CAPITULO 2: JUNTOS HASTA EL FINAL

El sonido de una risa infantil y la de un adulto resonaba en las montañas alemanas mientras un pequeño niño de apenas cinco años corría entre el espeso campo, siendo perseguido por su padre.

De ojos azules como el cielo, cabello rojo cuales rayos del sol, piel blanca y pecosa, el niño corría con gran energía, saltando cuando el pasto bajo sus pies le impedían avanzar con ligereza. Mientras tras él, un hombre que podía pasar como la copia exacta, reía alegremente.

— Te voy a atrapar — le advertía con gracia.

— ¡A que no! — rió el niño, aumentando la carrera. Su padre sonrió al verlo, regresando la vista por unos segundos a la casa que se veía a varios metros de donde ellos jugaban; donde, sentada en una mecedora de madera, una hermosa mujer de cabello negro y ojos azules los contemplaba con amor, mientras acariciaba su aun plano vientre de 3 meses de embarazo.

Su pecho se hinchó de satisfacción, de alegría al contemplar a su familia. Nada podía ser más perfecto, pensó Ron Weasley.

Y regresó la vista al frente cuando tropezó, borrando de inmediato la sonrisa de sus labios al no encontrar a su hijo.

— ¿Enano? — llamó, deteniéndose.

El sonido del viento fue lo único que escuchó.

— ¿Dónde estás? — alzó la voz, barriendo con la mirada a su alrededor. Ni un sólo sonido, ni un movimiento. Era como si hubiera desaparecido.

Asustado, regresó a ver a su esposa; desconcertándose cuando la vio ponerse de pie, y contemplándolo con una disimulada sonrisa en los labios.

— ¡BUH! — pegó un brinco cuando, de la nada, su hijo apareció a su lado, saltando sobre él y prendiéndose a su pierna tan sorpresivamente que lo mandó al suelo, arrancando la risa del infante al darse cuenta del resultado de su travesura.

Ron lo regresó a ver con el respirar agitado.

— ¡Por los pantalones de Merlín!… No me vuelvas a asustar así, Harry — lo miró con seriedad, llevándose una mano al pecho.

El niño sonrió inocentemente, colgándose a su cuello y dándole un sonoro beso en la mejilla.

— Te quiero, papá.

A pesar de todo, Ron sonrió, estrechándolo contra sí.

— Y yo a ti, Harry. Y yo a ti — acarició su cabello.

Harry lo miró sonriente. Con aquellos hoyuelos en sus mejillas que él tanto adoraba, pues le recordaban a la sonrisa de su madre: Ania Colbert. Aquella bruja cautivadora que conoció hacia siete años, cuando viajaba por Francia.

Aunque podría decirse, aquella mujer con alas que lo había sacado de la oscuridad en la que había caído presa de la depresión y soledad que había construido a su alrededor.

Flash Back

Ron contempló el vaso frente a él, mientras sentía como el alcohol le dejaba una sensación de escozor en la garganta. Estaba en Francia, ni siquiera recordaba cómo había ido a parar ahí. Su vida había sido un borrón de lugares y desastres los pasados cuatro años.

Ahora, con recién cumplidos 21 años, se creía el rey del mundo. Era una persona completamente independiente. Y diferente. De aquel pecoso pelirrojo que alguna vez tuvo una familia numerosa y dos mejores amigos, ya no quedaba ni la sombra.

Con los ojos azules apagados por la desgracia que llenaba su pasado; el pelirrojo cabello largo hasta debajo del lóbulo de la oreja, revuelto; una vieja chaqueta negra de piel, camisa blanca, y pantalón deslavado con varias roturas; su imagen representaba exactamente lo que era. Alguien que no tenía preocupación alguna.

Podía ir a donde quisiera, hacer lo que deseara, y nadie podía decirle nada. Después de todo… había estado solo hacía mucho tiempo.

No necesitaba a nadie, pensó con amargura.

Empinó el vaso nuevamente; atragantándose cuando recibió un brusco golpe a un costado, a su derecha. Su mirada fulminante se dirigió rápidamente hacia su agresor, largando el vaso sobre la barra y limpiándose con el dorso de la mano la gota que había escurrido desde sus labios hasta su barbilla.

— Apártate pelirrojo, yo me siento aquí siempre — le ordenó sin más el tipo corpulento que lo había empujado, una sonrisa sardónica en sus labios temblorosos.

Ron crispó su mano derecha en un puño, haciendo blanquecer sus nudillos cuando lanzó una mirada tras éste, a los otros tres tipos que lo acompañaban y que lo estaban contemplando a su vez con diversión.

— Pues ahora yo lo hago — zanjó molesto, regresándole el golpe en el hombro.

— ¡Hey, cuidado niño! — se interpuso otro.

— Niño el que traes en los pantalones, imbécil — se puso de pie.

La diferencia de altura ni siquiera era un problema; dos de ellos eran muchísimo más bajos que él, y fueron los primeros que lo notaron, cuando dieron un paso atrás. El que lo había empujado, a primera vista, apenas era de su altura; y el que estaba frente a sí, aunque era más alto, era demasiado delgado. Podría acabar con ellos en un minuto, pensó, mirándolos con indiferencia.

— Ya veremos qué tan bravuconcito eres — y su puño voló hacia su rostro. Pero Ron lo atrapó en el aire sin problemas, dándole un buen puñetazo en el estómago, que lo dobló en dos.

