Capítulo 27: El retorno de la reina, parte I

Encontrarse con Abraxas apenas dejó sola a Valerie no fue algo que hubiera deseado y el burbujeo de pensamiento en su mente se vio abruptamente interrumpido.

—Abraxas…

—Buenas noches, Vladimir —le respondió el mago con una leve inclinación de cabeza.

Ambos se observaron en silencio por unos segundos.

—Asumo pudiste escuchar nuestra conversación —señaló repentinamente el vampiro.

—No porque lo hubiera querido. El sonido del piano captó mi atención, sin embargo lo que ocurrió en el salón era algo que no requería de mi interrupción.

—¿Y decidiste dejar a Valerie sola?

—Albus está con ella, por lo que mi presencia aquí ya no es necesaria —le respondió Abraxas con tranquilidad.

El rey de los vampiros frunció el ceño y estudió al mago con atención.

—¿Cómo lo haces?

Abraxas pestañeó extrañado.

—¿Hacer qué?

—Aceptar que la mujer de la que te enamoraste no está contigo. Que a pesar de verla constantemente sabes que entre ustedes no ocurrió ni ocurrirá nada —, el vampiro dio un par de pasos y se le acercó—. Y que frente a tus ojos otros hombres quieren tenerla.

Abraxas se cruzó de brazos y le dedicó una mirada seria.

—Porque que yo haya estado enamorado de ella no va a cambiar las cosas. Valerie simplemente eligió a otra persona y está en su derecho en hacerlo.

—Preferiste dejar ir la oportunidad de estar con ella —afirmó el vampiro—. ¿Por qué?

—Era eso o perder nuestra amistad —el mago se encogió de hombros—. No todo es tan sencillo y no negaré que pasé por un mal tiempo, en especial cuando mi mujer falleció y el recuerdo de Valerie me invadió. Sin embargo, fue mi decisión no hacer nada respecto a mis sentimientos y he vivido acorde a esa elección.

—Sigo sin poder comprender cómo pudiste hacerlo —admitió Vladimir.

Abraxas le sonrió altivamente.

—Porque ella nunca fue mía —el vampiro abrió los ojos sorprendido —. El día en que ella sea de alguien, será el día en que dicha persona también le pertenezca, tanto en cuerpo como en alma.

El rey de los vampiros se cruzó de brazos.

—Los vampiros no tienen alma.

—Pues en cuerpo y sangre.

Vladimir quedó pasmado ante esa afirmación y Abraxas lo notó.

—La relación que ustedes tuvieron debió haber sido profunda, más profunda de lo que realmente puedo dimensionar y está claro que fue una unión poderosa. Ese tipo de cosas no se pueden olvidar con facilidad, te lo aseguro —señaló Abraxas. Suspiró cansado e hizo el ademán de retirarse, pero a los pocos segundos se detuvo y volvió a mirar al vampiro—. Ella nunca te olvidó ¿lo sabes? El asunto es qué es lo que decidió recordar de ti y tengo la convicción de que fue lo malo.

Vladimir tragó en seco, pues esas palabras no guardaban rencor o malicia, solamente afirmaban lo innegable.

—Le haré recordar lo bueno —dijo el rey de los vampiros.

—Puedes intentarlo, al fin y al cabo es tu decisión si quieres persistir. Solo quisiera aconsejarte algo… —Vladimir alzó una ceja con curiosidad—. Ten en cuenta que las cosas pueden salir bien o salir mal. Pues haz decidido regresar a su vida junto al hombre del cual hace poco estuvo enamorada. Tienes que asumir que tu retorno, tras tantos años en la oscuridad, tienen un precio que puede ser positivo o negativo. Tal vez no sea ahora el momento, o tal vez más adelante ella mire nuevamente hacia la oscuridad de donde vienes y si ese día llega, ella puede que regrese a ti, pero nada te lo asegura.


Al entrar en su habitación encontró un paquete sobre su cama envuelto en papel seda color negro.

Sin ninguna nota que especificara de parte de quién era, Valerie lo estudió con recelo y se sorprendió de lo ligero que era. Con cuidado, lo abrió y al ver el contenido su cuerpo se congeló por completo.

Una hermosa y suave capa de color negro se encontraba doblada en el interior. La pulcra cadena de oro con dos broches adornaban la parte del cuello mientras que el interior de la capucha era de un color rojo vino. Al tomarla, la vampira se percató que debajo había otra fina prenda, una gabardina también de color vino. El borde del cuello y las mangas eran de color negro y hermosos detalles en espirales adornaban los bordes cercanos al pecho.

Valerie tragó saliva, nerviosa, pues aquel paquete era sin duda obra de Vladimir, ya que las prendas formaba parte de la vestimenta especifica que se usaba en el salón del trono, lugar donde los colores diferenciaban el estatus social.

Y había solo una persona con la autoridad suficiente para usar una gabardina de color vino: la reina de los vampiros.


