Me debes un favor.
Gokudera sentía que estaba soñando, tenerlo ahí frente a él, le provocaba una sensación de satisfacción inmensa. A pesar de que Hibari era tan serio como siempre, el muro que siempre los separaba, no estaba y encontró que eso le fascinaba. Si hacía una pregunta, Hibari se limitaba a responderla con sinceridad, mirándolo en todo momento. Esa hostilidad, si bien no desapareció por completo, era menor a la que el Hibari del presente tenía.
— ¿Qué le dirás a Tsuna? —preguntó Fon, terminando de comer sus fideos. Gokudera despertó de su ensueño, parpadeando y ruborizándose al darse cuenta que estuvo mirando a Hibari todo ese rato. —Se preguntará donde está el Guardían de la Nube.
—Bah. Ese bastardo suele desaparecerse por días enteros. —se quejó Gokudera, cruzado de brazos. Kyoya alzó una ceja en su dirección. —No pasará nada, además el Décimo no tiene porqué preocuparse por él. En el peor de los casos, le diré la verdad.
— ¿A Tsuna? ¿No temes cómo reaccionará?
Gokudera negó con la cabeza. —Él es el Décimo, lo entenderá.
Fon miró a Hibari, sin embargo, él no pareció querer agregar nada más a la conversación. El arcobaleno del chupete rojo sonrió, parecía que ambos confiaban en su jefe; aunque a Kyoya parecía no importarle demasiado el qué dirán, es más, se veía dispuesto a golpear a cualquiera que se interpusiera en su camino, como siempre. Definitivamente había cambiado demasiado poco en esos diez años.
— ¿Y dónde dormirá? —preguntó Fon. —La cama ya está ocupada por Gokudera y por mí.
— ¿Duermes con él?
—Es un bebé, no voy a dejarlo dormir en el suelo. —contestó Gokudera con los ojos en blanco. Fon sonrió, irritando a Hibari.
—Ya veo. Entonces puedes acompañarlo. —dijo, molesto. —Dormirás en el suelo con él.
— ¡No me corras de mi propia cama, bastardo! —reprochó Gokudera, inclinándose sobre la mesa. — ¡Las visitas son las que duermen en el suelo!
—No.
— ¡Nada de no!
—Tranquilícense los dos. —reprendió Fon, pese a que el único alterado era la tormenta. —Podemos compartir los tres el futon de visitas, es bastante amplio.
— ¿Y por qué haríamos eso si tenemos una cama? —contestó Gokudera, poniendo mala cara.
—A pesar de que eres un maestro de artes marciales, no se te da bien ser inteligente. —dijo Hibari con la misma expresión de Gokudera.
Fon suspiró, lástima que su apariencia de bebé no ayudara para mantener a esos dos a la raya. Por eso prefería a la naturaleza antes que a los humanos.
Cuando llegó la hora de dormir, Fon y Gokudera quedaron en el futón, ante la mirada amenazante de Hibari. Hayato resopló, alzando el mechón que cubría su frente; si no fuera porque realmente se sentía feliz de tenerlo ahí, lo hubiera mandado a volar con su dinamita, aunque eso significara quedarse sin departamento. Al mirar entrar a Hibari en el baño, dibujo una suave sonrisa, emocionada.
Habría tantas cosas que hacer esos próximos días.
Debía pasar toto el tiempo que pudiera con él antes de que fuera sustituido por su yo presente. Y cuando eso pasara, tendría que darse por vencido… ¿o no?
—Pareces feliz y confundido. —comentó Fon, ya con la pijama puesta y con la cabeza recostada en la almohada al lado de Gokudera.
—No lo estoy. —protestó.
—Sé que quieres pasar todo el tiempo que puedas con él, pero recuerda que tenemos que entrenar. —dijo Fon. Gokudera asintió con la cabeza. —Si no somos cuidadosos, Reborn y Tsuna se darán cuenta que tienes al Hibari de diez años aquí con nosotros.
— ¿Y qué tiene de malo eso?
—El solo hecho de que Hibari este en el pasado, significa que las cosas pueden cambiar en el presente. —declaró Fon. —No te hagas muchas ilusiones con él, es todo.
—Ya lo sé. —balbuceó.
—Ojalá fuera así. —Fon bostezó, comenzando a dormitar. —Gokudera, ¿no te ha roto el corazón demasiadas veces?
El Guardián de la Tormenta se quedó callado, mirando como el bebé se perdía en sus sueños. ¿Cómo podía soltar semejante plática y después dormir como si nada? Todos los arcobalenos eran iguales. Si no le tuviera tanto respeto y cariño a Reborn, probablemente lo odiaría.
— ¿Al fin se durmió? —preguntó Hibari, saliendo del baño. Aún llevaba el traje con el que llegó debido a que la ropa de Gokudera era demasiado pequeña para él.
— ¿Te dormirás con el traje?
—No tengo muchas opciones. —respondió indiferente. —Te saco al menos diez centímetros de diferencia.
Gokudera ocultó una risa al imaginarlo vestido con su ropa. Luego de ver la mirada ácida de la Nube, se calló.
