Capítulo 3:
A pesar del tiempo
Draco nunca lo ha admitido en voz alta, pero siempre ha calificado su adolescencia como un borrón llamado Harry Potter.
La familia Potter, curiosamente, había estado más presente en su casa de lo que era habitual, teniendo en cuenta que tanto su padre como su padrino despreciaban a cualquier Potter. James era un personaje conocido por la comunidad mágica gracias a su trabajo. Ser un famoso jugador de quidditch siempre daba de qué hablar. Lucius, en cambio, siempre había dicho que James era una vergüenza para su apellido y Severus solía opinar que Potter no era más que un abusón, sin futuro ni gloria, que había tenido demasiada suerte en la vida.
Draco no había entendido nada de eso cuando era pequeño y todo lo que había escuchado de la familia Potter había hecho que sintiese curiosidad por Harry en cuanto puso un pie en Hogwarts. Nunca fueron amigos, ni si quiera llegaron a cruzar un par de frases. Draco se había dedicado a observar a Harry desde la distancia y había llegado a la rápida conclusión de que había heredado de James su talento para el quidditch y la habilidad de meterse en líos, pero no parecía ser tan geocéntrico, ni petulante, ni ningún otro adjetivo que había utilizado Severus para describirle. De hecho, Harry era popular y amigable con la gente, incluso con aquellos que no pertenecían a Gryffindor. Le había visto ayudar en muchas ocasiones a estudiantes más pequeños, así que decidió que también debía ser amable. Algunos de los profesores lo adoraban y, aunque no parecía tener unas notas tan espectaculares como Granger, sabía que destacaba en algunas clases.
Y lo que Draco había asumido como inocente curiosidad, se había transformado en un enamoramiento que le había hecho sentirse avergonzado de sí mismo en varias ocasiones.
Nunca se lo había dicho a nadie, por supuesto. No a su padre, ni a su madre, ni mucho menos a Severus. Jamás se planteó decírselo al propio Harry, aunque sí pensó en más de una ocasión en acercarse a él e intentar ser su amigo.
Pero entonces, justo en su último año, Harry se presentó como un Delta y se alejó del mundo. Dejo de ir con sus amigos, de comer en el Gran Salón y de jugar al quidditch. Draco habitualmente lo encontraba en la Biblioteca, sólo y sentado en un rincón, como si no quisiera ser molestado. En las clases que compartían solía estar callado y distraído y siempre parecía querer estar en cualquier otro lugar que no fuera ese.
Quiso ayudarle, en aquel momento. Leyó sobre los Delta para saber por lo que Harry estaba pasando. Habló con su padrino para que le consiguiese las escamas del dragón que necesitaba para crear unas cintas que ayudasen a retener el aroma y, luego, se las regaló a Harry en un simple intento de acercamiento. No funcionó como esperó. Harry usó las cintas y, por la mejora que vio en su actitud, asumió que habían funcionado bien. Pero Harry no se acercó a él, no se convirtieron en amigos ni nada por el estilo. Su último año escolar terminó antes de que Draco tuviera el suficiente valor como para tenderle la mano a Harry.
Ahora, diez años después, sus vidas han vuelto a cruzarse.
Y Draco no sabe cómo sentirse porque ver de nuevo a Harry ha removido sentimientos en él que creía haber superado.
—¿Qué es lo que te tiene tan distraído? —sale de su ensoñación, mirando hacia Elisabeth, su compañera de trabajo—. Y no me digas que es la órbita de una de las lunas de Júpiter porque no voy a creerte.
—No es nada —se endereza en su silla y observa sus últimos apuntes—. Tengo un problema en casa.
—¿Cual?
—Un dragón —O más bien un domador de dragones, piensa con ironía.
—¿Qué? —Elisabeth ríe y Draco se da cuenta de que su vida se está convirtiendo en un chiste.
—Un dragón ha decidido que sería buena idea vivir en uno de los invernaderos de la casa de mis padres y ahora tengo que sacarlo de ahí antes de que vuelvan de su crucero y se enteren.
