Capítulo 6: La suerte que conllevan las escritoras

Aunque estaba lloviendo, Bankotsu hubiera querido prenderle fuego a toda la jungla entera. Sin embargo, ver esa porción de piel de los muslos de la escritora había logrado calmarlo un poco. Había permanecido maldiciendo y soltando golpes a lo que fuera por no más de uno o dos minutos y debía reconocer que ahora estaba exhausto, su pequeña rabieta lo había dejado sin aliento.

Miró a su espalda en busca de la escritora, sin encontrarse con su menuda figura ¿Dónde diablos se había metido? No había ni rastro de ella.

Se incorporó de donde había estado sentado y se dispuso a buscar el contenido de la mochila que llevaba (cuyo paradero también era desconocido), pues había quedado regado por todos lados gracias a la caída.

Cerca de un pequeño helecho se encontraba la fotografía del velero, mirar su barco fue exactamente el bálsamo que necesitaba para recuperar la cordura. Encontró también su cuchillo, un encendedor, entre otras cosas. Se los guardó en los bolsillos y se dispuso a buscar a la escritora.

Kagome se molestó en darle espacio a su inusual guía y se apartó lo suficiente como para no verlo. De hecho, ni siquiera se percató de su presencia cuando él llegó a su lado.

Bankotsu se la encontró encorvada, con la espalada doblada, mirando detrás de un troco caído horizontalmente que ella usaba como asiento; al verla uno pensaría que estaba vomitando. Alarmado, se acercó a ella. No porque le preocupara su salud, al contrario, lo tenía sin cuidado, pero cargar con una mujer enferma no era algo que estuviera muy dispuesto a hacer.

-¿Está enferma? ¿Se siente bien?- le cuestionó mientras se acercaba a ella.

Kagome se incorporó de a poco en cuanto lo escuchó hablarle, se acercaba a ella y ya parecía estar menos afectado por el infortunio que habían sufrido.

-No. Perdí un botón-

Bankotsu enarcó las cejas, -¿Qué?- . Estaba atónito. Estaban a mitad de la selva, con lodo hasta en las partes más recónditas de sus cuerpos y esa mujer se preocupaba por haber perdido un botón.

-Perdí un botón- repitió ella, despacio. Se llevó la mano a una de las mangas de su saco con la intención de sacudirse un poco la tierra. En cuanto tiró de la tela, esta se desprendió de la costura que la sostenía al resto de la prenda por el hombro.

-Perderá mucho más que eso- se burló Bankotsu. Posteriormente, se acercó y tomó los zapatos de tacón (que ella se había quitado y dejado a su lado, sobre el tronco). Los apoyó en el tronco y removió el tacón alto del calzado usando su cuchillo. En cuanto termino con el primero, lo arrojó a los pies de Kagome, poco después, lo siguió el segundo.

Ella miró sus zapatos, arruinados y tirados sin ninguna delicadeza en el suelo. Se agachó para recogerlos.

-Eran italianos…- dijo para sí misma. No solo se sentía mal por el elegante tacón desprendido del resto del zapato, estaban húmedos, raspados y cubiertos de tierra. Y pensar que los había traído porque eran su par más cómodo.

Bankotsu volvió a enfundar el cuchillo. –Ahora son prácticos, espero que camine más a prisa sin la maleta y con calzado plano-

-¿Hay algo que yo tenga que usted pueda considerar de valor?- preguntó Kagome indignada; ese sujeto se había deshecho de la mayoría de sus pertenencias sin importarle lo que significaban para ella.

-Solo los trescientos setenta y cinco dólares-

Kagome puso los ojos en blanco, su descaro era inmenso. Se quitó de encima su saco arruinado y se agachó para ponerse los zapatos.

En cuanto bajó la cabeza, el sonido de un arma los sobresaltó a ambos y una bala impactó en el tronco del árbol que estaba detrás de ella, justo a la altura de donde se había encontrado la frente de Kagome antes de que se inclinara.

