Capítulo 9: Sólo nosotros dos

Bankotsu cerró el libro repentinamente. No podía seguir leyendo eso sin antes acomodarse los pantalones; dejó el libro cerrado a un lado de él sobre la verde hierba en la que estaba recostado. Se apoyó en los hombros para incorporarse y mirar a Kagome.

La escritora recogía las diáfanas florecillas rosas que crecían aquí y allá sobre el césped, las juntaba todas en un ramito ¿Cómo una mujer que se llevaba un enorme abrigo puesto para pasear por la jungla bajo la lluvia podía escribir algo tan caliente? No podía reconocerla ya.

-Uno necesita de una mulita si quiere hacer el escape de Lupe- decía Juan mientras pasaba un trozo de tela sobre el encerado de Pepe, - Ese río es imposible de cruzar por doscientas millas en cualquier dirección.- señaló la vereda resplandeciente que corría ya muy lejos de ellos; desde donde estaban podían ver todo el valle bajo la montaña.

-Detrás de la montaña en la que se pierde se vuelve muy peligroso, rápidos y cascadas- se detuvo un momento y sonrió a la escritora, - El campo de Angelina, ¿no Kagome?-

Ella sonrió, sin ser consciente de la mirada de Bankotsu posada en ella, y se agachó para arrancar otro par de flores; su blusa estaba tan holgada que dejó entrever parte de su pecho, Bankotsu apartó la vista.

-¿Qué fue lo que le pasó a Lupe?- inquirió Kagome a Juan.

-Una terrible desaprobación por parte de mi familia- explicó Juan, - se convirtió en sacerdote, así que yo me hice cargo del negocio familiar. Mejor así, yo no soy tan atolondrado-

"Si no eres atolondrado, Juan, ¿cómo es tu hermano entonces?" Bankotsu guardó el libro en la mochila que Juan les había dado y se la colgó tras la espalda. De reojo, vio algo que había estado detrás de él todo ese tiempo y que había pasado por alto, se dio la vuelta esperando no equivocarse. En efecto, un enorme cactus con la forma similar a un tridente se cernía sobre todo el valle desde la colina en la que se encontraban.

-Lupe podría haber terminado colgando de "El tenedor del Diablo", allá atrás. Solía pasar con los bandidos- dijo Juan mientras se acercaba a Kagome, le pasó un brazo sobre los hombros y la obligó a virar hacía la enorme cactácea que estaba detrás de ellos, la misma que Bankotsu miraba con una sonrisa, estaban cerca del tesoro.

-"El tenedor del diablo"- se dijo Kagome a sí misma (en un español muy chapucero) como para recordarse el nombre que había visto escrito en el mapa.

-¡De acuerdo! Sigamos, estamos de suerte- Bankotsu bajó a trompicones de la pequeña cima en la que había estado leyendo, tomó a Kagome ligeramente del brazo y la jaló de vuelta a Pepe.

-Lamento no poder llevarlos a Cartagena, pero más allá de mí pueblo le pusieron precio a mí cabeza- explicó Juan, caminando para ingresar a su puesto de conductor.

Los tres entraron a bordo de Pepe y siguieron su camino.


-De todas las cosas que podrías decirme Manten, "La perdí" es justo la frase que hará que pierdas todos y cada uno de tus dientes-

Manten escuchó a su hermano por el teléfono, a punto de gritarle que se fuera al infierno o a algún sitio peor, un lugar como el orfanato en el que habían pasado su niñez juntos. Miró a su alrededor, estaba llamando de un teléfono público cerca de una plaza municipal llena de gente, más le valía controlarse, no quería que nadie lo reconociera y mucho menos que lo reportaran a las autoridades del pueblo. Le dio otra calada a su ya casi terminado cigarrillo, y descargó todo su mal genio en el teléfono, más bien a la persona del otro lado que lo estaba escuchando.

-Mira, si ellos están en medio de la selva no hay nada que yo pueda hacer. Tengo un auto pero no soy Tarzán. Me metí en todos los rincones que existen en un radio de doscientas millas; debiste ver el río por donde pasé esta mañana. Así que no me vengas con estupideces, ¿me oíste basura? Fuiste una vergüenza para mí y para toda la familia desde que naciste. Y una cosa más Hiten… - se dio la vuelta para revisar si no habían policías cerca, no obstante, casi se cae de cara al ver la menuda figura de Kagome saliendo de una enorme camioneta negra. –Eres el hijo de puta más afortunado sobre la tierra. Ella está aquí.-

-¿Está allá?- inquirió Hiten, por fin escuchaba algo que le gustaba de la boca de su hermano.

