odio que no comprendía mientras sus ojos cargados de rencor lo miraban fijamente, sin verle en realidad. Lo había girado boca abajo de golpe y lo había penetrado con violencia mientras que, con su cinturón continuaba golpeando sus glúteos y espalda, dándole justo con la hebilla.

Le dolía... la penetración lo había desgarrado, el cuerpo le ardía y cada vez que un nuevo golpe lo hacía respingar de dolor, el siguiente venía con más fuerza, acompañado de palabras desagradables: "puto", "basura", "pedazo de mierda", "desecho humano", "no eres nada más que la puta porquería que me cojo cuando se me hinchan los huevos." Cada frase le retumbaba a Zoro en los oídos y le hacía doler el pecho, así que lo ignoraba, apretaba los ojos con fuerza y comenzaba a concentrarse en el placer que podía sentir. Se concentraba en lo agradable, en lo bien que se sentía tenerlo adentro una vez que su cuerpo se acostumbraba al dolor... y entonces, cuando no podía más con el placer, comenzaba a jadear desesperado mientras una de sus manos comenzaba a auto estimularse, haciendo aquel placer aún más intenso para olvidarse todo lo desagradable que lo aplastaba.

Era entonces cuando la furia del mayor comenzaba a esfumarse, los golpes cesaban poco a poco hasta detenerse y sus pálidas manos comenzaban a acariciarlo con suavidad, haciéndolo temblar. Luego lo giraba para mirarlo mientras se lo hacía y comenzaba a acariciarle las heridas, brindándole alivio y llenándolo de ternura, besando las cortadas y los moratones, acariciándole el rostro y besándolo con apasionada suavidad.

—Eres tan perfecto... —le susurraba entre caricias y suaves estocadas, mirándolo a los ojos de una manera tan llena de amor que lo desarmaba completamente—. Te amo tanto... Zoro... —susurraba antes de besarlo y era entonces cuando él se corría con violencia, entre convulsiones de placer que no lograba controlar. Mihawk le sonreía y lo acariciaba con dulzura y luego comenzaba a empujar su interior, concentrándose en su propio placer—. Mi pequeña zorra... —le susurraba entre embestidas, acariciando su rostro—, te encanta que te folle...

El peliverde asintió entre jadeos, acababa de correrse, su mundo estaba en blanco y la suavidad de aquellas manos le brindaba ternura y calidez.

—Dilo —exigió el mayor, deteniendo las embestidas, dejando únicamente parte de la cabeza de su miembro en la entrada desgarrada de él—, o no continuaré.

El menor comenzó a respirar más rápido, sintiendo como el aire le faltaba. Atribuyo aquel estado al resiente orgasmo—. Si... —se mordía los labios con desesperación. Quería que continuara, necesitaba que continuara para sentir que él otro necesitaba de él—. Me encanta lo duro que me follas —sus palabras se entrecortaban entre jadeos, su voz temblaba, su pecho le dolía y le ardía la cara «Es por el orgasmo.» Se decía... cómo quien quiere convencerse de algo que no cree. Amaba a aquel hombre, amaba verlo atravesado por el placer, placer que sabía que le provocaba estar dentro suyo, placer que sabía que le brindaba él.

Mihawk comenzó a embestirlo de nuevo, muy lentamente, volviéndolo loco—. Di que eres mi puta.

—... soy... —no quería decirlo, cada vez que aquello salía de sus labios un pedacito de su interior se moría—... tu puta...

Ψ


—He dicho que te vayas —gruñó enfadado, haciendo que el menor le mirara—, ¿acaso eres sordo?

El más joven se mordió los labios, reprimiendo lo que quería decir. Lentamente dejo los utensilios de cocina sobre la mesa y apagó el fogón. Quería saber por qué, quería saber qué había hecho mal, quería que le gritara, lo tomara del cuello y lo estrellara contra la mesa... cualquier cosa excepto aquella fría indiferencia, sin embargo no dijo nada y comenzó a recoger sus cosas de manera lenta.

Mihawk lo observó con mirada fría y sus preciosos ojos dorados carentes de cualquier expresión. Tomó una botella de vino, una copa y se le siguió hasta la habitación, donde estaba recogiendo su ropa y vistiéndose lentamente. Zoro había aprendido a llevar un cambio extra en una maleta, porque su ropa siempre acababa hecha girones. En aquella ocasión incluso el bóxer extra había quedado inservible, así que tuvo que ponerse los pantalones encima de la ropa interior de encaje que había usado la noche anterior. Al mayor se le antojo delicioso.

