Disclaimer: Los personajes de Death Note no me pertenecen.


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Capítulo 1

El pasado

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"Solo cuando el pasado no puede herirte se vuelve realmente pasado"

...

Mello frunció el ceño y observó el enorme espacio a su alrededor, ocupado solo por un par de avionetas que parecían ser alguna clase de fumigadoras, estacionadas a unos pocos metros de las escaleras metálicas que llevaban a una pequeña oficina, vacía también, al parecer. Ni un solo empleado o encargado a la vista, nada muy extraño. Siempre era mejor si no había testigos.

Bufando, levantó la mirada hacia la parte trasera, y de regreso a la entrada, tratando de ver más allá, pero, aunque no podía encontrar el coche ni a Matt cerca, sabía que no debía estar a muchos kilómetros, observándolo fijamente con su rifle en caso de necesitar refuerzos. Mello sabía que podía apostar su vida al respecto, y alzó una mano, enseñando el dedo medio para que, donde fuera que estuviera, su compañero lo viera, pero tampoco hubo ninguna señal de su parte, solo más silencio y calma. Entonces, aburrido de tanto esperar, Mello sacó un barra de chocolate de su chaqueta, y cuando estaba a punto de llevársela a la boca para seguir matando el tiempo, cuatro enormes camionetas negras se precipitaron dentro del hangar, formando un semicírculo a su alrededor segundos antes de que al menos una docena de hombres abrieran las puertas y bajaran armados con pistolas y metralletas, asegurando el perímetro.

Mello dejó su barra a mitad de camino hacia su boca y enarcó una ceja con escepticismo, viendo una quinta camioneta entrar al lugar mientras los hombres terminaban de desplegarse por los alrededores, formando una clase de escudo protector alrededor del último vehículo. Una vez todo asegurado, un hombre calvo, enorme y con cara de pocos amigos salió del asiento del acompañante, apurándose en abrir la puerta trasera, por donde, finalmente, el mafioso chino Xiang Liu apareció, con uno de sus çtrajes a medidas y zapatos caros, igual que la mayoría de los delincuentes que él y Matt solían frecuentar, así como el exagerado equipo de seguridad. Mello quiso burlarse entonces, pero solamente apretó los labios, guardando su chocolate con un gruñido y ajustándose la mochila al hombro, levantando la barbilla cuando el supuesto empresario chino caminó hacia él con un maletín plateado en la mano, y todos sus gorilas armados detrás.

—¡Amigo mío! —exclamó este en su idioma, irritando a Mello con el sonido de su voz, irritación que solo creció cuando uno de sus gorilas de seguridad se acercó por detrás y comenzó a palparlo en busca de armas.

—¿Es en serio? —gruñó Mello, molesto, pero extendiendo los brazos de todas formas, aunque sin permitirles ver dentro de su mochila.

—Lo siento, Mello, es por seguridad —respondió el empresario, haciéndolo bufar.

—Puedes buscar dentro de mis pantalones si quieres —le dijo al hombre en chino, y este le gruñó, empujándolo hacia adelante al terminar su inspección.

—Limpio —graznó, haciendo que Mello lo mirara sobre su hombro.

—Te cortaré la garganta si vuelves a acercarte a mí —masculló en inglés, de forma que solo Liu le entendió, riendo mientras sus hombres se miraban con confusión.

—Sígueme —le indicó, siguiendo con el inglés mientras le indicaba subir hacia la oficina, con solo tres de sus guardaespaldas siguiéndolos de cerca por las escaleras hasta que estuvieron encerrados dentro del lugar —¿Tienes los códigos? —preguntó entonces. Mello frunció el ceño una vez más.

—¿Tienes el dinero? —respondió. El hombre chino soltó otra carcajada, diciéndole algo al oído a uno de sus guardaespaldas, que dejó el maletín plateada frente a él, abriéndolo para mostrar su interior lleno de dólares americanos. Mello echó una rápido mirada para comprobar que fuera la cantidad pactada y solo después metió la mano dentro de su mochila, sacando una memoria y arrojándosela al guardaespaldas más cercano al lider del grupo de mafiosos —Esos son los números de cuenta del señor Hyun en Corea, Suiza y Panamá, y sus contraseñas —informó, levantando el maletín con el dinero para arrojar los fajos dentro de su mochila.

—¿Y los códigos de seguridad?

—También están allí.

—Excelente —Xiang chasqueó los dedos y otro de sus gorilas se acercó a ellos con un portátil —Tengo otro trabajo para ti —anunció, abriendo la laptop para mostrarle la fotografía de un hombre entrando a un coche —Quiero que tú y tu amigo roben otro tipo de información para mí. De este hombre —dijo, y Mello observó la pantalla, con recelo, volviendo a fruncir su ceño de inmediato.

—Ese es el secretario de defensa de los Estados Unidos —pensó en voz alta, arrugando todavía más el entrecejo, detalle que no pareció importarle a su cliente.

—Así es. Y tú y tu gente van a robar los códigos de misiles nucleares que existen en los Estados Unidos para mí.

—¿Misiles nucleares? —Mello levantó la cabeza y enarcó una ceja —Tienes que estar bromeando.

Sin dejar de sonreír, Xiang volvió a chasquear los dedos, y el tercer guardaespaldas arrojó dos bolsos negros a sus pies, haciendo que sonaran pesadamente contra el suelo.

—Entiendo que no será un trabajo fácil, por eso mi gobierno duplicará el precio. Cinco millones de dólares americanos —anunció mientras su hombre abría las bolsas, mostrando el dinero. Sin embargo, Mello ni siquiera lo miró.

—Eso está fuera de los límites —gruñó, mirando al empresario chino con los ojos entornados con ofensa —No somos terroristas.

—No, ustedes son mercenarios —se burló Liu, haciendo que su ceño se frunciera mucho más. Mello entonces se puso la mochila llena de dinero y sujetó las correas con ambas manos, cerrando los puños alrededor de ellas para no golpear la cara de su interlocutor, notando que los tres guardaespaldas comenzaban a desplegarse por la habitación también, haciendo que se sintiera cada vez más acorralado.

