Capítulo 37: La primera batalla, parte II

Lo que había comenzado como un funeral emotivo, en un amplio y bello patio, se convirtió en un campo de destrucción, fuego y proyectiles. El rojo, el negro y el polvo fueron los nuevos colores que adornaron una batalla devastadora.

El ambiente, que había sido delicado y silencioso se transformó en un manto tenso, acompañado de un denso humo negro. Brasas y cenizas de los cuerpos quemados de los nosferatus se apilaron en el suelo, mientras que las llamas de fuego se esparcieron por el lugar, como si el mismo infierno hubiera ascendido a la tierra.

Cada bando luchó ferozmente.

Los rostros de los magos y brujas estaban cubiertos de sudor, ira y algunas muecas de dolor. Sin embargo, la bestial batalla entre Vladimir y Azriel acaparó la mayor envergadura, pues ninguno de los dos parecía estar próximo a la victoria, lo que evidenció lo larga y tortuosa que podía ser su pelea.

A su vez, Valerie no dudó en lanzarse contra Basilea.

La mujer lobo esquivó el puñetazo que iba contra su rostro, con agilidad, y se preparó para el siguiente ataque, pero la vampira se detuvo y la observó con atención por unos segundos.

—¿Por qué la mataste?

La pregunta pilló desprevenida a Basilea, pestañeó con rapidez y le dedicó una mueca malvada.

—Porque sabía que eso te haría sufrir.

—¿Esa es tu meta? ¿Hacerme daño? —gruñió Valerie cada vez más furiosa.

—¡A ti no, a Vladimir! Pero al final… Todo lo que te dañe a ti, le hace daño a él… —se burló la mujer lobo—. ¿Recuerdas la cara de preocupación que puso cuando estabas herida? ¿La amabilidad con la que te trató? Pero la traición… Oh, esa expresión de traición cuando se dio cuenta que no eras tu la que buscaba su cuerpo, no eras tu quien correspondió sus besos. El mismo dolor que tus ojos cargan ahora ante la muerte de esa vieja decrépita…

Las palabras murieron en la boca de Basilea cuando el suelo tembló y sin que pudiera preverlo llamas brotaron bajo sus pies. El dolor de su piel al quemarse la obligó a saltar hacia atrás, sin notar que entremedio del fuego apareció Valerie con los ojos rojos como la sangre.

En menos de un segundo, Basilea juró ver el mismísimo infierno hecho persona, y fue entonces que entendió las palabras de Azriel… La muerte de Walburga había sido solo una victoria pasajera, pues cuando aquellas orbes rojas se posaron sobre ella, supo que no había forma de vencer al monstruo que tenía en frente.


Lo que ocurrió a continuación captó toda la atención de los presentes ante el grito desgarrador de dolor que emitió la mujer lobo.

La mano de Valerie perforó su estomago, atravesando incluso su espalda. Como consecuencia, la mujer lobo tembló e hilos de sangre escaparon de su boca. Sin embargo, la vampira no pareció conforme y retorció más su antebrazo, perforando aun más la piel y los órganos.

Basilea gimió débilmente y se atragantó con su propia sangre en un vano intento por respirar. Valerie le sujetó la cabeza con su mano libre, agarrándola del cabello.

—No eres más que escoria en mi camino…

Y de un solo tirón le arrancó la cabeza del cuello.

El cuerpo de Basilea se desplomó con un sonido sordo y, segundos después, Valerie dejó caer la cabeza que, macabramente, rodó por el suelo.


Harry tragó en seco, horrorizado, cuando vio caer el cuerpo de la mujer lobo. Pero lo que más le pasmó fue la malvada mueca que emergió en el rostro de su amiga.

El mago inhaló y exhaló rápidamente, entre el agotamiento por la pelea y las emociones revueltas que la escena le produjo cuando, repentinamente, Ileana apareció a su lado.

—No creí que volvería a verlo… —la mirada de la vampira se clavó sobre Valerie y sus ojos brillaron en una especie de orgullo y enfermiza alegría.

—¿Volver a verlo? —murmuró Harry, quien apretó su varita ante los nosferatus que comenzaron a acercarse—. Le arrancó la cabeza… —no pudo evitar agregar.