-Sí, está justo aquí en el pueblo- se volvió para mirarla, a ella y a su misterioso acompañante, caminando hacia él, - se dirigen al teléfono, debo colgar-

-¿Cómo está eso de que "se dirigen"? ¿Quiénes se dirigen?-

-Está con un tipo-

-¿Quién? ¿Lo habías visto antes?- se alarmó Hiten, si era un acogido de Zolo estaba perdidos y ya podrían irse despidiendo del botín.

-No lo sé. Le gustan los tipos; al igual que a ti, maricón- Manten dijo la última palabra en español. Dio otra calada a su cigarro, la última, y se alejó de ahí con la cabeza gacha. Desapareció entre los transeúntes mientras la escritora corría al teléfono; la vio rebuscando en su bolso (seguramente para encontrar monedas) antes de doblar por una esquina y perderlos de vista.


Dejando a Kagome en el teléfono, Bankotsu se dirigió hacia el que parecía ser el único hotel contiguo a la plaza del centro en aquel pueblito.

-Señor, buenas tardes- dijo en español al hombre que estaba en lo que debía ser la recepción, estaba tras un escritorio alto con los codos recargados en la madera oscura. -¿Tiene cuarto para una noche?-

El hombre bajó el periódico que había estado leyendo y le prestó atención al recién llegado cliente. Asintió con la cabeza.

-¿Con baño?- se aseguró Bankotsu, a ambos les caería muy bien una ducha tibia.

-Sí, todos tienen baño- respondió el hombre en inglés.

-Eso es fantástico- alabó Bankotsu y escribió su nombre en la libreta destinada a las reservaciones. "Y también habla inglés", ¿Cuánta gente lo hablaría en medio de la selva? Hasta ahora, Juan, uno de sus matones y ese posadero ya lo habían dejado en ridículo.

De pronto se percató de lo provechosa que era la situación en ese instante; Kagome estaba hablando por teléfono a una distancia considerable y él podía actuar dejando a un lado la discreción que permanecer al lado de la escritora le exigía.

-¿Tendrá una fotocopiadora?- preguntó al hombre en inglés.

-Sí. Tenemos una al fondo- respondió mientras le señalaba un punto detrás de él que se perdía dentro del hotel.

Bankotsu terminó de firmar y miró sobre el escritorio, buscando algo del tamaño del mapa, debía cerciorarse. Tomó el periódico que el encargado estaba leyendo a su llegada, lo dobló a la mitad y se lo mostró al hombre.

-¿Cree que pueda copiar algo de este tamaño?-

-Sí. Entero-

Bankotsu sonrió satisfecho y dejó el periódico en donde lo había tomado. Pagó la renta de la habitación y regresó al encuentro de Kagome en cuanto le dieron la llave del cuarto.

-Sí. Lo entiendo, lo haré- decía Kagome al teléfono cuando Bankotsu llegó a su lado. Colgó y se dirigió a él. – Acabo de hablar con Sango y está bien. Esperarán a que tome el autobús mañana.-

-Eso es genial. Relájate. Estás cubierta entonces- le sonrió Bankotsu, tenía una noche para persuadirla de que le diera el mapa.

-No estoy muy segura. Sonaba tan… soberbio- decía Kagome mientras se retorcía los dedos de las manos en un gesto nervioso. Bankotsu vio con disimulo el bolso de viaje que le colgaba de uno de sus delgados brazos.

Apenas podía seguirla en la conversación, en su mente se maquinaban toda clase de jugarretas para separarle de ese bolso. -¿Quién?-

-El bastardo que tiene a mí hermana- explicó Kagome con rabia.

-Seguro. Le estas llevando lo que quiere-

Kagome se encogió de hombros y asintió ¿Con qué estaba muy seguro de que pronto tendría el mapa en sus manos? Bueno y ¿qué más daba si podía volver a tener a Sango a su lado? En cuanto la salvara, se la llevaría a Nueva York.

-Bueno, creo que aquí nos separamos- dijo Kagome.

