Parte 2 (One-shot final): I'll be there

Nos separamos para buscarle por la casa. Era reconfortante ver a Peeta emocionado con algo.

- Peeta, ¡aquí! –nos costó un poco encontrarlo ya que se había metido debajo de mi cama. Alargué el brazo pero cuando lo rocé me enseñó las garras, no quería que lo tocara– ¿movemos la cama?

- No, espera, voy a empujarlo suavemente –volvió con una escoba y delicadamente lo empujó hasta mí. Lo enrollé con la toalla y me levanté con él en brazos.

- Ya lo tengo –Peeta rodeó la cama para ir a mi lado pero se detuvo a medio camino.

- No exagerabas, realmente apesta.

- Y mírale el pelaje, está aceitoso. Sea lo que sea lo que le haya caído encima, aún lo lleva.

El problema fue cuando llegamos al baño, tal y como ya me había imaginado. Pasamos el pestillo, abrimos el grifo de la bañera y Buttercup se volvió loco al acto. El show empezó. Peeta iba con los guantes y yo con las toallas, a penas podíamos reducirle entre los dos.

- No le tires de la cola, no le gusta –dije sujetándole la cabeza para evitar que me mordiera.

- Es que no puedo cogerle las patas… –cuando por fin lo inmovilizamos nos dimos cuenta de que nos faltaban otro par de brazos.

Nos recolocamos como pudimos y después de unos cuantos arañazos y de todo un suelo lleno de agua, liberamos a Buttercup.

- Eso, vete, no quiero volver a verte durante una buena temporada –le dije abriéndole la puerta. No nos había dejado secarlo y se fue dejando un rastro de agua tras de sí.

Cuando me volví hacia Peeta no pude evitar reírme. Estaba sentado en el suelo, agotado, mojado y lleno de pelos de gato.

- Te dije que sería duro –le ofrecí la mano para ayudarle a levantarse.

- Me habías prometido distracción y ¿sabes qué? Lo has conseguido. Voy a hacerte la cena como recompensa, ¿qué te parece?

- Fabuloso pero déjame ayudarte, no me gusta quedarme quieta –él asintió. Esa penumbra que había estado arrastrando en su mirada parecía un poco más ligera, un poco más brillante. Entonces colocó una mano en mi mejilla y con el pulgar me quitó algo que tenía ahí. No pude evitar fijarme en sus largas pestañas, en su nariz terminada ligeramente torcida y en sus labios finos.

- Ya está, era un poco de jabón.

- Oh, gracias… –se me encendieron las mejillas y lo odié. De nuevo mi cuerpo actuaba sin mi permiso.

- Voy a buscar la fregona –eso me devolvió a la realidad.

- De acuerdo, yo voy vaciando la bañera.

Cuando pasé por delante del espejo me detuve en seco. Estaba completamente despeinada, con arañazos en los brazos y con la ropa arrugada. Parecía como si acabara de pelearme con un león (aunque bien visto casi era cierto). Me entristeció que Peeta me hubiera visto de ese modo cuando yo había intentado dar buena impresión. Quizás era lo mejor, si llegaba a ofrecer una buena imagen, siendo remotamente algo parecido a ser guapa, quizás me asociara con el Capitolio y eso no era bueno. Quizás era lo mejor, al fin y al cabo siempre he sido una salvaje. Con esa desesperanzadora idea empecé a vaciar la bañera. Mi cuerpo había perdido cualquier tipo de atractivo después de tantas operaciones, heridas y quemaduras. Mi autoestima había desaparecido en algún punto del pasado, pero en su momento no me importó lo más mínimo. Esta era la primera vez en mucho tiempo que quería ofrecer una imagen bonita de mí misma (si no bonita, al menos decente) y me entristeció saber que no podía lograrlo.

Cuando Peeta volvió intenté ocultar todo este remolino de pensamientos auto-destructivos pero fue en vano. Peeta podía no tener recuerdos concretos sobre mí pero me conocía muy bien. Limpiamos el baño en silencio y nos pusimos a cocinar. Cuando estábamos comiendo me lo preguntó.

