Capítulo 8: Pequeña mula

Para cuando Manten salió de la comisaría a donde Zolo lo había obligado a ir ya era demasiado tarde como para seguir su camino tras la escritora, además estaba lloviendo.

Sin más que hacer, encendió una pequeña lámpara de aceite que guardaba en su pequeño auto y se acomodó lo mejor que pudo para seguir leyendo el libro de Kagome Higurashi, "Los tesoros del desierto" había terminado por atraparlo completamente en la historia. Esa mujer tenía talento y nadie podría negarlo.

En cierto momento, los ojos comenzaron a pesarle y la cabeza a írsele de lado o hacia enfrente. Se bajó el antifaz que usaba para dormir (que era de seda) y se arropó con una ligera manta, a pesar del calor de la selva, la necesitaba para evitar lo más posible a los mosquitos.

Por la mañana, tres jeeps todo terreno pasaron por la carretera en donde Manten se había quedado dormido dentro de su auto. Iban llenos de soldados con uniformes de color negro, o tal vez de un verde muy oscuro, y armados a más no poder.

El rugido que emitía el motor de los vehículos lo despertó, se quitó el antifaz de los ojos y se asomó antes de que el último de los jeeps se alejara entre la maleza.

"Oh no, Zolo ya está en camino"

Acomodó el libro que había permanecido abierto y boca abajo a un costado de su cabeza, se arregló la ropa lo mejor que pudo y se puso en marcha. Si seguía a esa bola de uniformados, seguro llegaría con la escritora.


Había resultado muy fácil para Kagome deshacerse por completo del efecto inducido por la droga que había estado aspirando, eso le pareció curioso ya que siempre terminaba muy mareada después de una sola botella de cerveza y con jaqueca al día siguiente. Bankotsu había permanecido imperturbable en todo momento, Kagome mentiría al decir que eso no le había provocado celos.

Caminaron un poco más lento esta vez; Bankotsu se detenía constantemente para revisar el cielo y hacer un par de gestos con las manos, como si señalara una dirección a alguien que solo vivía en su cabeza, tal vez buscaba orientarse entre la jungla. Así pues, llegaron a un pequeño pueblo a medio día.

A la entrada de la aldea había un cementerio que debían cruzar; a Kagome le pareció curioso que hubieran tan pocas tumbas, eso seguramente quería decir que muy pocas personas vivían cerca de ahí o que la tasa de mortalidad al año era casi nula.

Bankotsu en cambio, se preguntó por qué habían pintado algunos sepulcros de colores chillones como el verde o el rosa; se deshizo de la pregunta pensando que debía tratarse de alguna travesura de los muchachos del lugar.

Una carretera de tierra pasaba por en medio del poblado, dividiéndolo en dos. Kagome identificó las casas como las del lado izquierdo y las del derecho. Todas eran de color blanco y no se veía ninguna tienda o negocio común; tenían los techos cubiertos por una teja de color rojo como el del barro caliente, puertas y ventanas de madera (que se conservaban abiertas por el calor).

Iban andando por el centro de la calle que dividía los sectores izquierdo y derecho, cunado varios hombres comenzaron a emerger de las casas. Ambos voltearon a ver a uno que salía de una calle justo a un lado de ellos. El hombre vestía formal, llevaba una cadena de oro en el cuello y el mango de una pistola sobresalía del tiro de sus pantalones.

-Demonios…- Murmuró Bankotsu.

Kagome lo miró, no muy segura de haber escuchado correctamente lo que él dijo.

-Amigables, ¿no?- inquirió ella.

Bankotsu se acercó un poco a su acompañante y le murmuró, sin mover casi los labios:

-Traficantes de drogas- al ver que ella se mostró algo perturbada, le dio un consejo, - Solo trata de parecer tonta-

Dicho esto, y como para reforzar su comentario, saludó a uno de los hombres con un "Buenos días" mal pronunciado en español. El hombre había estado caminando hacia ellos, golpeo con el hombro a Bankotsu antes de pasarlos de largo y lo obligó a trastabillar; Kagome también fue ligeramente empujada gracias al movimiento de su acompañante.

