Capítulo 26: Confesiones
El ambiente estaba tenso y la preocupación en el rostro de los magos y brujas era evidente.
Greyback no podía juzgarlos, tras la noticia del repentino viaje a Rumania los ánimos fueron mixtos. Si bien Vladimir había dejado en claro que no requería de ninguna otra compañía más que la de Valerie, sus amigos se negaron a dejarla ir sola, idea a la que el hombre lobo no dudó en sumarse.
—¿Ya estás listo, perro?
Razvan apareció a su lado de la nada e interrumpió sus pensamientos.
—¿Listo para ir directo hacia un nido de chupa sangres? —se mofó —. ¡Expectante diría yo!
El vampiro pelirrojo rodó los ojos ante su particular entusiasmo.
—No es ni será jamás una buena idea llevar a tantos humanos al castillo.
El hombre lobo alzó una ceja.
—Es probable… Aunque Vladimir se mostró bastante dócil al aceptar nuestra presencia en su morada.
—Lo cual es aun más extraño — no pudo evitar agregar Razvan —. No suele actuar de esa forma…
—A menos que sepa que Valerie no lo acompañaría sin sus amigos — le interrumpió Greyback.
—Es una posibilidad…
Fenrir frunció el ceño por unos segundos y observó con atención al vampiro que tenía la mirada perdida en algún punto de la habitación.
—No estás de acuerdo con su decisión ¿verdad? No quieres que acompañemos a Valerie.
Razvan arrugó la nariz.
—No es vuestra presencia la que me preocupa, mas bien que no se si deseó que ella regrese a Rumania —le respondió en un susurro el vampiro sin siquiera mirarlo—. No creo que esté preparada para ello.
—¿Por qué no? Es la reina al fin y al cabo.
El vampiro se cruzó de brazos y le dedicó una mirada seria.
—¿Y cómo te sentirías si la reina de tu especie, que te abandonó por siglos, decidiera regresar de un día para otro junto al rey?
Muy a su pesar y para su incomodidad Valerie se lo encontró a solas en la cocina.
—Riddle… —murmuró su nombre con lentitud.
—Valerie
Ambos se estudiaron mutuamente en silencio por unos segundos, con sus respectivos semblantes serios.
—He de asumir que ya estás mejor —señaló el mago cruzándose de brazos.
La vampira chasqueó la lengua y quiso decir algo hostil, pero prefirió guardarse el comentario. ¿Qué ganaba con actuar de esa manera? Nada, por lo que se limitó a asentir.
—Me alegra saberlo…
Nuevamente se sumieron en un incómodo silencio. Finalmente, Riddle sin ánimos de compartir el mismo espacio con la vampira a solas decidió abandonar la cocina. Al caminar, pasó cerca suyo sin dirigirle la mirada, sin embargo ella notó la palidez en su rostro y las oscuras ojeras debajo de sus ojos. Fue entonces que imágenes explotaron en su mente y recordó la escena donde Vladimir le perforó el estomago.
Segundos antes de que cruzara la puerta, Valerie se giró y lo tomó del brazo, deteniéndolo. Riddle, volteó el rostro y la observó con el ceño fruncido.
—¿Estás bien? Tu herida…
—Estoy bien. Sobreviví como puedes ver —le cortó él de manera tajante.
La vampira lo soltó con pesadumbre. Riddle inhaló con incomodidad, le volvió a dar la espalda y se dirigió nuevamente a la salida, sin embargo las palabras de Valerie lo volvieron a detener
—Tom…¿Ocurrió algo cuando estuve…poseída? ¿Te hice daño?
El mago apretó los puños y tensó la mandíbula. Recordó sus besos, las caricias y sobre todo sus palabras, sin embargo debía aceptar y hacerse la idea que no había sido obra de ella, por más que quisiera que fuera lo contrario.
—¿Realmente no te acuerdas de nada? —le preguntó él todavía dándole la espalda.
—Tengo imágenes vagas… Se que llegue a tu habitación, pero no recuerdo si logré hablar contigo o no.
El pecho de Riddle se apretó con fuerza.
—Desearía que pudieras recordar lo que hablamos—murmuró lentamente.
—¿Qué cosa? —ella se le acercó y le tomó la mano con suavidad, obligándolo a voltear y quedar frente a frente—. ¿Qué te dije?
