Lamento muchisimo el retraso, pero no tenía internet. Afortunadamente, para mí, decidieron ponerla a estas horas de la noche. Una suerte que no estaba dormida todavía. Aquí en Venezuela son las 11:00pm. Probablemente, dentro de media hora me quiten el internet o la luz, quien sabe. Esto cada día empeora más.

Sin embargo, disfruten de este capítulo. Particularmente, me gusta mucho. Me divertí mucho escribiendolo. Así que espero les gustes.

Por cierto... ¡Ya pasamos de los 100 comentarios! ¡Estoy muy contenta! De verdad, son un amorsh.

Gracias por tanto, son lo mejor.


12


― ¿Crees que debemos hacerlo? ―susurro con indecisión―. No es cualquier cosa de la que estamos hablando.

Shh, calla, nos van a descubrir.

Puso los ojos en blanco.

― ¿En serio? ¿Eso crees? ―preguntó con ironía otra voz, un poco más fuerte que las dos anteriores―. Somos bastante discretas, sí señor.

―Tu sarcasmo no es bienvenido ahora, Yura. Cállate.

―Apoyo a Kagome, siempre eres taaan negativa. Me sorprende que aún vivas, con lo pesimista que eres.

―Dúo de ineptas. La servidumbre esta viéndonos raro ahora ―señalo hacía donde un pequeño grupo de sirvientas las observaban con curiosidad, y un poco de rareza―. No somos nada discretas, si Sango lleva un Kimono tan negro como la noche.

― ¡Hay! ¡Es perfecto para camuflajearse!

―Por supuesto que sí ―concedió con una falsa dulzura―. Si no fueran las nueve de la mañana y el sol no estuviera en todo su esplendor.

―Concuerdo con Yura, Sango, pareciera que fueras a un funeral. Sé qué no estás de acuerdo con este matrimonio, pero por favor, no seas tan obvia.

―Y tú, Kagome, llevas un Kimono tan amarillo como el sol, que casi me dejas ciega.

Kagome hizo un mohín de disgusto, mientras Sango soltaba una risa.

― ¡Tu Kimono verde me dan ganas de vomitar!

Yura asintió mientras le daba una palmada en la cabeza.

―Claro, dulce ―aceptó―. El vómito puede curarse, la ceguera no.

― ¡Yura, tu grandísima…!

Un carraspeo, interrumpió a Kagome en su proceso de ofensa hacia la Yōkai.

―Siempre me pregunté cómo podían levantarse por las mañanas con tan buena energía ―Kagewaki les sonría a todas con diversión―. Espero eso nunca cambie.

Apresuradamente, Kagome y Sango hicieron una reverencia, por otro lado, como era habitual en Yura, hizo ademan de saludo con su cabeza.

―Buenos días, Kagewaki san ―saludó Sango con nerviosismo―. Es un bonito día para una boda, ¿no cree?

Kagome tuvo que hacer acoplo de toda su fuerza para no palmearse la frente. O pegarle a Sango. En serio, ¿era tan idiota?

Esta vez Kagewaki sonrío con menos sinceridad.

―Lo es, querida ―asintió y suspiro con pesar―. Lamentablemente lo es.

Hubo un ligero silencio, que fui interrumpido por una de las sirvientas que se acercaba discretamente a su señor, para entregarle una nota.

―Mis disculpas, señoritas ―el líder se disculpo precipitadamente―. Tengo asuntos que atender.

Sin darles chance para despedirse, Kagewaki desapareció hacia su estudio.

― ¿Bonito día para una boda? ―preguntó con sarcasmo Yura―. Eres tan discreta.

Sango frunció el ceño.

―Jodete.

―Ya, ya. Mejor vayamos a donde está Rin ―apresuró Kagome―. Tenemos que hacer que nuestro plan funcione. Solo tenemos una oportunidad.

Todas asintieron, y corrieron hacia la habitación. Cuando llegaron y se adentraron en ella, vieron el desorden que había en la habitación. Kimonos de seda habían regados por todos lados, habían flores en cada esquina de la habitación, un incienso estaba encendido con la intención de calmar los nervios de la futura esposa de Fujimoto. Encontraron a Rin encogida en sí misma en un rincón de la habitación. Su menudo cuerpo era víctima de espasmos, que le daban a entender que estaba llorando.

