Capítulo 5: Perdida en la selva
En ciertas ocasiones, para Manten era muy difícil no enloquecer gracias a su "trabajo". Era estresante, puesto que había que realizarlo a dedillo si es que no se querían tener ninguna clase de errores. Aunque casi siempre se le pasaba el coraje cuando veía todo el dinero que su hermano y él habían estado acumulando durante los últimos cinco años, esta vez ni si quiera imaginando toda esa fortuna lograba dejar de refunfuñar.
Después de que la escritora subiera al autobús equivocado, había corrido a su auto para perseguirla. No supo por que se molestaba en hacerlo, pero solo quería terminar con este terrible asunto lo más rápido posible. En cuanto llegara con ella, le arrancaría el mapa de las manos y la dejaría en medio de toda esa jungla.
Se peleó con los baches y la rústica carretera que pasaba entre la selva por casi toda la noche, no había probado bocado en todo ese tiempo. De todos los lugares en Colombia donde pudiera terminar esa mujer, había elegido uno de los más recónditos de todos. Era mediodía y aún no estaba ni a la mitad del camino hacia Castillo de San Felipe, lugar que tenía como destino el autobús equivocado que había tomado la Señorita Higurashi. Ahora solo podía esperar que todo saliera bien, tardarían ocho o más horas en auto para llegar hasta Cartagena desde donde estaba la escritora, si es que ya había llegado. Encendió un cigarrillo y trató de relajarse.
De la nada, apareció un hombre con sombrero y un traje de color café muy oscuro por la maleza de la jungla que bordeaba el camino por donde conducía. Era moreno y usaba bigote. Se paró en frente del auto, por lo que Manten tuvo que pisar el freno bruscamente para no arrollarlo.
-Dispongo de este coche en nombre de la ley- dijo el hombre en español.
Manten no entendió ni una sola palabra de lo que dijo, pero no fue necesario preguntar para saber que quería este personaje. Desde afuera, sacó una placa policial junto con su credencial de ciudadano y la pegó al cristal del parabrisas para que el conductor pudiera verlas y comprobar que no mentía en cuanto a que pertenecía a un cuerpo policial.
"¡Oh, no!" pensó Manten: Era Zolo.
-Dese vuelta- ordenó Zolo mientras subía al auto, haciendo un ademán con la mano.
Manten usó su mano izquierda para sujetar el volante, mientras que usaba la otra para taparse el rostro discretamente, aún con el cigarrillo entre los dedos.
Zolo había escapado por poco del sujeto con la escopeta, en cuanto vio la oportunidad había corrido hacia la selva. Encontrarse con ese auto fue una muy grata coincidencia.
Miró hacia el conductor en cuanto se acomodó en el asiento del copiloto, se tapaba el rostro de manera sospechosa. De hecho todo el sujeto era sospechoso: su ropa era blanca al igual que su auto y llevaba un sombrerillo blanco sobre la cabeza.
-¿Lo conozco?- le preguntó en inglés, tenía pinta de extranjero.
-No- dijo Manten, suprimió como mejor pudo su acento. Lástima que no lo hubiese logrado del todo.
-Usted es americano- respondió Zolo, teniendo total certeza del origen del hombre.
Manten no quería darle motivos para sospechar de él, así que volvió a intentar hablar de una manera que no lo delatase. Pero el resultado no fue para nada bueno, terminó diciendo cosas ininteligibles y sin lógica alguna; Zolo terminó creyendo que era francés. Pero aun así pareció no reconocerlo, se limitó a seguir las indicaciones que le dio para llegar al destino del Sargento, si es que no se equivocaba con su rango.
Después de haberle contado a detalle lo que había sucedido, la mujer a la que encontró debajo del autobús se quedó totalmente callada, sentada sobre su maleta color azul. Ella estaba tan preocupada que no paraba de jugar con los dedos, tenía su bolso de viaje sobre su regazo, con la correa enredada en una de sus muñecas, una de sus rodillas subía y bajaba. Él se alejó con dirección a su maltrecho jeep para poder revisar el interior.
