Capítulo 12: ¿Qué pasó con El Corazón?
Para cuando el sol caía y el cielo se coloreaba con tonos violetas, Kagome llegó por fin a la ciudad portuaria de Cartagena.
Mientras caminaba por los casi invisibles senderos de la selva apartaba helechos de dimensiones sorprendentes y se peleaba con los zapatos que se empeñaban en hundirse en el suelo. Desde una pendiente alcanzó a divisar la punta de una cúpula a lo lejos, como una aguja que pichaba al cielo, era blanca y señalaba justo una sección de la naturaleza intervenida por el hombre.
Al parecer Bankotsu le había dicho la verdad en cuanto a la dirección donde se encontraba la ciudad. Caminó hasta allá.
Iba andando por las calles adoquinadas pensando, reflexionando sobre todo lo que ocurrió. Si Bankotsu conocía la ubicación de la ciudad, ¿pudo haber estado evitando llegar hasta que encontraran El Corazón? ¿Qué tal si escapaba con el tesoro y las abandonaba a Sango y a ella?
Un grupo de hombres soltaron una risotada, estaban muy cerca de ella y parecía que criticaban su aspecto; abochornada, Kagome se cubrió la cara con el cabello esponjado y se encogió más dentro de su ropa sucia, la misma que Bankotsu había comprado para ella, de pronto, ya no le pareció tan bonita como antes. Estaba empapada de sudor, llena de tierra y podía apostar que su cabello estaba invadido por algunas ramillas.
Una mujer la pasó de largo, Kagome siguió andando para atravesar la plaza en la que transitaba al lado de muchas personas. Cojeaba un poco por sus pies destrozados, se dijo que buscaría un nuevo par de zapatos cuanto antes. A pesar de que no fuera su intención, no podía evitar llamar la atención de la gente de Colombia.
Finalmente, del otro lado de la plaza, encontró el cartel que señalaba a un edificio blanco como el hotel Cartagena. Caminó un poco más rápido, tragándose el dolor en los pies.
Cuando llegó a la recepción el hombre encargado solo le dirigió una mirada de desagrado, fue hasta que pidió una habitación (que no se saliera de su presupuesto) que él pareció genuinamente alarmado por su estado; le ofreció un vaso de aquella bebida que se da de bienvenida a los huéspedes y le preguntó por su estado. Kagome no tenía tiempo para calmar sus preocupaciones, estaba demasiado cansada como para hablar, le dijo que estaba bien y le pidió que cuando llegara un hombre llamado Bankotsu Colton le informara de inmediato.
Lamentablemente, cuando le pagó a Bankotsu, se deshizo de la mayor parte del dinero que había traído con ella, por lo tanto, ninguna habitación era lo suficientemente barata.
El encargado de la recepción le facilitó un teléfono en el restaurante del hotel, con él llamaría al número que Sango le dio la última vez que hablaron, en Nueva York.
-Así que, ¿finalmente lo consiguió?- dijo Hiten al teléfono que tenía pegado en la oreja. Estaba de pie en la cabina del capitán, su cabina, siendo su barco, era el único capitán. Solo que jamás moriría con su nave.
La hermana de la escritora permanecía sentada en una silla a un lado suyo, obedeciendo la instrucción que le dio antes de atender permanecía callada.
-¿Tiene el mapa?- escuchó Kagome a través del teléfono.
-Sí, lo traje- dijo con prisa, detrás de ella un mesero terminaba de recoger los paltos de una familia que acabó con la cena. –Quiero hablar con Sango- demandó al captor.
Del otro lado de la línea, Hiten se sacó la gorra de capitán que llevaba sobre la cabeza -No, no puede hablar con ella hasta que yo tenga el mapa- se acercó a Sango, como para que también ella escuchara lo que le decía a su hermana, la miró con suficiencia y continuó hablando con la menor de las Higurashi. –Mire por la ventana. - Kagome así lo hizo- Hay un fuerte al otro lado de la bahía, tiene una torre ¿Lo ve?-
Kagome se lo confirmó a su interlocutor. Si uno caminaba todo lo largo de la bahía, llegaría al otro extremo. Parecía ser un embarcadero, un puerto con un edificio construido de piedra a un lado; parecía un castillo medieval.