"No, todavía no. Necesito conseguir ese mapa" En cambió, Bankotsu respondió: -Creo que sí-

-¡Oh!- Kagome se sobresaltó, rebuscó en su bolso hasta que extrajo una pequeña bolsita de tela negra, se la extendió a Bankotsu.- Trescientos setenta y cinco dólares. Este era el contrato, ¿correcto?-

Bankotsu revisó el contenido, todos y cada uno de los billetes estaban algo húmedos. –Sí, así era- Se guardó la bolsita en uno de sus bolsillos y Kagome esperó frente a él, tal vez por un apretón de manos, antes de dar las gracias y marcharse.

Bankotsu miró a su alrededor un momento, ¿de qué forma podría retenerla por a su lado esa noche?

Como si respondieran a sus silenciadas súplicas, un par de niños pasaron cerca de ambos gritando algo sobre una fiesta.

Bankotsu le sonrió, - Parece que se están preparando para un festejo- se guardó las manos en los bolsillos,- Lo menos que puedo hacer es invitarla a cenar-

Kagome le sonrió a su vez y aseguró que le encantaría.

Él miró al edificio correspondiente al hotel, se acercó a Kagome y, con una mano en su cintura, la instó a que caminara en dirección al lugar.

-Pagué un cuarto en el hotel; ¿por qué no subes, te das un baño y descansas? Compraré algo de ropa- le extendió la llave de la habitación, - Es la número siete-

Kagome la aceptó, - ¿Siete? Es mi número de la suerte-

Bankotsu paró de avanzar y la dejó continuar sola hacía la entrada del hotel. El siete también era su número de la suerte.


La habitación solo tenía una cama, una no muy grande; ¿tendrían que compartirla? Se obligó a no pensar en eso y se convenció de que Bankotsu tenía la mejor de las intenciones al ser amable con ella. Había un par de sillas acolchonadas, una mesita de noche con una lámpara sobre ella y la mayoría del suelo estaba cubierto por una alfombra algo rasposa. No había televisión, Kagome se decepcionó: la televisión era una buena fuente de distracción y, de haber estado una ahí, no se verían obligados a prestarse atención el uno al otro. El baño era muy sencillo. Se constituía de un lavabo, un espejo pequeño colgando de la pared con azulejos, una bañera y el inodoro.

Se dio un largo y bien merecido baño, uno que duró casi media hora; ni siquiera se molestó en templar el agua y se zambulló dentro de la tina. Se limpió a fondo todo el barro que tenía encima, el sudor y el aroma a humo.

Para cuando salió envuelta en una toalla ya había anochecido y la música de la plaza se colaba por la ventana de la habitación. Una blusa blanca y holgada la esperaba extendida sobre la cama junto con una falda negra decorada con estampados florales, Kagome sonrió; Bankotsu tenía buen gusto. Se vistió de prisa y bajó al encuentro con él.


Abajo, en la plaza, muchos puestos de juegos de destreza llamaban a las personas para ofrecer premios a los ganadores, hombres mayores se reunían entorno a mesitas redondas para jugar baraja. Había niños que sacudían baritas de bengala y por todos lados se encendían fuegos artificiales que subían al cielo o correteaban por el suelo. Muchas linternas de papel alumbraban la amena fiesta. Tampoco faltaban ni el carrusel ni la rueda enorme que daba vueltas en vertical sujetando canastas con parejas abrazándose.

Un hombre pasó frente a Bankotsu cargando un muy bien fabricado barco de madera en pequeña escala, él se quedó mirando la buena pieza de arte mientras se alejaba entre las personas.

Pero pronto, algo mucho más hermoso se cruzó en su campo de vista.

De pie, frente a la entrada del hotel, Kagome aguardaba por él. Usaba la ropa que había comprado para ella, pero los mismos zapatos italianos a los que les había removido el tacón alto (pues no encontró algunos otros en los negocios de prendas que visitó). Llevaba el cabello suelto, ligeramente ondulado gracias al agua que lo humedecía del baño ¿Cómo había logrado que sus pestañas estuvieran risadas? Y ¿Qué del colorete que mostraban sus mejillas? Las mujeres sí que eran ocurrentes, siempre se las arreglaban para lucir más bellas de lo que ya eran.

Traía el bolso de viaje en las manos y, al percatarse de la mirada de Bankotsu sobre ella (mirada que se asemejaba a la de un idiota), acarició con delicadeza el vuelo de la falda bajando la vista.

