Disclaimer: Los personajes de Death Note no me pertenecen.
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Capítulo 3
Traición
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El cristal estalló en miles de pequeños pedazos que se esparcieron por el suelo y sobre el asiento del conductor. Mello levantó la mirada para asegurarse de que no hubiera nadie más en la calle,demasiado preocupado en eso como para notar la cámara de vigilancia que estaba a sus espaldas. Y al mirar por la calle, su rostro quedó expuesto brevemente a través de la capucha de su sudadera negra.
Near pausó la imagen y la reprodujo en una de las pantallas más grandes. Si bien el video no era muy claro y apenas mostraba el perfil de Mello, el joven detective procuró memorizar cada detalle de él, cada cambio que se hubiera producido en el adolescente que una vez había conocido. Su facciones parecían haber madurado, y su cabello se veía mucho más corto, o eso creyó, no podía estar seguro debido a la calidad de la imagen. Era la primera vez que su antiguo compañero se dejaba ver en años. Near aún no sabía la razón; le había seguido la pista por años, y a pesar de sus esfuerzos y de toda su red de agentes en el extranjero, nunca había obtenido más que unas pocas pistas sobre su paradero. Casi parecía demasiado bueno para ser verdad.
Mello al fin estaba siendo descuidado, pero, ¿por qué?
—¿Qué más sabemos hasta el momento?
—No mucho —murmuró Harold, arrojando una pila de carpetas amarillas sobre una mesa de mala gana —La cinta de vigilancia fue lo último. Después, volvió a desaparecer de la faz de la tierra.
—Nadie puede ser tan bueno desapareciendo —intervino Halle Bullock, con el ceño fruncido —Debió dejar algún tipo de rastro. ¿Qué pasó con el auto que robó?
—Fue encontrado quemado y abandonado en la afueras de Samut Songkhra —respondió Elliot Schmidt, otro de los investigadores de Near y el mayor en la haitación —No hay ningún otro indicio.
—Si escapó hacia allí sin duda espera salir del país por el puerto —dedujo Shawn Dunleavy, mordiendo la parte trasera de su pluma —¿No podemos conseguir una orden para inspeccionar los barcos de carga que salen del país?
—Ya pasaron casi doce horas desde que Mello fue tomado por la cámara. Si quería salir de Tailandia, tengan por seguro que ya lo hizo —murmuró Near, que en ningún momento había dejado de observar la imagen de su antiguo compañero en la pantalla.
—¿Y qué hay de Matt? —preguntó Harold, empezando a servir el té para los presentes —No sale en ninguna de las imágenes que tenemos.
—¿Se separaron? —Elliot parpadeó, sorprendido —Creí que dijeron que siempre viajaban juntos.
—No es seguro —suspiró Near, desviando la mirada cuando Harold sirvió pastel en su plato —Pudieron haberse separado para confundirnos, no podemos saberlo.
—¿Y qué hay de las aduanas de los países limítrofes? —Halle cruzó los brazos —Si no podemos registrar el puerto, al menos podríamos atraparlo antes de que entre a otro país.
—Solo partieron buques a Vietnam, los Estados Unidos, China y Rusia en las última horas. Ninguno a arribado a tierra aún —informó Shwans, pasándose una mano por el cabello mientras seguía leyendo de la pantalla de su computadora —Tengo el nombre de los puertos a dónde llegarán. Puedo alertar a la policía local.
—Hazlo —concordó Near, concentrándose en diluir el azúcar en su té —También revisa los vuelos internacionales de las últimas 6 horas en Tailandia, Malasia y Camboya. Ve si alguien con la descripción de Matt dejó del país en las últimas horas.
—¿Los buscaremos por separado? —pregutó Halle. Near no la miró, pero respondió a su pregunta:
—Encuentra a Matt, y encontrarás a Mello —respondió el joven de cabello albino —Pueden retirarse. Nos reuniremos de nuevo por la mañana con novedades.
Se produjo un pequeño ajetreo de sillas moviéndose y cosas siendo guardadas. Uno a uno, los miembros del equipo se despidieron con gestos distantes y fueron abandonando el edificio.
Halle se despidió de sus compañeros en el vestíbulo caminó hacia la entrada; soltó un suspiro cansado y se puso un par de lentes oscuros antes de pisar la calle, registrando su salida en el sistema de seguridad del edificio, perdiéndose entre la gente por la calle. Apenas sería la hora de la cena, por lo que la ciudad aún estaba llena de vida, y personas iban y venían en todas direcciones. Era un poco difícil moverse en medio de la aglomeración, pero la mujer americana se las ingenió para llegar hasta una calle menos concurrida que desembocaba en un parque un poco menos concurrido, pero lleno de gente joven y familias.
