~N/A: ¡Hola! Sé que he actualizado una semana después de lo que dije en el capítulo anterior, pero me fui de viaje y me era imposible subir el capítulo. Cuando me retraso en las actualizaciones no es porque quiera, sino porque me ha surgido algo o no tengo inspiración. Nunca os dejaría esperando por gusto.
Vale, este capítulo es más largo que los anteriores, pero es que tenía más cosas que contar. Ron va a seguir apareciendo, así como Lavender, porque aunque centrarme en nuestra OTP está muy bien, en sus vidas pasan muchas más cosas fuera de su no-relación y creo que merecen que las solucione.
¡A leer! N/A~
LAS SEIS ETAPAS DEL AMOR
III. Prometidos
Draco insistió en que, si iban a confesar su amor públicamente durante aquella fiesta, más les valía estar impecables.
―He visto tu armario, Granger. La moda de hace diez años me ha mandado una lechuza: quieren que les devuelvas los modelitos.
Hermione frunció los labios en un mohín.
―Mi ropa es perfecta, gracias. De hecho, ya sé qué me pondré para la fiesta…
Fue a su habitación y volvió con una falda roja y una blusa blanca de tirantes. Malfoy se quedó mirando el conjunto con escepticismo.
―Pareces una azafata de vuelo ―señaló con acritud.
Hermione miró hacia el techo mientras soltaba un grito de frustración.
―¡No vamos a durar casados ni dos días si sigues criticando mi vestuario!
―Va, dame el gusto, querida futura esposa ―sonrió él―. Un vestido, no te pido más.
Al final Hermione accedió a ir de compras, solo por no oír sus quejas durante un segundo más. Supuso que irían al callejón Diagon, pero Draco la condujo a una tienda en el Londres muggle. Ella se quedó mirando el escaparate con desconfianza.
―¿Desde cuándo compras en sitios muggles? ―inquirió.
―Tú eres quien va a comprar, técnicamente ―corrigió él―. Seguro que nadie se espera que lleves algo tan sofisticado y caro.
Hermione lo fulminó con la mirada.
―Espero que traigas dinero, porque no pienso dejarme el sueldo del mes en un vestido.
―Y unos tacones ―añadió él. Hermione tembló. Por lo que sabía, cualquier zapato básico en aquella tienda superaba los dos ceros. ¿Zapato básico? Ja―. Pero tranquila ―se sacó la cartera, llena de billetes de cien libras―, que paga mi madre.
Hermione enarcó una ceja. Estuvo a punto de preguntar si su madre le había dado el dinero a sabiendas de que iba a invertirlo en una sangresucia, pero en ese momento él la empujó hacia la tienda y se le olvidó cualquier pensamiento al ver la ropa que había en el interior.
Una dependienta de unos treinta años y figura imposiblemente delgada se les acercó. Con un rápido vistazo, decidió que Hermione no había vestido con elegancia en su vida y que era Draco a quien debía dirigirse. Por su sonrisa, Hermione vio que también había decidido que Malfoy estaba muy bueno. Muy a su pesar, no podía negarlo.
―Buenos días. ¿Puedo ayudarles en algo? ―preguntó solícitamente.
―Tenemos una fiesta dentro de unas semanas y necesito que mi novia sea la mujer más guapa de la fiesta ―dijo él―. Más de lo que ya lo es ―añadió. Hermione, que lo conocía, pudo distinguir su tono divertido: estaba jugando con la dependienta―. Saque los mejores vestidos que tenga. Y zapatos ―ordenó.
La sonrisa de la mujer vaciló un poco al ver cómo Malfoy se acercaba a Hermione, pero poco importaba si conseguía hacer una buena venta, así que asintió y empezó a correr de un lado a otro cogiendo ropa de aquí y allá.
―Pruébese estos, a ver cómo le quedan. ―La mujer lo dijo en un tono que dejaba bastante claro su escepticismo.
―Perdone ―Draco se acercó a ella―, ¿cómo se llama? ―preguntó.
―Felicia.
Draco sonrió.
―Felicia, estoy notando cierto tono reticente por su parte. Si le incomoda atendernos, podemos irnos a otro sitio ―borró la sonrisa del rostro; Malfoy podía ser bastante aterrador si se lo proponía―; después de dejar una valoración en una hoja de reclamación.
Felicia tragó saliva, pero se forzó a esbozar una sonrisa tirante.
―Por supuesto, perdóneme, señor. ―Se giró hacia Hermione―. Si necesita ayuda, no dude en llamarme ―le dijo antes de retirarse a la esquina más alejada de la tienda.
