Capítulo 11: Traidor
El camino de regreso al sitio en donde el auto estaba fue toda una mezcla de tropiezos y empujones; el tipo que llevaba el arma y la esmeralda no dejaba de clavarle el cañón de su revolver en la espalda de Kagome, quien al ser presa de la insistencia de aquel sujeto para que se apresurara al caminar, no tenía más remedio que resignarse a avanzar a trompicones y estamparse de vez en cuando contra Bankotsu, que siempre la atrapaba.
Los zapatos, aunque ya no fueran altos en la parte de los talones, aún estaban diseñados para estilizar el pie, por lo que eran apretados en la punta y la forma curva que tenían era un tanto incómoda para apoyar el pie por completo. Los pies le dolían, ya había descubierto una fea ámpula en uno de sus dedos la noche anterior después del baño que se dio.
Durante la última porción de bosque antes de llegar al lindero (en donde estaba el auto), el hombrecillo de sombrero le dijo a Kagome:
-Me alegro de que por fin haya conseguido un chofer y un auto, señorita Higurashi.- mencionó eso, refiriéndose a Bankotsu, que iba andando delante de ellos. -Lástima que no sea un guía, de lo contrario, hace tiempo que ya habrían llegado a Cartagena y su hermana estaría más viva que muerta-
Kagome perdió el color en el rostro con esas palabras y se detuvo en seco, mirando la espalda de Bankotsu que se alejaba frente a ella como si fuera de la mano con el fantasma de Sango.
Manten perdía su paciencia, le encajó el arma en la espalda con más ahínco y las piernas de Kagome cedieron al chocar frente a un tronco en el suelo que se atravesaba en su camino, cayó de bruces sobre el césped salpicado de piedrecillas.
Bankotsu se dio vuelta solo cuando escuchó el quejido de dolor proveniente de su acompañante. Y en cuanto la vio en el suelo no lo pensó dos veces para lanzarse contra el sujeto.
-¡No vuelvas a tocarla, espanta pájaros!- le gritó. No pudo acercarse, ya que la pistola se levantó hasta su cabeza. Kagome yacía a un par de pasos de Bankotsu, que formaba una especie de barrera humana entre ella y Manten.
-¿Con que espata pájaros?- Manten pasó por encima de la escritora con un feo corte en la rodilla y se plantó frente al hombre que la acompañaba, - Por lo menos soy sincero. Quiero la piedra, así que la robo sin complicarme; no tengo que seducir a una mujer tonta para obtener lo que quiero-
Ambos se quedaron viendo al regordete y bajito hombre desde diferentes ángulos; sostenía una esmeralda en una mano y una pistola en la otra. Sin embargo, la mirada de ella viajó involuntariamente al rostro de Bankotsu, Kagome hubiera deseado jamás ver la culpa en sus ojos.
-La idea de buscar la piedra fue mía- dijo Kagome, tratando de defender a su guía. Se puso de pie, ignorando el escozor que le provocaba la herida.
-Eso es lo que un buen estafador te haría creer. Déjame adivinar: te dijo que la necesitarías para negociar la libertad de tu hermana, ¿no es así?-, Inquirió Manten con desdén.
Lo último que el hombrecillo escupió le reveló todo a Kagome y todavía no podía creer lo tonta que fue. En esta ocasión, Bankotsu pedía por que la rabia en la cara de ella se esfumara. Pero Kagome solo pensaba en que todo era dolorosamente cierto, había sido descaradamente usada. En un principio, se había comportado como un perro fiel y entrenado, llevando desde Nueva York hasta Colombia un mapa hasta un sinvergüenza; era como si atrapara y regresara una pelota que un extraño le arrojó; ahora hacía lo mismo con Bankotsu, pero le daba más furia saber que cayó solo con un par de miradas de esos deslumbrantes ojos azules, se decepcionó de ella misma.
Para cuando salió de su dolorosa reflexión, de nueva cuenta, un cañón negro y con aroma a pólvora y a muerte estaba en medio de los ojos de Kagome. –Sube al auto y sácanos de aquí- rugió Manten desde su baja estatura. Después, instó a Bankotsu a que subiera también agitando la mano en la que llevaba el arma con desesperación.
Sin quitarle los ojos de encima a Manten, Bankotsu abrió la puerta del auto y dejó que Kagome subiera en el asiento del conductor, posteriormente cerró la puerta con un crujido y un golpe sordo.
La boca de Manten se torció en una abominable sonrisa de triunfo.
-Veamos si te gusta ser…- se detuvo a la mitad de su amenaza, mirando a un punto definido detrás de Bankotsu. Achicó los ojos y murmuro algo sobre un hombre llamado Zolo acercándose rápido, se lanzó a correr colina abajo sin soltar la bolsa de la esmeralda ni la pistola en la otra mano.
Bankotsu miro a su espalda impulsado por el extraño comportamiento del hombre espanta pájaros, Kagome hizo lo mismo desde dentro del auto por la ventanilla. Ambos soltaron una exclamación de sorpresa y enojo a la vez: una manada compuesta de cuatro enormes jeeps verdes se acercaba rápidamente hacia ellos; con que el hombre que seguía a Kagome se llamaba Zolo.
