Editado 01/06/2022
= En Paz. =
Zoro se miró al espejo en silencio. No era alguien que acostumbrara a usar traje, pero ciertamente estaba seguro de que le lucia bastante bien. Aunque en algún momento de su vida se había imaginado viviendo aquel día, era una idea que no le había tomado ni cinco minutos descartar.
Su mejor amigo lo miró fijamente, incomodándolo sobre manera y aumentando los nervios que estaban presionándole la boca del estómago. El pelinegro se sujetó el mentón y lo rodeó, observándolo tan detalladamente que cuando se paró delante suyo y levantó el pulgar, sonriéndole como un imbécil, apenas fue capaz de reprimir las ganas de darle un buen golpe en la cabeza. Antes de que pudiera decir algo, la puerta se abrió y el resto de sus amigos entraron en aquella habitación, hablando de mil cosas y de nada en particular para poder mirarle y darle su aprobación, tal cual el simio que tenia de mejor amigo lo había hecho.
—¿Estás listo para esto, marimo? —inquirió Sanji, exhalando el humo de su cigarrillo y apagándolo en la planta de su zapato.
—No estaría aquí si no lo estuviera —aseveró con una seguridad que no estaba del todo instalada en su interior.
No era que no estuviera seguro o que no quisiera realmente aquello, era simplemente que había descartado tan rápido la posibilidad de vivir aquel momento en su vida, que no se sentía de todo preparado.
Había demasiadas dudas en su cabeza, demasiadas preguntas y un montón de posibilidades que le preocupa llegar a vivir. Era cierto que habían vivido juntos por más de diez años, pero también era cierto que nunca había una pareja durante aquel tiempo. Su convivencia había sido distante, pese a su amistad. Respiró hondo y buscó la caja con los gemelos que le había regalado Law el año anterior, eran tres pequeñas espadas de oro cruzadas. Sonrió mientras los recuerdos de aquellos días volvían a su memoria.
Podía recordar perfectamente aquel lunes de hacía un año, tenía tan solo dos meses había vuelto a la ciudad, y aunque hubiera vivido ahí durante toda su época de estudiante, incluso hasta concluir su doctorado, junto a Law, lo cierto fue que no se sentía cómodo de regresar al departamento con él. Tampoco podía mudarse con Luffy, aunque su amigo hubiera insistido, no se sentiría cómodo andando por ahí con una pareja que acababa de tener un bebé. Si bien era cierto que Vivi le había dicho que no había ningún problema, no le pareció correcto, así que termino rentando un departamento cerca del centro. Con su sueldo podía costeárselo.
Estaba desarrollando una ERP de contabilidad para un despacho, casi lo terminaba y tenía tantas solicitudes de clientes que comenzaba a plantearse abrir una desarrolladora y contratar un par de ayudantes. No era lo que había imaginado para su futuro, pero volver a incursionar en la robótica ya no le hacía tanta gracia como cuando era joven.
Era un éxito en la programación, tanto que se podía considerar el mejor del mundo, en especial porque las personas que lo contactaban para que realizara algún trabajo para ellos eran de nacionalidades tan variadas que parecía que su fama no tenía fronteras.
Miró con nostalgia el estante de fotografías sobre su escritorio, donde se encontraba en una con Kuina colgada de uno de sus brazos. Sonrió.
El teléfono sonó, supuso que sería un cliente así que se tomó algo de tiempo para responder—. Zoro Roronoa —anunció al contestar la llamada.
—¿Qué tan ocupado estas hoy?
La persona del otro lado de la línea no tuvo que presentarse, le conocía la voz de sobra—. Tengo el trabajo bastante adelantado —admitió, dándole un sorbo a la taza de café junto a su computadora. La bebida ya estaba fría.
—Tengo la noche libre, ¿quieres ir a cenar?
—Claro.
—Genial —aunque la voz del otro lado de la línea era neutra, un brinco de su propio corazón le hizo notar el entusiasmo—. Ponte saco, iremos a un sitio formal.
La llamada había sido bastante breve, muy concisa y directa, pero estaba acostumbrado a que Law no se anduviera con rodeos, era cirujano, así que evitaba perder tiempo innecesariamente. Y no era como si necesitaran un gran preámbulo para invitarse a cenar.