—Como sea —graznó, su ceño todavía fruncido, pero fingiendo que no había notado lo amenazador que se había vuelto el ambiente —Querías las cuentas de ese criminal, y ahora las tienes. Ese era el trato, así que... —Mello volteó hacia la salida, pero uno de los hombres chinos le cerró el paso.

—El trato acaba de cambiar —dijo su cliente. Mello apretó un poco más las correas de su mochila, volteando a enfrentarlo nuevamente.

—El trato se acabó —sentenció con hastío —Ahora dile a tu gorila que se mueva, me iré de aquí y haré de cuenta que esto nunca pasó —advirtió, intentando salir una vez más, pero ahora dos de los guardaespaldas cubrían el paso.

—Creo que no estás entendiendo la gravedad del asunto —advirtió Xiang Liu, sacando su propia arma para apuntarle. Mello apretó aún más las correas de su mochila —Déjame explicarlo como le gusta hablar a los americanos para que lo entiendas: harás lo que sea que hagas con tu computador, conseguirás esos códigos para mí y te haré aún más rico. Es un trabajo simple para alguien como tú.

—Creo que tú no estás entendiendo —bufó el joven de cabello rubio, mirando a su cliente a los ojos ahora, y hablando con calma insidiosa —Nuestro trato terminó. Déjame salir de aquí o...

—¿O qué? —se burló el hombre, hablando en chino, con una sonrisa cruel —¿Nos matarás a todos? —rió, igual que sus hombres —Me agradas, Mello. Eres bueno en tu trabajo —Xiang Liu puso una bala en el cañón de su arma, apuntándole a la cabeza ahora —, pero no eres indispensable. Y, si no vas a conseguirme lo que necesito, entonces no me sirves vivo.

Mello abrió los ojos levemente con sorpresa al escuchar eso, pero su expresión no cambió demasiado; sus hombros se mantuvieron relajados, y su rostro ligeramente aburrido. Entonces apretó un poco más las correas de su mochila de forma inocente, pero asegurándose que las cuchillas siguieran bien escondidas en su interior.

—Tú no me agradas —le dijo, sacando un cuchillo de cada correa en un movimiento tan rápido que para cuando el mafioso chino lo notó, Mello pudo desarmarlo, apuñalándole el brazo para que soltara el arma mientras usaba el otro cuchillo para ponerlo en su cuello, advirtiendo a sus hombres de no hacer nada estúpido —Y no soy americano —corrigió, pasando la hoja por la garganta del hombre, usando rápidamente su cadáver para protegerse de las balas de los guardaespaldas mientras recuperaba el arma de Xiang Liu del suelo, derribando a sus hombres de un disparo limpio a la cabeza de cada uno, dejando caer el cuerpo inerte y ensangrentado del jefe mafioso a sus pies. Entonces oyó los pasos y los gritos; los cadáveres de dos de los guardaespaldas bloqueaban la entrada, por lo que los hombres de fuera comenzaron a disparar con automáticas dentro de la habitación, dándole apenas tiempo de volver a cubrirse con el cadáver de Xiang Liu y el otro guardaespaldas mientras la habitación entera se hacía añicos entre disparos que hacían volar trozos de carne, madera, papeles, dinero y vidrios en todas direcciones.

El antiguo heredero de L tomó otra arma del cinturón del guardaespaldas y esperó escondido detrás de los cadáveres hasta que, de repente, los disparos se detuvieron, y entonces se apresuró a tomar la bolsa de dinero que había quedado intacta, la colgó en su espalda y dobló la rodilla para ponerse en posición de tiro y disparar a los hombres en la escalera a través de la ventana deshecha de la entrada antes de que recargaran sus armas, logrando derribar a cuatro antes de que los hombres que seguían en la planta baja dispararan desde abajo, perforando la madera del suelo con sus balas. Mello se impulsó hacia atrás con los pies y rodó por el suelo para esquivar los proyectiles que casi alcanzaron sus genitales; la habitación entera crujió mientras los chinos seguían disparando, amenazando con derrumbarse en cualquier momento hasta que, de repente, aún por sobre los ensordecedores disparos, el joven Keehl oyó el rugido de un motor y las llantas acelerando antes de escuchar el ruido del metal destruyéndose, haciendo cesar el ataque. Después oyó más gritos y unos cuatro o cinco disparos antes de que todo quedara en silencio. El ex aprendiz de detective entonces se asomó por las escaleras, viendo, a pesar del humo y el polvo, el Mustang rojo estacionado sobre varios chinos muertos, mientras un joven de cabello castaño estaba inclinado sobre uno de los hombres, revisando sus bolsillos.

Mello entonces quitó los cadáveres de la puerta y bajó las escaleras metálicas empujando más cuerpos a su paso, haciendo que estas crujieran peligrosamente bajo su peso, pero lo toleraron. Entonces miró al otro chico, que seguía encaramado junto al chino muerto, y frunció el ceño, arrojando su mochila y la bolsa negra dentro del auto rojo.

—¿Qué haces? —gritó después de meterse en el asiento del copiloto. Matt rodó los ojos y se inclinó junto a otro chino muerto, revisando sus ropas hasta sacar, victorioso, un paquete de cigarrillos, bufando al encontrarlo vacío, y desesperando a Mello, que gruñó al darse cuenta de que una bala lo había rozado en el cuello, y que había empezado a sangrar copiosamente —¡Matt, date prisa, maldita sea!

—Ya voy, ya voy —gruñó el joven Jeevas, limpiándose la sangre que había salpicado su rostro con la manga de su camiseta antes de abrir la puerta del piloto y subir junto a Mello, suspirando —¿De verdad tenías que hacerlo? —inquirió, sarcástico.

—Solo sácanos de aquí —gruñó su amigo. Matt no se movió. Ni siquiera encendió el motor, manteniéndose tranquilo a pesar de sonido de más coches acercándose, mientras Mello siseó de dolor al mirar sobre su hombro, notando los coches que se acercaban a lo lejos —¿Cuántos en camino?