Ella posicionó firmemente las manos en el volante del auto y apresuró a Bankotsu para que subiera. En cuanto él subió, Kagome dio marcha atrás antes de avanzar como para desatascar del imaginario lodo al vehículo amarillo.
-¿Hacia dónde vamos?- preguntó a Bankotsu sobre el ruido del motor mientras maniobraba con el volante. No era muy buena conduciendo, debía ser sincera; solo esperaba no caer a un barranco a cien kilómetros por hora o más.
-Sigue esa piedra verde- Bankotsu señaló a Manten a través del parabrisas, corriendo como un frenético hacia una extensión de árboles próxima. Las cabezas de ambos se estrellaron contra el respaldo del asiento en cuanto Kagome pisó el acelerador con fuerza.
Manten ya iba a varios metros corriendo delante de ellos, tratando de huir de Zolo por su propia cuenta; tal vez pensó que sería una buena idea comenzar a disparar a diestra y siniestra con la pistola que tenía, ni siquiera miraba cuando disparaba de espaldas tratando de dar a los dos extranjeros o a Zolo por igual.
Mientras Kagome acercaba el auto hacia Manten, Bankotsu logró sacar todo el cuerpo del auto gracias al pequeño agujero convertible del techo que dejaba pasar la luz del sol; usando su pierna como un gancho, se aferró al auto para no caer.
Cuando estuvieron lo suficientemente cerca de Manten, este se detuvo, mirando hacía los más de cincuenta policías montados que se acercaban desde uno de los extremos del valle delante de la persecución. Seguramente se enteraron por boca de alguno de los pueblerinos que algo sospechosamente peligroso se estaba llevando a cabo cerca del pueblo o, tal vez, ellos mismos se encontraban cerca y no pudieron ignorar el bullicio que proferían los disparos y los motores en marcha de los autos.
Bankotsu no desaprovecho la ventaja que constituía el frenado repentino de aquel hombre; intentó alcanzarlo, pero no estaban tan cerca como había creído, así que desenganchó su pierna y se lanzó sobre él. Lo tumbó al suelo y le arrebató la bolsa de las manos, dejando a Manten rodando por el verde del césped colina abajo.
Kagome, que permaneció todo ese tiempo dentro del auto, no aminoró la marcha y siguió a la velocidad inicial mientras Bankotsu corría con la piedra dentro de la bolsa en sus manos para tratar de alcanzarla y entrar de nuevo en el auto.
Cuando lo logró, dio un vistazo hacia atrás, fue espectador de como la policía montada interfería en el camino del ejercito privado del tal Zolo, le impedían alcanzarlos.
Desafortunadamente, dos de los jeeps (Zolo iba a bordo de uno) lograron escapar del caos entre caballos y motores, dieron marcha a toda prisa en persecución del pequeño auto amarillo.
Sin ninguna otra opción o esperanza de escape, Manten se hizo un ovillo en el suelo y se cubrió la cabeza casi calva con ambas manos; "Ya no hay nada que hacer" se dijo mientras los polis lo rodeaban desde sus caballos, describiendo círculos torcidos a su alrededor.
Del otro lado del llano, casi pegados a la orilla de un río, Bankotsu y Kagome trataban de averiguar hacia donde huir.
-¿A dónde diablos estás yendo?- le preguntó Bankotsu.
-No tengo ni idea- respondió Kagome con un grito para que él la entendiera.
Pronto, un río caudaloso apareció frente a ellos, en medio de su camino. No podrían rodear, la rivera no constituía un espacio suficiente como para que el auto anduviera seguro ahí. Los motores de los vehículos de Zolo ya se escuchaban demasiado cerca y Bankotsu buscaba desesperado una manera para salir de esa, para al menos poner a salvo a la mujer de su lado.
Pero Kagome tenía otros planes, salvaría a su hermana y poco le importaba el resto. No aminoró la marcha. -¿Qué opinas del escape de Lupe?- preguntó a Bankotsu, quien no pudo más que mirarla perplejo y asustado. No pudo ni gritar cuando el auto salió volando para aterrizar justo en medio del río.
El cofre del auto se salió de su sitio gracias al fuerte impacto que tuvo contra el fondo rocoso del río. El agua salió volando alrededor de ellos y se coló al interior por las ventanas abiertas y el agujero del techo arriba de ellos. Sin tiempo que perder, el río continuó con su carrera en la dirección de la corriente llevándose al auto encima de él.
Kagome viraba y sujetaba el volante con fuerza tratando de guiar el auto en el agua.
-¿Qué crees que haces?, no es un timón, no estás yendo a ningún lado con eso- le recordó Bankotsu.
El agua comenzaba a filtrarse por las puertas y ya comenzaba a formarse un charco en los pies de ambos. Venía siendo buen tiempo para despedirse de la nave.
