Cuando Arthur despertó tenía grandes planes, se sentía con verdadera perspectiva. Después de mucho tiempo se encontraba radiante, se dieron cuenta en la oficina. La primera persona que le dijo algo relacionado con su estado de ánimo, fue Sakura.
-Arthur-san, se ve muy contento el día de hoy, ¿ha pasado algo?
-La pregunta es que no ha pasado.
Estuvo de buen humor todo el día, e incluso fue a beber después del trabajo con los compañeros. Estuvo tele trabajando en el instante en el que llegó a casa, le iban a dar un caso de medioambiente para una empresa importante alemana. Para dar a su buen humor un grado más de éxtasis, lo celebró con una London porter, una de sus cervezas favoritas. Esta situación era como una pelota anti estrés, e iba a aprovecharlo.
Por pura curiosidad buscó el nombre de Antonio Fernández Carriedo, sonrió al ver los resultados. Era bailarín de ballet y flamenco, salía bien en las fotos, le gustaba en las que salía de más joven, tenía una sonrisa tímida. Le parecía un hombre sumamente atractivo, le daban ganas de molestarlo, en su venganza se podía complementar el placer. Al fin y al cabo era guapo de joven, pero no se había despertado aún su interés por el género masculino. Para Arthur era matar dos pájaros de un tiro, era una manera de subir su ego, nunca había estado con un hombre tan sumamente atractivo. Mientras pensaba en ello, encontró unos cuantos videos en los que salía bailando, recordó la primera vez que le vio bailar.
En un balcón cerca de la playa, el siempre iba cuando necesitaba pensar, en esos tiempos no paraba de hacerlo. De repente en un balcón de una de esas casas de ricos, a primera línea de playa estaba él, bailaba con una mezcla pasional y salvaje, pero de un momento a otro los movimientos del ballet los convirtieron en una dulzura inexplicable, no podía parar de mirar. Así que no paró lo que los ojos no le permitieron, se sentó de cuclillas en la arena, le gustaba la playa porque en Nottingham no había y nunca había visto la playa más que en fotos. Al verle bailar, se preguntó cómo sería verle más cerca. Quería verle en la playa, para que él fuera el viento que moviese la arena…sus ojos se encontraron y Antonio paró. El hechizo se había disipado, se terminaba la admiración de su danza solo para dar más tirones a la cuerda.
-Con que bailas…
La sonrisa que se formó en los jóvenes labios del rubio no pasó desapercibida para el español. Desde la amplia terraza, la cual estaba a un metro de la playa se podía ver el ceño y sonrojo del castaño, el cual no tenía contestación más que:
-¡Cállate! ¡Ni una puta palabra a nadie!
Arthur sabía de sobras que donde estudiaban era un lugar conservador, no iban a fijarse en que fuese bailarín, iban a retorcerlo de tal forma que se quedaría con la etiqueta de maricón.
-¿Y por qué debería?
Le estaba viendo temblar de rabia y se asomaron lágrimas que de inmediato borro con ayuda de sus manos, estaba paralizado al mismo tiempo. El rubio empezó a sentir pena por Antonio, pero tampoco iba a ser misericordioso o alguna de esas cosas…no le iban, había estado suficiente tiempo aprendiendo las reglas de la calle.
-Hay una solución que nos puede contentar a todos.
Los ojos del andaluz se iluminaron con ese deje de esperanza que tanto le gustaba destrozar.
-¿Cuál…?
-Baila para mí, como una puta.
-¡Y una mierda!
En esos precisos instantes, se marchó sin dar rastro alguno, dando traspiés furiosos que provocaron la risotada de Arthur.
El recuerdo se disipó en la mente del inglés y no pudo evitar sonreír.
Seguía mirando más noticias, aquellas que salían relacionadas a Antonio, le resultaban sumamente divertidas. Y como si de una mina de oro se tratase encontró lo que para él era una delicatesen. Se trataba de la siguiente actuación del bailarín, era en Alemania. Sonrió con suma satisfacción sintiendo que su venganza se intensificaba por momentos. Sintió que la diosa fortuna le había dado uno de sus dados, y que al haberlo tirado, le había tocado su mismo destino. La pesadilla de Antonio estaba llenándose de telarañas que cada vez estaban mejor planificadas en la retorcida mente de Arthur.