Bankotsu miró hacia atrás solo por un momento. Su intención había sido ver con recelo al sujeto que lo empujó (pues casi pisaba a la escritora), pero sus planes se vieron frustrados. Detrás de ellos se agrupaba un gran número de amenazadores lugareños, todos con armas. Volvió a maldecir.

-¿Qué sucede?- preguntó Kagome, visiblemente más alterada, jugueteaba con la correa del bolso que le cruzaba en pecho.

-Nada- mintió Bankotsu; miraba lo más seguido posible hacia atrás, guardando la esperanza de que solo deseaban escarmentarlos.

Caminaron unos metros más antes de que uno de los perseguidores les habló.

-¡Oye hombre!-

Como ni Bankotsu ni Kagome (aún más Kagome) no hablaban lo suficiente el español, no lograron comprender que les dijo el hombre. Sin embargo, cuando lo volvió a decir más irritado, ambos voltearon.

Todos los rostros a sus espaldas eran hostiles.

Dejaron de ver hacia atrás y se quedaron quietos, parados en medio de la carretera.

-De acuerdo, aquí vamos- murmuró Bankotsu mientras tensaba los brazos.

"Oh no, ¿en verdad se refería a…?"

-¿Qué vas a hacer?- preguntó Kagome, esperando que él dijera algo sobre charlar cortésmente y pedir instrucciones para llegar al teléfono más cercano, para después despedirnos con un buen apretón de manos o, de ser posible, un abrazo.

Pero en lugar de eso, él solo dijo que debió de haber escuchado a su madre.

El hombre que les habló volvió a demandar su atención a sus espaldas.

-¿Lista?- preguntó Bankotsu.

Kagome no paraba de temblar de pies a cabeza, estaba totalmente ansiosa. El color abandonó su rostro al ver a mano de Bankotsu, la que apretaba el rifle, su dedo se encaminaba al gatillo.

En un ataque de pánico, provocado por la inminente pelea que se libraría alrededor de ella, se dirigió al hombre que les había hablado en español.

-Ah… discúlpenme,- se detuvo un momento y los miró a todos de izquierda a derecha, continuo cunado encontró un término para dirigirse a ellos, - …caballeros, pero mi amigo y yo necesitamos de un auto-. Hizo un ademán con las manos, fingiendo que sujetaba un volante invisible, para poder darse a entender mejor; tenía la sospecha de que ellos no entendieron nada, pues lo había dicho todo en inglés.

Bankotsu se quedó atónito por la acción de Kagome. Diablos, él solo había pensado en dispararles a todos en medio de los ojos; nunca se debe tratar de dialogar con narcotraficantes, eso lo había aprendido a la mala.

El hombre al que se dirigió Kagome era encorvado, usaba un sombrero y llevaba un cuchillo de siembra en las manos; no parecía muy dispuesto a cooperar con ellos. Se acercó unos pasos a Kagome.

-¿Podría decirme alguno de ustedes…?- ella guardó silencio al estar el sujeto demasiado cerca.

Bankotsu se posicionó, listo para atacar si Kagome salía lastimada; pero no haría nada mientras el otro tampoco hiciera nada.

-Solo un auto en el pueblo, -dijo el hombre en inglés, - es de Juan, el campanero-. Señaló con el cuchillo a una calle por la derecha.

Kagome también señaló a esa dirección, -¿El campanero?- se aseguró.

El hombre asintió y ella le dio las gracias, sonrió y dio un par de pasos atrás. Bankotsu y ella desaparecieron corriendo por la calle que les habían señalado.

-Maldita sea. El fuselaje en el que dormimos debió de ser un cargamento de ese tal Juan- dijo Bankotsu.

Iban caminando a zancadas grandes y rápidas que Kagome apenas y podía seguir.

-¿Quieres decir que es un traficante de dro…?-

Las palabras de Kagome fueron cortadas por la mano de Bankotsu.

-No digas esa palabra aquí, ¿de acuerdo?- Kagome asintió y el la soltó.- Vamos-

Llegaron a una vivienda un poco más grande que las demás, también estaba más lejos de la carretera y estaba pintada de un color azul deslavado. Se aproximaron a la gran puerta de madera que daba acceso a la propiedad; Bankotsu hizo sonar una pequeña campana que había a un lado y dio un par de golpes a la puerta. Le pidió a Kagome que no dijera nada, que él se encargaría de este (refiriéndose al tal Juan).

