Capítulo 10: ¡Hacia el corazón verde!

El sol ya había aparecido de entre las verdes montañas que se izaban al este del pequeño pueblo en el que Kagome y Bankotsu pernoctaron.

La plaza en la que la celebración de la noche anterior se llevó a cabo, a estas horas, ya estaba casi desierta; salvo por un par de borrachos que se balanceaban peligrosamente de un lado a otro mientras trataban de caminar con normalidad apoyados uno contra el otro. Algunos más yacían tirados sobre el suelo, sin sentido. Zolo miró con desaprobación el desastre que era la plaza cubierta de papeles y botellas de alcohol vacías mientras el vehículo en el que iba se detenía.

Los dos jeeps todo terreno que habían sobrevivido a la persecución de la pequeña mula de Juan se estacionaron en la misma calle empedrada en la que se encontraba el hotel donde la pareja de escurridizos bribones se hospedaron. Afortunadamente, Zolo no tenía idea de que hasta hace unos momentos seguían plácidamente dormidos en el hotel "Blanquita" frente a él; de hecho, ni siquiera sabía en qué parte del pueblo estaban.

Hizo un ademán con la mano y todos sus hombres bajaron de un salto de los jeeps, se dirigieron hacia el resto del pueblo, revisarían cada hotel y casa de renta alrededor de la plaza. Sacarían a todos los inquilinos y los revisarían si fuera necesario para complacer a su comandante.


Bankotsu miró sobre su hombro, detrás de él, Kagome sujetaba su bolso de viaje mientras esperaba a que él le indicara cuando salir. Se encontraban agachados en el balcón de su habitación para que los soldados uniformados de abajo no lograran verlos.

Él dio un último vistazo hacia los soldados que se alejaban a prisa por toda la extensión de la plaza y se internaban en vatios edificios: hoteles, seguramente.

-Ahora- murmuró Bankotsu y saltó el barandal del balcón. La marquesina sobre la entrada del hotel era como un pequeño pasillo de concreto que les ayudaría a rodear el edificio. Ayudó a Kagome a pasar por encima (igual que él) y no le soltó la mano hasta que rodearon el edificio y estuvieron ocultos del otro lado del hotel.

Bankotsu se dijo que había sido una de las mejores noches de su vida. Divertida y excitante, Kagome no dejaba de sorprenderlo; alguien que escribía escenas como la que tuvieron anoche seguro era un experto en el tema, se le vino a la mente llamarla una "adicta pasiva". Seguro que a ella le haría mucha gracia oírlo; pero ahora debían escapar del sujeto que buscaba a Kagome. Bankotsu maldijo en su interior, ese maldito no iba a desistir.

Llegaron a una esquina de la edificación en donde un poste de alumbrado público estaba plantado en el suelo debajo de ellos, era igual o más alto que el hotel de dos pisos. Lo usaron como si fuera un tubo de bomberos para bajar de la segunda planta en la que estaban hacia la calle adoquinada.

Kagome metió uno de sus brazos por las agarraderas de su bolso y se abrazó al tubo con fuerza. A pesar de que se deslizó hacia abajo graciosamente, al llegar al final no logro soltarse con anticipación y calló sobre el trasero en la acera. Bankotsu no reprimió una leve sonrisa.

Kagome se frotó la zona del golpe y rezó para que nadie hubiese escuchado o, mejor aún, que nadie la hubiera visto.

Bankotsu bajó de la misma manera, él evitó la caída. La ayudó a levantarse y le dio un beso en la mejilla, Kagome respondió a ese acto sonriendo como tonta. Volvió a tomarla de la mano y caminaron por la acerca a un ritmo veloz pero manteniendo el sigilo.

Un pequeño auto de color amarillo pálido estaba estacionado a unos metros, Bankotsu la guío hacia ahí. No esperaba que el auto estuviera abierto, más bien, aguardaba por el momento en que tuviera que forzar las cerraduras de las puertas o romper una de las ventanas; sin embargo, las puertas se abrieron fácilmente de las manijas. Arrojó su mochila por la abertura en el techo del vehículo y entraron, él en el asiento del conductor y Kagome a su lado.