La genialidad de lo que podría ser su plan era magnífica bajo el punto de vista del rubio, decidió parar por un momento y dar rienda suelta su trabajo más que a sus pensamientos.
Cuando Antonio despertó, tuvo una gran satisfacción en la que estaba la idea de no haber visto al inglés. Se sintió bien con su Karma aunque realmente no creía en ningún tipo de divinidad ni suertes. Sus ojos y alma se vieron optimistas tras el espejo, tarareo una canción pegadiza española, una flamenca que solía oír en las calles de Granada. Se preparó unas tostadas y un café con leche, cuando de repente llamaron al timbre. Como fuera el cartero comercial, Antonio juraba que no contestaba de sus actos, al abrir la puerta vio a Francis con un deslumbrante traje y sonrisa.
-¿Me echabas de menos?
-Tengo hambre...
Dicho esto el moreno bostezó y fue directo a la cocina para seguir con su desayuno. Francis entro en la casa suspirando de manera exasperada aunque divertida. El rubio se sentó en la encimera de la cocina y sin el permiso del contrario agarró una de las tostadas y se la llevó con delicadeza a la boca. El español removió el café con un fingido letargo, con la esperanza de irritar a su amigo causa de su expresión.
Al ver que no lo conseguía, simplemente suspiró dejando de remover el café a su paso. Arrebató la tostada al rubio y se la comenzó a comer sin miramientos, Francis decidió pasearse por la casa, le gustaba como el español decoraba y como solía cambiar los muebles de sitio.
Los ojos del francés se posaron en la caja del DVD de la chartreuse, sonrió con nostalgia, queriendo ver esos momentos una vez más. Por ello apretó el botón del mando para encenderla, era el capítulo cinco. En la primera escena salía desayunando con su familia después de haber ganado una jugosa cantidad en el casino…amaba ese personaje, era con quien más identificado se sentía de todos los que había interpretado. Al fin y al cabo, el también buscó fortuna propio al margen de su familia.
-Se ve que me echabas de menos…dios me veo tan joven…
-Madre mía si solo tienes treinta y dos-contestó el español con la boca llena.
-Como se nota que aún no has llegado a los treinta mon amie.
Ambos hombres rieron mientras miraban la televisión, Antonio empezó a pronunciar el dialogo de cada uno de los personajes, esto le pareció divertido al francés que decidió seguir con el juego.
-Estuve en el barrio y he hablado con Alphonse…existen más caminos que te llevan a la fe, eso es lo que dijo. Pero no me aclaró el porqué de su regreso.
Francis repitió aquella frase con la entonación y gesticulación perfectas, tan solo para complacer a su amigo, quien en verdad adoraba la serie, tanto que había convencido al rubio para que le dejase ver el trabajo en directo. Francis era incapaz de decirle que no en ese tipo de cosas.
Decidieron apagar la televisión y es que sabía que si terminaban el capítulo, Antonio querría más y no llegarían a salir de la casa, que era la principal razón por la que había venido.
-Ponte la ropa y demos una vuelta, tienes mucho que contarme.
El español hizo caso a su petición. Antonio no era una de esas personas que se arreglaban para salir, aunque teniendo en cuanta que el francés era un quejica que le obligaría a cambiarse de ropa, se esmeró.
-Ya estoy, salgamos.
Antonio vestía sencillo pero con un deje elegante para que el señorito Bonnefoy no se tirase de los pelos.
-Genial, vayamos al jardín botánico.
Sin siquiera dejarle protestar, le agarró de la manga de su chaqueta y salió corriendo al destino. El jardín botánico era un sitio donde habían acordado reflexionar juntos pasase lo que pasase. A ninguno de los dos les gustaba hablar de sentimientos, para ellos era zona neutral. En ese lugar había una serie de reglas y es que sabían que si no hablaban de sus sentimientos explotarían porque eran hombres cabezotas, además al llegar al punto de encuentro para esta en igualdad de condiciones tendrían que hablar ambos, o al menos intentarlo. Es por ese mismo motivo por el que Antonio quería protestar, y es que no le apetecía tener que hablar de su pesadilla. Le parecía demasiado absurdo seguir teniéndole miedo a Arthur, aunque no le tenía miedo…bueno tal vez en ese sueño si…o no…ni el mismo lo sabía. En cualquier caso no quería tener que hablar sobre él.