-Es simplemente hermoso. – Dijo ella, - Gracias, Bankotsu-

Él también se había comprado nueva ropa. Llevaba pantalones blancos una camisa del mismo color con uno que otro detalle azul celeste; lucía muy contrastante con en color de su piel y de su cabello, no obstante, acentuaba el de sus ojos.

Kagome sonrió más ampliamente y se acercó a él, quien la recibió tomándola de las manos y contemplándola de pies a cabeza sin necesidad de soltarla.

Nunca, y en serio nunca, nadie la había mirado con tanta intensidad en su vida; en vista de su pobre experiencia con los hombres, y más aún con los que la consideraban atractiva de verdad, Kagome no sabía que nombre darle a esa sensación de plenitud y confianza en sí misma, mezclada con una incomodidad fruto del pudor que siempre la había caracterizado. Se sonrojó y prestó atención a los botones de la camisa de él.

Bankotsu la vio ponerse colorada y pretender no estar consciente de que la estaba devorando, ¿y aun así escribía erotismo del tipo que te hacía estremecer y acariciar el libro con la yema de los dedos? Era totalmente encantadora.

Los restaurantes habían duplicado el número de mesas que normalmente disponían para la clientela, y acomodaron varias fuera de los establecimientos, sobre las calles empedradas (que, en esos momentos, tenían prohibido el paso de vehículos). Bankotsu y Kagome se sentaron en una pequeña e íntima para dos personas, apostada frente a una pista de baile que habían colocado los pueblerinos.

-Creo que lo que escribes es estupendo. Es genial- alagó Bankotsu, la vela dentro de un prisma de cristal iluminaba su cena; Kagome negó con la cabeza, - Te lo digo en serio, estoy impresionado-

Kagome sonrió y recuperó la copa que había dejado sobre la mesa junto a su plato de cordero con papas. – Ni siquiera has leído el libro completo- bebió un sorbo de vino.

Bankotsu rio, - Lo sé-. Le dio la razón. -¿Por qué decidiste ser escritora?-, inquirió él.

Kagome bajó la copa para poder verlo pero apenas despegó los labios del cristal.

-Supongo que es mi manera de vivir en otra época, de tener aventuras-

Kagome mintió. No lo suponía, estaba bastante segura de que ese era el motivo que la impulsaba a teclear durante todo el día y a romperse la cabeza creando cosas nuevas. Pasaba tanto tiempo sola que se conocía a la perfección.

-¿Qué tiene de malo esta época?- preguntó Bankotsu, - Si no estuvieras aquí, jamás te hubiera conocido-

La mano de Kagome devolvió la copa a la mesa y le sonrió. Nunca esperó que Bankotsu tuviera esa parte tan poética de sí mismo oculta bajo ese carácter prepotente y soberbio.

-Compré algo para ti- dijo él. No recordaba desde que momento comenzó a tutearla.

Metió su mano en uno de los bolsillos de su nuevo pantalón y rebuscó en el hasta encontrar una delicada gargantilla, cuando la extrajo, se la entregó a Kagome.

Ella la tomó y la hizo pender de sus dedos, el dije era un pequeño corazón de plata.

-"El corazón"- dijo lo primero en español, - es por eso que estoy aquí, ¿cierto?-

-Es por eso que estamos aquí, Kagome- le aseguró Bankotsu.

-No, tú no estás aquí por "El corazón"- corrigió Kagome. Bankotsu se había pedido una cerveza para él (el vino le parecía demasiado exquisito como para un sinvergüenza igual a él), despegó la boca de la boquilla y frunció el entrecejo; Kagome prosiguió: -Me dijiste que llegaste aquí a los veinte años-

Bankotsu dejó escapar el aire en un suspiro y reflexionó si contarle o no a Kagome su complicada historia.

Ella se colocó el collar y lo dejó colgar de su níveo cuello; Bankotsu estiró el brazo y le acomodó el corazón plateado entre las clavículas.

-Ya sabes que mi madre era japonesa y mi padre americano, ¿qué más podría interesarte?- inquirió, alejó su brazo del escote de Kagome y regresó al asunto que era su comida a punto de enfriarse en el blanco plato.

Kagome casi suelta un lloriqueo cuando él la dejó; pero estaba dándole la oportunidad de hacerle una pregunta, la que fuera y, tal vez, él respondería.