Después del impactó, Kagome se incorporó alterada y mirando para todos lados. De pronto, se vio tacleada por el cuerpo de Bankotsu, su acompañante la tiró al suelo y la obligó a arrastrarse junto a él por la tierra hasta llegar a una roca que les serviría de escudo. Una lluvia de balas se cernió sobre ellos, con sus propios truenos que emitían las armas de fuego de sus atacantes.

Bankotsu la pegó contra la superficie de la roca con un brazo, la cual estaba caliente para sorpresa de ella, y miró por encima del borde hacía donde supuso que se iniciaron los disparos.

Una patrulla se alcanzaba a ver entre la vegetación de la jungla.

-¡Policías!- escupió Bankotsu, - ¿Qué demonios quieren? Últimamente no he hecho nada malo-. Regresó a la seguridad detrás de la roca y quitó su brazo de los hombros de Kagome, liberándola de su agarre, saco los binoculares que usaba para buscar aves y aguardó al momento indicado en el que cesara el tiroteo.

El silencio se hizo presente y fue solo entonces cuando se atrevieron a mirar por encima de la roca. Bankotsu miró a través de las lentes un rostro ya conocido: era el hombre con bigotes que apuntaba a la escritora cuando él llegó al sitio del accidente.

"¡Maldición! ¡Le disparé a un policía!"

Frustrado, soltó un taco y dejó los binoculares de forma brusca en el suelo, se pasó las manos por el cabello y la cara. Intentó calmarse, pensar en que podría hacer en estos momentos. Miró en dirección a la escritora, Kagome no quitaba el ojo de encima de los agresores y era indiferente al escrutinio de Bankotsu.

¿Qué curioso que se viera obligado a salvarla por segunda vez de ese sujeto?

De pronto, algo se aclaró en su mente. ¡Por supuesto!, era extraño que, de la nada, ese hombre deseara asesinarlos a ambos. Kagome tenía un papel muy importante en esa situación, ¿qué no estaba contándole?

-¿Qué ocurre?-preguntó ella cuando se dio cuenta de que la miraba.

-La busca a usted, ¿cierto?-, ella no supo que contestar,-Él esta tras de ti, ¿quién demonios eres?-

Bankotsu se alteró gracias a la indecisión de ella por hablar. La vio boquear un par de veces, como si no supiera que decir. Cuando por fin dijo algo, fue en voz tan baja que él no estuvo muy seguro de haber escuchado bien lo que dijo.

-Soy una escritora de novelas románticas-

-¿Qué eres qué? ¿Por qué viniste aquí?- la tuteó, casi sin darse cuenta.

-Ya se lo dije, la vida de mi hermana depende de mí…-

-No me vengas con eso. Pensé que ibas a donarle un riñón o algo por el estilo- la interrumpió.

Bankotsu resopló mientras volvía a sujetar los binoculares y miraba de nuevo sobre su refugió.

Los policías habían sacado unas cuerdas de algún lugar dentro de la patrulla en la que habían llegado, y se disponían a bajar por la empinada desde donde habían dejado aparcado el vehículo.

Bankotsu llevaba suficiente tiempo en Colombia como para entender perfectamente el español, y el tipo del bigote parecía estar desesperado por darles caza y asesinarlos, ojalá y solo se refirieran a la escritora.

Se acomodó la escopeta en la espalda para poder alejarse del tiroteo y de los policías que se acercaban a ellos. Solo esperaba que Kagome pudiera correr con los nuevos zapatos.

-¡Espere!- gritó Kagome, pero él ya iba muy por delante de ella. De la nada había echado a correr entre la maleza con una dirección indefinida, solo iba hacia adelante y alejándose de los perseguidores.

-¡No cuente conmigo, niña!- le grito él por encima del hombro. Accedió a ayudarla porque no le pareció tan malo tener que soportar su compañía hasta llegar a un teléfono, además de que le pagaría solo por dejarla acompañarlo. Pero nunca estuvo en sus planes verse en medio de una persecución, esa mujer tenía problemas más serios que llegar a Cartagena. Y ahora él tenía que ayudarla por doble; el hombre del bigote lo vio y sabía que iba junto a ella, ¿qué más le quedaba?

