Ilógico, III.
Qué se suponía que debía hacer cuando todo su cuerpo le pedía que hiciera algo que sabía con cada una de sus neuronas que no debía hacer.
Por milésima vez aquella noche se sentó en la orilla de la cama y contempló el reloj digital que estaba sobre el buro, en silencio, sin encender la lámpara, en medio de la oscuridad, salvo por las oscilantes luces que se colaban por la ventana haciendo bailar las sombras, las magines, las ideas...
Sabía lo que quería, cada célula de su cuerpo se lo clamaba con desesperación, cada vez que las pesadillas lo despertaban, cada vez que los deseos lo estremecían. Necesitaba a alguien que lo comprendiera, que lo abrazara y le prometiera que todo estaría bien... aunque fuera mentira.
Respiró profundo, fatigado y llenó de frustración. Estaba sudando y no sabía si tenía fiebre o calor, lo único que sabía era que necesitaba... sacudió la cabeza, sacando esas ideas de su mente y mareándose un poco. Era increíble que estuviera pensando en algo así luego de lo que había pasado.
Se maldijo en silencio mientras masajeaba su nuca en un infructuoso intento por relajarse. Necesitaba un trago, pero no podía beber. Volvió a recostarse y se quedó mirando el techo en silencio hasta que el cansancio lo obligó a dormir, no supo la hora a la que eso paso, pero la fatiga acabo por vencerlo...
—Me gusta pasar tiempo contigo.
Kuina había soltado aquel comentario de manera natural. Era una chica ruda que había levantado una enorme muralla de indiferencia y fortaleza a su alrededor, pero de cuando en cuando se le escapaba (quizá por alguna cornisa) un poco de sincera vulnerabilidad.
—A mí también —balbuceo él, en respuesta, mientras sentía un calor inusual en el pecho.
Era primavera y estaban haciendo la limpieza general del dojô para la purificación de medio día. Al morir sus padres Koshiro (el padre de Kuina) se había inclinado delante suyo como disculpa por su perdida, y se ofreció a encargarse de él al descubrir que no tenía más familia. Aquella pudo ser una etapa dura en su vida, pero la compañía de la joven hacía todo más llevadero.
Kuina era amable con él, pero no era condescendiente, lo trataba con rudeza, pero era tierna y amable. No lo decía, pero Zoro sabía que se sentía culpable por la muerte de sus padres, por haber participado en aquel torneo de kendo a escondidas y por haber provocado que dejaran el gimnasio antes de la entrega de reconocimientos. Ella no lo decía, pero lo sabía por el modo en que lo miraba cuando creía que él no se daba cuenta.
— ¿Estás bien? —preguntó la chica, preocupada.
Zoro sonrió.
«Estoy soñando»
—Sí, lo estoy.
Puede que aquellos momentos fueran solo una descarga eléctrica de su cerebro, pero realmente le hacía sentir bien recordar el día que descubrió que estaba enamorado de aquella maravillosa mujer.
Salió por la puerta de servicio con un café en la mano y la frustración en la mente. Había doblado turno para tratar de ocuparse, especialmente cuando tres días atrás, al volver a su departamento, se dio cuenta que Zoro se había marchado. Cómo se suponía que podría ayudarlo si no tenía la menor idea de donde carajos estaba.
Llamó por teléfono a varios de sus conocidos para preguntar, pero la mayoría no tenía idea. Vivi le sugirió que si Zoro quería espacio lo mejor era dárselo, y Luffy (quien seguramente si tenía alguna idea) estaba de gira con el equipo en una serie de partidos de exhibición por el país, así que contactarlo era una odisea. El resto de sus amigos no le parecía que tuvieran la menor idea de nada, especialmente por lo que querían hacer con él peliverde días antes del "alta", pero aun así cuestionó a Robin al respecto.
"—Salió del hospital sin decírselo a nadie y no contesta su teléfono, tal vez esté flotando en el rio."