Y los otros tres se abalanzaron sobre él… siendo una mancha roja de patadas, empujones, golpes y heridas sangrantes.

— ¡Hey, hey!, ¡IDIOTAS!… — el encargado del bar brincó la barra como si ésta fuera una simple banca de parque, interponiéndose entre Ron y el primer agresor, separándolos de un empujón en el pecho con demasiada facilidad, mandándolos a los dos casi hasta el suelo — ¡A jugar a las luchitas a la calle! — les espetó.

— Imbéciles ellos al creer que pueden conmigo — soltó Ron, sacando la varita del bolsillo de su chaqueta.

Una que quedó oculta a la vista cuando, tomándolo del brazo y torciéndolo tras su espalda, el encargado lo bloqueó con su cuerpo, arrastrándolo hacia adentro mientras los otros cuatro huían de ahí al ver que los guardias entraban a ver qué ocurría.

— ¡Quítame las manos de encima, no sabes con quien te estás metiendo, estúpido muggle! — forcejeaba Ron contra él.

— Cierra el maldito hocico, niño. La lluvia te ayudara a enfriarte, boca floja… — lo haló hasta la puerta trasera, la cual se abrió con una ráfaga de aire frío.

— Ya te mostraré yo… ¡HEY!, ¡ESO ES MÍO! — bramó cuando se vio sin varita.

— ¿Si?, pues ve por ella — la arrojo hacia afuera sin miramientos, al mismo tiempo que lo soltaba, mirándolo amenazante.

Ron se abalanzó sobre él emitiendo un gruñido furioso. Pero para el encargado; quien era más alto que él, y muchísimo más corpulento; no fue ningún problema estrellarlo contra la pared de enfrente, sacándole el aire.

— Contrólate — le advirtió, alejándose de él cuando Ron dejó de forcejear contra su cuerpo.

— Hijo de…

— Largo… — repitió, señalando hacia afuera — antes de que llame a las autoridades.

Ron apretó los dientes al comprender el significado oculto en aquellas palabras. Maldita suerte la que lo había enviado a un bar de magos, rumió para sus adentros.

— Como quieres… — dio un paso hacia afuera, sintiendo la lluvia caer sobre él — ¡De mejores pocilgas me han echado! — le exclamó cuando cerraba la puerta con un chasquido.

— Bastardo — blasfemó, limpiándose la sangre del labio, mientras bajaba los escalones pesadamente. La ropa adhiriéndose a su cuerpo por el agua. El cabello cayéndole sobre el rostro.

Y gruñó furioso cuando piso un charco, el agua sucia colándose a través de la ropa hasta sus pies. Dando una patada a un bote de basura, gritó de frustración. Sus ojos azules encontrando la varita mágica, tirada entre un par de cajas sucias.

Y reprimiendo las ganas que sentía de tomarla entre sus manos y partirla por la mitad, para ver si así podía exterminar la magia del estúpido mundo del cual venía; se acuclilló, recogiéndola, y fulminándola con la mirada.

Otra pelea, otro bar. ¿Qué importancia tenía?; se preguntó. Guardando en el bolsillo de su chaqueta, irónicamente, su única compañía.

— Tú no eres de por aquí ¿verdad?

Frunciendo los labios en una mueca de desagrado, Ron se volteó hacia aquella voz que lo llamaba.

— Eso no es de tu incumbencia — le espetó. Molesto porque se ocultará entre las sombras y al resguardo de la lluvia.

— Resulta que el bar, en el que acabas de hacer una escena, es de mi hermano — le recriminó desde la puerta.

— ¡No me digas! — exclamó con asombro, fingiéndose interesado.

— ¡Y es muggle, pedazo de squib! — escupió exasperada la mujer.

— Eres bruja — aquel comentario, más que afirmación, iba cargado de una buena dosis de ironía. Haciendo a la otra sonrojarse de enojo.

— Y tú un idiota que, si no fuera por mi hermano, ahorita estaría siendo apresado por los Aurores, luego de haber revelado nuestra existencia… — se cruzó de brazos. Ron emitió una carcajada — Y al parecer no te importa en lo absoluto — lo miró con confusión.

— Creo que el revelar éste mundo de mierda, me tiene sin cuidado… — se arregló la chaqueta. Apartándose el cabello húmedo de la cara — Por mí, todos se pueden meter la varita por donde no les dé el sol — soltó indiferente, dispuesto a irse.

— ¿Qué te pasó para que estés tan enojado con todo el mundo? — no pudo evitar preguntarle, saliendo del resguardo del bar.

Sólo hasta que la luz de la puerta trasera iluminó su rostro, Ron pudo observarla. Alta, de piel blanca, bronceada ligeramente por el sol francés, cabello tan negro como la misma noche, ojos azules con un manto de algo que parecía no haber visto hacía mucho tiempo: calidez.

— Sólo acabaron con lo último que quedaba de mí — y se dio media vuelta.

— ¡Espera!… — salió apresurada, bajando un par de escalones. La lluvia mojándola — Tu rostro, lo reconozco de alguna parte… — lo miró detenidamente.

Ron apretó los nudillos.

— Eres Ron Weasley — musitó sin aliento. Y fue lo último que escuchó Ron, antes de Desaparecer.

Fin Flash Back

— Hey, ¿dónde estás? — lo llamó Ania, quien había llegado hasta ellos y miró preocupada como Ron se quedaba perdido en algún lugar en el espacio.

