Holaa, chicas. Un largo tiempo, ¿verdad? Espero disfruten de este capítulo, muchisimas gracias por su paciencia y buenos deseos. A las que se tomaron la molestia de enviarme mensajes privados, tambien. Son las mejores. De verdad, muchas gracias. ¡Las adoro!

Este capitulo, esta dedicado a todas ustedes, en especial, a mi mejor amiga. Ramy, gracias por siempre estar ahí. Te amo. Gracias.

Gracias a Valkiria san, por recordarme sobre una aclaratoria que no hice en el cap pasado. En la escena donde Inuyasha es marcado, me inspire en una de mis sagas favoritas, la Hermandad de la Daga Negra. Se los recomiendo muchísimo.

Disfruten de este capítulo. Las quiero.


10


Inuyasha suspiro una vez más, mientras escuchaba el insistente parloteo de las dos mujeres que rodeaban a su compañera.

Había pasado una semana desde la cacería y se sentía como un demonio nuevo. No sabía que tener una compañera le iba a gustar tanto, ni que lo haría sentir tan bien. Se pregunto vagamente porque siempre se negó a sí mismo a buscar a su otra mitad, pero inmediatamente su atención y pensamientos se desviaban hacía su dulce compañera. Mirarla interactuar con sus hermanas, verla bordar con su madre o con sus dos guardianas Yōkais, era un placer silencioso que él se permitía a sí mismo.

Si alguien le hubiera dicho, que se volvería tan bobo y estúpido al conseguir a su compañera, quizás se hubiera burlado, o destripado si se encontraba de mal humor. Pero ahora no le importaba. Observar como ella sonreía, como fruncía ligeramente el ceño, hacía mohines con su boca, era su deleite personal. Mataría a todo aquel que se acercara con malas intenciones hacía ella. Y eso era otro asunto que tomar en cuenta.

― ¿No te has enterado de algo más? ―pregunto Miroku a su lado. Desviando la atención que mantenía sobre su compañera para dirigirla hacía su amigo, negó con la cabeza para reprimir el gruñido de furia que quería salir de su garganta. Hace seis días, alguien intento lastimar a su compañera. Si no supiera que la tonta de Miyuki aun estaba en reposo, hubiera pensado inmediatamente en ella, pero la Yōkai se encontraba postrada en la cama, producto del poder espiritual de su mujer.

Kagome estaba tomando el té en el jardín, rodeada de sus hermanas y de sus guardianas, charlando y riendo, no se dieron cuenta de que alguien las observaba. Sólo la gata de la exterminadora pudo actuar a tiempo, cuando inesperadamente, unas 5 flechas habían volado en su dirección. Todas dirigidas a la cabeza de su compañera. La gata había siseado y se había transformado en cuestión de segundos, sin reparar en el daño que eso podría causarle, Kirara se había interpuesto entre las flechas y sus amas. Al escuchar el chillido de la gata y percibir el ligero olor a sangre, él había corrido directamente al jardín. Furioso, se había dirigido hacia donde se suponía que habían disparado las flechas. Nada. Ni siquiera el arco, ni un jodido olor que recoger. Solo un ligero pedazo de piel blanca, que Inuyasha supuso que el atacante había usado para cubrir su rostro y su cuerpo.

Si tan sólo hubiera sucedido eso… Pero un día después, el té que normalmente tomaba Kagome, estaba envenenado. ¿Cómo lo supo? Simple. Kouga, cada vez que visitaba el palacio Taisho, le gustaba tomar el té. Raro, pero cierto. Así que, desconociendo completamente que el té que se encontraba en la pequeña salita era para su compañera, lo tomo. El olor de las hierbas usadas, habían hecho pasar desapercibido cualquier otro olor. Así que el idiota se había tomado el té completo.

Más tarde, con dolor y el estomago lleno de gases, Kouga finalmente admitió haberse tomado solo el té que se encontraba en la sala. Una fortuna que ese día su libido había despertado con más fuerza y no había dejado que su compañera abandonara sus aposentos.

Sólo fue cuestión de indagar un poco y darse cuenta hacía quien fue dirigido todo. Un veneno mortal para humanos, pero no para Yōkais. Se cansaron de interrogar a todos los criados pero nadie sabía nada.

Pero las cosas no quedaron ahí. Dos días después de eso, cuando su compañera fue a tomar su acostumbrado baño de las tardes, su bañera (1) estaba llenada de serpientes cascabeles, y otras más venenosas.

Inuyasha estaba cansado y frustrado. Quería saber quien estaba haciendo todas esas idioteces y darle su maldito merecido. ¡Qué ganas de joder se tenían algunos!