Kagome se apresuro a ir con ella, pero el agarre en su hombro la detuvo. Con el pesar reflejado en su precioso rostro, Kagome observo a Yura. La pena invadía los ojos de la mujer, que negaba suavemente con la cabeza.

―Déjame a mí ―pidió su hermana. Aún renuente, Kagome asintió. Tomo a Sango de la mano y le dieron espacio y privacidad a su hermana. Sabía que Yura era una debilidad para Rin, y por mucho que ambas se amaran como hermanas, Kagome era consciente que Yura era la más apropiada para consolar a su pequeña amiga. Algún día le contaría a Rin porque de su atracción hacia su hermana. Pero no hoy.

Cerró suavemente mientras apretaba la mano de Sango.

―Me alegro…, de haber encontrado a Inuyasha ―murmuró. Su hermana solo asintió, mientras la abrazaba con mucho cariño.

―Lo sé ―besó los cabellos negros de Kagome con suavidad―. Yo también me alegro por eso.

.

.

.

Yura camino suavemente, y toco el hombro delicado de Rin. Esta dio un brinco en su lugar, sorprendida, para observar el hermoso rostro de la Yōkai.

―Ven acá, ratoncito ―llamó suavemente mientras se arrodillaba frente a ella, atrajo su cuerpo contra el suyo para acunarla en sus brazos―. Puedes llorar, otra vez.

Y como si fuera un interruptor, Rin rompió en sollozos que fueron ganando intensidad conforme pasaban los segundos.

― ¡Esto no es lo que quiero! ―gimoteó entre espasmos―. ¡Quiero ser feliz! ¡Quiero s-ser amad-da!

Shh, shh, lo sé.

― ¡Yo…! ―sollozo―. No quiero tener estos deseos egoístas, mi gente, mi clan… yo…

―Está bien, es de humanos ser egoístas de vez en cuando ―acaricio su cabello mientras la apretaba más contra ella―. Está bien, Rinni.

Transcurrieron varios minutos, en los que Rin se permitió ser débil. Quería gritar, llorar hasta quedar seca, huir, huir tan lejos donde nadie pudiera encontrarla.

Se separo de Yura con un espasmo, se frotó los ojos hasta sentirlos irritados. Con sus ojos llorosos observo a los ojos a la Yōkai. Y sin poder evitarlo, deseo besar sus labios.

Era una sensación tan extraña y tan nueva, que Rin tembló. Sin embargo, se dijo que era ahora o nunca. Pronto se casaría, probablemente ya no pudiera ver a sus amigas, debía ser valiente y egoísta por una vez.

Así que temblorosa, y llena de nerviosismo, se acerco lentamente a la cara de Yura. Y como si esta supiera lo que ella deseaba, cerró los ojos, dándole vía libre para actuar.

Con más confianza, se acerco tanto que podía sentir la ligera respiración de la otra en su cara. Con timidez, junto sus labios contra los otros. Sintió un pequeño cosquilleo desde la nuca hasta los pies. Era su primer beso.

Sintió paz y tranquilidad.

Se separo renuente y abrió los ojos. Los preciosos ojos de Yura le observaban.

― ¿Rinni? ―preguntó la Yōkai.

Rin, sonrío, mientras las lágrimas volvían a llenar sus ojos.

―Gracias, Yura. Gracias.

.

.

.

― ¿Están seguros? ―preguntó Kagewaki con seriedad―. Esto es un tema serio, los Fujimoto ya están aquí, en el ala de invitados.

Su general, asintió con el rostro serio y preocupado.

―Sí, mi señor.

―Dale las orden a los soldados de estar alerta, no quiero ningún punto del palacio sin vigilancia. Es la boda de mi hermana, no pensé jamás que ellos… ―negó con la cabeza―. No quiero problemas, pero si ellos atacan… ¡Atacaremos!

― ¡Si, señor!

Kagewaki, asintió.

―Retírate.

El general, hizo una reverencia antes de retirarse.