—No lo sé. Tal vez decenas... —rió el de cabello castaño, revisando su arma, limpiando el cañón y poniéndose los guantes de piloto de cuero con toda tranquilidad; después miró hacia el asiento trasero, revisando el dinero —Tienes que dejar de matar a nuestros clientes —se burló. Mello gruñó, cargando su arma y sacando el brazo por la ventanilla, listo para disparar.

—Era un degenerado criminal —respondió, revisando sus balas —Solo conduce. Quiero largarme de este lugar.

—Tú mandas —Matt levantó las manos sobre el volante, divertido; luego encendió el motor, pero siguió sin poner el coche en marcha.

—¿Qué estás haciendo? —espetó Mello, enarcando una ceja. Entonces, al menos media docena de camionetas más aparecieron por allí, cerrándoles el paso mientras más hombres chinos bajaban por los lados, listos para dispararles mientras les ordenaban que bajaran del coche.

—Estos chinos, siempre tan ruidosos —bufó Matt, acelerando en neutral mientras Mello se ponía más y más molesto a su lado.

—Será mejor que dejes de alardear y nos saques de aquí —gruñó. Matt rió una vez más, acelerando mientras su mano derecha se posaba suavemente sobre el embrague. Su compañero gruñó nuevamente, recargándose contra la ventanilla mientras seguía sosteniéndose la herida, intentando parar la hemorragia —¡Sácanos de una vez!

—A la orden —murmuró, moviendo la palanca mientras los chinos comenzaban a disparar. Mello sacó la mitad del cuerpo por la ventanilla y empezó a disparar también con su mano libre, notando, con sorpresa, que no se acercaban a su objetivo, sino que se alejaban de ellos.

—Estás yendo en reversa, idiota —gruñó.

—Lo sé —rió Matt, recargando su brazo sobre el asiento para mirar sobre su hombro y seguir avanzando hacia el fondo del hangar.

—Te odio —bufó Mello, dejando de disparar para volver a sentarse y ponerse el cinturón de seguridad antes de que el impacto los golpeara cuando el coche atravesó el muro trasero del hangar, destruyéndolo en miles de pedazos. Entonces apretó el agarre a su cuello y maldijo en voz baja mientras Matt, que seguía mirando sobre su hombro, siguió en reversa hasta llegar al camino, maniobrando el volante para girarlo y poner el vehículo sobre en paralelo sobre la carretera y avanzar hacia el lado opuesto, llevándolos de nuevo hacia la entrada del lugar, avanzando un par de kilómetros antes de volvera detenerse, quemando el cartucho de sus llantas sobre el pavimento.

—Te dije que no debíamos confiar en los chinos —murmuró, revisando su bolsillo, de donde sacó un pequeño detonador, presionando el botón para que todo el hangar estallara en una enorme explosión. Mello se sobresaltó, pero solo por un segundo, observando las enormes llamas a sus espaldas con parsimonia antes de enarcar una ceja.

—Estás enfermo —murmuró. Matt soltó una carcajada, salió del coche y abrió la cajuela; cuando la volvió a cerrar, Mello lo vio sacar un lanzamisiles militar, echándoselo al hombro.

—No tienes idea —se burló, apuntando el arma hacia los dos coches que habían quedado fuera del alcance de la explosión e iban tras ellos, haciéndolos estallar antes de que sus conductores pudieran reaccionar. Después arrojó el arma en el asiento trasero y arrancó el motor nuevamente, dejando detrás el hangar en llamas y todo un reguero de chinos muertos alrededor del camino.

El joven Keehl, que seguía presionando su herida, gruñó.

—Creo que no entendiste lo que significa discreción.

—Tú fuiste quien mató al chino —señaló el hacker, riendo de lado —Yo solo fui precavido —se defendió, observando el paisaje con aburrimiento mientras volvía a limpiarse la sangre seca del rostro —Maldición. Y yo que quería pasar unas horas en el casino... —suspiró, observando su reflejo en el espejo retrovisor antes de comprobar que nadie los seguía —Debemos hacer una parada antes de regresar al avión.

—¿Por qué?

—Para comprar cigarrillos —sonrió el joven de cabello castaño, acelerando y riendo ante la rabieta de Mello.

—¡Estoy herido! —graznó este, sumamente molesto, pero Matt, lejos de alarmarse, solo estiró un brazo e hizo que volteara para que le enseñara su herida, chasqueando la lengua después.

—Solo es superficial, no vas a morir, deja de lloriquear —se burló, desviándose de la carretera mientras tarareaba alguna estúpida cancioncilla, ofuscando todavía más a Mello, aunque solo volvió a sacar su barra de chocolate, abriéndola y arrojando el papel metálico por la ventanilla.

—Si una bala no te mata, esa porquería que fumas lo hará.

—Tú comes chocolate, yo fumo —Matt soltó una risita sarcástica y encendió la radio solo para molestar a su amigo —Deberías limpiarte la sangre.

—Malditos chinos —gruñó Mello, usando su chaqueta para limpiarse y detener el sangrado, revisando dentro de la guantera, de donde sacó una botella de tequila y uno de los pañuelos de Matt; usó el tequila para limpiar la herida y la envolvió con la tela, refunfuñando en voz baja y recargándose contra la ventanilla para seguir masticando su golosina mientras su compañero seguía con la vista en el camino, conduciendo por varios kilómetros sin ver nada más que campos de cultivos y algunas vacas, hasta que encontraron una pequeña urbanización a un lado del camino, de casas bajitas y pintorescas, típicas de los pueblos rurales. Matt tamborileó los pulgares sobre el volante mientras disminuía la velocidad para meterse en la avenida principal, tocando la bocina para pedir paso y despertando a Mello de su ensoñación.

—Espero que sean los malditos mejores cigarrillos que probarás en tu vida —gruñó, tirando su chaqueta ensangrentada en la parte trasera, metiendo el dinero bajo el asiento también —Intenta no llamar la atención.

—Medimos como dos metros más que esta gente y nuestro coche parece una coladera. No hay forma de que no llamemos la atención —rió Matt, deteniéndose frente a una tienda de abarrotes mientras Mello volvía a recostarse contra la ventanilla —¿Quieres algo?