Bankotsu arrancó una pequeña placa de plástico debajo del volante y hundió sus manos entre el amasijo de cables multicolor.

-¿Qué estás haciendo?- inquirió Kagome contrariada.

-Tratando de arrancar esta cosa- explicó Bankotsu en un trono brusco, ¿qué no era obvio?

Kagome dejó su bolso a un costado de ella y acercó la mano a la llave que sobresalía de la superficie plástica del contacto a un lado del volante, la giró y el auto se encendió.

Bankotsu, que ni siquiera se había dado cuenta de lo que ella hizo, miró anonadado el auto en el que iba sin poder comprender como se encendió por sí mismo. Dejó en paz los cables y la miró, ella tenía una sonrisa cómplice en la boca. -Lo has hecho tú, ¿cierto? ¿Cómo?-

–Usé la llave- respondió ella, indicando con el dedo la llave a un costado del volante, la misma que él había pasado desapercibida.

Bankotsu pisó el acelerador e hicieron un rodeo a la plaza principal utilizando las calles secundarias.

En ningún momento se encontraron con los soldados al mando del policía que los seguía y lograron salir del pueblo sin ser detectados.


Manten no estaba del todo lúcido esa mañana. Después de que la mujer regordeta del restaurante le propinara un par de bien merecidas bofetadas, se había arrastrado hasta la cantina más cercana a lamentar sus penas.

¿Por qué los hados lo habían ignorado? ¿Por qué se empeñaron en darle un hermano como Hiten? Y con esas preguntas girando en su mente, botella tras botella se vaciaban frente a él. Ojalá y nunca se hubieran enterado de ese maldito tesoro. "El Corazón", de todos modos, ¿qué rayos era "El Corazón"? Ni siquiera tenía una idea clara de lo que su hermano y él buscaban.

Ahogado en alcohol, frustrado, cansado y revolcado, Manten había retornado a su auto a muy altas horas de la noche. Se había metido entre las cobijas que tenía ahí y no podría decir a qué hora el sueño había pesado más para que, finalmente, se quedara totalmente dormido.

No recordaba si estaba soñando pero, independientemente del sueño (a menos que sea una pesadilla), a nadie le gusta que lo despierten tan de repente; y menos a un resacoso malhumorado. Fue un peso el que había sido tirado sobre él; debajo como estaba de su sudorosa cobija tejida, era imposible que alguien lo divisara desde afuera del auto. Estaba a punto de liberarse de su escondite no planeado y alejar al invasor cuando escuchó una voz semejante a un melifluo.

-¿Qué estás haciendo?- dijo la voz.

"¡No puede ser!"

Manten asomó los ojos por debajo de la cobija, a penas lo suficiente como para ver a la mujer sentada en el asiento del copiloto. Era bonita, menuda y de cabello oscuro; era la escritora que había perseguido los últimos tres días por la selva.


Kagome no podía estar más feliz. No hubo tiempo para que Bankotsu y ella se tumbaran a hablar en la cama, llenándose del calor mutuo que compartían debajo de las sábanas. Seguían persiguiéndolos y no tuvieron otra opción más que escapar lo más rápido posible de su apacible limerencia.

El auto se mecía sobre el camino de tierra por el que pasaban, ya bastante alejados del pueblo; el caminito que seguían no era más que dos líneas cafés que surcaban el verde del césped. Cerca de una arboleda había una pequeña capilla, diminuta, servía para alojar la imagen de una virgen que vigilaba el camino.

-Este debe ser el santuario- dijo Kagome emocionada, echó un vistazo al mapa que llevaba en las manos -No sigas por esta dirección, da vuelta aquí-

Bankotsu obedeció, maniobró con el volante y siguió otro camino que se internaba hacía los cerros que rodeaban el valle en donde se encontraban, la figura de la virgen marcaba una bifurcación que dividía el camino en dos.

El pequeño auto rechinaba y crujía con cada agujero en el suelo por el que pasaban a toda velocidad, que no era tanta teniendo en cuenta el terrible estado del vehículo. Pasados un kilómetro y unos quince minutos, se encontraron con el final del camino. No se veía ni una sola vivienda en las cercanías del lugar en donde se encontraban, solo árboles y una enorme extensión de césped que se internaba en las arboledas.