Al no obtener respuesta, Bankotsu tocó a la puerta de nuevo, le guiñó un ojo a Kagome y esperaron un poco más. Juan respondió esta vez.

Una pequeña ventanita con forma de cuadrado se abrió en la puerta y la cara de Juan emergió de ella. Era un hombre narizón, con barba negra y cerrada, algunas canas denotaban su edad madura. Bankotsu habló de nuevo en español.

-Señor, buenos días, necesitamos su ayuda…-

-¿Qué quiere gringo?- lo cortó Juan, a excepción del apodo con el que se conoce a los estadounidenses, hizo la pregunta en inglés.

-¿Habla inglés?, es estupendo, - halagó Bankotsu, incómodo de cierta manera, - Nos dijeron que tiene un coche y nos gustaría comprarlo o alquilarlo. Tenemos que llegar a un pueblo-

Ante esto último, Juan se mostró ofendido. -¿Y cómo le dices a esto en donde vivo? ¿Una pocilga?-

Kagome abrió la boca para decir algo, iba a comentar que debían llegar a otro pueblo para encontrarse con un familiar. Y hubiera sido una mejor respuesta, pero Bankotsu no le permitió hablar.

-No. Esto es encantador y…- fue interrumpido.

-Váyase ahora- ordenó Juan con un siseó.

Bankotsu intentó persuadirlo para que se prestara más cooperativo. Intento disculparse pero el cañón de un revolver salió de la pequeña ventanita en la puerta y le apuntó a la cabeza.

-Vaya con Dios, gringo-dijo Juan con desprecio, mientras cargaba el arma con un movimiento de su dedo pulgar.

Bankotsu levantó las manos en señal de rendición y le dio un par de golpecitos a Kagome en el hombro con el dorso de la mano. Ella sonrió y juntos retrocedieron sin apartar la vista del arma que salía de la puerta.

Cuando estuvieron un par de metros alejados de Juan, se dieron la vuelta para marcharse de ahí. Sin embargo, grande fue su sorpresa cuando vieron a todo el pelotón de "el campanero" (con quienes se encontraron a su llegada) apuntándoles con varias armas de fuego.

Los hicieron retroceder de vuelta a la puerta de madera, desde donde Juan seguía apuntando a la cabeza de Bankotsu.

-Muy bien, Kagome Higurashi, escríbenos una salida de esto- se mofó Bankotsu de su oficio.

Pero ella ni siquiera pudo ofenderse del terror que sentía.

-Kagome Higurashi… ¿Kagome Higurashi? ¿Esa Kagome Higurashi?- preguntó Juan, antes de que su cara desapareciera de la ventanita y la puerta se abriera.

Bankotsu y Kagome se sorprendieron de ver al hombre vestido con bermudas y camisa hawaiana, llevaba un par de gafas de sol sobre la cabeza.

Agitó el revolver que tenía en la mano, señalando a Kagome, quien solo podía seguir el camino del arma con los ojos. -¿De verdad es usted la famosa escritora?-

-Sí, soy yo- respondió Kagome con sencillez.

Juan sonrió satisfecho, se lo veía genuinamente contento. – Leo sus libros, yo leo todos sus libros- estaba tan emocionado que no parecía muy consciente de que agitaba el arma en sus manos como si se tratara de una bandera, lo que no ayudaba a los nervios de la escritora.

Bankotsu se quedó mirando a Kagome y a Juan alternativamente, vaya desconcertante situación.

-Muchachos, -habló Juan en español, dirigiéndose a la bola de matones (como Bankotsu los consideraba) detrás de ellos, - Esta es Aomecita Higurashi, la que escribe las novelas que les leo los viernes en la tarde-

Una sonrisa comenzó a aparecer lentamente en el rostro del hombre que les había hablado sobre el campanero, no dejaba de repetir el cariñosos sobre nombre que le habían asignado a Kagome y miraba a sus compañeros detrás de él, señalaba a Kagome como si fuera un preciado tesoro.

