Capítulo 3: Los muertos no envían correspondencia del más allá
La mañana era algo fría, había caído una ligera llovizna y el aire de la calle era húmedo. Se formaban estelas de humo cuando las personas dejaban salir el aliento por encima de sus bufandas.
Un hombre, todo vestido de negro, estaba del otro lado de la calle. Recién había llegado su avión a Nueva York, lugar en donde lo había llevado el interrogatorio al ya fallecido arqueólogo.
Un auto pasó frente a él por la gran avenida, se alejó unos pasos de la acera para que no le salpicaran las gotas que el auto arrojó de un charco cuando pasó.
El hombre camino hacia el teléfono público de la esquina y marcó en el teclado el número del edificio de departamentos que había estado vigilando. Tecleando la extensión del departamento de la escritora.
Kagome se había quedado dormida en el sofá, después de su decaída del día anterior, le había sentado muy bien un té y una pastilla para dormir. A pesar de haber querido descansar en su cama, envuelta en sus cobijas, el somnífero parecía haber hecho efecto mucho más rápido de lo estimado.
En la chimenea seguían ardiendo unos cuantos restos de carbón junto con la copa y el plato destrozados, y su gato se acicalaba el pelaje a un costado del mueble donde ella yacía.
El frío había comenzado a calarle en las piernas desnudas y la estaba despertando poco a poco. Kagome abrió los ojos con lentitud y se estiro de la posición en la que había estado durmiendo.
Soltó un grito y se impulsó de un salto hacia arriba cuando el teléfono comenzó a sonar. Pero era solo el teléfono y no debía sobresaltarse, recuperó su orgullo y se dispuso a contestar, fingiendo que no se había asustado para nada.
-¿Hola?- preguntó al comunicador.
No se escuchaba nada, ni una respiración. Permaneció en silencio por unos cuantos segundos más para después, sonar el ya conocido pitido que señalaba el término de la llamada.
Kagome se alejó el auricular del oído y se lo quedó viendo por un momento, maldiciendo a los bromistas. Se le llegó a ocurrir que tal vez había sido una especie de admirador que tenía un platónico en ella y que se había puesto demasiado nervioso como para hablarle, pero desechó la idea pensando que era ridículo, ¿quién podría tener un amor secreto por ella, si apenas salía de casa para resurtir su alacena de comida?
Devolvió el aparato a su base. Cuando estiró su brazo, se dio cuenta del reloj de pulsera que llevaba en la muñeca y, más en específico, de la hora que marcaba.
Se le había hecho tarde de nuevo, si no se equivocaba, hoy era la cita para desayunar con Eri.
Se pasó las manos por el rostro en un intento por despejarse de una extraña neblina que sentía a su alrededor.
Corrió al baño a lavarse la cara y ponerse lo más presentable que pudiera sin tomar un baño, ojalá y nadie se acercara lo suficiente como para percibir su aroma.
Se puso uno de los típicos "atuendos de solterona aburrida" que su editora tanto odiaba y se peinó con un moño hecho de cualquier forma sobre la cabeza.
No le gustó para nada su elección, pero ya no tenía más tiempo para conseguir algo mejor, así que lo ocultó todo bajo un enorme abrigo de color gris.
Tomó sus llaves, una botella de perfume y algo de dinero en su bolso. También agarró el montón de hojas de su libro recién terminado y salió corriendo a la puerta.
Cuando estaba a punto de tomar la perilla, se dio cuenta de algo muy importante, ¿qué tal sí tropezaba con algo o alguien? O ¿y sí algún conductor desconsiderado le daba el baño que no había tomado con el agua de algún charco? No, mejor guardaba a su más reciente creación en una caja para que estuviera bien y llegara sana y salva a las manos de Eri. La aseguró con una cuerda de lana y la metió en una enorme bolsa. Conocía bien su suerte.
