Capítulo 36: La primera batalla, parte I

—Alguna vez haz pensado… ¿Qué harías con tu vida si pudieras irte de aquí?

—¿Tu crees que algo me retiene? —le respondió él con sarcasmo.

—Solo responde mi pregunta —le dijo ella.

Un incómodo silencio fue lo único que obtuvo.

—Si pudiera… Me encantaría irme lejos, recorrer las costas y conocer el mar. Según lo que dicen, es uno de paisajes más bellos que existen —señaló ella de manera repentina—. Desearía comprobar si es tan vasto como lo describen o simplemente poder admirar la belleza de algo que solamente me han descrito en libros y palabras.

Azriel giró el rostro para observar a Valerie. Sus facciones estaban relajadas y una mirada soñadora adornaba su semblante mientras sus ojos estudiaban el cielo.

Repentinamente, una débil ráfaga de viento meció su cabello y la mente de Azriel fantaseó con una escena. El vasto océano ante él, el frío de la arena cuando sus pies se enterraran en ella, el gélido viento golpeando su cuerpo, pero sobre todo imaginó el sol iluminando las facciones de Valerie cuando chapoteara entre las pequeñas olas de la orilla. La calidez de su sonrisa, su pelo ondeando con el viento y la alegría de su mirada de compartir con él ese momento.

Inconscientemente una sonrisa se asomó en sus labios, porque si pudiera, la llevaría con él a donde ella quisiera.

—Si… —le respondió sin dejar de mirarla—. También me gustaría conocer el mar.

La escena cambió abruptamente.

—¿Te da miedo estar a solas conmigo? —le preguntó él observándola con atención.

—No.

—Deberías…

—Lo sé…

—¿Y cuál sería la razón por la que estás acá entonces? Sabes que no corresponde y no soy…

—Se que no es correcto… Que una dama no debería hacer estas cosas y menos estar cerca del infame forastero —aquellas palabras hicieron que su pecho se apretara—. Pero me es imposible temer a quien quiero tener a mi lado —murmuró ella avergonzada. Se le acercó, tomó los bordes de su chaqueta y enterró su rostro sobre su pecho.

Azriel bajó la vista, asombrado. Tras unos segundos, Valerie levantó el rostro y él pudo notar las lágrimas que amenazaron con escapar de sus ojos.

—No me dejes sola, por favor… —murmuró ella.

—Jamás —le respondió él sin dudarlo.

La abrazó y la pegó lo que más pudo contra él para sentir la suavidad de su piel, la calidez de su cuerpo y la delicadeza de su respiración contra su pecho. Porque tenerla cerca era un tesoro que nunca pensó encontrar y no dejaría que nada se lo arrebatara. Ella era la luz en su oscuridad, su faro entremedio del abismo que había sido su vida en los últimos años y no pensaba perder el norte que tanto le había costado encontrar.

Las imágenes de un pasado casi olvidado volaron en su mente.

Aquellas orbes, que en su momento fueron hermosos faros café pardos que lo miraron tanta devoción y amor, habían sido reemplazadas por un burdeo cargado en desprecio y dureza. A su vez, se percató como su cuerpo se tensó, pero levantó su mentón con seguridad y determinación.

Era un tenso baile entre su mirada y la de él, en la cual ninguno estaba dispuesto a desviar sus ojos del otro para mostrar aunque fuera algún grado de vulnerabilidad. Aun así, no importaba el odio que su mirada pudiera destilar o la campal batalla que sus ojos estuvieran teniendo, porque la belleza que irradió su mera presencia golpearon su ser con fuerza.

¿Cómo podía la simple presencia de Valerie Deanoff sacudir tan fácilmente todo su interior?

—Azriel…

Escuchó el susurro de su nombre salir de sus labios. ¿Cómo un acto tan banal como ese podía convertirse en algo tan placentero para sus oídos?

Porque era ella. Siempre lo había sido y siempre lo sería, por más que quisiera negarlo. Ella era su centro, ella era…

Repentinamente aquel atesorado rostro fue tapado por la alta e imponente figura de Vladimir y todo atisbo del pasado se borró inmediatamente, siendo reemplazando por un oscuro, profundo y retorcido odio.

—Azriel —murmuró el rey de los vampiros destilando un similar desprecio en cada una de las letras que salieron de su boca.

"¡Es mia! ¡Mi Eva!"

El vampiro evitó llevarse las manos al rostro para demostrar su frustración y simplemente le dedicó una silenciosa mueca maliciosa.

—Ha pasado tiempo, viejo amigo.

Vladimir le dedicó una expresión calculadora, pero se abstuvo de responder. El resto de los presentes guardó silencio ante la tensión y aura de peligro que los envolvió de un momento a otro.

Azriel torció el rostro hacia un lado con una mueca de curiosidad.

—Que curioso… De las últimas ocasiones que nos hemos visto… Sueles ser un poco más hablador e impulsivo —replicó con un tono burlesco—. ¿Desde cuando tan precavido?

El rey de los vampiros mantuvo su postura firme y sostuvo la muñeca de Valerie con suavidad.

—No tomaré acciones precipitadas ante tu presencia que puedan perjudicarme y menos cuando mi mujer esta presente.

A ninguno de los demás le pasó desapercibido como el semblante de Azriel se tensó ante esas palabras, sin embargo rapidamente estiró los labios formando una línea y después los relajó como si nada hubiera pasado.

—Sabes bien que jamás le haría daño… a ella, pero no puedo decir lo mismo por ti o el resto —le gruñió.

—No dejaré que te acerques a ninguno de mis aliados.

Una risilla brotó de los labios de Azriel y se tapó la boca con una mano.