Se sentó en su silla y suspiro con fuerza. El día empezaba a complicarse y apenas iban por media mañana. Nunca pensó que algo así podría pasar, no tenía una solución a este asunto. Le aterraba pensar que el día en que iban a cerrar una alianza, podía convertirse en una masacre.

El clan Matsumoto aliado con Yōkais.

―Vaya ―murmuró―. Quien lo diría.

Por una parte, estaba seguro que Kagome, Yura, y Sango le prestarían ayuda. Sin duda alguna, sería una buena ventaja. El estratega en él, ya empezaba a maquinar los distintos escenarios en lo que las tres mujeres del clan Higurashi podrían ayudar. Sin embargo, el hombre que las vio crecer, y convertirse en las hermosas mujeres que eran, se negaba a usarlas en una batalla tan vil y posiblemente sangrienta.

― ¿Qué hago? ―se preguntó a sí mismo―. ¿Qué hago?

Dos toques en su puerta lo interrumpieron, dio un seco adelante, y las figuras de Sango y Kagome aparecieron en su línea de visión.

―Kagewaki san ―llamó Sango con timidez―. Queremos hablar con usted.

―Cuantas veces, Sango, te he pedido que me llames si honoríficos ―sonrió amablemente mientras señalaba para que ambas tomaran asiento―. Te he visto crecer, y sabes que me gustas.

Kagome se rió mientras su hermana se sonrojaba.

―Por eso mismo Kagewaki ―respondió la sacerdotisa―. Sango se pone tímida contigo, porque cree que eres guapo.

― ¡Kagome!

― ¿Qué? ―miró a su hermana con inocencia―. Hasta yo creo que es guapo.

Kagewaki no pudo evitar soltar una carcajada. Para él era siempre refrescante hablar con ambas.

―Aunque me halagan demasiado, creo que no vinieron hablar de mi belleza.

Kagome asintió.

―Eso lo hablaremos luego ―Sango puso los ojos en blanco, Kagome siempre tan fastidiosa―. Vinimos a hablar sobre una solución a tu problema con el clan del sur.

Su rostro adopto una expresión de seriedad.

―Lo agradezco, Kagome, realmente lo hago ―hizo una ligera pausa―. Pero no creo que debamos de hablar de eso, en este momento. Deberían arreglarse para la boda.

Sango se irguió en su lugar.

―Por eso mismo, si nos escuchas y estás de acuerdo.., ¡Rin no tendría que casarse!

Kagome apoyo a su hermana afirmando la cabeza con énfasis.

― ¡Exacto! ―ella se adelanto y agarro sus manos con firmeza―. Si me escuchas, Kagewaki, tendrás aliados más poderosos que los Fujimoto.

Suspiro con resignación.

―En verdad, lo agradezco ―se soltó del agarre de la Higurashi con suavidad―. Pero no hay vuelta atrás. Los Fujimoto están aquí y yo no puedo faltarles el respeto de esta manera. Además, ellos son un clan formidable de exterminadores y guerreros ―miro a Sango con seriedad―. Lo sabes, tu madre provenía de ese linaje.

Sango asintió.

―Lo sé, pero créeme, cuando te digo que tenemos aliados más poderosos. ¡Solo escúchanos!

Kagewaki negó, iba a explicarles lo delicado del asunto, cuando su general entró precipitadamente a su estudio. Con el ceño fruncido, Kagewaki iba a llamarle la atención, pero su General lo cortó en seco. El pánico cubría su voz.

― ¡Los Yōkais están aquí, mi señor!

Abrió los ojos como platos, frente a él, Kagome y Sango dieron un respingo.

― ¿Qué? ¡Dijeron que estaban a una hora de nuestra tierra!

Su general, asintió.

―Lo sé, pero Yahiko acaba de disparar la señal. ¡Están a cinco minutos!

― ¡Kagewaki! ―llamó Kagome con agitación―. ¿Yōkais? ¿De qué hablan?

―No hay tiempo para explicaciones, tengo que alistarme―se apresuró a levantarse y camino hacia la puerta del estudio, se dirigió a su general―. Pon al tanto a los Fujimoto.

Su general asintió y corrió a cumplir órdenes.