- ¿Qué te ha pasado cuando te he dejado sola en el baño? –apreté fuertemente la cuchara entre mis dedos.

- Nada –dije automáticamente. "Tenías que darte cuenta, ¿verdad?".

- Ya claro, ¿acaso has intentado ocultarlo? –dijo él medio sonriendo y con tono conciliador– Has dejado de hablarme, ni siquiera ahora puedes mirarme a la cara –en efecto, había estado mirando la sopa con más interés del normal.

- Lo siento –me pasé las manos por la cara, era débil. Ni siquiera en esos momentos, cuando tenía a Peeta cenando conmigo después de tanto tiempo, era capaz de pensar en algo más que no fuera en mis inseguridades–. No tiene nada que ver contigo, así que por favor no te ofendas.

- Puedes contármelo. Estamos aquí para eso –dijo para animarme y entonces lo vi, vi la calidez en sus ojos. Era mejor responder ahora, antes que su expresión fuera la de preocupación extrema de la cueva.

- Me vi en el espejo, eso es todo –y le di un sorbo a mi sopa–. Por cierto ha quedado muy buena.

- ¿Y qué ha pasado? ¿No te ha gustado lo que has visto? –estaba muy serio, podía ver funcionar su cerebro a través de esos ojos. Estaba haciendo todo lo posible para comprenderme, pero había dado en el clavo y eso me irritó.

- Por favor Peeta… –lancé la cuchara con incredulidad– Haymitch estuvo horas intentando sacar algo bueno de mí para presentarlo en las entrevistas y no pudimos encontrar ni una sola cosa buena. Ni siquiera con todos esos arreglos no soy… –no pude terminar la frase. No sabía poner en palabras mi frustración, o mejor dicho no me atrevía. Iba a decir bonita. Bonita. No entendía por qué de repente todo eso me importaba tanto. Definitivamente el Capitolio había logrado derretirme el cerebro.

- Eso es bueno Katniss –dijo realmente animado–, han intentado controlarnos y cambiarnos desde un principio pero nunca han podido contigo. Lo conseguiste. Eres tú misma.

No estaba en absoluto de acuerdo con él, ser yo misma no era un consuelo, me odiaba por todos los errores que había cometido. Yo era más del parecer que, si ni siquiera Effie, Haymitch y todo el equipo de preparación, no habían podido sacar nada bueno de mí, era porque no había nada bueno en mí des del principio. Pero no se lo podía decir, se me había caído el alma a los pies ¿Era posible que me estuviera quejando sobre eso a la persona a la que habían robado su identidad? ¿Era posible que él que luchaba por ser él mismo, estuviera consolándome a mí? Suerte que aún me quedaba un poco de sentido común y decidí dejar ese tema, pero por desgracia también tenía orgullo, así que no pude evitar defenderme.

- No lo decía por eso pero da igual –volví a la sopa. A ese paso se enfriaría.

- ¿Lo decías por tu físico entonces? –"Mierda". No estaba preparada para tener esa conversación con él. Peeta supo que había dado en el clavo cuando me vio suspirar con exasperación. Esta conversación era incómoda pero, sobre todo, me sacaba de quicio.

- ¿Por qué lo dices? ¿Porque no tengo un solo palmo de piel que sea mía de verdad? –me levanté la manga de la camisa, aparte de las cicatrices, aún se veían los parches de piel de distinto color–. Oído reconstruido, órganos operados y rastros de heridas de bala y de arma blanca por todos lados. ¡Por suerte ha dejado de caérseme el pelo! –y empecé a comer para no seguir hablando. Estaba irritada y malhumorada, sé que Peeta no tiene la culpa de esto pero no soy capaz de mantener la calma. ¿Por qué he tenido que usar este tono tan agresivo? Me terminé la sopa, ya no podía mantenerme ocupada con nada más.

- No creo que nada de lo que hayas señalado afecte a tu belleza –le miré con los ojos encendidos. ¿Qué? ¿Cómo podía decir eso?