Ya estando lista, metió llave a su puerta y salió de su apartamento. Cerró bien y caminó por el pasillo hacia el ascensor. Le dirigió un breve insulto a la fealdad de la mujer que vio en el espejo cuando paso frente a este; pero estaba tan apurada que poco le importó su aspecto.
Cuando llegó a la parada del ascensor de ese piso, presionó el botón con la flecha hacia abajo y aguardó. Esperó un momento pero las puertas no se abrieron. Optó por bajar por las escaleras, en vista de que ya iba atrasada a su cita.
Las escaleras iniciaban al lado izquierdo del ascensor. Justo cuando se disponía a bajar el primer escalón, la Señora Irwin apareció. La viejecita se estaba peleando con un carrito de compras, cuyas ruedas se negaban a subir tras ella.
Kagome suspiró resignada y bajó el par de escalones que había entre ella y su vecina, tomó la agarradera del carrito para ayudarla a subir después de darle los buenos días.
-Señora Irwin, ¿Por qué no usa el ascensor?-
-No me gusta subir sola. ¿Sabes?, temo a los maleantes- la Señora Irwin soltó sus compras y dejó que Kagome la ayudara, -Dime, ¿de quién estas huyendo?-
Kagome terminó de subir los últimos escalones y dejó el carro en el suelo, junto a los pies de su vecina.
-Ah, tengo una cita con mi editor-
La Señora Irwin era la única persona en el edificio que sabía de su oficio como escritora. A menudo le pedía a Kagome que fuera a su apartamento y que le leyera un par de capítulos de sus libros; pero ella siempre se negaba, pues el contenido de sus libros no siempre era el más adecuado para una anciana viuda y conservadora.
La vieja mujer llegó junto a su puerta y se detuvo para sacar sus llaves.
-A propósito, pequeña, esto no cupo en tu buzón y por eso te lo he traído- La mujer le extendió un sobre.
Era de tamaño oficio aproximadamente, de color amarillo y con varias postales de correo adheridas en un costado. Tenía varios sellos, uno más grande que los demás que estaba en español y que decía: "Entrega inmediata"
En español, eso solo podía significar que venía de parte de su hermana, desde Colombia. Pero era extraño, su hermana acababa de pasar por una crisis infortunada, no le parecía lógico que le enviara algo justo en esos momentos.
-Parece una carta de amor- la voz de la Señora Irwin la sacó de sus pensamientos.
Kagome sonrió y le dio la vuelta al sobre. En la parte posterior estaba escrito el nombre de quien lo había enviado, de inmediato supo que no se trataba de algún contenido romántico. Lo había enviado su cuñado.
Alejando parte del nerviosismo que la estaba acorralando, Kagome le dio las gracias a su vecina y se dispuso a marcharse, ya había perdido suficiente tiempo. Se guardó el sobre en su bolso y salió a la fría calle invernal de camino al restaurante en donde Eri la había citado.
Muchos vendedores se apostaban en frente de su edificio y la acosaban para que comprara los productos que vendían, pero Kagome siempre los rechazaba y más ahora que estaba retrasada.
Detrás de ella, un hombre vestido de negro y con sombrero, comparó su rostro con una fotografía suya que aparecía en la contraportada de uno de sus libros.
Kagome no se dio cuenta de cómo el extraño entro a su edificio como una lúgubre sombra, mientras ella se negaba a comprar un mono de peluche que le ofrecía uno de los vendedores que se instalaba en la acera.
-Basura…basura- Eri negaba con la cabeza, la cual tenía apoyada en la palma de su mano, mientras miraba hacía la barra del bar desde la mesa en donde ambas se encontraban.
Escudriñaba a la alta variedad de hombres sentados ahí, descartándolos uno por uno. –Apático…-iba de izquierda a derecha, -tonto…más que tonto…muy molesto…poca cosa…muy desesperado… ¡Dios, demasiado feliz!... ¡Oh!, mira a ese sujeto-miró a Kagome sobre el hombro, quien se encontraba ocultando el rostro en su taza de chocolate caliente, rogando para que su amiga intentara ser un poco más discreta.