Cuando llegaron, decidieron ir directamente a la zona tropical, donde aquellas plantas eran custodiadas por una gran cúpula. Mientras paseaban por la estancia, Francis intentaba relajarse con el olor de las flores.
-Felix Faure…ha muerto.
Lo dijo de sopetón, sin florituras ni ningún cambio de voz, más bien era monótona. Ese hombre había sido el protagonista de esa serie, había encarnado a Alphonse y ahora ya no estaba-
-Joder, ¿de qué ha sido?
-Cáncer de pulmón-contestó escueto.
-Tendría unos cincuenta y cuatro.
-Cincuenta y seis-corrigió el francés sin darle importancia.
-Nunca se que decir en estas situaciones.
-Al menos no dices lo siento…
Se quedaron callados durante un buen rato más, dejando que los sonidos les inundasen. Antonio sabía que pronto llegaría su hora, una en la que tendría que expresar una tristeza o nostalgia similar. Hubo un atisbo de suerte para el castaño, y es que aunque le tocaba recitar su soliloquio, Francis hablo por él.
-Caen como moscas, ¿cómo está ese tal Roma?
La pregunta le ponía incómodo aunque menos que las otras declaraciones, así que decidió contestar.
-No lo sé, hace ya unos añitos que no nos hablamos.
-Tendrá los mismos que Felix.
El castaño asintió sin decir nada más, con suerte su costumbre de la zona neutral, se terminaría por hoy. De todas formas no quería tentar a la suerte y decidió seguir un rato más de luto. Lo extraño es que siguieran con aquella tradición, puede que fuera porque era más barato que un psicólogo.
-Nos peleamos hace ya dos tres años, un mes después de conocernos-no supo el porqué había dicho eso, tal vez tenía la necesidad patológica de no poder mantener la boca cerrada.
-Nunca me dijiste el porqué.
Recordaba perfectamente el fin de aquella amistad, empezó con el final de una de sus actuaciones, el viejo Roma, nombre artístico el cual siempre le había recordado al apodo de un símil de Julio César, le visitó entre toda aquella multitud. Estaban en el camerino y había traído vino. Rieron durante un buen rato hasta que se empezaron a volver las cosas serias.
-Has crecido tanto Antonio…mírate…
Antonio se sentía atraído por sus palabras y una punzada apareció en su interior, era como si le dijese que tenía que acercarse. Le abrazó tan profundamente que al final el mayor sostuvo con tanta delicadeza su barbilla que la mirada del castaño se fundió.
Suspiró, sus latidos ya no eran latidos pero vivían en su pecho. Le beso con suma delicadeza, como si fuera el objeto más frágil y pequeño. Aunque solo era un beso, el más joven de los dos encendió todas sus alarmas mentales, lo apartó con toda la furia que sentía cuando se acordaba de…borró ese nombre de su mente y miró a Roma.
-¿Q-qué has…?
-Perdón, lo he malinterpretado, soy demasiado mayor para ti supongo-rió con cierto jovialidad mientras se rellenaba otra copa de vino.
-¡No soy gay!
Se quedaron en un silencio sepulcral, hasta que el mayor rió de forma aún más alegre.
-Te conozco y créeme cuando te digo que se como mirabas a mi nieto Lovino. Perdón por lo que ha pasado Antonio, ha estado fuera de lugar, pero no niegues lo obvio.
Después de esas palabras le dijo que se marchase y que nunca le volviera a hablar. Intentó contactar con Antonio, pero este se cambió el teléfono, para él eran malos recuerdos que no quiso mencionar, entonces simplemente contestó:
-Una montaña de un grano de arena…me debe dinero y nunca me lo quiso devolver.
Arthur quería dejarle al español unos días de descanso, y es que quería organizar su plan a la perfección. Es por ello que en ese momento se dedicó a investigar nuevas formas no solo de tortura psicológica sino sobre su víctima. Su plan se iba deformando cada vez más, pero había una cosa que al capital Kirkland no le faltaba, contactos. Hace al menos unos meses que tuvo que defender a Ivan Braginski, un hombre ruso con unos negocios un tanto dudosos. Le vio una foto junto a Antonio, descubriendo de esa forma que él había sido el productor de varios ballets en Moscú y en otras ciudades de Rusia.