Bankotsu había dejado toda su cacería junto al camino por un momento para ir por un poco de agua, y cuando regresó todo se había ido. Solo le había quedado su mochila, con su escaso contenido, y la fotografía del velero que encontró entre las páginas de un ejemplar de national geographic. Agradeció por haber perdido todo menos esa imagen, era algo así como su inspiración para seguir, la única meta que valía la pena.
Sostuvo el marco en donde la tenía guardada, con el cristal hecho pedazos, -Parece que tendremos que esperar un poco más- dijo.
Sacó la foto del marco, la doblo y la metió en la mochila.
-¿Por qué?- dijo la mujer desde donde estaba.
Bankotsu ni siquiera volteó a verla, - No hablaba con usted-. Continuó revisando que más podía salvar de su transporte.
Ella asintió y se encogió en donde estaba. Era una chica asiática, eso era claro, pero… ¿qué estaba haciendo en Colombia? Y más importante aún, ¿qué hacía en medio de la selva?
Bueno no era su problema, él ya tenía bastante con que lidiar.
-Disculpe, ¿podría decirme dónde puedo encontrar un teléfono?- habló ella.
Kagome se había levantado y ahora estaba junto a él. La había ayudado con aquel hombre, aunque no hubiera sido con la intención de salvarla y ni siquiera le había dado las gracias; pero es que estaba sumamente nerviosa y no ayudaba mucho el carácter y aspecto de este nuevo barón. Por eso había pensado en hacer una pregunta preliminar para darse una idea de cómo reaccionaría.
Ni siquiera la miró cuando respondió. -No, señorita, no tengo la menor idea-, se dio la vuelta y se alejó para acomodar un par de cosas en su mochila.
Kagome no se dio por vencida, no creyó que su respuesta hubiera sido sincera, tal vez lo único que él quería era deshacerse de ella.
-Es muy importante que consiga uno- dijo Kagome.
-Pues todos tenemos nuestros problemas, y son solo nuestros. No me meta en los suyos- Bankotsu cerró su mochila y se ató un cinturón con un cuchillo a la cadera.
Kagome se mordió el labio. Bien, si él no sabía dónde había un teléfono, intentaría con otra cosa.
-¿Puede decirme dónde queda el pueblo más cercano?-
-Tan cerca como Miami-
-¿Vendrá otro autobús?-
-Solo este-
Sus respuestas eran cortas, y su tono de voz desinteresado. Él no tenía ánimos de ayudarla.
-Necesito llegar cuanto antes a Cartagena- pidió Kagome, de hecho casi lo suplicó.
-¿Cartagena?- él lucía genuinamente sorprendido, después su expresión cambió a una más burlesca, - está usted muy lejos de su destino entonces…- hizo una pausa y después rio por lo bajo.
-¿Qué tan lejos?- preguntó ella alarmada, ignorando el hecho de que se estaba burlando de ella.
Bankotsu miró hacia su izquierda y señaló con el dedo hacía la jungla, - Atraviese toda esa selva virgen con dirección al este y tal vez en un par de días llegué a la costa- le mostró un gesto satisfecho y regresó a sus asuntos.
A Kagome no le estaba gustando nada su actitud. Este era un problema muy serio y él se lo tomaba como una broma, además le hablaba como si ella fuese una tonta. Solo por eso le discutió.
-Pero me dijeron que este autobús…-
-¿Quién le dijo?- interrumpió Bankotsu.
-El hombre que…- Kagome se calló cuando se dio cuenta de su error.
Bankotsu, por el contario, sonrió triunfante. – El sujeto que la amenazó con un arma-
Kagome suspiró, ¡pero que tonta había sido!, claro que él se lo había dicho, y ella lo había creído solo porque el sujeto era de buen ver.
-Necesito su ayuda- pidió una vez más, haciendo a un lado su orgullo e ignorando la vergonzosa equivocación que había cometido. Fue tan ciega.
Bankotsu resopló de una manera grosera, se terminaba su paciencia, - Escuche señorita, mi trabajo de un año se fue volando, literalmente hacia el sur. Mi jeep se averió y pronto todo lo que me queda estará mojado. Tango cosas más importantes por las que preocuparme- , cuando terminó de hablar, se colocó su mochila sobre la espalda y se dispuso a marcharse.