Conforme avanzaban, los árboles que dejaban atrás eran impactados por balas que, de no haber sido lo suficientemente rápidos, les habrían dado a ellos. Pero el camino de la selva era escarpado y lleno de maleza que les obstruía ciertas partes del camino, por lo tanto, tanto ellos como sus perseguidores eran muy cuidadosos de donde pisaban.

Bankotsu iba por delante de ella, tomó una vereda distinta que salía por su derecha y terminaron llegando a una especie de pared compuesta por plantas parecidas a los juncos. Sería muy difícil pasar por ahí.

Bankotsu sacó su cuchillo de la funda que pendía de su cinturón y se dispuso a abrir un camino para ambos entre la hierba. Esa mujer le daba muy mala suerte.

-Corríjame si miento. Esta mañana se levantó temprano diciendo: "Hoy arruinaré la vida de un hombre"-

Kagome iba detrás de él, casi pisándole los talones, sin dejar de dar constantes y alarmadas miradas hacia atrás, esperando a que uno de esos hombres armados apareciera de la nada y les apuntara a la espalda. No hizo caso del comentario sarcástico de Bankotsu.

-¿Sabe a dónde vamos?- preguntó Kagome, alzando la voz por encima del silbido que hacía el metal del cuchillo al cortar el viento y la hierba.

-Parece una especie de senda- respondió Bankotsu.

Siguió cortando un poco más a prisa, se dio cuenta de que las plantas disminuían conforme avanzaban, significaba que estaban saliendo de ese denso obstáculo. Cuando parecía que ninguna planta iba a interponerse supo que lo habían logrado. Dio un paso más y casi cae veinte metros hasta un rio caudaloso que pasaba por en medio de dos grandes paredes de piedra, se encontraban en la cima de una de ellas. Alcanzó a sujetarse de una liana que colgaba desde un árbol, antes de caer. Poco después Kagome llegó a su encuentro; casi cae también, pero se aferró con fuerza al cinturón de él.

Era el colmo. Primero su jeep arruinado y su mercancía robada, después, un paseo entre lodo y agua, la mayoría de sus pertenencias perdidas, un maniaco quería jugar tiro al blanco con su cuerpo, la multitud de plantas y un barranco que nunca podrían cruzar. Esa mujer era una total maldición.

Enfundó el cuchillo y camino por la orilla hasta un punto más seguro para pararse, Kagome lo siguió de cerca. Gracias a su vista periférica, ella se dio cuenta de un puente que llegaba al extremo opuesto de donde se encontraban.

-¿Por qué no cruzamos el puente?- lo señaló y aguardó a que él lo mirara.

Bankotsu rechazó la oferta con un ademán de la mano, -Eso ya no es puente. Parece más bien una pieza de arte precolombina-

Él estaba más ocupado mirando alrededor, buscando una manera de escapar. Podrían avanzar por la orilla del barranco, pero no podía asegurar que el camino no se hiciera más estrecho, no era una buena opción.

-Muy bien, - se resignó, - no hay salida. Los esperaremos aquí. Usted permanezca quieta tras de mí- sacó su escopeta de la funda donde la guardaba, tras la espalda y se posicionó detrás de una roca lo suficientemente alta como para cubrirlo por completo.

Al parecer, los perseguidores habían tomado una ruta alterna y prefirieron rodear el obstáculo de hierbas. Kagome podía verlos desde donde estaba parada, bajaban desde una empinada colina hacia ellos. Miró a su alrededor en busca de alguna alternativa que no requiriera de enfrentar a los policías.

Mientras Bankotsu se regañaba a si mismo entre dientes por nunca haber escuchado a su madre, ella caminó hasta el puente. Efectivamente estaba en ruinas y cruzarlo no sería fácil pero tampoco imposible.

-Pude haber sido cirujano plástico, ganar miles de dólares y estar rodeado de bellas chicas- Bankotsu seguía en donde se quedó parado, tratando de cargar su escopeta y quejándose de su vida.