-Tome un taxi acuático, una lancha en la playa que esta frente al hotel. Encuéntreme ahí en dos horas y asegúrese de ir sola.-
No hubo nada más, Hiten terminó con la llamada.
Kagome maldijo, el sujeto hizo énfasis en que debía acudir sola. Eso solo podía significar una sola cosa: sabían de Bankotsu.
En cuanto a Bankotsu… ¿Qué tanto podría tardar en llegar?
Ya había preguntado en la recepción por él unas cinco veces y cada una a intervalos de cinco minutos; estaba demasiado nerviosa y se dijo que debía calmarse, que él llegaría.
Tomó asiento en una silla y se llevó los dedos al escote para tomar entre ellos el corazón de plata que le colgaba del cuello.
Bankotsu corría casi frenético por la selva; se había descuidado como un novato. La bolsa con la esmeralda contenía también la única salvación de la hermana de Kagome, le pesaba demasiado en el cinturón.
Otra caída en un desnivel del terreno, se puso en pie y siguió corriendo. La manada de uniformados de verde le pisaban los talones, todos armados hasta los dientes; hasta ahora no habían disparado pues acababan de verlo llegando a donde ellos lo esperaban.
Había sido un completo tonto, un error terrible. Cuando se separó de Kagome en la cascada, llevándose la joya con él, el tal Zolo lo había visto desaparecer del otro la selva. Zolo sabía que se dirigían a Cartagena, la misma Kagome se lo rebeló en su primer encuentro, por lo tanto, dedujo en que parte del río lo esperarían.
Y así fue, justo cuando llegó, una muchedumbre de hombres se cernió sobre él. Ahora mismo se encontraba huyendo de ellos.
La primera pieza de plomo se estrelló en una roca junto a él; solo rogaba por que no hubieran interceptado también a Kagome.
Pasaron dos horas, dos terribles y casi interminables horas. Bankotsu no apareció y Kagome se vio obligada a ir ella misma por su hermana. Lo haría justo y como lo habían planeado antes del altercado en el valle contiguo a donde se encontraban la cascada y El Corazón: llegaría, presentaría el mapa y rezaría porque el captor de Sango no supiera nada de su improvisada excursión de caza tesoros.
El taxi acuático era una lancha con una capacidad de aproximadamente treinta pasajeros, tenía el suelo de madera cubierto por huellas húmedas de calzado. La brisa tenía ese toque tan conocido que provocaba la sal del océano y a lo lejos se distinguían los relámpagos de alguna tormenta.
El "Orca" (como se llamaba el pequeño bote) llegó al amarradero del fuerte al otro lado de la bahía; Kagome no esperó a que el bote parara por completo y saltó al muelle mientras se acomodaba.
Como pudo, se había limpiado la cara en uno de los servicios de señoras en el restaurante del hotel, también había arreglado un poco su cabello.
Ya en el fuerte, escuchó el sonido de un motor. Se dio la vuelta solo para advertir que el bote en que había llegado dio marcha atrás y ahora de alejaba de vuelta a la playa turística en la que lo abordó.
¿Por qué se había marchado tan rápido y de esa forma silenciosa? Alguien le silbó y Kagome miró en esa dirección. Eran un cuarteto de hombres a bordo de un bote rojo más rojo que el taxi; robustos y de bigote, ninguno llevaba camiseta. La ausencia de esa prenda no era la única característica que tenían en común, todos estaban armados; Kagome no tenía ninguna experiencia con armas así que no sabría decir que tipo de pistolas eran.
Kagome se dio la vuelta al darse cuenta de que mantenían un incómodo contacto sobre ella. Echó a andar hacia el interior del fuerte, en realidad era muy similar a una vieja fortaleza medieval, ¿cuánto tiempo llevaría ahí? Hasta tenía una pesada reja levadiza como puerta principal.
