Disclaimer: Los personajes de Death Note no me pertenecen.
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Capítulo 2
Una muerte
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—Así que estás aquí —suspiró el anciano, sobresaltando a la pequeña figura que estaba sentada sobre un banquillo del museo, con la mirada perdida en una pintura antigua y sangrienta, hermosamente terrible, y para nada adecuada para un niño —Mello, ya hablamos de esto. No debes escaparte. Todos estábamos muy preocupados por ti.
—No es cierto. Los otros niños me odian.
—Oh, nadie te odia. No digas eso.
—Sí lo hacen. Rowan dijo que nadie me quiere, por eso mis padres me abandonaron.
—Ellos no te abandonaron —suspiró el hombre, eligiendo cuidadosamente sus palabras —Ya hablamos sobre eso. Tus padres murieron. Sabes lo que implica la muerte, ¿verdad?
—Lo sé —suspiró el pequeño Mello, manteniendo los ojos fijos en la pintura frente a ellos, sin decir nada más.
—También sabes que no está bien que te escapes —lo regañó el anciano, aunque no parecía enojado en realidad —. Si querías venir al museo solo debías pedirlo. Las calles no son un lugar seguro para un niño.
—A Roger no le gusta esta pintura —dijo Mello, casi como si no estuviera escuchándolo —Vi una imagen en mi libro de historia, pero no me dejó venir a verla cuando vinimos de excursión —. Watari entonces levantó la vista, entendiendo el por qué. La pintura, aunque antigua y de seguro muy valiosa históricamente, no era para nada apropiada para un niño tan pequeño, aún si este era superdotado. Era una escena violenta y triste, y por lo mismo no había sido parte del recorrido de los niños al Museo de Arte. Pero Mello era Mello, y había pocas cosas que pudieran detener su curiosidad.
—A ti tampoco debería gustarte. No es algo que debería ver un niño.
—¿Por qué?
Watari suspiró.
—¿Sabes lo que representa? —preguntó; Mello lo pensó por un segundo, pero finalmente negó —Iván el terrible, antiguo emperador de Rusia y el hombre que ves allí —señaló la pintura —, asesinó a su propio hijo.
—¿Por eso está tan triste?
—Así es —Watari volvió a señalar la imagen frente a ellos, captando la atención del niño —¿Ves cómo abraza su cuerpo sin vida, con lágrimas en los ojos? Está arrepentido, y sufre por lo que hizo.
—Si está arrepentido, ¿por qué lo asesinó? —quiso saber el pequeño, frunciendo sus cejas rubias con curiosidad. El anciano frunció el ceño también, pensando una respuesta apropiada.
—Él no quería hacerlo, pero dejó que su ira lo cegara hasta que fue demasiado tarde. ¿Puedes ver el dolor en sus ojos? —preguntó, indicando esa parte de la pintura ahora. Mello asintió y frunció un poco más el ceño.
—¿Por qué lo hizo entonces? —insistió, aún más confundido —Se supone que debes amar a tu familia. Y no dañas a las personas que amas.
—A veces, tomamos malas decisiones, supongo —suspiró el hombre mayor, encogiéndose de hombros —La ira es el peor consejero. Eso fue lo que quiso plasmar el artista.
—Pero Iván ya no siente ira —señaló el niño, apuntando a la pintura con el dedo que había estado mordisqueando antes de que su tutor lo encontrara —¿No es eso bueno? Y todavía tiene su trono y a la gente de Rusia.
—Lo es, supongo. Lo realmente terrible es que su propio hijo haya tenido que pagar el precio de su odio. ¿No te parece? —suspiró —Siempre es terrible cuando los inocentes pagan por los crímenes de otros.
Mello miró la pintura una vez más, entornando la mirada hasta que se impulsó con las manos para bajarse del banquillo.
—Ya no me gusta esta pintura, Watari —declaró, moviendo la cabeza de un lado a otro —¿Podemos volver a casa ahora?
Watari sonrió y se puso de pie también, tomando su abrigo y su sombrero antes de usar su mano libre para tomar la pequeña que Mello le ofrecía.
—Solo si prometes no volver a escapar y asustarnos a todos, Mihael —advirtió. El niño abrió los ojos, miró la espeluznante pintura una vez más y asintió.
—Lo prometo.
Mello abrió los ojos, despertando desorientado y somnoliento, dando un manotazo al aire para encontrar la lámpara y encender la luz, a pesar de que por las rendijas entre las tablas que cubrían la ventana aún podía verse luz fuera. ¿Qué tanto había dormido?
Le dolía la cabeza, y lo sucedido antes de ese momento era todavía confuso mientras se sentaba en la cama e intentó despejarse. Recordaba haber secuestrado a un médico tailandés para atender sus heridas, después Matt se encargó de regresar al hombre al hospital mientras él se recostaba para descansar debido a la pérdida de sangre. Habrían pasado varias horas desde entonces, dedujo, ya que habían llegado al país en la madrugada, y, a juzgar por la luz anaranjada que insistía en filtrarse por su ventana, anochecería en cualquier momento.