Estaba bebiendo un poco de vino, sentado en una mecedora al fondo de la habitación, contemplando aquel moreno y perfecto cuerpo lleno de heridas y moratones con algo de sangre seca entre las piernas y un ojo hinchado. Odiaba verlo así, y siempre se disculpaba por ello, le hacían algún regalo, le hacía el amor y todo quedaba en el pasado, pero ya estaba cansado. Estaba cansado de herirle, estaba cansado de sí mismo, estaba cansado de ser tan hipócrita y no tener siquiera el valor de decirle: "perdóname por reventarte a golpes". Se tragó un suspiro dándole un sorbo a su copa de vino.

Zoro terminó de vestirse y se echó la mochila al hombro—. ¿Nos vemos la próxima semana?

—No —respondió tajante.

El rostro del menor reflejo pánico—. ¿En un mes? —cuestionó, dudoso. No quería pasar demasiado tiempo sin verle, no podría...

—No —sentenció el mayor, levantándose y pasando junto a él para abrir la puerta de la habitación—. Vete —le ordenó al tiempo que le señalaba la salida.

—Pero... —Zoro se mordió el labio, temeroso. No quería hacerlo enfadar, no quería recibir otra paliza aquel día por alguna imprudencia.

Mihawk observó aquel gesto y la expresión llena de pánico del más joven y no pudo más que sentir ira—. ¡Lárgate de una puta vez! ¡Maldita sea!

Zoro tragó saliva mientras sentía cómo su pecho se estrujaba. No quería que aquello lo enfadara. Parpadeó un par de veces y asintió con la cabeza mientras salía de la habitación sin entablar contacto visual con él—. Estaré esperando tu llamada... —susurró al pasar junto a él, pero no pudo salir porque el firme brazo del mayor se colocó delante, tajándole el camino.

—Acaso eres idiota —inquirió con ira, de forma retorica—. Te estoy diciendo que te vayas —le explicó lleno de frustración—, que te largues de una puta vez y que nunca regreses.

Zoro lo miró aterrorizado—. Pero...

—¡No te das cuenta que lo único que hago es herirte! —gritó mientras levantaba un brazo llenó de frustración. El chico retrocedió hasta la pared y se cubrió la cabeza, entonces la ira de Mihawk se volvió culpa y pesar... ¿qué mierda le estaba haciendo a aquel muchacho?

Lentamente apartó sus brazos para poder mirarlo a los ojos y acariciarle el rostro con suavidad. Le gustaba tanto que, aunque intento reprimirse, había terminado enredándose con él en una loca y apasionada aventura. Había luchado por evadirlo, pero él joven era sencillamente hipnotizante—. Por favor, Zoro... —le susurró acariciándolo llenó de amor—, ya no quiero hacerte daño.

—No me haces daño.

Una risa burlona se le escapó—. De verdad no te das cuenta, para traerte un espejo.

—Esto no cuenta —se señaló con firmeza, mostrando un pequeño vestigio de quien era antes de enredarse con él—. Yo lo disfruto, lo sabes...

El mayor negó con la cabeza—. Entiéndeme —le rogó—. No quiero herirte más...

—¿No me amas? —preguntó con desesperación.

—No es que no te amé —se excusó—, pero tú mereces a alguien mejor, a alguien que no te haga daño.

—¡No quiero! —Estalló con firmeza, apartándose del embriagador contacto del mayor—. ¡No puedes tomar esta decisión unilateralmente cómo si sólo te competiera a ti! —Mihawk trató de acercarse, pero el joven le tiró un manotazo a su brazo, apartándolo—. No voy a permitir que lo hagas.

—¡No te das cuenta que estoy tratando de salvarte!

—¡Pues muchas gracias! —Se burló—, pero habértelo pensado antes, ¿no crees? —El pelinegro no entendía porque esa firmeza y rebeldía no estallaba para defenderse, para pararlo cada vez que lo hería—. Antes de pararte junto a mí con tu estúpida sombrilla y subirme a tu maldito auto —sentenció llenó de ira y frustración—, antes de seducirme con tus palabras y tu cuerpo... antes de conseguir que no imagine mi vida sin ti...