Bankotsu y Kagome bajaron del auto, estaban bastante hartos del aroma a sudor y a humo de cigarrillo, revisaron a su alrededor desilusionados. Ahí no había nada, ni un camino, ni mucho menos otro indicio.

-Esto no puede ser todo- Kagome miraba el mapa con atención tratando de buscar algo más, pasó por alto que Bankotsu apretaba los puños. Se acercó a él sin despegar la vista del papel entre sus manos. –Tiene que haber alguna otra clave-

Bankotsu se pasó las manos por el flequillo, apartándoselo de los ojos. No, en definitiva no podía ser todo. Pero debía guardar la compostura, estaba demasiado irritado pero no le convenía demostrarlo frente a Kagome, no quería que ella supiera lo mucho que le importaba el tesoro.

–Bueno, las cosas cambian, la enramada crece. No sabemos hace cuánto tiempo que se dibujó ese mapa- le dijo él.

Kagome ya no habló más, volvió a concentrarse en el mapa. Sabía que había algo más, algo que no estaban viendo. Se sentía muy feliz e intrépida ¡Cielos! ¡Estaba buscando un tesoro con él hombre más interesante y apuesto con el que se había topado! No podía pedir una cosa más, salvo encontrar a su hermana y verla con bien; hasta el tesoro se le antojaba superfluo en comparación con Sango y Bankotsu, quería tener a ambos con ella.

Él tampoco habló, miraba a su alrededor escudriñando cada peñasco, cada colina, montaña, árbol y hasta el cielo ¿Qué no estaban viendo?

El mapa en sus manos comenzaba a pesar, se burlaba de ella. Parecía decir: ""Nunca lo van a encontrar"

El sonido del agua llegó, flotando desde alguna parte detrás de los árboles.

-¿Oyes eso?- le preguntó ella, era un sonido tranquilizante, muy bonito.

-Parece una cascada- le respondió él.

De pronto, una idea surgió en la mente de Kagome. Lo había descubierto mientras inspeccionaba el mapa en el auto de camino a donde estaban ahora. Miró emocionada al mapa, que ahora parecía apenado y sumiso.

-Bankotsu, mira esto- le indicó.

Un par de dobleces, acomodarlo en la perspectiva correcta y… ¡voilà! Era una cascada, el mapa adquiría una forma irregular, los dibujos se encimaban y se unían para formar una cascada, una línea roja formaba un corazón alrededor del dibujo y una equis marcaba el lugar.

Bankotsu alabó su ingenio, la levantó del suelo y le dio vueltas en el aire. Después de besarla, caminaron de la mano hacía los árboles y siguieron el sonido del agua cayendo.

Caminaron un buen trecho hasta llegar al río; la cascada era inmensa y feroz, se cernía sobre el río como un titán amenazador.

Kagome no estaba muy segura de que buscar una vez estando en la cascada, y se quedó petrificada en cuanto la vio. Miró el mapa de nuevo y esperó encontrar alguna otra pista en él. Se estaba dando por vencida justo cuando Bankotsu señaló algo en el punto exacto donde el agua que caía se juntaba con la que corría en el río. Parecía ser la entrada a una especie de cueva.

Tuvieron que entrar al agua para poder llegar hacía el punto que le indicó él. El río, si bien no era profundo, tenía una corriente bastante fuerte; en los últimos días que Kagome llevaba ahí en la selva de Colombia el calor había sido casi insoportable, sin embargo, esa mañana parecía haber menguado lo suficiente como para que el agua del río se le antojara helada y no refrescante.

Aferrada al brazo de Bankotsu, Kagome logró seguirlo hasta la abertura oscura en la roca. En definitivo, eso era la entrada a una cueva. Kagome pudo comprobarlo en el mismo instante en el que entró detrás de él, emparamada y tiritando.

-¿Estás bien?- le preguntó Bankotsu.

-Sí- gritó ella para que él pudiera escucharla por encima del sonido que hacía la cascada, era ensordecedor.

El túnel oscuro se internaba unos veinte metros hacia dentro de la montaña, las paredes estaban húmedas y resbalosas; algunos anfibios habían establecido sus hogares dentro de las irregularidades de la piedra, se agazapaban entre el musgo y los hongos que crecían ahí dentro.