—Como sea, el que se va a sentir incomodo eres tú. —bufó, metiéndose a las cobijas. —Buenas noches. Y… —hizo una pausa, deteniendo las acciones de Hibari al querer acostarse. —gracias por quedarte conmigo. No tenías que hacerlo.
Kyoya dibujo una suave sonrisa en su rostro, detuvo sus acciones por completo y se dirigió a Fon, Gokudera lo contempló cauteloso, sobre todo cuando tomó al bebé en sus brazos y lo deposito suavemente en la cama. Fon no pareció percibir nada, incluso logró acomodarse en la cama, lucía bastante tranquilo. Hibari entonces se colocó al lado de Gokudera, que se quedó sin habla.
—Es mejor así. —comentó Hibari.
—Hiciste tanto drama por la cama y ahora no la quieres. —refunfuñó Gokudera, cruzándose de brazos, mirándolo de reojo. Los nervios comenzaban a florecer.
—Hmp. —Hibari contestó con un simple monosílabo, acostándose y dándose la vuelta, dándole la espalda a Gokudera.
— ¿¡Hmp!?
— ¿Quieres dormir afuera con los gatos? —advirtió molesto. Gokudera pasó saliva. —Duérmete ya, herbívoro rebelde.
Al escuchar el apodo, Gokudera sonrió, sintiéndose extrañamente reconfortado. Ese pequeño gesto de recordar el mote impuesto desde hace tanto tiempo, le hacía creer a Gokudera que aquello valió por completo la pena. Sin decir más se recostó en el futón, mirando al techo; las mejillas se sonrojaron de pronto, frunciendo las cejas, se dio valor para darse la vuelta y recargó la cabeza en la espalda de Hibari, aferrándose con sus manos a la camisa de este mismo; la respiración de Hibari era suave, y su corazón no parecía agitarse por aquel contacto, lo cual hizo sentir mal a Gokudera, debido a que el suyo parecía estar a punto de estallar.
— ¿Qué haces? —murmuró Hibari, con una voz grave, cortante.
Gokudera no respondió, no obstante, el Guardián de la Nube sintió sus manos temblar.
—Hayato.
Fue más que gratificante escuchar su nombre salir de los labios de Hibari. Tener a la persona que amaba tan cerca de él, ¿qué esperaba Hibari que sucediera? No podía evitar querer tocarlo. Debería entenderlo mejor que nadie. El cuerpo de Gokudera se hizo un poquito más hacía adelante; con los labios temblorosos, deposito un suave beso en la nuca de Hibari, apenas un roce de labios.
Un instante bastó para que Gokudera ya estuviera debajo de Hibari, con las manos apresadas al lado de su cabeza por las propias del mayor. Los ojos de Hibari estaban oscurecidos, tenía los labios apretados en una fina línea, como si se estuviera conteniendo, y quizás lo estaba haciendo.
—Deja de provocarme. —la voz le salió ronca, endemoniadamente sensual para los oídos de Gokudera.
—N-no lo estoy haciendo…—balbuceó Gokudera, apartándole la mirada.
—Entonces, ¿Qué demonios fue eso? —gruñó, apretando más las muñecas de Hayato, consiguiendo que este le diera una mirada de reproche.
— ¿Qué demonios querías que hiciera? —rezongó en voz baja, para no despertar a Fon. —T-tengo… a la persona que quiero durmiendo a mi lado… ¡e-es normal que quiera tocarte!
Gokudera sintió sus labios apresados por los de Hibari, en un beso espontaneo que resulto magnifico. Era diferente a Hibari del presente, en todo. Kyoya del futuro era de quien se había enamorado, por su tranquilidad, por su rostro expectante a cualquier situación que se le pudiera presentar, por sus palabras, por su rostro y cuerpo. Lo había enamorado por todo lo que él representaba.
Al separarse hicieron un suave ruido que apenas se escuchó por sus respiraciones entrecortadas. Hibari frunció las cejas, decepcionado de sí mismo por ceder a sus bajos instintos. Ese Gokudera era un niño todavía, no podía tocarlo de esa forma, menos cuando el chiquillo estaba confundido por sus propios sentimientos. Sería doloroso para él cuando se tuvieran que separar.
No obstante, al mismo tiempo, se sentía tan bien. Podía tenerlo por fin.
Se separó de Gokudera, dejándose caer justo donde antes estuvo acostado, el Guardián de la Tormenta tenía todo el rostro ruborizado, e intentaba mirarlo pero no podía. Eso se le hizo terriblemente adorable a Kyoya. ¿Cómo era posible que ese niño consiguiera desbloquear cada una de sus emociones con tan solo un gesto?
—Quizás no debería estar…
Antes de que pudiera completar su oración, Gokudera tomó su mano, al contemplarlo, Hibari se dio cuenta que él había parado su nerviosismo, seguía sonrojado, pero mantenía la determinación en su mirada. No estaba dispuesto a renunciar a él.
Y para ser sincero, Hibari tampoco.