—Aun puedes irte, Zoro... —le dijo con suavidad, apelando a esa parte de él que seguía viva, a esa firmeza que lo había cautivado cuando le impartía Física en la universidad—, aun puedes escapar, ser libre...

—¡No quiero ser libre! ¡Maldita sea! —Explotó— ¡Quiero quedarme contigo! —se lanzó hacia él, colgándose de su cuello y besándolo con desesperación.

Mihawk resintió aquel contacto mientras un escalofrió le recorría la espalda y sus ojos se abrían por la sorpresa, sorpresa que se convirtió en miedo, y miedo que se volvió cólera... tomó al muchacho de los hombros y lo estrelló contra la pared antes de apretarle el cuello con el antebrazo, cortándole la respiración.

Zoro trató de apartarlo, empujando, pateando... pero el pelinegro era más fuerte que él y estaba cegado por una ira que no comprendía. El aire comenzó a dejar de llegarle al cerebro y sintió cómo su mundo se volvía negro... iba a desmayarse... o iba a morir... No quería morir, pero tampoco quería vivir sin él. Con las pocas fuerzas que le quedaban levantó el brazo y acarició el rostro del mayor con suavidad, y antes de perder la conciencia pudo observar como el sentido común volvía a su contrario y el terror llenaba sus ojos. Una sonrisa se dibujó en su cara «Si me ama.» Pensó «Teme perderme...» Justo en ese momento perdió completamente la conciencia.


Law estaba cansado, así que bostezaba mientras se preparaba un té y se alistaba para irse a dormir un rato. Eran las tres de la tarde, pero cualquier momento libre y con sueño debía ser aprovechado, especialmente cuando se era cirujano y había que ir al trabajo a las cinco de la mañana del otro día.

Habían pasado ya varios meses desde que él y Eustass habían terminado, y aunque ya no le amara cómo al principio si le había afectado la perdida, después de todo habían estado varios años juntos. Estaba pasando su duelo en calma, durmiendo más de la cuenta y alejándose de todo el mundo. No había nadie que tratara de animarlo, después de todo. Bepo era una distracción muy amena, al Shachi y Pengüin quienes siempre estaban bromeando intentando hacerlo reír, y lo lograban, pero al volver a su departamento todo el pesar regresaba.

El pelirrojo era bastante fuerte, y aunque la decisión de terminar había sido completamente de él, Law sabía que lo había herido profundamente, pero no podía luchar con sus propios sentimientos, aunque creyera que sólo eran absurdas ilusiones, no podía hacer nada. Lo quería, pero no lo amaba más.

Estaba tomando un sorbo a su bebida mientras caminaba a su habitación cuando alguien golpeó la puerta con fuerza. Se sobresaltó, pues no esperaba a nadie y ninguno de sus amigos tocaba así, de manera que decidió ignorarlo... sin embargo eso no fue posible, los golpes aumentaron de frecuencia y de intensidad. Estaba sentado en la cama cuando una vena se le salto en la frente—. Maldita sea —masculló para sí mismo—. ¡Ya voy! ¡Carajo! —estaba refunfuñando para sí mismo cuando abrió la puerta con violencia. Estaba tan enfadado que no vio primero por la mirilla, y aunque la sorpresa le bajo el alma a los pies su capacidad de reaccionar era incomparable—. ¡Zoro! —se hizo a un lado para que lo metieran.

—Disculpe doctor —le dijo el muchacho que traía al peliverde—, amenazó con irse si llamaba al hospital.

Law le hizo espacio para que lo recostara en el sofá—. Descuida, yo me haré cargo ahora.

—Quiere que llamé a una ambulancia —el castaño había vivido en el piso de abajo por años y nunca antes había cruzado una sola palabra con ellos, pero aun así la situación lo había obligado a ayudar.

—De ningún modo... —la voz cansada de Zoro los paralizo.

—Creí que estaba inconsciente...

El doctor suspiró—. Tú no tienes voto aquí —sentenció. Estaba asustado y molesto, y no iba a perder a su mejor amigo porque era un orgulloso cabeza hueca—. Ve llama al hospital —ordenó a su vecino, quien salió del departamento para darles espacio y llamar desde su celular.

Zoro se incorporó en el sofá, intentando levantarse.

—Cómo doctor, no te recomiendo que hagas eso —señaló el enfadado ojigris.

El peliverde le lanzó una mirada furiosa—. Me importa un pito lo que recomiendes.