Por unos instantes recordó las últimas palabras en su juicio, cuando ganaron gracias a su trabajo.
El juez finalmente dio el veredicto, era un caso en el que se habían necesitado a una docena de abogados, pero finalmente era Arthur quien quiso representarlo ya que era un tema pantanoso y emocionante. Una vez cada cierto tiempo, le gustaba meterse en casos complicados.
Le habían declarado inocente y se habían retirado los cargos, no recordaba con exactitud de que se trataba la acusación, si blanqueamiento de dinero, posesión de armas…
En el momento en el que el rubio estaba recogiendo sus cosas, Ivan se acercó con una gran sonrisa que aunque amable, no dejaba de inquietarle.
-Has hecho un gran trabajo Da.
Después de esas palabras se le ofreció una tarjeta de color blanca, que no era más que un efecto invernal y es que la tarjeta simplemente era nieve que rodeaba Moscú, en el reverso de la tarjeta había un número de teléfono. La miró durante más tiempo de lo normal, hecho que animó al ruso a continuar hablando.
-Nunca se sabe si es necesario algún favor.
Arthur no pensó que la llegaría a utilizar, pero se necesitaban actores en su teatro de marionetas, e Ivan los tenía de sobra.
Antes de llamar pensó con delicadeza lo que le diría. ¿Tenía que ser discreto, o simplemente ir al grano? Arthur miró detenidamente la tarjeta, en un primer lugar debería haberla tirado cuando se le fue ofrecida, pero era humano y existía el morbo. Después de una larga indecisión decidió que simplemente no se andaría con rodeos. Sabía que Braginski amaba la danza, en especial el ballet, por lo que no le diría la razón oculta, más bien endulzaría los hechos de su llamada. Pulso los botones de su teléfono y espero un total de cinco segundos hasta que finalmente alguien contestó. Era la voz de Ivan, lo que le sorprendió ya que esperaba que alguien le ofreciese la llamada ya que tenía una vida…ocupada.
-Arthur, sabía que llamarías, todos llaman.
Por un instante se imaginó hablando con el mismísimo diablo, por suerte pudo relajarse lo suficiente como para responder.
-¿Conoces a Antonio Fernández Carriedo?
Por un momento el silencio se le hizo eterno y es que el solo hecho de pensar en lo que más adelante tendría que decir, le avergonzaba de sobremanera.
-Da, he producido unas cuantas de sus obras, siempre me trae los mejores resultados.
-He tenido…un pasado con él…la verdad es que estoy enamorado de él.
Se quedaron ambos hombres en silencio durante un tiempo que cada vez era más largo, el inglés estaba asustado, tal vez esta no era la mejor de las ideas.
-Quieres que te ayude ya que también soy quien producirá su obra dentro de un mes…bueno es el favor que has elegido, te ayudaré.
A pesar del tosco acento que dificultaba el entendimiento de su inglés, la alegría que broto en Arthur fue la razón de la sonrisa más grande que había concebido en semanas. Estaba a punto de reír de alegría en esos momentos, pero supo contenerse a tiempo para poder responder a su receptor.
-Gracias, deberíamos de tener un punto de encuentro para hablar de este asunto y…-el rubio estaba hablando rápidamente y de forma atropellada hasta que el ruso le frenó con un pequeño y débil carraspeo.
-Este favor es muy grande ¿sabes? También te tengo que ofrecer un trabajo que te será beneficioso para tu fin.
El inglés simplemente dio un sonido afirmativo, con la esperanza de que continuase, a pesar de que no entraba dentro de sus planes.
-Quiero que seas mi abogado, ni siquiera tendrás que mudarte o dejar tu trabajo, solo tendrás que hacer algún que otro viaje de negocios cuando lo requiera…te pagaré el doble de lo que ganas ahora…quiero a los mejores en mi equipo, y de momento no he visto nada que me haya decepcionado, solo buenos resultados, te dejaré una semana para pensarlo.
-No…yo…si acepto.
