Déjame Ir.
Su vida no era precisamente mala, pero tampoco podía decir que fuera buena. Era una vida "normal", dentro de los parámetros sociales que establecían eso.
"Nadie sabe lo que realmente pasa tras puertas cerradas..."
Miró su reloj al levantarse, pero esperó a que la alarma sonara para comenzar su día... su rutina más bien, la que tenía más de veinte años perfeccionando. Tomó una ducha, se puso un traje, bajo a desayunar, beso a su hija y salió de la casa en silencio, mientras la frustración de la hipócrita mascara social que usaba se acumulaba día a día, mientras se tragaba las ganas de gritar, de explotar, de decirle a todo el mundo que aquello era una mentira de la que estaba harto y escapar para siempre de todo lo que lo aplastaba.
Se obligaba cada día a vivir esa rutina, consumiéndose por dentro, muriéndose en silencio, tragándose las ganas de gritar. No esperaba nada, no aspiraba a nada.
Cada día iba a la universidad, daba sus clases, asesoraba a sus alumnos, revisaba las materias, dirigía el departamento de ciencias básicas y seguía... seguía trabajando, seguía viviendo, seguía esa rutina... quería escapar, pero ahí seguía, aferrado, como un maldito masoquista, queriendo terminar con todo, pero siguiendo adelante. Ahogándose.
Probablemente hacía años que habría mandado todo al demonio de no ser por Zoro...
Zoro Roronoa era un chico a quien casi le doblaba la edad, al cual le había dado clases de física cuando inició la universidad. Era un poco holgazán a simple vista, pero decidido y firme como ningún otro una vez que se imponía una meta. Había logrado salir adelante gracias a una beca, tras quedarse solo. Era común verlo dormido por los pasillos, entre clases o a mitad de las mismas, pero más bien era por el cansancio acumulado del trabajo de medio tiempo y lograr llevar las clases al corriente.
¡Era un muchacho admirable!
A veces lo había observado desde los pasillos, andando a prisa, acelerado, estudiando mientras corría y comía a la vez. En un principio se decía que lo miraba porque le causaba admiración y nada más, pero poco a poco fue aceptando que había razones más íntimas en aquel voyerismo que había desarrollado. Físicamente era todo lo que le gustaba, aunque fuera demasiado joven para él... o eso se dijo al principio, para mantenerse a raya, era un hombre casado después de todo, y aquel chico era un varón...
Sin embargo, por más que uno luche, es muy difícil ir en contra de los propios deseos, por más inadecuados, asquerosos y viles que estos nos parezcan, terminan consumiéndonos como llamas, envolviéndonos con su calor, que se nos antoja dulce al comienzo.
Una tarde al salir de la universidad lo había encontrado fuera de la biblioteca mientras diluviaba, esperando a que la precipitación parase para irse a su casa. Esa mañana habían anunciado en las noticias la posibilidad de una tormenta, así que se había ofrecido a llevarlo en su auto para que no se empapara ni se arruinara su laptop. Quiso ser amable, simplemente, no tenía malas intenciones ni planeaba nada en específico, solo quería ayudarlo porque no soportaba la idea de que sus esfuerzos se fueran al demonio si perdía todo su trabajo al arruinarse su computadora.
No se suponía que iba a pasar nada, no se suponía que las cosas fueran a suceder así, no se suponía que el auto se averiaría y acabarían varados en una carretera rural en medio de la nada. No se suponía que iba a tocarlo, ni a insinuársele como lo hizo... pero paso. Esa embriagadora piel morena, esos bien formados músculos abdominales, esos pectorales tan firmes y ese cuerpo seductor...
— Nunca le han dicho lo sensual que es —soltó de forma inesperada mientras sus dedos comenzaban a recorrer lentamente una de las piernas del muchacho. Vio al joven tragar saliva y observar aquella mano traviesa subir lentamente hasta su entrepierna.
