-N/A: ¡Hola! Aparezco después de mil años con un nuevo capítulo de esta historia. Lamento mucho no poder actualizar el resto de mis fics, pero la vida adulta es dura y cuando tengo tiempo siempre me salen cosas :( Intentaré traer algún otro capítulo antes de Navidad (a ser posible de Into the Light), pero no prometo nada. La buena noticia es que de esta historia solo quedan tres/cuatro capítulos y habrá una novedad: la quinta etapa estará narrada desde la perspectiva de Draco ;)

¡Espero que estéis bien y vuestras familias también! Os quiero. N/A-


LAS SEIS ETAPAS DEL AMOR


V. Farsantes (segunda parte)

—Tengo algo para ti.

Draco entró en la habitación de Hermione cargando una caja rectangular y plana.

La bruja, que había estado revisando su armario durante la última media hora (como si mágicamente fuera a aparecer algo digno de tomar el té en la mansión Malfoy), se giró para mirarlo con una ceja enarcada.

—Que yo sepa, la costumbre de llamar antes de entrar todavía no ha pasado de moda.

Él, que no parecía arrepentido lo más mínimo, dejó la caja sobre la cama y lanzó una mirada significativa hacia el armario.

—¿Qué, cuántas veces has entrado en pánico ya por no tener nada que te guste?

Hermione bufó y fue a sentarse en la cama, junto a lo que Draco había traído. Le echó un vistazo rápido: era una caja negra envuelta en un lazo dorado. No había nada escrito.

—Vas a tener que decirle a tu madre que no podré ir a tomar el té con ella más de una vez si no me permite repetir vestido. —Como si Narcissa Malfoy y ella fueran a volverse amigas, ja—. Bueno, ¿no vas a decirme qué es?

Draco sonrió enigmáticamente y negó con la cabeza. Con una mano, le indicó que la abriera. Hermione puso los ojos en blanco antes de soltar el lazo tirando de un extremo. Por el tacto, confirmó que era de un buen material. ¿Qué le habría comprado Draco? Lo miró con los ojos entrecerrados mientras abría la tapa.

—No me mates todavía. Solo es un pequeño regalo —respondió él.

Cuando los ojos de Hermione bajaron, contuvo el aliento. La primera sensación que le llegó fue la de alivio. Cogió el vestido por la tela de los hombros y lo sacó de la caja. Era muy bonito, de una tela suave de color lavanda; tenía botones desde la parte inferior hasta el escote en forma de pico, pero la parte de la cintura se estrechaba para ceñirse a su cuerpo y definir los pechos. Las mangas eran largas, ligeramente abombadas hasta encima de las muñecas, donde unos centímetros de la misma tela se cerraban en torno a estas con dos botones.

—¿Cuánto te ha costado? —Solo por el envoltorio, Hermione sabía que no debía de ser barato, pero ahora que lo había visto...

—Nada. —Draco sonrió y se encogió de hombros—. Pansy me lo mandó ayer como ofrenda de paz para ti y como sabía que no tendrías ropa para hoy…

Hermione lo interrumpió.

—¿Pansy? ¿Parkinson?

—Bueno, ahora técnicamente es Zabini. Pero sí, ella.

La bruja estuvo a punto de soltar el vestido de golpe, por si estaba hechizado con alguna maldición que fuera a atacarla en cualquier momento. En vez de eso, lo dobló y lo dejó cuidadosamente dentro de la caja, por si por alguna extraña casualidad Parkinson pudiera enterarse de que había tratado mal a su vestido y buscaba venganza.

—Pansy no va a intentar matarte con un vestido, Granger —dijo Draco en cuanto vio su expresión desconfiada.

—Eso es lo que dices —replicó ella, cruzándose de brazos.

Draco suspiró.

—Si no aceptas el vestido, Pansy se personará aquí y me matará a mí, pero de verdad.

—¿Puede esperar a después de la boda? —preguntó Hermione con malicia.