—Lo siento, pero se agotó la batería de mi teléfono, y necesito hacer una llamada. ¿Te importaría prestarme el tuyo un segundo? —preguntó a una chica que caminaba con dos amigas. Ella se detuvo, la miró fijamente por un segundo, como si quisiera asegurándose de que podía confiar en ella, y después asintió, exteniéndole su teléfono de funda rosada y brillante. Halle le sonrió en agradecimiento y se retiró unos pasos mientras marcaba el número.
De otro lado, respondieron de inmediato, aunque nadie dijo nada.
—Investigarán los puertos y vuelos de Tailandia y sus países limítrofes. Near no se tragó del todo el truco del auto. No debiste dejar que te atrapara esa cámara.
—¿Conocen mi ubicación?
—No estoy segura. Buscan a Matt.
—¿Qué saben de él?
—Nada todavía. Aunque Near no lo dijo, creo que contempla la posibilidad de que no viajan juntos.
—Bien.
—Mello —del otro lado no hubo respuesta, sin embargo, Mello no había colgado, lo que fue un indicio para saber que seguía escuchando —Mantente a salvo.
Él colgó.
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Masahiko Kida tomó un sorbo de su vaso de whisky, asintiendo vagamente mientras levantaba la mirada de su interlocutora y daba un rápido vistazo a la habitación.
Odiaba los eventos sociales y las fiestas posteriores, pero cuando alguien tan importante e influyente como ministro Eigo Midō moría no podía sino presentar sus respetos a la familia, sobre todo teniendo en cuenta que había sido compañero de trabajo de Shingo, y que ambos seguían formando parte de la misma compañía. Era su deber, se dijo. Un hombre con sus conexiones no podía darse el lujo de ausentarse en un evento tan masivo a pesar de que la mayoría allí odiaba al difunto. Pero para Kida eso era indiferente.
Solo había visto a Eigo un par de veces en alguna gala de Yotsuba, así que no tenía nada en su contra, en realidad, aunque tampoco podía compartir la pena de su pérdida. Solo podía fingir que le importaba. No era muy difícil. Después de años viviendo entre ellos había aprendido a tolerar a los aduladores, las falsas cortesías y demostraciones de empatía forzada; era mortalmente aburrido, pero sabía cómo moverse entre esas personas con la cabeza en alto. Después de todo, era tan o aún más rico que cualquiera de ellos, nada más importaba.
—No puedo creer que la haya traído. ¿Se imaginan lo que diría su padre?
Entre tragos, Kida pudo captar parte de la conversación, y casi por instinto dirigió su mirada hacia el mismo lugar que todos, viendo a una tranquila Misa Amane de pie en un rincón. El empresario no pudo evitar levantar las cejas con reconocimiento por un instante, pues había pasado mucho tiempo desde que había visto a la pareja de su socio, y casi no la había reconocido con ese discreto y elegante vestido de luto, y el brillante cabello rubio atado en un sobrio moño sobre su cabeza. Se veía hermosa; ella era hermosa, no podía negarlo, pero la madurez, sin duda, le había sentado de maravilla, aunque todos los presentes parecían demasiado negados para aceptarlo. De hecho, casi todos los invitados la estaban ignorando deliberadamente, quizá haciéndole saber que no importaba que hubiese aparecido del brazo del hijo del difunto, ella simplemente no pertenecía allí.
Con una sonrisa neutral, Masahiko asintió a otro comentario de la esposa del ministro con el que estaba fingiendo conversar, como si de verdad hubiera escuchado sus palabras. Estaba hastiado de sus conversaciones sin sentido, y su jaqueca amenazó con aumentar. Entonces volvió a mirar a Misa, que parecía mucho más solitaria que momentos antes, y, en cierta forma, podía entender lo que era estar en su lugar.
Aunque desde la adolescencia su vida había sido un ascenso sin descanso hasta el éxito, seguía sin sentirse cómodo rodeado de esa gente. Él era solo el hijo de dos profesores de biología, después de todo; no era un heredero, ni el hijo de una familia de noble o de clase alta. Tenía dinero, sí, y se había ganado el respeto de esas personas a base de su esfuerzo, pero eso no significaba que perteneciera, y realmente no le importaba. Llevaba más de la mitad de su vida exitosamente camuflado como uno más, como si de verdad fuera parte de ese mundo, tal vez debido a su naturaleza observadora, que hacía más fácil fingir ser como ellos. Habilidad que la novia de Shingo no parecía poseer.
Kida movió el líquido dentro de su vaso en círculos y siguió observando a la joven de cabello rubio parada al otro lado del salón, con una sonrisa amable pero cohibida en su bonito rostro, intentando desesperadamente confundirse en la multitud, pero resaltando como si tuviera un letrero de neón en la frente, anunciando que no pertenecía allí. Masahiko podía entenderla; él había pasado por lo mismo en su juventud, pero había tenido muchas cosas a su favor, como su intelecto, su carrera ascendente en el mundo empresarial y, por supuesto, ser un hombre que podía imponerse solo con su presencia, cualidades que la pequeña y dulce Amane Misa, por más hermosa y carismática que fuera, carecía. Masahiko entonces bebió un sorbo más de su vaso, viendo a Misa intentando interactuar con algunas personas, aunque la mayoría de los familiares y amigos del ministro y su esposa, así como sus empleados, seguían ignorándola. Algunos la miraban con sorpresa y murmuraban, Kida podía escucharlos; otros pocos la miraban con lástima, tal como él debía estar haciéndolo.