Bankotsu y Kagome caminaron iluminados por una linterna que él había encontrado en la mochila que Juan les dio. Pasados un par de metros, Kagome notó que disminuía el ruido y le habló a Bankotsu.

-Este debe ser el lugar- se apartó del rostro un par de cabellos adheridos gracias al agua. Bankotsu iba delante de ella, asintió con la cabeza para indicarle que estaba de acuerdo. –Hay algo que me confunde, ¿qué significa "leche de la madre"?- inquirió Kagome, la frase estaba en español y ella no tenía muy amplios conocimientos en el idioma, tal vez Bankotsu supiera algo.

-¿"Leche de la madre"?- Bankotsu se detuvo y la miró de reojo.

-Está en el mapa- Kagome le mostró el mapa, en la parte en la que decía eso escrito.

-Significa leche materna- tradujo él, -es posible que estemos cerca.

Kagome asintió y le permitió continuar. "Leche de la madre", que nombre tan curioso.

Pasados un par de metros, se encontraron con una curva hacía la izquierda, llevaba a un pasaje distinto. Bankotsu se quedó muy quieto en cuanto echó un vistazo hacia la pequeña cueva que yacía ahí.

Kagome se lo quedó viendo un instante, ¿qué lo habría detenido? Miró hacía la cueva.

Era una estalactita que parecía caer desde el techo de la cueva, de ella goteaba un líquido blanco. Seguramente era así desde hace mucho tiempo, ya que una pequeña piscina blanca de algo parecido a la leche se había formado debajo de ella.

"Con que leche de la madre…" pensó Bankotsu.

-A esto le llamo suerte- mencionó él para sus adentros. Se giró hacía Kagome y le sonrió. –Cariño, lo encontramos-

Parecía que la persona que había ocultado a "El Corazón", tuvo un remordimiento cuando enterró el tesoro dentro de la piscina. Seguramente pensó: "A quienes encuentren el tesoro, los haré cruzar toda la selva, buscar un árbol con forma de tridente, hallar una pequeña virgen en medio del camino y adentrarse a una mohosa cueva a través de un río caudaloso. Lo menos que puedo hacer es dejar un pequeño obsequio para facilitarles las cosas"

Y gracias a ese pensamiento, había dejado una pequeña pala arrumbada en una de las esquinas de la cueva.

Kagome pensaba en esas cosas con una sonrisa en la boca mientras Bankotsu escarbaba dentro del líquido blanco que, al revolverse la tierra con él, había adquirido un feo todo grisáceo. Ella sostenía la linterna en alto, alumbrando el trabajo de él.

-Aun no puedo creer que haga esto- dijo Kagome.

-¿Ah sí? ¿Qué cosa?-aunque no fue su intención, Bankotsu no pudo evitar que un amargo tono mordaz saliera junto con el par de preguntas. Es que lo irritaba, él estaba escarbando como un esclavo y ella no estaba haciendo absolutamente nada.

-Buscando un tesoro… Contigo- respondió ella, al parecer no se percató de la grosería de Bankotsu, o tal vez no le dio importancia. Kagome lo miró con la sonrisa todavía surcando su cara, era justo el tipo de hombre que había estado esperando desde que se inventó a Jessie; pensándolo bien, Bankotsu era mucho mejor que el alguacil rubio. No podía mentir, le había costado trabajo aceptar su forma de ser, tan arrogante y sarcástico, pero ahora le parecía entenderlo mejor gracias a todo lo que habían pasado juntos. –Bankotsu, eres lo mejor que me ha pasado en la vida-

Bankotsu se detuvo en seco ¡Rayos!, se sintió tan malditamente culpable. Había estado demasiado concentrado en el tesoro que ya podía sentir entre sus dedos, que se olvidó por completo de la hermosa escritora junto a él, a la que quería tanto. No podía pensar que la amaba, era muy pronto para eso, pero a su lado se sentía completo, tranquilo y con un propósito fijo: cuidar de ella y sentirse querido.

-Nunca alguien me había dicho eso- "ni siquiera mi madre", sólo completo la deprimente afirmación en su cabeza.