Law suspiró—. ¿Qué te paso?

—No es tu problema.

—¡Estoy preocupado por ti! ¡Idiota! —estalló—. Acaso crees que me gusta verte llegar de esa manera y tener que atenderte a escondidas porque no quieres ir al hospital.

—¡Pues si ese es el problema deja que me muera de una puta vez! —Gritó, de pie, frente a él con los ojos llenos de frustración. Estaba hiperventilando por el esfuerzo y a duras penas lograba mantenerse en pie. Estaba tan cansado—... deja que me muera de una vez...

El peliverde se desmayó delante suyo y apenas fue capaz de atraparlo antes de que chocara contra el suelo.


Law salió del quirófano completamente agotado, quitándose uno a uno el gorro, el cubre bocas y los guantes. Masajeó su cuello en cuanto miró a sus amigos, angustiados en la sala de espera. Aquello parecía una pesadilla, una pesadilla aterradoramente familiar.

Sanji estaba de pie junto a su esposa, a quien le sujetaba el hombro para que se tranquilizara. Ella estaba despotricando maldiciones en contra de Zoro. Estaba demasiado preocupada y enfadarse era la manera en la que canalizaba su miedo. Él deseaba un cigarrillo. Levantó la mirada y observó a Law caminado hacia ellos; por inercia apretó el hombro de su esposa, quien tomó su mano antes de levantar la vista y toparse con el ojigris—. ¿Cómo está? —preguntó, y el resto puso su atención en el doctor.

Law suspiró—. Estará bien...

—¿Qué fue lo que paso? —intervinó Usopp, llenó de angustia. Kaya lo estaba sujetando de los hombros, y probablemente esa era la única razón por la que el terror no le había arrebatado la voz.

El doctor negó con la cabeza. Qué podía responder a eso, la verdad era que no tenía la menor idea, aunque sospechara, la realidad era que no sabía absolutamente nada.

La puerta del hospital se abrió de golpe y Luffy entró como un huracán, seguido de su esposa. En un principio pensaron en no decirle nada, pues estaba de viaje, pero ninguno tuvo el valor de engañarle de aquel modo. Sanji había sido quien le había llamado, parecía el más ecuánime en aquel momento—. ¿Dónde está? —preguntó el del sombrero de paja.

—En este momento van a trasladarlo a una habitación —explicó Law—, pero estará bajo observaciones unos días.

Luffy suspiró, aliviado—. Qué bueno.

Vivi lo abrazó por la espalda, consolándolo y calmándolo. En cuando le habían avisado que Zoro había tenido "un accidente" y estaba muy grave en el hospital, el alegre muchacho había entrado en shock—. ¿Qué sucedió? —preguntó ella.

Franky se puso de pie—. Law no ha querido decirnos nada...

Robin le sujeto una mano para que se calmara, él la miró de reojo y bufó, pero no dijo nada más—. Quizá debamos dar parte a las autoridades.

—Y qué les vamos a decir —la frustración del doctor era evidente—, qué llegó al edificio medio muerto de quién sabe dónde.

Nami se levantó, estaba más calmada y podía analizar las cosas mejor—. Ese sería un inicio, así podrían comenzar con las averiguaciones y dar con el responsable.

—¿Pero qué fue lo que paso?

Sanji rascó su nuca—. No podemos hacer nada mientras el cabeza de alga no quiera.

—¡Estás loco! —la pelinaranja odiaba que la contradijeran, y su esposo odiaba hacerlo, pero él era el único que se atrevía—. Qué tal si Zoro no quiere dar parte a las autoridades...

—¿Por qué no querría?

Interrumpió Usopp—. Esta vez estoy de acuerdo con Nami —meditó detalladamente sus palabras—, somos sus amigos y no debimos dejar que las cosas llegaran a este punto.

—Todos vimos las señales y nadie hizo nada —reconoció la arqueóloga.

Hubo un silencio general que solamente las preguntas de Luffy interrumpieron—. ¿Pero qué sucedió?

Law se mordió el labio inferior antes de responder—. Alguien molió a Zoro a golpes.

El del sombrero de paja soltó una sonora carcajada—. Eso es ridículo, Zoro es lo suficientemente fuerte como para defenderse a mano limpia.

Nuevamente hubo silencio. Decir lo que todos pensaban, aunque sólo fueran sospechas, les costaba demasiado trabajo.