Una fuerte ráfaga de viento gélido le dio la bienvenida al particular grupo de individuos a las tierras de Rumania. De pie en un verdoso acantilado, el sonido del mar se sumaba al ruido del viento mientras que al otro lado amplias montañas y un oscuro bosque se alzaban a la vista.

Hermione, Ginny, Luna, Ron, Harry y Draco observaron el paisaje con detenimiento y asombro. Las hermosas montañas, los tupidos bosques y el aire puro. Cerca de los jóvenes, Abraxas Malfoy, Tom Riddle, Dolohov, Yaxley y Greyback se mantuvieron en silencio. Los hermanos Lestrange se habían quedado en Londres por orden de Vladimir por si ocurría alguna eventualidad.

Razvan, que cargaba una bolsa de tela en su espalda se acercó a Valerie que tenía la mirada perdida en las montañas mientras su cabello se movía con el viento. El vampiro se puso a su lado, sin interrumpir su visión y la observó de reojo.

—¿Vas a estar bien? —le preguntó él.

Valerie se mantuvo en silencio unos segundos.

—Extrañaba estos paisajes —admitió ella.

Razvan suspiró.

—Yo creo que es bueno estar de regreso en casa — sin embargo notó que con sus palabras la vampira tensó el cuerpo —. Este sigue siendo tu hogar, Valerie…

Una triste sonrisa brotó de la comisura de los labios de la vampira.

—Mi hogar no lo hace el lugar, sino las personas que hay en ellas —murmuró ella.

Razvan le tomó la mano y entrelazó sus dedos.

—Estaré contigo, siempre.

Ella giró el rostro para mirarlo, asintió y le dedicó una mueca de agradecimiento.

A un par de metros de ambos, Vladimir los observó, pero prefirió no interrumpir pese a lo mucho que hubiera deseado.

—Siganme, hemos de cruzar el bosque para llegar —señaló él tras unos segundos y todos se giraron para mirarlo.

Sin esperar comentario alguno, el rey de los vampiros marcó el camino y se adentró en el sinuoso bosque, seguido de los demás. Tras una silenciosa caminata los árboles comenzaron a disminuir levemente y entremedio de ellos se logró visualizar la silueta de una castillo.

Cuando dejaron atrás el bosque una amplía pradera les dio la bienvenida y les permitió apreciar la enorme estructura que se alzó frente a ellos.

La mirada de Valerie recayó en las cinco torres estrechas y redondas de aquel enorme castillo, conectadas por muros más bajos y angostos hechos de piedra arenisca, del lugar que alguna vez llamó hogar.

Ventanas elegantes se encontraban esparcidas finamente alrededor de las paredes en patrones bastante simétricos, acompañadas con almenas rectangulares para arqueros y artillería. Unas enormes puertas de metal, un puente levadizo y agujeros de arqueros eran los detalles que protegían la fortaleza, haciendo de ellas la única forma de entrar, al menos sin intentar derribar los muros. Amplios jardines, con flores fragantes bien cuidadas, hermosos árboles y verdosos arbustos decoraban el exterior de la fortaleza.

El castillo claramente ha existido durante miles de años, pero no daba indicios de que el tiempo hubiera pasado sobre el ya que mantenía y entregaba una imagen imponente, poderosa y firme.

—Antes de ingresar , necesito que todos usen un de estas capas —señaló Vladimir. Razvan dejó caer la bolsa de tela que cargaba y extrajo varias capas negras de estilo medieval. Cada una tenia broches dorados con cadenas de oro y su interior era de color vino.

—¿Alguna razón en particular por la que debemos usarlas? —no pudo evitar preguntar Greyback con curiosidad.

—Los vampiros somos criaturas bastante estructuradas y solemos respetar las jerarquías de antaño. No cualquiera de mis súbditos puede ingresar al salón del trono, solo aquellos que posean cierto rango. Los broches de oro y el color del interior de las capas señala que ustedes son parte de mi línea personal.

—¿Línea personal? —le cuestionó Draco con el ceño fruncido.

—Tanto los broches de oro como el color sangre y sus derivados forman parte de la realeza. Solo aquellos cercanos al rey y la reina portan dichos colores, por lo que en palabras simples, las capas los harán ver como intocables a ojos de los demás —señaló Razvan con seriedad.

Nadie hizo otra pregunta y todos tomaron una prenda.

—Al ingresar Razvan los guiará. Mantengan las capuchas puestas, guarden silencio y sobre todo —Vladimir estudió a cada humano con sus orbes rojas—, no crucen miradas con nadie.


Las puertas de cedro oscuro se abrieron y revelaron varios braseros pulidos apoyados en cada una de las ocho columnas de travertino, lo que iluminaba cada parte del salón del trono y pintó el lugar en una gama de naranjos y amarillos.

