Cuando Arthur llegó a casa no se imagino encontrar a Dylan hurgando en su cuarto, menos cuando se había independizado hace relativamente poco.

Dylan había conseguido un trabajo en la construcción después de haber terminado los estudios, de todas formas tampoco podía aspirar a más por los pocos recursos económicos de la familia.

Ciarán se había ido a Irlanda con la novia que ya tenía trabajo. Las últimas noticias de él son que había conseguido un trabajo como reponedor y que con el dinero, lentamente estaba completando un curso de auxiliar de enfermería. Siguiendo repasando la lista de los hermanos Kirkland, Scott jugaba en un equipo de fútbol que subiría a primera…ni le importaba. Lo único que sabía era que dentro de unos meses se tendría que ir a Bristol. Y bueno el pequeño de la familia, del que siempre decían lo listo que era, se había vuelto un camello.

Dylan pensaba que en unos pocos años trabajando en la construcción podría ahorrar y pagarse alguna universidad online. Pero eso era mucho soñar, y lo descubrió al convertirse en "adulto". De cierta manera, se sentía un fracasado. Vale que tenía trabajo y si, ninguno de sus amigos había podido pagarse la universidad, pero habían podido pagarse algún curso de empresariales. Ciarán tenía la ayuda de su novia, pero él no tenía a nadie. Compartía piso con otro de la construcción, inmigrante, buena gente. Se dijo que tal vez podía hacer lo mismo, es decir, su hermano lo había hecho y Abdul también ¿Por qué el no?

No decía de irse a la Conchinchina, tal vez a la capital donde había mejores sueldos o incluso a algún pueblecito pequeño…había visto anuncios de trabajo en el periódico para ayudar en una granja. Eran siete mil libras más, y aunque pareciese poco un pueblo siempre era más barato que una ciudad. Lo pensó, pero siempre se achantaba en el último momento. Y un día dejó simplemente de intentarlo, porque descubrió algo que seguramente no había en ese pueblo, a la hermana de Abdul. Una pena que esa misma mujer de piernas largas, ojos oscuros y atigrados y sonrisa tímida le metiese en los porros, luego en el LSD y finalmente en la cocaína.

Y otra pena más grande descubrir que le iba a salir rentable el viaje teniendo a un hermano que la vendía.

La primera vez le dijo que era para un amigo y que le salvaba la vida, Arthur a veces era muy imbécil se decía él. Luego le dijo que se tomaba uno de vez en cuando, que la espalda le estaba matando de cargar los sacos del cemento. Al final no necesitaba excusas, su nueva novia se lo pedía: que si hacer el amor con LSD, que si tomarse uno los tres juntos…

Y si les llegaba para la cocaína era como Navidad, al fin y al cabo era blanca como la nieve. Su pequeño hermanito se la dejaba a mitad de precio o incluso gratis, un poco de coacción o de chantaje emocional que siempre funcionaba.

-Dylan…

El nombrado se sobresaltó, pero vio que era su hermano y una ola de tranquilidad se instaló en él. Por poco tiempo, que el mono no se le pasaba tan fácilmente.

-Oh…Arthur te estaba buscando…n-no tendrás nada por aquí ¿verdad?

El rubio estaba callado, no quería darle más. Al principio no había visto los efectos de la droga, que no era tonto que sabía que existían, pero por Dios, ¡qué era Dylan! el que no tomaba alcohol, el que estuvo ayudándole con sus deberes de plástica, quien se aliaba con él contra las bromas de Scott…

-Acabo de volver, ya sabes del trabajo y no me queda más- sus ojos no querían mirarle, a veces su hermano le daba miedo.

El mayor de los dos sabía que le estaba mintiendo, no quería ponerse agresivo así que simplemente jugó su mejor carta.

-¿Te acuerdas cuando le hicimos a mamá el dibujo del conejo verde?-al ver que no respondía decidió seguir con su diálogo-no me acuerdo como se llamaba, pero Scott, Ciarán y yo nos metíamos contigo, tampoco sabías dibujar y entonces llorabas más. Al final, terminé ayudándote para que dejaras de hacerlo.

-Se llamaba flying mint bunny-fue lo único que pudo decir, y aún así se sentenció.

-No lo parece pero, estoy haciendo esto por mamá, la semana que viene iré a un centro de desintoxicación…pero lo necesito, si lo dejase de golpe sería muy peligroso, solo una pequeña dosis, no creo poder llegar a casa…entre mi estado y la espalda…es necesidad para ir quitándomelo poco a poco.