Kagome le sonrió. Era demasiado para él, le devolvió la sonrisa pero con menos intensidad.

Un par de paladas más hasta que la punta metálica de la herramienta rozara con algo al fondo de la piscina. Kagome dejó de sonreír y él también; Bankotsu metió ambas manos hasta el antebrazo dentro del agua opaca y rebuscó en el fondo, un par de gotas blancas le cayeron sobre la mejilla.

Cuando sintió que sus dedos encontraban un bulto rugoso de lo que al tacto parecía ser tela, el corazón ya le palpitaba en las orejas gracias a la emoción. Extrajo el paquete de harpillera mojada, estaba sucio y pesaba muy poco como para contener un tesoro. No importaba, ya habían llegado lo suficientemente lejos, así que no importaba el tamaño del tesoro mientras fuera valioso y le comprara un velero.

Casi con desesperación, arrancó la tela de atado. Dentro estaba lleno de hierbas sospechosas mezcladas con lodo. Bankotsu quitó también la capa de plantas…

-No puede ser- gruñó él, con los dientes apretados, sosteniendo el "tesoro" en sus manos.

-Es solo una estatua sin valor- apuntó Kagome.

En efecto, dentro del paquete que encontraron, solo había un conejo de arcilla cubierto de suciedad. En la fúrica opinión de Bankotsu, parecía que el desgraciado les sonreía con burla.

-Alguien tiene un muy negro sentido del humor-sentenció.

Estaba a punto de arrojar la estatua a un estanque oscuro cuando a Kagome se le ocurrió una idea; era muy remoto pero más valía intentarlo que marcharse dejando un tesoro pasado inadvertido.

-Espera Bankotsu. En mí primer libro "Los saqueadores", el tesoro en el desierto estaba escondido dentro de una estatua de yeso en el centro de un pueblo habitado. Las personas iban y venían en frente de una fortuna y nadie lo sabía, ¿no crees que es un escondite fabuloso?-

Kagome no esperó a que él pudiera decir algo y le arrebató el conejo de las manos, lo estrelló contra la roca del suelo y la figurilla se partió en pedazos. En la parte superior del animal, estaba lleno de papeles viejos, pero en las regordetas patas se ocultaba una esmeralda del tamaño de un puño, tenía la forma de un corazón.

Era "El Corazón verde".

Brillaba con la escaza luz que entraba desde el exterior de la cueva y destellaba en sus manos. Kagome se la pasó a Bankotsu.

-¡Demonios, ahora sí tenemos problemas!- se lamentó él, era la joya más enorme que había visto en su vida.

Un clic se escuchó detrás de ellos; se incorporaron al ver a un regordete sujeto, vestido de blanco y con un sombrerillo del mismo color en la cabeza. Manten los apuntaba con un revolver muy pequeño.

Kagome pensaba que después de que Zolo la amenazó con un arma, se desmayaría si volvía a ver otra, sin embargo, no sentía absolutamente nada, tal vez se debía a la presencia de Bankotsu a su lado.

-Haciéndote un favor: eres un idiota- le escupió Manten a Bankotsu, no sabía ni su nombre pero eso no importaba.

Bankotsu miró a Kagome, estaba muy molesto. -¿Algún otro que este siguiéndote?- esta vez, Kagome fue perfectamente consciente del sarcasmo.

Manten sacó una bolsa de algún sitio dentro de su traje, le apuntó a Bankotsu. –Mete la esmeralda en la bolsa- Bankotsu dudó y Manten le acercó más la pistola a la cabeza, - ¡Vamos!-, finalmente, Bankotsu dejó la joya a regañadientes.

Una vez que "El corazón" estuvo dentro de la bolsa, Manten hizo un ademán con la pistola, señalando hacia la salida de la cueva. –Ahora muévanse, antes de que Zolo nos mate a los tres-


Hola a todos los que siguen mi historia. Estamos aproximándonos al final, yo le calculo otros dos o tres capítulos para terminar. Es la más larga que he hecho hasta ahora y me esta gustando como queda. No creo poder actualizar en lo que resta de este mes pues he quedado en bastantes compromisos, pero haré lo que pueda. Sin más, ¡hasta luego!