Guardó los cambios de su trabajo e hizo el commit del día antes de apagar el ordenador y levantarse para comenzar a prepararse. Law no le había dicho el sitio al que saldrían, lo que significaba que iba a pasar por él. Tampoco le había dicho la hora... lo cierto es que ya que lo pensaba la invitación había sido bastante ambigua. «Seguro ha tenido una emergencia» Pensó. «Quizá no debería apresurarme.»
El cirujano y él habían comenzado a salir en cuanto él había regresado a la ciudad. Desde el mismo día que había vuelto su relación se consolido. Luego de más de diez años de amistad y otros tantos de saber que se gustaban finalmente habían dado el brinco al otro lado. Apenas dos meses de relación y ya sentía que todo estaba en el lugar correcto. Lo cierto es que no tenían una historia previa, nunca salieron juntos mientras estudiaban, pero si tenían sentimientos acumulados que ninguno de los dos se dio cuenta cuando habían comenzado, y la verdad, a esas alturas de sus vidas no era algo que les importara, lo que importaba es que estaban juntos, que les gustaba y que se hacían bien el uno al otro. Luego de tantos errores, tropiezos y sin sabores, tener una relación con alguien que les hacía bien les sabía raro, pero les encantaba. Si era un poco raro no sentir angustia, ni miedos, ni preocupaciones. Sentir que todo estaba bien, todo el tiempo era confuso a veces, pero según su terapeuta era algo normal teniendo en cuenta lo difícil que había sido para él la última vez.
"—Estas demasiado acostumbrado al caos, que la calma parece una señal de alerta."
Aquello era cierto, los primeros días le había sentido demasiado extraño toda la comprensión que Law parecía tener con él. Había veces que sentía que lo trataba con pinzas, pero seguramente estaba exagerando.
Esa tarde se ducho y se vistió lo más formal que su estilo y su guardarropa le permitieron. Llevaba un pantalón de vestir azul marino, con saco a juego, una camisa color salmón con un par de botones desabrochados y sin corbata. Había comenzado a alistarse a las 7:30, y diez para las ocho estaba sentado en el sofá bebiendo una cerveza y viendo el soccer. Luffy era mediocampista y el capitán del equipo local. Estaba jugando. Le vio acertar un par de goles, y luego el close up de su cara con los gritos de los fanáticos al fondo. Mirarlo jugar lo hacía feliz, porque sabía lo que le había costado.
El timbre sonó y levantó la bocina—. Diga.
—Espero que estés listo.
Ni siquiera intentó reprimir la sonrisa que lo invadió—. Bajo en seguida.
Se terminó la cerveza y apagó el televisor antes de salir.
Law miró su reloj de muñeca con premura. La reservación era a las 8:15 así que estaban a tiempo. Traía puesto un traje gris, con una camisa negra y una corbata color plata a juego. Encima llevaba su gabardina negra, la cual llevaba abierta porque el frio de la temporada aun no apremiaba que la usase cerrada. Miró a Zoro salir del ascensor, con su traje azul y su gabardina beige doblada en su brazo. Lo observó colocarse aquella prenda antes de salir del edificio.
—Perdona, creo que debí abrirte —hasta ese momento el peliverde no había caído en la cuenta de que lo había dejado afuera.
—No te preocupes, aproveche para hacer una llamada —mintió. No quería que el moreno se sintiese mal y no disfrutara la noche por no haberle abierto la puerta.
A veces sentía que lo trataba con más cuidado del que debía, pero no podía evitar querer protegerlo de todo, todo el tiempo. Zoro había tenido una terrible relación de codependencia de la cual no había salido por gusto, y eso nunca dejaba de preocuparle. Quería que sintiera seguro y cómodo a su lado, a cualquier costo.
Llegaron a un restaurante bastante elegante—. ¿Tuviste mucho trabajo? —inquirió Zoro mientras se sentaban.
—No realmente —amenizó el ojigris mientras el camarero les entregaba los menús—. Ser el jefe tiene sus ventajas.