—Ja, ja, ja, muy graciosa. En fin —volvió a su explicación—, Pansy ha abierto una boutique en Milán y está haciéndose un nombre como diseñadora. En la extensa carta (en la que me maldice de diez formas distintas por no contarle que estaba saliendo contigo) menciona de pasada que esta —señaló el vestido— es su manera de disculparse por lo de Hogwarts.

Hermione enarcó una ceja con escepticismo. De lo poco que conocía a Pansy Parkinson —ahora Zabini—, sabía que no era típico de ella agachar la cabeza y reconocer sus errores.

—O sea, que quiere ser la primera en echarle la zarpa a la futura señora Malfoy para que tus galeones vayan a su ropa.

Esta afirmación arrancó una carcajada al mago.

—Se me olvidaba que mi prometida es la mujer más inteligente que conozco. No se lo digas a mi madre —añadió—. Bueno, ¿puedo escribir a Pansy para decirle que te ha encantado el vestido y que puede mandarte todos lo que quiera?

Hermione suspiró y volvió a contemplar el vestido. No podía negar la verdad: era realmente bonito y elegante. Parkinson podía ser muchas cosas, pero parecía que también era una diseñadora excelente.

—Está bien —concedió la bruja. Apuntó a Draco con un dedo—. Pero que me deje pagárselos. —Aunque dudaba poder permitírselos.

Draco sonrió enseñando los dientes.

—Gracias. Menos mal, porque el siguiente paso era que viniera aquí a preguntarte por qué no te gusta su diseño. —Rio al ver la expresión de Hermione—. Bueno, te dejo cambiarte. Aunque si quieres que me quede y te ayude con los botones…

Hermione lo fulminó con la mirada y lo cogió del codo para que se levantara.

—Yo puedo sola, gracias.

—Como quieras —respondió él encogiéndose de hombros—, yo lo decía porque a mi madre no le gusta la impuntualidad.

Hermione bufó y le cerró la puerta en la cara. Como si necesitara un recordatorio de lo que le esperaba en apenas una hora. Solo de pensar en sus queridos suegros hacía que se le pusiera la piel de gallina. Y seguro que ellos estaban igual de emocionados por verla.

Se giró hacia el vestido de Pansy y suspiró. ¿Qué sería lo próximo? ¿Ir al Caldero Chorreante con Theodore Nott al salir del trabajo? ¿Una taza de té con Daphne Greengrass un domingo por la tarde? Los Slytherin se estaban infiltrando en su vida poco a poco y presentía que todavía vendrían más. O acudiría ella en su busca, como esa tarde. En ese momento agradeció tener un atuendo digno de la visita que estaba a punto de hacer, porque ya se estaba imaginando la mirada desaprobadora que le dedicaría Narcissa Malfoy si viera cualquiera de los conjuntos que Hermione había sopesado para ir a su casa.

Se puso el vestido y no pudo evitar maravillarse ante la suavidad de la tela. Los acabados eran exquisitos y, no sabía cómo, pero Parkinson había acertado con sus medidas.

A los pocos minutos salió de la habitación ya arreglada. Draco la esperaba de espaldas y, durante los segundos que tardó en girarse, Hermione apreció lo bien que se ajustaba y le quedaba el traje que había elegido para la ocasión. Ni durante la escuela, cuando más se odiaban, Hermione podría haber criticado cómo le sentaba el color negro.

—¿Vamos?

Draco le ofreció una mano y sonrió, aunque reprimió la sonrisa cuando vio la expresión de Hermione.

—¿Te diviertes con esto, verdad?

El mago se llevó la mano libre al pecho.

—No… puedo decir que no sea verdad —terminó de decir. Acto seguido, soltó una carcajada. Estaba muy guapo cuando se lo pasaba bien—. Tranquila, te lo compensaré.

Hermione intentó mostrarse poco impresionada, pero no pudo evitar ponerse nerviosa. ¿Qué tenía, catorce años? Para no sentirse más avergonzada, tomó la mano de Draco y cerró los ojos, esperando el típico mareo de la Aparición.

Cuando sus pies volvieron a tocar tierra, lo primero que notó fue un suave perfume a flores. Abrió los ojos y se sorprendió ante la vista: el jardín de los Malfoy estaba completamente adornado y cuidado hasta el último detalle, todo un cambio desde la última vez que estuvo en esa casa.