Hermione miró a Draco con el ceño fruncido.
―No hacía falta tratarla de ese modo.
―Su trabajo es sonreír aunque no le guste. Por el precio que voy a pagar por la ropa, más le vale ser un poco más amable ―dijo antes de sentarse en uno de los cómodos sillones que había enfrente de los probadores.
Hermione puso los ojos en blanco, pero entró en el probador sin decir nada. Suspiró al ver el montón de vestidos que tenía que probarse. Empezó por uno rojo palabra de honor.
Cuando salió, Draco tardó un segundo en negar con la cabeza.
―Ese rojo es demasiado chabacano.
Hermione sonrió de lado.
―¿No será que es un Gryffindor? ―inquirió―. Pues que sepas que el verde queda descartado.
Draco suspiró como si le doliera aquella afirmación.
―Es un sacrificio que no estoy contento de hacer. Una lástima, seguro que te hubiera quedado de muerte.
Hermione fue desfilando delante de su «novio» con los diferentes vestidos. Unos fueron vetados por él por demasiado poco adecuados, y otros por ella por demasiado incómodos. Mientras Hermione se probaba toda la ropa de la tienda, iban charlando.
―¿Piensas ir a hablar con Ron? ―preguntó él.
Hermione suspiró. Había estado posponiéndolo durante los últimos días.
―Supongo que tengo que hacerlo: se lo prometí a Lavender.
―¿Quieres que te acompañe?
Hermione sacó la cabeza por un hueco de la cortina.
―¡Ni hablar! Sois tan tontos ambos que seguro que termináis peleándoos sin motivo.
Draco se encogió de hombros y sonrió.
―Un poco de diversión nunca viene mal.
Hermione cerró la cortina de nuevo y miró los vestidos que quedaban: uno azul de tirantes gruesos, uno rosa palo y otro granate con un tirante.
Se decidió por el azul.
―Ayúdame con esto ―dijo. Necesitaba que alguien le subiera la cremallera de la espalda.
Draco se acercó a ella y se quedó unos segundos contemplando la piel desnuda de su espalda. Hermione había tenido que quitarse el sujetador para que el vestido quedara bien.
―¿Draco? ―llamó ella, devolviéndolo a la realidad―. ¿Piensas hacer que se suba sola con magia o qué?
Él parpadeó varias veces antes de subir con una mano la cremallera mientras apoyaba la otra en su hombro. Sus dedos rozaron su piel, haciendo que ella se estremeciera casi imperceptiblemente. Cuando hubo terminado, ella se giró y levantó los brazos. Draco observó cómo la tela se adaptaba perfectamente a su cuerpo. Era un vestido sencillo, pero con los zapatos adecuados y el pelo recogido, causaría sensación.
―Este ―dijo.
Hermione se giró hacia el espejo y sonrió con satisfacción.
―Sí, a mí también es el que más me gusta.
Al final, salieron de la tienda con el vestido y unos tacones y un bolso negros para acompañar. Ah, y unos cuantos billetes menos en la cartera de Draco, pero no se arrepentía en absoluto.
―¿Ya tienes el anillo? ―inquirió Hermione. Draco sonrió. Había ido a comprarlo unos días antes―. ¿Puedo verlo?
Él negó con la cabeza.
―Trae mala suerte.
―Es ver el vestido de la novia lo que da mala suerte ―corrigió.
Draco se encogió de hombros.
―Como sea. Hasta la fiesta, nada.
―Me tienes bastante limitada en esta relación, ¿eh?
Él soltó una carcajada. Se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla.
―Es por tu bien, cariño.
Hermione se estremeció al oír el apelativo cariñoso.
―No me llames así ―pidió―. Era lo que nos decíamos Ron y yo.
Malfoy la miró con expresión apesadumbrada, pero volvió a su expresión jovial en seguida.
―Tendré que pensar en otra cosa, entonces. Nadie se va a creer que estamos juntos si sigo llamándote «Granger».
―«Salvadora de mi vida» servirá. O «diosa divina» ―sugirió ella en broma.
Draco hizo gesto de ir a vomitar.
―Antes me corto la lengua que te llamo esas cosas.
Ella rio. Por unos minutos, olvidó que tenía que ir a hablar con Ron.
Siguió posponiéndolo unos días, hasta que esos días se convirtieron en una semana. ¿Qué temía? No tendría por qué importarle verlo de nuevo; al fin y al cabo, hacía un par de meses que no eran nada. Había tenido tiempo para hacerse a la idea de que no lo quería. Aunque la verdad era que no había conseguido olvidarlo del todo.