—Largarme de aquí —gruñó; Matt le sonrió, volteando para salir del coche —Date prisa.

—Sí, mamá —se mofó el joven Jeevas, saludando al anciano de la tienda que estaba sentado en un banquillo de madera, abanicándose con un trozo de papel, y que respondió a su saludo con una amable reverencia antes de continuar con lo suyo. El joven británico pasó de él y se internó en el pequeño habitáculo, buscando entre las marcas de cigarros, sonriendo una vez más al ver que tenían de sus favoritos; compró diez cajetillas y mientras el anciano las ponía dentro de una bolsa se dedicó a observar los periódicos del lugar.

Mello y él siempre compraban periódicos del mundo cada vez que tenían la oportunidad. Si conseguían uno del Reino Unido o Norteamérica mejor, pero ahora solo había periódicos chinos, una gaceta coreana y un periódico japonés, nada de mucha utilidad. De cualquier forma, tomó el de Corea y lo revisó sin mucho interés antes de volver a dejarlo en su lugar y tomar uno de Macao. Y estaba a punto de darse la vuelta para regresar a la camioneta cuando la portada del periódico japonés llamó su atención. En ella había una fotografía de un hombre mayor, de gafas y mirada seria. Matt parpadeó y sin mucha seguridad tomó el ejemplar y lo desplegó para leerlo, abriendo los ojos como platos por la sorpresa.

—Oh, diablos... —susurró al leer las primeras líneas de la noticia, sintiendo como si todo el pasado de pronto lo hubiera golpeado en el rostro.

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Tokio, Japón. Noviembre 12, 2009 (12 horas antes)

—Diles, Light. ¡Diles que es mentira! ¡Diles que no eres Kira, hijo!

La mirada de Light estaba escondida tras su fleco de cabello castaño, parecía estar asustado, pero cuando su mirada se levantó, la expresión de su rostro le heló a sangre.

—No debiste decirles, L —susurró, levantando su brazo a la altura de su rostro —¡Ahora tendré que asesinarlos a todos! —exclamó, presionando un botón en su reloj, y un diminuto compartimiento secreto salió con lo que parecía ser un trozo de papel. Sin embargo, antes de que pudiera escribir nada, Light cayó al suelo de rodillas, sujetándose el pecho con un puño.

—¡Estúpido! —exclamó, peleando contra un enemigo invisible —¡Morirás también! —fue lo último que dijo antes de retorcerse con la mano todavía en su pecho para, finalmente, desvanecerse en el suelo. Entonces todo se quedó en un tenso y horrible silencio, mientras todos los presentes intentaban comprender lo que acababa de pasar.

—Mi hijo... —susurró el jefe Yagami, empujando a quienes estaban frente a él para llegar hasta Light y abrazar su cuerpo inerte y sin vida. Y sus desgarradores gritos fueron lo único que se oyó después.

Tōta Matsuda despertó súbitamente, abriendo los ojos con una inhalación entrecortada y saltando sobre la cama mientras su corazón latía desbocadamente. Tardó unos segundos en recordar que estaba a salvo en su propia casa, y cuando se llevó una mano al rostro se dio cuenta de que estaba empapado en sudor y lágrimas, igual que aquel día. Y apenas se espabiló del todo, la extraña sensación de que algo iba mal lo atacó, haciendo que estirara el brazo para tomar las píldoras sobre la mesa de noche y llevárselas a la boca, intentando calmar sus latidos y hacer que la molesta sensación desapareciera.

—Mmm...¿Tōta? ¿Qué pasa? —preguntó la adormilada mujer que yacía junto a él, despertando lentamente debido a sus bruscos movimientos y encendiendo una lámpara para poder verlo —¿Está todo bien?

—Sí, yo... —Matsuda suspiró, limpiándose el rostro para después besar a su novia como si nada hubiera pasado —Solo fue una pesadilla. Siento haberte despertado. Descansa, Kiyo-chan

—¿Seguro que estás bien?

—Sí —repitió, sonriéndole con despreocupación —No te preocupes. Ya pasó.

—Mmm... Entonces vuelve a dormir —bostezó Takada, apagando la luz y recostándose junto a él una vez más —. Mañana será un largo día —le sonrió entre sueños, acariciándole la mejilla con una mano antes de dejar esta sobre su pecho y volver a dormir. Matsuda suspiró una vez e intentó olvidar las imágenes de su sueño para poder volver a dormir, observando el apacible rostro de Kiyomi durante un momento hasta que su mirada se posó fijamente en el diamante que brillaba, solitario, en el dedo de su ahora prometida.

Había sido la propia Takada quién había elegido la piedra y el anillo, él solo se limitó a pagarlo y contemplarlo. Aquella pequeña joya tenía un significado que aún le costaba asimilar; por supuesto, ya había pensado en matrimonio antes, en encontrar a una buena mujer, inteligente y bonita con quien formar una familia y pasar el resto de su vida. Y Kiyomi Takada era todo eso para él, o por lo menos eso se había dicho cuando ella misma, luego de un año y medio de relación, soltó un simple "deberíamos casarnos". Y él había respondido con un aún más simple "claro".

Y así, de pronto, tenía todo lo que hubiera podido desear: una buena vida, un trabajo que amaba, un bonito y amplio apartamento, muchos amigos y una prometida tan exitosa como hermosa. No podía pedir nada más, se dijo, acurrucándose junto a su novia y procurando volver a dormirse, pues como Takada había dicho, tendrían un largo día por delante en la mañana escogiendo el menú de la boda. No tenía tiempo para recuerdos ni preocupaciones sin sentido.

Y estaba a punto de poder conciliar el sueño una vez más cuando su teléfono celular sonó, obligándolo a reaccionar antes de que el ruido volviera a despertar a Kiyomi.

—Matsuda —susurró, adormilado pero atento en caso de que fuera alguien de la jefatura. Sin embargo, la voz que oyó fue una muy diferente.

¿Tōta?

—¿Sayu-chan? —dijo, volviendo a saltar de la cama, sin preocuparle haber despertado a su novia otra vez, pues algo en la voz de la hija del jefe Yagami le dijo que, tal como lo había presentido, algo no iba bien —¿Estás bien? ¿Qué pasa?