Ella notó como las facciones del mago se tensaron y para su sorpresa acercó su rostro contra el suyo.
—Tienes miedo —su cálido aliento golpeó el rostro de la vampira—. Tienes miedo de lo que soy capaz de hacerte sentir, aun cuando te prometiste a ti misma que no querías sentir nada por mi.
Valerie abrió los ojos anonadada ¿realmente le había confesado su temor?
Riddle, por su parte, notó el sincero asombro en los ojos de la vampira y cayó en la cuenta que aquella singular, pero importante confesión si había sido obra de ella. Ofuscado y confundido, volvió a hacer el ademán de salir, pero a último momento se detuvo, apoyó una mano en la puerta y bajó el rostro para mirar el suelo.
—Si te digiera que lo lamento ¿serviría de algo? —la pregunta salió de sus labios, pero no se atrevió a dirigirle la mirada.
—Es un poco tarde para eso, Tom —la seriedad en la voz de la vampira fue evidente.
—¿Es realmente tarde o simplemente te es más fácil vivir contigo misma sin aceptar mis disculpas?
—Tus disculpas no son suficientes, tus acciones deberían reflejar lo que dices.
El mago se dio vuelta, clavó sus ojos sobre la vampira y se cruzó de brazos.
— Ni siquiera me haz dejado actuar —le recriminó.
—¿Por qué lo haría? —le cuestionó Valerie con el ceño fruncido—. Te busqué por diez años…—respiró hondo un par de veces y continuó—. Los sentimientos tal vez no cambien de un día para otro, pero mi dignidad es más fuerte.
Riddle tensó la mandíbula.
—Es tu orgullo el que habla por ti en estos momentos — murmuró con molestia.
—Es probable, pero en pocas horas viajaremos a Rumania —señaló ella.
—¿Qué tiene eso que ver?
—Que ahora he de volver a ser lo que alguna vez fui: la reina de los vampiros —le dedicó una mirada seria y de gran solemnidad, dejando ver la sabiduría y poder que su presencia aglomeraba—. Y la reina de los vampiros jamás se rebajaría a perdonar tus acciones solo porque haz decidido pedir una miseras disculpas.
Valerie caminó y lo empujó con el hombro para abrirse paso y abandonar la cocina, sin embargo no esperó las siguientes palabras que brotaron de los labios del mago.
—Me enamoré de ti ¿lo recuerdas? —la vampira se quedó como piedra y lentamente posó su mirada sobre él—. Me enamoré de ti aun sin saber realmente lo que era el amor. Quede enamorado de ti, porque nadie jamás me hizo sentir algo semejante y sigo enamorado de ti cada día, porque no hay nadie más con quien pueda imaginar un futuro que no seas tu.
Riddle notó como ella tensó el cuerpo y sus hombros temblaron levemente, pero no supo si por ira o pena, pues mantuvo el semblante serio.
—Muchas veces… —la voz de Valerie sonó quebrada. Tragó en seco, carraspeó y volvió a hablar—. Muchas veces desee poder volver al día que te conocí para no haberte hablado nunca, porque sinceramente me hubiera ahorrado tanto dolor y sufrimiento. Sin embargo, no me arrepiento, porque de las cosas malas que viví a tu lado, igual obtuve amistades y una familia que jamás creí que tendría. Y esa alegría de tenerlos a mi lado es lo que no me ha hecho cuestionar todas las decisiones que tomé en el pasado.
Avanzó unos pasos hacia el mago y sus facciones se tornaron tan serias que Riddle temió lo que fuera a decir.
—Pero sabes qué es lo peor… Que durante diez años tu sabias exactamente lo que yo estaba haciendo y aun así decidiste ignorarme, y eso fue lo que más me dolió. Por lo que ten claro que tus disculpas llegaron demasiado tarde.
—No iré con ustedes a Rumania.
Harry y Abraxas se quedaron en silencio unos segundos. Ambos estudiaron a la bruja que les daba la espalda mientras ordenaba un sin fin de pergaminos esparcidos sobre una amplia mesa.
—¿Y dejarte sola aquí? —señaló Harry de pronto con el semblante molesto—. De ninguna manera.
La bruja volteó para dedicarle una mirada seria y alzó una ceja.
—Harry, te recuerdo que no requiero de tu permiso.
El joven mago estaba por refutar, pero Abraxas habló primero.