Resultaba extraño ver a alguien como ella mendigando un poco de atención de aquellas personas que creían que era poco más que una sirvienta; debía ser particularmente difícil para ella, que fuera de ese mundo de gente egocéntrica y desdeñosa era tan amada e idolatrada como una deidad. Era bastante irónico, en realidad. La mayoría de las personas que murmuraban debían creer que estaba con Shingo solo por su dinero y posición social, cuando Misa podía tener el mundo entero a sus pies si lo quisiera, y su mundo era mucho más amplio que el de esas personas tradicionalistas y de mente cerrada, y aun así era ella la rechazada.
Por supuesto, Amane Misa no sería la primera ni la última artista en enamorarse de un hombre de una familia de clase alta relacionado con la política, pero parecía seguir siendo algo inaceptable para todos los vejestorios amigos de la señora Midō, que parecían hacer lo posible por recordarle que ese no era su lugar. La mujer incluso parecía determinada a mantener a su hijo lejos de Misa, obligando a Shingo a permanecer cerca de ella en el altar, junto al resto de su familia, donde, por supuesto, no había un lugar para su prometida. Y su viejo amigo no se veía nada contento, pero era demasiado educado como para iniciar un pleito en el funeral de su padre y frente a todas esas personas que no hacían más que juzgar cada uno de sus pasos. O tal vez muy cobarde, Kida decidió que, en realidad, no lo conocía tan bien como para juzgarlo.
Sin embargo, estaba aburrido de sostener charlas banales o de negocios; harto de fingir que sentía pena por un hombre que solía decir a todo el mundo que su hijo tenía carácter débil, y de su déspota esposa, que parecía tan dolida como si hubiera perdido un zapato viejo en lugar de a pareja. Quizá esa era otra de las razones por la que la mujer odiaba a Misa, porque nunca sabría lo que era amar y ser amada con la misma intensidad como ella. Eso era muy cómico, en realidad.
—Disculpen —hizo una pequeña reverencia, dejando atrás la conversación que supuestamente había estado atendiendo con el ministro de interior y su aburrida esposa, una de las que murmuraban sin cesar.
Kida tomó un nuevo vaso de la charola de un mesero y pasó frente a los Midō, viendo a Shingo hablar con otro de los políticos amigos de su padre mientras la viuda pretendía secar las inexistentes lágrimas de sus ojos. Nada nuevo, en realidad. Pero pasó de todos ellos hasta llegar a la joven muchacha de aspecto extranjero, que seguía parada en el mismo lugar, perdida como un pequeño canario entre un montón de cuervos.
—¿Misa-Misa? —la llamó, como si acabara de notarla en la habitación. Ella entonces levantó la mirada, sonriendo como si acabara de ganarse la lotería, aparentemente feliz de encontrar un rostro amigo al fin.
—¿Kida-san? ¡¿Cómo estás?! —le dijo, dándole un buen apretón de manos en lugar de una reverencia, a la manera americana, pareciendo genuinamente contenta de verlo, o, al menos, de tener a alguien con quien hablar al fin —¿No vino la señora Kida?
—No, ella odia estos eventos —Masahiko bebió de su vaso, haciendo una pausa antes de seguir hablando —¿Qué haces aquí sola, por cierto? Eres la prometida de Midō. Deberías estar con su familia —señaló lo obvio, más por hacer conversación que por interés. La sonrisa amable de Misa se mantuvo en sus labios, pero no así en el brillo de sus ojos.
—Bueno, no creo ser del agrado de la señora Midō, y realmente no quiero molestar en un momento como este, así que...
—¡Tonterías! —la interrumpió, ignorando las miradas de un par de viejas chismosas. Normalmente no era del tipo de persona simpática, mucho menos del que daba aliento a otros, pero se sentía especialmente indulgente ese día —Tú serás parte de la familia en unos meses. Deberías mirar a todas estas personas con la frente en alto, no esconderte en un rincón como si hubieras robado algo.
—No me estaba escondiendo —bufó ella, aunque con mucha más elegancia que la última vez que habían hablado. Él no era muy cercano a Shingo, pero Misa lo era de su esposa. O algo así.
Masahiko sabía que ellas hablaban constantemente; parecían haberse agradado desde que se conocieron durante un almuerzo cuando apenas comenzaban su relación. Por ella sabía que Misa se esforzaba por dejar de lado los comportamientos infantiles, y que había madurado mucho en los últimos años. Apenas podía comprobarlo por sus propios ojos, pero era cierto. La mujer que tenía en frente no era como aquella niña de faldas cortas y moños que se había presentado frente a todo el concejo de Yotsuba cuando la había conocido, y, al mismo tiempo, seguía siendo ella.