Al otro lado de la línea, la chica Yagami sollozó y Matsuda pudo escucharla sorbiéndose la nariz. Y tardó varios segundos en responder, hablando entrecortadamente:

Es mi padre... —murmuró, con la voz estremecida, haciendo que los latidos de Matsuda se alteraran una vez más, como una predicción de lo que estaba a punto de venir —Él... Él...

—Sayu, ¿qué ocurre? —se impacientó, sintiendo como la horrible sensación volvía a apoderarse de él mientras Sayu Yagami tomaba aire profundamente, como preparándose para soltar la noticia.

Papá murió —dijo al fin, entre más sollozos, y Matsuda de nuevo contuvo el aire, como el día en que habían descubierto que Light era Kira; y como ese día, por un segundo, se le olvidó cómo volver a respirar.

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Los Ángeles, California. Noviembre 11, 2009*

—¿Estás nerviosa?

—No lo estoy.

—Está bien si te sientes nerviosa. Te veías tensa hace unos minutos.

Misa sonrió y dejó que la maquilladora terminara de dar los toques finales a su maquillaje antes de girar su silla y contestar:

—De verdad, no lo estoy. Esta no es mi primera entrevista. Voy a estar bien —aseguró, levantándose de su asiento y parándose frente al hombre en puntas de pie —Dame un beso de buena suerte.

—¡Treinta segundos! —gritó alguien de la producción, entonces la joven japonesa se estiró un poco más para besarlo antes de correr a ocupar su lugar frente a las cámaras, sentándose junto al carismático presentador que terminaba de repasar los detalles finales con dos asistentes. Él le sonrió al verla para tranquilizarla, y ella le regresó la sonrisa al mismo tiempo que el director anunciaba la cuenta regresiva para la vuelta al aire.

—¡Buenas noches, América! Estamos de regreso con la modelo y actriz Misa Amane, quien nos acompaña hoy para promocionar su nueva película, la segunda entrega de la popular saga de "Fallen Kingdoms", protagonizada por mi amigo personal, James Evans —dijo el presentador, esperando a que los aplausos del público terminaran para continuar, girándose hacia su invitada —Misa, es su tercera película juntos, lo que se ha atribuido a la gran química que ambos tienen en pantalla. Y eso ha dado pie a diversos rumores en estos años —anunció, sugerente, esperando a la reacción del público antes de continuar —. Ahora cuéntanos, ¿qué hay de cierto y de falso en ellos? —preguntó, y Misa rió, no de forma mecánica, con esa risa que siempre ensayaba para las cámaras, sino genuinamente divertida, alentada por las exclamaciones del público.

—James y yo hemos sido amigos desde que nos conocimos. Es más, somos como hermanos, y hablo por ambos cuando digo que nunca nos vimos como algo más —dijo tranquilamente —Además, él y mi novio son buenos amigos.

—Oh, ese es otro punto interesante —respondió el hombre, entornando la mirada —. Tú y el hijo del ministro de seguridad de Japón, el empresario Shingo Midō, están saliendo desde hace dos años, y en este tiempo, quienes te conocemos desde tus orígenes en internet, te hemos visto madurar tanto personal como artísticamente, y ese ha sido un cambio muy positivo en tu carrera, ¿verdad?

—Ciertamente —aceptó Misa con templanza —. Me permitió salir del modelaje de revistas para adolescentes y de las películas de instituto para concentrarme en papeles más serios y elaborados. Por supuesto no me arrepiento de nada de lo que hice en el cine y la televisión japonesa, pero ya era hora de crecer y darle otro rumbo a mi carrera y a mi vida. Ser la adorable e ingenua Misa-Misa estaba bien a los 20, pero todos debemos madurar, ¿no crees? —sonrió, ganándose un aplauso general y vítores del público, y también del presentador.

—Y hablando de madurar, ¿qué tal llevas la diferencia de 10 años con tu novio, teniendo en cuenta, además, de que ambos se dedican a ámbitos completamente diferentes?

—¿Sabes? A decir verdad, es estupendo, Robbie —admitió con una sonrisa —. Él ha sido mi pilar todos estos años, incluso antes de ser novios. Creo que aprendí lo que es tener una verdadera relación amándolo, y él aprendió a ser un poco menos del tipo ejecutivo rígido desde que estamos juntos —rió, igual que el público en vivo —. Aun así, él es quien pone la seriedad en la pareja, y yo la diversión. Nos completamos de maravilla —Misa amplió su sonrisa, igual que el presentador, que se había recargado sobre su escritorio para escucharla y observarla atentamente con una sonrisa interesada.

—Te ves muy enamorada de él —dijo de repente, enderezándose en su asiento y haciéndose a un lado con su silla para que la enorme pantalla tras él pudiera verse mejor —, como él de ti en las últimas fotografías que tomaron de ustedes en Los Ángeles —anunció, señalando la pantalla, donde apareció una fotografía de ella y Shingo tomados de la mano y caminando por Sunset Boulevard mientras salían de hacer compras, ambos relajados, charlando y riendo, haciendo sonreír a Misa una vez más —Se ven muy felices juntos. ¿Cuál es su secreto?

La modelo suspiró profundamente, no porque no tuviera una respuesta, sino porque quería generar expectativa por ella. Y del otro lado de las cámaras Shingo le sonrió, como solo lo hacía para ella y cuando nadie más miraba.

—Pues no hay secreto —murmuró la joven japonesa, encogiéndose de hombros —. Solo nos queremos, nos respetamos y nos cuidamos el uno al otro. No necesitas nada más para ser feliz.

—Excepto un anillo de platino y diamantes. ¡Muéstranos tu sortija!

—¡Oye! —rió la actriz, golpeando juguetonamente la mano del presentador, fingiéndose molesta —¡Eres un bocón!

—Oh, vamos, Misa. ¡Al público le encantará saber que tú y el empresario Shingo Midō se han comprometido! —soltó el conductor, a lo que el público y los camarógrafos estallaron en aplausos como respuesta. Entonces, rendida, Misa levantó la mano, enseñando la sortija de compromiso que había pertenecido a la abuela de Shingo, y el público estalló en aplausos y exclamaciones una vez más.