Kagome miró en la dirección que Eri le señaló, apenas estirando el cuello, en donde se encontraba un hombre tomando un trago.
-Es la vanidad hecha hombre, - continuó, - yo salía con él per es un total desastre-
Kagome negó mientras el acreedor de su atención seguía en lo suyo.
-Un momento, un momento. No puedo creer lo que veo, creí que ya se habían extinguido. Dame tu opinión- .Esta vez, Eri le propinó un ligero codazo a Kagome que casi la hace derramar su bebida caliente.
Dejó su chocolate sobre la mesa para mirar al mismo lugar.
Eri había estado hablando de un hombre rubio que acababa de aparecer. Era algo atractivo, y se acercaba a conversar con el ex de su amiga. En cuanto se percató de las miradas de ambas sobre él, le guiñó un ojo y sonrió.
-Bueno, - dijo Kagome, - él no es lo que yo…-
-¿Cómo quién? ¿Jessie?- se adelantó Eri, dando justo en el calvo. La conocía tan bien y sabía con certeza que terminaría irremediablemente sola de seguir enamorada de una ilusión, aunque fuera una tan ardiente como Jessie Allen.
-Tal vez lo creas tonto, pero sé que en algún lugar hay alguien que me espera-
Cuando Eri le preguntó en donde creía que estaba ese alguien, Kagome supo que no le había parecido algo tan descabellado a su amiga. Eso o confundió su sarcasmo.
Se hizo la misma pregunta, ¿Dónde? Volvió a mirar hacia la barra, donde aún permanecía el hombre rubio. Sí, era muy guapo, pero de alguna manera a ella no le atraía ese aire de ciudad que percibía en él. El hombre le dirigió una coqueta mirada.
-Desde luego, no aquí- respondió Kagome. Se acarició los brazos sobre su suéter de cuello de tortuga y se preparó para abordar a su amiga de la manera más sutil que se ideo. –Eri, ¿Por qué siempre terminamos hablando de lo mismo?-
La editora a su lado soltó un suspiro de exasperación antes de contestar a su pregunta.
-Por qué te quiero Kagome, y no me gusta verte esperando que llegue el príncipe azul que nunca va a legar-
Para pesar de Kagome, de los labios de Eri salió toda la verdad. Decidió cambiar de tema, para comodidad de las dos.
-De acuerdo Eri-, sacó el paquete de hojas que había estado en el suelo, recargado junto a una de las patas de la silla en la que estaba sentada. Lo colocó sobre la mesa, haciendo a un lado un plato con galletas, -Aquí esta. Léela y sufre, yo ya lo hice-
No pudo evitar acariciar su creación una última vez antes de que Eri la tomara y la pusiera a un costado de ella sobre la mesa, junto a su bolso y guantes.
Kagome, una vez su principal tarea hecha, se dio cuenta de que ya no tenía nada más que hacer ahí. Tomó su bolso y se dispuso a irse, hecho la silla hacia atrás para poder ponerse de pie; antes de que a Eri se le ocurriera que sería una buena idea ir a coquetear con el hombre rubio.
-Te llamaré después- anunció Kagome.
-No te vayas,- Eri extendió una mano hacia Kagome, - acompáñame y bebe otra copa.
¿Otra copa de chocolate caliente? Seguramente, pues era lo único que Kagome había estado bebiendo.
-No puedo- se negó.
-Por favor, quédate. Soy tu editora y me debes obediencia-
Kagome frunció los labios, haciendo un puchero hacia su amiga, ante las ya bien conocidas subidas de humos de Eri. La miró, entornando los ojos.
Cuando su amiga y editora se dio cuenta de su expresión y de que su comportamiento la había provocado, se disculpó.
-Lo lamento. Sé que te forcé a venir a este lugar, pero mi deseo ha sido que te distrajeras. Has estado trabajando demasiado, sé que te preocupa tu hermana. Dime, ¿has sabido algo de ella?-
Kagome comenzó a juguetear con la correa de su bolso, el cual tenía sobre el regazo.