Arthur estaba a punto de llorar, sabía que si dejaba de tomar tan drásticamente podría darle un ataque.

-Arthur, quiero dejarlo ¿es qué tú no quieres? Si te lo pido a ti es porque sé que me vas a dar una muy baja dosis…lo suficiente para aguantar la semana que viene y tener fuerzas. Solo…bueno…te quiero y sé que por esa razón me la darás, por que se que tienes el suficiente corazón para no dejar a tu hermano con el mono en medio de una fría noche.

Arthur estaba temblando, juraba que si tuviese ganas de mear se hubiera orinado ahí mismo, si a sus catorce añazos. De todas formas tenía cristal en su bolsillo, 5 gramos, 169 libras aproximadamente…podía cogerle dinero a su madre. Sabía que él no tendría, y por desgracia no quería sumarle una deuda más, en especial con la mafia.

Así que lo hizo, se lo dio.


La partida se estaba alargando más de lo que ambos habían predicho, pero de repente Antonio comprendió (a su manera) porque Arthur quería jugar una y otra vez. No debía olvidar que estaba jugando contra él mismo. Tragó saliva y supo lo que tenía que hacer, alargar la partida hasta despertarse. Debía hacerlo, tenía que pensar en excesiva sus movimientos y a la vez no parecer sospechoso… ¿pero para quién?

Y sin más perdió, porque del miedo se estaba distrayendo y ese era desde el principio el plan de Arthur. Torturarle un poco porque ver como el nerviosismo crecía en él, le recordaba a lo patético que había sido su hermano. Era una forma en el presente de decirle que no en el pasado. Antonio se alejó como pudo, no podía ser la presa. Siempre lo era y no quería serlo, intentó no hiperventilar, pero fue incapaz. Y se vio de nuevo en la primera vez que vio a Arthur después de tanto tiempo. Aquí no estaba su gentileza, era un cabronazo. Mejor dicho, el lo era.

Tal vez lo más espeluznante de la situación fue que Arthur no se acercaba, le veía desde lo lejos sonriente. Solo le faltaba una copa de vino y sería cualquier villano promedio de las películas de las dos de la tarde.

-Anthony, no puedes escaparte.

Su sentencia era fría y terriblemente calculada, como si lo hubiese dicho mil y una veces.

-Cuando te despiertes estaré ahí, cuando te duermas estaré aquí y cuando te mires en el espejo recordarás que te estoy esperando, ¿y sabes lo peor? Que le quieres y no te lo mereces, te estás haciendo esto a ti mismo porque quieres que te trate así ¿verdad? Aún no te lo crees, que estéis juntos, porque sabes que eres una mala persona. Tal vez no ahora, pero si antes…todavía no entiendes nada…-el Arthur de su sueño estaba a punto de llorar pero su voz era suave, demasiado-cada vez que estés solo, estaré contigo por que como bien dijiste, soy tu subconsciente.

Y de golpe se despertó, llorando a las seis de la mañana, abrazando a la almohada. Dio gracias a que el británico no se encontraba con él. Se sentía tremendamente patético y en todo su cuerpo había una sensación de malestar de pena y asco por el mismo. Er muy fácil pensar en respirar y tan difícil hacerlo que lo único que pensó fue en darse una ducha. Tenía que esperar a que el agua estuviese mínimamente caliente, es decir, estaba en Suecia. Hacía mucho frío y temblaba y estaba llorando y…ya no sabía que más de decir o pensar. Se metió en la ducha y pareció tranquilizarse por unos momentos. Cuando salió había pasado unos quince minutos, no creía que Arthur estuviese despierto. Quería que su Arthur le dijese que todo era mentira, un mal sueño…unos malos sueños que desaparecerían, luego le abrazaría y puede que le acariciase sus cabellos chocolates.

Hacía ya unos días que había terminado el trabajo, querían hacerle unas fotos dentro de unos días. Para no se qué revista, no era la primera vez que le hacían una sesión pero el fotógrafo era famoso y le había elegido a él y no sé que más historias le había dicho Ivan. Cuando por fin el reloj marcó las ocho, decidió llamar al inglés, necesitaba oír su voz.

-Artie ¿te he despertado?

El rubio rió y negó, preguntando a que venía su llamada.