Sentándose a un lado de la cama, se restregó los ojos y se pasó las manos por el cabello, frunciendo el ceño al notarlo algo largo. Quizá debería encontrar un barbero pronto, pensó bufando en su mente. Desde niño había odiado el cortarse el cabello, pero desde su última escapada de Wammy lo hacía constantemente. Matt solía decir que con el cabello corto se parecía más a su padre, y ahí estaba lo absurdo del asunto; tal vez, de forma inconsciente, era eso lo que buscaba desde que había visto las fotografías de sus padres, las cuales siempre llevaba consigo, junto a la vieja foto de Watari que un extraño había dejado en su tumba el día del entierro, la cual sacó y contempló en ese momento.
En ese instante, la imagen de la pintura de sus sueños regresó a él, confundiéndolo. No había pensado en esa obra de Repin en mucho tiempo, y no tenía motivos para recordarla ahora, aunque constantemente soñaba con Watari, más de lo que le gustaría admitir. Tal vez era la presión de no poder hacerle justicia mientras su asesino siguiera con vida, o el hecho de que era lo más cercano a un padre que había tenido, quizá una mezcla de ambas, pero Mello necesitaba que parara. Debía mantenerse enfocado en sus objetivos más próximos antes de planear su venganza definitiva. No era momento para distracciones.
Frotándose la cara, guardó las fotografías en el bolsillo de su pantalón antes de levantarse y comenzar a vestirse, revisando su teléfono por costumbre, pero no había mensajes de él. Así se referían a su contacto, ya que nunca lo habían visto en persona, ni siquiera habían escuchado su voz, así que no tenían un nombre ni un rostro para darle, pero eso era lo de menos cuando había tantas cosas importantes en juego. Como su vida.
Frunciendo el ceño, Mello terminó de ponerse su chaqueta de cuero favorita e inspeccionó el vendaje antes de salir de la vieja oficina que había elegido como habitación. No era el lugar más lujoso en el que habían estado, pero tampoco era peor. Matt se quejaría al regresar; casi podía escucharlo despotricar la falta de lujos y comodidades, pero todavía sentía los efectos de la falta de sangre, y no estaba de humor para sus cosas de niña quejumbrosa.
—Jefe. Me alegro que esté despierto. Los hombres están listos y esperando órdenes —Mello frunció el ceño un poco más, observando al equipo que él y Matt habían contratado para cuidar su espalda en Bangkok. No parecían ser muy listos, pero sí bastante letales, eso sería suficiente.
—¿Y Matt? —preguntó mientras se sentaba sobre lo que alguna vez habría sido algún tipo de maquinaria industrial, sacando una barra de chocolate para recuperar algo de azúcar. Los hombres intercambiaron una mirada rápida, confundidos.
—Lo siento, no lo hemos visto —respondió el único que hablaba inglés —Pero podemos buscarlo —ofreció, a lo que Mello solo hizo un gesto.
—No. Prepara a los hombres —ordenó, mirando su reloj y agradeciendo internamente haber colocado la hora local antes de dormirse —. Saldremos en cuanto anochezca. Y necesitaré algunas medicinas y más soga —les indicó. El líder de su equipo asintió, desapareciendo por una de las puertas laterales con dos de sus hombres.
Mello entonces se dirigió a otra de las oficinas abandonadas y supervisó las provisiones y las armas, además del dinero. Faltaban unos cuantos millones, pero creyó que debían estar con Matt, ya que él siempre se encargaba de guardar una parte del dinero en caso de emergencias. Aunque no podía confiarse, así que atravesó la fábrica abandonada hasta la habitación que había ocupado su compañero.
—¡Matt, perezoso bastardo! ¡Es hora de des-! —exclamó, guardando silencio al atravesar el umbral y encontrar el lugar vacío. Ni una sola señal de su amigo, aunque sí estaban algunas de sus pertenencias desperdigadas entre unas cajas —¿Matt? —llamó más alto, revisando el pasillo y los alrededores, pero no había señales de él —¡Ustedes! —gritó en el poco Thai que había conseguido aprender durante el viaje.
—¿Señor? —se acercó uno de los hombres, pero Mello apenas si le prestó atención.
—Busquen a Matt —ordenó, regresando al lugar donde su mejor amigo debía estar para inspeccionarlo mejor, y frunció el ceño al darse cuenta de que todo estaba revuelto, como si la persona que se quedaba allí hubiera salido huyendo, aunque no podía saber si faltaba algo, pues eran las pertenencias de Matt, pero sí notó que faltaban su laptop y una mochila, además de todo el dinero restante.
Mello entonces se paralizó por un instante; su cerebro trabajando a toda marcha. La última vez que recordaba haber hablado con Matt, su amigo estaba a punto de salir para regresar al doctor al hospital. Los chinos no podrían haberlos alcanzado ahí. Solo era un trayecto de un par de minutos; además, lo siguiente que ellos harían sería ir por él, o, en caso contrario, al menos se habrían comunicado para exigir el dinero a cambio de la vida de su compañero. Eso sería lo que él haría. Pero, si no eran los chinos, ¿dónde demonios estaba Matt?