- ¿Qué dices? ¡Pero si tú no me consideras guapa! –me quedé congelada en el acto. Me había delatado. Así que ese era el problema, por eso me había ofuscado tanto con mi físico. Me entraron ganas de llorar. Me levanté y llevé el plato al fregadero, dándole la espalda.

- ¿Por qué dices eso? –por el tono de voz entendí que estaba verdaderamente desconcertado pero no me atreví a responderle. Me sentía demasiado avergonzada– ¿Te he dicho alguna vez lo contrario? –me abracé a mí misma y cerré los ojos con fuerza. ¿Iba a reprochárselo? ¿De verdad iba a hacer algo tan mezquino?– ¿Real o no real? –me presionó.

- Real –dije al fin. Me di la vuelta y vi la intensidad en su mirada. Intentaba entenderme, ¿pero cómo iba a hacerlo? Ni yo misma me había dado cuenta de la raíz del problema hasta ahora–. No te lo reprocho. Pero me hiciste ver lo que soy y… supongo que hoy no es un buen día, eso es todo –volví a la silla. Él seguía dándole vueltas al asunto.

- ¿Cuándo te lo dije? –volví a sentir ganas de llorar. "Vamos Katniss, díselo" me reté a mí misma con amargura.

- Cuando volviste del Capitolio –eso le impactó. ¿Qué había dicho Peeta sobre ser yo misma? Ser yo es horrible. Soy un ser destrozado tanto por dentro como por fuera, que no es ni capaz de ayudar a su… a su amigo.

- Eres muy bella Katniss –dijo serio. Me entraron ganas de reír porque no podía creerle.

- Ya, claro…

- Ese día quise hacerte daño, herirte de verdad –estaba francamente preocupado, con el ceño fruncido–. Te dije muchas cosas horribles y nunca me he disculpado por ello. Perdona, Katniss, no pensaba realmente todo eso –eso me dejó completamente fuera de juego. Sentí una gran presión en el pecho, como si me encontrara de pie al borde de un precipicio.

- No te disculpes, no fue culpa tuya –Peeta alargó el brazo y me cogió la mano.

- Pero te herí –entonces me di cuenta de lo mucho que me habían herido sus palabras ese día.

- Y tenías razón –él negó con la cabeza–. Sí. Tú siempre tuviste una visión distorsionada sobre mí y en esos momentos no tenías ningún sentimiento por mí, de modo que podías ser objetivo por primera vez y tenías razón.

- ¿Objetivo? –se alarmó él–. Katniss por favor, ¿a quién harás caso? ¿A alguien que ya no tiene veneno de rastrevíspulas o a alguien que estaba atado a una camilla? –ahí sí que tenía que darle un poco la razón–. Enamorado o no, eres guapa y tienes una increíble personalidad. No eres un cero a la izquierda como tú crees –luego negó con la cabeza– Sigues sin saber el impacto que causas en los demás… –sus palabras me trasladaron al pasado en ese mismo instante.

Como tantas otras cosas dolorosas en mi vida, había escondido sus palabras en el fondo de mi mente. Pero esas palabras, por muy bien escondidas que estuvieran, siguieron rezumbando dentro de mi cerebro sin saberlo hasta día de hoy. Había necesitado casi más que respirar que Peeta me desmintiera todo eso. Sus palabras calaron hondo en mi alma, calmándome el espíritu poco a poco. Sentí una quemazón en los ojos pero impedí que ninguna lágrima saliera.

- Gracias… –susurré. Peeta me sonrió y sentí mi mundo completo. Él era Peeta, el Peeta que conocía.

- ¿Estás más tranquila? –asentí– Y ahora dime, ¿tú crees que yo soy guapo? –eso me hizo reír de corazón. En una situación así aún le quedaba energía para hacer broma y distraerme.

- Si, mucho, el más guapo de todo el 12 –dije aún entre risas.

- Eso me deja por encima de Haymitch y… ¿quién más? ¿Ese señor del bigote que nos trae los suministros? –dijo sonriendo.

- Lo que te decía, el más guapo del 12.