Después de eso, la entrevista se dirigió hacia su última película y próximos proyectos en Hollywood, a lo que Misa respondió siempre con una sonrisa simpática y agradable, incluso bromeando sobre algunas cosas del set o las diferencias culturales entre vivir en Los Ángeles y vivir en Japón. Misa se sintió muy cómoda durante toda la entrevista, y, cuando las cámaras se apagaron y se despidió de Robbie Klein, corrió hacia su prometido, radiante como la luz del sol.

—¿Qué tal estuve? —preguntó, tomando sus manos con cariño.

—Perfecta, igual que siempre —contestó Shingo, dándole un pequeño abrazo antes de que ella se separara y lo besara, siendo interrumpida por la voz de su agente.

—¡Excelente, Misa! ¡Excelente! ¡Los tienes comiendo de tu mano! —exclamó, haciendo que Misa le sonriera.

—Ay, no exageres, Murakami. Solo estuvo bien.

—No exagero —respondió a mujer, sin dejar de prestar atención a su móvil —. El internet se volvió loco con la noticia de tu compromiso. ¡Los teléfonos ya están sonando!

—Sí, sobre eso —cambiando el semblante, Misa se giró hacia su prometido una vez más, con un semblante de culpa —Sé que querías que no se hiciera público. Lo siento...

—¿Por qué? ¿Por decirle a todo el mundo en televisión internacional que serás mi esposa? —él sonrió tenuemente y de nuevo la abrazó —Aunque deberás recompensármelo.

—Ah, ¿sí? ¿Y cómo piensas cobrármelo? —contraatacó, seductora. Shingo separó los labios para decir algo, pero entonces el sonido de un teléfono los interrumpió.

—Es tu teléfono personal de Japón —explicó el asistente, a lo que Misa lo miró, sorprendida —¿Quieres contestar?

—Amm, claro —dijo la modelo, contestando la llamada, hablando en japonés. Y del otro lado oyó la voz de un hombre, pero la llamada no era para ella —Sí, ahora le paso... Cariño, es para ti.

—¿Para mí? —parpadeó Midō, sorprendido mientras revisaba sus bolsillos —Oh, sí, me quedé sin batería en el mío. Lo siento —se disculpó, alejándose un poco de todo el ruido del estudio para responder mientras Misa firmaba algunos autógrafos.

—Misa-Misa, un tal Matsuda llamó —informó su asistente de pronto, poniendo en espera una llamada que estaba atendiendo —Dijo que el jefe Yagami tuvo una falla cardíaca hace algunas horas y murió mientras dormía. Preguntó si podrías asistir al funeral.

—¿El jefe Yagami? —repitió Misa, sorprendida.

Llevaba años sin saber nada de las personas de Japón, en especial de todo lo relacionado al caso Kira y a L, como Matsuda y los Yagami. La noticia la tomó por sorpresa, y la hizo sentir tristeza por Sayu y su amable madre, pero solo suspiró, pues no había nada que pudiera hacer al respecto.

—¿Puedes llamarlo de mi parte? Dile que lo siento mucho —sentenció la joven de cabello rubio, sonriéndole a la última fanática que se había acercado —, pero que no planeo regresar a Japón. De cualquier forma, envía flores a la familia Yagami, por favor, junto con mis condolencias.

—Lo haré —aseguró Murakami, alejándose para seguir con su llamada. Misa entonces buscó a su prometido con la mirada, encontrándolo en el mismo lugar a donde se había movido para atender su llamada, con un semblante muy serio de repente. Sin embargo, cuando la joven actriz quiso acercarse, el conductor del programa se interpuso en su camino

—Misa, la entrevista estuvo fantástica. ¡Los ratings se dispararon! —le informó, tomándola de las manos con alegría —Espero que vuelvas pronto. La próxima vez podríamos invitar a más personas del elenco y organizar algo como clases de japonés en vivo, ¿qué dices?

—Sí, por supuesto —Misa le sonrió tan cordialmente como pudo, pero dejando ver que tenía prisa —¿Me disculpas un segundo? —se disculpó, acercándose a Midō, que ahora le daba la espalda, la cual parecía muy tensa.

—Entiendo... —lo escuchó suspirar, con voz monótona —Solo debo hacer una llamada. Llegaré tan pronto como pueda —dijo, y colgó, quedándose con la vista fija en la pared frente a su rostro, y la mirada baja, algo muy extraño en él.

—¿Shingo-kun? —Misa tocó su hombro rígido con cariño, y él se sobresaltó, como si acabara de salir de una ensoñación, preocupándola —¿Qué pasa? ¿Todo está bien? —preguntó la modelo entonces, poniendo las manos en las mejillas de su novio con afecto, mientras él se sujetaba a sus muñecas, cerrando los ojos un momento.

—Murió —suspiró. Misa parpadeó, sorprendida de que alguien lo hubiera llamado para darle la noticia también.

—Lo sé —murmuró, encogiéndose de hombros —Matsuda habló con Murakami. Envié mis condolencias a la familia de Light, pero le dije que no tenemos pensado volver a Japón. Me sorprende que te llamaran también.

—¿Qué? —Shingo frunció el ceño, confundido durante unos segundos, también algo aturdido —No, Misa. Mi padre murió —informó, aturdiendo a su novia ahora —Tengo que regresar a casa. Debo volver a Tokio —anunció, y su novia lo abrazóde inmediato.

—Por supuesto. Iré contigo —anunció, olvidándose de Matsuda, los Yagami y todo lo demás cuando sintió los brazos de su prometido rodearla también. Olvidando includo el pasado del que había intentado huir, y que siempre parecía encontrar la forma de hacerla regresar a él.

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Ginebra, Suiza, mediodía del 12 de noviembre de 2009*

Roger observó a L, perturbado. El largo silencio que siguió a sus últimas palabras solo volvía más tenso el ambiente, pero aun así el detective, abstraído en sus pensamientos igual que siempre, parecía no notarlo.

—¿Quién? —insistió entonces el anciano, temeroso, alzando la voz para recordarle su presencia —L, ¿quién viene por nosotros?