— Sólo recordaba — le sonrió. Rechazando su mano para ayudarlo a incorporarse, y tomando a Harry en hombros apenas estuvo de pie.

— Bueno, pues deja de hacerlo, porque si mi memoria no me falla, y Harry estará de acuerdo, prometiste hacer la cena de ésta noche — se acercó a él, abrazándolo por la cintura.

— ¿Yo dije eso? — la miró con los ojos entrecerrados, fingiendo amnesia.

— ¿Harry? — volteó a ver a su hijo hacia arriba.

— Si. Papá dijo que haría waffles — se sumó. Riendo a carcajadas cuando las manos de Ron subieron a hacerle cosquillas, y se fue de lado, siendo atrapado por los brazos de su padre.

— Conque sí, ¿eh soplón?… — lo sostuvo de los brazos, dando vueltas con él.

— ¡No, papá, avioncito no! — reía el niño, quien era girado, viendo todo de cabeza.

Y Ania sonreía al ver a su esposo e hijo reír.


Pese a lo que el climatólogo del noticiero había previsto; aquella mañana un sol radiante iluminaba todo Londres, donde en el juzgado de Winchester, Hermione llegaba faltando 15 minutos para las nueve de la mañana. Estacionando su auto en la planta baja, se tomó unos minutos, con las manos firmemente aferradas al volante, respirando profundamente.

Y el recuerdo de su primer caso viajó a su memoria…

Flash Back

Con un nudo en la garganta, y sintiendo que vomitaría de nervios en cualquier momento, Hermione se puso de pie, sus piernas temblando.

¿Por qué la habían dejado hacerlo sola?, ¿qué no vieron que si fallaba no sólo se trataría de un estúpido trabajo, sino del futuro de un buen hombre?, ¿y si todo había sido en vano, si su defensa no fue tan buena?, ¡ahora mismo pensaba que pudo haber hecho más!; Dios, ¿serviría de algo si hablaba con el juez y le dijera que sí tenía mucho más que agregar?

Aferrándose a la mesa, sintió un nudo en la garganta y los oídos zumbarle cuando el juez los regresó a ver.

— El caso falla a favor del señor Richard Lewis…

Gané… ¡gané!… ¡Oh por Dios, GANÉ!

Emitiendo un grito interno, Hermione regresó a ver a su cliente con la misma cara de perplejidad que él la contemplaba, rompiendo en una carcajada de felicidad.

Cual si escuchara la aclamada canción de Queen, "We are the champions", Hermione desfiló fuera del juzgado sintiendo que bailaba y la música incrementaba conforme daba un paso más adelante, hacia una vida de prometedora carrera profesional. Dios bendito, ¡acababa de ganar su primer caso!, ¡aun en contra de todo pronóstico, ella, Hermione Jean Granger, recién graduada de Leyes en Oxford, acababa de ganar un caso contra una de las firmas de abogados más reconocidas de Londres!

Se llevó las manos a la cabeza, embargada de euforia, y elevó los puños al aire, soltando un grito interno, en una perfecta imitación de la campeona que se sentía ahora.

Todo era posible. Podía hacerlo.

No más dudas. No más inseguridad. Ella podía hacer esto. Podía y ERA una abogada.

Sus mejillas se sonrojaron, bajando las manos con brusquedad, cuando escuchó el ligero carraspeo a su espalda, y se giró sintiendo el rostro en llamas.

— Abogada, creo que olvido su portafolio… — la saludó, con voz divertida, un hombre mayor mientras le tendía, efectivamente, el portafolio que había dejado abandonado en su mesa.

Totalmente avergonzada por su olvido, Hermione extendió una mano temblorosa, recibiéndolo.

— Buen caso, por cierto — la felicitó.

— Gracias — musitó tímidamente.

— Pero me temo que no alcancé a escuchar su nombre.

— Hermione… Hermione Jean Granger — le tendió la mano.

— Entonces bienvenida al Winchester, abogada Granger. Seguramente en el futuro escucharé más sobre usted. Mi nombre es Ken Livingstone.

— ¡Oh por Dios, es usted!, ¡usted es "Red Ken"! — chilló atónita, con los ojos como platos. Haciéndolo reír.

Fin Flash Back

— Tú puedes hacerlo — se dijo a sí misma en un suspiro. Y abrió la puerta…

— ¡Gracias a Dios que ya estás aquí!… — la interceptó Liz de inmediato, apenas Hermione entró. En un traje gris, con su largo cabello castaño recogido; la morena se apresuró hacia ella, con un portafolio bajo el brazo y una mirada aliviada en sus ojos — La señora Prescott tiene una crisis de ansiedad, y a mí por poco empieza a contagiarme con una cuando llegué y no te vi por ningún lado — le espetó en un susurro, señalando hacia unas sillas, donde Mary estaba sentada, con las manos entrelazadas frente a su rostro y murmurando algo en voz baja.

— No es mi culpa. Los vecinos pusieron un tope en la calle y por poco se me desinfla un neumático cuando pasé por ahí y no lo vi — se justificó Hermione.

— ¿En serio?, ¡vaya!, ya era hora — comentó Liz para sí mientras caminaban.

— ¿Qué quieres decir con eso? — le cuestionó ceñuda.

— Que al paso en que manejas, mi próximo juzgado sería como tu abogada defensora por acabar con todos los perros del vecindario — ironizó.

