Bruce se acercó lentamente al barandal donde Natasha estaba recargada; vestía una vieja playera, una sudadera gris y pantalones azules holgados. Pero antes de que él pudiese articular palabra, Natasha giró el rostro y le dirigió la mirada. Sabía que había notado su presencia desde que abrió la puerta de cristal, pero aun así se exaltó un poco cuando sus ojos verdes lo examinaron con brevedad.
—Imaginé que era mejor idea que el café— dijo él con un poco de timidez cuando sus ojos se cruzaron, extendiéndole una de las tazas que traía consigo. En realidad se sentía mal por molestarla cuando había estado tan ida en sus pensamientos.
— ¿Qué no el té tiene cafeína?— contestó ella con una sonrisa juguetona, tomando entre sus manos la taza de té.
—Sin cafeína— afirmó él, con una media sonrisa.
Ambos recargaron sus brazos en la barda, viendo las luces de la ciudad que se extendían a lo lejos. De no haber tanta luz en la ciudad y de no estar tan habitada, posiblemente estarían viendo las estrellas en lugar de seguir ausentemente con la mirada las luces de los autos.
—Escuché que querías irte— dijo Bruce finalmente, rompiendo el silencio.
—Supongo que fue Tony— resopló la espía, pero Bruce simplemente aguardaba su respuesta— .Sí, ese era el plan— aceptó mirándolo directamente a los ojos cafés.
—Y luego te contó lo de Nashira—. Bruce desvió la mirada hacia la ciudad.
—Sí…, Al principio pensé que estaba bromeando o exagerando. Parece que no lo hizo esta vez.
—No la había visto así jamás… — contestó él, casi en un murmullo.
—Yo sí. Una vez— dijo la pelirroja, obviamente refiriéndose a la vez que él corrió a suicidarse.
Bruce se estremeció.
—Lo siento— murmuró para enseguida guardar silencio por unos momentos, preguntándose si Nashira realmente estaba tan devastada en esa ocasión— Hmm, ¿cómo me lo dijiste aquella vez?— pensó por algunos segundos, tocando su barbilla y luego viéndola a los ojos, con una sonrisa pero la mirada triste— ¿No estuve preocupado más de un día para que cuando estés mejor salgas corriendo?— intentó decir burlonamente, pero la verdad sea dicha, no quería que se fuera.
¿Por qué no podía morderse la lengua cuando estaba con ella? Y sin embargo, se sorprendió cuando ella dejó escapar una breve risa.
—Sí, tal vez usé ese tono contigo— los labios de Natasha se curvaron en una sonrisa.
—Y aún sigo sin entender cómo te las arreglas para regresar siempre con algo que curarte— volvió él a susurrar, pasando suavemente la yema de sus dedos por la herida de bala de Natasha, que ahora estaba casi completamente cerrada.
—Ni siquiera empieces, Bruce. No siempre vuelvo herida— le contestó la rusa rodando los ojos.
Y era verdad. Pero para Bruce, aquello ocurría más de lo que a él le gustaría. Sí, él sospechaba que había algo extraño en ella, pero si ese algo la mantenía con vida y hacía que se recuperara con mayor rapidez, él no iba a preguntar. No si ella no estaba dispuesta a responder. Con frecuencia se preguntaba si esa era la razón por la cual acudía a él y no a hospitales o médicos particulares. Claro, a veces utilizaba los médicos de SHIELD pero…
Natasha giró la cabeza al escuchar algo suave arrastrándose por el piso, y cuando Bruce se giró para poder ver lo que era, ambos se encontraron con la mirada penetrante de la pequeña Nashira, envuelta desde la cabeza a los pies con una cobija rosa a modo de capa, acercándose lentamente a ellos.
— ¿Qué haces despierta, arañita?— preguntó Natasha con suavidad, pero en el silencio de la noche se podía escuchar perfectamente.
— No puedo dormir.
— ¿Y el señor Niels?— preguntó entonces Bruce.
Nashira entreabrió la cobija para mostrar el —para ella grande — dragón de peluche con el que dormía… o más bien, sin el cual no podía dormir.
—Si él está contigo, ¿por qué no puedes dormir cariño?—. Bruce se acuclilló para estar a su altura, y cuando lo hizo pudo ver que los ojos de la pequeña se volvieron cristalinos.
—Papá se va a enojar— dijo en un puchero, justo antes de echarse a llorar.