-¡Le pagaré!- gritó Kagome, antes de que se fuera. Él se detuvo y la miró, esa fue la señal de Kagome para saber que ya tenía su atención; continuó – Usted no entiende. Es cuestión de vida o muerte que…-
-¿Cuánto?- la interrumpió de nuevo.
Kagome lo pensó un poco y luego habló.
-Cincuenta dólares- ofreció ella.
Bankotsu volvió a reírse. – Cuando dije que perdí todo lo que tenía era mentira, aún conservo mi sentido del humor-, se dio la vuelta y continuó con su camino.
Se estaba yendo, esta vez era en serio. Kagome casi corre detrás de él, pero sus tacones no le permitían avanzar con toda la tierra en la que se atascaban.
- ¡Le pagaré cien dólares! ¡Doscientos!- grito.
Bankotsu se detuvo. Pensándolo mejor, sí que había perdido todo su dinero, el que ya tenía y el que ganaría; tal vez podía sacar algo provechoso de la situación.
-Lo haré…- dijo él; vio la sonrisa de ella cuando la miró, - por quinientos-.
El delicado rostro de Kagome mostró su estupefacción, estaba loco. Ni siquiera ella había pensado en traer tanto dinero, nunca se le ocurrió que podría gastar tanto en ese viaje.
-Puedo darle doscientos cincuenta-
Bankotsu volvió a sonreír y se acercó un poco a ella. Ahora estaban hablando de negocios, y en ese tema él era un maestro.
-Mí mínimo por ayudar a una mujer perdida es de cuatrocientos-
Kagome abrió los ojos con sorpresa. Además de que era mucho dinero, lo que le sorprendió fue que él ya tenía una tarifa fija; ¿acaso le pasaban a menudo esta clase de situaciones?
-Pero aunque soy costoso, puedo hacer una buena oferta- continuó él. Su intención al decir eso había sido incomodarla, pero ella no pareció entender a lo que se refería; o era tonta o demasiado inocente.
-¿Aceptaría trecientos setenta y cinco en cheques de viajero?- cedió Kagome, él era lo mejor que iba a encontrar en medio de la selva.
"Ambas", pensó Bankotsu después de escuchar la pregunta que formuló ella. Pero no le dio tanta importancia, ya había subido la cifra.
-¿American express?- preguntó él, refiriéndose a los cheques de viajero que ella le ofrecía.
-Por supuesto- dijo ella.
-Trato hecho- acepto Bankotsu.
Kagome asintió y ya no dijo más. Comenzó a andar en la dirección hacia donde él se estaba dirigiendo, dejó su maleta en el suelo, y al hombre parado al lado del objeto.
Bankotsu se quedó en donde estaba, ella miró hacia atrás cuando se dio cuenta de que no la estaba siguiendo. Lo que la mujer seguramente planeaba era que él le ayudara a cargar con su equipaje. "Cómo si tú fueses caballeroso y amable, Bankotsu". Pobre tonta.
Agitó la cabeza, como si estuviera resignado, y tomó la maleta por la agarradera que tenía. Caminó un par de metros hasta estar al lado de ella. Justo cuando pasaba a su lado, soltó la maleta y la dejó caer a los pies de Kagome.
-Si piensa que cargaré con sus cosas, será mejor que aumente el precio a seiscientos-
Kagome se quedó con la boca abierta, sorprendida por la poca cordialidad del sujeto. Pero no podía quejarse, después de todo, ella lo necesitaba más de lo que él a ella.
Manten había estado obedeciendo las indicaciones de Zolo durante casi dos horas. Hasta que finalmente llegaron a una especie de módulo de vigilancia en medio de la jungla.
Era un lugar bastante rústico: las casas parecían ser todas hechas con ladrillos de lodo ya secos y los techos eran de palma.
Manten nunca se imaginó que estaría en un pueblo polinesio como ese, pues esa fue la impresión le dio en cuanto cruzaron por la improvisada verja de ramas a la entrada.
Los policías eran, definitivamente, un cuerpo local. Pero en cuanto vieron a Zolo bajando del auto, todos parecieron genuinamente sorprendidos. El capitán de los uniformados les ordenó cuadrarse de hombros de inmediato, saludando a su superior recién llegado.