La chica le mira como si hubiera perdido la cabeza. Luego su rostro se torna serio cuando ve que Draco no está bromeando.
—¿Por qué no llamas a alguien?
—Ya lo he hecho —recuerda a Harry y su uniforme de cuero verde oscuro, su cabello largo atado en una coleta y su barba de tres días. Carraspea, desviando la mirada—. Está trabajando en ello.
—¿Te estás sonrojando?
—¿Qué? ¡No!
Sï, se está sonrojando. Puede sentir la sangre precipitándose hacia sus mejillas y de repente se siente como si tuviera quince años otra vez. Es ridículo.
—Así que hay un domador de dragones que te roba toda la concentración.
—No toda —replica.
Elisabeth arquea una ceja demasiado sarcástica hacia él.
—Cariño, tu turno terminó hace quince minutos y aquí estás, con la mirada perdida en la nada.
Se da cuenta del mucho tiempo que ha pasado en las nubes cuando eleva la vista hasta la cúpula del laboratorio y percibe que el amanecer está despuntando en el cielo.
Harry Potter iba a terminar con su carrera profesional.
—Me voy a dormir —dictamina.
Se levanta con un suspiro y, bajo la divertida mirada de su amiga que decide ignorar descaradamente, recoge sus apuntes, cierra el telescopio y entra por la chimenea después de despedirse de Elisabeth.
Normalmente iría a su apartamento, comería algo ligero y dormiría hasta mediodía, pero su mente está revuelta y no cree que pueda conciliar el sueño ahora mismo, así que se da una ducha, se cambia de ropa, recoge un bloc de dibujo y un lápiz y decide aparecerse en la Mansión.
Aterriza directamente en el jardín y camina hasta el invernadero donde está el Hyalino. Se detiene antes de entrar y duda que lo que esté a punto de hacer sea una buena idea, pero al final termina alzando la mano y abriendo la puerta con cuidado.
Lo primero que nota es el frío invernal que hay dentro. Su aliento se entrecorta en su pecho cuando el aire helado azota su rostro. Toma una respiración profunda, intentando aclimatarse. El dragón está tumbado, envuelto en nieve. Parece cómodo y relajado, con el cuello estirado en el suelo y la cola balanceándose en un movimiento aburrido. Draco nunca ha visto a un dragón tan de cerca y no sabe si todos son así de espectaculares, pero no puede negar que el animal frente a él es maravilloso.
Da un paso titubeante. Su corazón late ansioso y por un momento se plantea en la clase de locura en la que se está metiendo. Es demasiado tarde cuando la nieve cruje bajo su pie y el dragón levanta la cabeza para mirarle. Draco se queda paralizado, con el bloc de dibujo apretado fuertemente en su mano. Ni si quiera le ha dado por sacar su varita. Para su sorpresa, el dragón vuelve a su posición al cabo de unos segundos y Draco supone que no lo ve como una amenaza.
Traga saliva con dificultad e inhala temblorosamente. Afloja su agarre en el bloc de notas y sujeta su varita con la otra mano mientras da un paso lateral, cerca de la puerta, y se sienta en el suelo. Espera durante unos minutos, atento a cualquier movimiento o signo que le diga que el dragón pueda atacarle, pero no aparenta ser el caso. El animal continúa relajado, por lo que Draco aprovecha para abrir su bloc con cuidado y empezar a dibujar.
Es un pasatiempo que siempre le ha tranquilizado. Cuando está estresado o se siente ansioso por algo, coge su bloc de dibujo y se sienta en algún banco o parque y dibuja lo que ve. Se concentra en las líneas, las formas y las sombras y mantiene la mente centrada en una cosa que no le cause una sensación de presión en el pecho.
Su pulso se estabiliza con el paso de los minutos, a pesar de que todavía está alerta a cualquier movimiento inusual. Sus trazos se vuelven más firmes y su dibujo va tomando forma poco a poco. Se olvida del peligro de tener a un dragón salvaje a tan poca distancia y se centra tanto en su tarea que se sobresalta cuando escucha una voz venir desde la puerta.
—¿Qué se supone que estás haciendo?