Pensó que el muchacho iba a golpearlo, lo esperaba, pero al contrario de eso jadeó, estremeciéndose—. Profesor Dracule...
Un interruptor se encendió en la cabeza del aludido ante aquel sensual llamado. Con su mano libre desabrocho el cinturón de seguridad para inclinarse con libertad hasta los labios del joven—. Mihawk —le aclaró cuando sus alientos comenzaron a mezclarse—, llámame Mihawk...
El muchacho lo rodeo del cuello en un abrazo al tiempo que lo besaba con desesperación. Tuvo el impulso de retirarse, pero se vio arrinconado entre el universitario y el coche.
Lo empujó con fuerza hacía el otro lado, golpeándole la cabeza contra el cristal, luego le jaló las piernas, alzándoselas lo suficiente para sacarle los pantalones de varios tirones y colocarse entre ellas, tomándolo de una sola y profunda estocada. El peliverde apretó los dientes, aguantando el dolor, y se dejó hacer una, dos, tres veces... y las que quiso.
Dijo cosas que no debía decir, aun a riesgo de que el chico lo golpeara, lo insultara, o incluso que lo demandara por acoso en la universidad. Aunque ahora que se lo pensaba no podía evitar creer que aquella había sido su intensión. Dijo cosas que le nacieron decir, sin reprimirse, por primera vez en su vida fue sincero y se dejó llevar, y él le correspondió.
Lo tomó ahí, con pasión y sin contemplaciones más de una vez.
Luego de aquel día comenzaron a llevar una relación clandestina a espaldas de todo el mundo, viéndose en una vieja casa propiedad del mayor, donde disfrutaban de agradables y apasionadas noches de desenfreno.
Si alguien le hubiera dicho alguna vez que iba a liarse con uno de sus estudiantes lo habría golpeado en la cara.
Él era... el hombre perfecto. Recto, firme, disciplinado. Era sano, hacía ejercicio como era debido, comía lo que era correcto, trabajaba duro, era puntual, siempre estaba dispuesto a ayudar a quien lo necesitara. Era educado, correcto y distante. Tenía una esposa bellísima, una hija maravillosa, bella e inteligente. Él era todo lo que se suponía que debía ser un hombre... y estaba cansado de eso.
Hacía semanas que no veía a Zoro. Lo echaba de menos, lo necesitaba… ese chico era la única persona con la que podía ser el mismo, con quien podía dejar salir todos sus demonios y todas sus frustraciones, con quien podía descargar toda su ira... y a pesar de todo seguía con él.
Era como una maldita droga, toxica, mortal, insoluta. Quería buscarlo, pero sabía que no era correcto, que no debía, que el chico estaba mejor sin él... aunque sintiera que se moría cada segundo de cada día que pasaban separados.
Se detuvo mientras caminaba por los pasillos de la universidad una tarde cualquiera cuando miró a lo lejos al catedrático de mecánica saliendo de su única clase. El pelirrojo le miró con expresión de pocos amigos. Se toparon de frente y aquel hombre tenía toda la intensión de pasarlo de largo—. ¿Cómo va el proyecto? —inquirió antes de darse cuenta de lo que hacía.
Cualquiera habría pensado, por la clase de relación que Zoro y él mantenían, que no sabía ni le importaba nada que estuviera relacionado con él, que sólo se buscaban para tener sexo, llenar sus fantasías y descargar todos sus demonios... Kid metió la mano en el bolsillo y se giró levemente—. Iría mejor si un cretino de mierda no hubiera medio matado a mi compañero —soltó con cizaña rencorosa.
—¿Cómo está él?
Eusstass se mofó con incrédula ironía al tiempo que negaba con la cabeza—. ¿Cómo se supone que debe estar? —preguntó retóricamente, respondiéndose antes siquiera que el otro procesara la pregunta—. Absolutamente jodido.
Así lo encontró aquella mañana, luego de golpearlo la primera vez...