Kida sonrió.
—No. No lo estabas —murmuró, dándole otro sorbo a su vaso mientras su mirada se encontraba brevemente con la de Midō, que a pesar de su madre parecía atento a su rezagada prometida, al menos hasta que algo en la pantalla de su teléfono pareció reclamar su atención —Realmente odio estos eventos, ¿tú no? —comentó, captando la atención de Misa antes de que también bebiera de su propia copa. Normalmente no era tan hablador con nadie, pero ese día, se repitió, podía ser un poco más flexible al respecto.
—No me molesta el evento. Las personas son otra cosa —suspiró la chica, haciendo reír a Kida con su sinceridad, algo que no muchos lograban.
—Te temen más a ti de lo que tú a ellos —sonrió detrás de su vaso, divertido, igual que Misa, que le regresó una sonrisa sardónica.
—Deberían. Ya me llevé al candidato que todos querían para sus hijas. Ahora iré por sus esposos —respondió la joven, casi logrando que Masahiko se asfixiara con su bebida, sin esperarse esa broma, aunque pudo mantener la compostura, y rio de buena gana, entendiendo por qué a su esposa parecía agradarle tanto la novia de Shingo.
Al menos podría pasar un buen rato en el almuerzo de mañana.
—Ahora entiendo porque le agradas a mi esposa. Eres divertida.
—¿Se suponía que debería tirarme al suelo y llorar? —Misa negó con la cabeza y bebió un poco más; parecía un poco ebria, aunque no lo suficiente para montar una escena —Esas viejas estiradas se mueren porque lo haga —bufó, señalando a un grupo de mujeres que los observaban de cerca; Kida reconoció a dos como las hijas solteronas y con demasiadas cirugías encima de algún miembro importante del gobierno, aunque no podía recordar cuál, francamente tampoco le importaba. Solo rio en voz baja nuevamente, terminando su whisky de un sorbo.
—La mayoría de esas mujeres mataría por tener tu belleza. O tu físico. O tu talento. O tu juventud. O tu prometido —se burló, dejando su vaso sobre la charola de un mozo que pasó cerca para después meter las manos en los bolsillos de sus pantalones finos —No dejes que te molesten.
—No me molestan. Me molesta no poder golpearlas. ¿Por qué no dejan de mirarme?
Oh, se había dado cuenta, Kida se sorprendió, sintiéndose muy tonto. Misa Amane podía parecer perdida e ingenua, como un pequeño canario amarillo entre cuervos negros, pero en realidad era más como un águila al acecho, al parecer.
—Envidia —respondió sin más, pidiendo un vaso de agua a un mesero, para él y para Misa, decidiendo que ya había sido mucho alcohol por una tarde —No pueden tolerar que alguien a quien consideran inferior sea más hermosa y popular que ellos. Su ego de esnobs millonarios no puede lidiar con eso —murmuró, Misa bebió de su copa y también rio.
—Tú no eres así —le dijo, enarcando una ceja, divertida —. Lo pareces, pero no lo eres a pesar de pertenecer a su círculo.
—Oh, no soy uno de ellos, en realidad —Masahiko se encogió de hombros, indiferente, recargándose contra una pequeña mesa decorativa para mostrar una postura más relajada con ella —Mis padres son profesores de universidad, no políticos o millonarios. Y yo tengo un grado en Psicología, así que es fácil saber cómo piensa esta gente.
—¿Psicología? ¿Y cómo es que terminaste en Yotsuba? —quiso saber la joven actriz, ignorando las miradas y murmullos de un grupo de mujeres que se había movido cerca de ellos sin nada de disimulo, de seguro inventando más rumores sobre Misa solo por verla conversar con uno de los socios de su futuro esposo. Imbéciles.
—Bueno, uno de mis compañeros de universidad supo que había un puesto disponible. Yo era joven y ambicioso, quería tener éxito y ganar dinero. La psicología me gustaba, pero no te llena los bolsillos precisamente, ¿sabes?
—Es lo mismo por lo que empecé a modelar, supongo —murmuró Misa, ladeando la cabeza y clavando la mirada al otro lado del salón por un instante, pensativa —Una agente se me acercó un día a la salida de la escuela y me propuso desfilar en ropa interior para una revista —rememoró, casi con gracia —Yo era joven también, bonita y para nada buena en la escuela, así que pensé, ¿por qué no? Pasearme en ropa interior delante de una cámara y que me pagaran por ello sonaba demasiado fácil y divertido en la cabeza de una niña de quince. Después se volvió una buena forma de pagar las cuentas.
—Y mira lo lejos que has llegado —comentó Kida, divertido —Pocas estrellas japonesas pudieron lograr lo que tú tienes. Deberías estar orgullosa de eso.