De nuevo Eri dio en el blanco, aunque esta vez de un tema aún menos agradable.
-¿De Sango?- preguntó a Eri, quien asintió – no mucho, hablé con ella la semana pasada, aún está en Colombia-
Eri se vio más incómoda mientras ponía su atención sobre las migas de chocolate esparcidas frente a ella.
-¿Sabes… – hizo una pausa y comenzó a limpiarse el sudor de las manos en la falda que llevaba puesta, - si ya hallaron el cuerpo de su esposo?-
Ahora fue el turno de Kagome para ponerse ansiosa. Tan solo de recordar la voz de su hermana al otro lado del teléfono, llorando y desesperada, mientras le contaba que alguien había asesinado a Eduardo, la piel se le erizaba.
-Hecho pedazos- dijo Kagome, mientras se tragaba un pesado nudo que se había formado en su garganta.
Hubo un corto silencio en el que las dos mujeres trataron de recuperarse de tan terrible conversación.
Kagome habló de nuevo, - ¿Sabes que es lo espeluznante?, Eduardo me envió un sobre de Colombia, lo envió justo antes de…- "de que lo hicieran carne molida", se le atoraron las palabras en la boca.
De cualquier manera, Eri ya sabía a lo que Kagome se refería. Eri casi siempre tenía razón, y entendía perfectamente la preocupación de la escritora.
Sabía que recientemente el esposo de la hermana de Kagome, el esposo de Sango, había sido asesinado.
-¿Te imaginas lo que será que maten a tu esposo?, ¿y ella cómo lo tomó?- preguntó Eri, mientras le tomaba la mano por encima de la mesa.
Kagome agradeció la preocupación de su amiga. Se encogió de hombros y respondió. –Supongo que con entereza, Sango es una mujer fuerte-
A miles de kilómetros hacia el sur, en la costa de Cartagena, Colombia, Sango cerraba todas las ventanas de su hogar y las cubría con cortinas.
Metió una fotografía de su esposo y una en la que aparecía ella misma con su hermana en su bolso de viaje negro.
Tomó un sombrero de color negro también y se lo puso frente a un espejo, después se colocó las gafas oscuras.
Miró a ambos lados de la calle cuando salió de su casa, solo habían unos cuantos niños jugando en la esquina de la calle, detrás de ellos se veía el océano y la playa.
Arrancó el auto convertible dentro de la cochera, bajó del vehículo para abrir la puerta de su garaje y poder sacarlo a andar.
Una vez el auto estuvo afuera, volvió a bajar para cerrar la puerta no automática.
Mientras ella se peleaba con el seguro de la cerradura, no se percató de que uno de los niños "jugaba" con unas boleras.
En cuanto Sango regresó al auto para sentarse y conducir lo más lejos de la ciudad, sintió un fuerte golpe en la espalda que la hizo marearse, mientras una cuerda se enredaba alrededor de su cuerpo.
En cuanto la bolera dio con su objetivo, el niño que la había lanzado, (tal vez de once o más años de edad), corrió hacia el auto en donde la mujer había caído a lo largo de los asientos del conductor y del acompañante de enfrente.
Sango, que ya estaba desmayada, no sintió como el muchacho se subía al asiento del conductor y hacía las piernas de ella a un lado para poder tener comodidad al manejar.
El chico hecho a andar el vehículo ante las miradas atónitas de los otros chicos que habían estado juagando con él; salió a la avenida con un rechinar de llantas.
Corrió a cumplir su encargo, haciendo una peligrosa curvatura, recibió muchos improperios y bocinazos cuando se metió en sentido contrario a la circulación por la avenida.
Llegaron a una vieja fortaleza que era usada como museo y reserva de los cocodrilos. Esta antecedía al puerto, dónde un par de hombres los esperaban para recoger a la mujer y darle la paga al niño. En cuanto el muchacho se fue, cargaron con Sango.