El viernes por la tarde habían llegado a la pequeña casa en los límites de la ciudad donde solían verse. Era una fecha especial porque se cumplía un año más que estaban juntos, así que Mihawk pensó en hacer algo especial. En internet había visto a un hombre muy sexy y masculino vestido con ropa de fémina y aquello le había resultado encantador y sexy, así que compro un conjunto especial para el peliverde. Zoro lo había demostrado que no era prejuicioso y aceptaba cumplir sus caprichos con entusiasmo, así que pensó que aquello era algo lindo que podían compartir, ser ellos mismos, jugar, liberarse, dejar salir la tensión y pasarlo bien...
Supongo que luego de treinta años uno no aprende la lección, y en cierta sigue siendo el mismo crio ingenuo que se deja llevar por las ilusiones que le causa el enamoramiento. Zoro no oculto su asco ante la idea de "travestirse", ni se preocupó por reprimir la risa de burla que salió de sus labios cuando sugirió que aquello era una broma, y por primera vez desde que estaban juntos Mihawk se sintió ridículo e inadecuado.
La ira lo sobrepaso, el miedo lo cegó y los recuerdos tormentosos lo dominaron.
Lo golpeo con fuerza, como le habría gustado golpear a quienes lo molestaban en la secundaria, lo estrelló contra la pared, lo ató en la cama y escucho sus maldiciones, sus insultos, sus improperios mientras deseaba tomar la varilla de la chimenea para continuar golpeándolo en la espalda...
"—Eres un puto pervertido. Maldito marica de mierda. Suéltame y enfréntame como hombre. No sé cómo carajos pude liarme con un desviado como tú..."
Mihawk salió de la habitación, y salió de la casa, preguntándose como carajos había sido tan imbécil para creer que alguien lo entendería y lo querría tal cómo era.
—Espero que se recupere pronto —atinó a decir el ojimiel antes de dar la espalda y continuar su camino hacía su oficina. La gente había comenzado a observarlos, no podía levantar sospechas, no podía dejar que aquel imprudente hombre soltara alguna cosa que lo dejara mal parado... Le causo gracia ese pensamiento, pues sabía que no podía estar peor parado en aquellas circunstancias.
Era demasiado orgulloso para aceptar que había cometido un error, o al menos eso había pensado de sí mismo desde que salió de "San Fermìn". Pensó que ya no sería capaz de volver a relacionarse con nadie de una manera sana, así que decidió ser perfecto, como su padre quería, y se casó. Era infeliz, pero demasiado orgulloso para aceptar que aquel matrimonio sin amor había sido un error.
Sin embargo, apenas salió de su departamento luego de atar al peliverde deseo regresar y rogarle que lo perdonara... pero era demasiado orgulloso, y le tomó tres días reconocer que había exagerado, que no era para tanto, que tal vez debería hablar con Zoro (si es que aun quería hablarle) y contarle...
Sin embargo el chico lo perdonó apenas mirarlo, y le pidió perdón... ¿Por qué disculparse cuando el desgraciado había sido él? No obstante, guardó silencio y enterró aquellos tormentosos recuerdos en la misma caja donde llevaban años pudriéndose... y pudriéndolo también a él.
El siguiente lunes su mejor amigo lo había invitado a comer para saber cómo estaba. Habían ido juntos al colegio hasta le preparatoria, dónde sus pasiones dividieron sus estudios, pero no separaron sus vidas, así que Shanks Akagami era el único que sabía de sus verdaderas inclinaciones, y por ende era al único a quien le había contado acerca de la relación clandestina que había iniciado con un estudiante de la universidad, pero obviamente no le contaba todo. Había cosas que por más que quisiera no podía contarle a nadie, ni siquiera a su mejor amigo... El único que sabía de sus gustos y algunas de sus manías. Era quien lo había ayudado en el peor de los momentos y era él que le había brindado la mano para sacarlo del hoyo en el que una vez se encontró... aunque también era quien lo había metido ahí...