Gruño por lo bajo.

―Estoy empezando a desesperarme, Miroku.

El monje negó con la cabeza mientras adoptaba esa pose sabionda que tanto sabía que lo irritaba.

―Tienes que tener paciencia amigo mío ―dijo en tono remilgado―. En algún momento el estúpido que ha montado todo este numerito cometerá una falla, y ahí mi querido Inuyasha, es donde lo mataremos. O bueno, tú lo harás.

―Lo que me estas queriendo decir es que tengo que esperar a que la mierdita que anda rondando a mi mujer la ataque una y otra vez hasta que cometa una indiscreción para poder capturarlo ―aclaro con los dientes apretados―. Y que yo sólo tengo que esperar a que eso pase, mientras mi compañera queda expuesta ante el peligro, hasta que el idiota falle en algo, claro, eso sin tomar en cuenta que el maldito pueda lograr su cometido, ¿eso es lo que me tratas de decir? ―termino de preguntar con increíble calma.

Miroku analizo las palabras de su amigo y luego se giro a mirarle con expresión cauta.

―Bueno… si lo dices de esa forma suena mal, muy mal ―aclaro, pero luego asintió―. Pero sí, básicamente es eso lo que trato de decirte.

Inuyasha asintió mientras mentalmente contaba hasta tres.

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Kagome río una vez más por las expresiones de Sango. Aunque su querida amiga era muy hábil en el ámbito de las luchas, era completamente ignorante del arte de la seducción y del amor.

―… usted sólo tiene que dejar que su kimono se deslice un poco enseñando su delicado hombro y parte de su piel por supuesto ―Sora asintió en señal de acuerdo con su amiga, Meyzu, quien le estaba dando consejos de seducción a una sonrojada Sango―. Esa es una de las tantas técnicas, señorita Sango. No sólo tiene que enseñar el hombro, puede ser el tobillo, la pantorrilla, incluso puede dejar que vislumbre un poco el nacimiento de sus pechos.

Sango la miro un poco consternada.

― ¿El nacimiento de mis pechos?

Meyzu y Sora asintieron al unísono.

―También puede ser un poco directa, señorita Sango ―acotó Sora en voz baja―. Puede esperar en los aposentos de su macho desnuda entre las sábanas.

Kagome apretó los labios para no reírse una vez más de la expresión de vergüenza y curiosidad de Sango.

―O puede ser aún más directa ―murmuro Meyzu en tono de confidencialidad, se quedo en silencio unos segundos creando un ambiente de expectación―. Pídale educadamente que la monte, o que se deje cabalgar por usted en dado caso.

― ¿Montar? ―preguntó Sango en un chillido―. ¿Cabalgar?

Las dos Yōkais asintieron.

― ¿Educadamente? ―fue esta vez Yura la que preguntó en tono de burla―. ¿Cómo demonios se puede pedir algo educadamente?

E inesperadamente, las cinco rompieron en risas cómplices.

Kagome se estaba divirtiendo como nunca, estas mujeres alegraban sus días de manera incomparable. Eran tan diferentes y tan buenas, que le daban ganas de besar y abrazar a cada una en todo momento.

Se giro para llamar la atención de Sora para preguntarle algo, cuando una punzada en su sien la detuvo. Giro su cabeza hacia el lado contrario, y vislumbró la misma imagen que le perseguía en sueños desde hace un par de días. Una persona cubierta por una piel de mandril la miraba desde lo alto de un árbol grande y frondoso. Alzaba su mano derecho y sus dedos blancos surgían de la piel que portaba y la llamaba.

Pero ahora, había un cuerpo cerca de esa persona. Un cuerpo ensangrentado, tanta sangre…

― ¡Kagome! ―parpadeo confundida y clavo sus ojos en Yura que la miraba con irritación―. Deja de pensar en el idiota de tu compañero, y presta un poco de atención aquí.

Frunció el ceño.

―Yo puedo pensar en él cuando quiera ―respondió con rapidez, parpadeando con fuerza tratando de disipar la imagen que tenía en la cabeza. Quizás se estaba volviendo loca.

Yura rodo los ojos.

―En fin ―suspiro―. A Sango le gusta el monje perdición.

― ¡Hey! ―reclamó con un puchero. Sango frunció el ceño―. ¿Qué es eso de perdición?

Interesante. No negó que le gustaba Miroku-san, Kagome sonrío internamente.

―Como si no fuera obvio ―Yura puso los ojos en blanco y sonrío con burla―. Ese monje no tiene ni un gramo de santidad en su cuerpo, es la decadencia lujuriosa encarnada.