Ambos se sonrieron con cierta complicidad. Cualquiera creería que ser el jefe de un departamento generaría más trabajo, pero para Law era más bien lo contrario. Hacia consultas especiales, se ocupaba de la burocracia (con ayuda de su asistente) y únicamente atendía los casos más raros y/o los más importantes.
—Las tendrá para ti, que tienes un sequito de aduladores besando el suelo que pisas...
—También los tendrías se contrataras empleados —lo interrumpió—, estoy seguro de que hay una fila de personas deseando trabajar contigo.
Zoro hizo una mueca—. Sabes que se me da mejor trabajar solo.
Continuaron hablando de su día con total tranquilidad luego de pedir la cena. Todo parecía bastante cotidiano y parecía que la velada trascurriría sin grandes eventualidades.
El camarero recogió los platos de su mesa y les ofreció una bebida, la cual aceptaron de buena gana, seleccionando un ron de muy buena calidad.
—Parece que no le ha hecho gracia que pidiéramos ron —comento Zoro en cuanto el camarero se alejó un poco.
—Debe estar acostumbrado a que le pidan vinos o wiskis —meditó su compañero—, seguro que fue porque no tenía idea de que recomendarnos.
En ese momento un violinista se acercó a la mesa junto a ellos y comenzó a tocar Cello Suite No. 1 para la pareja que estaba ahí. Era una propuesta de matrimonio.
Zoro y Law se miraron mientras la música sonaba, había cierto grado de incomodidad en ambos, especialmente cuando la gente comenzó a aplaudir a la feliz pareja y ellos sintieron la presión social de hacerlo también. Se resistieron con tozudes, como si a alguien le importara si ellos aplaudían o no. Finalmente, el ojigris suspiró y se sonrieron—. Esto se está haciendo una costumbre —bromeó Zoro, puesto que esa no era la primera vez que estaban en un restaurante donde alguien hacía una proposición.
Law se alzó de hombros—. Supongo que es esa época del año —expresó, refiriéndose a una vieja teoría que tenían él y Zoro de que en aquella época había más propuestas que el resto del año. Law decía que era porque a la gente le gustaba casarse en primavera, por eso proponerlo en otoño era lo habitual.
—Lo es —corroboró su acompañante.
El camarero se acercó a servirles su bebida y ellos pidieron que les dejara la botella.
Law se recargó en su asiento y metió las manos en los bolsillos, dubitativo—. Sabes, hoy es el aniversario del día que nos conocimos —dijo con una mueca nerviosa, trataba de sonreír.
El otro chico no oculto su sorpresa—. Vaya... —sabía que se habían conocido en otoño, pero la fecha exacta no era algo que guardara en su memoria. También estaba el hecho de la universidad y la mudanza habían sido una época bastante caótica para él.
Law suspiró, sacó una caja de joyería del bolsillo de su pantalón la colocó sobre la mesa, inclinándose hacía adelante, como quien acababa de armarse de valor—. No es la gran cosa —explicó, empujando la caja hacía él y soltándola para que la tomara.
Zoro no pudo evitar sonrojarse. Tomó la diminuta caja y la abrió. Eran unas mancuernillas en forma de espadas, aparentemente de oro. Se sintió tan abrumado en aquel momento que lo último que le paso por la cabeza fue dar las gracias—. Yo no uso este tipo de cosas.
—No tienes que usarlos —la incomodidad que el ojigris sentía había superado el límite de lo tolerable hacía ya un buen rato—. Cuando los vi pensé en ti, y quise comprarlos.
Las pequeñas espadas brillaban en su empaque—. Yo no te compre nada.
La incomodidad solo era acompañada por el violinista que no parecía que fuera a parar. Law miró a su derredor, buscando alguna cosa donde poner su atención mientras el rubor desaparecía de su cara, pero no encontré nada digno de su interés. Justo cuando la melodía cambio y fue reemplazada por The Four Seassons volvió su atención a su pareja.
Zoro estaba bastante concentrado, colocándose las mancuernillas en unos ojales que no fueron hechos para llevarlas, pero se le antojo demasiado tierno haciendo aquello—. Están increíbles —sonrió el peliverde mostrándole triunfante que había logrado colocarlas.
—Te compraré una camisa para que las uses como se debe.