Caminó hasta que llegó a una especie de corredor formado por múltiples arcos formados en fila, uno frente al otro. La verdad, no tenía ni idea de a dónde iba o lo que buscaba, el hombre en la línea no le dijo absolutamente nada sobre la devolución de su hermana.
Caminó siguiendo el corredor hasta que llegó al final, donde un bote metálico contenía unas largas llamas anaranjadas que alumbraban esa zona.
Caminó hasta el bote, apretando su bolso de viajes contra sí. El suelo era empedrado y sus pies eran pequeños, terminaba pisando entre las rocas y le era muy doloroso gracias a las ámpulas que le quedaron por la ardua caminata entre la jungla.
Llegó hasta el bote, el calor del fuego pareció escupirle a la cara, era abrumador combinado con el clima natural del caribe.
-Por aquí- se escuchó una voz. Vino desde su derecha, por lo que Kagome miró por instinto en esa dirección.
La voz llegó desde la intersección de tres pasillos, en el que estaba ella y otros dos que iban a algún lugar incierto. Había una lámpara de aceite abandonada en el suelo que ayudaba al fuego iluminando la zona.
Kagome caminó hacia la lámpara, uno…dos…tres… hasta siete pasos.
-Quédese ahí- demandó la voz, la misma que escuchó por teléfono.-Déjeme ver el mapa-
Kagome estiró el cuello para escudriñar en las zonas que no se alcanzaban a iluminar. -¿Dónde está?- preguntó Kagome al captor oculto.
-Déjeme ver el mapa- repitió la voz.
Kagome dirigió su mano al bolso que le colgaba a un costado de la cadera, tal vez si se lo mostraba… No, no sería ella la indefensa nunca más. Los acontecimientos de los últimos dos días la habían obligado a decidirse. "Ahora, ¿qué haría Bankotsu?"
-Antes veré a mi hermana- indicó.
Una figura menuda emergió detrás de un muro, era Sango. Tenía los ojos vendados, -¿Kagome?- preguntó a la oscuridad.
Una sonrisa y un suspiro salieron de Kagome al ver a su hermana tal y como la recordaba. Sin bajar la guardia, sacó el trozo de papel de su bolso de viaje, lo extendió para que "quien sea que estaba hablando con ella" lo viera.
-Tire el mapa en el suelo y aléjese-ordenó el captor.
Kagome lo dejó caer casi con rabia y retrocedió varios pasos de vuelta a la fogata en el bote a sus espaldas.
Tres hombres salieron del mismo sitio por donde emergió Sango. Dos de ellos estaban armados y mantenían a su hermana agarrada por los brazos. El tercero era un poco más alto y sus prendas lucían más costosas, se acercó al mapa y se colocó una especie de monóculo especial para antigüedades, llevaba una pequeña linterna de baterías en la mano.
-Si no es genuino…- Kagome reconoció su voz de inmediato, - Si es una trampa…- dejó la advertencia sin terminar. Recogió el mapa del suelo y se lo acercó al rostro, lo miró a través del lente; sostenía la linterna con la boca mientras tenía el pliego en las manos.
Lo miró solo por un instante antes de levantar la vista a Kagome, el ojo que estaba libre no decía nada bueno. Dobló el mapa por la mitad y lo sostuvo con una mano, se deshizo del monóculo y se sacó la linterna de la boca.
-Kagome Higurashi,- dijo mientras se acercaba a Kagome con paso lento,- tú y tu hermana… ¡pueden irse!- dijo lo último con una expresión totalmente distinta a la inicial, una mucho más amigable.
Kagome tragó con fuerza todo el miedo que se acumuló en su garganta.
Hiten hizo un ademán con las manos a los otros dos hombres, quienes atendieron de inmediato y soltaron a Sango. Esta se tambaleo un poco mientras corría a los brazos de su hermana para recibirla con un fuerte abrazo.