Al pensar en aquel horrible día, sus ojos viajaron al pasado. El vello de su nuca se erizó al recordar la sensación de un cuchillo abriéndole la piel. Dio un paso atrás inconscientemente, pero la mano de Draco detuvo su inicio de huida.

Su mirada se enfocó y volvió al momento presente. De los ojos del mago se asomaba su versión diez años más joven, pidiéndole perdón silenciosamente por no haber hecho nada.

Era un tema que ya habían zanjado en el pasado y fue precisamente ese sentimiento sincero de culpa lo que hizo que Hermione recuperara su firmeza. Su mano, que seguía enlazada a la de él, le dio un apretón.

—Estoy bien —aseguró.

Avanzaron. Recorrieron el camino en dirección a la entrada principal, cuya puerta se abrió cuando casi habían llegado a ella. Al ver la figura que había al otro lado, el primer instinto de Hermione fue soltar la mano de Draco, pero este la retuvo. No parecía afectado por tener a su madre delante, observándolos con una expresión inescrutable en el rostro.

Sin embargo, cuando se detuvieron a pocos pasos de ella, la bruja más mayor les dedicó una sonrisa que, si bien Hermione no sabía si catalogar como cálida, sí que podía considerar cordial. Y además no se veía a Lucius Malfoy por ninguna parte, lo cuál era un plus bastante agradable.

—Hijo, qué alegría verte en casa. —Draco, sin soltar a Hermione, se inclinó para darle un beso en la mejilla a su madre.

—Me alegro de verte, madre.

Los ojos azules de Narcissa se posaron entonces en Hermione. La bruja casi esperaba ver cómo los finos labios de su futura suegra se curvaban en una mueca de asco, pero la mujer mantuvo su expresión. Y la sonrisa sí que se extendía a sus ojos, se fijó Hermione.

—Bienvenida, querida. ¿Puedo llamarte Hermione, verdad? Teniendo en cuenta que vamos a ser familia —apuntó, aunque en su voz no había ningún rastro de reproche.

O Narcissa Malfoy era una actriz de primera o había decidido que lo mejor era dejarse llevar y ver adónde iba todo aquello.

—Sí, por supuesto.

—Pasad, por favor, no quiero que os congeléis ahí afuera. —Narcissa entró en el vestíbulo, sus tacones repiqueteando sobre el suelo de mármol, y se detuvo unos metros más allá—. Los elfos guardarán vuestros abrigos. Perdona que te trate como a un invitado, querido —añadió la bruja mirando a su hijo—, pero como hace tanto que no vienes a visitarme aquí…

Ahora Hermione entendía de dónde había sacado Draco la vena dramática que le salía a veces.

—Hablando de los motivos por los que nunca vengo… ¿Padre no está?

Hermione contuvo la respiración, a la espera de la respuesta. Sabía que el encuentro era inevitable, pero una parte (muy grande) de ella esperaba que cualquier imprevisto le impidiera al mago asistir a la merienda.

—Debería de haber llegado ya —por su tono, Narcissa no estaba complacida con la impuntualidad de su marido—, supongo que algo lo habrá retenido.

—Ya. —Draco no intentó contener su sarcasmo.

Cuando los elfos desaparecieron con los abrigos, Hermione se tomó un momento para mirar a su alrededor. Cuando los Carroñeros trajeron a Harry, Ron y ella, no entraron a la mansión por la puerta principal, por lo que no había estado nunca en aquella parte de la casa. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo para inspeccionar.

—¡Qué vestido más exquisito!

Hermione parpadeó varias veces, confundida, hasta que se dio cuenta de que el halago iba dirigido a ella. En aquellos momentos le lanzó un agradecimiento silencioso a Parkinson.

—Gracias —respondió la bruja—, aunque el mérito no es mío. Ha sido un regalo.

—Pansy ha encontrado a su musa —bromeó Draco.

Narcissa sonrió.

—Tiene buen gusto entonces.