A veces, cuando uno es demasiado cínico y calculador deja de creer en ciertas cosas, quizá era por el lugar o que Csardas fue la siguiente melodía que llenó el ambiente, quizá era por lo increíblemente guapo que su compañero se veía con aquella ropa, o simplemente era que adoraba verlo sonreír, pero por un segundo pensó que realmente existía el amor a primera vista y que, tal vez, muy en el fondo de su corazón sabía que le había amado desde el día que lo conoció.
Su corazón comenzó a ir tan deprisa como la mitad de aquella melodía. Le tomó la mano y lo miró a los ojos con una profunda intensidad—. Te amo.
Zoro se ruborizo.
—Podría pasar mi vida entera a tu lado.
Lo dijo sin pensar, pero ni tan siquiera la expresión de pánico de su acompañante o el hecho de que apartara la mano de él a toda prisa le hicieron sentir el menor ápice de arrepentimiento. Lo que había dicho era verdad.
El mesero se acercó en aquel momento para preguntar si necesitaban alguna otra cosa. Pidieron la cuenta y se retiraron, consientes que la situación había dado un giro que no esperaban que diera.
El camino a casa fue silencioso. Zoro guardo las mancuernillas en su caja para no perderlas. Law lo dejo frente a su edificio y le deseo buenas noches antes de que pudiera sugerirle que subiera para que charlaran.
Suspiró mientras observaba el auto alejarse.
Anduvo hasta su departamento con la mente en blanco, se recostó en el sofá y observó las mancuernillas por más de una hora mientras recordaba las palabras del ojigris y repasaba la velada una y otra vez. Miró su móvil y meditó por un momento en la hora que era y si era conveniente realizar una llamada. Al final no lo pudo evitar.
—¿Diga? —la voz soñolienta del otro lado de la línea lo hizo sentirse culpable. Por un segundo pensó en no decir nada y colgar.
—Luffy... —murmuró, y no tuvo que decir más nada.
Solo basto que su mejor amigo reconociera su voz. Escuchó un golpe seco. Supuso que habría caído de la cama—. ¿Esta todo bien? —iba a responder, pero el hiperactivo futbolista del otro lado de la línea siguió hablando—. No te preocupes, no importa. Voy para allá —tras decir aquello colgó en seguida, y en menos de veinte minutos ya estaba abriéndole la puerta.
—Vives del otro lado de la ciudad —le reprendió—. No deberías conducir así, no eres de goma.
—Si mi mejor amigo me llama en la madrugada voy a venir enseguida —Zoro suspiró—, además no venía tan rápido —añadió extendiéndole un paquete de cervezas—. Hasta tuve tiempo de pasar por la tienda.
Zoro sacó una cerveza del empaque y la bebió de un tragó—. Creo que Law me ha propuesto matrimonio.
—Pues ya era hora —exclamó el alegre moreno mientras le palmeaba la espalda, dándole el "enhorabuena".
—No es por parecer apremiante —Usopp vio la hora en su celular—, pero hay que irnos.
El grupo comenzó a adelantarse, dejando solos a los mejores amigos. Luffy rodeó a Zoro en un abrazó fraternal mientras caminaban—. Seguro que Law se va de espaldas al verte —le sonrió—, si a mí me gustaran los chicos, seguro no la hubiera tenido tan fácil.
Zoro lo empujó—. ¿De qué coño hablas?
Se rieron escaleras abajo, mientras iban al salón.
—Solo digo que estas muy guapo —concluyó, alzándose de hombros.
—Pensé que te vestirías de blanco —Kid estaba recargado en el marco de la puerta mientras Bepo estaba ayudando a Law a acomodarse el boutonnière.
—No me sentiría cómodo luego de las noches desenfrenadas de sexo que viví contigo —bromeó.
El pelirrojo soltó una carcajada—. Puedes decirlo de broma, pero vaya que te revise a fondo.
—Esos comentarios están fuera de lugar —sentenció el colega y amigo íntimo del ojigris.
—Tienes razón, Bepo... —aquel regordete y bonachón doctor era el único que lograba regañarlo en serio. Suspiró—. Me alegra que vinieras Kid.
El aludido se masajeó el cuello, fastidiado—. Cómo si me lo fuera a perder.