― ¡No es cierto!

― ¡Si lo es!

― ¡Que no!

―Que si, idiota.

―Que n…

Un sonido en seco las saco a todas de la pelea infantil que se estaba desarrollando en esos instantes. Voltearon hacía donde el sonido provenía y se encontraron al monje Miroku tirado en el suelo con un ligero chichón en la cabeza.

Kagome chasqueó disgustada.

― ¡Inuyasha!

― ¿Qué? ―el aludido refunfuño―. Se lo merecía.

Negó, su compañero a veces podía ser tan infantil.

―Bien niños ―aplaudió para llamar la atención de todos―. Vamos a comer.

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― ¿A dónde vas? ―escucho la voz de aquella mujer cuestionándole. Clavo su mirada en ella haciéndole sobresaltar por la forma tan intensa como la miraba. No como una amante, sino más bien, como una presa antes de ser devorada. Y no de la manera dulce y placentera.

―No es tu maldito asunto.

La mujer frunció el ceño.

―Mientras estés bajo mi responsabilidad…

―No seas ridícula ―la interrumpió―. Yo nunca estaría bajo tu responsabilidad, insulsa mujer. No hay nadie que pueda controlarme―una pausa―. Nunca cometas el error de pensar lo contrario.

―Eres un maldito culo engreído.

Se encogió de hombros.

―Pues lárgate entonces y no me estorbes. Y para saciar tu curiosidad, sólo voy a alguien que nos servirá de algo.

― ¿A quién? ―pregunto con curiosa acidez―. Porque la estúpida de Miyuki no te sirvió para nada, y mucho menos los hermanos relámpago.

Silencio. Por un momento, ella temió haberse pasado de lista, ese animal podía matarla en un santiamén y ella no podría hacer nada por evitarlo. Cuando respondió, ella pudo relajarse.

― ¿Cuál es la debilidad de todo hombre, querida? ―le preguntó con genuina amabilidad.

― ¿El orgullo, quizás? ―tanteó―. ¿El honor?

―Estúpida ―la insultó despectivamente―. Esos son atributos, imbécil. La debilidad de todo hombre es una mujer. Desde tiempos remotos la mujer siempre se ha visto envuelta en todo tipos de embrollos. Y, siempre terminan con un par de hombres muertos ―o― descuartizados.

―No entiendo tu punto ―gruñó ella.

Suspiró desganado. ¿Por qué se molestaba? Un idiota siempre sería un idiota.

―Un hombre cuando está loco de deseo por una mujer puede hacer algunas cosas por conseguirla ―explicó―. Pero, cuando es la mujer de tu enemigo a la que deseas, conseguirla, significa una dulce venganza y un premio por partido doble, lo cual también es sinónimo de hacer lo que sea con tal de conseguirla―una pausa―. Lo que sea.

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Le sonrío a una de las criadas del palacio y siguió su recorrido. Dejar que la dejaran pasear sola había sido un autentico suplicio. Con un compañero tan protector, y unas amigas deseosas de también protegerla era difícil tener un poco de intimidad. Pero lo había logrado.

Kagome sonrío.

Siguió su recorrido y se detuvo abruptamente cuando vio a su cuñado caminar hacia ella. Se quedo quieta y espero a que él siguiera su camino. Cuando estaba pasando casi a su lado, fue él que se detuvo esta vez. Clavo sus ojos dorados, tan parecidos a su Inuyasha, y tan diferentes. Más fríos, más serios, más solos. Se quedaron observándose un largo tiempo, solos en aquel pasillo desolado. Se creó una tensión en el ambiente que le puso los vellos de punta, y finalmente pudo encontrar el habla.

―Buenas tardes, Ani(2) ―saludo ella formalmente―. Espero este teniendo un buen día.

Sesshomaru tan solo dio un ligero asentamiento y por fin, siguió su camino.

Cuando lo perdió de vista, pudo respirar tranquila. Había algo en su cuñado, quizás era la forma en la que la miraba, que la hacía sentir intranquila.

Cuando retomo el paso, escucho unos pasos apresurados detrás de ella, cuando sintió la presencia espiritual de Sora, espero pacientemente a que ella llegara a su lado.

―Mi señora ―jadeó―. Tiene una carta.

Kagome frunció el ceño con extrañeza. ¿Una carta?

― ¿Para mí? ¿Segura?

―Si ―Sora le tendió un pequeño sobre blanco con bordados azules en los bordes―. Es para usted, está firmado por fuera.

Kagome examino la carta, estaba firmada con su nombre. Una letra que no le era muy familiar.