-Ya sabes, para saber qué quieres hacer esta noche para tu sorpresa y eso…

-Bueno hay un concierto de heavy metal en el parque, pero no sé si te gustará.

-Es tu día.

-Pero me acuerdo de que te quedabas de morros cuando Jaõa la ponía, me lo contó él.

-Eso es porque era Jaõa, además puedes enseñarme lo que te gusta.

-Vale y luego cenamos en tu casa.

-Y te doy mi sorpresa…

El tono de voz de Antonio era sugerente, tanto que proporciono un débil escalofrío a toda su columna vertebral. La charla no fue a mucho más unas cuantas carantoñas y un nos veremos a las cinco. Un concierto al aire libre…tal vez le serviría para despejarse, es más podía ser divertido. Aunque no tenía nada de ropa que pegase con la estética del concierto, es decir, el no era ni de punk ni heavy ni dead metal…el rock suave estaba bienvenido en su repertorio, más que nada porque no le taladraba los oídos. Al ver su armario encontró un suéter de color negro y como tampoco había más repertorio lo eligió.

Paso el resto del mediodía tranquilamente, viendo las noticias. Por casualidad vio un mensaje de su hermano que le preguntaba qué día iría a Portugal. Al final se llamaron por teléfono y estuvieron hablando un rato. Al parecer el mayor de ambos quería que le trajese algún recuerdo de Suecia como regalo, un imán o algo así. Antonio rió y le dijo que no iba a ser tan cutre para que eso fuese su regalo. Al despedirse, el moreno se dio cuenta de que en media hora llegaría el rubio. Con un poco de pena al abandonar el sofá se vistió con el suéter unos vaqueros que se había comprado con Francis, más bien le había obligado a comprarlos. Por un momento se miró en el espejo del baño y recordó las palabras de su subconsciente. Respiró y decidió ser valiente, ahora el verdadero Arthur estaría con él.

Poco después sonó el timbre, Arthur estaba apoyado en una de las paredes, vestido como uno de sus punks ingleses. Antonio abrió los ojos sorprendido, no es que no le gustase, al revés, le encantaba. De una retorcida manera le daba algo de morbo.

-Antonio, vamos a parecer la típica pareja del niño bueno que sale con el tipo de tío que odia su familia.

La broma cumplió su propósito y pasearon por el parque hasta que el reloj dio las siete, la hora de la cena en Inglaterra. El español estaba acostumbrado al horario europeo, aun así prefería mil veces el suyo y por supuesto quien entraba en su casa debía adaptarse a sus horarios. Su casa era como la embajada, territorio español. Terminaron relativamente pronto, aunque la sobre mesa se alargó hasta que prácticamente ya había empezado el concierto. Se oía desde kilometro de distancia o esa era la sensación que tenía Antonio, había mucha gente y el castaño se sintió cohibido. El rubio le dio la mano mientras gritaba la letra de la canción. No era capaz de reconocer ninguna de las canciones, pero le parecía curioso el comportamiento de Arthur. Muy pocas veces perdía los estribos impulsado por su pasión y eso era algo que le estaba encantando.

A mitad del concierto, el ritmo fuerte y grotesco de la música se transformo en una suave y dulce balada, que si que la canción estaba en inglés y no la entendía del todo, pero se sonrojo. Por un instante las palabras: love, world, sex, anarchy... inundaban sus oídos y su significado se relacionaba con la vida que tenía con Arthur.

El abogado le estaba leyendo la mente, le abrazó por detrás, apoyando su barbilla en su hombro y meciendo sus cuerpos al ritmo de la melodía. Antonio intento aparcar sus ansias, pero ya no podía más. Giró su cuerpo hasta que se vieron de frente, ambas esmeraldas eran incapaces de dejar su brillo. Acercó su voz a sus oídos y le dijo "Artie, estoy muy caliente vayamos a algún lado" o algo por el estilo.

EL británico se sonrojo hasta las orejas, como si su atuendo juvenil le transportase a esos inexpertos años. En su defensa, el hombre que tenía en frente era el mismísimo David. Al ver que no reaccionaba, le guió hasta unos matorrales y empezó a besarle ferozmente. El rubio no reaccionaba del todo, estaba bastante ido y sin más, se encontró con los pantalones bajados y la boca de Antonio en su polla. Estaba más que despierta y dispuesta a ser atendida. Ninguno de los dos tenía noción del tiempo, de repente el castaño estaba llevándose todo el miembro a la boca, y a su vez el inglés agarraba esos mechones chocolates para así facilitarle la tarea. Se corrió, no sabía si había sido demasiado rápido o no, seguramente sí. Veía los jadeos de su compañero, tan dulces como la balada que les había impulsado a tener semejante impulso.