Ellos habían sido pareja por varios años, y pese a que habían tenido una relación complicada de estira y afloja, todo había acabado bastante bien, por decirlo de alguna manera. Al final habían quedado como amigos, conviniendo que lo suyo no hubiera funcionado en realidad.
Eran tan amigos que, hacía casi un año Law había acabado tocando a su puerta una noche de otoño, luego de que una cena con Zoro se pusiera extraña.
—¿Vienes a coger? —la pregunta de Eusstass era en son de broma, pero el cirujano se descoloco tanto que tuvo que aclararlo—. No lo digo en serio, idiota. Simplemente no son horas muy adecuadas de visita —se hizo a un lado, cediéndole el paso—. ¿Qué mierda te paso?
—Creo que le pedí matrimonio a Zoro —anunció mientras se adentraba en el departamento. Se detuvo a la mitad—. Debo volver y aclararle las cosas.
Antes de que saliera de nuevo, el dueño de aquel departamento cerró la puerta y le cortó el paso—. ¿De qué cojones hablas? —no iba a dejar que se fuera en aquel estado—, ¿cómo que "crees"?
El cirujano le explicó como había sido la velada. Se sentía sumamente idiota.
—Luego de eso no nos dijimos más nada, ni tan siquiera cuando lo llevé a su departamento.
Kid había sacado algunas cervezas, pensó en decirle que quizás no se habían dicho nada porque el literalmente había salido huyendo de la situación, pero creyó que decirle aquello iría a peor. Le dio un largo tragó a su cerveza y lo miró—. No le pediste matrimonio —le aclaró—, solo hiciste un comentario acerca de lo que esperas de esta relación —el ojigris se calmó, al menos por un segundo—. Si eso lo espanta y no quiere verte nunca más es una cosa aparte.
Law hundió la cara entre las manos ante aquella abrumadora posibilidad.
Eusstass le paso una cerveza abierta—. Si se aleja porque lo quieres en tu vida, el idiota es él —tomó la bebida y la observó en silencio, temiendo que se notara que aquel comentario no iba exactamente hacía Zoro—. Se arrepentirá más temprano que tarde, te lo garantizo.
—No quiero que se arrepienta —admitió, sin levantar la mirada—. No quiero que se vaya.
Kid le sujeto la cabeza a modo de consuelo. Sabia muy bien porque lo decía. Años atrás Zoro había acabado abandonando la ciudad cuando su toxica y destructiva relación de años había terminado. Él lo sabia mejor que nadie, le dio asilo en su casa los últimos meses para que pusiera todo en orden y nadie lo molestara—. No creo que vaya a abandonarte.
Kid lo había animado a tranquilizarse, dormir y tomarlo con calma. Según el pelirrojo, si no quería que pasara nada no debía hacer nada, así que con el corazón en un bolsillo se dispuso a hacer eso exactamente: nada,
La semana transcurrió, y no se atrevía a llamarlo, pero si le enviaba mensajes tontos y sin relevancia, y el otro chico parecía estar en el mismo canal, así que, aunque sentía algo de decepción, también estaba aliviado, y aunque quería verlo no se atrevía si quiera a sugerirlo.
Bepo entró a su oficina. Era el jefe de neurocirugía, así que tenía su propia gran oficina y su trabajo era más burocrático que otra cosa, y aunque extrañaba los años en que no paraba de correr de un lagar a otro, le agradaba tener tiempo libre para pasarlo con Zoro, aunque aquellas últimas semanas lo estuviera evadiendo.
—No se ira a casa aún, jefe —inquirió mientras le acercaba un café.
Law suspiró y se giró a mirar por la ventana—. No es que me esté esperando nadie.
—Entonces tengo suerte —el corazón de cirujano se detuvo por un segundo—. Si no tienes planes puedo invitarte a cenar —el hombre de ojos grises se giró y observó a Zoro en la puerta de su oficina. No acostumbraba a ir a buscarlo al trabajo, por aquel motivo nunca le paso por la cabeza que aquello pudiera pasar. Lo miro saludar a Bepo. No llevaba ropa formal, traía puestos unos jeans y una chaqueta de cuero, la cual llevaba abierta—. ¿Qué dices, me acompañas? —el medico asintió con la cabeza.