Al final, un sábado por la mañana decidió hacer acopio de un poco de valor y se apareció en su antigua casa, la que había compartido con él. Llamó a la puerta varias veces, y ya estaba pensando en marcharse y volver otro día cuando oyó unos pasos en el interior.
Cuando la puerta se abrió, Hermione pudo percibir que Ron había estado durmiendo hasta que ella lo había despertado. Parecía estar bien, aunque llevaba barba de varios días, algo raro en él. Sus ojos azules brillaron con esperanza cuando lo vio.
―Vengo a hablar de Lavender. ―Y esa esperanza murió.
Hermione no esperó a que le diera pena y entró en la casa sin invitación. Fue directamente a la cocina. Ron la siguió y se quedó observando desde el umbral cómo ella hacía café y lo servía en sendas tazas. Puso un poco de leche y dos azucarillos en la suya, y dejó la de Ron sin nada, como a él le gustaba. Solo cuando estuvo sentada en la mesa y lo miró, Ron se atrevió a ocupar la silla enfrente de ella.
―¿Cómo estás? ―preguntó.
Hermione pensó en lo irónico de su situación: tenía al hombre por el que todavía sentía algo sentado enfrente, sin embargo, iba a casarse con otro hombre al que apreciaba, sí, pero no amaba. Su historia daba para un best-seller romántico. O trágico, más bien.
―Bien ―terminó respondiendo―. Con mucho trabajo, como siempre.
―Mi padre me ha dicho que no has ido más por casa.
Hermione hizo gesto de dolor, pero se recompuso rápidamente. Lo último que quería en el mundo era que los Weasley pensaran que ya no quería relacionarse con ellos.
―No quiero causar situaciones incómodas ―se justificó―. Pero me pasaré algún día, eso sí puedo prometerlo.
Se quedaron en un silencio incómodo que ninguno tenía el valor de romper. Al final, Ron hizo gala de su espíritu Gryffindor y fue el primero en sacar el tema.
―Dijiste que querías hablar de Lavender.
Hermione asintió.
―La vi el otro día. Me contó que no quieres hablar con ella y que si podía venir y hacerte cambiar de opinión ―informó―. ¿Por qué no quieres verla?
Él apartó la mirada y se encogió de hombros ligeramente.
―No estoy preparado ―musitó.
Hermione dejó la taza sobre la mesa y lo miró fijamente. Ellos habían hablado del futuro en algunas ocasiones, y en ese futuro entraba algún que otro niño. Pero suponía que no era lo mismo querer tener hijos con tu novia a enterarte de que habías dejado embarazada a una antigua compañera del colegio. Aun así, lo hecho, hecho estaba.
―Lavender está de seis meses. Antes de que te des cuenta, tu hija habrá nacido y…
Ron levantó la vista y la miró con los ojos muy abiertos.
―¿Es una niña? ―preguntó.
Hermione apretó los labios. Se le había escapado, pero tal vez eso sirviera para hacerlo reaccionar. Asintió.
―Mira, Ron, no te estoy pidiendo que vayas a verla y le pidas matrimonio. Ella ni siquiera quiere que te hagas responsable si no quieres, pero al menos dile algo. Es lo mínimo que se merecen ella y la niña.
―No sé si estoy preparado para ser padre ―confesó.
Hermione suspiró.
―No pasa nada. Nadie te pide que lo seas. Podéis llegar a un acuerdo: puedes ayudarla económicamente, si quieres, o ir a visitar a la niña de vez en cuando. O puedes olvidar que todo esto ha pasado. Al fin y al cabo, es mucho mejor que la niña sea criada por una madre a ver a un padre muy de vez en cuando que solo se ocupa de ella por obligación.
Ron pareció considerar sus palabras. Al final asintió.
―Sí, me parece razonable. Siempre has tenido razón en todo ―intentó una sonrisa, pero ella no se la devolvió.
―Hay otra cosa que quiero contarte ―dijo ella. Prefería enfrentarse a su reacción ahora que cuando se hiciera público―: Draco y yo estamos saliendo ―anunció.
Hermione podía ver cómo la mentira viajaba lentamente desde su boca hasta el cerebro de Ron, y de ahí a su corazón. La miró con una mezcla de dolor, incomprensión e ira.
―Lo sabía ―musitó. Le dedicó una mirada acusadora―. Al final tenía yo razón.
Las implicaciones de su acusación golpearon con fuerza en el pecho de Hermione. Sabía qué parecía aquello: anunciaba su noviazgo con Draco poco tiempo después de dejar a Ron, un Ron que la había acusado con anterioridad de tener algo con Draco.