-Me pregunto, ¿Por qué tu madre te bautizó así? Conoces algo del idioma, ¿no? Estoy segura de que sabes lo que significa-

-¿Huesos bárbaros?- dijo, medio en burla, medio en serio; al menos sí sabía que significaba su nombre, Kagome asintió. –No tengo ni idea de porque le pareció apropiado, Kagome. Por lo menos, en la escuela nadie sabía japonés e ignoraban lo que quería decir-

Kagome puso los codos sobre la mesa y juntó sus manos. – Comparto nombre con un juego de Japón, ¿Sabías?- Bankotsu no lo sabía, pero no dijo nada,- en la escuela giraban alrededor de mí y cantaban mi nombre como para burlarse- se río, - Me mudé a Nueva York a los dieciocho con mi hermana; ella se casó aquí hace tres años y yo me quedé como novelista en la gran manzana; el punto es que comienzo a extrañar esas burlas, a personas que sepan de mi nombre y su relación con el juego-

¿Por qué le contaba todo eso? No es como si no le interesara, sí que quería conocerla en todos los sentidos, pero tampoco se lo había pedido; estaba confiando en él ciegamente. Se sintió mal por comportarse como un sarcófago y no revelarle mucho de sí mismo, pero es que no se sentía bien recordar todo por lo que había pasado, se avergonzaba de algunas cosas que hizo. Aunado a eso, se había atrevido a invitarla a pasar esa velada con él solo para tener más tiempo y copiar el mapa; la estaba usando y ella le confiaba parte de su vida ¿Y si le contaba algo se sí? ¿Qué más daba? Nunca volvería a verla, no se creía merecedor de tremenda suerte.

Empezó su relato, sorprendiendo a la escritora.

-Cuando tenía dieciocho años, mi padre falleció. Él era policía y difícilmente se encontraba en casa. Ambos, mi madre y yo, sabíamos que tenía otra mujer; sin embargo nunca dejó de darnos dinero. Murió durante un asalto armado a un banco.

En vista de su muerte, yo tuve que dejar la escuela y comenzar a trabajar. Pero nadie quería contratar a un desertor y, ya me conoces, soy demasiado orgulloso, no iba a trabajar en un McDonalds o vendiendo helados.

Me metí en el narcotráfico que mi padre tanto odiaba y luchaba por parar. Vivimos bien por un tiempo; pero un día llegue a casa colocado hasta el tope de cocaína y quedé en coma durante una semana. Para cuando desperté mi madre ya sabía en lo que había estado metido por casi dos años. Me hecho de casa, vendió la misma y con el dinero se marchó a vivir con una de sus hermanas en Japón.

Los contrabandistas con los que estaba trabajando me acogieron, pero todo favor tiene contrapartidas con ellos. Me hicieron ir de San Francisco a Luisiana, y de ahí más abajo hasta el sur de México. Fue ahí en dónde me harte, me oculté de ellos y fui por todo Centroamérica vendiendo aves hasta que subí al barco cafetero que partió de un sitio llamado Huatulco y llegue, precisamente, a Cartagena. Eso fue hace tres años.

Kagome, que le faltaba un dato fundamental para hacer cuentas, se animó a preguntárselo.

-¿Cuántos años tienes Bankotsu?-

La miró, lo pensó un momento y respondió. –Treinta y tres-

Kagome abrió los ojos, él era mayor que Sango.

-¿Quieres decir que llevas fuera de casa durante casi trece años?-

Bankotsu sonrió y asintió. Era curioso que llevara todo ese tiempo entre hispanohablantes y aun no dominara el idioma. Pero más curioso le pareció que Kagome digiera "fuera de casa", su madre lo había echado y permaneció herrando por trece años; él ya no tenía un hogar.

Una melodía compuesta por guitarras y panderos comenzó a sonar, y todos los asistentes al festejo se unieron para bailar sobre la pista de madera que habían colocado, la mesa en la que estaban sentados se encontraba justo frente a la pista.

Bankotsu se puso de pie y se plantó frente a Kagome, le ofreció la mano para invitarla a bailar. Ella se resistió hasta que, finalmente, Bankotsu logró persuadirla de acceder.