Tenía quince años cuando se dio cuenta que estaba enamorado de su mejor amigo. Siempre había sentido admiración y deseos de seguir a otros hombres, pero en cierta forma lo consideraba "normal", hasta esa noche que despertó excitado, sudando y confundido de un erótico sueño en el que su amigo se había arrodillado frente a él, le había abierto la bragueta y le estaba dando la mejor mamada de su vida... bueno, tenía quince años, no era que supiera lo que se sentía recibir una mamada. Había salido con varias chicas, pero siempre había sido muy recto y respetuoso, además que provenía de una familia estrictamente católica. Jamás había llegado a lo sexual con nadie. Era completamente virgen. Así que despertar aquella noche, con ese sueño y tener el mejor orgasmo de su vida tras hacerse una puñeta imaginando a su amigo entre sus piernas le había dejado bastante claras las cosas.
—Soy gay —murmuró angustiado, al tiempo que se cubría la cara con el dorso de la mano limpia y maldecía su suerte.
Esa noche se ducho con agua caliente y metió su ropa a la lavadora mientras se sentía la persona más miserable y desgraciada del planeta. Sucio, inmundo, asqueroso... acaso su vida podría ser más miserable.
— ¿Seguro que no quieres hablar?
—No hay nada que decir.
Shanks suspiró, pero no podía insistir en aquello, ya consideraba bastante grave que su amigo tuviera una relación adúltera como para también insistirle en que hablara del tema, o de las circunstancias que lo habían orillado a alejarse de su amante—. Esa es tu última palabra.
— ¿Qué quieres que te diga Shanks? —inquirió de forma retorica—, que voy a mandar mi vida a la mierda para escapar con él...
—Si eso te hace feliz —lo interrumpió.
El ojimiel sabía que huir con Zoro lo haría feliz... al menos hasta que terminara de arruinar las cosas. Estaba demasiado dañado como para intentar estar con alguien que realmente le importara... negó con la cabeza—. No Shanks, no puede hacerle eso...
—Tu familia entenderá…
El pelirrojo siguió hablando, pero había dejado de oírlo cuando se dio cuenta que no estaban en sincronía, nunca lo habían estado en realidad.
Estaban solos en el gimnasio, recogiendo las pelotas y aseando el lugar.
Estaban castigados por una pelea, no entre ellos, pero a causa de ellos por lo que al entrenador constaba.
Se encontraban cada uno limpiando la esquina contraria del otro, y aun así los nervios lo estaban volviendo loco. Hacía meses que los sueños homo-eróticos lo atormentaban, y no conforme con esos, hacía el mismo tiempo que un chico de la escuela había comenzado a molestarlo por no ser un patán con las chicas, por ser respetuoso, por molestarse cuando decían majaderías... lo llamaban marica, y quizá no le importaría si realmente no le gustaran lo hombres, pero aquellos insultos siempre acaban haciendo mella en él, atormentándolo, haciéndolo preguntarse qué pensarían sus padres, sus abuelos, su familia entera, ellos que se autoproclamaban "defensores de la familia" con sus discursos de biología básica, historia bíblica y odio homofóbico desmesurado.
Tenía miedo. Temía que descubrieran sus preferencias, temía que lo echaran de su casa, que lo lastimaran... temía quedarse solo y perdido en un mundo lleno de personas que odiaban a los que eran como él. Sólo tenía catorce años, pero estaba verdaderamente aterrorizado.
Por un tiempo había pensado en hablar con la consejera de la escuela, pero para esas fechas una chica había dicho en voz alta que tenía pensamientos suicidas, y la "ayuda" que le brindaron fue acusarla con sus padres... fue un error terrible, teniendo en cuenta que deseaba suicidarse porque ellos la maltrataban. Las cosas se pusieron peor y la chica acabo colgada del techo de su casa.
Hasta donde sabia, sin nota de despedida ni pruebas concretas, ella estaba muerta y sus padres andaban por ahí como si nada, sin importarles un carajo que la chica estuviera muerta.