Draco salta del susto, su corazón empieza a latir a una gran velocidad y sus ojos se abren alarmados mientras reconoce la figura de Harry. El moreno le mira con el ceño fruncido y una postura tensa que se refleja en todo su cuerpo. Abre la boca para explicarse, cuando capta un movimiento por el rabillo del ojo.
El Hyalino también se ha sobresaltado con la aparición de Potter, ya que se eleva sobre sus patas y ruge fieramente. Sus alas se despliegan y su cola se mueve con un zarandeo que corta el aire.
Draco se encoge en su sitio, con las manos temblando y el corazón a punto de salir por su boca.
—Levántate lentamente —escucha que le dice Harry.
Traga saliva, intenta estabilizar su respiración y obliga a que sus piernas sostenga su peso. Apoya la espalda contra la pared y aprieta el bloc de dibujo contra su pecho como si eso fuese a protegerle de algo. Para su suerte, el dragón parece más afectado por cualquier movimiento que haga Harry que por el suyo.
—Da un paso hacia mi. Con cuidado —asiente con la cabeza, agradecido de no ser él quien tenga que decidir qué hacer.
Su pie se hunde en la nieve y Draco ni si quiera se percata de que el lápiz con el que dibujaba cae al suelo, sus calcetines están mojados y hay algo clavándose en su espalda porque Harry levanta una mano hacia él y el dragón ruge tan fieramente que le ensordece por un momento.
Y luego todo ocurre rápido: apenas tiene tiempo a ver un leve destello de fuego naranja brillante cuando siente que tiran de su brazo. El calor golpea su espalda mientras Harry lo saca de allí. La puerta del invernadero se cierra con un fuerte golpe, dejando todo en un silencio trémulo. Puede escuchar al dragón rugir fieramente y ve desde el rabillo del ojo como las llamas parecen cubrir todo el interior del invernadero. Pero él está fuera, porque Harry ha tirado de él a tiempo y le ha salvado la vida.
Respira entrecortadamente, con todo el cuerpo temblando. Sus dedos están blancos alrededor del bloc de dibujo, su pecho se siente apretado y hay un revoltijo en su estómago que le da una sensación vertiginosa que le marea.
—¿Estás bien?
Levanta la mirada, sorprendido al ver lo cerca que estaba de Harry. Sus cuerpos estaban prácticamente pegados. Podía sentir su calor y el fuerte agarre que Potter aún mantenía en su brazo. Su otra mano estaba extendida para mantener su varita apuntando hacia el invernadero. Sus nudillos rozan el uniforme de cuero marrón oscuro de Harry y, si inclinase un poco más la cabeza, sería capaz de rozar la mejilla del moreno con su nariz.
Ese pensamiento le saca del trance en el que está, como si acabe de emerger del agua después de varios minutos sin respirar. Inhala una bocanada de aire y parpadea hacia algún punto por encima del hombro de Harry porque es incapaz de mantener la mirada fija en los ojos demasiado verdes que le observan con una atención preocupada.
—Sí —su voz sale como un susurro tan bajo que apenas puede escucharse a sí mismo. Carraspea, traga saliva y pasa la lengua por sus labios antes de volver a repetir:— Sí, estoy bien.
—¿Qué cojones estabas haciendo ahí dentro?
La voz de Harry es frustrada y suelta su brazo para pasar un mano por su cabello atado, en un gesto de clara irritación. Draco debería sentirse culpable o preocupado, pero está demasiado absorto en los mechones de pelo oscuro que escapan de la coleta de Harry. O en las pequeñas manchas de azul que tienen sus ojos. O en lo áspera que parece su barba. O...
—¿El amo Draco se encuentra bien?
Salta en su sitio, con su corazón acelerándose por segunda vez. Harry mira hacia un lado y luego se separa abruptamente de él, como si se acabase de dar cuenta de su cercanía. Draco intenta no sentirse rechazado por esa acción.
—Sí, Dobby, estoy bien —contesta hacia el elfo—. No te preocupes.
El elfo asiente, retorciendo sus manos en su ropa ansiosamente.