Sango y Kagome no insistieron en pedir explicaciones, conocían suficiente a su amigo para saber que no les diría nada en el estado que se encontraban.

Ambas salieron presurosas y corrieron hacia la habitación de Rin.

―Sácale lo que puedas al General, Sango ―pidió Kagome―. Yo avisaré a Yura y a Rin.

Sango asintió y cambió de dirección. Kagome sabía que su hermana no regresaría sin información.

Corrió y no se tomo la molestia de tocar. Abrió y entro apresuradamente a la habitación. Su hermana, ayudaba a hacerle el lazo al precioso Kimono rojo de seda de Rin.

― ¿Kagome? ―preguntó su hermana con confusión―. ¿Qué maneras de entrar son esas…?

― ¡Cierra la boca! ―le cortó e ignorando su ceño fruncido, continuó―. ¡Yōkais están entrando al territorio!

Rin ahogo un gritó.

Yura frunció el ceño.

―Es posible que sea…

Kagome negó con la cabeza.

―No lo sé, pero debemos prepararnos igual. Sango fue por información.

Y como si la hubieran convocado, Sango entro jadeando. Kagome la inspecciono con la mirada, y fingió ignorar sus nudillos sangrantes.

―Dilo ―ordenó.

―Al parecer, los Matsumoto se aliaron con Yōkais, y vienen a atacar al clan de Rin, y dicho sea de paso, a los Fujimoto.

Yura chasqueo la lengua.

―No dudo de que hayan encontrado una alianza, vayan ustedes a saber que ofrecieron a cambio ―se cruzo de brazos mientras pensaba―. Pero, que precisamente atacaran hoy, deja mucho que desear.

Rin las miraba a todas, mientras se apresuraba a quitarse el Kimono. Posiblemente su boda se vería aplazada.

Sango, asintió en acuerdo con su hermana.

―Un soplón.

Kagome afirmó.

―Es la única respuesta, porque, ¿de qué otra manera sabrían que los Fujimoto estarían aquí hoy? Dos clanes poderosos, unidos, son algo a tomar en cuenta.

―Y si ellos tenían la ventaja del ataque sorpresa y su alianza con los Yōkais… ―continuó Sango.

―Sería matar a dos pájaros de un tiro ―termino Yura.

Kagome soltó una maldición.

―Casi hubiera deseado que hubiera sido Inuyasha.

― ¿Inuyasha? ―preguntó Rin con curiosidad, las tres se giraron a mirarla como si se hubieran olvidado de su presencia. Se había quitado las capas de su Kimono de boda, y mientras ellas hablaban, se había puesto su traje de pelea. Si bien, el clan Hitomi, era de guerreros y no era muy común que las mujeres pelearan en este clan, Kagewaki siempre entrenó a Rin con mano dura. Incluso, había enviado una temporada a Rin al clan de Kagome para ser entrenada―. ¿Quién es Inuyasha?

Yura abrió la boca y volvió a cerrarla.

―Si… ¿Quién es Inuyasha, Kag? ―Sango sonrío con picardía.

Kagome la miro como si estuviera loca.

― ¿En serio? ¿Ahora? ―negó con la cabeza―. En otro momento te contaré Rin, nosotras también debemos cambiarnos.

Rin asintió.

―Nos vemos en el ala principal en cinco minutos, iré por mis armas.

Todas asintieron. Cinco minutos después, las cuatro estaban frente las unas a las otras.

Kagome, había desistido desde hace muchos años a usar el traje ceremonial de las sacerdotisas. Su hermana nunca estuvo de acuerdo, sino hasta que Kagome cumplió los dieciséis y le había exigido que respetara sus decisiones.

―Bien ―Yura tomó la palabra―. Vamos a cuidarnos las espaldas.

― ¡Sí!

Kagewaki interrumpió en el ala, y las observo. Y un brillo orgulloso cruzo por su cara.

―Bien señoritas, veremos que quieren nuestros visitantes.

Se afilaron hombros con hombros, y tomaron el mando principal. Segundos después, los Fujimoto se unieron a ellos. Rin le sonrió a su prometido, Hitoshi, quien le devolvió la sonrisa. Eran amigos, pero no se amaban. Era lo único bueno de esa futura unión, Hitoshi siempre sería amable con ella, aún si no la amara como mujer.