―Puedes pensar lo que quieras. No me creíste en su momento y puedes elegir no creerme ahora, pero era y sigue siendo verdad: no me lie con Malfoy cuando todavía estábamos juntos ―espetó―. Es la última vez que hablo contigo de esto. ―Calló un segundo―. Eso no es todo: va a pedirme que me case con él en unas semanas, en la fiesta anual del Ministerio.
Ron se levantó de la silla y la miró, boquiabierto.
―Diez años. Estuvimos juntos diez años y siempre decías que no estabas preparada. ¿Y ahora llega él y a los dos meses vais a casaros? ―recriminó.
Los ojos de Hermione se llenaron de lágrimas, pero se mantuvo firme.
―No he venido a que me eches en cara cómo llevo mi vida. Ya hemos hablado de lo que teníamos que hablar, así que eso es todo. Puedes juzgarme, criticarme o hablar mal de mí, pero eso no cambiará el hecho de que voy a casarme con Draco. —Y sin nada más que añadir, se levantó—. Adiós, Ron.
Se marchó a toda prisa y se apareció en su piso. Draco, que estaba sentado en la mesa del salón con unos cuantos papeles esparcidos por encima, dejó lo que estaba haciendo y la miró. Hermione intentó contener las lágrimas, pero no pudo, así que se marchó a su habitación para no aguantar la vergüenza de que la viera llorar.
Él la siguió, pero se encontró con una puerta cerrada. Llamó con los nudillos.
―Granger. ―Silencio, solo interrumpido por unos sollozos―. Hermione, ábreme ―volvió a intentarlo.
―No está cerrada ―respondió ella con la voz ahogada.
Cuando abrió la puerta, la vio sentada en la cama, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Intentó sonreír.
―Debo de parecerte muy tonta.
Él se acercó a ella. Se sentó en la cama, a su lado, y lentamente la abrazó. Hermione se dejó hacer, apoyando la cara en su hombro y dejando que las manos de él la apretaran contra su cuerpo. Tenía que admitir que aquel abrazo era de lo más reconfortante.
―Me pareces una mujer muy valiente ―susurró contra su oído.
Se quedaron así, él acariciando suavemente su espalda y ella llorando contra su camisa unos minutos más, hasta que finalmente Hermione se serenó y se apartó de él.
―Ya está. Gracias ―dijo.
Él sonrió y apartó una lágrima de su mejilla con el pulgar.
―¿Para qué están los novios de pega si no?
Hermione sonrió.
―No sé cómo Astoria te dejó escapar ―bromeó. Draco no sonrió, y se tumbó en la cama, boca arriba―. Lo siento, no debería…
Él negó con la cabeza.
―No, no pasa nada. Astoria y yo estuvimos bien juntos, al menos durante un tiempo. ―Hermione se tumbó a su lado y escuchó―. Pero un día, mientras estaba en el jardín de su casa, tomando un té con sus padres, la miré y no vi a la mujer con la que quiero pasar mi vida. Astoria me cae bien, y espero poder seguir llamándome su amigo, pero no la quería. Después de la guerra me había dado cuenta de muchas cosas, y me ahogaba pensando que siempre sería el mortífago que intentó matar a Dumbledore.
―¿Y cómo reaccionó ella? ―preguntó Hermione.
Draco la miró de reojo.
―Sorprendentemente bien. Cuando le conté que no tenía intención de casarme con ella, se mostró hasta aliviada. «Durante este último año he notado que anhelas algo que no vas a encontrar aquí. No quiero pasar mi vida pensando que no puedo cumplir tus expectativas», me dijo. Cuando rompimos el compromiso, mi padre amenazó con desheredarme, algo que, muy a su pesar, no podía hacer, así que se limitó a echarme de casa. Él y mi madre discutieron muchísimo, tanto que pensé que se divorciarían, pero eso fue algo que tampoco pasó.
―Vaya ―murmuró Hermione, sin saber bien qué decir.
Draco se incorporó.
―Pero basta de historias tristes ―dijo―. ¿Tienes hambre? Últimamente me salen unos sándwiches para chuparte los dedos.
Hermione soltó una carcajada.
―Creo que en el fondo quieres casarte conmigo para no morirte de hambre.
Él hizo como si le hubiera dado en el pecho con un Avada.
―Justo en el blanco ―bromeó antes de ir a la cocina.
Sí, definitivamente había encontrado al no-novio más perfecto que había. Quién iba a decirle diez años atrás que Draco Malfoy y ella serían amigos.
A medida que su pedida de mano se hacía más inminente, Hermione decidió que sería buena idea comunicar la «buena» noticia a sus padres y amigos para que no les llegara de sopetón.