-Genial entonces, dentro de unos días te mandaré un mensaje sobre donde nos reuniremos.
La llamada finalizó en ese mismo instante, dejó el teléfono y decidió no tocarlo en lo que quedaba de noche. Quería humillar a Antonio de la misma manera en la que le humillo a él, delante de todo el mundo, pero a diferencia de él, Antonio tendría el corazón roto. Su idea era sencilla, enamorarlo mediante la vida real y someterlo en los sueños, una combinación que a su parecer le resultaba perfecta. Después simplemente le engañaría y obviamente estaría en todos los medios, pero ahí no pararía la cosa ya que seguiría unos meses más atormentándolo en sueños.
Aún recordaba lo que había hecho, delante del salón de actos, cuando tenían que exponer sus trabajos por el día de Europa…negó rápidamente con la cabeza no queriendo estropear su buen humor con aquello.
No pudo evitar ponerse triste, está vez era otro recuerdo distinto queriendo olvidarse del anterior. No era un mal recuerdo del todo, pero de cierta forma aún le perturbaba esos tiempos.
Era su época de quinqui: unos cuantos piercings en las orejas, ropa punk y malas compañías…muy malas compañías.
En su recuerdo estaba sentado en un banco de un parque junto a…no se acordaba, tal vez a día de hoy ni existía. Se estaba liando un cigarro y ese tío le dijo algo de ser camello para una banda. Pensó en su familia, tenía tres hermanos y uno en camino…necesitaban el dinero porque si no estarían jodidos. Tenía unos catorce años, aunque aparentaba menos, por suerte el año siguiente pegaría el estirón haciendo que llegasen algunas rollos esporádicos. Aceptó a los cinco minutos, en un principio solo serían llevar unos paquetes, y aunque obviamente sabía lo que se estaba jugando, no le dio importancia. Al fin y al cabo solo le llevarían al centro de menores o incluso pagar una multa que aunque era cara, le había prometido el chico que se encargaba la banda.
Ahí comenzó el principio del fin durante casi dos años. Nunca le pillaron la mercancía, tuvo suerte en ese sentido, pero en ninguno más.
No sabía si era el recuerdo o la llamada con Ivan, pero no iba a darle ni un solo día de descanso, empezaría esta noche.
El francés supuestamente tenía que venir en una semana, pero había decidido hacerle una visita sorpresa. Eso era lo que le había explicado a Antonio, pero él sabía que en fondo era para alejarse de todo ese sistema burocrático de los funerales. Tampoco se lo había soltado de esa forma al rubio, simplemente no necesitaba mencionarlo porque sus ojos ya se lo decían todo. La gente decía que el español era distraído, eso no era del todo cierto. Simplemente se hacía el tonto, ya que no quería meterse en la vida de la gente, ya tenía suficiente con la suya, solía pensar con amargura.
Hace unos minutos que Francis se había ido de su casa, aunque habían quedado al medio día para comer y ver una nueva exposición sobre los agujeros negros. Siempre que Antonio le pedía ir a alguno de esos sitios, le solía decir que era un rarito, se lo decía de buena gana y por chinchar porque siempre caía. El francés tenía un retorcido sentido del humor queriéndose meter con el castaño.
El castaño dudo poner el capítulo de la chartreuse, pero tenía sueño y hablando de sentimientos en el jardín botánico, no sabía porque le acababa de contar a su amigo un relato sobre su padre.
Actualmente solo tenía contacto con su hermano, encima vivía en Portugal…la relación con su familia siempre había sido complicada. Antonio siempre había querido ser perfecto, sobre todo por la presión que sentía al no haber dejado del todo la danza. Su padre odiaba esa faceta de él, se sentía juzgado cada día, por eso a su vez también intentó interesarse por los deportes e incluso por el bricolaje…aunque es de mención decir que lo último le desagradaba de una forma inexplicable.
A su amigo le contó esa vez en la que a los catorce intentó dejarse el pelo largo como los metaleros, solo quería hacerse una coleta pequeña como la de su hermano mayor, el cual admiraba y veía tan poco. Gilbert le había comentado que podían hacer una banda de rock metal, es más habían comenzado a pensar nombres. Un día cuando volvía del colegio su padre le estaba esperando en el sofá de la entrada.