—Lo estoy —respondió Misa, demasiado rápido como para ser verdad, dándose cuenta rápidamente de su error —Bueno, admitiré que nunca creí llegar tan lejos. Supongo que aún en mis mejores días de modelaje me veía a mí misma con un esposo e hijos a estas alturas de mi vida. Siempre fui una persona sencilla, creo.
—Pues estás a punto de cumplir esa parte también —celebró Kida, levantando su copa de agua como si hiciera un brindis, haciendo sonreír a Misa, que después guardó silencio un momento, con la mirada perdida en algún punto lejano, pensativa.
—¿Sabes? Mi padre también era un profesor. Enseñaba inglés en una universidad metropolitana —comentó de pronto mientras volvía a sonreír, pero de nuevo esa sonrisa no llegó a sus ojos. Kida recordó entonces que su familia estaba muerta, Higuchi lo había investigado años atrás, así que no hizo preguntas al respecto. En lugar de eso, frunció los labios, también pensativo.
—Es curioso. Shingo quería ser un profesor —recordó una conversación casi olvidada que había tenido con su antiguo compañero, cuando estaba demasiado ebrio como para notar con quién estaba hablando —De hecho, odia las finanzas, pero su padre le consiguió el puesto en Yotsuba, y no pudo rechazarlo.
—Lo sé. Fue su madre quien insistió para que tomara el trabajo —respondió Misa, sorprendiendo a Kida, pues Shingo no parecía ser del tipo que divulgaría información de ese tamaño con una novia, pero su relación con Amane Misa parecía ser mucho más profunda de lo que incluso él creía. En cierta forma se alegraba de que hubiera encontrado a la indicada.
—Eres Misa-Misa, ¿verdad?
Tanto Kida como Misa voltearon hacia la voz que había hablado. Masahiko tardó unos segundos, pero finalmente pudo reconocerla como una de las sobrinas de la señora Midō. Shingo se la había presentado una vez en una de las fiestas de la compañía ya que su esposo era inversionista o algo así. Como fuera, solo se hizo a un lado, consciente de que a la mujer no le interesaba su presencia, aunque de todas formas se forzó a sonreírle por cortesía.
—Lo soy —Misa le sonrió también, siendo tan políticamente correcta como la situación lo ameritaba. Sin duda había aprendido eso de su prometido —Eres la prima de Shingo, ¿verdad? Mucho gusto.
—Oh, querida, no debes ser tan formal —respondió la mujer, con una voz ciertamente irritante, aunque fue gracioso ver sus ojos casi desorbitados al notar el enorme anillo en el dedo de la chica al estrechar su mano —Supimos la gran noticia. ¡Felicidades! Aunque nos sorprendió que Shingo no hablara con su madre primero. Es decir, te dio el anillo de bodas de la familia, hubiera sido cortés preguntarle primero.
Kida enarcó una ceja y miró a la mujer; parecía sincera, pero de alguna manera desagradable. Y Misa pareció notarlo también, aunque en ningún momento borró la sonrisa de sus labios rosados y perfectos.
—Gracias —expresó, con una sonrisa tensa que la mujer ignoró.
—¿Y ya se instalarán aquí?
—¿Instalarnos?
—Ahora que Eigo murió, lo natural es que Shingo siga con su carrera política —dijo la mujer, en tono condescendiente; después sonrió de una forma que incluso molestó a Kida, a pesar de mantenerse prudentemente fuera de la conversación —Además, no quieren criar a sus hijos en Norteamérica, ¿verdad? Por cierto, ¿cuándo nacerá? —se aventuró, dirigiendo una mirada rápida al vientre plano de la joven, que solo parpadeó y dio un paso hacia atrás, confundida, igual que Kida.
—¿Disculpa?
—El bebé. ¿Cuánto tiempo tienes? —preguntó la prima de Shingo, frunciendo el ceño con curiosidad, lo que fue suficiente para que Misa ensombreciera su sonrisa.
—No estoy embarazada —respondió, casi mascullando, lo cual provocó una falsa reacción de vergüenza en la otra mujer.
—¿No? —parecía de verdad sorprendida, aunque casi podía oírse la burla en cada una de sus palabras —Oh, vaya. Ya veo —le sonrió otra vez; una sonrisa tan fría como un témpano de hielo —. Entonces debe quererte de verdad si se casará contigo de todas formas. ¡Bien por ti! —celebró, con una sonrisa tan tensa como debía estarlo la piel de sus pómulos, dándose la vuelta para marcharse a murmurar con las otras mujeres estiradas de su círculo. La sonrisa de Misa entonces desapareció definitivamente, y aceptó la copa que Kida oportunamente tomó de otra charola y le ofreció sin dudarlo.
—¿Toda la familia cree que me embaracé para que Shingo me propusiera matrimonio? —murmuró, más para sí misma que buscando una respuesta, aunque no parecía especialmente sorprendida o molesta, sino más, algo divertida. A Kida le agradó más entonces.