Decidió empezar por Ginny.
Decidió ir a casa de los Potter a una hora a la que sabía que Harry no estaría. Había querido mentirle a Ginny y contarle la versión oficial que había ideado en su mente, pero era incapaz. Sabía que con una mirada su amiga lo descubriría todo. Había imaginado todo tipo de situaciones posibles, desde que Ginny se enfadara hasta que se riera de ella o la llamara loca, pero la pelirroja se limitó a mirarla fijamente con las cejas levantadas mientras acunaba al pequeño James en sus brazos.
―Estás loca. ―Bueno, al menos Hermione no se había equivocado en una de las predicciones―. ¿Lo haces para vengarte de Ron? ―preguntó.
Hermione se sintió molesta por ese comentario.
―¡Por supuesto que no! Lo hago simplemente por el dinero… y porque así me mantengo ocupada y no pienso en Ron ―admitió.
―Pero casaros… Eso implica muchas cosas ―dijo Ginny, mirándola significativamente.
Las mejillas de Hermione adquirieron un ligero tono sonrosado.
―Sé en qué estás pensando, y no. Malfoy y yo llevamos esto como si fuera un negocio y, de hecho, lo es: él consigue su herencia y yo el dinero que necesito para una preciosa casa que me compraré a las afueras.
Ginny se levantó y dejó a su hijo en la cuna, no sin antes acariciarle la mejilla con mimo.
―La casa podrías comprártela tú misma con una hipoteca, y lo sabes. No cobráis tan poco en el Ministerio ―señaló.
Hermione no podía rebatir esa observación.
―Cierto, pero también lo hago por hacerle un favor a un amigo.
Ginny sonrió de lado.
―«Amigo». Ya.
―¡Al final me voy a liar con Draco solo para que tengáis razón de una vez! ―exclamó Hermione, frustrada.
―Apuesto a que a ambos os gustaría ―respondió su amiga, apoyando la cabeza en una mano y batiendo las pestañas repetidamente en su dirección.
Hermione no pudo hacer otra cosa que reír.
―Eres horrible.
―¿Pero seré tu horrible dama de honor, verdad? ―preguntó.
―¿Y lo dudas?
A sus padres, en cambio, decidió que sí era buena idea mentirles. De otro modo, intentarían convencerla de que no lo hiciera y se sentirían culpables por no poder darle el dinero que tenían ahorrado para ella pero que gastaron cuando se mudaron a Australia.
A Hermione se le empañaron los ojos cuando los vio a través de la pantalla del ordenador.
―Bueno… ¿a qué debemos el honor de tu visita virtual? ―preguntó su padre en broma.
―Sí, lo sé, lo siento. Últimamente no tengo tiempo para nada ―se disculpó Hermione. Esperó a que sus padres se hubieron colocado cómodos para soltar la bomba―. Pero quería veros porque tengo algo importante que contaros ―dijo con evidente nerviosismo.
―¿Ron y tú habéis vuelto? ―inquirió su madre.
―¿Qué? ¡No! Ron es agua pasada ―aseguró―. He conocido a alguien más ―anunció. Sus padres se miraron entre ellos con una sonrisilla―. Y vamos a casarnos.
Silencio. Hermione les dio unos minutos para que digieran la noticia.
―Hermione, hija… Ron y tú cortasteis hace dos meses ―dijo su madre con tacto―. No puedes haberte enamorado tanto de otra persona en tan poco tiempo.
―Sé cómo suena, pero os prometo que no hago esto por despecho. Draco y yo hemos conectado en seguida: tenemos caracteres parecidos, y a ambos nos gustan las mismas cosas ―explicó―. Antes creía que Ron era el hombre de mi vida, pero pasaron diez años y resultó que no era así. Creo que no quiero esperar otros diez años para ver si me he equivocado o no.
Su madre no parecía convencida, pero no quiso discutir.
―Si tú crees que es lo mejor para ti…
―Lo único que queremos es verte feliz.
―Draco me hará feliz, ya lo veréis. ―Al menos hasta que se divorciaran, en un año y medio, más o menos.
Al final, el gran día llegó. Hermione dedicó la tarde entera a ducharse, depilarse, ponerse crema y arreglarse. Usó un poco más de maquillaje del que le gustaba llevar: rímel, eyeliner, un poco de colorete y los labios de un rosa cereza. Desde que entró a la ducha hasta que salió de su habitación completamente arreglada habían pasado dos horas, pero valió la pena, porque cuando Draco la vio, silbó de asombro.