Caminó sobre vidrios rotos y basura por los pasillos vacíos y polvorientos, recorriendo la fábrica a pie en solo unos minutos, pero no había señales de su amigo. Entonces, el joven huérfano se llevó una mano a la cabeza y se masajeó el puente de la nariz. Ahora no podía pensar con claridad, seguía mareado por la pérdida de sangre, una jaqueca amenazaba con atacarlo y Matt probablemente estaba perdido en Bangkok, lo que dudaba, porque ya conocía la ciudad. En ese instante, el miedo de que algo malo hubiera pasado comenzó a embargarlo. Sacando a los chinos de la ecuación, las calles de Bangkok eran de las más peligrosas del mundo, Matt podría haber tenido un accidente, o ser asaltado, o secuestrado. Los turistas europeos solían ser un blanco bastante atractivo para las mafias tailandesas. Pero no, Matt era un peleador experto, y de seguro estaba armado, no se dejaría someter tan fácilmente.
—¡Matt! —exclamó, pateando algunas cajas de cartón con frustración al no obtener respuesta.
—El señor Matt no está en los alrededores —informó el mismo hombre que le había hablado en el pasillo, entrando con otros dos sujetos armados y sobresaltando a Mello por un instante con su presencia —Khal dice que lo vio salir con su mochila cuando hacía guardia en la madrugada.
—¿Salir? —repitió el joven criado en Inglaterra, como si, poco a poco, la realidad al fin lo alcanzara.
En ese instante, se llevó ambas manos a la cabeza y quiso reír, negándose a creer lo que todas las evidencias mostraban.
Matt a veces se portaba como un imbécil, pero se negaba a creer que podría haberse robado el dinero de ambos para escapar. Él era su mejor amigo, su maldito hermano. No lo traicionaría. No él. Pero no había señales de Matt; tampoco de su laptop, su teléfono ni sus documentos falsos.
Afuera ya había anochecido, y Mello comenzó a ponerse histérico, pero se contuvo mientras seguía caminando para revisar dentro y fuera de la fábrica abandonada, notando que tampoco estaba el coche que Matt había robado, como tampoco sus armas. Pero no. Matt no podría haberlo traicionado. No Matt, de entre todas las personas. Él era el único ser humano en todo el mundo en la que confiaba con su vida.
—¡Señor! —otro de los hombres, al que se habían referido como Khal, llegó corriendo hasta, con una mirada que oscilaba entre la duda y la sorpresa. Solo hasta que estuvo muy cerca Mello notó el papel arrugado que tenía en la mano —Encontramos esto pegado en el vidrio de una de las camionetas. Creo que es para usted —dijo, y Mello, por un segundo, dudó en si tomar el papel o no, temiendo lo que pudiera decirle, aunque al final solo lo hizo.
En él, la desprolija letra de Matt tenía un mensaje escrito en inglés para él:
"Volveré pronto. No me busques", decía, concisa y llanamente, aunque a Mello le llevó varios segundos comprender del todo lo que esas cinco palabras juntas significaban en realidad.
"Volveré pronto"
"No me busques"
"Volveré pronto"
"No me busques"
"No me busques"
Repitió Mello una y otra vez en su cabeza, como si fuera alguna clase de código que debía descubrir. Al menos hasta que una segunda oleada de realidad lo alcanzó, haciendo que volteara un viejo y empolvado escritorio, histérico y desencajado. Luego arrojó todo lo que estuviera a su alcance al suelo, provocando un verdadero destrozo, gritando, golpeando y pataleando como un niño a mitad de una rabieta, sin importarle que los hombres estuvieran allí para presenciarlo, ni casi destruir la habitación que ya casi estaba en ruinas por completo.
Hasta hacía solo unos segundos, una parte suya se negaba a creer que Matt le hubiera robado para huir, pero la otra no era tan ingenua, y ahora su nota lo confirmaba, y Mello solo tenía deseos de encontrarlo y patearle el trasero, por ponerse en peligro tan absurdamente al separarse, por arriesgar la misión, pero, sobre todo, porque estaba seguro de por qué lo había hecho. Por quién estaba arriesgando sus vidas y todo lo que habían logrado esos años.
—¡VAYAN POR ÉL! —ordenó, con gritos histéricos, arrojando una estantería vacía contra el suelo, que se desarmó en decenas de pedazos.
Los hombres asintieron, pero ninguno tuvo tiempo de moverse. Antes de que cualquiera pudiera hacer algo, las luces de soporte que habían encendido en el edificio se apagaron, dejando el lugar en tinieblas casi en el instante en que cuatro ágiles disparos cortaron el aire.
Mello se quedó muy quieto en su lugar al percibir el inconfundible sonido de una corriente eléctrica pasando a través de un cuerpo, viendo el brillo de la descarga recorriendo y paralizando a sus hombres hasta que estos cayeron al suelo, inconscientes a su alrededor. Alguien les había disparado con algún tipo de aparato aturdidor, pero no le habían disparado a él. Mello tuvo el autocontrol suficiente para, en lugar de congelarse, sacar el arma de su cintura sin dudarlo, apuntando a la oscuridad de inmediato.