— ¡Sólo fue una vez!, ¡y se recuperó!… — saltó la castaña, indignada. Liz se rio — Graciosa — masculló.

— Vamos ya, Batman — la tomó del brazo.

— Creí que era Robín Hood o Súper Heroína — la miró de reojo.

— Hoy no. Necesitamos a alguien más agresivo. No a un tipo en mallas tan apretadas que tiene moradas sus bo…

— Ya entendí, ya entendí. Agresiva — la cortó Hermione.

Y dicho y hecho…

— ¡Objeción! — saltó Hermione por enésima vez en menos de una hora.

— Ha lugar — aceptó la jueza.

Alexander suspiró, regresando la atención a su cliente.

Si bien Hermione y él ya habían tenido la oportunidad de enfrentarse en un juzgado, un par de años atrás; casi en sus inicios; la Hermione de aquella época había cambiado mucho.

Tenaz, inteligente, sagaz, pero, sobre todo, fiera. La castaña defendía a su clienta con uñas y dientes. Mientras él intentaba mantener a flote un barco que se estaba hundiendo a sí mismo más rápido que el Titanic, chocando incesantemente contra los múltiples icebergs que Hermione iba dejando en el camino.

— Señor Prescott, ¿podría enlistar por qué usted está más que capacitado para tener la custodia completa de los niños? — intentó nuevamente. Rogando internamente para que se mantuviera en lo que tanto habían acordado.

— Soy buen padre, ellos me quieren, soy yo quien siempre ha visto por ésta familia, ella no trabaja… — lanzó una mirada de desdén a Mary. Y Alexander reprimió un suspiro, sabiendo lo que venía.

— Cabe recalcar que Marcus Prescott nunca quiso, ni permitió, que su esposa trabajara — remarcó Hermione, poniéndose pie.

— Bueno, sí, pero no es como si ella supiera hacer muchas cosas… — se justificó con mofa.

— Como anteriormente había mencionado, mi clienta, MaryAnn Prescott, no sólo tiene las habilidades para desempeñarse en diferentes ramas laborales, sino que también cuenta con un título de la universidad de Cambridge, en Administración de empresas, y estaba por cursar su último año de la maestría en dicha carrera cuando contrajo nupcias con Marcus Prescott — objetó.

— Por favor, como si un papel fuera a decirme que ella era buena en algo. Ni con un doctorado hubiera dejado que ella trabajara — replicó en el acto.

— ¿Y por qué no lo haría? — inquirió, sin darle tiempo de pensar.

— Objeción… — saltó ésta vez Alexander — Jueza, estoy interrogando a mi cliente y las interrupciones de la abogada Granger sólo intentan disuadir mi defensa por el mismo — le dijo.

— ¡Por Dios, es una mujer!, su deber es estar en la casa, con sus hijos y viendo por su esposo; no intentando "ser independiente" — replicó Marcus con sarcasmo.

Un murmullo colectivo creció en la sala al escucharlo. Éste, dándose cuenta de lo que había dicho, calló.

— Creo que su cliente no tiene ningún problema en llevar ambos interrogatorios a la vez… — subrayó Kathleen, mirándolo por encima de sus gafas cuadradas — Pero sí, ha lugar. Abogada, cuando llegue su turno podrá interrogarlo, mientras tanto, permanezca en su lugar… — le ordenó a la castaña — Y al jurado le pido que ésta interrupción no se tome en cuenta a la hora de deliberar un veredicto, ya que no fue hecha durante un momento fuera de la defensa.

— ¡Pero jueza…! — respingó Hermione.

— A su asiento, abogada. No permito el desacato en mi sala — la regresó a ver seria.

Hermione se dejó caer nuevamente en su asiento.

— Como si la imagen del acusado fuera a cambiar por omitir unas cuantas líneas — murmuró.

— Continúe la defensa.

Y Hermione tuvo que pasar casi media hora sentada, escuchando en silencio las alegaciones de Alexander y su cliente, para que fuera finalmente su turno de pasar al frente a interrogar al señor Prescott. Y toda la defensa que Alexander tan difícilmente construyó alrededor de Marcus Prescott, se vino abajo, igual que la integridad de éste último…

— ¡Entonces admite que le fue infiel en varias ocasiones! — afirmó Hermione, levantando la voz.

— Y lo volvería a hacer sin vacilar. Ella no es más que un despojo de mujer, frígida, inútil, y una completa estúpida… — exclamó sin una pizca de vergüenza — Que admitámoslo, para lo único que ha sido buena, es para educar a mis hijos.

Hubo una exclamación conjunta entre el jurado y los pocos miembros que estaban entre la audiencia. Alexander reprimió una maldición. Mientras Marcus, apenas dándose cuenta de su error, se puso de pie, alterado. Y Hermione mostraba una pequeña curvatura en los labios, que trataba por todos los medios ocultar.

— No más preguntas, su señoría — regresó a su lugar.

— ¿Alguna otra intervención, abogado? — la jueza Kathleen se dirigió a Alexander.

— No, señoría — negó derrotado.

— Pero… pero… — pasmado y sin poder creer lo que pasaba ahí, Marcus se vio escoltado de nuevo a su lugar mientras su abogado le eludía la mirada con el entrecejo fruncido, y veía a Hermione susurrarle algo a su esposa haciéndola sonreír en medio de un sollozo ahogado.