Largos tapices negros con rojo colgaban del techo inclinado y parecían danzar al compás de la luz parpadeante mientras las gárgolas que brotaban de la parte superior de los pilares miraban hacia el suelo de piedra caliza.

Una alfombra de color rojo merlot iba desde el trono hasta las pertas y se combinaba con otras similares, pero más pequeñas a ambos lados de sala mientras que de las paredes colgaban banderines ornamentados. Entre cada estandarte colgaban pequeños candelabros, muchos de ellos estaban encendidos e iluminaban los detalles de piedra de las paredes.

Enormes vidrieras de colores estaban rodeadas por velos de color negros, adornadas con detalles dorados y cuerdas del mismo color. Sin embargo, lo más notorio sin duda eran los dos tronos de zafiro negro asentados sobre una plataforma de piedra elevada a la cual se debía subir cuatro escalones para llegar. Ambos tronos estaban cubiertos de grabados simétricos y almohadas densas de color rojo con puntas doradas que descansaban sobre cada uno.

La apertura de las puertas alertó a quienes se encontraban en el lugar, un total de treinta personas, todas con particulares vestimentas de épocas antiguas esparcidas por el salón, quienes guardaron silencio inmediatamente apenas atisbaron la figura de Vladimir.

Todos los ojos se clavaron en el rey de los vampiros que caminó por el medio del salón con una postura imponente mientras que Razvan guió al grupo de encapuchados por el costado en un sepulcral silencio intentando pasar lo más desapercibido posible.

Cual sería la sorpresa de Vladimir que al llegar a los tronos, uno de estos estuviera ocupado por una mujer de largo pelo rubio, casi blanco. Sus facciones eran delicadas y atractivas, mientras que su piel suave y blanquecina hacían resaltar el rojo de sus ojos. Una larga y gruesa capa blanca, con cuello grueso descansaba sobre sus hombros.

Si el rey de los vampiros se molestó con su presencia no lo hizo notar.

—Crina Petran.

La mujer alzó la vista y no pudo controlar la sorpresa que invadió su rostro, se puso de pie inmediatamente e hizo una reverencia.

—Mi…mi señor —titubeó ella mientras el rey de los vampiros tomó asiento en uno de los tronos.

Para asombro del resto de los presentes, Crina volvió a sentarse en el mismo lugar donde había estado.

Vladimir giró el rostro hacia ella y murmuró —¿Y cuál sería la razón por la que te sientas aquí? —su tono de voz sonó extrañamente tranquilo.

La mujer le dedicó una sonrisa coqueta ante el tono poco peligroso.

—Mi señor, el trono lleva años vacío. Solo como su fiel sirvienta estoy queriendo demostrar mi lealtad.

—Ah… Tu lealtad —Vladimir le regaló una pequeña sonrisa—. Veras, tu fidelidad no necesita que tomes el lugar que no te corresponde.

—Pero mi señor…

—Ese trono le corresponde a la reina —le interrumpió el vampiro todavía con un tono tranquilo.

Crina apretó los puños y frunció el ceño.

—Pues ella no está aquí ¿o si? —replicó ella y varios de los presentes abrieron los ojos aterrados por la osadía—. Ella nos abandonó.

—¡Crina! —entremedio de la multitud otra mujer con rasgos bastante similares a la vampira le habló en un tono de reproche, sin embargo ella la ignoró.

—Mi señor ha dejado a su pueblo solo por mucho tiempo —continuó Crina levantando el semblante—. He hecho mucho por apoyarlo, por proteger su legado, su poder y su respeto.

—He ahí tu error Petran —murmuró Vladimir y se cruzó de piernas—. Haz buscado preservar algo que no requiere de protección. Mi reinado y el lugar que me corresponde no han acabado y cualquiera que ose a cuestionarlo deberá enfrentarse a mi.

La vampira no se dejó dementar por esas palabras.

—Usted necesita una reina —afirmó ella con seguridad y soberbia.

—Tengo una.

—Pues no está aquí y debería ser momento que eligiera otra. Además, dudo que a ella le moleste que ocupe su lugar.

Vladimir se inclinó hacia adelante y le sonrió con una aterradora mueca maliciosa.

—¿Estás segura? ¿Por qué no se lo preguntas tu misma?

Las puertas del salón volvieron a abrirse, las llamas de los braseros oscilaron con el viento y pareció como si el mismo castillo temblara ante la emoción. En el umbral, con una postura segura y poderosa, apareció Valerie Deanoff que se quito la larga capa negra y dejó ver una hermosa gabardina color rojo.


¿Qué les pareció el capítulo?

Espero sus comentarios con ansías. Y sobre todo, vayan a ver mi instagram, la querida Violet FL hizo un dibujo de como se imagina a Valerie y la verdad... ¡QUEDÓ HERMOSO! Vayan a opinar que les parece jijiji

Nos veremos proximamenteeeee, para no dejar el suspenso tan alto.

Los quiere,

Florence!