—No hay nada como estar en casa —le sonrió, extiendo su propia copa para que Misa la chocara con la suya.
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Tōta se mantuvo estoico, de pie frente a la tumba del jefe Yagami. Su uniforme de policía se sentía más pesado que nunca, pero aun así se mantuvo firme durante todo el funeral, solo apretando la mandíbula mientras el ataúd descendía hacia la tierra, sintiendo las lágrimas correr por sus mejillas. Su mentor se había ido para siempre; ya no volvería a ver al hombre al que casi consideraba como un padre, y estaba deshecho por dentro, quería llorar, tirarse al suelo y derrumbarse, pero no podía hacerlo. Al jefe Yagami no le hubiera gustado, se dijo mientras dirigía al equipo de tiro en el saludo de 21 disparos para el hombre que había dado la vida de su propio hijo en nombre de la justicia. El mejor hombre que el cuerpo de Policía tendría alguna vez.
Después de los disparos, los agentes rompieron filas, y los invitados comenzaron a dispersarse. Kiyomi entonces tomó su mano con fuerza, haciendo que Matsuda reaccionara levantando la mirada de la tumba del jefe, dándose cuenta de que el servicio había terminado mientras se secaba las lágrimas con sus manos enguantadas.
—¿Estás bien, cariño? —le preguntó, poniendo una mano sobre su brazo con preocupación. Tōta asintió e intentó sonreír, aunque sin muchas ganas. Sin embargo, Takada sabía lo importante que había sido el jefe Yagami para él, así que lo entendió de inmediato.
—¿Quieres que yo conduzca?
—Está bien —suspiró el policía, quitándose su gorra de oficial y tomando la mano de su prometida para empezar a seguir al resto de la multitud que empezaba a alejarse. Kiyomi sujetó su brazo también, casi como si temiera que se desmoronara al soltarlo, y caminó junto a él en silencio, despidiéndose educadamente de sus conocidos con un suave movimiento de cabeza. Por suerte nadie intentó acercarse a hablarles, pues Matsuda no se sentía para nada conversador esa tarde.
—¿Mogi y Aizawa no asistieron? —preguntó su novia, estirando el cuello para ver entre los demás invitados al funeral. Tōta negó con la cabeza, subiendo y bajando los hombros en un suspiro.
—No. Ellos querían, pero... Surgió algo importante.
—¿Más importante que asistir al funeral del jefe Yagami?
—Es justamente por honrar una promesa suya que tuvieron que hacerlo —respondió sin demasiado ánimo —Votamos y decidimos que yo asistiera al funeral mientras ellos se encargaban del asunto.
Takada asintió, apretando un poco más el agarre a su brazo mientras caminaban.
—Por cierto. Amane Misa llamó para dar sus condolencias de nuevo —le informó, poniendo una mano sobre su pecho con cariño —Aunque parecía tener un poco de prisa, lo que no me sorprende, ya que debe estar en el funeral del padre de su prometido. También se celebraba hoy; se retrasó unos días para que su hijo pudiera estar presente. Mis padres están allí. Si quieres podemos ir para que puedas verla en persona —ofreció, pero en algún momento Matsuda dejó de escucharla, ya que antes de que pudiera alejarse demasiado del cementerio, por el rabillo del ojo notó que alguien se había quedado atrás, todavía observando la tumba del jefe. El detective volteó el rostro casi por inercia, y reconoció a la joven de inmediato. A pesar de que casi no habían visto en años, hubiera reconocido a Sayu Yagami en cualquier parte.
Tōta se detuvo de inmediato, y sin pensar en lo que hacía se deslizó del agarre de su novia suavemente.
—Adelántate. Iré a despedirme —le dijo. Takada giró el rostro y miró hacia el mismo lugar que él, asintiendo en silencio, entendiendo una vez más sin necesidad de palabras.
—Te esperaré en el auto —le dijo, dándole un beso en la mejilla antes de marcharse. Matsuda se le quedó viendo hasta que salió del cementerio, y después volvió a voltear hacia Sayu, acercándose a ella, pero deteniéndose otra vez al darse cuenta de que no había hablado en persona con ella desde hacía mucho tiempo, así que no sabría bien qué decirle. También se congeló en su lugar al notar que ella estaba no estaba contemplando la tumba todavía abierta de su padre, sino la que estaba junto a ella, la de Light. Tōta se sintió repentinamente mal por ella, que acaba de perder a su padre, y todavía lloraba a Light. Todos aún lo lloraban, incluso él, después de todo, había llegado a considerarlo un verdadero amigo.
Pero Sayu era su hermana, se dijo; ella debía extrañarlo más que nadie, y ahora también había perdido a su padre. Eso era demasiado para cualquier persona. Con eso en mente, retomó sus pasos y se acercó a ella por detrás, carraspeando para hacerse notar.