Manten se mantenía oculto en el pequeño callejón entre dos restaurantes. Desde donde estaba podía ver a la perfección la ubicación de la escritora y de su acompañante; jamás había visto a ese hombre, tenía pinta de contrabandista. A los pies de la señorita Higurashi se encontraba su bolso, Manten apostaba a que el mapa se encontraba ahí guardado.

Se acercó a la mesa que estaba más cercana a la que había ocupado la escritora, quien, en esos momentos, bailaba con el sujeto que la seguía. Manten se quitó el sombrero y fingió que se le resbalaba al suelo para disimular que su plan era arrastrarse por debajo de la mesa y retirar el bolso; lo registraría, tomaría el mapa y lo dejaría de nuevo en donde lo encontró.

Dado su regordete cuerpo y robusta figura, no le fue nada sencillo deslizarse entre piernas tratando de no rozarlas. Llegó al borde y extendió el brazo hacía el bolso recargado en las patas de una silla; maldijo el espacio que le faltaba para alcanzarlo, no podría tenerlo si no sacaba medio cuerpo de debajo de la mesa.

Se agazapó, lo más pegado que podía al suelo, y reptó cual la culebra que era hasta que su mano estuvo a milímetros del bolso. Sonrió triunfante, si cerraba los dedos sería suyo, estaba tan cerca…

Una blanca servilleta cayó sobre su brazo extendido y quedó colgando de este; después, el redondo rostro de una mujer apareció en su campo de vista, lo miraba como las personas de carácter ven a los ladrones: como presas.

-Perdí mi langostino- se excusó (muy pobremente) Manten.

La mujer no entendió nada de lo que dijo, pero no era necesario. Lo tomó del cuello de su saco blanco y lo obligó a ponerse de pie; como no le dio ni tiempo para salir de debajo de la mesa, esta se volcó.

-¿Pero qué se cree usted? ¡Chaparro!- gritaba la mujer en español.

Todos los presentes, quienes cenaban, interrumpieron su comida para mirar el espectáculo que se mostraba.

La mujer era alta y de constitución fuerte; golpeaba a Manten con el puño cerrado y lo empujaba. Lucían muy graciosos: en cuanto los nudillos de la mujer se encontraban con la cara de Manten, él salía impulsado hacia atrás, sin embargo, el agarre que sostenía la mujer en su saco, lo hacía regresar con objetivo de un nuevo impacto.

Manten se vio arrastrado hasta un callejón que se perdía por detrás del restaurante; un mesero trataba de apaciguar a la mujer y obligarla a parar con su incesante ataque. Después de deshacerse del mesero con una fuerte bofetada, continuo golpeando a Manten en repetidas ocasiones hasta que la policía la separo de su víctima; Manten no tuvo ni tiempo de componerse de aquella golpiza, si la policía lo reconocía pasaría la noche en una húmeda celda de la comisaría. Huyó de ahí antes de que se percataran de él.


Kagome no paraba de sonreír, Bankotsu había resultado ser un muy buen bailarín, bueno, tal vez ella tenía esa impresión ya que nunca en su vida había puesto mucho empeño en aprender a bailar; decir que tenía dos pies izquierdos estaba bien, solo faltaba agregar que tampoco podía seguir ni el ritmo más sencillo de todos y su coordinación, a diferencia de la que tenía en los dedos, era totalmente nula en cuanto a los pies se tratara.

Bankotsu la guiaba con suavidad pero firme al mismo tiempo, a veces Kagome se sorprendía con movimientos demasiado sensuales que la hacían erizarse y trataba de huir, pero él no lo permitía y se negaba a soltarle las manos. La hacía girar y contonear las caderas muy cerca de la pelvis de él. Era erótico, él se esforzaba por no llamar la atención de nadie con sus atrevimientos para con la escritora (que, dicho sea de paso, no se estaba excediendo); Bankotsu se extrañó, normalmente solía ser algo más descarado, pero en esa ocasión no tenía ni la más mínima intención de incomodarla públicamente.

Poco a poco, a Kagome ya ni siquiera le importó seguir los pasos de la manera en la que Bankotsu le había dicho. Giraba y giraba como le diera la gana, él la sostenía de las manos y la miraba disfrutar. Ambos sonreían, se abrazaron y dieron vueltas sin soltarse.

Se dieron cuenta de los brazos en donde estaban, las respiraciones que se unían y en las miradas que se cruzaban. Las narices de ambos se rozaron y el calor que venía del ejercicio que hicieron al bailar se mezcló con el que sentían dentro de ellos.