Manten seguía dentro del auto, no quería arriesgarse a que alguno de los presentes lo reconociera. Vio como Zolo daba una orden y de inmediato se armó un caos de cuerpos yendo de un lado para otro. Se encogió aún más en su asiento y espero. Se quedó ahí hasta que un oficial le ordenó bajar del vehículo.
Lo escoltaron a lo que el supuso que sería el cuartel general, si es que no todo era como en las películas policiales. Habían muchas más personas ahí dentro; afortunadamente, Zolo estaba en otro sitio.
Se acercó a un hombre que hablaba por teléfono cerca de una ventana. Como por arte de magia, lo dejó usar el aparato sin siquiera desconfiar de él.
De inmediato marcó el número a la única persona en toda Colombia con la que había estado hablando estos dos últimos meses.
-Diga-ordenó Hiten en cuanto descolgó el teléfono.
-Hiten…- habló su hermano, más molesto de lo que debería sonar estando en medio de tantos hombres que podían ponerlo en prisión. Lo pensó mejor antes de seguir hablando con Hiten. – Hola mami-, habló mientras aparentaba calma, usando una especie de nombre en clave para su hermano.
-Manten, ¿dónde estás?- Hiten estaba almorzando en el yate, en Cartagena. Había estado esperando esa llamada durante toda la noche, en vista del retraso de su hermano y de la escritora.
Manten no había esperado que su hermano atendiera, se suponía que debía de estar en el hotel para esperar a la escritora. Estaba molesto por haber pasado toda la noche aplanándose el trasero contra el asiento de su auto, dando saltos que nadie creería posibles gracias a un bache; mientras su único hermano se encontraba muy cómodo y contento en su yate de más de un millón de dólares.
-Tranquila, mamá, ¿por qué dices que nunca te llamo?- Estaba a punto de gritarle por el teléfono pero se contuvo, un policía pasó muy cerca de ahí.
-Dime que es lo que pasa ahora- exigió Hiten.
-Como siempre, nos metiste en un buen lío- habló Manten, lo más bajo que pudo y con la mano sobre la boca, - Primero, la tonta mujer subió a un autobús equivocado. Y ahora estoy en una especie de cuartel militar- hizo una pausa y miró a su alrededor; a través de la ventana habían muchas patrullas y hombres alistando toda clase de armas, -¡Oh, no! ¡Parece que se movilizan a Hiroshima!-
-¿Saben quién eres?- preguntó su hermano, alarmado.
Maten rodó los ojos, -¿En serio crees que voy presentándome a todos los policías de todos los pueblos?-
-De acuerdo, lo siento. Termina con esto pronto, escabúllete y sal de ahí-
-Otra cosa, hermano. Adivina quién está aquí-
Hiten estrelló la mano sobre la mesa en la que estaba comiendo, -¡Zolo!-
-¡Felicidades, acertaste! ¡Zolo!, se subió a mi auto. Ahora no solo somos secuestradores, si alguien se entera de quien soy terminaré en el potro-
Manten se estaba exasperando. Miraba de un lado a otro, nervioso y con miedo de que alguien lo reconociera.
-¿Tiene a sus hombres con él?- preguntó Hiten, inconsciente de la situación de su hermano; que dicho sea de paso, era muy grave y también lo afectaría a él.
-No, los reemplazo por unos lugareños- Iba a mencionar el asuntito de que eran casi el doble del ejercito de Zolo, pero una fotografía suya llamó su atención. Solo atinó a murmurar una maldición entre dientes; si alguien veía esa foto con la leyenda de "SE BUSCA", su vida terminaría mucho antes de lo planeado. Se acercó al muro en donde estaba adherido el retrato a la pared, gracias a un trozo de cinta adhesiva
-¡Maldición! Manten consigue el mapa y ya- gritó Hiten por el teléfono. Cuando formuló el plan habría sido perfecto, y ahora estaba arruinado gracias a la interferencia de Zolo.
-No me grites Hiten- se colocó el teléfono entre el hombro y la oreja, subió a un escritorio para poder alcanzar el cartel con su cara, - si quieres matarme está bien, llévame de regreso a Queens y mátame, pero no me dejes morir en la selva- Manten logró alcanzar la foto, aunque después perdiese el equilibrio y fuera a dar de boca al suelo.