— Tomaremos un receso de una hora para que el jurado deliberé una respuesta. Hasta entonces, abandonarán la sala — finalizó la jueza Kathleen, poniéndose de pie.


— No puedo creer que se echara solito de cabeza — decía Liz una vez afuera.

— Ni yo — musitó Mary, sorprendida.

— Sólo era necesario colmar su paciencia y llenarlo de preguntas para que cayera en su propio… ¡Ay! — respingó Hermione, cuando una gruesa mano la tomó con brusquedad del brazo, obligándola a girarse. Encontrándose con la mirada asesina de Marcus.

— No tienes idea de con quién te metiste, niña, una llamada mía y tu estúpido grupito de abogaduchos estarán fuera del negocio ¡para siempre! — le amenazó.

— Y usted no tiene idea la cantidad de amenazas que he recibido en toda mi vida… — tomó su brazo, quitándoselo de encima.

— ¿Sucede algo? — se aproximó Alexander.

Marcus le dedicó una última mirada de odio a Hermione, antes de girarse hacia su abogado.

— ¡Pasa que contrate a tu maldita firma de abogados por una razón, y ahora ésta estúpida está a punto de dejarme sin nada! — le exclamó furioso.

— Vamos señor Prescott, ya ha hablado suficiente por el día de hoy — se encaminó por el pasillo, con el rostro impasible.

— ¡¿QUÉ DEMONIOS QUIERES DECIR CON ESO?! — explotó, yendo tras él.

— Estúpido viejo pelón — maldijo Liz apenas se perdieron de vista.

— ¡Hermione, lo siento tanto! — se disculpó Mary.

— No se preocupe Mary, sé cuidarme bien — le sonrió tranquilizadora, acomodando su saco.

— Además ya está acostumbrada — intervino Liz con un encogimiento de hombros.

La castaña la regresó a ver con una ceja enarcada.

— ¡Es cierto! — reiteró la morena.

— ¿Por qué no vamos por un café, en lo que se cumple el tiempo? — propuso Hermione, mirando a la señora Prescott.


Encendiendo la luz de noche y cerrando las cortinas de la habitación de Harry para que no entraran los fuertes rayos del sol, Ron regresó hacia donde éste estaba acostado en la cama, y lo arropó mejor con su manta, antes de tomar el vaso y plato vacíos que había en su mesita de noche, donde había comido su merienda.

— ¿Se durmió? — lo llamó Ania, asomándose en la habitación.

— Como un tronco — asintió Ron, encaminándose hacia ella, dejando la puerta entreabierta.

— Hoy recibí una lechuza de Gustav ¿sabes?… — le contó Ania cuando se encaminaban hacia la sala.

— Y ¿qué dice?, ¿todavía no cerrara el bar en Francia? — quiso saber, siguiéndola de cerca, descansando las manos en su cadera.

— Ojalá lo hiciera ya, pero ya sabes cuan terco es. Y como era el bar del abuelo, lo intentara salvar hasta el día de su muerte… — suspiró, sentándose en un amplio sofá. Ron se dejó caer a su lado, pasando el brazo sobre sus hombros, halándola hacia sí — La única buena racha que tuvo fue aquel verano que pasé con él — meditó, tomando el control remoto y encendiendo el televisor.

— Me pregunto por qué — ironizó el pelirrojo, haciéndola reír.

— En fin, le dije que lo iríamos a visitar la semana que viene — comentó como sin querer la cosa, cambiando el canal.

Ron, que apenas se había acomodado mejor para ver la película que proyectaban, se tensó en el acto, regresando a verla con el entrecejo fruncido.

— Nada de eso. Estás apenas pasando el primer trimestre. Nada de viajes hasta que la bebé esté fuerte — se negó de inmediato.

— Pero le prometí a Gustav… — empezó a objetar Ania, girándose hacia él.

— Ania, tu hermano entenderá. Lo más importante ahora eres tú, y Jean — colocó una mano sobre su vientre de forma protectora.

Las líneas de frustración desaparecieron automáticamente del rostro de su esposa, quien le sonrió a pesar de haberle negado ir a visitar a su hermano.

— Si tan sólo no fueras tan insistente… — le dijo, acomodándose en su pecho.

Ron sonrió, abrazándola cerca.

—… No estarías casada contigo — terminó él con una enorme sonrisa.

Flash Back

— ¿Insistes en seguirme? — le preguntó Ania de espaldas a la barra.

Ron se sonrió, dejándose caer en un banco al otro lado.

— Insistes en atravesarte en mi camino — se encogió de hombros.

Ania se giró hacia él, cruzándose de brazos; ocultando una sonrisa.

— ¿Cómo puedo atravesarme en tu camino si jamás salgo de aquí? — le preguntó.

Ron se encogió de hombros.

— Algunas cosas son inexplicables hasta para el más sabio — exteriorizó con sabiduría.

Ania meneó la cabeza.

— Creo que empieza a gustarte que mi hermano te saque a patadas de aquí cada vez que apareces — se burló.

— Me he aprendido ya su horario para salir, no creo que haya problema alguno en los próximos… cuarenta y dos minutos — consultó el reloj que colgaba de la pared, encogiéndose de hombros.

La pelinegra lo miró con diversión, apoyándose sobre la barra, frente a él.

— Entonces, ¿cuánto tiempo estarás ahora?; ¿un día?, ¿dos?… Tú record es de tres — le recordó.

