Un Oneshot para el Oneshot! Espero que os guste este pequeño capítulo extra.
LA BARBACOA:
- Me apetece hacer una barbacoa –ha vuelto a haber sequía de alcohol y Haymitch está inaguantable.
Después de la guerra Peeta y yo nos habíamos olvidado de nuestro hábito de tener nuestra propia reserva de alcohol para estos casos, así que esta situación nos ha golpeado de pleno y Haymitch, por algún motivo, nos culpa y responsabiliza de ello, así que nos toca aguantarle (eso y que no sabe con qué otra cosa entretenerse, porque su interés por los gansos viene y va).
Desde que hice las paces con Peeta y se mudó a vivir aquí conmigo que hemos estado de bastante mejor humor y hemos empezado a estar activos también, lo que inevitablemente ha captado la atención de nuestro mentor y lo ha llevado a merodear por nuestra casa, a echarse siestas en nuestro sofá, a obligar a Peeta a jugar al ajedrez con él y cosas así. Ahora mismo está en nuestra cocina, observando cómo Peeta prepara unos dulces mientras él se dedica a vaciarnos la despensa.
- ¿Barbacoa? ¿En eso piensas cuando comes azúcar? –se ríe Peeta porque sí, ha estado garrapiñando del saquito de azúcar que Peeta estaba utilizando para el postre. Intento no pensar en Finnick.
- Oh vamos, lo dijiste tú, ¿recuerdas? Cumpleaños, charlas al lado del fuego contando anécdotas sobre los Juegos… –recuerdo vagamente que Peeta planeara algo parecido. Creo que fue mientras estuvimos en la cueva, cuando divagábamos sobre la posibilidad de ganar. Recuerdo que por ese entonces Peeta tenía altas fiebres y sufría alucinaciones. Está más que claro que no estaba en su sano juicio cuando dijo eso.
- ¿Yo? Nunca he dicho eso.
- Ya creo yo que sí –Peeta se detiene y mira a Haymitch tratando de averiguar si lo que le dice es verdad o no. Los primeros juegos quedan demasiado lejos, parece que fueron hace siglos, pero Peeta no los recuerda por eso, sino porque, simplemente, hay una serie de recuerdos que se han perdido para siempre como resultado de la tortura. Decido intervenir antes de que Peeta empiece a sentirse perdido y culpable.
- ¿Y desde cuando quieres tú hablar de los Juegos? –le retraigo con sarcasmo. No es precisamente el mejor de los planes que nos podría proponer.
- ¡Yo solo quiero hacer una barbacoa! –dice exasperado. Suspiro. Es como un niño pequeño y me saca de quicio. Si no fuera por Peeta ya lo habría echado de casa a patadas.
- Haremos una para cenar, ¿estarás contento con eso? –dice Peeta con una paciencia que yo no tengo.
- Me vale –dice con una sonrisa antes de meterse una nueva cucharada de azúcar en la boca. Aparto el saquito de él y lo pongo en el estante. Haymitch me tira la cuchara a modo de queja pero yo la cojo al vuelo y la dejo en el fregadero. Sigo teniendo buenos reflejos y Haymitch demasiada poca fuerza.
- Le estás consintiendo demasiado –le susurro a Peeta. Él se encoje de hombros. No sé qué es peor, consentirle o tenerle todo el día quejándose. En estos momentos en los que me saca de quicio es cuando trato de recordar que somos la única familia que le queda… y la única familia que nos queda a nosotros. Entonces me dirijo a Haymitch un poco más serena–. Pero esta vez vas a colaborar, tú prepararás el fuego y la comida.
- Sí, sí, yo me encargo, no hay problema.
- Más te vale.
Sorprendentemente Haymitch se lo toma muy enserio y se pone manos a la obra: apila unos troncos para hacer la hoguera e incluso pone unos en horizontal a los lados a modo de bancos para que podamos sentarnos. Estoy bastante impresionada por la dedicación que le pone Haymitch (al parecer estaba mucho más que aburrido). Con un poco de optimismo hasta se me ocurre que podríamos dejarlo preparado así por si más adelante nos apetece repetirlo, ya que no tenemos ningún vecino que pueda quejarse por haber preparado esto en medio de la plaza de la Aldea.