Pero no hubo tiempo de saltar y, de haberlo hecho así, de todas maneras habrían sido arrastrados por la cascada que caía en frente de ellos. Ambos se alarmaron, se estaban acercando a mucha velocidad hacia una fea caída.
-¿Y ahora qué?- gritó Kagome por encima del rugido del agua.
-Tu solo salta- le indicó él. Sacó el cuerpo por el techo, Kagome por la ventana de su lado; apenas tuvieron tiempo de salir antes de que el auto cayera desde diez metros de altura entre rocas y agua.
La verdad, la caída no fue lo peor si no lo que vino después. Ya estando en el agua del río, la corriente era demasiado rápida como para poder nadar en ella, te arrastraba con fuerza. Por más que Bankotsu se resistió, no pudo parar hasta que el agua misma lo estampó con una gran roca en la orilla; se aferró a lo primero que encontró y sacó la cabeza del agua para escudriñar su alrededor, una terrible verdad lo golpeó en la cara: Kagome no estaba por ninguna parte. De entre el agua, no asomaba ninguna cabellera negra, brazo o pierna menuda que diera a conocer el paradero de la escritora.
La llamó a gritos una par de veces hasta que la divisó del otro lado del río, estaba empapada y salía a gatas del agua, con la ropa empapada pegándosele al cuerpo. Bankotsu salió a su vez del río y se instaló sobre una saliente de tierra, aún llevaba la bolsa con la esmeralda en ella.
-¡Oye!- le gritó él, estaba jubiloso de que ella estuviera a salvo, -¡Kagome Higurashi! ¡Ese fue un épico regreso!-
Ella ni siquiera lo volteó a ver, se dejó caer sobre la superficie de una enorme roca gris y lisa, estaba caliente por el sol y le pareció relajante ese contacto.
-Pensé que te habías ahogado- le llegó la voz de Bankotsu desde el otro lado del río.
"Bastardo", pensó ella. –Lo hice- le respondió ella de mala manera.
-¿Estás bien?- le preguntó él, en verdad preocupado por ella.
-Oh, claro. Estoy bien, genial en realidad. -le gritó mordaz. – Pero tú estás del otro lado-
Bankotsu extendió las manos como invitándola a que viniera a él, ¿qué pretendía?
-No hay paso a través del río- le recordó él.
A Kagome le dio más rabia el hecho de que fingiera inocencia. Al final no pudo más y terminó diciendo lo que se temía.
-Lo has hecho a propósito-
-¿De qué demonios estás hablando? Caímos de una cascada-, ¿Ahora estaba acusándolo de controlar el agua para quedarse con la piedra?
-Admítelo. Tú planeaste todo esto desde un principio. Yo sabía que no podía depender de ti. Lo único que quieres es la piedra porque me culpas de haber perdido tus aves, porque quieres tu estúpido bote. La estás tomando como un pago-
Kagome no dejaba de hacer movimientos bruscos con los brazos, como si practicara que tenía la cara de Bankotsu frente a ella y la abofeteaba una y otra vez.
Él, en cambio, se sentía decepcionado de ella y de sí mismo. Lo planeo en parte, sí debía reconocerlo, pero le dolía que ella no se diera cuenta de que se había ganado un lugar en su corazón. Era inteligente y muy audaz, intrépida y la impulsaba un profundo cariño. Prometió protegerla y si dejaba que algo le pasara a su hermana le haría daño.
-¿Cuál es el nombre de ese hotel en Cartagena?- inquirió Bankotsu.
Kagome puso los brazos en jarras sobre sus caderas, -Hotel Cartagena, ¿por qué te interesa?-
-Muy bien, ve hacía el oeste, mantén el sol sobre tu cabeza y sigue la dirección en la que se pone. Llegarás en tres o dos horas si no estás lastimada. Yo estaré allá- le aseguró.
-Oh, claro. Con El Corazón en tu bolsillo ¿Y qué hay de mí hermana?-
-Ellos no tienen por qué saber esto, tienes el mapa-
-Y tú tienes la piedra, ¿y si se dan cuenta y deciden matarnos a las dos?-
Bankotsu estaba a punto de responderle pero el silbido en el aire lo interrumpió y una bala pasó cerca de su cuerpo para perderse dentro en el agua del río.
A Kagome también comenzaron a lloverle balas y se cubrió la cabeza con las manos.
-Te veré en Cartagena. Confía en mí- dijo Bankotsu mientras ingresaba a la espesura de la selva de su lado del río.
Kagome no logró entender lo que dijo y para cuando preguntó qué era lo que había dicho él ya se perdía entre el verde de los árboles.
Se agazapó entre la maleza que crecía y reptó hasta la seguridad que la selva propiciaba. Avanzó tan solo un par de metros y los disparos cesaron.
Si esa noche significó algo para él, más le valía estar en el hotel esa misma tarde.
Pues sí, esta cortito pero no quería demorar más. La verdad ya falta muy poco y tengo prisa por acabar. Bueno, una vez más, gracias por todos sus reviews y a quienes siguen la historia. Tal vez actualice esto la próxima semana. Bye bye :3