El pelirrojo se humedeció los labios, sonriendo de lado, sin dejar de contemplar sus expresiones.

— Me temo que ésta vez me tendrás que soportar por un período de tiempo más largo que tres días — exhaló en un suspiro dramático.

— No me digas. Cuatro días — satirizó Ania.

— Un mes — repuso Ron.

Ania borró su sonrisa, mirándolo sorprendida.

— ¿Y eso? — musitó con desconcierto. Haciéndolo reír.

— ¿Por qué no me sirves un whiskey y lo hablamos? — le propuso, cruzando sus brazos sobre la barra, inclinándose ligeramente hacia ella.

Con el entrecejo fruncido, Ania se dio media vuelta, tomando un vaso; pero en lugar de alcohol, lo llenó con soda de limón, tendiéndoselo.

— Adelante.

Y Ron no pudo evitar sonreír, recibiendo la bebida.

Fin Flash Back

— Has estado muy distraído hoy, ¿no te parece? — opinó Ania, pasando una mano por su pelirrojo cabello, cuando lo notó perdido en sus pensamientos nuevamente.

Ron la miró con una sonrisa.

— Tan sólo recuerdo mi vida desde que te conocí — le dijo.

— ¿Ahora sí te arrepientes de haber entrado al bar de mi hermano aquella noche? — no pudo evitar preguntarle, sabiendo de antemano la respuesta.

— ¡Demonios, sí! — suspiró teatralmente.

— ¡Hey! — le pegó en el hombro con la mano, mirándolo indignada.

— Sabes que bromeo… — tomó su mano entre la suya, depositando un suave beso sus nudillos — Haber entrado aquella noche al bar de Gustav y haberte conocido, es lo mejor que pudo haberme pasado en la vida… — le susurró al oído. Ania sonrió, su corazón agitado — Le devolviste el sentido a todo, Ania — la apartó un poco para mirarla a los ojos, acariciando con la otra mano su barbilla.

— No podía hacer menos por aquel que me había robado el corazón con la primera sonrisa — acarició su mejilla.

— Y aun cuando ya le habías dado sentido a todo, también me salvaste de mí mismo… — se recargó en su mano — Me has dado todo y más, Ania. ¡Te amo tanto! — musitó apasionadamente.

— No tanto como yo a ti — unió sus labios, abrumada por todo lo que le hacía sentir.

¿Qué más podía pedir?, se preguntó Ron mientras colaba sus manos entrelazadas al vientre de su esposa, sintiendo la tibieza de ésa vida que crecía en su interior. Reafirmando ése amor que compartían.

La respuesta era simple: Absolutamente nada. Lo tenía todo. Ahí, con ella, y sus hijos.


— Es hora — anunció el guardia, abriendo las puertas.

Hermione inhaló profundamente, poniéndose de pie al mismo tiempo que Liz.

— Vamos Mary, todo estará bien — le tendió la mano, incitándola a hacer lo mismo.

La señora Prescott, sin embargo, la rechazó, envolviendo sus brazos alrededor de los hombros de la castaña. Quien, sorprendida, le regresó el gesto.

— Aun si no ganamos, quiero agradecerte por todo Hermione. Por la independencia que me hiciste sentir en apenas estos cortos días de conocerte… Siempre te estaré agradecida — le dijo al soltarla. Y avanzó decidida, cruzando la sala.

— Otro pajarillo que extiende las alas — musitó Liz, mirando algún lugar en el espacio.

Hermione reprimió las ganas de rodar los ojos, sonriendo.

— Vamos pajarillo — la empujó levemente a la entrada.

Cruzando una mirada con Alexander cuando se encontraron en las puertas; el rubio haciéndole un gesto con la mano, cediéndoles el paso. Sus ojos azules enfocados en las mieles por una fracción de segundo; Hermione rompiendo el contacto cuando entró.

Y las puertas se cerraron con un sonido cortante. Mientras de pie, con el corazón en un puño y la mirada al frente, Hermione veía a la jueza Kathleen entrar y colocarse en posición, viendo a los presentes.

— ¿El jurado ha llegado a un veredicto? — preguntó.

El más cercano a ella, asintió, tendiéndole un papel al guardia de seguridad, quien lo tomó, encaminándose a la jueza.

El sonido de su corazón acelerado le atronó los oídos, las manos le empezaron a sudar. Hermione miró de reojo a su clienta, y un espeluznante pensamiento le cruzó por la cabeza; en el cual una Mary andrajosa y sumergida en la desgracia le reclamaba entre gritos, y con lágrimas en los ojos, ¿por qué no había hecho más?, ¿por qué la había dejado sola?

Pero tan pronto como su imaginación comenzó a volar, sintió el firme agarre de Mary sobre su brazo, casi dejando la marca de su mano en su piel. Estaba a punto de hacérselo notar, cuando notó que su clienta estaba al borde de las lágrimas y veía al frente con expresión de incredulidad, con apariencia de estar a punto de desmayarse.

El zumbido se extinguió, dándole paso a las palabras de la jueza…

—… El caso falla a favor de MaryAnn Prescott…

La susodicha emitió un sollozo, exprimiendo el brazo de Hermione sin darse cuenta.

— Desde hoy y en adelante, el matrimonio entre MaryAnn y Marcus Prescott queda disuelto, la custodia de Marcus Junior, Margaret, y Lucy Prescott Stevens, quedan a cargo de su madre, MaryAnn Prescott, quien desde hoy vuelve a ser MaryAnn Stevens…

— Mis niños… — se coló el entrecortado sollozo de Mary.