Si me hubieran dicho que eso no era real me lo hubiera creído. Peeta y yo, después de tanto tiempo, comiendo y riendo juntos. Ni en el mejor de los sueños hubiera podido disfrutar de algo así. Entonces, como si el sueño se volviera pesadilla, todo cambió.

(Suena el himno The Horn of plenty)

La tele se encendió y ambos nos pusimos en guardia. Si había algo que me atemorizaba hasta los huesos era esa melodía. Los recuerdos se dispararon en mi mente y el miedo invadió cada célula de mi cuerpo. Esa canción anunciaba el inicio de las entrevistas, el desfile en carruaje y la lista de los tributos muertos durante la noche. Temía esa música, porque había aprendido que cuando sonaba, solo podía significar que algo horrible estaba a punto de pasar. Con esta música nos anunciaron que participaríamos en el Vasallaje, también anunciaron así nuestras supuestas muertes durante la guerra, momento en el que vi lo que los otros tributos hubieran visto si yo hubiera perecido en la arena. Esa canción me escandalizaba y me ponía los pelos de punta. Snow estaba muerto, pero parecía que su voz iba a sonar en cualquier momento. Panem hoy, Panem mañana, Panem por siempre. Fui un peón en los juegos, luego un peón en la rebelión y ahora, mañana y siempre, una fugitiva en el exilio.

Miré a Peeta, quién desde luego no tenía mejores recuerdos que los míos. Tenía los ojos cerrados. Solo esperaba que no volviera a entrar en crisis. Sobre todo ahora, no después de lo que habíamos conseguido. Por suerte la melodía no duró mucho y alguien empezó a hablar.

La resolución de los prisioneros de guerra se ha hecho efectiva esta misma tarde. Se han dictaminado un total de 651 encarcelamientos con penas desde dos años hasta cuarenta cinco años, 178 cadenas perpetuas y 13 penas de muerte. Katniss Everdeen, también conocida como el Sinsajo, sigue en el exilio. En cuanto al gobierno, los nuevos candidatos del partido son…

La voz siguió hablando pero ya no le presté atención. Me concentré en Peeta que ya había abierto los ojos y que miraba a la pantalla.

Y recuerden, juntos vamos a construir un nuevo Panem más justo y más próspero, buenas noches.

Y volvió a sonar el himno.

- Maldita sea, si ya han cambiado el eslogan, ¿qué les cuesta cambiar el himno? –grité con frustración. Me tapé las orejas.

- Hay una iniciativa para cambiar la ley, pero aún no se ha aprobado –que Peeta participara en la conversación era buena señal.

- Maldito Plutarch, para una cosa que podría hacer…

- No creo que esté dentro de sus prioridades –claro que no, a él solo le interesaba el poder. Me levanté y empecé a recoger la mesa, refunfuñando.

- Y encima han tenido que nombrarme –lo que decía, cuando sonaba ese himno nada bueno podía pasar. Peeta se levantó y trajo su plato al fregadero.

- Esta gente sigue sin poder vivir sin ti –dijo con una media sonrisa y eso me animó. Estaba contenta porque no solo no había tenido otra crisis, sino que se lo estaba tomando con cierto humor.

- Que aprendan entonces.

- Les deseo suerte, porque es difícil –eso me dejó de piedra. ¿Qué había querido decir con eso? Me quedé ahí plantada, sin saber reaccionar, mientras él se servía una mandarina como postre–. ¿Quieres también una? –asentí por inercia.

Nos comimos la fruta en silencio mirando la televisión que se había quedado encendida, pero yo no le hacía caso. Mi cabeza no dejaba de darle vueltas a lo que había dicho. Peeta había vuelto al 12, con Haymitch y conmigo, lo más parecido que tenía a una familia. Pero hubiera podido quedarse en algún otro sitio y prosperar, como había hecho Gale por ejemplo. Pero no, Peeta se sumó al exilio y volvió a su antiguo hogar, a un cementerio, donde no podía prosperar ni dejar atrás su pasado. Haymitch también hubiera podido quedarse en el Capitolio, seguro que habría conseguido algún alto cargo si se lo hubiera propuesto. Pero no, lo echó todo por la borda y se vino aquí conmigo, a un lugar donde no había nada que hacer. Incluso mi madre decidió prosperar y para ello se apartó de mí, dejándome sola en este cementerio. Bueno, sola no. Haymitch y Peeta estaban aquí.