-Antonio, siéntate.
No le gustaba el tono en el que había dicho su nombre.
-¿Qué tal el colegio?-preguntó su padre cautelosamente.
Por un momento Antonio se sintió aliviado, era simplemente eso, nada más, no había hecho nada malo.
-Gil y yo queremos hacer una banda de rock metal-dijo de forma exageradamente mocionada-hemos pensado en nombres, yo he dicho los tomates furiosos pero Gilbert ha dicho que no tienen nada que ver con el metal.
-Supongo que por eso te estás dejando…eso-de repente el tiempo se paró-pareces una niña, ¿es qué acaso quieres que la gente piense que eres maricón?
Los rasgos de Antonio aún eran un poco aniñados, cosa que le había creado cierto complejo frente a sus compañeros, aunque nada grave. El problema era que su padre aumentaba esa inseguridad casi cada día.
-Padre…yo no quería…
-Córtatela.
-¡Pero me gusta!
-¿Me has elevado la voz?
Se sintió asustado, había sido un auto reflejo, ni siquiera tuvo la intención de gritarle. Antes de que sucediese nada grave, apareció su madre en escena quien se interpuso entre ellos dos.
-Fernando, déjale acaba de volver y…
-Antonio, sube a tu cuarto tu madre y yo vamos a tener una charla de mayores.
Se fue con pasos agigantados, pero no obedeció del todo, se quedó escondido en el marco de la puerta.
-Isabel no me vuelvas a contradecir delante del niño-inmediatamente vio como su madre recibía una bofetada.
El corazón y la respiración se aceleraron y esta vez sí que subió a su cuarto. Se miró en el espejo, estaba llorando de manera silenciosa al igual que los adultos. De forma inmediata agarró unas tijeras y acabó cortándose la coleta. Ese día no quiso hacer absolutamente nada, simplemente se durmió una siesta que esperaba que durase años.
Después de haber tenido que contar aquella información se sentía pesado, cansado y no quería cenar, se le había cerrado el estómago. Solo se recostó cómodamente en su cama, tapándose con más mantas de lo habitual sintiéndose de esa manera algo más protegido.
El sonido de las olas turbio sus pocos pensamientos, volvía a estar en aquel acantilado. No quiso ser presa del pánico, respiro hondo y miro a su alrededor que no había absolutamente nada: ni barcos, ni gente, ni nada…
Tan solo estaba su eterno deseo de descanso, a pesar de aquello consiguió relajarse. Además alejándose del acantilado, encontró una pequeña barca. La observó durante un rato largo y finalmente se encogió de hombros para sí mismo, y se subió. Era una pequeña barca de madera con un par de remos, pero la idea le parecía romántica. Consiguió que la balsa pudiese navegar con seguridad ya que el mar no era bravo.
Después de unos instantes se sintió en una paz relativa aunque no le duró demasiado, y es que apareció un barco pirata, obviamente mil veces más grande que su pobre y diminuta balsa. Se tensó ante la posibilidad de que el ''capitán Kirkland'' estuviese en el barco.
No necesitaba más pensamientos para el día siguiente, y menos cuando había estado en una relajación relativa. Para su suerte era un barco de unos hombres que se autodenominaban marina francesa, para su suerte los últimos años había estado viviendo en Francia. Eran buena gente, incluso habían estado bromeado, le habían prometido dejarle en tierra neutral donde podría encontrar algún sitio donde pasar la noche. Le recordaban a Francis, esa manera tan acaramelada de hablar y esa lentitud con la que le trataba al principio, ya que pensaba que no entendería todas las palabras. La brisa de mar era maravillosa, tal vez después del mes en Alemania debía irse a Cantabria o Galicia…tal vez al País Vasco…necesitaba un lugar fresco y soleado. Seguramente ese era el mensaje del sueño o al menos eso es lo que le gustaría, necesitaría unas vacaciones ya que después de lo de Alemania tendría seis días de descanso e iría a trabajar a…ni se acordaba. Simplemente cerró los ojos y hundió sus pensamientos en la sal y espuma de mar.
Aquel olor se había convertido en pólvora, les atacaban. El sonido de los cañones suscitaba potencia y brutalidad, a Antonio se le paró el corazón.