—Creo que...

—Seguramente fue su novio —todos voltearon al fondo, donde Eustass estaba recargado junto a una máquina de sodas—. No es la primera vez que llega así —explicó mirando al ojigris.

—No —admitió Law, ante aquella mirada acusadora, y luego sintió todas las miradas de reproche sobre él.

—Desde cuándo pasa esto —cuestionó Nami, incrédula.

—Hace años...

—¿¡Y por qué carajos no...!? —Sanji apretó sus hombros, deteniéndola. El rubio negó con la cabeza cuando ella lo miró.

Hubo un tenso silencio, y el ojigris no pudo evitar la opresión de la culpa aplastándole el pecho, pero no era culpa de él...


Todos se turnaron para cuidarlo.

Koshiro había muerto hacia un par de años, víctima de una enfermedad degenerativa y Zoro había estado bastante mal en aquella época, desorientado, deprimido, taciturno... estaba en el último año de universidad y se distraía ocupándose con su proyectos, con su tesis, con sus programas, así que nadie había sabido en realidad cuánto había sufrido por aquel tiempo.

Era una época en la que todos estaban distanciados por sus proyectos, armando sus vidas, definiendo sus futuros que nadie realmente le había tomado mayor importancia, después de todo seguía adelante, como siempre.

En aquella época había conocido a "esa" persona. Al principio fue algo bueno, o al menos eso pensó Law, pues comenzó a salir a otros lugares en lugar de estar siempre encerrado frente al computador. Volvió al gimnasio, salía a correr por las mañanas y la posibilidad de hacer una maestría en lugar de atarse a un trabajo en alguna empresa invadió su cabeza... «o alguien la puso ahí», así que por un tiempo todos habían pensado que aquella persona le hacía bien... o al menos parecía hacerlo feliz...

Luego de un tiempo (quizá un par de años) comenzó a distanciarse poco a poco, y aunque siguiera pasando tiempo con ellos y yendo a casi todas sus reuniones todos habían notado que algo lo atormentaba, fue una de esas noches cuando Sanji sugirió que su novio era casado. Zoro no lo confirmó, pero tampoco lo negó.

Aquella noche tomo su mochila y salió del restaurante del rubio a destino desconocido.

Todos cayeron en cuenta de que, a pesar que Zoro les contaba algunas cosas acerca de su pareja, nunca entraba en detalles. Nunca decía a donde salía con él, o lo que sea que hacían. No tenía una sola fotografía, a pesar del claro amor y devoción que sentía por aquel hombre, y entonces tomaron la decisión de dejarlo en paz, suponiendo que eventualmente comprendería que aquello no era sano y dejaría esa relación toxica de lado.

Probablemente hacerse de la vista gorda en lugar de ofrecerle ayuda había sido su mayor error, especialmente porque mantener a Luffy a raya para que no se inmiscuyera les había costado un esfuerzo enorme. Tal vez debieron dejarlo hacer entrar en razón al peliverde...

Aunque realmente aquello ya no importaba, lo que importaba ahora era hacer algo al respecto, no porque sucedió.


Zoro sabía por las expresiones de lastima y enfado de todos que ya sabían lo que sucedía. Se sentía como un idiota.

Estaba completamente avergonzado de que sus amigos hubieran tenido que enterarse de la clase de persona que era, seguramente creería que era un imbécil por permitir todo aquello... pero ellos no entendían... nunca entendería lo bien que Mihawk lo hacía sentir cuando todo la ira se esfumaba. «Mihawk...» No podía evitar preguntarse si estaría preocupado por él.

—No creo que venga —la voz fría del pelirrojo lo hizo darse cuenta que no estaba solo.

Zoro giró el rostro hacía la ventana a su izquierda, junto a la cual estaba sentado su compañero de investigaciones de la universidad—. ¿Quién?

—Tsk... —Kid torció el gesto, fastidiado—. ¿Aún crees que engañas a alguien?

El peliverde apartó la mirada y observó el techo de la habitación algunos instantes—. Es mi vida.

—Es justo lo que yo les digo —se alzó de hombros el pelirrojo—, pero haz que les entre en la cabeza.

—¿Cómo va el proyecto? —cambió el tema, pues él mejor que nadie sabía que sus amigos no iban a dejar aquello pasar así como así.

Kid sonrió de medio lado—. Tan bien como puede ir contigo acostado descansando.