-Manten, no importa lo que tengas que hacer, solo consigue el mapa- fue lo último que Hiten dijo a su hermano, después colgó el teléfono.
Dejó el aparato sobre su base de mala gana y dejó que se lo llevara el mesero que habían contratado; no era muy atento, se recordó que lo despediría más tarde.
Delante de él estaba la hermana adoptiva de la escritora, la esposa de Eduardo. Ella comía en silencio lo que había pedido para desayunar. La habían traído a bordo del yate, después de explicar todo lo que pudiera aclarar los misterios respecto a la muerte de su esposo, ella se dio cuenta de que no planeaban hacerle ningún daño.
Manten y él nunca habían sido practicantes de secuestros ni de asesinatos, preferían ser más astutos y planear las cosas con cuidado. Habían muchas cosas que podrían salirse de control cuando se involucraba a una víctima, pues nunca se tenía conocimiento de cómo actuaría esa persona. Por lo tanto, para ellos era más fácil robar de algún anciano rico y solo para no dejar huellas.
Con el tiempo ya tenían suficiente experiencia dentro de ese negocio, pero en esta ocasión se les salió de las manos.
-Su hermana tomó un camino equivocado y tardará dos días, espero yo, en llegar hasta aquí- El rostro de Sango se tornó notablemente más pálido después de escuchar la afirmación de su captor, no podía pensar en su hermana perdida en la selva. Se quedó en silencio y Hiten continuó: -Además, el tercer interesado que le dije esta tras ella-
La preocupación de Sango se iba incrementando; él hombre frente a ella le había hablado del sujeto que había sido el responsable de la muerte de su esposo, revelándole que ellos no habían tenido nada que ver con el desafortunado episodio. Aunado a esto, el asesino también tenía interés en el mapa de "El corazón".
-¿Se refiere al policía que mató a mi esposo?- preguntó Sango, mientras aparentaba estar firme en espera de la respuesta de su captor.
La palabra "policía" caló en los oídos de Hiten, molestándolo a sobremanera. Estrello ambas palmas de las manos sobre la mesa en la que desayunaban, quedando su plato en medio de las dos, y se puso de pie mientras hablaba enfurecido.
-¡El carnicero que mató a su esposo!- caminó, rodeando la mesa para acercarse a Sango, -Un hombre muy poderoso con un ejército privado que lo respalda. Y aunque se haga llamar Doctor Zolo, ministro de antigüedades, o Coronel Zolo, Subcomandante de la policía secreta, ¡sigue siendo solo un carnicero!-
Para cuando terminó de hablar, estaba tan cerca de Sango que le gritó las últimas palabras en la cara. Sin inmutarse, ella vio como ensartaba el filete que había estado sobre la mesa (en un palto) con un cuchillo que había adquirido de quien sabe dónde. Lo agitó a la altura de su rostro y después lo arrojó a un pequeño cocodrilo que estaba en el suelo, atado con una correa de cuero llena de estoperoles. El reptil lo engullo con apuro; nadie podía imaginar lo mucho que Hiten adoraba a esos animales.
No había pasado ni media hora desde que partieron del lugar en donde fue el accidente y Bankotsu ya se estaba impacientando. Llovía y ya estaba a punto de oscurecer; esa mujer iba, por lo menos, a unos diez metros por detrás de él caminando a la velocidad de un koala.
Tenía cada milímetro de su cuerpo empapado, su humor no era el mejor, la paciencia se le terminaba con cada jadeo que daba la mujer detrás de él. Aunque se obligaba a no mirarla, pues si lo hacía tal vez la amonestaría para que se apresurara, de todas maneras volteó la cabeza para verla.
Llevaba puesto un enorme abrigo de tela sintética (supuso que para no mojarse con la lluvia), estaba totalmente empapada y arrastraba la maleta azul por el lodo.
De acuerdo, ella necesitaba ayuda pero él no tenía ánimos de cargar con nada más que su fracaso de ese día con las aves.
-¿Lleva algo de valor ahí dentro?-
Kagome miró a su "héroe" cuando lo escuchó hablar. Estaba parado muy por delante de ella, mojado y con los brazos en jarras.