—Dobby ha preparado el desayuno para el amo. Dobby sabe que al amo Draco le gusta comer tostadas antes de irse a dormir.
—Gracias, enseguida voy.
Dobby asiente satisfecho y desaparece un segundo después. Draco suspira y mira hacia el invernadero que ahora está en un absoluto silencio. Se pregunta que está haciendo el dragón y si su temeridad ha supuesto un problema en el avance del trabajo de Harry.
—Lo siento, no debería haber entrado —dice, con los ojos fijos en el suelo—. Vi que el dragón estaba tranquilo y pensé... Ha sido una idiotez.
—Ha sido culpa mía, en realidad —su sorpresa le hace levantar la vista. Harry le regala una mirada culpable mientras guarda su varita en la funda de su antebrazo—. Cuando entré por la chimenea, lo primero que me dijo Dobby es que estabas dentro del invernadero y me preocupé. No pensé en retraer mi magia para no asustar al dragón. Lo siento.
—No pasa nada. Solo ha sido un susto —le ofrece una sonrisa que espera ser convincente y tranquilizadora. Harry hace ademán de protestar, así que se apresura a añadir:—. ¿Quieres un poco de té?
Potter mira hacia el invernadero y, después de unos segundos, asiente con lentitud.
Le conduce hacia el mirador del jardín, que es el sitio donde le gusta comer cuando está de visita en la Mansión. Se sienta en un silencio que a Draco le parece más incómodo con cada segundo que pasa. Su pulso todavía tiembla cuando se sirve su taza de té, y su estómago aún está anudado en dieciséis nudos como para ingerir nada sólido en ese momento.
Intenta buscar algún tema de conversación para llenar el vacío, pero su mente no puede pensar en ninguna cosa que no le haga parecer ridículo, así que se dedica a observa cómo Harry se quita los guantes de cuero y los deja encima de la mesa para poder servirse su propio té.
Suspira, mira hacia su bloc de dibujo, que está arrugado en los bordes y mojado por una esquina. Piensa en enseñarle su boceto a Harry, solo para tener algo de lo que hablar, pero cuando mira al moreno, ve que este tiene la mirada fija en su muñeca. Draco dirige su atención hacia su propio brazo, encontrando la marca de su sub-género sobre su piel pálida.
—Soy un beta —dice, levantando su brazo y remangando su túnica para que Harry pueda ver mejor su marca.
Los ojos de Potter se ensanchan y se agita, luciendo abochornado al ver que Draco se había dado cuenta de lo que ha estado observando.
—Perdona —responde, negando—. No quería ser indiscreto. Solo... tenía curiosidad.
Se encoge de hombros, volviendo a ajustar la manga de su túnica.
—No me importa que la gente sepa que soy un Beta. Hubo un tiempo en el que me avergoncé, pero ahora me da igual.
—¿Por qué te daba vergüenza?
Draco resopla, sonriendo con desdén.
—En mi familia es tradición que solo se tenga un heredero, hombre y Alfa. Los Malfoy han sido así generación tras generación, así que, cuando me presente como un Beta, mi padre no estaba contento. En el fondo me alegro, porque ser un Alfa suponía tener que cumplir con demasiados estándares —Harry asiente en silencio, pero no parece que vaya a añadir nada más. Draco juega con su taza de té, no queriendo que la conversación muera y el silencia vuelva una vez más—. ¿Qué es lo bueno de ser un Delta?
Potter se encoge de hombros y cabecea, sin mirarle. Por un momento piensa que no va a contestar y se arrepiente de haber sacado el tema, cuando Harry habla.
—Creo que lo único destacable es que tengo los sentidos más desarrollados que la media, por eso ya no uso gafas.
—¿Hasta que distancia puedes ver con claridad? —pregunta con curiosidad.
En realidad, Draco ya lo sabe. No hay nada de los Delta que Draco no sepa, porque se ha encargado de leer cada libro disponible que tenia a su alcance. Incluso en todos estos años en los que no ha sabido nada de Harry, Draco ha seguido leyendo sobre los Delta cada vez que salía un nuevo libro de investigación a la venta.
—Podría verte a tres kilómetros de distancia.
