Capítulo 2: Un departamento en la gran ciudad

-¡No hay duda, es bueno!- Kagome se felicitó a sí misma.

Se mordió los nudillos mientras seguía llorando. Respiró profundamente, obligándose a controlarse, sorbió la nariz y tecleo en su vieja máquina de escribir: "El fin"

Ahora sí, era oficial, había terminado el libro.

Se quitó los audífonos de diadema de la cabeza, que al igual que su máquina de escribir, ya estaban muy obsoletos; otro artefacto que su editora había insistido en suplir por unos más modernos. "Enserio Kagome, luces como la princesa Leia". No había estado escuchando música pero le servían para alejar el ruido y concentrarse en su escrito.

Sacó la hoja de papel recién terminada de la máquina con extremo cuidado y la colocó boca abajo sobre las otras seiscientas treinta y dos, exactas.

Se giró en su silla para alcanzar un botecito de aluminio que alguna vez había contenido galletas de navidad, pero ahora tenía una función de guarda pañuelos, y es que en esa casa sí que se usaban en masa. Miró en su interior pero ya estaba vacío.

Kagome solía emocionarse mucho con las películas de drama y romance, daban justo en el clavo para ella, por eso se necesitaban de muchos pañuelos para poder componer el desastre lloroso en el que se transformaba.

Exhaló disgustada y con trabajo por su taponeada nariz. Se puso de pie y se dirigió al baño, donde tampoco había papel higiénico, solo quedaba el cilindro de cartón al final de la larga tira enrollada. Volvió a respirar, pero esta vez por la boca, la mucosa excesiva en sus vías nasales impedía el paso del aire.

En el espejo del baño había tantas notas recordatorias, que ya era casi imposible mirar tu reflejo, pues quedaba oculto bajo estas. Tomó una que le llamó la atención:

"Desayuno con Eri la mañana del sábado"

¿Qué día era hoy? ¿Viernes? Sí eso debía ser, la última vez que miró el calendario fue hace dos días y fue en miércoles.

Se llevó con ella la nota, arrancándola del espejo y salió del baño hacia un nuevo destino en su apartamento.

Ignoró los premios y espectaculares de las portadas de sus libros que decoraban las paredes rosadas de su modesto hogar. Hace tiempo que se había acostumbrado a tenerlos a su alrededor sin sentirse tremendamente orgullosa solo con verlos, en especial su reconocimiento a nombre de Kagome Higurashi, que la hacía miembro de una gran sociedad de escritores de romance en Nueva York. Y su padre decía que no triunfaría cuando se marchó de Japón.

Fue hasta la cocina y se acercó a la encimera, dejó caer el brazo que había extendido al servilletero decepcionada, también estaba vacío.

Cerca del frigorífico también había un espejo lleno de notas, solo que en este estaban las más urgentes y uno podía admirar su reflejo, pero el de Kagome no le pareció el mejor en ese momento.

Tenía los ojos hinchados y rojos por el llanto, estaba despeinada y no había tomado una ducha desde el… ¿martes?

¡Maldición!, en esos momentos era cuando se daba cuenta de que tal vez su hermana y Eri tenían un poco de razón respecto a su comportamiento ermitaño.

Llevaba puesta una gigantesca playera a cuadros escoceses y un par de feas calcetas grises que le llegaban hasta las rodillas, que vergüenza. Por suerte, poco de eso le importaba cuando estaba escribiendo, pero al volver al mundo real se sentía ridícula.

En el espejo había una nota que le llamo la atención, y parecía que estaba diseñada justamente para eso, pues tenía unas enormes letras en tinta roja y era de un tamaño mayor al de las demás.

La nota ponía: "COMPRAR PAPEL HIGIÉNICO, SERVILLETAS Y PAÑUELOS"

Vaya desagradable coincidencia. Arrancó la nota, se la llevó a la nariz y soplo en ella con fuerza.

La puerta que daba al recibidor se abrió detrás de ella, mientras terminaba de limpiarse la nariz.

-He terminado, cariño, ¿te gustaría celebrar?- preguntó aparentemente a la nada.

Se dio la vuelta y miró a su querido gato.

Buyo maulló como si estuviera aceptando la oferta.