Fueron rápidamente a casa, besándose por el camina con mucha prisa pero sin ninguna pausa. Llegaron a la casa del moreno y cuando fueron a la habitación lo primero que hizo Antonio fue quitarle la camiseta y acariciar su tatuaje. Arthur no queriendo quedarse atrás, empezó a toquetear su pene. Parando de alguna manera la invasión española por todo su cuerpo.

-Hmm, sigue…

Continuo masajeado el palpitante miembro que tenía entre sus manos y finalmente esa prende de ropa desapareció, seguida del suéter. El castaño se abalanzó a esa piel blanca, mordiéndola y marcándola como huellas de su viaje por ese nuevo mundo que era su cuerpo. Arthur rió, que bruto era…le encantaba que lo fuese. Amasó su culo para llevarlo más cerca y besarlo. Nunca paraban porque siempre había nuevos territorios disponibles como los rosados pezones del castaños o la amplia espalda del rubio, lista para ser marcada por sus arañazos. La hora de la verdad estaba vigente en sus ojos, acercando uno de sus dedos a la entrada del bailarín.

-Espera.

-Dime.

-Nada, creo que puedo seguir.

Su sonrisa era apurada, después del tercero dedo no se había podido relajar. La tensión estaba creciendo en su cuerpo, además del dolor. Recordó la vez que lo había hecho en el barco y de repente vio lo parecida que era la posición que estaban tomando. El encima, desprotegido ante su inmensa mirada.

Mierda, estaba hiperventilando. Esperaba con todo su corazón que no se notase. Eres una perra, eres una perra, solo te quiere para eso Antonio. Das tanto asco que has soñado con este tipo de cosas sin siquiera haberlo visto en persona. Las lágrimas estaban acumulándose, siendo malinterpretadas por placer. Y justo cuando iba a meterle el miembro vio a sus subconsciente, sonriéndole y susurrándole lo inútil que era, para lo poco que servía. Grito sin poder evitarlo, se apartó cayendo de culo. Otro recuerdo del barco cuando al querer apartarse cayó, terminando siendo lo que estaba avergonzándole. Arthur le estaba mirando confuso y su mirada se estaba asustando.

-Antoni…

No termino. Su voz se había roto al ver como las lágrimas y temblores le estaban provocando tics nerviosos. De sus labios solo salían sonidos ahogados que evitaban su respiración. Antonio necesitaba taparse, o al menos limpiarse de cualquier manera. Murmuraba insultos dirigidos a su propia persona, Arthur le trajo agua pero la tiró.

-Vete… ¡Vete, vete!

No quería dejarle así, estaba a punto de llamar a urgencias pero el castaño negó con la cabeza. Solo se fue, antes de nada dejó un vaso de agua al lado de su cuerpo y la tapó con una manta para que no cogiese frío. ¿Qué más podía hacer? Todo esto era su culpa, le había convertido en alguien que no era él. No podía diferenciarse de cualquier irresponsable. Cuando salió de su piso lloró para el mismo, hasta su casa.

Y ahí comprendió que no quería verle así nunca más.

Al volver a su piso, el gato le esperaba. Ambos se miraron y parecían decirse no nos caemos bien, pero me la debes. Y así instantáneamente se sentó en el sofá y en regazo gato.

-No me merezco un gato como tú. Tampoco a él, pero puedo convertirme en algo que se merece.

Por una vez ambos estaban de acuerdo.


Habían pasado dos días, a esas alturas Arthur no esperaba que le contestase. No quería agobiarle, es más, no había vuelto a aparecer en sus sueños. Más bien le había dejado a sus anchas, viendo desde lo lejos y escondido como jugaba con las flores. Sin duda una bonita estampa.

Le había escrito preguntándole como estaba. Un escueto mejor y un necesito pensar fueron suficientes para apagar levemente sus esperanzas.