Kagome apoyó un pie en la desgastada madera del puente, estaba húmeda e hinchada. Para pesar suyo, Bankotsu había tenido razón, no fue buena idea llevar calzado fino a la selva; con los zapatos improvisados le era más sencillo andar. Avanzaba por la orilla, sujetándose de las vigas oxidadas de metal que sostenían el puente. Ponía un pie sobre los tablones y daba un par de golpecitos con la punta para comprobar su resistencia, después, cuando lo consideraba seguro, avanzaba al siguiente.

-Señorita, le sugiero que tome nota. Porque lo que está por vivir supera lo mejor de sus fantasías- dijo Bankotsu, aún pensaba que ella estaba detrás de él.

Mientras su guía hablaba sólo, ella ya estaba llegando a mitad del recorrido para llegar al otro lado. Llegó a una parte en la que solo había un tablón cruzado que unía al resto, si quería continuar debía pasar por encima de este. Se preparó, sujetándose con una mano de la viga y con la otra de una liana sobre ella, estiró el pie y lo puso sobre la ennegrecida madera. Soltó un gritito cuando el tablón se partió bajo su peso. Por suerte, solo había apoyado uno de sus pies y no cayó.

-Novelas de amor, vaya tontería- replicaba Bankotsu en murmullos.

Kagome miró decidida al resto de los tablones, no se daría por vencida. Sujetó la liana de nueva cuenta y avanzó por la orilla con renovadas fuerzas. Pasó sobre un par de tablones corroídos y llegó a pocos antes de llegar al otro lado. Sin embargó, se confió demasiado y la madera se partió, dejándola caer. Soltó un grito y se aferró con todas sus fuerzas a la liana que tenía entre las manos, cerró los ojos. La liana permanecía enredada a una de las ramas de un árbol y se encargó de columpiar a Kagome hasta el otro lado del barranco. La escritora se soltó al llegar a otro lado, no porque lo hubiera planeado, se le habían dormido los brazos y permanecía con los ojos cerrados. Cayó sentada sobre su trasero encima de la vegetación.

Con el grito, Bankotsu volteó a verla justo en el momento en el que desaparecía entre las plantas del otro lado del río. Los perseguidores comenzaron a hacer más ruido conforme llegaban, la habían escuchado.

Bankotsu supo que era su última oportunidad de escapar. Se alejó de la roca que tenía planeado usar como refugió y disparó un par de veces al lugar de donde supuso que llegarían, con la esperanza de atinarle a uno y retrasar al resto, que ayudarían a su compañero herido.

Devolvió el arma a su espalda y fue hasta la orilla, al lugar en donde iniciaba el puente. Escogió una liana que creyó lo suficientemente fuerte como para soportar su peso, se colgó de ella solo un momento como precaución. Después, cerró los ojos y rogó a los cielos que no lo dejaran morir sin un último polvo, se columpió al otro lado.

Cuando estaba a punto de llegar, sintió como la planta cedía un poco por su peso y se hacía un poco más larga. Por lo tanto, en lugar de llegar al mismo sitio por donde vio desaparecer a Kagome, terminó estampándose contra la piedra a unos metros más debajo de la orilla. Sin embargo aún podía escalar un poco y subir sin ningún problema hasta estar a salvo.

Kagome temblaba en el lugar en donde estaba sentada. Abrió su bolso de viaje (que todavía conservaba) y sacó la botellita de alcohol que había llevado consigo. No pudo abrirla, le temblaban las manos; pero no pensaba rendirse, necesitaba un trago.

A duras penas, Bankotsu llegaba al borde y trataba de subir. Contra su orgullo, había llamado a Kagome un par de veces, sin que ella acudiera a su ayuda. Logró subir en el momento en el que Zolo y los policías se agrupaban en el lugar donde iniciaba el puente.

Se llevó la mano a la nariz, le sangraba a causa del golpe que se dio al estamparse contra la pared de roca. Caminó a zancadas en busca de la escritora.

-¿Qué demonios hace?-, Se la encontró empinándose una botellita, bebiéndose el contenido. –Bebiendo. Yo pude haber muerto y usted está bebiendo-

Bankotsu le quito la botella de las manos y la miró para saber de qué se trataba. Se sorprendió al darse cuenta de que Kagome tenía buen gusto en cuanto a bebidas alcohólicas, el contenido de la botella era uno de sus favoritos. Estaba a punto de llevársela a los labios cuando vio el pequeño agujero que tenía la taparrosca de la botellita, negó y no le dio importancia al reanudar el viaje del envase a su boca.