-Le damos la bienvenida- dijo Juan a Kagome, cambiado de nuevo al inglés. –Pase, señorita Higurashi-; la tomó del brazo y la instó a seguirlo al otro lado de la puerta de madera.

Bankotsu entendía el suficiente español como para saber que los hombres que habían intentado matarlos, a él y la escritora, ahora se despedían de ella agitando las manos y llamándola "amiga" o "Aomecita". Siguió a Kagome y a Juan hacia el interior de la casucha.

-No puedo creer que este aquí. Kagome Higurashi, he estado leyendo sus libros durante todo este año- decía Juan mientras cerraba la puerta por dentro con un cerrojo de acero; a decir verdad, el barniz en la madera lucía casi como nuevo de ese lado.

Detrás de ellos había otra puerta como por la que habían entrado, solo que un poco más pequeña; Kagome se dio cuenta de que estaban en una especie de recibidor bastante amplio.

Juna continuó alabando a la escritora, -Me siento tan honrado de tenerla aquí- abrió la nueva puerta solo con un empujón, -Bienvenida a mi humilde hogar-

De no haber habido un muro en donde sostenerse, Kagome se habría ido de boca al suelo; en cambio, Bankotsu solo demostró su impacto abriendo un poco más los ojos.

El lugar en donde estaban no era precisamente el más humilde de todos, de hecho era la más lujosa casa que ambos hubieran pisado alguna vez en su vida.

Delante de ellos se extendía un suelo empedrado, con un jardincito y una fuente en el centro; había camastros de color amarillo y un empleado regaba las flores del jardín con una regadera.

La casa parecía ser de un solo piso pero bastante amplia. Había arcos blancos con molduras de yeso, las paredes estaban pintadas con tonos cálidos que iban desde el amarillo hasta el rojo, enredaderas colgaban de macetas en el techo y todo permanecía limpio e impecable.

-No me he presentado. Mi nombre es Juan y vivo aquí, ¿qué le parece?- le ofreció la mano a Kagome, quien se la estrechó tímidamente.

Bankotsu no dejaba de dar vueltas a su alrededor, envidiaba lo bien que le iba a Juan en el negocio, que lástima que todo fuera gracias a enfermar y arruinar la vida de miles de personas.

-La gran novelista. – dijo Juan a Bankotsu (de quien ni siquiera parecía haberse percatado), acto seguido, hizo un además con la mano y señalo la puerta, pidiéndole que la cerrara. Bankotsu lo hizo de mala gana, pero no dijo nada, no le convenía ganarse malas impresiones en ese momento, quería aprovechar la ventaja que Kagome les daba. También, Juan le había entregado el bolso de Kagome, con tal de que ella estuviera más cómoda.

Los guío hacia una habitación, la que él llamaba su despacho, que estaba elegantemente amueblada, con una impresionante alfombra persa y un escritorio lleno de papeles.

A Kagome le sorprendió la cantidad de adornos florales, ¿cómo podía ser posible que un hombre que se dedicaba al narcotráfico tuviera tanta a afición a las rosas y a las margaritas?

-Póngase cómoda. -, Dijo Juan a Kagome.

Dejó la pistola que había llevado todo el tiempo sobre un mueble, a un lado de todos los libros que había escrito Kagome; los tenía todos y cada uno de ellos, en las distintas ediciones que habían aparecido y repetidos hasta cinco veces.

-¿Alguna vez ha leído "El oscuro secreto de Angelina"?- preguntó su anfitrión a Bankotsu, quien respondió con una negativa, - ¡Es una lástima! Esa mujer es tan excitante. ¿Qué me dice de "El beso malvado"? –

-No. Tampoco he leído ese-

Antes de continuar, Juan tomó uno de los ejemplares repetidos del libro mencionado y se lo dio a Bankotsu. –Aquí tiene, es todo suyo. Compro varios ejemplares por si llega a pasarle algo a cualquiera de mis libros-

Bankotsu agradeció casi sin voz mientras inspeccionaba el libro que tenía en las manos. El grosor le provocó pereza de inmediato, sin embargo, la portada le interesó a sobremanera: eran una pareja de amantes fundidos en un abrazo, no se veía sus rostros pero eso no hacía mucha falta; ambos estaban en un cama con las sábanas blancas y ella sostenía una daga en una de sus manos, la misma con la que se aferraba a la espalda desnuda de él, ¿pensaría acaso asesinarlo? Bankotsu se descubrió a sí mismo con unas ganas inusuales de abrir el libro.