—Hey —sonrió. Ella levantó la mirada y, a pesar de la enorme tristeza que mostraba su mirada, sonrió también.
—Hey.
Se miraron por un momento, antes de que Matsuda se inclinara hacia ella y la abrazara con fuerza. Sayu también se abrazó a él de la misma forma, su garganta quebrándose en llanto mientras mojaba su traje ceremonial con sus lágrimas. Ninguno necesitaba decir nada; conocía a Sayu desde que era solo una niña, y le tenía tanto afecto como ella a él. Además, había querido al jefe Yagami como a un padre, y ese afecto se trasladaba a su familia también, sobre todo a su hija menor.
—Ellos se fueron —sollozó la chica contra su camisa, hundiendo la cabeza en su pecho mientras su cuerpo se convulsionaba por el llanto —Primero Light, ahora papá... Nos dejaron solas...
—Oh, no estás sola —le recordó Tōta, separándose un poco de ella para limpiarle las lágrimas y mirarla a la cara —Ni tú ni tu madre. ¿Recuerdas lo que te dije cuando murió Light?
—Que siempre estarías para mí —respondió la joven, limpiándose el rostro también mientras su llanto disminuía poco a poco.
—Exacto —el detective de policía le sonrió, sujetándole la cabeza para volver a recargarla contra su pecho —Siempre podrás contar conmigo, aun cuando estemos viejos y arrugados, siempre estaré allí para ti y la señora Yagami. No podrán deshacerse de mí ahora —afirmó, hundiendo el rostro en el cabello plateado de la muchacha, y dejando un afectuoso beso allí mientras Sayu envolvía sus delgados brazos alrededor de su cintura, dejando de llorar.
Después de unos momentos, ella se separó y volvió a girarse hacia las lápidas, entrelazando sus dedos con los de Matsuda, que se sorprendió por el gesto, pero en ningún momento tuvo la intención de apartarse.
—Papá te quería como a un hijo —le dijo la joven después de unos momentos, observando fijamente la lápida de su padre —Tenía mucha fe en que ocuparas su lugar un día, sobre todo después de que mi hermano muriera. Él creía en ti —anunció, tomando al detective por sorpresa con esa afirmación, y haciendo que sonriera, lleno de orgullo además de tristeza.
—También yo lo quise mucho —admitió Tōta, suspirando —Todo lo que espero es poder ser la mitad de buen policía de lo que él fue —las lágrimas amenazaron con regresar, pero Sayo apretó su agarre, y recargó su cabeza contra su hombro, haciendo que el dolor otra vez se fuera.
—Eres un gran policía —le dijo en un suspiro, levantando la mirada después para que él la viera sonreírle —. La ciudad tiene suerte de tenerte... Y yo tengo suerte de tenerte también —admitió, sonrojándose y bajando la mirada.
Matsuda, sin embargo, le sonrió, pasando un brazo sobre sus hombros mientras ambos se quedaban callados, solo diciendo adiós una última vez a Soichiro Yagami, contemplando su entierro final en silencio.
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Roger se acomodó el bombín hacia adelante y levantó el cuello de su gabardina, tal y como Watari solía hacerlo, esperando para poder descender a la pista. El avión aterrizó sin ningún inconveniente dentro de un hangar privado de la capital japonesa a mitad del día, por lo que Roger sabía que debían ser más precavidos que nunca, así que nadie más que un reducido equipo de seguridad liderado por el capitán Carter supo de su llegada. Por lo general, nunca se movían a plena luz del día, pues era más inseguro trasladarse de forma discreta cuando toda la ciudad estaba alerta, pero L lo había decido de esa forma, así que lo mejor era moverse intentando pasar inadvertidos lo mejor posible para que nadie supiera de su llegada; al menos por el momento.
—Usted debe ser el nuevo Watari —el capitán Carter extendió su mano hacia él, y luego asintió en dirección a L, que solo bajó de la aeronave y caminó directamente hasta una de las camionetas de ventanas blindadas, sin prestar atención a nada más.
—Capitán Carter —el anciano estrechó la mano del hombre —Lamento la demora. Tuvimos problemas por el mal clima en el continente —se disculpó, observando su reloj de bolsillo y notando, con molestia, que llevaban exactamente veintitrés minutos de retraso de la hora pactada.
—No se preocupe. Es parte del trabajo —desestimó el hombre, escuchando lo que le decían a través de su auricular y dando la orden al primer vehículo de empezar a avanzar —. Las torres están listas, tal y como lo solicitó —anunció Carter, parándose muy recto delante del anciano en señal de respeto —Su seguridad estará a cargo de mis hombres. Todos agentes con expedientes limpios, como lo solicitó. Ahora los llevaremos a su destino y después podremos repasar el itinerario.