Sin duda alguna, aquello había sido una pésima idea, pero al final le explicó que ninguno de ellos tenía la menor idea al respecto del paradero de Zoro, la única persona que le quedaba para preguntar era Kid, pero luego de su ruptura se habían distanciado tanto que no tenía una jodida idea de cómo acercarse a él, temía un enfrentamiento, especialmente porque no se sentía mentalmente preparado para ello. Conocía a Kid, y Kid lo conocía a él, así que estaba muy seguro que tenía alguna idea de sus conflictivos sentimientos.
—Doctor... —una joven enfermera se asomó por la puerta, sacándolo de sus cavilaciones—, lo solicitan en el área de urgencias para una consulta.
Suspiró y dio un largo sorbo a su café antes de arrojar el vaso al enorme contenedor de basura—. Voy en seguida —estaba seguro que si no lograba poner sus ideas en orden acabaría por volverse loco, y sería a él a quien acabarían encerrando en un centro psiquiátrico.
—No es por presionarte —el pelirrojo tenía una cerveza en la mano mientras observaba la pantalla del ordenador de su amigo—, pero sería mucho más sencillo si fueras a la universidad a instalarlo tú mismo.
El programador suspiro—. Tienes una maestría en PLC´s, seguramente serás capaz de arreglártelas sin mí.
—Hace más de una semana que saliste del hospital —le recordó mientras retorcía la lata vacía en su mano—. No crees que ya es tiempo de volver al trabajo.
Zoro torció el gesto—. Y qué mierda crees que hago a diario, en esta computadora, todo el día... jugar HALO.
—Podría ser —se alzó de hombros el pelirrojo—, no estoy aquí para verte.
—Puto cabrón... —refunfuñó entre dientes al tiempo que desconectaba la memoria usb con el programa.
Kid tomó el dispositivo y lo guardó en su maletín—. Pero hablando en serio, es necesario que te presentes pronto. El sindicato no podrá respaldarte por siempre.
—No puedo —suspiró—, él está ahí.
Kid sabía quién era "Él".
Una noche luego de cenar con Law y follar en el baño de un restaurante había optado por regresar al taller a recoger algunas de las herramientas que había olvidado guardar. No era su costumbre hacer ese tipo de cosas, pero aquella noche estaba de tan buen humor que se animó a regresar a la universidad.
Quizá lo mejor habría sido haber ido a casa, o regresar con Law a su departamento, pero en cambio se encontró completamente paralizado en la puerta de su taller observando al compañero de piso de Law atado y empalado en una de las mesas de trabajo.
— ¡Pero qué mierda...!
Los protagonistas de aquella mala imitación de "El marqués de Sade" lo miraron, por un segundo, la expresión en los ojos del hombre mayor le hizo pensar que su amigo estaba en peligro, pero él no tardó en gritar que no era lo que parecía. El hombre lo golpeó y le dijo algo, quizá que no le había dado permiso de hablar, quién sabe, Kid no se quedó a averiguar que carajos pasaba. Salió, les dio privacidad y si su amigo y colega desaparecía al menos ya sabía a quién había que partir la cara.
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—Espero que hayan limpiado todo —fue lo único que se lo ocurrió decir a la mañana siguiente que llegó al taller y se encontró con el peliverde.
—No te preocupes por eso —le respondió, claramente avergonzado mientras ordenaba algunas cosas—, todo está limpio y desinfectado.
Kid se rascó la nuca y aclaró un poco su garganta—. ¿Entonces tú y él...?
—No es nada oficial.
—Supongo que no, él está casado —hubo un silencio incomodo que no duro mucho.
—Lo sé... —murmuró el peliverde—, pero cuando estoy con él...
—No es mi problema —lo interrumpió—. Los dos ya están bastante grandecitos para saber lo que hacen —Zoro asintió, sin mirarlo—, solo... no dejes que se te salga de las manos.
Seguramente debió decir más que eso en aquel momento, como que si aquello le avergonzaba debería dejar de hacerlo, tal cual lo pensó en ese momento, pero ya no tenía caso indagar en el pasado, nada podía hacerse al respecto, por más que uno se arrepintiera de ello, pero por el futuro en cambio sí podía moldearse, y quería que el peliverde entendiera eso.