Zoro sonrió—. Si logras hacer que te dejen traerme mi portátil, puedo continuar con el programa.

El pelirrojo le entregó el maletín con el aparato—. No necesito que me den permiso.

El resto de la tarde lo pasaron hablando del proyecto de robótica en el que estaban trabajando juntos para obtener su doctorado. Aquello sirvió para que el convaleciente se olvidara por algunas horas del causante de su estado, y de las razones del mismo. Él y Eusstass no eran grandes amigos, pero la indiferencia del pelirrojo le hacía sentirse menos miserable y humillado de lo que se sentía ante cualquiera de los demás. Tenerlo ahí era un alivio.

Para las once cuarenta de la noche el pelirrojo finalmente dejo aquella habitación de hospital y sugirió a su colega descansar, aunque este se quedara trabajando.

—¿Hablaste con él? —la voz preocupada del doctor lo detuvo mientras comenzaba su marcha por el pasillo.

—No de lo que te interesa —respondió con indiferencia, sin siquiera volverse a mirarlo.

—Es mi amigo, y estoy preocupado —se excusó, llenó de culpa. En el fondo sabía que aquello no era del todo cierto, y sabía también que el pelirrojo estaba enterado de todo, pero aún no tenía el valor de aceptarlo en voz alta.

—Díselo a alguien que te crea.

Mordió su labio inferior llenó de culpa—. Eusstass...

—No te vayas a poner a llorar ahora —lo interrumpió—, luego de este tiempo sería ridículo.

El ascensor se abrió frente al pelirrojo y la esposa de Luffy le dio las buenas noches. Él se fue.

—¿Pasa algo? —cuestionó ella, confundida.

Law negó con la cabeza—. No Vivi, nada.

La mujer entró a la habitación a cuidar a su amigo y segundos después Law se topó a Luffy en las escaleras de personal, subiendo por ahí porque "el ascensor se tardaba demasiado".

Se preguntaba si su desgraciado amante tendría el descaro de ir a visitarlo, pero era imposible saberlo, Zoro no decía nada al respecto y muchos de sus colegas de la universidad habían comenzado a visitarlo. Si su amante era uno de ellos sería imposible saber cuál. Law suspiró largo y tendido. No había nada que hacer.


La mujer de cabello azul salió y bajo por el ascensor, seguramente a la cafetería. El doctor con quien Zoro compartía piso estaba en una cirugía de emergencia.

Era media mañana, un par de horas antes de la hora de visita. Entró despacio, pero él se volvió a mirarlo como si hubiese sentido su presencia—. Viniste... —susurró con una sonrisa apagada dibujada en el rostro. Tenía días ahí y lo único que deseaba era verlo, pero no podía llamarlo, ni decirle a nadie que lo llamara. Él tenía una vida, una familia, un mundo que no tenía cabida para él, en el cual él no existía, sólo era una sombra que a veces estorbaba...

El mayor lo miró desde el umbral de la puerta, sin entrar, sin moverse, sin decir una palabra.

—Estaré bien —dijo el muchacho con esa sonrisa apagada—. Los doctores dicen que me recupero rápido.

—Pudiste morir.

El peliverde negó con la cabeza, con una convicción que hizo que al mayor se le crisparan los nervios—. No, jamás hubieras...

— ¿Llegado a tanto?

Zoro asintió.

Mihawk dio un suspiro, largo, cansado, rendido...no entendía esa devoción, no entendía esa locura sin sentido... Le gustaba, pero no la comprendía—. Un día las cosas se saldrán de control tanto que terminaras en morgue —dijo con lentitud.

—Quizás sea lo mejor —respondió con la misma parsimonia.

—Quizá lo mejor sea que entiendas que terminar es lo mejor...

El menor se levantó y rodeó la cama, para sujetarle de una muñeca—. Tú quieres dejarme tanto como yo a ti.

Mihawk lo miró con intensidad, luego miro la cámara de la habitación. Sólo había una. Tomó la mano del joven y lo jaló debajo de aquel aparato de seguridad mientras la puerta se cerraba lentamente. Lo sujeto por el cuello con fuerza y lo beso mientras una de sus manos se deslizaba por la pare descubierta de la bata para rozarle el trasero y penetrarle con fuerza.

Zoro gimió por el escozor y se retorció incomodo, pero una erección repentina le gritaba que aquella brusquedad le gustaba demasiado.