Harry no tiene problema en sostener su mirada, ni en sonreírle de medio lado mientras habla. Draco muerde el interior de su mejilla, y reza para que no esté sonrojándose.
—Increíble —murmura—. ¿A cuánta distancia podrías olerme?
La pregunta está destinada a ser una broma, pero Harry aún le observa con esos ojos verdes e intensos y Draco falla miserablemente.
—A unos diez kilómetros. Quizás más, porque tu colonia es... —Harry hace una pausa y Draco podría jurar que está viéndole inhalando profundamente— Llamativa.
—Yo en realidad no puedo oler nada —comenta, en un intento por calmar sus nervios. Su estómago ha vuelto a anudarse, y esta vez no tiene nada que ver con el miedo—. Cuando me presenté, me diagnosticaron una anomalía genética que me suprime el olfato.
—¿No puedes oler nada? —pregunta Harry y, cuando niega con la cabeza, su mirada se desvía y parece que su mente se transporta a otra parte, muy lejos de allí—. Entonces, no puedes reconocer a tu pareja destinada, ¿no? —cuestiona, al cabo de un rato.
—No. podría estar con esa persona en la misma habitación, y no lo sabría —podrías ser tú, piensa y acto seguido se da cuenta de lo irrisible que es su pensamiento porque Harry es un Delta y es imposible que tenga una pareja destinada.
—Menuda mierda.
Ríe ante la franqueza del moreno y se encoge de hombros.
—Casi que lo prefiero así. No quiero que el destino decida por mi. Quiero estar con alguien porque yo quiero, y quiero que ese alguien me elija a mi, porque quiere estar conmigo, no porque la magia se lo dice.
Harry le contempla con algo cercano al asombro, como si estuviera viendo una parte de Draco inexplicable y fascinante.
—Nunca me lo había planteado así —responde con una clara reflexión en su tono—. Es bastante romántico.
—No es romanticismo, es objetividad —replica, y esta vez siente que sí se está sonrojando—. ¿No te gustaría tener la certeza de que alguien está contigo porque quiere, a pesar de que podría estar con alguien ideal porque así lo dice su destino?
—Supongo que sí. Mis padres son destinados, así que cuando era pequeño siempre quise encontrar a mi pareja destinada. Ahora me he resignado a que no voy a tenerla nunca.
Draco percibe cierta añoranza en su tono, aunque el moreno se encarga de enmascararlo apenas un segundo después, lo que le indica que debe estar acostumbrado a guardarse sus sentimientos.
Tiene ganas de preguntar más sobre el tema, de saber si era verdad los rumores alrededor de su relación con Ronald Weasley, pero no lo hace. Esta es su oportunidad de conocer a Harry apropiadamente, de hacerse su amigo. Es su segunda oportunidad, y no quiere desperdiciarla haciendo preguntas indiscretas.
Es como estar otra vez en aquel baño de Hogwarts, entregándole las cintas a Harry con la esperanza de que tomase en cuenta su existencia. Siente los mismos nervios y la misma anticipación.
Y piensa que es un poco absurdo pero, mientras está ahí sentado en la mesa y le enseña el dibujo que ha hecho del dragón, mientras mira cómo Harry sonríe y le felicita y sus ojos verdes brillan, llega a la conclusión de que sus sentimientos no han cambiado ni un poco, a pesar del tiempo.
—0—
¿No hace como...no sé... una eternidad que no publico?
Aaaah lo he echado de menos, de verdad.
Tenía este capítulo a la mitad y lo dejé ahí tirado porque he tenido un montón de trabajo y no he podido escribir y hoy, en mi poco tiempo libre he dicho: voy a escribir. Y no sé ni cómo he terminado esto, pero aquí está.
Tenía pensado dejarlo aquí, y seguir escribiendo para ver si podía acumular unos pocos capítulos e ir actualizando seguido pero, como hace mucho que no publico nada, he decidido subirlo e intentaré escribir en mis ratos libres y actualizar pronto.
De momento, muchas gracias por la paciencia y por seguir aquí leyéndome ️️
¡Nos leemos pronto!