—¿Eres tú, Matt, imbécil? —gruñó, sin estar seguro, pero sin bajar la guardia aunque una parte suya se sentía aliviada ante la posibilidad de que su mejor amigo no se hubiera fugado ni traicionado su confianza después de todo —Porque te juro por Dios que te pondré una bala en el trasero si esta es otra de tus estúpidas...
—¿Dónde está tu compañero, Mello? —respondió una voz desconocida para él, alertando a Mello y dándole, a pesar de la nula iluminación, la ubicación exacta de su atacante, haciendo que apuntara su arma hacia allí.
—¿Quién diablos eres tú? —preguntó, ajustando la vista a la oscuridad que ahora lo rodeaban, pero apenas pudiendo distinguir una sombra de forma humana al otro lado de la habitación. No estaba asustado, pero sí sorprendido de que los chinos hubieran podido rastrearlos tan rápido. Sobre todo, estaba preocupado por no tener a Matt para cubrirle la espalda —Lo que sea que te estén pagando, puedo duplicarlo. O matarte y quedarme con el dinero —gruñó, quitando el seguro de su arma con un ligero clic que interrumpió el tenso silencio. La sombra entonces se movió hacia él, de forma lenta y pausada.
Cuando estuvo más cerca, Mello pudo distinguir que llevaba las manos a los lados de su cuerpo, mostrando que no estaba armado, aunque también pudo distinguir alguna clase de arma taser colgada en su pierna. El extraño iba de negro, y tenía una máscara que cubría su rostro, pero no sus ojos. No era asiático, de eso no había duda, pero Mello no podía decir mucho más solo viendo sus ojos claros y fríos.
—No quiero tu dinero, y ciertamente no dejaré que me mates —respondió el desconocido de negro, altanero. Había un ligero acento en su voz que sonaba muy americano —Mi misión es tomarlos a tu amigo y a ti bajo custodia, y eso voy a hacer —anunció. Mello soltó una risa burlona.
—¿Sí? Ponte en la fila —respondió, demasiado molesto como para seguirle el juego. No solo le dolía la cabeza y los puntos del cuello, también estaba molesto con ese idiota de negro, con Matt, y con los inútiles que había contratado como equipo de seguridad y que ahora yacían a sus pies. Pero antes de que pudiera apretar el gatillo las luces se encendieron otra vez, y el extraño volteó de inmediato, solamente para verse rodeado del líder de su equipo de seguridad y los dos hombres que se habían marchado con él por provisiones.
—¡Suelta tus armas! —gritó el líder. Mello rodó los ojos, pero no bajó la guardia.
—No estoy armado —respondió el extraño mientras se daba la vuelta con lentitud, demasiado tranquilo para gusto del ex miembro de la Casa de Wammy —Este es un asunto oficial, así que les sugiero no intervenir.
—¿Oficial? —Mello frunció el ceño y, sabiéndose cubierto ahora, se permitió bajar su arma para dar un paso hacia el desconocido —¿Quién te envía? ¿El FBI? ¿La CIA? —demandó saber. El extraño suspiró.
—Les aconsejo bajar sus armas —murmuró a los demás, ignorándolo —Mi asunto no es con ustedes, pero si insisten en meterse en mi camino, entonces tendré que quitarlos —advirtió. Mello, demasiado molesto y con una jaqueca atroz presionando su cerebro, rodó los ojos, dándose la vuelta y levantando una mano con pereza, decidiendo que ese asunto estaba acabado.
—Elimínenlo y desháganse del cuerpo. Todavía tenemos cosas que hacer —ordenó, poniendo el arma en su cintura otra vez.
—Temo que no puedo permitir que escapen otra vez —anunció el joven del pasamontañas, y Mello apenas pudo dar unos pasos, pensando en que debía buscar hombres más capaces, cuando escuchó el bullicio de disparos, balas, gritos y ese molesto sonido de la electricidad corriendo libremente a través de un cuerpo. Y con la misma velocidad que su atacante, el joven Keehl volvió a desenfundar su arma mientras se daba la vuelta, alcanzado a disparar dos veces antes de que un dispositivo pequeño y esférico se aferrara al cañón de su pistola, soltando una descarga que lo obligó a dejarla caer. Sin embargo, uno de sus disparos había golpeado al extraño en el brazo, haciéndolo soltar su arma taser al mismo tiempo, que se perdió debajo de alguna máquina. Ahora los dos estaban desarmados.
Mello se quedó muy quieto por un instante, sobrepasado por la situación durante el eterno segundo que su cerebro tardó en procesarlo todo, activando sus sentidos de supervivencia y haciendo que Mello se inclinara de inmediato para intentar sacar el arma de algunos de los mercenarios que seguían inconscientes en el suelo. Sin embargo, antes de que pudiera acercarse a cualquiera el extraño de negro se atravesó lanzándole un golpe con su pie, que lo obligó a saltar hacia atrás y usar sus brazos para protegerse el rostro, aunque terminó cayendo al suelo por el impacto.
Lejos de paralizarse, Mello extendió sus piernas e hizo caer a su atacante barriendo sus tobillos, ganando el tiempo suficiente para levantarse y lanzar el siguiente golpe, que el hombre pudo esquivar rodando sobre el suelo hasta que pudo tomar impulso para volver a ponerse de pie, levantando los puños para defenderse cuando Mello quitó un tubo de metal de una de las máquinas, intentando noquearlo con él.