Esa mañana en los vestidores el chico que lo molestaba lo había descubierto mirando a Aagami desvestirse y había comenzado a insultarlo. No pudo defenderse, pues lo que decía era verdad: Shanks le gustaba. El chico comenzó a golpearlo y a decirle marica puñetero mientras incitaba a los demás a sacarlo de los vestidores, así, en ropa interior como estaba, y lo habrían hecho si Shanks no hubiera interferido, con esa sonrisa amplia, esas bromas enfadosas y esos golpes certeros.
"—Y a ti qué putas te importa si me mira o no —le había gritado cuando los estaban separando–, o es qué, estás celoso."
Así que ahí estaban, limpiando el gimnasio luego de la escuela, solos, mientras su corazón latía como un loco y su mente no dejaba de preguntarse si Shanks lo había defendido porque sentía lo mismo que él. Quería preguntarle, porque sabía que si él lo apoyaba podría enfrentar a quien sea, cuando fuera... pero tenía tanto miedo...
—Sólo faltan tus las pelotas.
—¿Eh?
—Que me pases las pelotas que tienes allá —aclaró el pelirrojo señalando las esferas naranjas que había estado juntando.
Mihawk recogió los balones completamente avergonzado, maldiciendo sus emociones y maldiciendo sus reacciones. Tragó saliva cuando estuvo cerca de su amigo, temiendo que los latidos de su corazón comenzaran a hacer eco en aquel gimnasio vacío—Shanks... —habló tan bajo, que espero que el otro chico no lo escuchara, pero detuvo lo que hacía para mirarlo.
— ¿Qué sucede?
Respiró hondo, no quería mirarlo para que no se le fuera el valor, así que clavo sus ojos en sus manos—. ¿Por qué...? —su boca se secó, y sus cuerdas bucales fueron incapaces de emitir un solo sonido.
Shanks sonrió, creyendo entender la pregunta de su amigo—. No voy a permitir que nadie te haga daño por estúpidos prejuicios...
Quizá Mihawk debió pensar las cosas mejor, quizá Shanks debió reaccionar de una manera menos violenta, quizá si el pelinegro no lo hubiera besado repentinamente las cosas no habrían acabado así... era un niño, e interpreto la respuesta de su amigo como una declaración.
¡Qué tonto había sido!
Tras sobreponerse de la sorpresa inicial, Shanks lo había empujado contra la canasta de pelotas, la cual había tirado junto a todo su contenido—. ¿¡Qué demonios te pasa!? —preguntó exaltado, y Mihawk no fue capaz de contestar. Se levantó tan rápido como pudo y salió del gimnasio deseando que un auto lo arrollara en el camino.
Sacudió la cabeza y cambió el tema para dejar aquellos recuerdos de lado. Le dolía el pasado, más de lo que era capaz de admitir, pero quizás no le dolía tanto como la incertidumbre de lo que le esperaba en el futuro ahora.
Quería estar con Zoro, pero sabía que le estaba haciendo daño, que obligarlo a permanecer a su lado por tanto tiempo había sido un error, que estaba demasiado sucio y podrido para amar a alguien sanamente.
Cuando cruzo la puerta de aquel recinto victoriano acompañado de su padre sintió un escalofrió. El lugar era completamente impersonal, carente de vida, al igual que la gente que se veía caminando por el jardín.
Un hombre de túnica negra les dio la bienvenida y su padre se encerró con él en un despacho, para hablar. Tenía catorce años y evidentemente no estaba ahí por gusto. Miró a su alrededor con curiosidad. No había nadie en los pasillos, salvo otros hombres en túnica que entraban y salían de algunas habitaciones con un carrito de menesteres.
Se dirigió a la ventana y contempló a las personas aletargadas en el jardín. Parecían estar en alguna especie de trance. Había desde chicos a los que les doblaba la edad hasta hombres que sobrepasaban los cuarentas. Una mueca de desagrado se formó en su cara. No le gustaba aquel lugar, pero no tenía la menor idea de porque era.
