Capítulo 4: Ruta equivocada

Después de su desayuno con Eri, Kagome regresó a su departamento.

Iba sinceramente afectada por la charla con su amiga, tal vez fue por su estado de ánimo que Eri la dejó marcharse.

Mientras subía las escaleras de vuelta a su departamento, no dejaba de darle vueltas a sus últimas citas que había tenido. Eran solo citas, porque ninguno de esos encuentros había terminado en algún tipo de relación.

La última había sido el año pasado, en un restaurante muy elegante y con alguien de la altura de esa clase de lugares. Kagome se había sentido un poco intimidada por el Señor de Traje en cuanto lo vio.

A pesar de ser atractivo, pagó de mala gana la comida y de inmediato había querido ir a su hogar después de la cena; Kagome huyó antes de entrar a su Mustang, literalmente salió corriendo en cuanto él subió al asiento del conductor.

Fue muy vergonzoso, se había sentido como una tonta por no haber sospechado de él y de sus verdaderas intenciones. Después de todo, una escritora con tanta demanda como ella ganaba las suficientes regalías como para tener una vida cómoda sin tener otro trabajo además de escribir.

Kagome llegó a la puerta de su departamento arrastrando los pies y con ganas de ver todo un maratón de películas románticas mientras comía un enorme tazón de palomitas de maíz con algo de queso para nachos.

Se extrañó cuando la puerta de su hogar se abrió sin siquiera haber insertado las llaves en la cerradura; de hecho, cedió fácilmente con su peso cuando se recargó en ella.

Se quedó muda cuando pudo observar en su totalidad el desastre en el que se había convertido su departamento. Todo estaba fuera de su lugar.

Sus muebles volcados y con los cajones regados por doquier, el contenido de estos formaba una alfombra que cubría todo el suelo. No había ni un solo libro en su estantería, parecía que habían hojeado de manera salvaje a todos y cada uno de ellos (y eso que eran muchos).

Caminó como condenada a la horca por el lugar, no estaba muy segura de que no faltara nada, entre todo ese caos no podía saber ni que estaba mirando. Fue caminando hasta su habitación, rogando para que no le hubieran robado nada.

Justo cuando atravesó la puerta que daba a la cocina desde la sala, algo la cayó encima.

Kagome grito con todas sus fuerzas, esa cosa yacía en sus brazos, se dio cuenta de que lo estaba cargando y era muy pesado y lleno de pelos. Estaba a punto de lanzarlo lejos de sí, miró hacía el bulto, encontrándose con los asustados ojos de Buyo.

Dejó salir un suspiro de alivio y abrazó a su temblorosa mascota. Detrás de ella sonó el timbre del teléfono.

El sonido llegó de una manera tan espontanea, que Kagome saltó, emitiendo un grito igual que el de hace unos momentos y dejando caer al gato al suelo. Buyo salió corriendo a una esquina con el pelaje erizado.

Kagome maldijo al aparato, recién se estaba recuperando del susto que le provocó el "vuelo" de su gato a sus brazos. Se dio la vuelta hacía el teléfono, respiró hondo y atendió.

-Hola, Kagome ¿me escuchas?-

Kagome reconoció la voz de inmediato, -¿Sango?, ahora no puedo hablar- le dijo a su hermana. Se enrolló el cable espiral del teléfono en el dedo, mirando nerviosa alrededor.

-Escúchame, escúchame con atención- pidió su hermana, haciendo caso omiso a Kagome.

Era muy extraño, Sango no solía ignorarla de esa manera. En las largas conversaciones que tenían una vez al mes, Sango era la que tenía siempre algo nuevo que contar, y cuando Kagome hablaba prestaba total atención. Además, su voz sonaba entrecortada y había dicho todo muy rápido.

-Tengo un problema- dijo Sango.

-Sango, por favor…- iba a decirle que ella también, habían allanado su departamento y no estaba muy segura de que hacer en esos momentos. Solo esperaba que el intruso no regresara, al ser tal vez ella su verdadero objetivo.

-Kagome, tengo un grave problema- la interrumpió Sango, haciendo énfasis en la palabra grave.