—¡Tienes que venir conmigo! —gruñó mientras esquivaba los envites de Mello, usando su antebrazo para frenar el golpe dirigido a su cabeza. Mello casi pudo escuchar el hueso rompiéndose, pero la actitud calmada del extraño no había cambiado —¡No importa cómo! ¡Tengo órdenes de capturarte!
—¡Muérete! —gruñó el joven de Inglaterra, asestándole un golpe en el estómago y otro en el rostro, pero el desconocido aprovechó el contacto para sujetar el otro lado del tubo y quitárselo de las manos, aunque solo pudo lanzarlo lejos de ambos. Entonces le regresó el golpe con su rodilla, haciendo que Mello se doblara hacia adelante, aprovechando la posición para lanzarse hacia él y sujetar a su contrincante por la cintura, arrojándolo al suelo y subiéndose encima para golpearlo en el torso y la cabeza. El desconocido usó los brazos para intentar protegerse, soportando los golpeas hasta que Mello cometió el error de darle los segundos necesarios para poner su brazo izquierdo bajo su cuello e invertir la situación, haciéndole una llave desde atrás, tomándolo por el cuello y ejerciendo presión para que se detuviera.
—¡Deja de resistirte! —le sugirió.
A pesar de que ambos respiraban con dificultad, el bastardo parecía muy seguro de sí mismo, y apenas jadeaba o parecía alterado por la pelea, lo que solo aumentaba la ira de Mello, proporcional al dolor de su cuello, cuyos puntos podía sentir abriéndose mientras la presión del extraño aumentaba al intentar que dejara de pelear.
—¡Púdrete! —Mello pataleó, metiendo una mano dentro de su bota para sacar una cuchilla, usándola para apuñalar a su atacante en una pierna, logrando que soltara su cuello debido a la sorpresa y el dolor por un instante, mismo que el joven fugitivo usó para golpearlo en el abdomen con el codo para terminar de liberarse y poder arrastrarse hacia uno de los mercenarios que todavía estaban inconscientes. Mello sacó el arma del cinturón del hombre e intentó dispararle al extraño otra vez, pero este de nuevo fue más rápido que él, y quitó el arma de sus manos de una patada que la envió lejos como a la primera, lanzándose sobre él para intentar volver a someterlo, y en el forcejeo perdió su pasamontañas, haciendo que Mello al fin pudiera ver su rostro.
Y no sabía lo que esperaba encontrar exactamente, si una cara conocida o una diferente al joven caucásico que tenía delante, de cabello oscuro y ojos claro, y que no debía ser mucho mayor que él o Matt. Apenas parecía un universitario en una portada de Abercrombie o Calvin Klein, y casi le dio risa que ese hombre fuera el mismo que lo había arrojado al suelo tantas veces. Pero no dejó que eso lo detuviera; todavía estaba muy molesto y furioso, así que sacó un cuchillo de su otra bota y de nuevo se abalanzó sobre el muchacho, intentando apuñalarlo varias veces, hasta que pudo hacerle un corte en el brazo y la parte trasera de la pierna, obligándolo a caer de rodillas.
—Amaba esta chaqueta —gruñó Mello, notando que una de las mangas de su chaqueta de cuero ahora colgaba de su muñeca, rajada a causa de la pelea; y mientras hablaba había puesto el cuchillo en la garganta del desconocido para que este se quedara quieto al fin.
El chico, de rodillas frente a él, posó sus ojos claros en los suyos, quedándose tan quieto que apenas respiraba, pero, de nuevo, no parecía asustado, sino más bien cauteloso.
—No quiero hacerte daño —masculló, sin desviar la mirada de la de Mello, viéndolo reír entre dientes ante sus palabras, presionando todavía más el cuchillo contra su piel.
—Debiste aceptar el dinero —gruñó este, girando levemente su muñeca para hacer un corte más profundo, pero antes de poder terminar con su tarea, vio como su víctima sacaba un arma de su espalda, apuntándola hacia él, pero no lo suficientemente rápido como para que sus disparos lo alcanzaran. Mello se vio forzado a dar un salto hacia atrás y le arrojó su cuchillo, mismo que el otro joven pudo esquivar con relativa facilidad rodando hacia un lado sobre su costado derecho, volviendo a ponerse de rodillas con su arma lista para seguir disparando. Sin embargo, al hacerlo, Mello ya no estaba allí.
—¡No, no, no! ¡Maldita sea! —gritó al notar la ventana abierta cerca del sitio en el que Mello estaba antes de desaparecer; corrió hasta allí y no vio al joven Keehl, pero si vio parte de su chaqueta en el camino de tierra que llevaba hacia una calle a la distancia.
Había escapado.
—¡Maldición! —volvió a exclamar, pateando una cubeta vacía y vieja que alguien había dejado olvidada por ahí. Podría correr tras él, pero estaba en demasiada desventaja, herido y en un país extraño, y no sabría por dónde empezar. Además, todavía faltaba encontrar a Matt, y debía capturarlos a ambos.