Salieron del palacio, y observaron a los soldados desplegados a su alrededor.

A unos cuantos metros delante de ellos, se encontraban sus enemigos, enfilados. Uno de los hombres que parecía dirigirlos, dio unos pasos hacía el frente. Una rápida inspección, y Kagewaki observo a algunos de los guerreros del clan Matsumoto, pero no observo a su líder.

Bueno, Takashi siempre había sido un cobarde.

Dio unos pasos hacia el frente, hasta encontrarse a cuatro pies de distancia del enemigo. No hacía falta verlo dos veces para darse cuenta de que era un Yōkai. La piel verdosamente pálida, la mandíbula grande y afilada, no eran muy discretas que digamos.

― ¿Algún mensaje para mí? ―preguntó el líder del clan Hitomi con una sonrisa amistosa.

El Yōkai, sonrío mostrando todos sus dientes afilados.

―El señor Matsumoto le manda saludos y sus condolencias.

― ¿Condolencias? ―preguntó con curiosidad fingida―. ¿A que se deben?

El Yōkai amplio aún más su sonrisa.

―A su muerte, por supuesto.

Kagewaki sonrió, esta vez, con hostilidad. Dio una fugaz mirada hacia atrás y negó con la cabeza suavemente.

―La suya, por supuesto ―y un movimiento certero, desenvaino sus dagas disparándolas a la frente de Yōkai sin darle a tiempo de reaccionar. Y esa fue la señal que su gente necesito.

Su general, con un grito de guerra, dio luz verde para atacar.

Los Yōkais, se precipitaron a atacar en compañía del pequeño grupo de guerreros de Matsumoto.

Sango esquivo una estocada, y girando sobre su propio eje golpeo con la punta de su Hiraikotsu, al hombre que la atacaba, dejándolo inconsciente en el acto.

Flaqueando su lado derecho, Yura atacaba sin cesar a los Yōkais que atacaban. A su lado izquierdo, Rin, con sus espadas gemelas, se movía con destreza, impidiendo que la hirieran. Kagome, a sus espaldas, disparaba sus flechas con una precisión envidiable. Kikyö las había entrenado, para completar las debilidades de las otras.

Una horda de Yōkais se precipitaba contra ellas. Rin, jadeo cuando uno de los guerreros del clan enemigo logro rozarla, hiriéndola superficialmente en la mejilla.

― ¡Tú, grandísimo idiota! ¡Es el día de mi boda! ―con furia, logró distraerlo y empuño sus armas con fuerzas, con un movimiento fluido de muñeca, giro una de sus espadas a trescientos grados y le clavo una estocada certera en el corazón.

―Bueno, y eso que no quería casarse ―murmuro Kagome a sus espaldas. Sango, sin poder evitarlo, se echo a reír.

―Chicas ―llamó Yura, señalando hacia el frente―. Creo que debemos deshacernos de nuestros amigos.

Sango asintió y su mente empezó a maquinar rápido.

― ¡Kagome, Yura! ―gritó llamando su atención―. ¡Su turno!

Ambas asintieron, y Yura se separo unos cuantos pasos del círculo que había formando. Se concentró, y con su peineta, jalo los hilos, enredando todo a su paso. Kagome, se acuclillo a su lado, mientras empezaba a concentrar su energía espiritual.

― ¡Rin, vamos a cubrirlas! ―llamó. Rin asintió, y corrió hacia los humanos que iban a atacarlas. Esquivaba y acertaba estocadas a su alcance.

― ¡Hiraikotsu! ―lanzó su enorme boomerang, derribando a seis hombres que se acercaban al flaco derecho―. ¡Kirara!

Su enorme gata rugió uniéndose a la batalla. Kirara lanzaba zarpazos y mordía todo a su paso. Sango jadeó cuando lograron herirla en el brazo derecho, Kirara, furiosa, se lanzó en picada sobre el hombre, haciéndolo pedazos.

Sonriendo, Sango le lanzó un beso. ― ¡Gracias!