—¿El supuesto rey de los vampiros está protegiendo humanos? Jamás creí que este día llegaría.

Vladimir sintió como Valerie tensó su cuerpo y le acarició la piel con sus dedos, suavemente.

—Tampoco creí que lo haría, sin embargo lo que sea importante para ella, lo será para mi —la vampira abrió los ojos sorprendida—. No creo que puedas comprenderlo, después de todo… Por algo me eligió como su marido.

Todo atisbo de burla se borró del rostro de Azriel y el odio se apoderó cada una de sus facciones.

—Y yo he venido a recordarle por qué esa decisión fue la equivocada.

Detrás de él, las figuras de Donovan y Basilea emergieron de entre las sombras para ponerse a su lado. A su vez, Valerie se soltó de Vladimir y se puso a su lado izquierdo. Ambos se miraron de reojo y el pecho del rey de los vampiros se removió, orgulloso. Aquella postura, su semblante y la seguridad en la mirada de Valerie era la misma que siempre tuvo en cada ocasión en que la reina acompañó a su rey.

Porque siempre habrían peones en su reinado, torres, caballos e incluso alfiles que podían cambiar con el paso de los años, pero jamás nadie podría tomar el lugar de la reina, pues era un puesto que solo una mujer podía cumplir a la perfección.

Fue entonces que ambos repararon en la horda de cien nosferatus que apareció frente a ellos. Sin embargo, Valerie no pareció alertarse por ese último detalle pues su mirada se clavó en la silueta de la mujer lobo. No tuvo necesidad de pensarlo ya que con solo ver la risilla burlona que le dedicó supo, inmediatamente, que la muerte de Walburga había sido a manos de ella.

La llama de odio ardió en su interior convirtiéndose en un fuerte e inestable fuego, cargado en un vil deseo de sangre que se esparció por cada poro de su piel con una peligrosa velocidad. Aquella patética criatura lo pagaría y acabaría con su vida costase lo que le costase, se prometió a si misma.


Razvan ojeó a sus aliados con agilidad ante la repentina aparición de los nosferatus. Si bien su deber y primera preocupación siempre serían la reina, sabía que en aquellos momentos debía proteger a los humanos a como de lugar. Captó, a su vez, que Ileana estudió el entorno con ojo calculadora y sus extremidades se tensaron, preparadas para cualquier eventualidad.

Vampiro y vampira cruzaron miradas fugazmente y asintieron. Frente a ellos se encontraba Vladimir y Valerie, como su indiscutible primera línea, mientras que a sus espaldas estaba el resto de los magos y brujas junto a Greyback.

—Es un ejercito bastante grande —murmuró Razvan con desagrado.

—¿En qué momento formó uno? No recordaba ver uno tan numeroso hace siglos —se quejó Ileana con molestia.

El vampiro arrugó la nariz.

—Algo me dice que este no es todo el ejército que tiene —añadió—. Azriel ha estado secuestrando magos y brujas, por lo que no me sorprendería que tuviera otro batallón escondido como segunda opción.

Sin embargo, no era momento para continuar divagando sobre posibles teorías. El enemigo estaba frente a ellos y los superaba con creces.

—Nosotros seremos la línea de retaguardia —les indicó Razvan a los humanos de manera repentina—. Cualquier nosferatus que se mantenga en pie o logre cruzar… Acaben con él.

—Bloqueen y protejan cada flanco —agregó la general con seguridad—. No dejen ningún punto muerto por donde puedan atacarlos —y sacó dos largas espadas cortas que colgaban de su cintura.

Inesperadamente, Greyback se les acercó con pasos decididos.

—Dolovan es mío —dijo sin siquiera mirarlos. A los pocos segundos su rostro se contrajo, sus colmillos se alargaron y las uñas de sus manos se transformaron en garras al permitir que su parte lobuna emergiera.

—Es todo tuyo, pulgoso —respondió Ileana con tranquilidad, giró el rostro hacia Razvan—. ¿Estarán bien los humanos?

El vampiro le sonrió altivamente.

—Te llevarás una grata sorpresa cuando los veas en acción… No olvides que no son humanos comunes y corrientes.

—Bien, una preocupación menos —le respondió Ileana con una mueca cómplice.


—Dejaste que ella lo hiciera ¿verdad?

La repentina pregunta de Valerie hizo que todos se detuvieran mientras que ella clavó sus orbes rojas en Azriel.

—¿¡VERDAD!?

El vampiro iba a lanzar una respuesta mordaz, pero notó la desesperación, la ira y sobre todo el dolor en sus ojos por lo que se remojó los labios, le mantuvo la mirada y guardó silencio.

Aquella acción fue todo lo que Valerie necesitó como respuesta y Azriel notó que algo, muy pequeño, se quebró dentro de ella.

—Parece que siempre será así… No importa lo que ocurra, siempre terminas arrebatándome a quienes quiero a mi lado.

Vladimir iba a decirle algo, pero ella dio un par de pasos frente a él y alzó los brazos. El suelo tembló con fuerza mientras llamas emergieron de la tierra, las cuales se arremolinaron a su alrededor. Azriel gruñió ante la escena y con un movimiento de cabeza los nosferatus se abalanzaron contra ellos.

Con un ágil movimiento, Valerie hizo que el fuego tomará la forma de una ola, la cual arremetió contra los nosferatus y casi la mitad de ellos perecieron al instante cuando las llamas tocaron sus cuerpos, mientras que el resto logró esquivarlas.

Vladimir, por su parte, caminó en dirección a Azriel atravesando el fuego como si este no existiera, marcando el inicio de una feroz batalla.