Las agujas del reloj eran infernales y más lo fue el sonido del timbre después de comer. Parecía que el mundo estaba hecho para hurgar en sus heridas y el a estas alturas estaba harto de lamérselas, aunque claro está que se lo merecía. Pero en su puerta estaba Antonio, con su timidez y esos ojitos tristes. Estaba bloqueado, porque la vida le estaba dando demasiadas oportunidades y no se veía capaz de aprovecharlas. Venga di algo, es lo que decía su mente. Pero ahí estaba, boqueando como un pez fuera del agua, con cara de estúpido.

El español le abrazó dando por fin el primer paso. Se sentaron en el sofá y el castaño fue capaz de contarle de pe a pa sus sueños y miedos, lo que le había pasado, sus inquietudes…

Sobre todo su miedo a dormir. Cuando mencionó eso Arthur decidió que era la hora, la hora de hacer algo que valiese la pena.

-Pues vas a dormir.

-Arti…no es la mejor de las ideas, la última vez que tuve una pesadilla me desperté llorando.

Su mirada fue directamente al suelo.

-Esta vez te protegeré. Dormiré junto a ti, te abrazare y si hace falta me despiertas.

A regañadientes Antonio aceptó su propuesta, tumbándose en la cama y a su vera Arthur. Al principio no dormía, pero las caricias y masajes en su cabello le hicieron cerrar los ojos y apoyarse cómodamente en el pecho de su compañero.

Efectivamente ahí estaba, Antonio dio un paso atrás pero Arthur puso sus manos arriba en son de paz. El castaño paró y dejo que se acercase, poso sus brazos en sus hombros para acercarlo y finalmente le abrazó.

-Desde ahora te protegeré, viajaremos, haremos lo que quieras. Has ganado, yo soy tuyo y tu eres libre.

Antonio aún no podía creerse lo que estaba sucediendo. Habían ido a las playas más bonitas, jugando con el agua observando a las sirenas, sus cabellos, la espuma de mar. Huían de sus enemigos de forma cómplice de la mano y riendo. Vieron el atardecer, un páramo lleno de mariposas y ruiseñores.

Al despertarse el británico ya estaba despierto con una sonrisa ladina y observándole. Las mejillas del castaño estaban sonrojadas, bañadas en el rubor de la más pura felicidad. Se acomodó mejor en su pecho, para esconder su rostro y su sonrisa inevitable. El rubio rió, notando el relieve de sus labios.

-Puedo oír los latidos de tu corazón-dijo Arthur.

-Cállate…

No era una orden, solo un juego previo, una manera de seguir con su oración.

-Ha sido el mejor sueño, gracias por protegerme.

Y Arthur no contestó, simplemente acarició su espalda.


Ambos hombres estaban riendo, sus últimos días en Suecia se aproximaban y pronto sería Navidad. Eso significaba que se separaría en un largo periodo de tiempo.

Arthur tendría que volver con su familia y Antonio se iría a Portugal. Aún así prometieron quedar para comerse juntos las uvas. El español tuvo que explicarle que era esa tradición. Se había puesto muy pesadito, que si los deseos y la buena suerte y bla bla bla…y luego le dijo que llevaría ropa interior roja y ahí fue cuando se interesó por la tradición.

Su último día juntos hasta año nuevo fue perezoso, no salieron de casa. Arthur ya había tenido suficiente teniendo que acompañar a su novio a esa sesión de fotos. Habían liado a Antonio para hacer unas fotos de más, estas en ropa interior. Cada vez que lo veía en persona se reafirmaban sus creencias. Era el mejor culo que había visto en su vida.

Estuvieron jugando a las cartas, el español le había enseñado a jugar al rabino. Unas las ganaba uno y otras el otro, pero había descubierto que Antonio era tremendamente competitivo. Le gustaba ver como se picaba, es más, había comenzado a hacer trampa solo para verle de esa manera.

Y se despidieron en el aeropuerto con un beso, uno de esos de películas americanas. Ambos las odiaban pero no pudieron evitar copiar ese acto.


Dino890: He sobrevivido, eso es lo importante xd. Bueno esto es parte de un regalo de Navidad, aunque soy tan friki que prefiero Saturnalia...es lo que tiene estudiar latín. Bueno, a estas alturas espero que en el siguiente capítulo lleguen a más. Tampoco me parecía justo que Antonio estuviese como una rosa, cuando lo siento por mucha pena que me dé es imposible. Pero oye, al menos he intentado que Arthur recapacite y creo que ya se ve por dónde van los tiros en su pasado. Espero que pases unas felices fiestas.

También a quien le la historia y ale aquí está.