L parpadeó al escucharlo, pero siguió observando las pantallas e ignorándolo. Entonces sonó un teléfono, y Roger, aunque preocupado por no tener respuesta a su pregunta, se dio la vuelta para contestar sin perturbar la concentración del detective.

—Son las campanas...pero aún es muy pronto —susurró el detective entonces, levantando la mirada una vez más mientras Roger murmuraba al teléfono. Ryuzaki mantuvo la mirada en el techo por unos segundos, como si intentara ver algo más allá, ensimismado en su propio mundo hasta que el anciano carraspeó a sus espaldas para volver a llamar su atención.

—L...

—Alguien se ha ido, ¿verdad? —lo interrumpió el joven detective, sorprendiendo a su mentor con esa afirmación, aunque no demasiado.

—El jefe Yagami falleció ayer —suspiró Roger, pesaroso —El señor Matsuda acaba de llamarme; el funeral será mañana a las seis, hora de Tokio —informó, y L abrió los ojos como platos, bajando la mirada hacia su acompañante ahora.

—¿Deberíamos dar el pésame a la familia?

—Podríamos enviarles nuestras condolencias —sugirió el anciano —Ahora no sería conveniente regresar.

L asintió, mordiéndose el pulgar mientras fijaba los ojos en los monitores frente a él, sin emitir otra palabra, por lo que Roger se dio la vuelta, dispuesto a olvidar el asunto para salir de la habitación. Sin embargo, para su sorpresa, fue detenido por la voz del detective antes de que pudiera siquiera abrir la puerta.

—Prepara el avión, Roger. Quiero salir en menos de una hora —anunció, suspirando con aburrimiento después —No podremos huir para siempre del pasado —sentenció, presionando un botón para apagar todos los monitores.

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Macao, Estado independiente de la República Popular China, noviembre 12, 2009.

Mello despertó con una sacudida, sintiendo un agudo dolor en su cuello, el cual le hizo recordar todo lo que había pasado. Entonces se enderezó y miró a Matt, que estaba con la vista fija en el camino, apenas notando que estaba despierto.

—¿Dónde estamos? —preguntó, usando una mano para cubrir sus ojos del sol de la tarde, llamando la atención de Matt.

—Cerca —respondió este, escueto. Sin burlas, sin risas. Pero Mello estaba demasiado cansado y adolorido para preocuparse por eso. Aunque, de todas formas, se arriesgó a preguntar:

—¿Qué ocurre? —preguntó, recargándose contra la ventana una vez más. Matt suspiró, sin desviar la mirada en ningún momento.

—Nada.

Mello asintió, decidiendo que era mejor guardar silencio, pues Matt podía ser muy emocional a veces, y realmente no estaba de humor para tolerar lo que fuera que le estuviera molestando. Todo lo que necesitaba era llegar a su avión y largarse de ese lugar. Entonces revisó su teléfono celular y abrió el mensaje que de inmediato llegó a su casilla con una sola palabra en él: Bangkok.

—Debemos ir directamente a Bangkok una vez que aterricemos —anunció mientras comprobaba que el sangrado de su herida se hubiera detenido, sin obtener respuesta de Matt. De hecho, él ya no dijo nada hasta que llegaron a la pista clandestina donde habían aterrizado, y solo lo hizo para ordenarle que no olvidara el dinero.

Matt dejó una granada dentro del automóvil y solo siguió a su amigo dentro del avión después de destruir todas las pruebas. Por suerte Mello estaba muy cansado y había perdido demasiada sangre como para molestarse en preguntarle el porqué de su cara larga, así que solo lo siguió y le ayudó a limpiar su herida con el botiquín de emergencias que tenían dentro de la cabina, para después vendarla apropiadamente mientras despegaban hacia Tailandia, donde encontrarían más indicaciones sobre su siguiente destino.

Llevaban poco más de dos años viviendo de esa forma, haciendo trabajos robando códigos y contraseñas a cambio de dinero e información, todo coordinado por el amigo de Mello, una persona sin nombre ni rostro, pero, según su amigo, la única persona capaz de descubrir el paradero de Petrovich y que no trabajaba para L. Aunque Matt lo dudaba a veces; llevaban dos años en aquella búsqueda sin novedades, viajando de un lado a otro, robando información, a veces para clientes privados, a veces para el amigo de Mello, aunque no tenían idea para qué. De hecho, trabajar para él no era muy diferente de hacerlo con L los primeros años; analizar y rastrear para alguien completamente desconocido. Matt no tenía idea de cuánto duraría aquello, pero nunca le había importado hasta ese momento. Quería encargarse del responsable de la muerte de sus padres, y de los de Mello también, pero la espera por justicia, de pronto, se le antojó demasiado larga.

Suspirando, Matt se aseguró de que Mello estuviera entretenido contando el dinero antes de sacar el periódico japonés de la solapa de su chaleco, y solo cuando estuvo seguro de que su compañero no le prestaba atención desplegó el papel para empezar a leerlo. No sabía qué esperaba encontrar realmente, pero aun así leyó toda la nota sobre la muerte del jefe Yagami, quien había muerto apaciblemente mientras dormía, al parecer por una deficiencia cardíaca. El padre de Sayu se había vuelto muy popular después del caso Kira, así que no era de sorprender que su muerte fuera una noticia nacional; sin embargo, en ella no decían nada de la joven Yagami ni de su madre, solo se dedicaba a destacar el trabajo y el legado del señor Yagami. La única referencia que Matt encontró a Sayu y la viuda fue en el párrafo final:

"Después de los homenajes de la ciudad, la familia y el cuerpo de policía de la región de Kantō despedirán sus restos en el día de mañana, en el templo Meiji Jingu", leyó, tratando de recordar el lugar, aunque sin mucho éxito.

—¿Qué lees? —preguntó Mello de repente, siendo más rápido que él y arrebatándole el periódico de las manos antes de que Matt pudiera evitarlo —¿El viejo Yagami está muerto? —dijo en voz alta, burlón, antes de arrojarle el periódico a la cara —¿Y ahora qué? ¿Quieres ir a consolar a tu novia?