Sacamos una mesa a fuera para poder colocar los ingredientes y los cubiertos. Cuando empieza a anochecer ya lo tenemos todo listo y debo confesar que rápidamente se convierte en una de las mejores veladas que hemos compartido nunca con él. Hace un poco de fresco, pero al lado del fuego se está de fábula. El cielo también está despejado y se ven las estrellas. La verdad es que aquí se está la mar de bien.
- Gracias –digo cuando Haymitch me pasa una brocheta que tiene carne y verdura cortada a taquitos.
- Esto se te da muy bien –dice Peeta comiendo de su brocheta. Él también está sorprendido de que nuestro mentor tenga buena mano para esto; normalmente se lo tenemos que hacer todo y es la primera vez que colabora con algo (¡y con tanto entusiasmo!).
- Bueno, supongo que es algo que no se olvida –da un trago a su agua y hace una mueca de desagrado seguido de unos cuantos insultos. Solo hay agua por ahora.
- ¿Algo que no se olvida? –pregunto desconcertada– Jamás te he visto hacer una barbacoa.
- ¿Y solo por eso te crees que lo sabes todo de mí? –dice con burla– Cómo vas a saberlo si ni siquiera habías nacido –eso me conmociona. Antes de que Peeta y yo naciéramos, un mundo en el que nuestros padres eran jóvenes y aún vivían… no me lo puedo imaginar. Antes de decidir si es una buena idea preguntarle al respecto, él nos cuenta su historia–. Mi padre solía hacerlas en días especiales. Era su forma de celebrar cumpleaños o cualquier pequeño logro que hubiéramos podido conseguir mi hermano o yo.
Huelga decir que no sé cuándo es el cumpleaños de Haymitch, pero que nos hable de su padre y su hermano me deja en shock. Solo me habló de ellos una vez para contarme que los habían asesinado junto con su novia cuando volvió al doce como vencedor. Empiezo a preguntarme si no habrá conseguido alcohol de algún modo para haberse atrevido a sacar este tema de conversación. O quizás sea la sobriedad que lo está volviendo loco de verdad.
- No había vuelto a hacer una barbacoa así al aire libre desde entonces… –nos confiesa en voz baja. Ese "entonces" claramente se refiere a cuando aún estaban vivos. La tradición familiar murió junto con sus integrantes. El silencio cae sobre nosotros. No tengo ni la menor idea de qué decir. Haymitch se remueve incómodo en su sitio y se rasca los ojos–. Había olvidado que el fuego te hace sentir nostálgico.
- Mi padre solía contarnos cuentos –la voz de Peeta me pilla completamente desprevenida–. Bueno, no eran cuentos precisamente. Cogía cosas de su vida o historias que había oído cuando era niño y las cambiaba un poco para que resultaran interesantes –estoy maravillada con Peeta y su habilidad por hacer sentir a la gente incluida. Con este comentario ha logrado evitar ese silencio incómodo y no dejar a Haymitch solo con su confesión.
Me siento orgullosa de él hasta que me doy cuenta de algo y es que ahora parece que sea mi turno de hablar. Tengo miedo que recordar a mi padre me provoque un dolor atroz, pero ellos me han confiado sus recuerdos. Suspiro con resignación y accedo a abrirme en esta cálida intimidad que nos confiere el fuego y el cielo estrellado.
- El mío cantaba –eso es algo que tanto Peeta como Haymitch saben, así que me esfuerzo en buscar algo mejor que decir. Algo íntimo, algo que ellos no sepan–. Hay un lago en el bosque, solía llevarme ahí –eso capta la atención de Peeta.
- ¡Así que por eso sabes nadar! –eso me hace reír. Peeta nunca me lo preguntó pero tenía que saber que no aprendí a nadar en la bañera de casa precisamente. Ahora ya lo sabe.
- Mi padre me enseñó todo lo que necesitaba saber para sobrevivir –me detengo un momento antes de añadir–. Le debo la vida.
- En ese caso yo también –dice Peeta, ya que sin mis conocimientos y experiencia nunca habríamos podido sobrevivir en la arena. Haymitch se pone a reír con histerismo.