-Tengo también "Los saqueadores" y espero con ansias "La venganza de Angelina"- caminó hacia Kagome y le pasó un brazo por los hombros, la guío hacia una cómoda silla. –Estoy tan contento de que este aquí en Colombia. Me gustaría mostrarle todo mi hermoso pueblo. Tenemos techos con tejas rojas, hermosos caminos empedrados y campos verdes y frescos. Yo nací aquí, y también toda mi familia-

Mientras Juan no dejaba de agobiar a Kagome con sus planes turísticos, Bankotsu le dio la vuelta al libro para leer la sinopsis. Se encontró con una fea fotografía de Kagome. Bueno, a decir verdad, la mujer de la fotografía en blanco y negro era sería, con mucho maquillaje y un peinado apretado, aburrido; no, la Kagome que conocía era mucho más hermosa que esa mujer estirada.

"Espera, ¿hermosa? ¿Desde cuándo?"

-Lo que me gustaría sería poder usar su teléfono- la voz de Kagome se atrevió a interrumpir a la de Juan; Bankotsu la miró para asegurase de que no era en absoluto bonita, pero se equivocó.

-No, lo lamento. No tengo teléfono, los odio- dijo Juan, Kagome se había levantado de la silla y él tenía las manos en sus hombros para instarla a que tomara asiento de nuevo, - Pero tome un trago. Pasemos el rato.- miró a un perchero que estaba detrás de Kagome y tomó un sombrero vaquero de color café, se lo puso y dijo: -Mire, ¡como el héroe de su historia! Si le gusta, podría estar en uno de sus libros-

A Kagome lo quedó de otra más que sonreír. Juan tenía la mejor de las intenciones en pedirle que se relajara, sin embargo, no podía dejar de pensar en su hermana y en el hombre de bigote que se empeñaba en cazarla.

Juan se acercó a una vitrina en la que tenía su colección de bebidas alcohólicas, al llegar, comenzó a enumerarle una serie de marcas para ofrecerle la que ella prefiriera.

-No tendrá una fotocopiadora, ¿o sí?- dijo Bankotsu. La noche anterior, mientras Kagome dormía, había tomado la decisión de buscar "El corazón" por su propia cuenta. Tenía intención de copiar el mapa antes de dejar a la escritora, de esa manera tendría un duplicado y podría ir él mismo a por el tesoro. No pensó que fuera a provocar nada malo, después de todo, los que pidieron rescate por su hermana no sabrían si alguien ya se les había adelantado.

Para su sorpresa, Juan le respondió. –Sí tengo una, pero no sirve-

Kagome se acercó a donde estaban ellos y le arrebató el bolso de las manos a Bankotsu, quien lo había tenido tono este tiempo.

-¿Puede decirme en dónde está el teléfono más cercano?- pidió Kagome.

-A muchas millas de aquí- respondió Juan.

-¿Cree poder llevarnos en su auto?-

-¿Quién les dijo que tengo auto?- preguntó Juan desconcertado.

Kagome fue invadida por un feo sentimiento de decepción, necesitaban ese auto.

-Los hombres en el pueblo- Kagome sostenía su bolso por enfrente de su estómago.

Juan rio, - ¿Ellos les dijeron que yo tenía auto?, son unos mentirosos, re referían a mi pequeña mula: Pepe-


Después de que la escritora y su desconocido acompañante desaparecieran del otro lado del río, el coronel Zolo no se detuvo a premeditar la peligrosa y egoísta campaña que estaba a punto de llevar a cabo.

Pidió a los policías lugareños que lo llevaran al sitio en donde había cordado verse con su séquito privado.

Zolo sabía acerca de la cacería, sabía que los ciervos normalmente iban a sitios con comida y agua que pudieran hacer de refugios duraderos. En este caso, su ciervo necesitaba hacerse con un teléfono; optó por ir hasta el poblado más cercano, un sitio de traficantes menores.