Escuchó a los adultos en el despacho hablar cerca de la puerta y corrió a sentarse como si no hubiera estado haciendo nada.
—No se preocupe señor Dracule, nosotros nos haremos cargo.
—Cuento con ello.
Miró a su padre estrechar la mano de aquel hombre y un miedo desconocido lo invadió—. ¿Ya nos vamos...? —preguntó mientras unos nervios que no comprendía le llenaban el cuerpo.
Su padre suspiró y le sujeto un hombro conciliadoramente—. Tú te quedaras aquí.
— ¿Qué? —Mihawk sintió que el miedo lo paralizaba.
—Estás personas van a curarte...
—No estoy enfermo —lo interrumpió—. No quiero quedarme aquí.
El adulto suspiró—. Hijo, lo que tu sientes no es normal.
Los labios del ojimiel temblaron, quería decir algo, pero las palabras no le salían. Sabía bien de que hablaba su padre, lo que no sabía era cómo...—. Shanks... —comprendió mientras el terror lo aplastaba.
—El joven Akagami me dijo lo que pasó —aceptó—, está preocupado por ti.
Mihawk se apartó de él, evitando que lo tocara, mientras negaba con la cabeza—. No voy a quedarme aquí —aseguró mientras caminaba hacia atrás. Tenía pensado echar a correr en cuanto llegará al pasillo que daba a la salida, pero se topó con un sujeto enorme que lo sujeto por los hombros con fuerza, haciéndole daño.
—Es normal que los pacientes estén renuentes a tomar el tratamiento —explicó el sacerdote de la túnica negra—, están en negación. No se dan cuenta cuan enfermos están.
— ¡No estoy enfermo! —repitió comenzando a forcejear para librarse de su captor.
—Te vas a quedar aquí —sentenció su padre con tanta autoridad que dejó de pelar—. Estas personas van a curarte, y cuando estés curado podrás regresar a casa a tener una vida normal...
Luego de decir aquello se había retirado, ignorando sus suplicas y asegurándole que todo aquello era por su propio bien.
Si el infierno existía, no era nada comparado con "San Fermín".
Terminó aquella comida y se despidió de su amigo para volver a la universidad a concluir algunos asuntos pendientes. No soportaba estar más tiempo con su amigo, aunque lo tenía una alta estima, había ocasiones en las que su sistema le pedía alejarse de él. No lo culpaba, de hecho nunca lo hizo, pero aun así le dolía profundamente pensar en aquella traición, pensar que en lugar de hablar con él había pensado que su padre católico ortodoxo, defensor de "la familia natural" y claramente homofóbico iba a ayudarlo.
Estaba tirado en el suelo, en un rincón de aquella sucia habitación abrazado a sus piernas mientras temblaba por la impotencia, el dolor y el miedo.
Lo habían atado, lo habían torturado, lo habían dejado sin comer por días, sin poder salir a un baño, defecando en la esquina contraria a la que dormía, y lo habían ultrajado cada noche mientras le repetían lo sucio y asqueroso que era por disfrutar de algo tan grotesco como aquello, restregándolo en su propia mierda, dándole descargas eléctricas en los testículos cuando sus incontrolables y enfermizos instintos comenzaban a dejarse llevar.
Cada noche lo violaban y le preguntaban si disfrutaba aquello, y contestaba que no, en medio del dolor, el asco y la desesperación que le producía estar en un lugar como aquel, lo único que podía hacer era gritar que no le gustaba.
Y no mentía.
Le dolía el recto al sentarse, al pararse y al defecar. Sangraba todo el tiempo con cualquier movimiento brusco. No podía mover las piernas normalmente porque las quemaduras en sus testículos eran insoportables.
Lo follaban y lo torturaban al mismo tiempo, para que su cuerpo rechazara el sexo gay, y lo rechazaba, le dolía, le quemaba y destrozaba por dentro cada vez que sentía aquel liquido pegajoso resbalándole entre las piernas. Nunca antes había tenido sexo antes de ese lugar y llegó a pensar que nunca lo tendría.