Parecía que los años y una guerra le habían sentado bien a la señora Malfoy, porque era mucho más simpática y cercana de lo que Hermione recordaba. Muy a su pesar, empezaba a hacérsele difícil que no le cayera bien.

—Supongo que Draco querrá hacerte un tour —señaló la mujer mayor—. Hace unos años renovamos todo el mobiliario e hicimos unas cuantas reformas en algunas partes de la casa —explicó Narcissa mientras avanzaban hacia la zona central.

Frente a ellos había una gran escalinata de mármol blanco. Hermione no recordaba que aquella casa fuera tan luminosa, pero quizás se debía a esa reforma que había mencionado.

—Por aquí. —Draco le ofreció una mano a Hermione y la guio hacia la izquierda. Se oyeron los pasos de su madre yendo en el sentido contrario. Se detuvieron ante la primera puerta, pero Draco se inclinó hacia ella para susurrarle—: Ahora ya sabes que mi madre no muerde.

Hermione le dedicó una mirada de advertencia a esos ojos que estaban tan cerca de su rostro y abrió la puerta a la que la había llevado.

Al otro lado estaba la última sala que Hermione habría esperado ver en esa casa alguna vez. Olvidándose momentáneamente de que no estaba sola, avanzó hasta el centro y empezó a girar sobre sí misma lentamente.

Monet, Renoir, Van Gogh, Delacroix… Las paredes estaban adornadas con réplicas de esos pintores. O, al menos, Hermione creía que eran réplicas, aunque conociendo a los Malfoy, no le sorprendería que más de uno fuera un original.

Pero no la sala no estaba solamente dedicada a la pintura, porque había varios pedestales con estatuas. Hermione se acercó a Apolo y Dafne, que era el que más cerca tenía.

—Mi madre se pasó meses intentando comprar la original, pero el gobierno italiano no quiso ceder —comentó Draco. Estaba apoyado en el marco de la puerta con una sonrisa en el rostro, observándola—. Sabía que te gustaría.

Hermione volvió a mirar a su alrededor y sintió que se emocionaba ante tanta belleza junta.

—Me encanta —susurró. Se fijó en la copia de La libertad guiando al pueblo que había encima de la chimenea—. ¿Qué era esta habitación antes? —preguntó, porque dudaba mucho que diez años atrás Narcissa Malfoy hubiera tenido una sal llena de arte muggle en el cuartel general de Voldemort.

No recibir respuesta hizo que se girara para mirar a Draco. La sonrisa de este había desaparecido y se había erguido, más tenso, y Hermione lo entendió.

Ah. —Sus ojos, inevitablemente, se posaron en un punto del suelo, a su derecha.

—No debería haberte traído aquí, lo siento. He sido un imbécil.

Hermione negó con la cabeza repetidamente y abrió los ojos, que había cerrado en un intento de no perder el control. No iba a permitir que un mal recuerdo ensuciara la pureza del lugar.

—Sigue siendo muy bonita —afirmó.

—Ven —la instó Draco—, hay otro lugar que creo que te va a gustar más.

—¿Más? Va a ser difícil —replicó ella, pero lo siguió por el pasillo hasta la siguiente estancia.

Sin embargo, cuando Draco abrió las dobles puertas, Hermione tuvo que admitirse que tenía razón, porque aquella era la biblioteca privada más grande que había visto en su vida.

—Me casaré contigo solamente si puedo venir aquí de vez en cuando —dijo mientras se acercaba a la pared que tenía más cerca. Bueno, no sabía si llamar a aquello «pared» o «estantería», porque había libros desde el suelo hasta el techo.

Draco rio.

—Sabía que conseguiría terminar de seducirte si te enseñaba la biblioteca.

Hermione chasqueó la lengua, divertida.

—Mi prometido, siempre tan escaso de seguridad en sí mismo. —Su mano acarició los tomos de una gran colección que había a la altura de sus ojos. Lo que más la impactaba (y la frustraba a partes iguales) era el hecho de que todavía no había reconocido ningún título. Siguió avanzando hasta que descubrió unos libros que sí conocía—. Vaya, no sabía que fuerais admiradores de la literatura romántica del siglo XIX.