Ahí estaba de nuevo el temblor en su voz, a Kagome no le gustó para nada eso, decidió escuchar y cerrar la boca para llegar al fondo de esto. -¿Qué es lo que pasa?-

-¿Recibiste algo enviado y escrito por Eduardo?- preguntó Sango, - un sobre grande-

Kagome supo de inmediato a que se refería su hermana. Sacó el sobre de su bolso, el que le entregó la Señora Irwin antes de salir a su cita con Eri.

-Sí- respondió, mientras trataba de abrir el sobre amarillo; se acomodó el teléfono entre el cuello y el hombro.

Del otro lado de la línea, su hermana suspiro de alivio. –Ve si se trata de una especie de mapa, de un tesoro- dijo Sango.

Kagome sacó el contenido del sobre en cuanto logró abrirlo. Dentro sí había algo parecido a un mapa, estaba doblado y dentro de una envoltura plástica para protegerlo del agua. Leyó una palabra en español, la más grande de todas: "El corazón". Se lo dijo a su hermana.

-Necesito que me traigas ese mapa a Colombia- pidió Sango.

"¡Oh no!", pensó Kagome y es que Colombia estaba muy lejos; - ¿Colombia?, ¡Dios mío!, ¿en qué clase de problema estas?-

Pero Sango no respondió a su pregunta, - Kagome, por favor, debes llegar al hotel Cartagena en Cartagena. Cuando te presentes, llama a este número: 64-58-24 -, Kagome apenas tuvo tiempo de anotar los dígitos antes de que se le olvidaran por completo, - y no olvides que no debes hablar de esto con nadie-

Al oír esa advertencia, Kagome supo que estaba pasando, o al menos se ideo una hipotética situación más o menos apegada a la real.

Tenían secuestrada a su querida hermana mayor. Era todo tan repentino.

La llamada de Sango explicaba por qué su apartamento estaba hecho un desastre cuando volvió. No supo si agradecer porque ella lo llevaba consigo; en el caso de que el infractor ya lo hubiera encontrado, tal vez y su hermana ya hubiera sido libre.

Colombia estaba demasiado lejos de Kagome, nunca se había imaginado a sí misma de visita a su hermana en ese país. No se sentía capaz de viajar sola y de saberse mover por el lugar sin conocer lo básico en español.

-Sango, no puedo ir a Colombia- dijo Kagome al teléfono.

Del otro lado de la línea se escuchó un silbido metálico y después un sollozó de su hermana.

-Kagome… tienes que hacerlo o me matarán-

Nada, solo un silencio que fue seguido del pitido que indicaba el final de la llamada, Kagome estaba empezando a odiar ese sonido.


-¿¡Colombia!?- casi gritó Eri, caminando detrás de su amiga. Cuando Kagome la había llamado poco antes de las seis de la tarde, diciéndole que tenía planeado hacer un viaje y que necesitaba que se encargara de unas cosas por ella, Eri había pensado que iría a la playa a quitarse ese color cadáver de piel que tanto la caracterizaba. Había pensado en ayudarla de buena gana, pero ir de súbito a otro país a miles de kilómetros de Nueva York, era descabellado y totalmente ajeno a la escritora.

Ahora se encontraba persiguiéndola por su departamento, tratando de hacerla entrar en razón; mientras Kagome corría y empacaba cosas como loca. Ambas trataban de no tropezarse con todo el desastre que había dejado el ladrón en el departamento (pues Eri pensaba que había sido claramente un ladrón); habían intentado acomodar todo lo mejor que pudieron.

-¿Tienes idea de lo que es ese lugar?- replicaba Eri, - Sé que tus libros se venden bien, que tienes un gran éxito allá; pero están rodeados de jungla, hay insectos de tamaño sensacional y ¡gente inconforme! ¿Estás vacunada?- Eri la sujeto del hombro para que volteara a verla.

-¿Vacunada?- preguntó Kagome alarmada, -¿Para qué?-

Agradecía que su amiga se preocupase por ella, pero si estaba nerviosa cuando tomó la decisión de viajar sola al posible encuentro con un terrorista, que mantenía cautiva a su hermana, ahora Eri estaba logrando que tuviera un ataque. Era demasiado, no la ayudaba al parlotear de esa manera.