Efectivamente, desde antes de siquiera entrar al caserío, hubo avistamiento de esos dos llegando por la parte sur del pueblo, a través del cementerio. De inmediato avanzaron hasta las rústicas viviendas.

Al llegar no encontraron a ni una sola alma deambulando por las calles sin pavimentar; para cuando una mujer de edad madura apareció en una de las intersecciones entre calles pelando mazorcas, el Coronel ya estaba hastiado y de un pésimo humor, la pobre mujer tuvo la mala suerte de ser su chivo expiatorio esa vez.

Entraron a una de las casas por la fuerza y "hablaron" con los habitantes hasta que pudieron conocer el paradero de los extranjeros dentro del pueblo; les dieron indicaciones para llegar al hogar del "patrón" y partieron de inmediato.

Zolo estaba muy cerca de conseguir el mapa.

Estacionaron sus vehículos a la entrada del lugar sin hacer demasiado ruido y se prepararon para allanar la vivienda. Sin embargo, Zolo planeaba darles la oportunidad de que entregaran lo que iba buscando por las buenas, ya después tomaría la decisión de asesinarlos o no.

Se encamino hacia la puerta de madera con intención de llamar cortésmente para que lo atendieran de igual manera. Pero un ruido lo hizo detenerse antes de estar tan siquiera cerca, era como el rugido de un motor.

Apenas y pudo esquivar la enorme camioneta que salió de la puerta, partiéndola en pedazos, y a toda velocidad.


Resultó ser que Pepe no era una mula en lo absoluto. Era una enorme camioneta todo terreno de color negro con la leyenda de "Pequeña Mula" en las puertas laterales.

Juan no pareció mortificado por haber destruido la puerta principal de su hogar, conducía por empinados y peligrosos tramos como un maniaco. Se había puesto el sombrero vaquero que le modeló a Kagome y un par de guantes de cuero que dejaban ver la mitad de sus dedos.

Las llantas eran tan grandes que la tierra se quedaba atascada dentro de las hendiduras con forma de tallado que tenía el caucho de las llantas, dejando grandes surcos en la tierra húmeda.

-No está mal para ser una mula, ¿cierto?- se escuchó la voz de Juan sobre el ruido del motor.

Detrás de ella, Kagome solo podía escuchar las balas siendo disparadas por los perseguidores, quienes pronto se dieron a la tarea de conducir en sus propios autos tras ellos. Pequeñas nubes de tierra y humo se levantaban del suelo cada que una bala perdía su objetivo.

Juan cambió de dirección hacia la salida del pueblo; era una bajada larga y empinada hacia los campos de cultivo montaña abajo. Había varios animales en medio del camino, pero la mayoría se hizo a un lado al escuchar a Pepe bajando.

Juan se frenó de pronto, haciendo que el par de asustados extranjeros saliera medio impulsado hacia adelante, como si hicieran una reverencia exagerada; a Bankotsu ya le dolía el cuello y solo podría prepararse para el suplicio que vendría después de la agitada carrera, se sentía muy poco seguro de confiarle el volante a Juan.

-¿Por qué nos detenemos?- inquirió Bankotsu, irritado por el brusco movimiento.

Juan respondió mientras maniobraba con el volante para dar la vuelta por completo, -No puedo matar a mi cerdo favorito-

Bankotsu miró hacia adelante, en efecto, un cerdo negro y gordo se revolcaba en un charco de lodo.

Regresó por donde habían avanzado y de frente hacia los perseguidores, quienes aparecieron justo delante de ellos. Kagome grito, en espera del inminente impacto.

No obstante, Juan giró a la izquierda y pasó a centímetros del auto enemigo, el cual se estrelló contra una improvisada verja de palos de madera.

Cambiaron de dirección pero no de objetivo: abandonar la aldea y dejar a tras a los perseguidores.

Bankotsu y Kagome fueron impulsados hacía arriba gracias al rebotar de la camioneta cuando pasó encima de un agujero enorme en el suelo.

-En la cerca que está a la derecha, ahí nació mi madre.- Kagome apenas y podía escuchar el improvisado tour de Juan, - Y el árbol grande de duraznos, mi hermano lo plantó-

El discurso de Juna quedó opacado por los disparos que volvieron a sonar en el aire, el silbido de las balas.