Me empezaron a temblar las manos y tuve que dejar la fruta en la mesa. No sabía definir lo que sentía, pero era una mezcla entre culpabilidad, dolor y un profundo agradecimiento. Sé que esta vida les hace bien, que les proporciona calma y tiempo para sanar sus heridas, pero sobretodo, me di cuenta que la habían escogido por mí, porque yo no puedo vivir en ningún otro lugar y yo, sin ellos, no soy nada.

Me vi arrullada por todo ese cariño y no pude evitar mirar a Peeta con agradecimiento. Si esta era la vida que me tocaba vivir, con Peeta sentado en mi mesa y Haymitch como vecino, había merecido la pena luchar por ella todo este tiempo.

De repente se empezó a escuchar música. Si, música. Había sido una iniciativa por parte de Plutarch y ahora actuaba un pequeño grupo del Distrito 11 que cantaban para ayudar a las familias a sobrellevar el dolor de la pérdida. La música siempre había sido importante para mí porque había formado parte de mi niñez, pero murió con mi padre, por eso la música me transmitía tristeza, aunque también un poco de nostalgia. Tal y como comentamos con Rue en su día, en general se había hecho poco caso al don de la música porque la gente iba tan asfixiada con sus labores que no tenían tiempo ni para eso. Por ese motivo había quedado olvidada para muchos.

Peeta y yo nos quedamos en silencio, apreciando esas nuevas melodías tan distintas de las que conocíamos del 12. Hacía mucho que no escuchaba algo que no fueran las canciones tradicionales que solo se cantaban en eventos concretos como las bodas.

- Me parece una buena iniciativa –comenté moviendo rítmicamente mi pie derecho.

- Si, da gusto oír algo nuevo –nos miramos y compartimos una tímida sonrisa.

Moví mi silla y la acerqué a su lado. Me senté con los pies encima del asiento, con mis brazos rodeando mis rodillas. Peeta reposó su brazo en el respaldo de mi asiento. Y nos quedamos así, calmados, dejando que ese nuevo programa musical calara hondo.

Y para finalizar les dejamos con la emotiva canción "I'll be there" (Estaré ahí) de Hadley Hanson. No se la pierdan y disfrútenla.

Los primeros acordes inmediatamente me cautivaron. Eran dulces y delicados, se trataba de una balada preciosa. Cuando escuché la letra sentí que me rompía por dentro. Era como si alguien le hubiera dado voz a mi desesperación y sufrimiento. Cantaba unas palabras tan dolorosas como ciertas, y lo sabía mejor que nadie porque estaba describiendo mis sentimientos.

El trueno en la noche me mantiene despierta

No me dejes ahora

No me dejes ahora

Miré a Peeta que estaba tan sorprendido y emocionado como yo, porque él también se sentía identificado por la letra; él era quién acudía a mí para apaciguar mis pesadillas en plena noche. Su expresión transmitía dolor y no pude evitar fruncir el entrecejo como él.

Abrázame, como si este fuera el final

Y te prometo que tomaré tu mano

Peeta se levantó y me ofreció su mano. Seguí el impulso, la acepté y dejé que me guiara hasta el medio del salón.

Tuve este sueño, solo éramos tú y yo

Estábamos junto al mar bailando bajo la luna

Guie mis manos hasta sus hombros, él colocó las suyas a ambos lados de mi cintura con delicadeza. De pie, el uno en frente del otro, sentí al acto como me faltaba el aire. Peeta tenía un ligero toque sonrosado en sus mejillas y un brillo especial en sus ojos. Empezamos a bailar. A penas nos movíamos. Solo nos balanceábamos lentamente de un lado al otro. Despacio, sintiendo la calidez del otro y sin apartar la mirada.