— ¿Vas a mandar todo a la mierda por él?
Era una buena pregunta, pero Zoro no tenía una buena respuesta. Mihawk era como una droga para él, y sabía que si lo tenía tan cerca acabaría cayendo en tentación y... —. Ya estoy hasta el cuello de mierda...
El pelirrojo bufó con frustración, dejándose caer en el sofá frente a él—. Y qué esperas para salir, idiota —él otro lo miró—. Ya te lanzamos la puta cuerda, agárrate de ella y escala. No esperes a que la jalemos por ti.
Kid era muy cínico, y muy rudo. No tenía una pizca de tacto, pero tenía toda la razón en una cosa: dependía solamente de él mismo salir adelante... pero saber lo que tenía que hacer y hacerlo en realidad eran dos cosas que parecían estar a un gran cañón de distancia. No podría llegar al otro lado más que cruzándolo, y para eso debía llegar primero al fondo... el problema era que no estaba seguro si estaba en el o aún podría caer más bajo.
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Pasaron diez días más antes de que Zoro finalmente se animara a volver a la universidad. Se sentía mucho mejor. Luffy lo llamaba diario, generalmente para contarle sus aventuras y distraerlo, pero en el fondo sabía que todas esas llamadas eran para saber si estaba bien, si lo necesitaba. Algunas veces en medio de su frustración le había dicho a su amigo que tal vez lo mejor sería morir, en esas ocasiones su amigo no colgaba el teléfono en toda la noche, aunque se la pasara diciéndole tonterías... quizás temía que se suicidara... quizás realmente pensaba hacerlo... nunca lo había considerado de verdad, pero últimamente pensaba mucho en eso.
Toda la gente lo saludaba, los doctores, sus colegas y sus estudiantes. A todos parecía darles gusto verlo, y a él le agradaba estar de vuelta, pero conocía esas miradas, esos silencios repentinos que llenaban la habitación, esos "hey" seguidos de algún golpe o una tos falsa que interrumpía. Todos querían saber que rayos le había pasado, pero nadie se atrevía a preguntarle. Durante el almuerzo había optado por cuestionar a Kid sobre lo que habría dicho: "—Un imbécil te dio una paliza para asaltarte —respondió, y ante la pregunta de qué le había robado, la respuesta del pelirrojo lo desmoralizo por completo—. ¿Qué no te robo?"
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La mañana pasó sin grandes contratiempos. No fue sino hasta luego de la hora de la comida que lo vio caminando por la universidad más distraído de lo que lo había visto nunca, y un inexplicable deseo de cobijarlo y consolarlo se apodero de él, al punto de hacerlo atravesar el estacionamiento para encontrárselo de frente—. Mihawk...
El aludido lo miró—. Estas mejor
Aquella voz grave e indiferente lo estremeció—. Nunca estuve tan mal —respondió al tiempo que intentaba apartar a esa voz ponzoñosa que le decía que aquello era una pésima idea—, algunas personas lo exageraron.
—Me alegra saberlo.
El mayor hizo un ademan de despedida, dispuesto a alejarse de él, así que lo jalo y lo metió a un aula vacía, arrinconándolo. Poco le duro el control, pues el mayor lo giro con fuerza y lo sujeto del cuello contra la pared—. ¿Por qué insistes en esto? —le preguntó entre dientes.
Zoro sintió como su virilidad despertaba en medio del dolor y del miedo—. Te amo... —necesitaba sentirlo otra vez...
Mihawk se mofó, haciendo que el peliverde sintiera como su corazón se desquebrajaba—. ¿Acaso eres idiota? —inquirió, presionado con más fuerza su cuello, cortándole el aire.
—Tú lo eres... —le dijo mientras intentaba inhalar un poco de aire—, si no te das cuenta que lo que siento es real...
El pelinegro lo miró, mientras lentamente deshacía la presión en su cuello sin darse cuenta—. Ya sé que es real... —susurró—, por eso debes irte...
—Yo puedo ayudarte.
—Nadie puede ayudarme...