-¿Lo ves?, no puedes irte, no estas preparada- Eri siguió hablando, pero Kagome se estaba esforzando por no escucharla para no arrepentirse y caminó lejos de su amiga, -espera, espera, ¿quieres decirme por qué haces esto?, ¿qué está pasando?-

Kagome se detuvo mientras doblaba un saco para meterlo en su valija. Se había comportado muy mal con Eri, la llamó así como así y ella acudió con fe ciega para ayudarla, lo menos que debía hacer era contarle. Pero no toda la verdad, la ataría a una columna con tal de que no se fuera si se enteraba de todo.

-Sango tiene algunas dificultades, creo que un pequeño problema familiar- dijo Kagome, jugando nerviosa con los dedos. Asintió para convencerse a sí misma de lo que acababa de decir y después terminó de cerrar su maleta.

-¿Problema familiar?- preguntó escéptica la editora, - su último problema familiar fue encontrar el cuerpo de su esposo hecho pedazos-

Kagome negó, solo para que su mente no la traicionara y le mostrara una fea imagen imaginaria del suceso.

Se fue a la cocina. Con Eri detrás que seguía enumerando "x" motivos por los que no podía marcharse.

Kagome se agachó hacia el suelo para recoger la caja transportadora en la que Buyo se encontraba. Después, se giró hacia Eri y le puso la caja en los brazos.

-Aquí esta Buyo. Eri, quiero que me prometas que lo alimentaras y que lo abrazaras por lo menos una vez al día-

Su amiga apenas pudo asentir mientras equilibraba la caja que estaba cargando, el gato no ayudaba mucho caminando de un lado para otro dentro de esta.

Kagome se dirigió hacia su pequeño estante en donde guardaba sus botellitas de licor y eligió una para llevarse al viaje.

-Vas a necesitar algo más fuerte que eso- le dijo Eri, cuando pudo descifrar que el contenido de la botella que Kagome metía en su bolso se trataba de whiskey.


-¡Escúchame!- Eri seguía hablándole, ambas ya habían salido del edificio hacia la calle, Kagome había terminado su equipaje y levantaba la mano a la orilla de la acera, esperando a que un taxi atendiera al gesto.

El viento era igual y hasta más frío que en la mañana, una ligera llovizna caía y resultaba sencillo apreciar el aliento de ambas cuando hablaban.

-Kagome, te olvidas de que te mareas en todas partes: en un avión, en un tren, un autobús. Es más, el subirte en una escalera eléctrica en Bloomingdale's hace que casi vomites, ¿por qué no me entiendes?-

Eri por fin había logrado alcanzarla en el momento en el que Kagome hacía señas a los autos amarillos. La obligó a mirarla, con la nariz tan roja como una fresa.

-A muchas personas les pasa lo mismo en esos centros comerciales enormes- Kagome quitó importancia a las réplicas de Eri.

-Kagome, por favor, no te vayas- Eri sabía que estaba insistiendo mucho, pero es que se preocupaba por ella y tenía un mal presentimiento de todo eso. Un taxi paró frente a ellas. –No estas preparada y lo sabes-

Kagome abrió la puerta del auto y empujó su maleta dentro antes de mirar a Eri, -Sí, lo sé, pero se trata de Sango-

Al notar la decisión en los ojos de su amiga, y el claro deseo de ayudar a su hermana, Eri se dio por vencida, no podría convencerla para que se quedara y atarla no era una opción.

-Le voy a dar de comer- dijo Eri, refiriéndose al gato que las miraba desde su transportadora, - pero no lo abrazaré-

Kagome le sonrió a su amiga y le dio un beso en la mejilla, para después subir al auto.

-¡Estás loca!- le gritó Eri a la ermitaña escritora que iba dentro del auto que se alejaba por la avenida.

No se dio cuenta del auto negro que arrancó justo después del taxi, y que despareció por el mismo lugar en que el que lo hizo el amarillo en el que iba Kagome.


En cuanto Kagome bajó del avión, un golpe de calor le dio justo en el rostro. El cambio brusco de temperatura y altura casi la hizo marearse, ahora solo tenía una leve sensación de vértigo.