Lamentablemente, los disparos se reanudaron justo en el momento en el que pensaba tomar el primer trago.

Kagome soltó un gritito de pánico y salió corriendo por delante de Bankotsu quien, cansado de que lo persiguieran y de los grititos de su acompañante, la siguió de cerca entre la frondosa selva.

Para cuando Zolo y su séquito de, como él los consideraba, incompetentes novatos arribaron a la orilla del barranco, sólo se podía ver la punta de la cabeza de uno de sus objetivos. Los hombres a su mando dispararon un par de veces a la pequeña porción de cabellos negros que sobresalía de la vegetación, del otro lado del río.

-Ya no los alcanzaremos- se resignó uno de los policías al ver desaparecer por completo al par de personas que perseguían.

Zolo se dio la vuelta y se dispuso a regresar al vehículo con el que habían llegado a esa zona. Él no se daría por vencido tan fácilmente.


Tal parecía ser que en la jungla llovía cada par de horas. Hacía muy poco que llovió, cuando iba con Bankotsu andando por la carretera y cayeron por un tobogán natural de lodo y agua. Ahora podía calcular que pronto anochecería y ya estaba diluviando de nuevo.

Con temor a que sus perseguidores les dieran alcance, caminaron veloces entre la selva y sus recónditas y casi intransitables veredas.

Bankotsu iba delante de ella, abriendo paso con su cuchillo, cortaba las plantas necesarias. En algún momento se vio tentado a tensar una que otra rama so pretexto de abrirse paso y después soltarla tras él para golpear a la mujer que lo seguía. Sin embargo estaba mojado, adolorido, cansado y con hambre, no tenía ánimos de bromear.

Llegado el momento, se apoyó en el tronco de un árbol y paro para recuperar el aire que le faltaba.

-¿Por qué nos detenemos?- gritó Kagome sobre el ruido que provocaba la lluvia.

Él la miró, arqueando las cejas, como cuando vez a alguien demasiado tonto como para entender la más sencilla de las cosas. Negó con la cabeza y se enderezó, encajó el cuchillo en el tronco donde había estado apoyado y se lo señaló con las manos, ofreciéndole el trabajo que él había estado llevando a cabo.

Kagome se sintió mal consigo misma. Pobre de ese tipo, no tenía ninguna obligación de ayudarla ni de salvarla. Jamás le dio las gracias por algo y ahora estaba tan concentrada en su hermana que no le importó ayudarlo en forma alguna, ¿desde cuándo se volvió tan egoísta?

-Las damas primero- replicó Bankotsu y se paró detrás de ella.

Kagome lo miró a él y después al cuchillo en la madera. Decidida, se dirigió al segundo y lo empuñó. Tiró con fuerza para sacarlo del tronco un par de veces hasta que lo logró, soltando un gemidito por el esfuerzo empleado. Realizó un pequeño ejercicio con los hombros para prepararse antes de comenzar a abrirles paso a ambos.

El primer corte lo realizó sobre una hoja, había usado más fuerza de la necesaria y solo para partirla a la mitad. Poco a poco se fue adecuando a la tarea.

Bankotsu iba detrás de ella, el que la escritora avanzara tan lento le convenía para reponerse. Además, aunque le desagradara ir tan lento, se consoló viendo la porción de pierna que sobresalía por la rajada que tenía la falda que ella usaba. Se limpió el agua que le escurría por el rostro con las manos y se relamió la que tenía en los labios.

Kagome comenzó a ir más a prisa, la lluvia había arreciado y quería encontrar un refugio pronto. Corto un poco más de vegetación hasta que, detrás de una enorme hoja verde, descubrió un cadáver putrefacto.

Soltó un grito despavorido y se cubrió la boca con ambas manos al darse la vuelta para evitar mirar la calavera. Pronto se vio envuelta en un fuerte abrazo.