― ¿Le dijiste a Inuyasha…?

―No mi señora ―interrumpió su pregunta―. Salí a comprar algo de fruta, y cuando regresaba al palacio, me intercepto un mensajero humano.

Kagome impacientemente, abrió la carta y leyó rápidamente su contenido. Sin poder controlar la sorpresa que se dibujo en su rostro, inquietando a Sora, termino de leer toda la carta rápidamente. Se mordisqueo el labio inferior. Necesitaba salir del palacio, tenía que convencer a Inuyasha.

―Gracias, querida. Tengo que pedirte un favor.

Sora parpadeo sorprendida pero asintió.

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Inuyasha se levanto del futón cuando escucho los pasos de su compañera. Cuando el shōji se deslizo hacia un lado, dándole el paso a su compañera, la excitación golpeo a Inuyasha con fuerza.

Con sus preciosos ojos chocolates, Kagome le sonrió mientras deslizaba el shōji de nuevo, dejándoles en privacidad. Camino hacia ella y cuando estuvo lo suficientemente cerca, levanto su brazo derecho y acaricio su mejilla. Cuando ella se inclino hacia su caricia, ahueco con cariño su mejilla, luego, deslizo su mano hacia su nunca y tomando un puñado de su cabello entre su mano, jalo su cabeza hasta que estuvieron frente a frente.

―Tardaste, seikō(2)―susurro contra sus labios. No le dio tiempo a responder, y la beso con delicadeza. Cuando sintió los delgados brazos de ella, rodearle, gimió y finalmente estrello su cuerpo contra el de ella. Quería que sintiera su cuerpo, su respiración agitada, y la forma en la que su bulto se frotaba contra ella.

Mordió su labio inferior con gula, cuando ella abrió ligeramente sus labios con un gemido, Inuyasha deslizo su lengua en la cavidad contraria. El primer roce con la lengua de ella fue dulce, el segundo caliente, y después todo fue ardiente. Sin poder contener un poco más, agarro las caderas de su compañera y la alzo, logrando que Kagomerodeara con sus piernas, apretándose contra él.

―Inuyasha ―gimoteó―. Tengo q-que hablar contig-go.

Inuyasha sólo mordió un lado de su cuello, haciéndole sentir sus colmillos.

―Después.

La acostó sobre el futón y procedió a abrir su kimono con impaciencia. Hace tres días, ansioso por tenerla desnuda, rompió uno de sus kimonos sin importarle nada. El resultado: Un Inuyasha con un fuerte golpe en la cabeza, con los testículos azules. No jugaría con fuego de nuevo.

Cuando por fin pudo desnudarla, se apresuro a capturar uno de sus maravillosos pezones dentro de su boca. La escucho gemir, y algo de parecido a lo que le había dicho anteriormente, pero sonaba más entrecortada. Odiaba que su compañera estuviera pensando en otras que no sea él. Así que se iba a encargar de que solo pensara en él. Al menos, en ese momento.

―Calla ―le gruño suavemente. Aun vestido, tomo a Kagome de las caderas y la alzo contra él, logrando que su centro quedara ajustado perfectamente contra su pene. Y entonces, empezó a frotarse contra ella. Primero lento y suave, y después, con fuerza.

―Ohm Dios ―gimió ella con deleite, apretó sus piernas con fuerza alrededor de sus caderas y también empezó a frotarse contra él―. Más, Inuyasha. Más. Más.

Gruñó, y se recostó sobre ella, pecho contra pecho, mientras estrellaba sus labios contra los de ella. Los besos eran descontrolados, había momentos en los que sus dientes chocaban por la velocidad en las que ambos se estaban frotando contra el otro, pero no querían dejar de besarse. Siguió frotándose contra ella, de manera rítmica y dura. Podía oler su excitación, y eso lo estaba volviendo completamente loco. Sintió entonces, cuando las caderas de ella empezaron a moverse desenfrenadamente, sabía que estaba por llegar al clímax, así que, con todo el esfuerzo del mundo, paro.

―Nooo ―gimoteó Kagome mientras trataba de frotarse de nuevo contra él―. Quiero más, por favor…

―Oh seikō ―gruñó―. Cuando te corras, será entorno a mí.

Se puso de rodillas entre sus piernas, mientras se desvestía con rapidez. Cuando dejo al descubierto su pecho, su compañero empezó a respirar con más fuerza.

―Inuyasha ―susurro―. Necesito pedirte algo… y-yo…

―Ahora no ―la corto―. Necesito estar dentro de ti.