Con un gruñido, el joven pateó algunos escombros del suelo y, limpiándose la sangre del labio, tomó su teléfono y marcó, esperando hasta que la llamada fue tomada del otro lado, aunque nadie contestó.
—Los encontré, pero escaparon —informó, sacando la cuchilla que seguía clavada en su muslo, ahogando un quejido de dolor mientras escuchaba la respuesta del otro lado —Lo sé. Pero ya los rastreé una vez. Podré volver a hacerlo. Además, no creo que lleguen muy lejos sin dinero —anunció, y, colgando la llamada, echó un último vistazo al lugar antes de salir de allí, arrastrando las bolsas de dinero hasta su auto.
Mello solo salió de su escondite tras la ventana cuando escuchó el motor alejándose. Con un quejido, estiró sus músculos y volvió a ponerse el hombro derecho en su lugar, volviendo a entrar en la fábrica, solo para darse cuenta de que el bastardo de negro no solo se había robado todo su dinero, sino que además se había llevado sus armas y provisiones.
Le habían robado. Dos veces en un día, y las dos veces se habían escapado.
El joven Keehl golpeó una pared con el puño con rabia, y, a pesar de sus golpes, de nuevo pataleó como un crío. Maldijo a ese idiota por robarle, y a Matt por desaparecer. Los hombres que había contratado estaban inconscientes aún, pero no iba a despertarlos, ya que no tenía dinero para pagarles, y de cualquier forma habían demostrado ser demasiado inútiles como para servirle de algo.
Entonces volvió a gruñir, sintiendo la sangre brotar su labio y la herida de su cuello de nuevo abierta. Ahora mismo no tenía demasiadas opciones, ni podía pensar con calma. Estaba demasiado furioso, pero sabía que tenía que moverse y encontrar a Matt, después de todo, ya sabía dónde encontrarlo, lo que le daba una ventaja sobre el extraño de negro.
Esa era su única salida ahora.
Y lo primero que haría al encontrar a Matt sería golpearlo en la cara.
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Misa bajó la cabeza mientras Shingo apretaba su mano con más fuerza, guiándola a través de la multitud de fotógrafos y periodistas que los atosigaban con sus gritos y preguntas a pesar de que acaban de anunciar que no harían comentarios, decisión que, debido a las tristes circunstancias de la familia Midō, esperaban que la prensa pudiera respetar. Y por supuesto que no lo habían hecho, banalizando todo el asunto al insistir en hacer preguntas sobre su compromiso y la carrera de Misa. No habían pisado Japón en más de dos años, y ahora era como si nunca se hubieran ido.
—¡Por aquí! —a los gritos para hacerse oír por sobre todo el escándalo de la prensa, uno de los guardaespaldas de Shingo los guio hacia la camioneta blindada que los esperaba para sacarlos del aeropuerto, metiéndolos en los asientos de atrás para alejarlos del bullicio y ponerlos a salvo.
Una vez en la seguridad del interior del vehículo, Misa se permitió relajarse y recargó la cabeza sobre el pecho de su prometido, tratando de transmitirle su afecto y sus disculpas por provocar todo ese escándalo cuando él aún estaba procesando la muerte de su padre. Si no fuera por su relación, la prensa nunca hubiera acosado así al hijo de un ministro, así que no podía evitar sentirse culpable, a pesar de que él asegurara que no era su culpa.
—¿Estás bien? —preguntó, poniendo una mano en su mejilla mientras levantaba la cabeza para verlo a los ojos. Shingo asintió con la cabeza, pegando su frente a la suya por unos minutos.
—He estado mejor, supongo —suspiró él, plantando un suave beso en su nariz una vez que pudieron salir del aeropuerto, dejando a toda la prensa atrás, sintiéndose más libre para tomarla con fuerza entre sus brazos —Pero al menos te tengo conmigo.
—Claro que sí —Misa levantó la cabeza y lo besó antes de abrazarlo ella para volver a recargarse sobre su pecho —Lamento mucho todo esto. De verdad.
—Olvida eso. No es como si no lo esperara —Shingo besó su cabello, mirando hacia la ventana después —Iremos a casa a cambiarnos e instalarnos, y después directo al funeral, ¿te parece bien?
—¿No pasaremos por la casa de tus padres antes?
—Tal vez no sea el momento —suspiró el ejecutivo, y aún sin decir nada Misa lo comprendió.
Sabía que la madre de Shingo todavía no aceptaba la idea de que su único hijo fuera a casarse con una actriz en lugar de con una señorita de la alta sociedad, y aunque Shingo era muy político al respecto, Misa sabía que aún era muy difícil limar las asperezas entre ellos. Además, después del acoso de la prensa que su prometido había recibido apenas llegaron al país realmente no se sentía con derecho de decir nada. En lugar de eso, tomó la mano de su Shingo y volvió a entrelazar sus dedos con firmeza.
—¿Llamaste a tus antiguos compañeros de Yotsuba?
—Solo a Namikawa y a Kida —suspiró su novio, cansino —. Kida asistirá al funeral, pero Namikawa está en Boston visitando a sus padres. Hará lo posible para llegar a tiempo. Ah, y los Kida dijeron que querían organizar una cena para recibirnos, pero les respondí que debía preguntarte primero.