Arrastró como pudo su maleta por lo que parecía ser la sala de espera del aeropuerto, la cual estaba repleta de personas, de maletas y hasta de gallinas y varios lechones.

Afuera, una pelea se estaba iniciando y apenas pudo esquivar a los policías que se lanzaron sobre los alborotadores.

Frente a ella, había una calle atiborrada de más gente y varios autobuses anaranjados con franjas azules en fila, no eran muy bonitos. Se acercó a uno de ellos y miró el cartel que tenía en frente, claramente decía "Cartagena", Kagome se alegró de que fuera una de las pocas palabras en español que reconocía fácilmente.

Se acercó al conductor del camión y le preguntó por el destino que tenía, pero el hombre no podía entender lo que ella decía, pues solo hablaba en español. Desanimada, sacó un pequeño cuadernito en donde había anotado unas cuantas frases en español, solo las que considero serían de ayuda en su viaje.

-¿Va a Cartagena?-

Kagome se dio vuelta, para prestar atención a quien le había hablado en inglés. Era un hombre, de tez morena y vestía un traje de color café, llevaba un sombrero de alas en la cabeza. Ella dedujo que sus cabellos serían negros, puesto que tenía un muy bien afeitado bigote de ese color.

Parecía no tener más de cuarenta años y le resultó algo guapo.

-¿Usted habla inglés?-preguntó Kagome, el extraño asintió con la cabeza, - ¡Oh!, ¿sería usted tan amable de decirme si este autobús se dirige a Cartagena?-

El hombre miró hacia donde estaba el letrero con el destino del autobús, hasta hace un momento decía "Cartagena", pero ahora había cambiado de ruta hacia "Castillo de San Felipe"

-Sí,- dijo el hombre, - es este el autobús-

-Gracias- dijo Kagome, ahora solo debía encontrar dinero para pagar el pasaje. Rebuscó en su bolso, sin darse cuenta de cómo el hombre miraba con atención el contenido de este mientras lo removía en busca de algún billete.

El motor del autobús arrancó, alertándola de que se diera prisa en abordar. Kagome se inclinó, buscando la agarradera de su maleta para cargarla y entregársela al hombre que las acomodaba en el techo del transporte.

Pero el desconocido fue más rápido, tomó la agarradera y con una sonrisa levanto la maleta.

Kagome le devolvió la sonrisa y le dio las gracias, apresurada. Subió al autobús y se acomodó en un asiento; trató de subir la ventana que estaba al lado de ella pero estaba algo atascada, lo logró cuando el transporte arrancó.


Manten estaba en el aeropuerto esa noche, su hermano había insistido en que se quedara en el bote, pero él tenía prisa por terminar con ese trabajo. Fue a esperar a la hermana de la mujer del arqueólogo, para que esta vez no hubiera ni un solo error.

Tenía un libro en la mano, aparecía una fotografía de ella en la contraportada y la miraba constantemente para reconocerla.

Ya había aterrizado el avión que llegó desde Nueva York, pero aún no había ni rastro de la escritora en ninguno de los autobuses que iban hacia Cartagena.

Desanimado, caminó a lo largo de la fila de los autobuses fuera del aeropuerto. Hasta que algo llamó su atención en otro camión con otra ruta distinta: una mujer se peleaba con la ventanilla corrediza hasta que la subió de un golpe. Manten miró a fotografía del libro, ¡era ella!

-¡Señorita Higurashi!- grito, mientras corría detrás del camión y agitaba la novela que llevaba en la mano.

Esto era terrible, se detuvo cuando perdió de vista el transporte. Esa mujer subió en el camión equivocado.


Confiada de que estaba yendo en dirección correcta, Kagome se permitió quedarse dormida durante todo el transcurso de la noche.

El hombre que la había ayudado a su llegada a Colombia, también subió a ese autobús y confiaba en que a su lado tendría más fácil comunicarse con las demás personas, eso claro si estaba dispuesto a ayudar de nuevo.

En un momento de la tarde, el sonido de un bebé llorando la despertó. Kagome se dio cuenta, por vez primera de que había un hombre ya viejo dormitando junto a ella, ¿cuándo es que subió al autobús? ¿Y qué de la mujer con el cerdo en su regazo? ¿Ya estaba ahí desde un principio?