—… El señor Marcus Prescott estará obligado a pagar una pensión alimenticia del 85% de sus ganancias mensuales a MaryAnn Stevens. La casa, y la mitad de las demás propiedades serán otorgadas a MaryAnn, Marcus Junior, Margaret y Lucy. Las acciones serán divididas en partes iguales. Marcus Prescott deberá, asimismo, cubrir con los gastos educacionales de sus tres hijos, hasta que estos terminen de cursar sus carreras universitarias. Y se le permitirá visitarlos tres días a la semana, bajo supervisión, hasta que se compruebe que su interferencia en sus vidas, no sea ninguna amenaza. Caso cerrado — el golpe del mazo contra la mesa fue tan cortante como el ruido que hizo la silla que derribó Marcus cuando se puso de pie furioso.

El alivio que experimentó Hermione fue tan grande, que junto a su clienta y una entusiasta Liz, soltaron una carcajada de alegría que resonó en la sala; aferrándose las unas a las otras, mientras al lado, el señor Prescott empezaba a despotricar contra todo el mundo; y la jueza Kathleen abandonaba la sala, con una sonrisa casi imperceptible en los labios.

Pronto la familia de Mary se las arrebató de los brazos; encerrándola en un estrecho círculo, exclamando alegremente a su alrededor. Unos sonriendo, otros llorando. Todos felices.

"¡Lo hice!", "¡Lo conseguí!", eran las palabras que resonaban en la cabeza de Hermione cuando salió, dejando todo atrás en la sala; los gritos de alegría, las lágrimas de felicidad. Y a ella la acariciaba una fresca ráfaga de aire puro, mientras el pecho se le llenaba de una cálida sensación: Orgullo.

Euforia pura.

Y sonrió, llevándose las manos a la cara, ahogando las ganas que tenía de gritar de entusiasmo.

— Felicidades — produciendo un respingo de sorpresa, Hermione se giró, encontrándose con la sincera sonrisa de Alexander.

— ¡Gracias!… — respondió, incapaz de borrar su sonrisa — Buen caso.

Alexander exhaló un sonido irónico.

— Si mi cliente no hubiera sido tan idiota, tal vez sí… — opinó sin ningún tapujo, haciéndola reír — Ése caso estaba perdido antes de que empezara siquiera — exteriorizó la verdad, su semblante cansado.

Hermione se encogió de hombros.

— Eres buen abogado, duro un poco.

— Sólo un poco — hizo ademán con los dedos, haciéndola sonreír.

Sonrisa que disminuyó cuando tuvo que ahogar el impulso de chasquear la lengua al ver a Liz aproximarse, deteniéndose en seco sobre sus pasos al verlos platicar entre sonrisas, y girar sobre si misma más rápida que un tornado, perdiéndose de vista.

— ¿Y tienes algún otro caso éste fin de semana? — le preguntó el rubio, trayéndola a la realidad.

La sonrisa de Hermione vaciló.

— Eso es confidencial.

— ¿Tus casos?… ¿o tus planes para el fin de semana? — agregó con un leve tono de diversión, contemplándola con interés.

Hermione desvió la mirada un segundo de sus ojos azules, nerviosa.

— Eres increíble Hermione. Dentro y fuera del juzgado… — dio un paso hacia ella — Pero aún no he recibido una respuesta al café que te invité hace meses — le recordó de pronto.

— He estado… — pasó saliva.

— Ocupada… — terminó él, deteniéndose frente a ella — A veces un poco de diversión no es tan malo como suena — opinó.

Hermione abrió la boca para hablar, quedándose en silencio cuando Liz se materializó a su lado, con el respirar agitado cual si hubiera emprendido una carrera de ida y vuelta al estacionamiento.

— Hermione, ¿me llevas? — le preguntó apurada.

Hermione casi suspira de alivio al verla. No así Alexander, quien mostró una sonrisa de ironía.

— Supongo que ese café queda para otro día ¿no? — la miró esperanzado.

Hermione le sonrió tenuemente.

— Nos veremos Alexander — y sacándole la vuelta, se unió a Liz. Dejando al abogado con una sonrisa en los labios.

Una que borró cuando su cliente salió rumiando entre dientes sobre una farsa, y jurando por una contra demanda.

Y Alexander blanqueó los ojos. Lo que tenía que soportar por trabajar para una de las más prestigiosas firmas de abogados de Londres, pensó. De pronto la idea de ser compañero de Hermione Granger en su firma apenas conocida, se le antojó de sobremanera. Especialmente si podía pasar 9 horas diarias con ella. Quizás así ella vería que no era aquel frívolo abogado que ella creía, y lo apreciara por quien realmente era.

Y él podría conocer mejor a aquella abogada que era llamada "Súper Heroína" en cada juzgado de Londres.


— De nuevo te invitó a salir — afirmó Liz apenas abordaron el auto de la castaña.

— Sí — afirmó sin ánimos, encendiendo el motor.

— ¿Y le dijiste…? — la miró de reojo.

Hermione no contestó, arrancando el auto y dirigiéndose a la salida del estacionamiento.

— A veces me pregunto porque no aceptas salir con Alexander… o con alguien más. Los pretendientes te sobran Hermione, pero es como si no existieran para ti. Como si ya… — calló. Sabiendo que aquello que estaba a punto de decir era un tema tabú.