Arthur estaba nervioso, o encontraba al español… ¿dónde se habría metido aquella rata escurridiza?
Estaba decepcionado por no poder encontrarlo, estaba a punto de tirarse de los pelos, había mirado en el peñón y navegado por la deriva sin rumbo fijo. Se sentía tan enfadado que tuvo la necesidad de hundir el primero de los barcos que viese, la única suerte que se había depositado en el mar, era un barco de la marina francesa. Ahí fue cuando descubrió donde se escondían las ratas, con más ratas.
Estaba su objetivo, maldito Antonio, ¿cómo hacía para caerle bien a todos?
-¡Fuego!
Intento que su grito sonase fuerte y lo había conseguido, podía ver la cara de Antonio transformarse. Quería acabar lo más rápido posible, simplemente hizo que una ola gigante destrozase el barco de esos malditos franceses. No había sido lo más elegante, pero había sido eficaz. Decenas de esos francesitos intentando nadar o protegerse entre las tablas del navío destrozado. Entre toda esa maraña de personas, se encontraba Antonio, intentando no sucumbir a las profundidades marinas.
Obviamente sería el único en ser salvado, sus esqueléticos hombres le subieron al barco, ni siquiera intentaba resistirse, había tragado demasiado agua y estaba cansado.
Cuando lo trajeron al barco comenzó a toser desenfrenadamente, se estaba ahogando sin estar bajo el agua. Cuando paró al fin pudo ver por debajo de él, sus ojos esmeraldas.
Antonio se sentía cohibido estaba casi de rodillas y humilladamente posicionado. Quiso hacer cualquier otra cosa, pero no era capaz de levantarse.
-Venga vamos, levanta… ¿no puedes?-su voz era sarcástica y Antonio no podía hacer nada, se encontraba paralizado-que suerte que sea un caballero.
Agarró de los pelos al español, quien por aquel impulso pudo levantarse. El destino de ambos hombres fue el camarote del rubio quien le tiró al suelo bruscamente. Mientras que el moreno se intentaba incorporar, el rubio se sentó cómodamente en su escritorio, mientras que se servía una copa de ron.
-Cuanto tiempo sin verte…creó que la última vez hiciste un complot para decirle a todo el instituto que era un camello, mi familia pobre y mi madre puta…con pruebas y todo, que detallistas sois los españoles.
Antonio tragó saliva.
-Bu-bueno dicho de esa forma…pues un poquito mal sí que suena.
-Baila como una puta.
-¿Q-qué?
-Te he salvado y me debes un favor…además teniendo en cuenta el pasado que nos procede, cualquier otra persona te torturaría.
Antonio se levantó a duras penas, miró al suelo, no era capaz de mirar a Arthur. Suspiró y fue haciendo vago movimientos de cadera mientras que se quitaba la camisa. Sus toques eran fluidos, simplemente se imaginaba que era uno de esos ballets privados.
-No seas tan elegante anda…quítate los pantalones y luego siéntate-dijo señalando su propio regazo.
El español hizo lo que le habían dicho, de manera obediente se acercó al inglés y con los nervios a flor de piel no fue capaz de sentarse, hasta que el rubio al ver su indecisión lo empujó a sus piernas quedando casi desnudo a excepción de sus calzoncillos. La colocación de las manos del inglés en su trasero le tenso por completo y simplemente bajo la mirada para no verle.
-Sube la cabeza y mírame Anthony.
Así lo hizo encontrándose una sonrisa mordaz entre sus labios, instintivamente rodeó con su brazos los de Arthur mientras que sentía como marcaba el ritmo. Era un trote vago que no era más que una simple forma de aumentar su tortura. La boca inglesa viajó hasta su cuello. Se sentía alarmado y no paraba de temblar.
-Para… ¡Para, para, joder!
Al intentar apartarse cayó al suelo de espaldas. Estaba respirando fuertemente, se sentó y se puso de cuclillas, frotándose fuertemente las partes donde se sentía haber sido profanado. Antonio quería llorar, pero no solía hacerlo delante de la gente, el no quería verse débil y menos en esa situación.
Arthur lo estaba observando, se preguntó así mismo si debería continuar. De inmediato se dio asco por sentirse tan miserable, el necesitaba…consolarse mediante la venganza.