.
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Una noche, luego de una sesión de electroshocks, violación y tortura alguien abrió su puerta, sorprendiéndolo.
—Shanks... —murmuró con voz débil al reconocerlo.
—Lo lamento —dijo mientras lo ayudaba a levantarse—, en cuanto supe lo que hizo tu padre y la clase de lugar que es éste busque el modo de sacarte...
—Tardaste mucho... —le sonrió, aunque era la sonrisa más sombría que le dedicaba.
—Lo lamento...
Caminaba por los pasillos de la universidad cuando escucho que lo llamaban. Salió de sus pensamientos, y giró la vista encontrándose a aquel muchacho con el que había compartido el lecho tantos años, y a quien le había causado el mismo daño que le quemaba el alma a él—. Estás mejor —atinó a decir con esa falsa indiferencia que tenía tan bien ensayada.
Lo miraba tan delgado, tan arruinado... «Así te he dejado.» Pensó, mientras el chico excusaba su estado, restándole importancia.
Maldijo en silencio los recuerdos que lo atormentaban. Se pasó las manos por el cabello con frustración. No quería pensar en esas cosas, no en aquel momento, no ahora que había decidido continuar con su vida normal y dejar de lado esos enfermizos sentimientos que lo ataban a Zoro sólo para hacerle daño...
Luego de revolcarse con él varias veces en su auto lo contempló dormido con el espejo retrovisor... era tan perfecto, tan dulce...
Nunca antes había tenido sexo con otro hombre, no luego de "San Fermín". Vivió negando su naturaleza, perdido, atormentado y desdichado, incluso esa noche mientras se revolcaba con aquel muchacho lo había empujado, lo había golpeado, lo había alejado... temía al dolor que volvía a su mente al recordar aquellos días encerrado... incluso lo tomó con fuerza para no ser él quien sintiera dolor, sino quien lo infringiera, y aun así no recordaba haberse sentido tan pleno nunca antes en su vida.
Ese fue solo el comienzo.
Adoraba estar con él, tenerlo, verlo, disfrutarlo... pero cada vez que lo tocaba un interruptor en su cabeza se encendía, y volvía a sentirse vulnerable y asustado... y se defendía, y lo lastimaba, y arruinaba todo... aunque quisiera repararlo al darse cuenta de lo que hacía podía ver en su mirada como lo estaba rompiendo, como lo despedazaba, un poco más cada vez.
No podía más con todo aquello...
No más.
—Te amo.
No pudo evitar burlarse de lo absurdo que era que dijera aquellas palabras con tanta convicción, luego de que lo había humillado y torturado tantas veces—. ¿Acaso eres idiota?
Sintió que le temblaban las mejillas al mismo tiempo que un hueco se le abría en el corazón al darse cuenta que lo tenía del cuello contra la pared.
—Déjame ayudarte.
El pelinegro negó con la cabeza—. Ya no tengo salvación —acarició sus mejillas, secando las lágrimas que escapaban de aquellas hermosas orbes negras—, pero tú sí —volvió a negar—déjame salvarte... déjame ir...
El elegante hombre cuyo rostro era atravesado por una cicatriz se recargó en el marco de la puerta de su oficina para mirarlo—. ¿Estás seguro de esto?
—Hace años que no estaba seguro de nada.
Se despidió de su colega y tomó la caja de cartón donde había guardado todos sus afectos personales. Salió de esa oficina sin mirar atrás. No podía quedarse, ni debía hacerlo, ya le había hecho demasiado daño a ese muchacho, y lo amaba demasiado como para seguir usándolo de salvavidas para sacar un poco la cabeza de entre la mierda en la que vivía y respirar.
Fin.
Debo confesar que planeaba ser más especifica en cuanto respecta al tiempo que paso Mihawk en San Fermín, pero me parecio morboso e innecesario.
En fin, gracias por leer.