Les quitó importancia a los demás y miró por la ventana, todo era jungla, hasta donde se alcanzaba a ver era todo selva. Sango había dicho que Cartagena era una costa, en las fotos que le envió, estaba siempre el océano de fondo.

Miró a su alrededor en busca del hombre de sombrero. Estaba al fondo, en los últimos asientos, leía un periódico con detenimiento.

Kagome no quiso molestarlo y se dispuso a hablarle al anciano a su lado, pero este estaba totalmente dormido. Sin ánimos de parecer tonta, abrazó su bolso de viaje y se puso de pie con sumo cuidado para no despertar al veterano y salir de su asiento. Una vez en el pasillo central del autobús, uno de sus zapatos de tacón encontró algo suave en lugar de suelo; lo siguiente que escuchó fue al lechón que llevaba una de las mujeres, chilló pues lo habían pisado.

-¡Estúpida!- dijo la mujer, afortunadamente, en español.

Kagome no entendió el insulto y se disculpó tres veces, cada vez más arrepentida e incómoda.

Camino con cuidado, apoyando las manos en el techo del autobús para no caerse. Cuando llegó junto al conductor, se arrodilló en el suelo del transporte. Le picó con el dedo en el hombro para llamar su atención.

-Lamento molestarlo, pero ¿es este el autobús con dirección a Cartagena?-

-¿Qué?-

Kagome pensó que el ruido del motor le impedía al conductor escucharla con claridad, así que repitió su pregunta más fuerte. Lo que ella no sabía, era que el conductor sí la escuchaba pero como no hablaba inglés, no podía entender lo que ella decía ni aunque lo gritara.

Una vez más, Kagome le habló más alto en inglés -¿Es este el camión hacia…?- pero un grito salido de su propia garganta no le permitió continuar.

El autobús se impactó a un jeep que estaba parado a un lado del camino. Todos los pasajeros fueron impulsados hacia delante por el brusco frenar del transporte. El jeep terminó casi volteado de cabeza, con el autobús debajo. Muchas aves salieron volando de las jaulas de madera que estaban en el jeep, cuando el impactó las rompió.

Kagome cayó de lado al suelo, sujetando con firmeza su bolso. Una nube de vapor blanco salió de alguna parte del motor del camión.

Solo podía escuchar las quejas de los pasajeros y las maldiciones del conductor, en esta ocasión, fue conveniente que no lograra entender nada de eso.

Uno a uno, los pasajeros bajaron del autobús, pasando por encima de ella pero sin pisarla.

Finalmente logró ponerse en pie y descender, tambaleándose y con la falda rota, se había rasgado cuando cayó al suelo.

Todos los pasajeros habían aprovechado y se llevaban las jaulas que habían permanecido intactas con todo y las aves que contenían.

-¿Qué vamos a hacer ahora?- preguntó Kagome, pero sin que nadie la entendiera, todos la ignoraban.

Ya que no tenía respuestas por parte de ellos, se dijo que lo más conveniente era seguirlos. Buscó si valija alrededor, todas habían caído al suelo.

Todas las personas que habían estado dentro del autobús ya estaban caminando en dirección contraria a la que habían estado siguiendo.

Kagome se apresuró a seguirlos, pero el hombre de café se apareció en su camino. Llevaba su traje impecable y traía un puro entre los dedos.

-No tiene por qué caminar, - le dijo, - solo espere al otro autobús-

-¿Vendrá otro?- preguntó Kagome, mientras veía a todos los demás irse.

El hombre miro hacia lo que ella observaba, detrás de él, - Ellos no saben nada. Son solo campesinos-

Kagome asintió, pero no estaba del todo convencida.

-Existe un horario fijo que cumplir, - volvió a hablar el hombre del sombrero, -incluso en Colombia-

Kagome sonrió y agradeció, pero no se movió de donde estaba. Acomodó su maleta para que pudiera sentarse sobre ella a esperar al otro supuesto autobús.

El hombre caminó fuera de su vista.

Sin que la escritora lo viera, el coronel Zolo caminó hacía la dirección por donde se marchaban el resto de los pasajeros. Solo debía esperar a estar completamente solo con Kagome Higurashi. En el aeropuerto se había dado cuenta de que llevaba el mapa con ella, solo debía obtenerlo y ya vería después si la asesinaba él mismo o dejar que la selva lo hiciera por él.