-Muy bien, Pepe. Perdámoslo- palmeó el tablero de su auto y piso el acelerador más a fondo.

Juan giró por una calle un poco menos agujereada que las demás, sin embargo, estaba tan inclinada que Pepe casi cae de frente contra la tierra.

Kagome soltó otro grito y se aferró con fuerza al brazo de Bankotsu, quien solo miraba hacia adelante medio divertido y medio muerto de miedo.

-Este tipo está más loco que yo – dijo Bankotsu, acomodándose el flequillo negro fuera de su vista.

Juan agradeció lo que él tomó como un cumplido a su atolondrado carácter.

Con una vuelta más, salieron a una especie de sendero lo suficientemente ancho como para que un camión pasara por él, llevaba a un plantío de maíz. Afortunadamente las plantas los cubrían de sus perseguidores e impedían que divisaran a Pepe y le dispararan.

Avanzaron por una buen trecho de la milpa*, abriéndose paso entre la cosecha, hasta que Juan salió en dirección a una pequeña colina.

Bankotsu se molestó, ahora ya no había nada que impidiera a sus perseguidores atacarlos. -¿Qué demonios hace? Ese campo nos protegía-

-Quería mostrarles este otro sitio, tiene lindos naranjos- sacó la mano por la ventanilla para señalarles los árboles de la izquierda; tuvo que devolverla cuando los disparos iniciaron de nueva cuenta. – El tipo que los persigue sí que es persistente- sonrió y aceleró aún más.

Los soldados que los seguían también aumentaron la velocidad y abrieron fuego a una distancia más corta. Las balas alcanzaron la parte posterior de Pepe y una llamarada surgió de ese lugar.

Kagome grito despavorida de nuevo, Bankotsu puso los ojos en blanco por el horrendo y frustrante sonido; Juan la tranquilizó diciéndole que su pequeña mula era a prueba de fuego. Fue un alivio para ambos, Bankotsu quitó la mano de la palanca que abriría la puerta cuando saltara, antes de que Pepe explotara.

-¿Ven aquél río?- preguntó Juan, señaló un calmo río que pasaba justo por enfrente de ellos.

-¿El que no tiene ningún puente?- inquirió sarcástico Bankotsu.

-Suministra a muchos pueblos del valle- explicó Juan, totalmente ajeno del pánico que se instalaba en sus acompañantes.

-¿Cómo que no tiene puente?- preguntó la escritora a Bankotsu.

-Desemboca en El Amazonas- dijo Juan.

-No tiene uno, no hay forma de cruzarlo- dijo Bankotsu a Kagome, alterado como estaba no se dio cuenta del agarre que ella mantenía a su torso. -¿A dónde demonios se dirige?- le habló al atolondrado conductor.

-Haremos el escape de Lupe. Soy un experto, lo he hecho miles de veces- atendió Juan; posteriormente, sacó un pequeño mando a distancia de algún compartimiento cerca de él y presionó una de las teclas.

Kagome y Bankotsu vieron como una especio de rampa aparecía de la ribera del río, no cabía duda de lo que planeaba hacer.

Ambos gritaron cuando la camioneta salió impulsada por los aires, dio un salto limpio por encima del río y aterrizó rebotando del otro lado del mismo.

Pronto el desconcierto de Kagome se hizo a un lado, y permitió que la diversión y adrenalina que había sentido tomaran control de sus actos y comenzó a reírse con Juan.

El conductor no dejaba de sonreír cuando se volvió para mirar hacia atrás, presionó otro botón y la rampa subió un poco más hasta convertirse en un pequeño muro que tendría la función de obstáculo. Como era de esperarse, el jeep que iba detrás de ellos se estampó contra el muro y cayó dentro del río; los demás perseguidores apenas y lograron detenerse antes de sufrir la misma suerte.

Con un grito triunfante, Pepe se alejó del río y del Coronel Zolo, quien solo podía hacer esfuerzos sobrehumanos para controlar su ira; parecía ser que un maldito río siempre se interpondría en su camino.


*milpa: nombre con el que se conoce a una cosecha o plantío de maíz.