- Maldita sea, no sé por qué hablamos de esto –empieza a rascarse la cabeza con un tic nervioso. Estoy a punto de decir que es culpa suya por haber sacado el tema cuando Peeta se me adelanta.
- Es simple, hablamos de esto porque los tres somos huérfanos –dice con una triste sonrisa. El silencio vuelve a caer sobre nosotros. Sus palabras me hacen pensar.
- Bueno, no del todo… –digo en un susurro y miro a Haymitch de soslayo. Él ha entendido lo que he querido decir así que niega con la cabeza.
- A mí dejadme tranquilo –da igual que lo niegue. Haymitch solía hacer barbacoas con su familia y hoy ha querido hacer una con nosotros, su nueva familia.
Por fin cambiamos de tema y nos pasamos el resto de la velada hablando de cosas sin importancia como de costumbre, lo que nos relaja a los tres. Incluso hasta reímos un poco. Entonces Haymitch me pide que le pase un poco de pan y yo me levanto para coger un par de hogazas de la mesa. Cuando las tengo en mis manos se me ocurre algo que hace que mi corazón lata con nerviosismo y emoción. Me giro para ver a las dos únicas personas que forman parte de mi vida. Están tranquilos, casi que hasta se podría decir que felices, iluminados por el fuego y bajo un manto estrellado. ¿Por qué no? Tengo todo lo que necesito aquí mismo. Vuelvo a mi sitio en el tronco y cuando le paso a Haymitch su hogaza le cojo de la mano, él me mira y yo le señalo el pan con la barbilla para luego señalar a Peeta con otro movimiento de cabeza. A Haymitch le cuesta entender lo que insinúo pero cuando lo hace abre la boca y los ojos con gran sorpresa. Me pongo un dedo en los labios para indicarle que mantenga silencio y Haymitch empieza a asentir frenéticamente mientas hace esfuerzos por mantener la compostura, aunque empieza a reír por lo bajo. Me vuelvo hacia Peeta que estaba entretenido jugando con el atizador y las brasas. Inspiro profundamente y pongo en marcha este plan improvisado. Es una locura pero quiero hacerlo.
- Toma –le ofrezco el pan y él lo coge sin pensárselo demasiado. Se dispone a ponerlo en el fuego tal y como lleva haciendo toda la noche con el resto de los alimentos, pero le detengo–. Espera –pongo las manos encima de las suyas, sujetando la varilla junto a él. Peeta me mira sin entender porque está claro que no necesita ayuda para tostar nada. No es precisamente una gran tarea y no hay practicidad en coger con cuatro manos algo que puede plantarse en el suelo. Trago saliva antes de pronunciar las siguientes palabras– ¿Lo tostamos juntos?
El corazón me late desbocado, es como si se me fuera a salir del pecho. Un acto tan insignificante como este tiene un gran significado para los del doce, pero Peeta aún no se ha dado cuenta de lo que le estoy proponiendo. Él no me aparta aunque no entiende lo que estoy haciendo. Me mira sin comprender y me veo obligada a señalarle suavemente el pan y él lo mira, como si ahí hubiera la respuesta a mi extraño comportamiento.
Esperar a que lo entienda me está poniendo muy nerviosa y me hace sentir ridícula. Como no lo entienda pronto voy a echarme para atrás. Peeta vuelve a mirarme desconcertado y de repente veo como todas las piezas encajan en su cabeza. Abre los ojos de manera exagerada y siento que se me encienden las mejillas de la vergüenza. Le acabo de proponer matrimonio a Peeta. Así, sin más.
- Bueno, ¿qué dices? –pregunto temblando levemente. Llevamos mucho tiempo de convivencia y nunca había sentido la necesidad de formalizar nada, pero hay algo mágico en esta noche que me ha hecho actuar de manera impulsiva. No me imagino un futuro sin él y dudo que él tenga unos planes muy distintos de los míos, así que me he atrevido a dar este paso.
Peeta se ha quedado sin habla y sin saber reaccionar, está como petrificado. Apuesto que ni en un millón de años se le hubiera pasado por la cabeza que yo podría llegar a proponerle tal cosa. Sin embargo, cuando parece superar el shock inicial, asiente, así que con un poco de vergüenza me pego a su cuerpo y espero que él también se acomode mejor pero no lo hace. En su lugar se tapa la cara con una mano y empieza a temblar.