Hermione fingió no escucharla. Como si ya amara a alguien, completó para sus adentros. Y pisó el acelerador, dejando que el sol la cegara por unos instantes, sacándola de aquella oscuridad que la rodeaba cada vez que se permitía recordar.

Pero no pudo evitar que una frase le rondara por la cabeza: Nadie es él.


— Te veré mañana, Súper Heroína. Y ya dile al pobre de Alexander que no tiene una oportunidad en la apretada agenda de tu corazón, así al menos miraría a todas las que babean por ése cuerpazo que tiene — se despedía Liz cuando Hermione la dejaba en su casa.

Hermione meneó la cabeza, chasqueando la lengua.

— ¡Aja!, ¿detecto algo de territorialismo brillando en sus ojos, abogada Granger? — se burló.

— Hasta mañana Liz.

Su amiga y compañera de trabajo sonrió, cerrando la puerta y poniéndose sobre la banqueta.

— Si no vas siquiera a darle una probadita a ése bizcocho, al menos deja que las otras tengan su muestra gratis — le guiñó el ojo.

Con una mueca de fingido desagrado, la castaña pisó el acelerador. La risa de Liz retumbando a su espalda.

Tenía todo lo que podía desear. Una casa. Un trabajo estable. Una vocación por la cual enorgullecerse. Una carrera que le permitía ayudar a todas las personas que pudiera.

No podía pedir más, pensó.

Pero entonces ¿por qué no podía decir que era feliz?

Aunque tratara de ignorarlo, sabía que su vida jamás estaría completa. Algo muy importante le había sido arrebatado hacia 11 años, y no importaba cuanto hiciera para olvidarlo, jamás podría.

El chirrido de las llantas sobre el asfalto resonó cuando aumentó la velocidad.


Con el vago recuerdo de las lágrimas de felicidad de Mary, en su cabeza; cual si aquello hubiera sucedido hace mucho tiempo; la castaña apagó la televisión, luego de una tarde de ocio y comida rápida, y se dirigió a su estudio, sacando de entre sus archivos su siguiente caso.

Mientras más rápido iniciara, más pronto ayudaría a alguien más.

Después de todo, era mejor perderse en un montón de papeles acerca de la vida de alguien más que en la suya propia, pensó. Un segundo antes de que el timbre de su puerta se escuchara.


Ya en la penumbra de la noche, Ron contemplaba el techo de su habitación, con Ania apoyada en su costado, durmiendo plácidamente; él encontraba imposible conciliar el sueño.

Eran las 10 de la noche del 1 de mayo. Y otro año de aniversario se cumpliría ésa misma madrugada.

Con un suspiro, se escurrió fuera de la cama, sentándose; y, abriendo cuidadosamente el cajón inferior de su mesita de noche, extrajo una pequeña bolsa de terciopelo negro. Su corazón martilleó dolorosamente en su pecho cuando abrió el cordón que aprisionaba el contenido, y un extraño reloj, que parecía roto, se deslizó sobre su mano derecha; ampliándose lentamente hasta sostenerlo entre las dos.

Si hubiera sido plenamente honesto ése día con Ania, cuando le preguntó por qué estaba tan distraído, le habría enseñado ése reloj, ésas caras sonrientes de pelirrojos que lo miraban con sus ojos azules y castaños. Pero tendría que contar entonces porque el rostro de su madre, Molly, junto a sus hermanos Fred y Ginny, se habían quedado suspendidos bajo el letrero "Peligro mortal". O porque sus otros hermanos, Bill, Percy y Charlie, cambiaban continuamente de "Peligro mortal" a "Hogar" y "Trabajo". Mientras su padre, Arthur, siempre señalaba "Hogar". Y el único hermano gemelo que le quedaba, George, permanecía en "Peligro mortal" las 24 horas del día.

— O porqué abandoné todo esto — se dijo a sí mismo. Sintiendo un nudo formarse en su garganta.

Él ya no formaba parte de aquella familia, se recordó. Y sus ojos se dirigieron a su propio rostro. "Perdido".

Y en medio de la noche, recordó la fatídica noche en que lo perdió todo, sintiendo las lágrimas deslizarse por sus pecosas mejillas.


Todo giró frente a sus ojos, desorientándola. El sonido de la risa de los niños jugando bajo las lámparas en la calle. El extraño ruido que producía el auto del vecino al encender. El ladrar de un perro, correteando detrás de algún gato…

Alto, delgado, de cabello negro azabache, indomable como siempre; piel blanca, ojos verdes esmeralda… Aquellas lagunas que la veían desde el marco de la puerta. Una que Hermione sostenía en sus manos, sin ser consciente de ello.

El corazón se le detuvo por lo que pareció una eternidad, su cerebro dejó de pensar, los pulmones quedaron sin aliento.

— Juntos hasta el final ¿no? — el sonido de su voz cariñosa fue más de lo que pudo soportar. La sonrisa que le brindó le provocó un intenso vuelco al corazón, robándole la poca fuerza que quedaba en éste.

Y todo se volvió negro para Hermione; lo último que sintió antes de desmayarse, fue la sensación de caída. Y los brazos de Harry Potter; su mejor amigo, la persona que amaba, y había muerto hacia 11 años; envolviendo su cuerpo.

— Te tengo, Herm.