Luego de despedirse de Bepo anduvo de manera automática hasta el auto, incluso charló brevemente con el jefe de cardio... no podía recordar lo que se habían dicho, algo sobre una consulta a primera hora... no estaba seguro. Subieron a su auto, colocó las llaves...
—Law...
Miró a su acompañante.
— ¿Te encuentras bien?
—Por supuesto —mintió y fingió una sonrisa.
Odiaba mentirle, pero teniendo en cuenta que la última pareja de Zoro había sido un puto toxico de mierda, lo que menos quería era hacerlo sentir que le debía alguna cosa. Lo amaba, no quería que se fuera, pero al mismo tiempo, lo último que quería era que se sintiera obligado a quedarse. A veces tenía la sensación de que andaba en un campo minado.
El peliverde suspiró—. Muy bien —forzó una sonrisa, y el doctor sintió que se le partía el corazón—. Hice reservaciones —le dio el nombre del restaurante. Law asintió y tomó rumbo al lugar.
Era un sitio discreto con una pequeña terraza, donde les dieron una mesa. Zoro pidió un licor—. ¿Estás evadiéndome de una forma muy poco discreta? —le dijo mientras el camarero llenaba sus copas.
Law se sobresaltó, sintiéndose acorralado—. Claro que no... —balbuceó.
—Si hice algo que te molestara, al menos deberías tener la cortesía de decirme que carajos fue —lo interrumpió. Era evidente que estaba molesto.
—No hiciste nada que me molestara —dijo con sinceridad, pensando que era él quien había metido la pata por completo.
Zoro resopló—. Sé que en nuestra última cita no reaccione exactamente del mejor modo, pero si quieres mandarme a la mierda ten las agallas de decírmelo a la cara.
El ojigris parpadeó un par de veces antes de reaccionar—. No quiero mandarte a la mierda —se apresuró a explicar, completamente aturullado—. Nunca te mandaría a la mierda —la expresión irónica de su compañero lo hizo suspirar. Lo último que habría querido era que Zoro pensara aquello—. Creo que la última vez dije cosas que no debí decir —hizo una pausa esperando que Zoro respondiera algo, pero ante el silencio, continuó—. Te amo. Nunca te mandaría a la mierda, es solo que no quiero que te sientas presionado.
—Y tú solución es decir que quieres pasar tú vida conmigo y desaparecer.
Puesto en aquellas palabras, sonaba bastante estúpido. Maldijo a Eusstass en silencio.
El camarero se acercó a ellos en aquel momento y Zoro ordenó por ambos. Law agradeció aquellos momentos para poner sus pensamientos en orden, pero antes de que se le ocurriera alguna cosa, y justo cuando el camarero se alejó, Zoro suspiró.
—Law, también te amo —al decir aquello le tomó la mano, apartándola de la copa—, y debes saber que también quiero pasar el resto de mi vida a tu lado.
Pudo sentir como su corazón se detenía—. ¿De verdad? —preguntó, aunque la sonrisa en su cara hacia evidente que no necesitaba una respuesta, en realidad hizo aquella pregunta porque fue lo único que atino a decir.
Zoro le sonrió con calidez—. Por supuesto que si —sacó un anillo de su bolsillo y lo colocó en su anular—, si estás dispuesto a aguantarme.
Law miró como aquella pieza de joyería se ajustaba a su dedo y asintió—. Por supuesto que sí.
Cuando llegó al salón, Zoro y su grupo de amigos estaban al fondo, en una esquina del lugar, charlando y riendo. Él quería correr, pero guardó la compostura y caminó lento hasta llegar a él. Lo abrazó por la cintura—. ¿Estas listo? —preguntó en su oído.
Zoro lo miró—. Más listo que nunca en toda mi vida.
Se dieron un pequeño beso en los labios.
Fue una ceremonia pequeña. Íntima y familiar. No tenían muchos amigos, y no necesitaban nada extravagante en realidad. Aquella velada lo único que necesitaban era tenerse el uno al otro, y la certeza de saber que ya nada podía impedirles que se cuidaran el resto de sus vidas. Estaban juntos, estaban en paz y eso era lo único que importaba.
=FIN=