—¿Por qué quieres quedarte?
Aquella pregunta hizo que Harry también se cuestionara la repentina decisión de la bruja.
Walburga suspiró y observó de reojo la torre de pergaminos con pesar.
—Quiero terminar mi investigación.
—¿Investigación? ¿Cuál investigación? —le interrumpió Harry.
—El enemigo está buscando algo y estoy casi segura de que es un arma, pero necesito identificar con claridad cuál es y qué hace.
—¿Un arma? ¿Y para que quieren una? —le cuestionó el joven nuevamente.
—¿De qué otra forma puedes vencer a una criatura inmortal que se hace llamar el rey de los vampiros?
Harry se quedó mudo por unos segundos.
—Walburga cree que nuestros enemigos han logrado identificar un artefacto que les permita acabar con Vladimir —añadió Abraxas.
—No creo, estoy segura —afirmó ella—. Necesito corroborar si la arma mágica que he ubicado tiene la capacidad para lograr ese cometido.
—¿Existe un artefacto como ese? —le preguntó Harry preocupado.
—Hay un sin fin de artefactos y objetos milenarios esparcidos por el mundo con capacidades asombrosas, no me sorprendería que hubiera uno capaz de lograr dicha hazaña —le señaló Abraxas con pesar.
—Mi temor es que el arma que buscan alguna vez estuvo en manos de magos. Necesito lograr averiguar su paradero antes de que lo hagan ellos —la bruja suspiró con lentitud—. Necesitamos de toda la ayuda que podamos tener.
Harry dejó caer los hombros, cansado y se rascó el mentón desarreglando su frondosa barba.
—Entiendo las razones por las que deseas quedarte y aunque, muy a mi pesar, no me guste la idea entiendo que tal vez sea necesario.
—Gracias, querido —Walburga le dedicó una pequeña sonrisa al joven mago, el cual se levantó y la abrazó con fuerza.
—Prometeme que tendrás cuidado y no saldrás de aquí —murmuró el joven de anteojos.
—Lo prometo.
Abraxas observó a ambos abrazarse, pues Harry era y sería siempre a ojos de su amiga su nieto. Un largo suspiro escapó de sus labios y su mirada cayó en el semblante de la bruja, pues muy a su pesar y dado lo bien que la conocía tenía claro que el argumento que acaba de exponer Walburga no era la única razón por la que quería quedarse. La pregunta era ¿quería realmente saber por qué su vieja amiga estaba tomando esa decisión?
El silencio de la noche fue interrumpido por unos suaves pasos en uno de los innumerables pasillos de la mansión.
Mientras la mayoría de sus residentes descansaba para, en pocas horas, viajar a Rumania, Valerie vagó sin un destino claro. Una de sus manos acarició la fría pared de piedra a medida que caminaba mientras que sus propias cavilaciones bailaban en su mente.
¿Estaba preparada para regresar al lugar que alguna vez llamó hogar? La respuesta era clara: No.
No quería ni pensar en las consecuencias que su retorno podía ocasionar, sin embargo la lógica en el plan de Vladimir era indiscutible, necesitaban de toda la ayuda a la que pudieran recurrir. El asunto era ¿realmente estarían dispuestos sus antiguos súbditos a aceptar su regreso?
Nadie cuestionaría jamás que Vladimir era y sería siempre el rey, pero el título de reina era un asunto totalmente diferente y mucho más complejo.
Valerie se sujetó la cabeza, abrumada cuando repentinamente sus oídos captaron las teclas de un piano. No fue la sorpresa de caer en la cuenta que había alguien despierto, sino el escuchar aquella melodía que la hizo quedarse completamente congelada.
Segundos después, avanzó hacia el lugar de origen de la melodía. Y en medio del amplió salón, sentado frente a un piano de madera blanca fue que encontró a Vladimir. Sus ojos estaban cerrados mientras sus dedos rozaban las teclas con seguridad, pero a la vez con un gesto suave haciendo que la música creara un ambiente especial a su alrededor.
La única fuente de luz en el lugar eran las diferentes velas que habían a su alrededor, las cuales con sus tenues llamas destacaron sus atractivas facciones e hicieron brillas las argollas que colgaban de sus orejas.
Como si estuviera en una especie de trance, la vampira se acercó a él silenciosamente y si Vladimir notó su presencia no lo hizo saber, pues continuó tocando aun con los ojos cerrados.