Una risilla aguda brotó de la garganta de la general y le dedicó una mirada de superioridad.

—Graba esta imagen en tu cabeza humano. Lo que acabas de presenciar, es la viva razón de por qué Valerie Deanoff es la reina de los vampiros o, como muchos solían llamarla: el ángel rojo.

—¿Ángel rojo? ¿Por qué ángel?

—Tal vez, algún día, puedas ser testigo del verdadero esplendor de su poder… No cualquier puede ostentar semejante título porque si —le respondió Ileana antes de lanzarse sobre los nosferatus que estaban rodeándolos.


Fenrir Greyback rugió ante el cuerpo desmembrado de Donovan.

Sangre corrió por su boca y cuello, sin embargo la dicha que embriagó su cuerpo le hizo olvidar ese detalle. Por fin, tras largos años, aquel peso que por tanto tiempo había cargado sobre sus hombros había finalizado.

Había vengado la muerte de Luana. Si bien sabía que ella no había sido la pareja que la diosa de la luna le había entregado, el amor que sintió por ella fue real y, por fin, su recuerdo sería algo hermoso en su memoria y no una sombra que lo atormentara.

Repentinamente, Valerie apareció a su lado rugiendo tras acabar con un nosferatu que se había montado sobre su espalda.

El hombre lobo la observó con detención. Su boca crispada revelando sus colmillos rojos en sangre, la ira en su mirada, sus manos teñidas en rojo, tensas y listas para atacar.

¡Merlín! Aquella mujer iba a ser su perdición. ¿Cómo podía una vampira atraerle tanto siendo él un hombre lobo? Bufó, sonrió, miró al cielo y maldijo su suerte.

—¿Estás listo mi lobito? —le ronroneó ella con tono divertido al oírlo maldecir.

Los labios de Greyback se estiraron en una sonrisa maliciosa.

—Para ti, siempre.

Y ambos avanzaron contra los enemigos restantes.


—¡Bombarda! —gritó Ginny y los tres nosferatus que tenia casi encima volaron por los aires.

—¡Expelliarums! —bramó Ron a su lado.

—Parece que vamos a necesitar un poco de ayuda —replicó la pelirroja con ironía. Tenía el cuerpo cansado, los brazos agarrotados y la respiración entrecortada.

Ambos hermanos habían sido obligados a separarse del resto entremedio de la pelea y, en aquellos momentos, se encontraban de espalda al otro para protegerse mutuamente.

—No me lo digas… —gruñió Ron, jadeando. Tenía una fuerte herida en una de sus piernas que le impedía mantenerse de pie con facilidad, y un largo corte en su frente que dejó un hilo de sangre que descendió por su nariz.

Repentinamente, un nosferatu se acercó por su costado derecho, ante lo cual movió su varita con agilidad y la bestia fue golpeada por una fuerte ráfaga de viento.

Sin embargo, el mago no esperó que su hermana perdiera tropezara tras lanzar otro encantamiento e inconscientemente se apoyara en él. Ante la carga de peso sobre su pierna mala no puedo mantener el equilibrio y ambos cayeron al suelo.

Una horda de nosferatus no dudo en abalanzarse contra ellos.

Sin siquiera pensarlo, Ron agitó su varita, alejó a Ginny del lugar un par de metros y la cubrió con un escudo.

— ¡RON NO! —bramó la bruja, histérica.

El mago cerró los ojos ante lo inevitable, pero tras largos segundos no sintió dolor alguno y abrió los párpados, extrañado. Su boca se abrió por la sorpresa al ver una cabellera rojiza frente a él y como los cuerpos de los nosferatus se desplomaron contra el suelo en un ruido seco, mientras cenizas y sangre se esparció por la tierra.

La amplia espalda de Razvan se giró para mirarlo y Ron dejó escapar el aire que tenía acumulado en el pecho. La ferocidad en el rostro del vampiro era un espectáculo terrorífico, acompañado de la sangre que cubría su cuello y pecho.

Razvan notó como el mago tenía en una de sus manos el cuchillo que le había regalado, tan fuertemente apretado que sus nudillos se tornaron blancos. Se acercó a él con pasos seguros, estudio su cuerpo con la mirada y cuando estuvo conforme con lo que vio murmuró —Humano estúpido.