Las personas a su alrededor continuaban bailando, pero la música se había desvanecido y solo quedaban las luces borrosas de las linternas de papel sobre ellos. Las manos de Bankotsu se apostaron en la cintura de Kagome y la instaron a acercarse más a él, ella accedió en cantada y le rodeo el cuello con sus brazos. No sabiendo cómo o porque, sus labios fueron acortando la distancia que existía entre ellos hasta que tuvieron un sutil contacto. El roce fue un preliminar, una probada que terminó por fascinarles y obligarlos a entregarse por completo.


Dos velas eran coronadas por llamas amarillas, iluminaban la estancia desde la mesita de noche y estaban colocadas en un par de candelabros. Pasaba de las diez de la noche y ellos habían optado por la luz de las velas ya que les parecía mucho más íntima. Bajo la base dorada de uno de los candelabros Bankotsu había puesto la fotografía de su velero, colgaba desde la orilla de la mesita para que pudieran verla por completo.

-Algún día, cuanto tenga lo necesario, te llevaré a navegar-

El susurró de él le pareció lo más bello que había escuchado a Kagome, ¡Cuan dichosa sería de poder acompañarlo!

Bankotsu besó su mejilla y le aseguró que no necesitaban a nadie, solo ellos dos.

Kagome afianzó su abrazo a la espalda desnuda de él y sonrió al sentir los labios de Bankotsu sobre su piel.

-Alrededor del mundo y de vuelta aquí, te lo juro-, buscó sus labios y de ahí bajo hasta su cuello sin soltarla ni salir de ella. Se movió un poco y ella no reprimió un gemido satisfecho.

-¿Por qué no me has quitado el mapa?- preguntó Kagome.

Bankotsu se detuvo en su tarea, ¿desde cuándo se dio cuenta de sus intenciones? -¿De qué estás hablando?- la miró a la cara.

Kagome esbozó una triste sonrisa, le dolía no confiar del todo en él.- Hoy vi ese árbol, "El tenedor del diablo", ¿Sabes lo cerca que estamos?-

-Lo sé, pero ¿qué tiene que ver?- fingió Bankotsu, ella era tan lista y él fue un tonto por no ser más precavido. Aunque, si se era sincero a sí mismo, desde que la besó en el baile hasta que habían terminado juntos ese asunto había desaparecido de su mente.

-Estaba pensando en lo que dijiste acerca de negociar- confesó Kagome.

-Así es. La mejor forma de ayudar a Sango es encontrando ese tesoro. Podrías llegar a Cartagena segura, tendrías las cartas a su favor, ellos serían quienes te obedecieran- aseguró.

-Pero aún tienen a mí hermana, podrían herirla o amenazar con matarla-

-Entonces renunciaremos. Es tu hermana, claro que les daremos todo por ella. Pero por lo menos lo intentamos-

Kagome le sonrió, desvió la vista a la imagen del velero.

-Me encantaría verte en ese barco- dijo ella, - De acuerdo, vamos por él-

Volvieron a adentrarse en un largo y pausado beso.

Bankotsu se hubiera cortado la lengua antes de admitir que su estratagema había funcionado. A pesar de que su intención fuera persuadirla de aceptar buscar el tesoro, que ya había logrado, se sentía mucho mejor estando entre el calor de sus piernas. Nunca debía enterarse de que solo la había invitado a cenar por ese motivo; todo había sido totalmente natural y espontaneo. No había sido su intención acostarse con ella y si ella se enteraba apostaba a que lo odiaría. Deslizó su mano por el contorno de su rostro sin romper el contacto de sus labios, bajó por su costado y acarició sus costillas antes de terminar su recorrido hasta donde el colchón y la base se unían. Sacó el mapa del improvisado escondite y lo devolvió como pudo al bolso de Kagome; en cuanto estuvo hecho, se concentró de nuevo en la mujer que se movía debajo de él en busca de otro momento como el de hace unos minutos.


Yo sé que me he tardado bastante pero por lo menos esta algo largo el capitulo, ¿no? En fin, este es el menos parecido a la película, le puse muchas cosas improvisadas como para que estos personajes se acoplaran un poquito más a la historia. No olviden decirme que opinan, si les gustó y hasta amonestarme por mi tardanza.