Cuando estuvo a menos de un metro suyo, ella estudió su perfil con detenimiento y no pudo evitar sentirse perdida. ¿Él todavía recordaba las notas de dicha melodía? ¿Por qué había decidido tocar en aquel momento?
Sin que tuviera que decir algo y como si le hubiera leído la mente, el rey de los vampiros se hizo a un lado en la mullida banca y continuó tocando y ella no dudó en tomar asiento a su lado.
De forma inconsciente, las manos de Valerie viajaron hacia las teclas del piano y de manera perfectamente sincronizada comenzó a tocar la misma melodía que el vampiro. Ambos se dejaron sumir en la música y los dos presionaron las teclas en una armonía perfecta como verdaderos artistas, donde sus dedos parecían bailar de la misma forma que lo harían sus cuerpos si estuvieran de pie.
La música fluyó sin alteraciones, rodeándolos. No hubo necesidad de palabras, pues los dos conocían a la perfección que tecla apretar para obtener el sonido deseado. Su coordinación era el reflejo de su conexión y de la unión que habían compartido, así es como había sido y seguía siendo en aquel momento.
El silencio reinó la habitación cuando ambos dejaron de tocar y un largo suspiro escapó de los labios de la vampira que miró sus manos con detenimiento. Vladimir, por su parte, se puso de pie sin decir nada, se acercó a un pequeño y modesto toca discos, sacó un disco de vinilo y lo reprodujo.
Para asombro de Valerie la misma melodía que hace pocos segundos habían tocado comenzó a reproducirse.
Antes de que pudiera decir algo, el rey de los vampiros se le aproximó velozmente, la tomó con suavidad de la cintura y la puso de pie frente a él. Posó una de las manos de Valerie sobre su hombro para luego sujetar su cadera, mientras que su mano libre se entrelazó con la de ella e inició el ritmo de un delicado baile mientras ambos se miraron en silencio.
Las orbes oscuras de Valerie llenas de curiosidad y confusión estudiaron al vampiro, mientras que las orbes rojas de Vladimir la observaron con tanta intensidad que la vampira tragó en seco ante el deseo y pasión que emergió de aquellos ojos. Había olvidado lo penetrante y poderosa que podía ser su mirada.
De pronto, Vladimir la hizo girar con elegancia, la volvió a tomar de la cintura y la pegó contra su cuerpo, obligándola a levantar la vista para poder mirarlo a los ojos.
—¿Por qué?
Vladimir alzó una ceja como si no entendiera el sentido de la pregunta.
—¿Por qué? —repitió la vampira.
—¿De verdad creías que iba a olvidar la composición que yo mismo te escribí? —Valerie desvió el rostro incapaz de continuar sosteniéndole la mirada.
Vladimir dejó escapar un suspiro cansado.
—Decidí grabar la melodía hace años.. Creí que algún día te gustaría poder escucharla sin necesitar de tener un piano cerca —le explicó él ante su silencio.
La vampira mantuvo el rostro hacia abajo, sin embargo Vladimir soltó su cadera con suavidad y con un dedo le levantó el mentón para cruzar sus miradas.
—Me alegra saber que también recuerdas cada nota que te enseñé…
—¿También pensaste que la había olvidado?
Vladimir le sonrió, pero fue una mueca leve y con cierta pesadumbre.
—Sinceramente… No creí que entrarías a la habitación. Pensé que simplemente ignorarías la melodía, pero me equivoqué… —le sostuvo el mentón con un poco más de fuerza y acercó sus labios a su oreja—. Mi pequeña, no me haz olvidado como pretendes hacerme creer.
Valerie cerró los párpados con fuerza por unos segundos e inhaló con dificultad.
—Intentar sacarte de mi vida fue una de las decisiones más difíciles que he hecho… —le susurró, sin comprender bien que la llevó a confesarle aquello —. Ha pasado tanto tiempo que todo esto es tan… extraño, pero a la vez familiar.
Sintió como el agarre del vampiro se hizo mas fuerte y su cuerpo se tensó.
—Entonces te haré recordar todo lo que he hecho por ti…
Sus palabras fueron como una daga en su pecho y ella negó con la cabeza.
—No… No… ¡No! — exclamó la vampira furiosa—. Tu no me harás recordar, no quiero… —su voz se quebró e intentó empujar a Vladimir lejos de ella, pero no tuvo éxito.