El rostro de Ron se tensó, indignado, se puso de pie con dificultad mientras respiró hondo y apretó los labios listo para reclamarle. Sin embargo, cuando Razvan observó sus facciones, esas mejillas coloradas por el esfuerzo, el jadeo de su respiración, la ira en sus orbes, su cuerpo actuó automaticamente y sin siquiera pensarlo tomó el mentón del mago y lo beso.

Ron se quedó como piedra cuando los labios del vampiro hicieron contacto con su boca, sin esperar que fueran a ser tan fríos, pero a la vez tan suaves. No pudo evitar el leve gemido de sorpresa que brotó de su garganta cuando unos colmillos mordieron su labio inferior con extremada delicadeza.

Razvan se separó de él y el mago no pudo evitar pensar que aquel contacto había sido demasiado corto para su gusto. ¿Cómo podían aquellos labios ser tan deseables? La pequeña distancia que se impuso entre ambos le hizo anhelar aquella boca sobre la suya por unos segundos, pero recobró la compostura con rapidez.

Ron agitó su cabeza para encontrarse con la intensa mirada de deseo en las orbes del vampiro, él cual se relamió los labios y le dedicó una mueca petulante. El mago no pudo evitar tragar en seco, pues aquella simple acción le pareció de lo más atractiva. ¿¡Qué demonios le estaba pasando!?

Inesperadamente, Razvan le sujetó nuevamente el rostro y acercó su boca a su oreja.

—No estoy de humor para este tipo de sustos, todavía no he terminado contigo ¿te quedo claro? —y antes de que pudiera responder, el vampiro le mordió la oreja con tortuosa lentitud.

Ron ahogó un gemido y su respiración se aceleró.

Tan rápido como se le acercó, el vampiro volvió a marcar distancia con él y añadió —Eres mio, Weasley — y desapareció para volver a la batalla.

El mago asintió levemente, todavía demasiado sorprendido con lo ocurrido.

—No pensé que fueras de los que le gustan los pelirrojos —murmuró de pronto Ginny que apareció a su lado con una expresión anonada y divertida en el rostro.

—Yo tampoco —murmuró su hermano en respuesta.


Draco jadeó, agotado y se limpió la cenizas del rostro.

Observó las extremidades descuartizadas de Avery a sus pies. El exmortifago y vampiro había sido un contrincante complejo pues su nueva naturaleza vampirica le otorgó una indiscutida ventaja contra el joven mago.

No había sido obra de él el desenlace final de su pelea, sino la abrupta aparición de Ileana. La general acabó con Avery en menos de un parpadeo, evidenciando la supremacia y el por qué Vladimir había decidido traerla de Rumania.

¿Qué tanto podía realmente aportar él en esta guerra sobrenatural? Se cuestionó él mismo.

Apretó los puños y pateó el suelo, iracundo. ¡No era momento de hacer preguntas estupidas! Era el momento de actuar y continuar luchando. Draco exhaló con pesar y cuando se percató de la presencia de Dumbledore y Abraxas.

A un par de metros de distancia, su abuelo y Albus acabaron con sus enemigos con maestría a pesar de su agotamiento, sin percatarse que a sus espaldas, entremedio del humo, apareció Lucius Malfoy seguido de una docena de nosferatus. Sus orbes rojas brillaron, excitadas, por la oportunidad que se le presentó y sin dudarlo se lanzó contra ellos aprovechando el factor sorpresa.

Desesperado por la distancia que lo separaba Draco levantó su varita, pero antes de que lograra pronunciarlo supo que su hechizo no llegaría a tiempo. La horda de nosferatus acabaría con Dumbledore y Lucius iría por su propio padre.

Ambos magos se percataron de la emboscada segundos más tarde y comprendieron su fatal situación.

En aquellos momentos, donde el tiempo parece correr más lento, Abraxas conectó sus orbes con la de su nieto y le dedicó una pequeña y cálida sonrisa, aceptando lo inevitable.

—¡ABUELO!

Una muralla de fuego emergió de la nada cerca de ambos magos y los nosferatus aullaron de dolor cuando las llamas destruyeron sus cuerpos.

—¡AVADA KEDAVRA!


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