Draco se plantó tras ella y sacó uno de los libros a los que se refería.

—A mí no me mires, esta biblioteca lleva generaciones siendo ampliada. Aunque estos no están tan mal si los comparas con la bazofia que publicaba Lockhart.

Hermione se dio la vuelta y se dio cuenta de que el cuerpo de Draco estaba muy cerca del suyo, así que tuvo que apoyarse contra los libros a su espalda y levantar la cabeza para mirarlo.

—Al final será verdad que eres todo un romántico.

Draco volvió a meter el libro en su lugar y dejó la mano apoyada en él, de modo que quedaba junto a la cabeza de Hermione. Esbozó una de sus típicas sonrisas ladeadas e inclinó la cabeza hacia ella.

—Puedo ser muchas cosas —susurró.

Quizás fue la cercanía o quizás que ninguno de los dos era capaz de resistirse a retar al otro, pero Hermione se estiró hacia arriba al mismo tiempo que los labios de Draco buscaban su boca, como dos polos opuestos incapaces de resistir la atracción.

Sin embargo, justo en el momento en el que sus labios se rozaron, oyeron un carraspeo procedente de la puerta.

Lucius Malfoy los observaba con su bastón apretado en una mano y desagrado en sus finos labios. Había frialdad en esos ojos grises que contrastaba fuertemente con el calor que se había acumulado en las mejillas de Hermione.

Draco, sin embargo, recibió a la interrupción de su padre con molestia en vez de vergüenza.

—¿Cómo estás, padre?

—No tan bien como tú, por lo que veo —replicó el hombre más mayor.

Verlos juntos era como observar dos caras de una misma moneda: por una parte, estaba la versión fría, dura, distante; y, por otra, había una coraza de hielo que se había ido fundiendo con los años y ocultaba debajo las primeras flores de la primavera.

Era sorprendente cómo padre e hijo podían ser tan parecidos físicamente y tan opuestos a nivel personal. Era algo que Hermione agradecía más a cada segundo que pasaba. Aunque, claro, de haber sido Draco como su padre, ella no estaría allí en esos momentos ni con un anillo de compromiso en el dedo.

—Será mejor que vayamos a tomar el té, antes de que madre mande a buscarnos.

Draco tomó a Hermione de la mano y la obligó a seguirlo, aunque no hizo falta mucho poder de convicción para hacer que no quisiera quedarse rezagada junto a su padre. Al pasar por delante de este, lo miró a los ojos mientras decía:

—Un placer volver a verlo, señor Malfoy.

—Seguro que sí, señorita Granger. Seguro que sí.

Draco la guio a la otra ala de la casa y entraron en una estancia más pequeña, pero exquisitamente adornada. Hermione se sentía con la seguridad suficiente para asegurar que no había nada que Narcissa Malfoy pudiera hacer mal. Excepto, quizás, elegir lealtades en ciertos momentos de su vida. Y ni eso podía afirmarse de ella en la actualidad.

—Ah, veo que mi marido por fin se ha dignado a venir —fue el frío saludo que la mujer dedicó al señor Malfoy—. Sentaos, queridos —el tono cambió completamente cuando se dirigió a su hijo y Hermione—, los elfos traerán el té en seguida. Hoy Milsy se ha esmerado especialmente en la preparación de las pastas. Ya verás qué delicia —le dijo a Hermione mientras se sentaban.

Afortunadamente para ella, estaba bien alejada del anfitrión, aunque este no apartaba la mirada de ella.

—No sé si la señorita Granger será capaz de apreciarlo, querida —señaló.

La mano de Draco apretó la servilleta y lanzó una mirada cargada de odio a su padre, pero Hermione le sonrió.

—¿Y por qué no? —preguntó con falsa inocencia.

Lucius parecía sorprendido y complacido al mismo tiempo de que se atreviera a responderle.

—Tenía entendido que cree que los elfos no deberían trabajar como criados.

Hermione reprimió una risa. Decían que la ignorancia era atrevida, pero las ganas de meterse en una pelea imposible de ganar lo eran más.