Por supuesto, ninguno de los dos adultos entendía por qué el ingeniero se iba a enojar con Nashira, siendo que ahora mismo era un manojo de nervios, preocupado por el estado de su adorable niña. De todas formas ella parecía que no iba a parar de llorar, así que Natasha hizo lo único que se le ocurrió: alzar a Nashira y acunarla en brazos mientras Bruce intentaba, sin éxito, secarle las lágrimas. Tony jamás se había enojado con Nashira, sí, tal vez se había molestado un poco una que otra vez, pero siempre era muy suave con ella.
—Princesa, ¿por qué tu padre se enojaría contigo?— preguntó el científico, usando inconscientemente el apodo que Tony usaba exclusivamente con ella.
—Si se entera se va a enojar— contestó ella entre sollozos.
—Arañita, no vamos a decir nada, pero dinos qué te sucede— intentó tranquilizarla Natasha, acariciando con suavidad su cabello.
Nashira pareció comprender que los gestos que hacían sus "tíos" eran más de preocupación que otra cosa, y confiaba en que si les decía guardarían el secreto… al menos durante un tiempo. Intentó dejar de llorar, tranquilizándose un poco pero sin poder evitar que más lágrimas se resbalaran por sus mejillas. Entonces tomó un poco de aire y finalmente entreabrió los labios, no sin antes desviar su mirada triste al piso.
—Adam sabe— balbuceó, y justo cuando termino de decirlo regresaron con más fuerza las lágrimas—. Por eso se fue, ¡papá dijo que no le dijera a nadie!
— … Nash, ¿cuándo se lo dijiste?— preguntó Natasha.
—Cuando lo conocí…
—Cariño, si Adam lo sabía desde el principio no fue tu culpa que se fuera— la interrumpió Bruce.
—¿E-Estás seguro?— preguntó entre sollozos. Su "tío" le intentó limpiar las lágrimas.
—Estoy seguro— respondió con una sonrisa— ¿Crees poder dormir ahora?— añadió luego de un momento. Nashira negó con la cabeza.
—¿Entonces qué me dices de una noche de películas y chocolate?— inquirió Natasha. Sabía que más temprano que tarde se dormiría si tomaba algo caliente y veía cosas que le gustaban en la televisión. No era casualidad verla a ella y a su padre dormidos con frecuencia en el sillón, y si no fuese por Jarvis, seguramente la televisión permanecería encendida. Nashira pareció animarse un poco ante la propuesta.
No pasó mucho tiempo antes de que el físico se encontrara mezclando chocolate, canela y azúcar en leche caliente, la suficiente para llenar las tres tazas que reposaban en la encimera. Podía escuchar a Nashira escogiendo la película y a Natasha encontrándola con rapidez en el catálogo. Cuando entró al salón principal, la pequeña seguía envuelta en la cobija y la rusa se encontraba sentada a un lado de ella, el sillón levemente inclinado hacia atrás. Sonrió y extendió las dos tazas que tenía en una sola mano, entregando la que tenía bombones a su sobrina.
—¿Qué? ¿Nash obtiene bombones y yo no?— inquirió la pelirroja en tono serio. Eso tomó por sorpresa a Banner.
—N-No pensé que... Tú nu-nunca… S-si quieres puedo...— empezó a balbucear el Físico, claramente consternado y bastante sonrojado, hasta que la asesina no pudo evitarlo más y sus labios se curvaron en una sonrisa, justo antes de empezar a reír al unísono que la pequeña que tenía recargada a su costado.
—Estoy jugando, Bruce.
El castaño se dejó caer al costado opuesto de Nashira, aún sonrojado, con su propia taza de chocolate en mano.
—El tío Bruce es raro— exclamó la niña de seis años— pero tierno.
Y si el pequeño reproche falso de Natasha no lo había puesto ya con las mejillas sonrosadas, era un hecho que la adorable niña de seis años había logrado que la rusa se riera con más fuerza y él tomara el color de un fresco y limpio tomate.
—Y es por eso que es un nerd— agregó la "tía" de la pequeña.
Pasaron un largo rato en silencio, únicamente con el sonido de Lilo y Stitch inundando la estancia; después de un buen rato Bruce se levantó a llevar las tazas de vuelta a la cocina. Cuando regresó, encontró a las dos chicas profundamente dormidas, Nashira abrazando al señor Niels, recargada en el brazo de Natasha, y la cabeza de ésta sobre la de la pelinegra. Con una sonrisa, el castaño abrió la cremallera de la sudadera y la colocó encima de la asesina, que estaba ligeramente encogida, probablemente por el frío. De todas maneras, él no la necesitaba.
Retomó su lugar a lado de la niña de ojos azules, con la intención de terminar de ver la película, pero no pasó mucho tiempo para que él también se sumergiera en la inconsciencia.