Kagome y Sango se apoyaron la una con la otra para salir de ahí; no pudieron avanzar más de un par de metros hasta que una lluvia de balas cortara su camino, alguien disparo sobre el suelo que estaban a punto de pisar, ambas soltaron un grito (el de Kagome un poco más agudo que el de su hermana) y saltaron hacia atrás.
Se mantuvieron juntas, abrazadas, ligeramente perturbadas miraban hacía el lugar de donde provinieron los disparos, el mismo sitio por donde apareció Kagome. Una figura ya conocida emergió de las sombras.
-No te encontré en el hotel- le dijo Bankotsu a Kagome.- Todos nosotros-
Sango, que no entendía nada de lo que estaba pasando, fue testigo silencioso de como un par de hombres armados apuntaban al tipo que le habló a su hermana y lo obligaban a levantar las manos y acercarse a ellas; Kagome nunca le soltó la mano.
Otros uniformados más entraron a la estancia en donde se llevaba a cabo la improvisada reunión y sometieron a los hombre de Hiten. También amenazaron con los cañones al captor de Sango.
De alguno de los pasillos adyacentes llegó Zolo, usaba el mismo uniforme que su séquito y llevaba un largo puro entre los labios que aún no era encendido.
-¡Maldita estúpida! Permitió que la siguiera.-rugió Hiten en dirección a Kagome, el hombre que lo vigilaba le clavó la pistola en la espalda para hacerlo callar.
Zolo se acercó a Hiten, que seguía sosteniendo el mapa en una de sus manos. Le arrancó el plano y sacó un encendedor de un bolsillo en la chaqueta. Hizo ademán de encender su puro, pero acercó la pequeña llama al papel. –El mapa ya no sirve de nada- explicó a los presentes, mientras el mapa encendido caía al suelo, -Ellos tienen la joya-. Meneó la cabeza con brusquedad hacía el pasillo por donde llegó y el regordete cuerpo de Manten fu arrojado desde las sombras y se estrelló contra el suelo junto a los pies de su hermano.
Estaba demacrado, golpeado y lleno de cortaduras que le sangraban en el rostro, con su ridículo trajecillo blanco cubierto de manchas rojas y grises.
-La tuve en mis manos Hiten; en estas manos que te romperán todos los huesos del cuerpo- su expresión se transformó y trató de ponerse de pie para estrangular a su hermano, sin embargo, el cañón de una ametralladora se instaló justo en medio de sus ojos. –Te ahorcaré…después-finalizó Manten.
Una fea sonrisa de satisfacción se formó en el rostro de Zolo cuando Manten se replegó sobre sí mismo de vuelta al suelo. Después, ignorando al hombre a sus pies, se dirigió a las hermanas. Sacó una pistola, pequeña pero igual de desastrosa y las apuntó.
Kagome se colocó frente a su hermana mayor, era curioso en cierta forma, cuando eran pequeñas Sango era quien la protegía.
-¿Dónde está?- demandó Zolo, agitando levemente la pistola.
-No lo sé- respondió Kagome, encogiéndose de hombros.
-¿En dónde está la piedra?- preguntó de nuevo.
Kagome no tenía idea de que hacer, ella no la tenía y tampoco tenía idea de lo que Bankotsu había hecho con ella. Lo miró por un momento pero no encontró ningún atisbo de que él deseara rebelar el paradero de la piedra. Así que dijo que escarbaron y no encontraron nada; Bankotsu rodó los ojos, la quería y todo pero era una tonta en cuanto a mentir se tratara.
Zolo forzó una sonrisa de lado, no muy convincente. Jugueteó con el puro apagado entre los dedos y se apartó de las dos hermanas hasta una salida entre los pasillos. Mirando hacia enfrente, pareció encontrar algo que ocupó su atención, sonrió con más fuerza y comenzó a caminar.
-Tráiganla- ordenó a sus hombres.
Bankotsu trató de ir hacia ella pero las armas que le apuntaban en la cabeza se lo impedían, no tuvo más opción que ver como la arrastraban lejos de los pasillos para seguir a Zolo. Pronto, él mismo, la hermana misteriosa y sus dos captores avanzaron detrás de Kagome y Zolo.