A lo lejos, un hombre regordete y bajito miraba la escena mientras fumaba un cigarrillo. Vio como sacaban a Sango (mareada), y la metían a una lancha a motor con dirección a un jate color rojo.
-Oye, Hiten- llamó el hombre a su hermano, - el chico llegó con la mujer, ahora se la llevaran al bote-
Caminó hacia el hombre más alto que estaba parado al lado de una reja en el suelo.
-Mira e estos animales- llevaba varios trozos de carne en las manos y los dejaba caer a un pozo de cocodrilos debajo de ellos. Los maxilares se retorcían con el afán de conseguir cada trozo que caía.
-Debimos haber saqueado su habitación- dijo el hombre bajito, llamado Manten.
-¿Cuántas veces tengo que repetirte que no está en el país?- preguntó Hiten, refiriéndose al mapa que buscaban. Habían pasado un buen tiempo tratando de encontrarlo, hasta que apareció en manos del arqueólogo Eduardo Montero, ahí en Colombia.
Pero el maldito se había deshecho de él antes de que pudieran obtenerlo, y sabían de buena fuente que ahora estaba en Nueva York. En base a este desafortunado suceso, habían tenido que recurrir al plan B y secuestrar a la mujer de Eduardo, ya que él estaba muerto.
-Este trabajo me pone muy nerviosos,- se quejó Manten, mientras se alejaba de su hermano para dar vueltas, - nadie dijo que íbamos a secuestrarla-. De pronto, uno de sus pies encontró vacío en lugar de suelo y su pierna se hundió por uno de los orificios de la reja, hacia los reptiles de abajo.
Liberó su pierna en un instante. –Fue una pésima idea, solo nos causará problemas- volvió a replicar, - con todo lo que hemos robado podríamos vivir como reyes por el resto de nuestras vidas- Manten se estaba esforzando por hacer que su hermano olvidara se olvidara de su alocada búsqueda.
Propuso que olvidarán todo y se marcharan.
-Será la última vez, - se rehusó Hiten, - créeme, Manten, confía en mí – dijo, mientras seguía dejando caer carne por las rendijas.
-Alguien va a morir y tú te ocupas de animales prehistóricos- lo amonestó su hermano, al notar que Hiten tenía más interés en los cocodrilos que en la situación actual, que dicho sea de paso, era crítica.
Sí, ellos robaban, pero jamás asesinaban o secuestraban, eran demasiado torpes como para eso.
Manten continuó, -Piénsalo, Hiten. Algo malo va a pasar, tengo un mal presentimiento, muy malo-
Entonces Hiten le hablo a su hermano, agitando un trozo de carne cruda frente a su rostro, mientras hablaba.
-No te preocupes, ¿alguna vez te he hecho daño?, - dijo Hiten, quitándole peso a la preocupación de su hermano, - Jamás te dañaré, no podría. Tenemos la misma sangre; no somos dos personas, somos una misma, ¿acaso yo me dañaría?-
Una vez terminado su monólogo de cariño familiar, lanzó la carne a los cocodrilos a sus pies.
-Mira esa preciosidad, Manten-
Holis :3, ¿Qué puedo decir? La verdad me da mucha flojera escribir aclaraciones o responder comentarios, pero me di cuenta de que es una payasada que no lo haga solo por eso, además para que se den cuenta de que no soy un fantasma.
Pues sí, la película tiene el mismo nombre solo que en ingles, es Romancing Stone. Aparecen Michael Douglas y Kathleen Turner, no se de que año sea, pero yo calculo que de los ochentas más o menos.
Los otros dos capítulos eran uno solo y ya los iba a publicar pero perdí el archivo y tuve que escribirlo de nuevo, por eso lo hice en dos partes.
Oh, y en cuanto al esposo latino de Sango, no quise desollar a Miroku, así que por eso él no aparece en esta historia.
Espero que les haya gustado y sé que tengo otro fic en proceso, pero esta indefinidamente pausado hasta que tenga más ideas.
Gracias por haberlo leído.