- ¿Estás bien chico? –pregunta Haymitch. Él no responde.
- ¿Peeta…? –pregunto preocupada. Ahora me arrepiento. Los dos estamos enfermos, él sigue con lagunas y yo con mis pesadillas. ¿Cómo he podido pensar que…? Estoy a punto de decirle que lo olvide cuando aparta la mano para revelar un rostro surcado en lágrimas– Peeta… –repito agobiada. Él suelta la varilla y me abraza fuertemente. Siento cómo sus lágrimas resbalan por mi cuello.
- Te quiero –susurra. Ahora yo también tiemblo tanto como él y también corro el peligro de echarme a llorar. Pega su frente a la mía y me besa–. ¿De verdad quieres casarte conmigo? –me pregunta.
- Sabes que quiero pasar mi vida contigo –digo casi sin aliento. Hemos hablado del futuro, incluso hemos hablado del tipo de familia que queremos tener (que por ahora excluye a los niños). No puede tener ningún tipo de duda con respecto a esto–. Además, esto es solo algo simbólico. Ya vivimos juntos, de hecho es una tontería…
- No es ninguna tontería –se apresura en corregirme– Esto es algo tremendamente importante porque significa que me quieres contigo para siempre –yo frunzo el ceño.
- ¿Y te sorprendes? Es lo que me prometiste, ¿no? –digo como protesta. No será por las miles de veces que yo le he pedido que se quedara conmigo y que él me ha respondido con un "siempre".
- Tienes razón –dice al final y entonces trata de tranquilizarse. Yo le ayudo a limpiarse el rostro. Cuando está un poco más calmado vuelve a coger la varilla, mira al fuego y luego me mira a mí–. ¿Qué hacemos ahora? –pregunta inseguro y nervioso. En general las parejas se hacen promesas como que cuidaran el uno del otro, pero hemos vivido tales miserias juntos y nos hemos salvado la vida mutuamente tantas veces que no creo que sea necesario decir nada. Me encojo de hombros.
- ¿Tostamos el pan? –digo un poco perdida también. Él sonríe. No necesitamos hacer un ostentoso ritual tampoco, con estar juntos nos basta. Vuelve a besarme pero esta vez lo hace lentamente y termina con una sonrisa cómplice. Los dos sonreímos.
Me pasa un brazo por la cintura, abrazándome, y sujetando a la vez la varilla con el pan que vamos a tostar. Lo inclinamos hacia el fuego con solemnidad. Es entonces cuando Haymitch empieza a medio tararear/medio silbar una canción. No se la sabe y solo acierta un par de notas, pero yo la reconozco; es lo que cantábamos en el doce cuando alguien se casaba. Eso nos saca una sonrisa y consigue emocionarme más de lo que me había esperado. Le dedico una mirada de agradecimiento.
Tostamos el pan y la primera hogaza la partimos por la mitad para que podamos comérnosla los dos. La segunda se la damos a Haymitch, el testigo (¿y quizás también el padrino?). Y ya está. Ni grandes fiestas ni celebraciones, solo nuestra pequeña familia sentada alrededor del fuego, eso es todo lo que necesitamos.
Esta noche se convierte en uno de los mejores recuerdos que siempre conservaré y cuando alzo la mirada hacia las estrellas brillantes sé que nuestras familias nos ven desde el cielo y se alegran por nosotros.
.
.
.
**Nota autora: ¡He vuelto! Llevo meses deseando volver a escribir fanfic pero la vida se me ha complicado… ¿os podéis creer que voy a sacar mi propio libro de fantasía juvenil? Parte de mi ausencia se ha debido a eso. Saldrá entre uno y dos meses, y como recompensa por todo el trabajazo y la lucha que he estado haciendo por él, ahora me permito volver a meterme en la piel de Katniss.
Espero que os haya gustado este breve capítulo y si por un casual habláis catalán, me haría una ilusión tremenda que le echarais una ojeada a dicho libro ("La Martina", instagram: angela_aubrams). Tengo ganas de volver a los fanfics así que manteneos atentos a novedades. ¡Os mando un abrazo y un beso enorme!
Angela.