Cuando los tiempos se pongan difíciles y necesites a alguien que te ame

Te lo prometo, allí estaré

Todo el mundo había desaparecido. Solo estábamos él y yo en el aquí y ahora, bailando despacio esa balada, diciendo que estábamos allí el uno para el otro cuando lo necesitáramos. Me aferré un poco más fuerte a sus hombros y él me acercó un poco más.

Y cada vez que lloro limpias mis lágrimas hasta que están secas

Te necesito ahora

Te necesito ahora

Le necesitaba, siempre lo había hecho y así se lo había dicho en el Vasallaje. Seguía necesitando a Peeta, era algo tan fácil como eso. Mi mente estaba en blanco, solo podía experimentar con mis sentidos y dejarme llevar por el corazón, que latía tan rápido que hasta dolía.

Tu amor podría curar mil palabras que me cortan hasta los huesos

Por favor ámame ahora

Por favor ámame ahora

Peeta me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y dejó su mano en mi mejilla. Yo puse mi mano encima de la suya y me acerqué a su rostro. Seguíamos moviéndonos despacio. Nuestras narices se rozaron. Cerré los ojos y Peeta me besó.

Cuando los tiempos se pongan difíciles y necesites a alguien que te ame

Te prometo que allí estaré

Me aferré a su cuello y no me solté, incluso después de que la canción dejara de sonar. Peeta tampoco me soltó. Seguíamos balanceándonos con los pies estáticos. Como si la melodía aún siguiera en nuestro interior, hasta que poco a poco nos despertamos de ese sueño y nos detuvimos, aún con las frentes pegadas.

Me dio un último beso antes de abrazarme fuertemente.

- Katniss… –que dijera mi nombre derribó el débil muro que había estado intentando mantener a raya mis sentimientos.

- Te he echado tanto de menos –le confesé sin poder evitarlo con la emoción en mi voz.

- Y yo a ti, solo que no lo entendía –dijo temblando levemente–. Me hicieron creer que no tenía ningún motivo para querer estar contigo. Pero ahora lo entiendo Katniss –se separó para asegurarse de que lo mirara a los ojos–. Solo me convencieron porque me borraron los recuerdos felices y me dejaron con el dolor y el miedo. Pero ahora me acuerdo, ahora lo siento. Pese al dolor y al miedo, tú me hacías feliz, como ahora. El día que manchamos el cuaderno te hice enfadar con un comentario sobre tus modales y entonces tú te abalanzaste sobre mí. Empezamos una pelea de cosquillas y terminamos rodando por el suelo. Lo que tumbó la taza fue tu pie –estaba muy emocionado por haberlo recordado y se me contagió esa emoción y felicidad, no podía dejar de sonreír.

- Peeta… –le cogí la cara con ambas manos, analicé su expresión y su mirada, y entonces lo supe– has vuelto… eres tú, de verdad eres tú –empecé a llorar como una boba y él me apartó las lágrimas con el pulgar, tal y como había dicho la canción– ¿Te quedas conmigo?

- Siempre.

.

.

**NUEVO comentario de la autora 11/03/2022:

HOLAAA! Subí este OneShot originariamente el 25/03/2020 (wow dos años clavados), en plena pandemia, y fue mi primer tímido intento de publicar un fanfic (luego vendrían muchos más). La canción que había escogido en su momento fue "Right Here Waiting" de Richard Marx porque no sabía qué canción poner y busqué una romanticona antigua (un poco a boleo) y pronto empezó a darme un poco de vergüenza pero no me atreví a cambiar la canción hasta hoy por dos motivos: 1) por fin he encontrado la canción perfecta y 2) voy a subir capítulos extra. ¡Así que dadle! -

(Descripción original del post): Al final este oneshort forma parte de una pequeña saga de tres fanfics, así que si queréis leer la continuación se llama "Confesiones" (está completo y se encuentra en mi perfil). Y la tercera y última parte se llama "Los Everdeen-Mellark", también disponible desde mi perfil. También me podéis seguir en Instagram como angela_moiras_art donde subo fanarts y contenido constante de los Juegos del Hambre.

¡Muchas gracias por leer mi fanfic, besos y cuidaos!