—Excelente —asintió Roger, usando su código de seguridad para confirmar su identidad en el lector de claves del oficial. Eso debería desbloquear la seguridad de las torres para su llegada. Nadie más que L y su ayudante tenían autorización para hacerlo —Garantizar la seguridad de L es prioridad. Estamos demasiado expuestos a la luz del día, y sabemos que Petrovich de alguna forma consiguió mover a sus hombres fuera de la prisión, así que es imperativo ser precavidos y evitar...
Roger no había terminado su oración cuando el estridente sonido de una explosión hizo temblar el lugar, enviándolo hacia atrás por la onda expansiva, igual que al capitán Carter, que apenas había logrado cubrirlo con su cuerpo cuando la siguiente explosión inició, dando lugar a una tercer, y una cuarta, hasta que todas las camionetas del equipo estallaron en llamas en un espectáculo aterrador.
—¡L! —la primera reacción de Roger fue buscar al detective, apenas pudiendo ver algo a través del humo, las llamas y el hollín que había empañado sus lentes, mientras Carter, aún en su aturdimiento por las explosiones, se levantó tan rápido como pudo para correr hacia el fuego, sacando a dos de sus subordinados del alcance del incendio de inmediato.
—¡Hay que apagarlo! ¡No puede alcanzar el combustible de los aviones! ¡Llamen al departamento de bomberos! —gritó alguien mientras todos se movían como les era posible a través del caos, excepto Roger, que seguía luchando por lograr ver algo con sus gafas sucias y astilladas, mientras el espeso humo comenzaba a llenar sus pulmones, haciendo que fuera casi imposible respirar.
—¡Hay que sacar al objetivo secundario de aquí! —ordenó la voz autoritaria del capitán desde algún lugar. Roger lo buscó con la mirada, pero antes de poder hallarlo sintió que alguien lo tomaba del brazo y le ayudaba a levantarse mientras una ambulancia se estacionaba detrás. La misma persona lo obligó a subirse a ella y se las ingenió para poner una mascarilla de oxígeno en su nariz al mismo tiempo que el conductor arrancaba a toda velocidad, dejando el fuego detrás lo más rápido posible.
—¡L! ¡Debemos volver por L! —exclamó el anciano, sintiendo el peso del humo en sus pulmones, y empezando a toser dentro de la mascarilla en un desesperado intento por expulsarlo. Sus lentes entonces cayeron hacia la parte delantera del coche, y antes de que Roger pudiera recuperarlos vio como alguien los levantaba por él y los limpiaba antes de volver a alcanzárselos.
—Estoy bien —respondió la voz plana y aburrida del joven detective desde el asiento del copiloto, volteado hacia él para hablar. Roger lo miró con atención y solo cuando estuvo seguro de que él estaba bien pudo volver a respirar. De hecho, no había ni un solo indicio de que había estado en la explosión, ya que no estaba en absoluto herido, ni había quemaduras u hollín en su ropa y cara —Tenía razón. Sabían que vendría e intentaron matarme —declaró L, regresando la mirada hacia el frente mientras el oficial Mogi conducía lejos del hangar en llamas, dándole un asentimiento a través del espejo retrovisor como saludo.
Roger entonces suspiró, haciéndose hacia atrás. Tosió un poco más de humo y aceptó una botella de agua que el oficial Aizawa le ofreció, apenas notando que estaba junto él, y que seguramente había sido el oficial que lo había subido a la parte trasera de la ambulancia.
—¿La carnada...?
—Seguramente murió —confirmó L, encogiéndose de hombros —No te preocupes. Moriría de todas formas —declaró. Mogi y Aizawa se miraron a través del espejo; Roger resopló.
—Oh, L —murmuró, a medio camino entre un reproche y un suspiro de alivio —¡¿Quién pudo...?! ¡¿Cómo fue que supieron la hora exacta de nuestro arribo y nuestra ubicación?!
L miró el paisaje por un momento mientras otras ambulancias, camiones de bomberos y patrullas de policía pasaban junto a ellos, distraído. Después, solo se encogió de hombros.
—No lo sé —admitió, pensativo —Todo lo que puedo decir ahora es que alguien intenta sacarme del medio, y estoy un 60 por ciento seguro de que se trata de Igor.
—¿Petrovich? —intervino Aizawa, frunciendo el ceño con sorpresa —Eso no posible. Él continúa en prisión, bajo vigilancia las veinticuatro horas del día; no puede hacer nada desde allí.
—No sin la ayuda de alguien a quien creí de confianza, pero me ha traicionado —fue todo lo que respondió el detective.
El resto del camino nadie dijo nada, a pesar de que las sospechas se habían instalado entre ellos.
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N del A:
Hola!
Espero sus opiniones del capítulo, sobre todo porque creo que, aunque tengo una idea clara del final de esta saga en mi mente, no sé muy bien cómo llegar ahí xD
Si alguien tiene algún consejo o sugerencia, más que bienvenido.
Manténganse saludables!
Su buen vecino,
H.S.