—Está bien, podemos ir. Pero solo si te sientes de ánimo.
—Sí, supongo que estaría bien. También les dije que no nos quedaríamos por muchos días —siguió Shingo. Misa le sonrió.
—Está bien cariño —respondió, besándole la mejilla. Después los dos guardaron silencio, haciendo algún comentario sobre los cambios que veían en la ciudad cada tanto, solo mirando el camino hasta que llegaron a la casa de Shingo en ese exclusivo vecindario residencial donde vivía antes de que ambos se mudaran a América, con el equipo de seguridad de ambos custodiándolos.
Misa miró por su ventana, notando que la propiedad estaba idéntica a cuando la habían dejado, grande e imponente al final del vecindario de casas igualmente lujosas y de aspecto occidental, perfectamente cuidada, como si hubiera gente habitándola en ese momento. La modelo sonrió mientras las camionetas atravesaban el jardín, diciéndose que ahora debía pensar en esa casa también como suya.
Cuando se detuvieron, Shingo bajó primero y le tendió una mano para que bajara también, con una expresión severa que no sorprendió a Misa. Una de las razones por la que ambos preferían vivir en América era la presión que Tokio ejercía sobre su prometido; cuando estaban en Los Ángeles él era una persona completamente diferente, más amable y relajado, pero era diferente en Japón. También ella lo era, pues su tierra natal estaba llena de recuerdos que prefería dejar en el pasado, pero que siempre parecían volver a ella.
—Espero que los empleados hayan tenido tiempo de quitar las sábanas de todos los muebles —murmuró su novio de repente, haciendo que ella contuviera una carcajada; él era muy quisquilloso con algunas cosas, sobre todo perfeccionista. En cierta forma, a veces, le recordaba al propio L, pero siempre se deshacía de inmediato de esos pensamientos. Había evitado todo lo relacionado con el detective los últimos dos años, sobre todo por lo doloroso que era recordar también a Matt y el hecho de que no había tenido noticias suyas luego de su desaparición.
—Está bien. No nos quedaremos mucho, después de todo —le sonrió, tomando su mano para atravesar la entrada juntos, siendo recibidos de inmediato por los cuidadores y el ama de llaves, que mayormente la ignoraron y se dedicaron a hablar con Shingo, dándoles sus condolencias e informándole de las cosas que habían pasado en su ausencia, mientras Misa inspeccionaba que los empleados entraran todas las maletas, en especial las que tenían la ropa que usarían en la ceremonia.
Había puesto especial empeño en elegir un vestido adecuado que no faltara el respeto a la viuda del señor Midō, algo sobrio pero elegante, de una marca respetable, pero sin llegar a ser ostentoso. Y también había elegido un atuendo apropiado para Shingo, de uno de sus sastres italianos favoritos; Misa se había encargado personalmente de cada detalle para evitar darle una razón a su futura suegra para despreciarla, como sintió que lo hacía en las pocas ocasiones en que la había visto. Aunque estaba segura de que no importaba que tanto tratara, la mujer encontraría la manera de hacerle saber que no valía lo suficiente como para ser la esposa de su único hijo.
—Ocuparemos la habitación principal —escuchó a su prometido dar órdenes al ama de llaves antes de despedirla para girarse hacia ella, que seguía en el vestíbulo, con un suspiro —Lo siento. La casa ya debía estar lista para nuestra llegada, pero con todo lo que ha pasado, supongo que olvidé llamar a… ¿Qué ocurre? ¿Estás bien?
Misa parpadeó, saliendo de sus pensamientos y sonriendo de forma automática.
—No es nada. Solo estaba pensando.
—Es sobre mi madre, ¿verdad? —preguntó su novio con un largo suspiro. La exmodelo parpadeó y levantó la mirada. A veces la sorprendía la habilidad que parecía tener Shingo para leerla; él parecía ser alguien muy frío en el exterior, pero siempre había sido muy dulce y considerado con ella —No debes preocuparte por ella. Yo estoy contigo —le recordó, besando su frente con afecto antes de abrazarla y recargar el mentón sobre su cabeza. La exmodelo sonrió y lo abrazó también.
—¿Cómo estás tú? —le insistió, pero Shingo esperó a que los dos estuvieran a solas en su habitación para relajarse y responder mientras se aflojaba la corbata y se sentaba en la cama, con expresión pensativa:
—Es extraño —suspiró, quitándose los zapatos con lentitud —. Quiero decir, era mi padre, pero ahora que se ha ido, es… se siente tan normal —murmuró, quitándose la chaqueta para desabotonarse la camisa, deteniéndose nuevamente al dejar sus gemelos de platino cuidadosamente junto a la cama, levantando la mirada hasta posarla en algún punto al otro lado de la habitación —. Él ya no está, pero no se siente como si algo hubiera cambiado realmente.
—Tal vez solo estás conmocionado —resolvió Misa, quitándose los zapatos también para subirse a la cama tras él, masajeando su espalda y haciendo que Shingo suspirara con alivio —. Es normal que te sientas así. Yo lo hice cuando... —habló sin pensar, pero antes de terminar su oración se dio cuenta de lo que estaba diciendo, y entonces aquellos recuerdos tristes la atacaron otra vez.