Solo hasta que la escritora estuvo al lado de Zolo se dio cuenta de lo que captó su atención: era un estanque algo lodoso, grande y que conectaba con el mar, estaba repleto de lagartos (o tal vez cocodrilos o caimanes). Zolo arrojó su cigarro al estanque, le dio la pistola que llevaba en la otra mano al soldado que vigilaba a Kagome.
-Los cocodrilos lloran mientras comen a sus presas. Seguramente ya ha oído hablar de esas lágrimas- le dijo Zolo a Kagome, sacó una cosa parecida a una cajita de "quien sabe dónde" y la sujetó con la misma mano que deslizó por una de las mejillas de la asustada mujer; resultó que la caja era una navaja retráctil, que Zolo activó a centímetros de la blanca piel de ella. –Pero, ¿alguna vez las ha visto?-
Lo siguiente fue peor. Zolo le sujetó la mano y le hizo un feo corte por la parte contraria a la palma, justo entre el pulgar y el dedo índice.
Kagome soltó un grito y, esta vez, sí que Bankotsu trató de abalanzarse sobre Zolo. Sango también lo intentó pero sin tanto esmero.
Zolo sujetó con fuerza a Kagome y se acercó con ella a los cocodrilos, la mano sangrante encabezando la marcha. Los animales se acercaron a la orilla de inmediato, siseaban mientras reptaban por la parte menos profunda del estanque.
En cuanto a Hiten y Manten, ellos se quedaron rezagados, mirando el espectáculo. Bueno, al menos era algo entretenido para Hiten gracias a su admiración por los animales de enormes fauces.
-Puede evitarse esta agonía, - le susurró Zolo al oído de la escritora, -solo debe decirme en dónde está la joya-
Zolo perdió la paciencia después de preguntarle por lo mismo un par de veces más. Comenzó a zarandearla pero Kagome ya se estaba mareando por ver la sangre escurriendo por sus dedos, cayendo gota a gota en el agua de los cocodrilos; casi podía ver el destello de la luz sobre sus lágrimas.
Cuando el general amenazó con dejarla caer sin más con los animales, Bankotsu confesó:
-Ella no sabe en dónde está, yo la tengo-
-¿Dónde?- demandó Zolo sin soltar a la muy pálida escritora.
Bankotsu negó con la cabeza y apretó los dientes, -Está en un lugar seguro-
-¿En dónde?- repitió Zolo, esta vez volteo a mirarlo junto con Kagome.
Bankotsu no contestó. Parecía que no quería responder, pero no por querer resguardar el tesoro, más bien se negaba a hablar porque lo avergonzaba o incomodaba. Se maldijo a sí mismo, hasta hace unos momentos le había parecido una buena idea el escondite, si tan solo le hubieran avisado que debería revelarlo frente a tantos testigos.
Zolo hizo un ademán con la cabeza al soldado que vigilaba a Bankotsu, el hombre uniformado le asestó un golpe en la ingle con la culata de su arma. Grande fue la sorpresa de todos cuando se escuchó un tintineo como de vidrio en alguna parte de su entrepierna. Bankotsu respiró hondo para aguantar el dolor y comenzó a mover la pierna de una manera extraña, a sacudirla con cuidado; Hiten y Manten se miraron confundidos. Algo comenzó a bajar por la longitud de su pierna derecha, un bulto que salió de un lugar incierto y bajó hasta la bota del pie en ese lado. Uno de los soldados de Zolo lo iluminó: Era El Corazón.
Todos se quedaron viendo la enorme piedra sorprendidos. Bankotsu solo miró en la dirección de Zolo y Kagome. -Atragántate- escupió a Zolo e impulsó la esmeralda con la pierna para hacerla llegar hasta él.
Estamos llegando al final. Yeiii! Una vez más, quiero agradecerles por leer la historia y a quienes me dejan comentarios también ¡Hasta pronto!