―¡Qué guapa! ―alabó―. Serás la envidia de todas las mujeres de la fiesta.
Hermione enarcó una ceja, desafiante.
―¿Estás implicando que no estoy guapa siempre?
―Yo no he dicho eso, me refería a que…
Hermione rio.
―Tranquilo, solo estaba poniéndote a prueba. ―Se detuvo en el espejo de la entrada a comprobar que no hubiera un pelo fuera de su sitio―. Conmigo no tienes que esforzarte.
Él se situó detrás de ella y sonrió.
―¿Porque ya has caído a mis pies?
Hermione lo fulminó con la mirada.
―Porque te conozco y no me impresionas.
Draco puso cara apenada.
―Tendré que borrar «noche de sexo salvaje con Hermione Granger» de mi lista. Una lástima, la verdad. Me había puesto mis calzoncillos de la suerte.
Hermione lo miró con recelo; no podía estar hablando en serio. Pero cuando él soltó una carcajada, se relajó. Por supuesto que estaba bromeando. Draco le abrió la puerta y le ofreció su brazo.
―¿Estás lista, futura señora Malfoy?
La bruja pasó una mano por su brazo y asintió.
―Por supuesto, futuro señor Granger.
La entrada del Ministerio de Magia, donde se celebraría la fiesta, había sido adornada especialmente para la ocasión. Había elfos domésticos por todas partes, vestidos de etiqueta (algo bastante cómico) y trasportando copas de champagne. También habían colocado varias mesas flotantes con canapés encima, y el techo había sido hechizado al estilo de Hogwarts: podía verse el cielo estrellado sobre sus cabezas.
A medida que los ojos de la gente se clavaban en ellos, Hermione empezaba a arrepentirse. Oía los murmullos, aunque se esforzaba en no distinguir ninguna palabra. Llegó un momento en que se agobió y detuvo su paso. Draco se paró al ver que ella no avanzaba y la miró sorprendido.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien? —le preguntó.
Ella intentó sonreír, pero le salió forzado.
—No va a salir bien. Sabrán que es una farsa y quedaremos en ridículo delante de todo el mundo. —Le faltaba poco para empezar a hiperventilar.
Draco la cogió por el codo y la arrimó a la pared para tener más intimidad. Unas cuantas personas se quedaron mirándolos, pero él las ignoró y posó las manos en el rostro de Hermione, obligándola suavemente a mirarlo a los ojos.
—Hermione, tranquilízate. Estás preciosa, yo estoy muy guapo, no te voy a mentir —se permitió una pequeña sonrisa vanidosa — y aunque la gente crea saber que pasa, nunca estarán seguros y nunca se atreverán a preguntar. Si puedes soportar los chistes malos del tío ese de Uso Incorrecto de Artefactos Muggles, podrás con esto. —Muy a su pesar, Hermione se rio, a lo que Draco se relajó y sonrió—. Venga, que todavía queda mucha gente a la que dar envidia —le dijo, ofreciéndole su brazo de nuevo—. Piensa que al menos no nos hemos encontrado todavía con mis padres —bromeó, aunque no parecía totalmente despreocupado.
Hermione inspiró hondo y aceptó el ofrecimiento. Solamente tenía que fingir que todo iba de maravilla, que nadie mentía y que ella estaba enamoradísima del hombre que tenía al lado. Casi nada.
Malfoy era un experto en pasearse por allí saludando a todo el mundo pero sin detenerse a hablar con nadie, como si no fueran dignos de su tiempo. Al final, vieron al señor ministro despidiéndose de varios altos cargos del ministerio y aprovecharon la ocasión para acercarse a él.
—¿Estáis preparados? —les preguntó el hombre nada más verlos—. Confío en que vuestro discurso sea inspirador.
—Por supuesto, Ministro —respondió Draco, guiñándole un ojo—. Aunque me temo que no podré llegar a la altura de mi acompañante —suspiró dramáticamente—: se le da demasiado bien ser la mejor en todo.
Hermione le dio un codazo en las costillas que hizo reír a Kingsley.
—Me alegra ver que habéis venido juntos, es toda una declaración de intenciones. —Hermione empezó a sonrojarse; ¿tan evidente era?—. Por haberme hecho caso en lo de unir fuerzas —aclaró al ver la expresión de la bruja.
Esta suspiró aliviada.
—Sí, por supuesto —convino—. Nada mejor que esto —levantó ligeramente el brazo que la unía a Malfoy— para demostrar el espíritu del ministerio.
En aquel momento, la subsecretaria se acercó a Shacklebolt para indicarle que la ceremonia estaba a punto de empezar.