Era increíble cómo a veces podía olvidar el asesinato de su familia, hacer como si nunca hubiera pasado, o al menos pretenderlo. Ni siquiera había pensado en cómo la muerte del señor Midō le afectaría; Shingo parecía no haberlo pensado tampoco, y no podía culparlo.
—¿Misa? —la llamó, dándose cuenta de que su novia se había quedado callada de repente, tardando comprender lo que sucedía hasta que ya era demasiado tarde —Oh, lo siento tanto —exclamó, dándose la vuelta para volver a abrazarla, como si deseara protegerla de cualquier recuerdo triste que cruzara por su mente —. Estoy siendo muy egoísta. Misa, lo siento tanto —Y Misa, sintiéndose todavía más culpable por acaparar toda la atención cuando ella debería ser quien lo consolara a él, quiso decirle que no le afectaba, pero las palabras no salieron, y para cuando se dio cuenta una lágrima cayó por su mejilla, pero no le permitió a las demás acompañarla.
—Ya pasó —mintió, haciendo un esfuerzo enorme por sonreír mientras se separaba del abrazo protector de su prometido; toda la tristeza de antaño la había atacado de repente, pero se recordó a sí misma que era Shingo quien necesitaba de ella ahora —Yo soy la que lo siente. Tu padre acaba de morir, y tú te preocupas por cómo me siento. Debería ser al revés.
—No seas tonta —su prometido la interrumpió, volviendo a ser el Shingo dulce y amable que amaba, aunque siempre lo era con ella —Vas a ser mi esposa, y me gusta cuidar de ti, porque te amo.
—Yo también te amo —sollozó la ex idol, besando a su prometido en los labios, recordándose a sí misma que ahora ya no estaba sola, y nunca volvería a estarlo.
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—Escaparon —anunció Roger mientras colgaba su teléfono poco antes de que el piloto encendiera la señal de aterrizaje —Son malas noticias.
—Lo suponía —murmuró L, fijando la mirada en la punta de sus viejos y sucios tenis blancos, pensativo —Pero la verdadera mala noticia es que, si él pudo localizarlos, entonces la gente de Petrovich lo hará también. Y tal vez con más facilidad —resolvió, levantando el mentón hacia la señal que ordenaba abrocharse los cinturones de seguridad —De hecho, ya debe saber lo que sabemos.
—¿Por qué estás tan seguro de eso? —preguntó Roger. L apretó los labios un momento, hundiendo la cucharilla que tenía entre sus dedos dentro del helado de su plato, llevándose un puñado a la boca y tomándose su tiempo para saborear la fresa antes de contestar.
—No me gusta admitirlo, pero Igor es listo, y tiene muchas conexiones.
—Pero está encerrado en la prisión que tú mismo diseñaste para él, aislado de todo y de todos. No tiene forma de comunicarse con el mundo exterior —recalcó el anciano, alarmado —Nuestro sistema de seguridad es impenetrable. Tú mismo lo inventaste.
—Lo sé, y eso me enoja mucho —suspiró el detective —. Pero tú y yo sabemos que siempre se puede encontrar la manera de burlar la seguridad de cualquier sistema si eres lo suficientemente listo. Nada es infalible al cien por ciento.
—De cualquier forma, me encargaré personalmente de eso cuando aterricemos —informó Roger, abrochando su cinturón de seguridad y tomando su laptop para comenzar a trabajar —. Llamaré al capitán Carter. Duplicaré la seguridad de la prisión, la triplicaré de ser necesario.
—Puedes hacerlo, pero eso no quiere decir que funcione —L se encogió de hombros, tomando otra cucharada de su helado —. Igor lo ha iniciado, y ahora no se detendrá hasta que lo termine.
—¿Y por qué pareces tan tranquilo?
—No puedo hacer mucho hasta que él haga su próximo movimiento —el detective se encogió de hombros una vez más, como si aquella fuera la respuesta lógica —Además, todavía no puedo ver el panorama completo, y eso reduce mis posibilidades de éxito.
—¿Su próximo movimiento? —replicó el mayor, frunciendo el ceño con sorpresa y confusión —¿Cuándo inició todo esto?
L guardó silencio un momento, desviando la mirada hacia el periódico japonés que descansaba en el asiento junto al suyo.
—Como todo en la vida, comenzó con una muerte.
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N del A:
Hola!
Casi pasa un año desde que subí el último capítulo, y en estos días tengo muchos problemas y muchas cosas en la cabeza, así que no he escrito mucho, pero tenía que publicar este, ya que lo tenía casi completo.
Tengo que decir que me de verdad disfruté poder actualizar algo en medio de tantos problemas, en especial esta historia, cuya primera parte tuvo tantos seguidores. La buena noticia es que la siguiente parte también está casi completa, y no falta mucho más para que la acción empiece. Solamente espero poder volver sentarme a escribir y editar.
Espero que hayan tenido una feliz navidad, y que el próximo año sea mejor para todos.
Que estén bien.
Su buen vecino,
H.S.