― ¡Por dios! ―gritó Rin cuando fue rodeada, Sango iba a ir a ayudarla pero también la habían rodeado, no le quedo más opción que usar a su Hiraikotsu como arma y defensa―. ¡Yura, Kagome! Si se apresuran se los agradecería.

― ¡Un segundo más! ―gritó Yura. Había logrado retener a un gran número de Yōkais, se podía observar lo mucho que le costaba retenerlos, por lo fuerte que se marcaban sus venas en la frente, y los tendones en sus brazos―. ¡Kagome!

― ¡Sólo un segundo más! ―pidió Kagome. Concentrándose todo lo que podía. A sus espaldas, podía escuchar los jadeos de dolor de Sango y Rin. Yura estaba haciendo un gran esfuerzo por retener al enemigo con sus hilos, y Kagome sabía que no podía tardarse más, de lo contrario, perderían en ese momento. Con un último suspiro, Kagome finalizó su trabajo.

Alzó la mirada, y conecto su mirada con Yura.

― ¡Ahora! ―gritó. Todo ocurrió en un segundo. Sango y Rin se tiraron al suelo, y Kirara regreso a su pequeña forma y se refugió en el pecho de su ama. Yura soltó sus peinetas, y ella los agarros en el aire. En el momento que ambas hicieron contacto con sus palmas, una honda expansiva de poder espiritual empezó a recorrer los hilos. Devorando todo a su paso.

Cuando Sango y Rin empezaron a cubrirlas, Yura ya había dejado pequeños hilos alrededor de sus armas, hilos, que Yura empezó a enredar en el oponente de ambas en el momento que ellas atacaban, al mismo tiempo que lo hacía en sus propios enemigos.

Para los humanos, la onda expansiva de energía espiritual iba a dejarlos fuera de combate. Para los Yōkais, bueno, ellos no corrían con esa suerte. Jadeando, Kagome observo la manera en la que los Yōkais empezaron a desintegrarse.

Yura se agacho a su lado, para ayudarla a levantarse. Sonriendo, su hermana la acarició la cabeza, como solía hacerlo Kikyö.

―Que poderosa eres, dulce ―felicitó con dulzura. Kagome, solo se echo a reír suavemente. Había agotado parte de su energía espiritual en ese conjuro, pero aún tenía para defenderse.

Sango y Rin corrieron a su lado, abrazándolas en el proceso.

―Debemos ir hacia adelante, nos retrasamos para interceptar a los que llegaban hasta la aldea, pero debemos ayudar a mi hermano ―Rin respiraba agitadamente, pero la determinación brillaba en sus ojos. Todas asintieron.

Pero, Kagome, se congelo. Una energía paralizante la hizo ponerse tensa. Un poder demoniaco, tan fuerte, que Kirara, frente a ella, se encogió en su propio cuerpo.

― ¿Q-que demonios? ―la voz de Sango se escuchaba temblorosa.

Kagome no respondió, giro su cabeza y la clavo en una arboleada, la sensación se hacía más pesada mientras observaba la oscuridad que rodeaba a los arboles. Tuvo solo un instante para reaccionar, pero logro crear una pequeña ola expansiva que mando lejos a sus hermanas. Un segundo después, cuchillas de aire iban en su dirección, junto con dagas demoniacas. Si tocaban su piel, podían contaminar su poder espiritual.

― ¡Kagome! ―escuchaba los gritos de las chicas a sus espaldas. Pero no podía responderles―. ¡Kagome! ¿Qué coño haces? ¡Muévete, carajo!

― ¡Kagome, no! ―podía escuchar como las tres se precipitaban a su lado, pero estaban muy lejos, podía palpar la desesperación en sus voces―. ¡Por favor, Kagome! ¡Muévete, coño!

Quiso moverse, pero sus pies estaban congelados en la tierra. Su cuerpo entero estaba inmóvil, y observaba en cámara lenta como el ataque se aproximaba más hacía ella.

Sintió su corazón latir apresuradamente y realmente tuvo miedo.

« ¡Muévete!», grito dentro de sí. Sus labios no se movían, su cuerpo no le respondía. Era como si su cuerpo ya no le perteneciera.

« ¡Maldita sea, muévete!» « ¡Vas a morir, Kagome!» « ¡MUEVETE!»