―Por favor…

No sabía que le estaba pidiendo, si se refería a que la dejara hablar, o que la penetrara de una vez. Él se inclinaba más por la segunda. Cuando estuvo completamente desnudo, se tendió sobre ella, abrió sus muslos con los suyos propios y la cubrió con su cuerpo. Estaban pecho contra pecho, podía sentir como sus pezones endurecidos se clavaban en los suyos, posiciono su erección sobre su cavidad, y se froto contra toda su hendidura. Sentirla caliente, mojada y resbaladiza lo hizo gruñir con necesidad. Escucho el gimoteo de su compañera, haciéndole sentir orgulloso.

―Inuyasha ―rogó―. Por favor…

Y, la penetró lentamente. Cuando estuvo por la mitad, la miro a los ojos, sus ojos chocolates estaban oscurecidos por la necesidad, por el deseo. Y entonces, empujó con fuerza.

Ella gimió. Él gimió también. Las embestidas empezaron lentas, suaves y constantes. La sentía a su alrededor, de todas las maneras posibles. Sentía sus pechos, su olor, su respiración, sus besos, su cavidad rodeándolo. Todo él, era Kagome. Cuando ella se apretó aun más contra él, comenzó a embestir con fuerza, una y otra vez, fuerte y certero. Cuando ella empezó a gimotear con más fuerza, supo que estaba cerca. Así que, apresuro sus movimientos, necesitaba que ella acabara, él necesitaba llegar. Jadeando, clavo sus garras en el piso de madera, cuando el orgasmo de Kagome los golpeo a ambos, ella gimiendo, y el gruñendo.

La forma en la que lo estaba apretando, era desquiciante. Empujo sus caderas, una, dos, tres, cinco veces más, y entonces, todo se nubló. El orgasmo llego a él en un segundo y lo dejo noqueado. Antes de aplastar a su compañera, se giro a tiempo y cayó a un lado del futón. Atrajo hacia él a su mujer y oculto su cara en su cabello, e inhalo profundamente.

Después de unos segundos, Kagome empezó a hacer dibujos imaginarios en su pecho.

―Inuyasha ―lo llamó titubeante. Estaba nerviosa.

― ¿Sí?

―Quiero salir del palacio, sola ―pidió con una voz dulce.

Él se congelo.

―No.

Kagome se tensó.

―Pero…

―He dicho que no ―le cortó con fuerza―. No te quiero sola y desprotegida, menos fuera del palacio.

Sintió la furia emanar de ella, pero se mantenía en silencio. Un silencio incomodo se instalo entre ellos, ella tensa en sus brazos, y él disgustado. Sentía que ella podía alejarse de él, si no lograba explicarse bien.

―Yo… yo no soportaría perderte, Kagome ―susurro.

Ella se destensó inmediatamente.

―No vas a perderme ―susurro ella a su vez. La apretó con más fuerza.

―No voy a arriesgarme…

―Inuyasha…

―No, Kagome. No me arriesgaré. No contigo, jamás.

Ella solo suspiro.

―Está bien.

Su aceptación fue rápida. Tan rápida, que no lo convenció por completo. Pero confiaba en ella, era su compañera después de todo.

Se acomodo de manera que ella quedara recostada sobre su pecho. Beso su frente con ternura.

―Descansa, seikō. Yo cuidare de ti.

Siempre.

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Parpadeo con fuerza, cuando una pesadez en su cabeza lo hizo marearse aun estando dormido. Se despertó y busco con la mirada a su compañera. No estaba, pero no se alarmo. Apenas su compañera se despertaba, se arreglaba y salía a la sala de té.

Se sentó en el futon, justo en el momento en el que su padre y su madre irrumpían en sus aposentos.

Una mala sensación recorrió su cuerpo.

Kagome no sería capaz.

―Hijo ―susurro su madre, ignorando su desnudez.

Su padre la interrumpió.

―Kagome no está en el palacio. Ni ella, ni sus acompañantes ―su padre hizo una pausa―. Incluyendo a Sora.

Inuyasha se agarro el puente de la nariz con fuerza, y luego suspiro.

Un segundo más tarde, y su gruñido se escucho por todo el palacio.

Su compañera estaba en graves problemas.


(1)Bañera: Ya saben, las que salen en el anime gg.

(2)Ani: Significa hermano, al formalizar su compromiso con Inuyasha, y ser su compañera oficial, paso a ser parte de la familia Taisho. Así que Sessh es como su hermano mayor.

(3)Seikō: Cariño.

¿Les gusto? Espero que sí. Deseo leerlas pronto, nos leemos niñas. Cuídense.