-No…- respondió Kagome, pensando en objetos caros y delicados como un reloj o joyería, - ¡Oh, espere! Sí, llevó toda mi ropa-
Él arqueo las cejas, -¿Un paraguas?-
Kagome negó con la cabeza.
-¿Qué me dice de un par de zapatos cómodos?-
El agua resbalaba por las orillas del sombrero que llevaba Bankotsu, volviendo poco nítida la imagen que veía de ella.
-Todos son como estos- se lamentó Kagome.
Bankotsu asintió y la vio de arriba abajo, pensando en que era un desastre total, ¿Quién demonios iba de visita a un país tropical con ropa como de secretaria? Sin decir palabra, tomó la manija de la maleta, le sonrió y la arrojó montaña abajo.
Kagome solo pudo seguir con la vista como todas sus pertenencias rodaban por una barranca y se perdían entre el follaje de la jungla.
-¡Listo!, ahora estará cómoda- Exclamó triunfante, -¡Sigamos!-
Ella lo fulminó con la mirada, -¡Es usted un…!-
Parece que ese día la lluvia estaba esforzándose en arruinarles las cosas a Bankotsu y a Kagome. Ella no pudo terminar con su insulto, pues la pequeña porción de tierra en donde estaba parada se transformó en lodo gracias al agua, desgajándose de la tierra y llevándola hacía abajo en un tobogán natural de lodo.
Poco después Bankotsu la siguió, mientras se quejaba de lo estúpida que era ella.
Para cuando Kagome se detuvo, dentro de una piscina de lodo, ya estaba llena de suciedad y su abrigo había quedado en alguna parte del tobogán, probablemente ensartado en una rama.
Al caer, su cuerpo había quedado en una posición parecida a la de las mujeres cuando están dando a luz. Pero eso no importó mientras trataba de recuperarse del lapsus de nervios que le provocó su inesperado descenso.
En poco menos de medio minuto, Bankotsu salió de la nada y terminó cayendo en medio de las piernas de Kagome, dentro del estanque de lodo. El suceso no ayudó mucho con el estado de su acompañante femenina, puesto que ella estaba sin habla.
Bankotsu se dio cuenta de que la falda que ella llevaba se había recorrido hacia arriba, dejando a la vista unas piernas, que en opinión suya, no estaban nada mal. Dio un grito triunfal y de incorporó de a poco, quitándose el lodo y la tierra del rostro.
-¡Así es como se viaja!- miró hacia arriba, del lugar de donde habían caído, -¡Esta mañana se está volviendo un completo infierno!-
A los ojos de Kagome, él estaba desquiciado. Bankotsu ni siquiera se dio cuenta de que estaba sufriendo un ataque de nervios gracias al sorpresivo paseo, estaba catatónica.
Cuando por fin le dirigió una mirada, ella se esforzaba por respirar con normalidad.
-¿Esta bien?- preguntó y se arrodilló junto a ella, al ver que no respondió siguió insistiendo, -pregunté si se lastimo, ¿qué pasa? ¿Se paralizó del cuello hacia arriba?- Bankotsu podría ser el único ser humano que podía ser sarcástico con alguien en shock.
Kagome respiró hondo y contestó que no.
-Bien, -él la ayudó a ponerse de pie, - ¿Cómo se llama?-
-Me llamo… Kagome Higurashi- los escalofríos casi la hacen tartamudear.
Bankotsu le dio un apretón de manos, - Kagome Higurashi, bienvenida a Colombia- hizo un ademán con el brazo extendido y giró, mostrándole todo el lugar en donde estaban, ósea: la selva. Le palmeo la espalda, más fuerte de lo necesario, y la dejó ahí mientras salía de la piscina, alegando que ese jacuzzi era demasiado lujo para él.
Kagome se quedó quieta en donde estaba, viendo como aquel hombre pateaba y pisoteaba toda la maleza. Bankotsu sacó el cuchillo de la funda que llevaba atada a la cintura y destruyó cuanto pudo en un arranque de ira.
Definitivamente estaba desquiciado.
Creo que este es el capitulo más grande que he hecho hasta ahora en este fic. Perdón si tarde, pero la preparatoria este año se empeña en no darme tregua. Espero que les haya gustado mucho, tanto como a mí me gustó escribirlo :3