Intercambiaron algunas palabras hasta que el móvil del más joven comenzó a sonar, y el mayor lo tomó, contestando, importándole un carajo que alguno de los inútiles amigos del muchacho lo reconociera, o que fuera el irritante Eusstass Kid dispuesto a cumplir su amenaza y llamar a la policía—. ¿Qué quieres? —hubo silencio del otro lado, como si la persona que había marcado estuviera verificando no haberse equivocado de número.
— ¿Zoro?
—Está ocupado.
— ¿Quién es? —había desesperación en aquella voz.
—Quién crees...
—Si le pones una mano encima...
Law escuchó el sonido de la línea muerta y por un segundo sintió que el alma se le iba a los pies. Le importaron un carajo sus pacientes, sus operaciones o los pendientes que pudiera tener en aquel hospital, le dijo a su jefe que debía irse y salió disparado del lugar antes que alguien tratara siquiera de detenerlo.
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Eran casi las ocho cuando finalmente encontró al peliverde sentado frente a un lago en el parque. Corrió hasta él y se arrodillo delante suyo, para poder ver su rostro cabizbajo—. Llevó horas buscándote —le informó en medio de su entrecortada respiración.
—Tú contestaste —dijo sin expresión alguna.
—Estaba muy preocupado —continúo hablando el ojigris—, temía que él...
Levantó la vista para mirarlo, y eso lo hizo callar—. Él no me haría daño...
—Zoro, por favor...
—No —lo interrumpió—, si él quisiera hacerme daño se habría quedado conmigo, en cambio... me dejo... —por un segundo, su voz pareció quebrarse—. Él no quería hacerme daño.
Aunque nada de lo que su amigo decía parecía tener sentido o lógica alguna, algo en la cabeza de Law le hizo pensar que aquello era verdad—. Me alegra —dijo mientras se sentaba junto a su amigo—, que finalmente haya hecho lo correcto.
Hubo un silencio largo y vacío que ahuecaba hasta al corazón más duro, pero el peliverde no lo rompió.
—Sé que no he sido el mejor amigo en todo este asunto, y que tal vez debí intervenir desde la primera vez que llegaste al departamento hecho un desastre —Zoro lo miró—. Lamento no haberte ayudado.
—No podías saberlo.
—Debí darme cuenta —interrumpió—, soy doctor, veo casos así a diario...
—Me ayudaste mucho curando mis heridas.
—Pero no cure las heridas correctas...
Zoro lo miró sin entender lo que le pasaba a ese indiferente cirujano con el que había compartido departamento por más de diez años—. ¿De qué...?
El ojigris lo sujeto de las mejillas y lo besó tan suave y dulcemente que por un instante pensó en dejarse llevar por aquella inesperada dulzura. Estaba tan cansado, tan roto y tan herido que por un segundo considero que podía permitirse sentir esa calidez que Law estaba dispuesto a brindarle, pero sabía que no estaba preparado, que estaba demasiado roto, que aquello solo terminaría por devastar lo poco que aún quedaba de él, así que lo soltó.
Cuando Law se apartó lentamente, la sonrisa que recibió de su amigo le dijo todo lo que tenía que saber. Suspiró—. Lo lamento.
—Sabes que el problema soy yo, verdad.
—Quisiera poder ayudarte a sanar.
—Temo que esta es una herida que tengo que curar solo.
Law quería salvarlo, pero cuando lo miró levantarse e irse de aquel parque, dejándolo atrás, no pudo más que sentir alegría. Quería salvarlo, quería ser ese caballero en dorada armadura que lo rescatara y lo sacara de aquel hoyo, pero al mismo tiempo quería querer a alguien que fuera capaz de salvarse a sí mismo, así que observó al peliverde alejarse mientras apostaba a favor de su fuerza.
Quizá algún día, cuando hubiera logrado sanar esas heridas podían intentar retomar aquel beso y esperar a ver hasta donde llegaban.
Fin de Ilógico.
Los tres capítulos de "Ilógico" concluyen aquí, probablemente el próximo será el último.
Besos.