—Nos vemos en unos minutos —se despidió de la pareja.
Justo delante de la enorme estatua que adornaba la entrada del Ministerio, apareció un atril dorado sobre una plataforma negra. Realmente ninguna de esas cosas era necesarias, no cuando el ministro podía usar un Sonorus, pero así le desprendía más magnanimidad. Y definitivamente funcionó, porque la gente empezó a congregarse a su alrededor para escuchar su discurso. Hermione siempre había admirado a Kingsley por tener talento tanto para la diplomacia como para la verdadera acción.
Para culminar su entrada, el ministro de magia carraspeó y miró a su audiencia durante un par de segundos. Hermione y Draco se colocaron justo delante de él, en un hueco desde donde eran perfectamente visibles para mucha gente. De hecho, la bruja vio por el rabillo del ojo ese pelo rojo inconfundible. Aunque no quería hacerlo, echó una mirada rápida hacia allí y vio que Arthur había acudido con Molly. El matrimonio tenía la mirada clavada en Hermione y Draco. Ella se sintió avergonzada por algún motivo, pero antes de intentar centrarse en el discurso de Shacklebolt, vio que Molly le dedicaba una pequeña sonrisa.
—Bienvenidos. Un año más, nos encontramos reunidos para celebrar que el Ministerio no se ha venido abajo —se escucharon varias risas, y Kingsley sonrió antes de seguir—. Y también para brindar por la maravillosa labor que realizan todas y cada una de las personas que trabajan aquí porque el país siga adelante. —Un elfo doméstico le acercó una copa de champagne, que Kingsley levantó; todos los presentes lo imitaron—. Como llevo diez años en esto, ya no se me ocurren discursos originales, así que he pensado en que es mejor dejar hablar a dos personas que —miró brevemente a Draco y Hermione y sonrió— representan el espíritu del trabajo duro y la superación. Por favor —concluyó con una mano abierta hacia ellos, ofreciéndoles a subir.
Draco subió primero y le tendió una mano a su acompañante. Sus manos permanecieron unidas unos segundos más de los necesarios, pero Hermione sonrió discretamente al pensar que todo formaba parte de su pequeña representación. Él se colocó a un lado del atril, ya que habían acordado que ella hablaría primero para después concluir ambos discursos con el golpe de efecto de la pedida de mano.
—Gracias, señor ministro, por darme la oportunidad de hablar en un día tan señalado como hoy —empezó Hermione; tenía la boca seca, pero se obligó a tranquilizarse y sonrió—. Como bien saben —miró al público y se relajó al ver que no había ninguna expresión hostil u aburrida—, este año ha marcado el décimo aniversario desde que terminó la guerra. Los que fueron conmigo a Hogwarts saben cuánto me gusta deslumbrar a todo el mundo con hechos y datos —varios de los presentes, que efectivamente la habían conocido durante sus años de estudiante, rieron; Harry negó con la cabeza, sonriendo—, pero hoy voy a dejar eso de lado y me voy a centrar en lo que importa —se miró las manos, que se aferraban al atril, y se obligó a relajarlas—: quiero dar las gracias por la presencia de todos y cada uno de los que estamos aquí. No creo que seamos capaces nunca de olvidar lo que pasó, y no es, ni mucho menos, lo que pretendo, pero estoy muy orgullosa de que, como sociedad y como supervivientes, hayamos aprendido a superar los rencores del pasado —en este punto miró brevemente a Draco, quien le devolvió la sonrisa— y a darnos la mano para construir un futuro mejor. —Alguien empezó a aplaudir y pronto todos los asistentes se unieron—. Gracias —murmuró, apartándose a un lado. Hablar de la guerra siempre la ponía sensible.
Draco ocupó el lugar vacío no sin antes darle un apretón cariñoso en el brazo. Hermione lo vio carraspear y sonreír como si se estuviera preparando para dar un buen espectáculo. Aunque, en cierta manera, eso era verdad. Por un momento envidió su carisma natural para hablar en público.
—Queridos amigos, yo no quiero dar las gracias al señor Shacklebolt, porque la verdad es que lo único que ha hecho ha sido quitarse el muerto de encima y pasárnoslo a nosotros. —Varias personas rieron, Kingsley el que más. Hermione miró a Draco y se fijó que podría estar diciendo lo más vulgar del mundo, pero si salía de su boca, siempre sonaría elegante—. Pero ya que estoy, quiero aprovechar para dar las gracias por varias cosas.
Draco miró su copa de champagne durante unos segundos, un golpe de efecto que servía para crear expectación.