Bankotsu, al oírla gritar, corrió a su encuentro y la rodeo con los brazos, la acercó a su pecho mientras miraba el cadáver que la había alterado.

Ella se sorprendió con el hecho de que la abrazara, nunca lo habría considerado alguien capaz de demostrar ternura o preocupación.

La despegó de él y le frotó los brazos con las manos. -¿Se encuentra bien?- inquirió, se agachó un poco para quedar a su altura y la miró a los ojos.

Kagome asintió y se llevó la mano a la boca, comenzó a morderse con cuidado los nudillos.

Él la soltó y la puso con cuidado detrás de sí. Se acercó a revisar al muerto.

Al parecer, la mitad del cuerpo sobresalía de una ventanilla: el sujeto había perecido dentro de un avión que cayó en mitad de la jungla. Arrancó unas cuantas enredaderas que crecieron en torno a la máquina y descubrió la ventana frontal que tenía la cabina del piloto. Miró a través del ennegrecido cristal, por lo que alcanzaba a ver, el avión era grande.

Revisó por uno de los costados y, en efecto, la máquina era varios metros más larga de lo que parecía en un principio.

-Deme la mano-, ordenó a la escritora. Tomándola con firmeza, caminó por delante de ella en torno a uno de los costados del transporte.

Antes de llegar a la cola, el final del avión, descubrieron un boquete lo suficientemente grande como para que un hipopótamo pasara sin problema alguno. El contenido del avión dejó perplejo a Bankotsu, tomó uno de los improvisados paquetes de celofán que se amontonaban sin ningún orden dentro del avión.

-¿Hay alguien ahí dentro?- inquirió Kagome, mientras se enjugaba el agua de la lluvia que le había caído en los ojos con el dorso de la mano.

-No, es un avión de carga- Bankotsu descubrió la envoltura plástica y se llevó un el paquete a la nariz, con la intención de comprobar si sus sospechas eran acertadas.

Kagome se acercó a él y miró dentro del avión, -¿Qué es todo esto?-

-Como cinco años de cárcel en nuestro país y dos en este- Bankotsu arrojó el paquete junto al resto y emitió una sonrisa efímera. Se dispuso a entrar en el avión, ya estaba harto de permanecer bajo la lluvia.

-Oh, es hierba- dijo Kagome.

Bankotsu se detuvo antes de entrar por completo y la miró. Sinceramente, no había esperado que ella comprendiera a que se refería.

-Pensé que era tonta-confesó él.

A Kagome le sorprendió, pero no tenía ánimos para reprocharle nada. –Bueno, asistí al colegio- como si eso lo explicara todo, Bankotsu siguió.

"¿Enserio? Soy escritora y, ¿pensaste que no tenía idea de lo que es un narcótico?"

Dentro del avión, al aroma a humedad era intenso y varias alimañas ya habían construido sus hogares, no obstante, era preferible a seguir emparamándose debajo del diluvio de afuera.

Bankotsu encontró otro cadáver, se deshizo de el sin decirle a Kagome, lo cubrió con varios de los paquetes de celofán. Entre sus ropas, descubrió una linterna de baterías que aún funcionaba.

Mientras la escritora se secaba las gotas de agua del cuello con un pañuelo, caminó hasta la cabina del piloto para ver que encontraba.

Le echó un vistazo a la chaqueta del difunto, en la parte de la espalda tenía el nombre de la banda Greatful dead, la muerte digna. "Y ahora estás muerto, que adecuado".

En el suelo, había una maleta bastante grande en la que se paseaban dos lagartijas grisáceas, la tomó de las asas y se la llevó para regresar junto a la escritora.

Kagome había puesto su bolsa de viaje sobre una caja de madera que estaba arrumbada en una esquina. Estaba terminando de secarse el rostro y el pecho cuando Bankotsu retornó a su lado, dejando su reciente hallazgo sobre los paquetes de droga.