-A mí también me gustaría- finalizó Kagome la charla imaginaria.

Encendió la fogata que casi nunca se usaba en la sala junto con un par de velas.

También preparó un plato de atún especial para su mascota, se esmeró, sí hasta le puso una ramita de hierbabuena encima para hacerlo algo gourmet. Lo sirvió en un palto de su única vajilla.

Volvió a la sala de estar y colocó el plato en la pequeña mesita de centro, el gato corrió a por su comida de inmediato.

-Eso es, oye es el mejor, querido. No escatimo en gastos cuando celebro algo- acarició al gato detrás de las orejas mientras le hablaba.

Dejó a su mascota comiendo y volvió a la cocina por una pequeña botella de alcohol de su colección, todas pequeñas.

Al ver que no podía desenroscar la tapa, fue por sus mejores amigas: las pinzas de presión. La verdad, ni siquiera supo por que intentó abrirla con las manos desnudas, tal vez se le olvidó que nunca había podido lograrlo.

Eligió una copa de su colección, y solo llenó un cuarto de su capacidad total con la bebida de la botellita.

Finalmente regresó a su sala por la compañía de su mascota. Se acomodó en su sillón blanco y tumo su lugar frente a su gato, que ya estaba por terminar su comida.

Dos carteles publicitarios estaban recargados en el muro detrás de Buyo, eran de su primer libro publicado. Eso fue hace más de cuatro años y aún recordaba a detalle la entrevista televisada que le habían hecho cuando su primer volumen se había convertido en best seller.

Ambos carteles habían sido contrincantes por la portada del libro. El primero era un sencillo paisaje desértico con dos amantes abrazados frente a una puesta de sol; el segundo no era mucho más que el anterior. En este se veía la silueta de un hombre (una sombra), llevaba sombrero vaquero y se deducía que era alto y fuerte.

Ambos le gustaban mucho y por eso los había conservado. Sin embargo, Kagome se había decidido por la primera opción. A pesar de lo mucho que le gustaba la silueta de Jessie, le resultaba casi doloroso de ver.

-Está mirándote Jessie,- le dijo al hombre del cartel, - o quien quiera que seas-

Kagome se rio de su ocurrencia. Extendió su copa hacía la figura negra del hombre y luego se la bebió de un solo trago. De inmediato el alcohol quemó su garganta y la hizo marearse.

Una vez algo recuperada, miró hacia el fuego de la chimenea y arrojó la copa a los troncos que ardían. Tal vez un arranque de diversión y de deseo por la rebeldía la impulsó, y lanzó también el plato en el que estaba cenando Buyo en cuanto el gato terminó, claro está.

Kagome miró los trozos de cristal y porcelana esparcidos por el suelo, tendría que recogerlos después. La sonrisa que tenía un momento atrás se deshizo de inmediato al darse cuenta de que en realidad se arrepentía de haber jugado al lanzamiento de disco con sus pertenencias.

Odiaba eso, ya estaba hecho y no había motivos para preocuparse. Pero la verdad era que no podía dejar de pensar de más las cosas. Quería una vida en la que no tuviera que preocuparse por pagar el agua o la renta, hacer solo lo que quisiera sin pensar en lo demás.

Amaba escribir sus libros, pero la hacía sentirse tan miserable algunas veces.

Envidiaba la manera en la que sus personajes tenían aventuras y romances, sin importarles que o quien se entregaban el uno al otro y luchaban por estar juntos.

Kagome no podía aspirar a algo como eso, a una vida como esa, por eso se deprimía cuando pensaba en eso y se decidía para poder brindarle a sus lectores algo que les llegara hasta el fondo de su ser; ponía una parte de ella misma en esos libros.

Tal vez por eso eligió la primera portada, porque al ver a Jessie le dolía no ser su Angelina. No importaba que tanto había de Kagome Higurashi en sus libros, no se parecía en nada a Angelina Wild.

Quería a alguien como Jessie, quería ser como Angelina, pero sobre todo quería una vida que la hiciera merecedora de las aventuras que ellos tenían.

¡Demonios!, ya había sucedido. Kagome se percató de lo sola y aburrida que estaba.