—Púdrete —Matt gruñó, arrepintiéndose al instante, pues había dejado salir más emociones en esa solitaria palabra de las que se había atrevido a demostrar en mucho tiempo, lo que hizo que Mello se burlara con más ganas, humillándolo con su estúpida risita autosuficiente.

—¿Qué? ¿Acaso te importa que hable de ellos? —replicó, a lo que Matt cerró los ojos, bufando para dejar salir toda su frustración y poder volver a hablar con la frialdad de siempre.

—No es eso, idiota. El jefe Yagami era un buen policía y un hombre amable, sin contar que arriesgó su vida y perdió a su hijo para atrapar a Kira. Al menos deberías reconocer eso.

—Lo hago —Mello se cruzó de brazos, mirando a su amigo con escepticismo y molestia —En serio, Matt, han pasado tres años, ella ya ni debe de acordarse de tu nombre, ¡¿Qué te importa lo que pase con su familia?! Supérala de una vez.

—Solo fue un comentario —Matt chasqueó la lengua, abriendo una cajetilla y poniéndose un cigarro entre los dientes —Ella no me interesa, deja de ponerte celoso.

—Tsk —gruñó, frunciendo el ceño y abriendo otra barra de chocolates —. Entonces deja de llorar como niña por esa chica a la que no has visto ni oído en años, y pon tu perezoso trasero a contar nuestro dinero. No tendremos tiempo de hacerlo cuando aterricemos.

Mello le arrojó la mochila repleta de billetes a la cara, y Matt bufó, prendiendo su cigarrillo antes de arrojar el periódico lejos y empezar a contar dinero en absoluto silencio durante unos minutos, hasta que Mello decidió volver a hablar:

—¿De verdad la olvidaste o solo lo dices de dientes para afuera? —preguntó en un gruñido que sonó casi como un murmullo, sin dejar de apilar fajos de dinero sobre la mesilla del avión ni mirarlo. Matt sí lo miró a él entonces, levantando una ceja.

—¿Por qué te interesa tanto?

—Yo no dije que me interesa, idiota —respondió el de cabello rubio, sin dejar de acomodar billetes ni prestarle demasiada atención al asunto.

—Vamos, vamos. Deja eso. La hija del jefe Yagami es historia pasada. La noticia solo me llamó la atención, eso es todo —rezongó Matt, frunciendo con molestia, imitando el gesto de su amigo.

—Bien. Ya tenemos demasiados problemas encima como además agregarles un muerto —gruñó, haciendo silencio por varios segundos para volver a romperlo —De cualquier forma, será mejor mantenernos lejos de ese asunto. Es mejor dejar a esas personas en el pasado —sentenció. Matt no respondió.

oOo

La noche casi caía por completo en el horizonte, acariciando los pastizales hasta donde alcanzaba la vista. Sería mejor actuar antes de que la luz del día se fuera por completo, pensó, apagando el motor y bajándose del coche para inspeccionar las ruinas que quedaban del lugar.

El humo acompañado del hedor de la carne y el combustible quemado hacían que fuera casi imposible respirar, por lo que sacó un pañuelo oscuro de su bolsillo y se cubrió la nariz, observando los escombros endebles de lo que quedaba del hangar. Algunos coches y cuerpos seguían quemándose a los lados del camino también, pero la hierba estaba demasiado fresca para propagar el incendio. Suspirando, caminó sobre los escombros, esquivando trozos de metal caliente y pequeños incendios que seguían vivos aquí y allá; el hollín le cubría los zapatos y marcaba sus huellas, por lo que procuró caminar solo sobre restos de plásticos o maderas que ya estuvieran fríos, pues lo último que quería era a la policía china, o peor, a la mafia buscando a alguien con su talla de zapatos. Saltó sobre algunos cuerpos chamuscados y observó cada detalle de lo que quedaba de los muros, camionetas y aviones incendiados, seguro de que no encontraría sobrevivientes, era sencillo darse cuenta de ello al ver la destrucción del lugar. Volvió sobre sus pasos, limpió sus huellas y camino unos metros por el camino, sin encontrar sobrevivientes tampoco allí. Se inclinó sobre la carretera para analizar las marcas de neumáticos quemados y, enderezándose, decidió que los perpetradores de tal brutal matanza debieron irse hacía bastantes horas; incluso podrían estar fuera del país en ese momento, escapando una vez más y dejando un nuevo reguero de sangre y muerte en su camino.

—Diablos —murmuró, bufando y pasándose un mano por el cabello y revisando la hora en su teléfono celular. La luz del día había desaparecido casi por completo, y a lo lejos podía oír las sirenas de la policía de Macao acercándose. Debía irse ahora para ahorrarse muchos problemas. Sin embargo, antes de volver a enderezarse, notó el papel plateado a un lado del camino, atrapado entre algunas briznas de hierba alta, moviéndose con la brisa, como si quisiera llamar su atención. Entonces lo levantó y olió, sonriendo cuando el dulce aroma del chocolate suizo inundó sus fosas nasales.

—Estoy cerca —murmuró, con una sonrisa, caminando de regreso a su coche, con cuidado de no dejar marcas en el camino, y encendiendo el motor para desaparecer de la escena, amparado bajo el manto de la noche.

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N del A:

Hola!

Antes que nada, mis agradecimientos a todas las personas que empezaron a seguir esta segunda parte, y se tomaron la molestia de dejar un comentario. Para ustedes va este capítulo.

Algunas aclaraciones:

*Este capítulo transcurre casi en simultáneo, pero en diferentes partes del mundo, por eso me pareció importante mencionar fechas y lugares. Recuerden que Japón está más o menos 12 horas adelante a la mayoría de los países del mundo por los husos horarios, por eso allí es el día 12 mientras en América, por ejemplo, todavía es 11. Quería hacer esa pequeña aclaración.

Sin más que añadir, solo recordarles que, si bien no actualizo tan rápido como quisiera, no abandono mis fics, así que no se preocupen.

Espero que hayan tenido un excelente inicio de año, y nos volveremos a leer tan pronto como pueda!

Su buen vecino,

H.S.