―Kagome ―escucho un ligero susurro cerca de su oído. Y fue como un bálsamo, la dulce voz de su hermana mayor se escuchaba justamente como ella la recordaba.

« ¿Kikyö? ¿Hermana? »

―Defiéndete, pequeña revoltosa ―juraba que pudo sentir el beso en su frente. Como el roce de un pequeño pétalo de rosa.

Y como si hubiera sido un interruptor, Kagome gritó mientras creaba un campo de fuerza espiritual a su alrededor. Y como si hubieran previsto su acción, las cuchillas cambiaron de dirección hacia sus hermanas.

― ¡No! ―gritó mientras las miraba correr en su dirección. Sango había olvidado su arma en su desesperación, las peinetas de Yura aún las tenía en la mano. Las armas de Rin, yacían olvidadas a unos pasos detrás de ellas―. ¡NO!

Un rugido irrumpió en el aire. Un segundo después, un enorme perro demoniaco, incurso en el aire, y con un poderoso rugido envió el ataque devuelta, partiendo en pedazos los arboles, y aterrizando frente a sus hermanas.

Kagome jadeaba, mientras dejaba caer su escudo. ¡Gracias a Dios!

― ¡Cuidado! ―gritó alguien, Kagome no podía decir quién gritó. Alzó su cabeza y observo a un Yōkai que había salido de entre los árboles, e iba en su dirección, sin embargo, no logró ni cruzar la mitad del campo, un poderoso ataque, ya conocido por ella, lo partió por la mitad.

Sonrió cuando la figura de su compañero se dejo caer en el campo de batalla. Su hermoso cabello plateado, se ondeaba con el viento.

―Inuyasha ―susurro. Como si la hubiera oído, él se giro lentamente y clavo sus ojos dorados en los suyos. Emprendió el camino hacia ella. Cuando al fin se detuvo frente a ella, la ayudo a incorporarse. La tenía agarrada suavemente por los hombros, y Kagome pudo respirar tranquila. Su compañero no se veía tan molesto.

Sonriéndole, Kagome lo miro con dulzura.

―Es bueno verte, compañero ―le dijo con suavidad. Inuyasha la miro con una ceja alzada. Y pronto una sonrisa arrogante se instalo en su rostro. Ella tuvo que tragarse un suspiro, su compañero seguro comprendería, se veía tan apuesto. Tuvo que contener esta vez, un gemido.

―Si…, es bueno verte compañera ―el agarre suave en sus hombros, empezó a cobrar intensidad, a medida que la sonrisa se borraba del rostro de su hombre y una mueca de rabia contenida tomaba posesión de su cara―. ¡¿En qué coño estabas pensando, Kagome?! ¡¿Te volviste loca?! ¡Estuve a punto de colapsar, por tu grandísima culpa! ¡Muchacha ingrata, mal agradecida! ¡Eres una pésima compañera, carajo!

― ¡No me grites! ―le replicó molesta.

Inuyasha la agarro con más fuerza.

― ¡Cállate y déjame hablar! ―la zarandeó de un lado a otro―. ¡Me vas a escuchar te guste o no!

Con la molestia precipitándose por sus venas, Kagome empezó a removerse con fuerza. ¡Era un terco y mal hablado! ¡La iba a escuchar!

― ¡A mí nadie me grita!

Compañero dulce y una mierda. Era un grandísimo idiota.

A unos metros de ellos, Yura suspiro mientras murmuraba:

―Son el uno para el otro ―Sango asintió en acuerdo, para luego sonreír. Si, eran el uno para el otro.

― ¿Ese es Inuyasha? ―preguntó Rin. Ambas asintieron―. Ah…

Rin dio un paso atrás por inercia, y choco contra un cuerpo suave. Se dio la vuelta, y su cara conecto con el hocico del gran perro que las había ayudado. Curiosa, alzo sus ojos avellanas y conecto su mirada con las del animal.

Él perro Yōkai le devolvía la mirada con una intensidad que la asusto muchísimo.

La aterrorizo.

Y al mismo tiempo…

La cautivo.

.

.

.


¿Que les pareció? ¡Nos leemos la próxima semana!

¡Oren para que no me falte el internet! :(