Cuando él último de los pasajeros desapareció por el camino, volvió al lado de Kagome. Se paseó unos momentos frente a ella, dándole la espalda. Cuando creyó el momento oportuno, se dio la vuelta rápidamente mientras sacaba un revolver de alguna parte detrás de su espalda.

-¿Qué hace?- grito Kagome al ver el arma.

-La bolsa- exigió el hombre de bigote y sombrero, cuyo nombre desconocía Kagome: el Coronel Zolo.

Kagome pensó erróneamente que bromeaba con ella, solo por un momento. Pero cuando se dio cuenta de que no era así, ya no supo que hacer. No tenía ni idea de cómo reaccionar.

De pronto, de manera opuesta a la situación por la que estaba pasando, un silbido se escuchó a su espalda. Era una melodía alegre, del tipo que se entonan mientras estas barriendo o llevando a cabo alguna tarea.

Desde el ledo más alto de un desnivel, arriba de ellos, apareció la silueta de un hombre. La verdad es que Kagome apeas pudo verlo bien. La luz le daba desde la espalda, levaba también un sombrero de alas, solo que era más grande que el que llevaba su agresor.

-¡Alto!- grito Zolo al hombre y disparó en dirección al recién llegado.

Kagome dejó salir un grito de sorpresa, el hombre seguía en pie. Zolo había fallado o era un disparo de advertencia, le había dado a la cantinflora de piel que el hombre llevaba a un costado, la llevaba colgada de un hombro. Toda el agua salió por el agujero que había dejado la bala.

-¡Fuera!- demando Zolo.

El hombre se quitó la arruinada cantinflora de encima y subió lentamente las manos. Por un momento, Kagome pensó que por motivo de rendición, pero en realidad solo pretendía tomar una escopeta que llevaba en la espalda, fue tan rápido que pareció que la sacaba directamente de la nada.

Disparó justo a los pies del Coronel, errando por poco, dio en el suelo.

Ambos hombres se enfrascaron en un duro intercambio de plomo, Zolo se cubrió con el camión y el extraño entre la maleza.

Kagome, muerta de nervios, se arrastró debajo del autobús para protegerse.

El recién llegado, saltó de su punto de ataque en cuanto tuvo oportunidad y se acercó más a Zolo para tener mayor ventaja. Zolo huyo buscando refugio detrás del autobús, subió al transporte y el otro voló una a una las ventanas de vidrio, tratando de darle a su objetivo detrás de ellas. Finalmente, Zolo escapó.

Kagome se quedó oculta, mientras el hombre nuevo corría un par de metros detrás de él, pero ya no podría darle desde esa distancia.

Dese su escondite, escuchó al hombre regresar.

-¿Qué demonios pasó aquí?- habló en inglés. A Kagome le sorprendió lo profunda que era su voz, tan grave y masculina que la hizo estremecerse, por alguna razón, temió más de este nuevo personaje que del hombre de bigote.

-¡Maldita sea!, ¿Qué mierdas pasó con todas mis aves?- el desconocido arrojó un par de cajas de madera que habían estado en el jeep y destruyó otras más con sus pies.

-Hijo de…- y disparó un par de cargas de su escopeta contra el camión.

Kagome se cubrió los oídos y se agazapo más contra una llanta. Vio como el calzado de cuero del hombre se movía con sus pasos, se detuvo justo frente a ella, escuchó un suspiro y después el hombre se agachó, mostrándole su rostro.

-¿Jessie Allen?- preguntó ella cando lo vio. Pero no podía ser él, Jessie era rubio y con los ojos verdes (al menos ella lo había imaginado así). Este sujeto era tan guapo como Jessie, pero el cabello era ébano y los ojos azules, con la piel más bronceada que su adorado vaquero.

El hombre levantó una de sus negras cejas y la miró como si fuera una tonta, -Salga de ahí y explique qué sucedió aquí-


Yeii, me he estado apurando a hacer esto (o al menos eso creo). Gracias a todas las que lo leen y que me han dejado comentarios, se siente bonito saber que les gusta :3