Se rehusaba a recordar, pues se había prohibido rememorar por qué alguna vez lo amó. Desesperada y sintiendo que la cercanía del vampiro le quemaba la piel lo agarró del cuello de manera desesperada, sin embargo sus movimientos eran simplemente inútiles, no tenía la fuerza para soltarse.
De pronto, Vladimir sujetó con delicadeza las manos de la vampira que continuaban clavadas alrededor de su cuello.
—Aunque no quieras aceptarlo, quiero que recuerdes y te seguiría adorando aun tus manos alrededor de mi cuello y… Todavía lo sigo haciendo —le susurró con una pequeña sonrisa en sus labios, pero su mirada escondía cierta melancolía.
Con un suspiro cansado, bajó lentamente las manos de la vampira, las junto y las sujetó con evidente ternura.
—Ojalá pudiera mostrarte lo mucho que significas para mi. Ojalá pudieras ver mi mente para que supieras lo enamorado que sigo de ti. Eres mi mundo y pasaré el resto de mi vida demostrándotelo. Soy todo tuyo y siempre lo seré, porque tienes no solo todo mi corazón, sino mi plena existencia en tus manos.
La vampira creyó que iba a intentar besarla y tragó en seco nerviosa, sin embargo para su sorpresa Vladimir simplemente tomó su rostro entre sus mano y le besó la frente con dulzura.
—Feliz cumpleaños mi pequeña — le susurró contra su piel y tras ello abandonó la habitación.
Valerie se quedo congelada en el lugar y se olvidó por unos segundos de todo lo que ocurría a su alrededor.
¿Era hoy? Imposible. No podía ser cierto…
Su mirada vagó por la habitación con desesperación hasta que reparó en un ejemplar de El Profeta y lo revisó. Su cuerpo se desmoronó contra el suelo y cayó de rodillas al notar que la fecha calzaba. ¿Realmente ella lo había olvidado?
—Vladimir —susurró su nombre con pesar.
Él lo recordaba. Él no la había olvidado y la melodía que continuaba sonando a su alrededor se lo demostraba. Aquella canción que él mismo le había compuesto cuando se convirtió en vampira y en su esposa.
En dicha posición y sola fue que Dumbledore la encontró minutos después.
—¿Segura que no quieres hablar sobre ello? —le volvió a preguntar Albus mientras ambos miraban el amanecer desde uno de los balcones de la mansión.
Valerie negó con la cabeza y el mago bufó cansado.
—Sabes que no te hace bien guardar tus preocupaciones, pero sobre todo quiero que sepas que estoy aquí. Para escucharte, apoyarte, ayudarte o simplemente acompañarte —y bebió un sorbo de la taza de té que descansaba en sus manos, para luego mantenerse en silencio.
—Es solo que… —las palabras murieron en la boca de la vampira que tenía la vista clavada en el cielo. Dumbledore continuó en silencio, dándole tiempo para ordenar sus pensamientos—. A veces me pregunto qué fue lo que les vi a dos hombres como ellos…
El mago observó los rayos del sol para luego decir —A veces no podemos explicar lo que vemos en una persona, sino la forma en que nos llevan a un lugar especial que nadie más puede.
Valerie dejó escapar un suspiro cansado.
—Ya no sé que pensar… Volver a ver a Tom y Vladimir ha sido un giro inesperado, pero sobre todo, siento que me ahogo en mis propios pensamientos, en donde no se qué decisión tomar. A veces tengo miedo de querer dejar de sentir, de desear borrarlos a ambos de mi vida y comenzar de nuevo, pero temo enamorarme nuevamente… —su voz murió en un débil susurro que demostró su frustración y dolor.
Albus miró de reojo a la vampira con tristeza, se inclinó hacia adelante y apoyó sus brazos en sus piernas.
—No es al amor a lo que le tienes miedo. Tienes miedo a que cualquier hombre sea como la ultima persona que te hizo daño.
Valerie bajó la vista y cerró los ojos por unos segundos, respirando con dificultad. Albus no dudó en ponerse de pie y abrazarla con fuerza.
—Estoy aquí… —le susurró.
Y ante la calidez y el apoyo de los brazos de su viejo amigo, la vampira se permitió llorar y botar todas las emociones que llevaba acumuladas.