Lo primero que sacó fue un número de la revista Rolling Stones, sonrió y se la pasó a Kagome; lo siguiente fue un frasco de aceitunas, tal parecía que esa chica no provocaba tan mala suerte. Como para apoyar esa afirmación, una botella de tequila apareció en el fondo de la maleta, un vistazo a la etiqueta del producto fue suficiente para que se le hiciera agua la boca, eso y el hambre que sentía. Siempre admiró los gustos de los pilotos.

Destapó la botella y olió en la boquilla primero, no fuera a ser que estaba podrido, cuando estuvo seguro de que no estaba malo, bebió un largo trago. Le tendió la botella a Kagome en cuanto terminó.

Ella la aceptó y leyó el nombre de la bebida, soltó una tímida risa.

-¿Qué?- inquirió Bankotsu al ver su reacción.

Kagome señaló la botella que sostenía en una de sus manos y dijo: -Esta es la bebida favorita de Sango, me pareció una coincidencia un tanto graciosa-. Limpió la boquilla con su pañuelo antes de tomar un trago casi tan grande como el de su acompañante, de inmediato le quemó la garganta y le provocó un mareo.

Bankotsu le arrebató la botella de las manos, en parte por miedo a que la dejara caer y, por otro lado, frustrado por su incompetencia.

La bebida favorita de su hermana… Eso le recordaba, había puesto su trasero en riesgo por culpa de Kagome y se involucró, sin intención de, en el problema de la escritora. Creía justo el saber a qué se estaban enfrentando y ella solo lo evadía.

-Quiero que me hable acerca de su hermana- dijo él.

La expresión de Kagome cambio a una que denotaba pánico, sin embrago, la disimuló escondiendo el rostro.

-Ya se lo dije, - jadeaba y procuraba no mirarlo a los ojos, - su esposo murió y yo vine aquí para ayudarla-

Bankotsu tomó otro trago de la botella que aún conservaba en sus manos y la miró, con la mandíbula tensa. Ella seguía mintiéndole y se sentía muy molesto.

-Ajá- dijo sarcástico.

-Es la verdad- afirmó Kagome y lo volteó a ver. Las cejas estaban el ángulo ideal como para hacer que su cara rebosara de preocupación. Tenía esa expresión que usaban los niños pequeños cuando mentían, lo cual la hacía lucir encantadora pero jamás lo confesaría. Tal vez su intención era aparentar ternura para distraerlo de lo que realmente importaba.

-La verdad, claro- su tonó mordaz no pasó desapercibido para ella. Bankotsu sabía de la inutilidad que tenía el seguir insistiendo.

Kagome tomó el frasco de aceitunas y trató abrir la tapa, falló como siempre, sin embargo siguió intentando para evitar la atención de él.

-Encenderé una fogata- Bankotsu le dio la espalda y ella, a su vez, también se volvió.

Él miró la bolsa de la escritora sobre la caja. Ella estaba de espaldas y con la guardia baja, demasiado concentrada en un frasco de aceitunas que se negaba a abrirse. ¡Demonios, era una mujer ridícula!

-¿Tiene un fósforo o encendedor?- preguntó Bankotsu mientras metía mano en el bolso de viaje. La verdad, él tenía un encendedor; solo fue un pretexto para hurgar en sus cosas. Tenía el propósito de averiguar más acerca de la escritora y lo que la impulsó a dejar su hogar para venir hasta Colombia.

Pronto, su atención fue llamada por una hoja dentro de una protección plástica. Se veía bastante viejo, con dibujos coloridos y todo en español. Las letras más grandes decían "El corazón"

-¿Qué es esto?- preguntó, parecía un mapa.

Kagome lo miró, para decirle que no tenía nada con que encender fuego; la sangre fue de su rostro en cuanto lo vio con el mapa en las manos.

-¡No lo toque!- grito histérica. De inmediato se percató de su error, ahora tendría que confesarle todo.

Bankotsu miró el mapa en sus manos y después a Kagome, inspeccionando a ambos. –Creo que tenemos que charlar-

Kagome se encogió de hombros, resignada. -Está bien-


Hola, creo que me tardé un poquito más pero ya esta aquí. Muchas gracias a todos los que lo han leído y quienes me dejan comentarios. Regresaré la próxima semana si no hay contratiempos.