—En primer lugar, debo agradecer a los aquí presentes por darme la oportunidad de demostrar que no soy solamente un tatuaje en mi brazo. Me esfuerzo cada día en demostrarles que no se han equivocado conmigo.
Era la primera vez en todo ese tiempo que Hermione lo escuchaba hacer alguna referencia a su pasado como mortífago. Draco había hablado con la valentía de alguien que había asumido sus errores y se había hecho cargo de ellos. Alguien que trabajaba todos los días para no dejar que su pasado lo definiera.
—También quiero dar las gracias a mis padres, que se encuentran casi al fondo —Hermione siguió con la mirada la copa levantada de Draco y vio a los Malfoy, con su perfecta pose y su maldita perfección en medio de una multitud que parecía chabacana a su lado. Ahora que los había visto, no podía despegar la mirada de ellos. Tragó saliva cuando su mirada se encontró con la de Lucius Malfoy, pero obligó a sus ojos a volver a Draco—. Sobre todo a mi padre, quien me inculcó toda la vida que era un derecho de nuestra familia conseguir lo que quisiéramos. Yo lo he conseguido, así que gracias, padre. —El tono irónico no pasó desapercibido a nadie, y mucho menos a Lucius, quien apretaba los dientes con fuerza.
—Pero hay una persona en especial a quien quiero dar las gracias por estar a mi lado, hoy y siempre. —En ese momento se giró hacia Hermione con una sonrisa, y esta perdió el aliento—. Hermione Granger ha resultado ser la mejor compañera de trabajo y de vida que he podido descubrir. Ella me ha enseñado lo que es el trabajo duro de verdad, lo que es no dejarse amedrentar por aquellos que no creen que te merezcas lo que te has ganado con tu esfuerzo y talento —seguía hablando sobre ella, pero en vez de mirar al público, tenía los ojos grises clavados en los de Hermione—. Sé que esto puede resultar una sorpresa para muchos —cogió a Hermione de la mano y la llevó a un lado, donde no hubiera atril que los tapara—, pero es lo que mi corazón me pide que haga.
El corazón de Hermione palpitaba con tanta fuerza que estaba segura de que hasta Lucius Malfoy podía escucharlo. Peor para ella, porque así sabría el lugar exacto donde estaba para poder arrancárselo en cuanto Draco terminara con lo que iba a hacer.
Mientras tanto, él se había arrodillado y había sacado una cajita de terciopelo negro del bolsillo. La bruja sabía lo que venía a continuación, pero aun así no pudo evitar sonrojarse profusamente. Draco abrió la caja, dejando entrever un anillo de compromiso de oro blanco con un diamante redondo engastado.
—Hermione Granger, ¿me concederías el honor de ser tu marido? —preguntó Draco. Debía de sonar muy sincero, porque en la sala se oyeron gritos ahogados y exclamaciones de sorpresa.
Hermione entreabrió los labios para coger aire y, antes de que se arrepintiera o se acobardara, pronunció la palabra que determinaría su futuro:
—Sí.
Lo hizo con voz entrecortada, como si realmente tuviera delante al hombre con el que quería casarse. Por un segundo, la imagen de Ron cruzó su mente, pero la sonrisa satisfecha e incluso emocionada de Draco mientras le ponía el anillo borró cualquier rastro de su ex.
Entonces, después de incorporarse, Draco puso una mano en su cintura y otra en su mejilla, la atrajo hacia sí y la besó. Hermione se quedó helada, pero comprendió que debían ser creíbles, así que cerró los ojos y se dejó llevar. Fue un beso tierno, para nada lo que se esperaría de dos personas que acababan de comprometerse, pero le gustó sentir la calidez y delicadeza de los labios de Draco contra los suyos.
Cuando se separaron, Draco sonrió y le guiñó un ojo.
—Lo hemos conseguido —musitó.
Ella se permitió una carcajada para soltar todos los nervios que había acumulado.
—Ahora ya no hay vuelta atrás.
~N/A: A partir de ahora las cosas van a ir a más, porque ahora que todos saben que están "juntos", van a tener que fingir que son una pareja perfectamente feliz. ¿Podrá conseguirlo Hermione? Pronto lo veremos ;)
Nos leemos el 29 de julio si no me surge ningún otro imprevisto.
P.D: Mañana estamos a 16, así que toca actualizar Memorias de una guerra (Theomione) y publicar el primer capítulo del Two-shot que le regalaré a mi OTP, LadyChocolateLover. Será un dramione AU Royalty, al estilo de Pride and prejudice pero con intrigas aristocráticas ;) ¡No os los perdáis! N/A~
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MrsDarfoy