-Deja de hacer el tonto.-dicho esto el rubio se quitó los pantalones y se sacó el miembro medio despierto.
Antonio se arrastró en el suelo para alcanzarle, gracias a este gesto el rubio sonrió de medio lado. Se puso de rodillas frente a él y abrió la boca para tragarse la polla de su acompañante. El rubio suspiró y comenzó a acariciar los cabellos de detrás de la nuca.
-Así, buen chico…
Antonio sentía un cosquilleo en su entrepierna, y los carrillos estaban calientes y sonrojados. Una pequeña parte lo estaba disfrutando, era algo que no había sentido por ninguna mujer.
-Antonio, se nota que no sueles hacer mamadas, no me digas que aún no has salido del armario, my god…para.-Antonio lo hizo sintiéndose terriblemente humillado, como si su profesor le estuviese riñendo- te enseñaré, abre la boca y succiona alrededor con cuidado.
Arthur metió en su boca uno de sus dedos, el castaño hizo lo que le pidió encontrando aquella extraña satisfacción en hacerlo.
-Vas muy bien Antonio, ahora añadamos otro más, así joder lo vas pillando.
Arthur vio el miembro medio duro de su pequeño regalo…que más caballeroso que aliviar su excitación, con su pie descalzó aplastó la polla a través del calzoncillo, provocando que la boca de Antonio se abriese de la pura excitación.
-No he dicho que parases-la sonrisa del anglosajón aumentó notablemente, mientras movía cuidadosamente su pie para que tuviese el mejor de los placeres.
-Per-perdón capitán Kirkland.
-Me gusta…creó que debería ponerte a ti otro como…perra, ¿eres una perra Antonio?
-Sí, soy tu perra-solo de oírse se odiaba, pero se sentía tan libre…además los sueños, sueños son.
-Muy bien, levanta tus caderas y maten la cara en el suelo.
Las órdenes de Arthur fueron escuchadas, a lo que el rubio se posicionó detrás para bajarle el calzoncillo y separar ambas nalgas tan redondas.
-Tu culo es perfecto, me pregunto si apretará tan bien…-dicho esto la lengua del inglés recorrió la entrada del español haciéndole un desastre jadeante y gimiente.
Antonio era incapaz de pensar con claridad, era como si lo hubiese estado deseando toda la vida. A la mierda su padre y todas las veces en las que se había estado reprimiendo.
Su culo temblaba y no paraba de succionar la lengua del pirata haciendo que se cerrase a su alrededor. Sus caderas se movían solas, queriendo tenerle más cerca, por desgracia de un momento a otro se alejó. El agujero de Antonio estaba palpitante y vibrante y su polla goteaba expulsando el líquido pre seminal.
-Capitán Kirkland…porque has parado.
Los ojos de Antonio estaban llorosos y su expresión compungida por el placer era una delicia bajo el criterio de Arthur.
-Toca que me chupes la polla y esta vez bien.
Esta vez Antonio se había esmerado por lo que la mamada resulto satisfactoria para Kirkland.
Cuando estaba a punto de correrse, separo la boca de Antonio de su pene y se corrió en el suelo.
-Lámelo y recuerda en este camarote debes comportarte como tal.
Antonio también se había corrido y se encontraba más lúcido.
-Los sueños, sueños son.
Calló rendido al sueño y cerró los ojos, dejando una curiosa estampa. Arthur la miró por encima del hombro y simplemente sonrió…estos meses de tu vida serán tan buenos que el final será un infierno.
Pues...he hecho este capítulo largo...el final es explícito y eso no mucho que contar. Se va viendo por dónde va la cosa supongo. Me gusta rizar el rizo y salen este tipo de cosas.
9192810: Muchísimas gracias por comentar siempre que puedes, realmente estoy muy contenta con eso. Estoy de acuerdo contigo respecto a los ships, hay tan poco nedspa que bueno te acabas inclinando por otro tipo de cosas. Y gracias por apreciar el contenido de la historia, me alegra que te resulte interesante.
XxArthurxX: Muchas gracias por comentar, me pone muy contenta. Estoy de acuerdo contigo un poco de sufrimiento nunca viene mal. Sobretodo cuando lo escribes, es raramente satisfactorio.