Mihawk se sacó el miembro con desesperación mientras le mordía el cuello con fuerza y lo giraba contra la pared. Lo penetró de una vez, con fuerza mientras cubría su boca con una mano, ahogando los gemidos que de ella brotaban. Ese muchacho le pertenecía en cuerpo, alma y mente.

Eso era suficiente para perder por completo la cordura.


Law salió de cirugía y envió al médico asistente a notificar a los familiares acerca del éxito. Caminó rumbo al ascensor para ir a ver a Zoro. Chocó con alguien, pero no le importó mucho, se disculpó y entró, presionando los botones a prisa. Mientras las puertas del elevador se cerraban, la silueta que estaba atravesando la recepción le pareció conocida, pero no logro mirarla el tiempo suficiente para saber quién era. Probablemente algún antiguo paciente, no le importaba en realidad.

Llegó a la habitación del peliverde, la cual encontró vacía—. Zoro... —pero no hubo respuesta. Caminó lentamente por el lugar hasta la cama, luego miró alrededor y se percató de unas gotas de sangre en el suelo, en una esquina justo debajo de la cámara de seguridad—. ¡Zoro! —Presionó el botón de alarma y una enfermera apareció de inmediato—. ¿Dónde está el paciente?

La mujer parpadeó y revisó el expediente—. Debería estar aquí...

— ¡Se muy bien donde debería estar! —estalló—. Lo que quiero saber es dónde carajos está... —el sonido del váter lo interrumpió. La enfermera enarco una ceja y se cruzó de brazos como quien pide una disculpa, pero no dijo nada y se fue, aunque Law entendió claramente el: "la próxima vez búsquelo primero." Suspiró y abrió lentamente. El peliverde estaba de pie frente a él. El bote del papel estaba vacío—. ¿Estás bien?

—Sí.

El doctor lo observó con escrutinio—. Estuvo aquí —no era una pregunta, y el convaleciente no respondió. Law caminó hacia él y extendió una mano hasta su cuello, el moreno dio un paso atrás—. Te lastimo otra vez— de nuevo no estaba preguntándolo.

—No lo hizo.

—¿Y la sangre en el suelo?

—Solo fue un desgarre... —se agachó avergonzado.

Un desgarre, un desgarré de qué... los ojos de Law se abrieron como platos—. ¿Acaso estás loco?

—Es mi vida.

Zoro era su amigo desde hacía muchos años. Lo conocía, sabía lo decidido que era, lo orgulloso que y digno que siempre se portaba, lo inquebrantable que parecía... aquello era ilógico—. Te hace daño.

—Me gusta... —desvió la mirada, estaba sonrojado...

—Dímelo a los ojos —ordenó—. Mírame a los ojos y dime que te gusta todo lo que ese bastardo te hace.

No pudo hacerlo.

Law salió de aquella habitación encolerizado, escupiendo maldiciones y desenado reventarle la cara a alguien. Envió a Bepo a atender al peliverde, le explicó la situación y le pidió que fuera discreto.

En ese momento decidió que iba a ayudar a Zoro, le gustará o no.


Mihawk se topó con el doctor que compartía piso con Zoro antes de dejar el hospital. Llevaba un sombrero y había procurado no mirar hacía las cámaras, no podía darse el lujo de que los amigos del peliverde dieran con él y su vida se fuera al caño... aunque no era que viviese en un lecho de rosas, simplemente estaba tan cómodo con su estilo de vida que lo último que necesitaba era que un escándalo cambiara las cosas.

Quería que Zoro lo dejara, pero no quería perderlo. Lo necesitaba a su lado, necesitaba tenerlo a su merced, vestido como puta, disponible a sus caprichos, llamándolo amo y lamiéndole los zapatos... lo necesitaba, porque sólo lo quería a él. No quería que nadie más ocupara el lugar del peliverde, no quería que nadie más fuera su perra.

Quería que Zoro fuera feliz, y sabía que nunca podría serlo a su lado. Estaba demasiado dañado como para darle la clase de relación que merecía... pero el peliverde parecía que lo disfrutaba...

Nada tenía sentido, pero mientras pudiera seguir cogiendo con aquel muchacho, poco le importaba que todo fuera tan ilógico.


Bueno, estoy segura que con esta parte esperaban algo diferente, pero esto es lo que es.

Gracias por seguir leyendo.

Saludos.