—Me temo que la información que le ha llegado sobre mí es incorrecta, señor Malfoy. Yo solo pido que se les trate con un mínimo de decencia y se les recompense por su trabajo.

Pensó en sacar a colación a Dobby, pero no sería de buen gusto usar la memoria del elfo más leal y valiente que había conocido solo para hacer que un mago elitista se molestara.

Lucius ya estaba dispuesto a replicar, pero la aparición en ese momento del té combinada con la silenciosa advertencia de su mujer lo disuadieron. En vez de eso, inclinó la cabeza en señal de derrota, aunque la manera en que su boca se torcía dejaba claro que no iba a parar ahí.

—Mis disculpas entonces.

Hermione observó cómo la tetera se desplazaba en el aire hacia ella y le servía té.

—¿Quieres leche también? —ofreció Draco.

La bruja asintió, aliviada de recibir ayuda, y vio cómo el rubio le servía leche usando las manos en vez de magia. No era la única que se quedó observándolo, su madre también lo hacía y a Hermione le pareció ver un amago de sonrisa en su rostro.

—Para los terrones de azúcar solo tienes que levantar el número de dedos que quieres —le confió Draco.

Hermione se sentía muy tonta en aquellos momentos al no saber cómo funcionaba una simple merienda, y es que era la primera vez que asistía a una. O, al menos, a una con tanta formalidad. En casa de los Weasley las tazas de té aparecían volando llenas desde la cocina, porque Molly ya sabía cómo le gustaba la bebida a cada uno. Aunque la verdad era que la taza de Hermione solía llevar café, pero era algo que no podía admitir a aquellas alturas de la velada.

—No te mortifiques, querida. —La voz de Narcissa la sacó de su ensoñación y se dio cuenta de que debía de tener una cara curiosa si la mujer se había visto en la necesidad de reconfortarla—. Espero que te guste, en un principio había pensado en cambiar de tipo, pero no me decidía, así que al final he optado por el mismo de siempre.

¿Cómo de importante podía ser el té en una familia tradicional sangre pura?

—No se preocupe, señora Malfoy. —Hermione removió su bebida con cuidado y sonrió.

—Llámame Narcissa, por favor. Al fin y al cabo, pronto seremos familia.

Hermione intentó no fijarse en cómo se removía Lucius Malfoy en su asiento ante la mención de la futura unión.

—La verdad es que Hermione es más de café.

La bruja lanzó una mirada mortífera a Draco y se apresuró a negarlo, pero el señor Malfoy se le adelantó:

—Debería haberlo dicho antes, señorita Granger. Al fin y al cabo no importa si rompemos una tradición más o una menos.

Draco chasqueó la lengua y negó con la cabeza.

—Y luego te preguntas por qué no vengo nunca.

—¡Bueno! —Narcissa Malfoy intervino; aunque mantenía una sonrisa impecable, sus ojos soltaban chispas en dirección a los hombres de su familia—. ¿Ya habéis empezado los preparativos?

Draco y Hermione se miraron sin saber bien qué responder. La realidad era que cualquier otra pareja, en circunstancias normales, ya tendría casi todo planeado, y más teniendo en cuenta que faltaban seis meses.

—Estamos en ello.

—Nos casaremos a finales de mayo —informó Hermione, ya que era lo único de lo que sí habían hablado y no podían permitir que la información no coincidiera con la proporcionada a Rita Skeeter.

—Una época del año maravillosa. Estoy segura de que saldrá un día espléndido. Y si no, siempre podemos poner algún hechizo antilluvia.

Narcissa habló con tanta seguridad que Hermione le lanzó una mirada inquisitiva a su hijo.

—Todavía no hemos decidido el sitio, mamá.

La mano de la mujer se detuvo en su camino hacia el plato de pastas, pero se recompuso y enarcó una ceja en dirección a Draco.

—¿Y por qué no aquí? Dudo mucho que encontréis algún lugar más bonito que estos jardines.

—Pero toda mi familia es muggle —intervino Hermione, sintiéndose muy tonta por señalar lo evidente. No entendía por qué la señora Malfoy querría tener a un montón de muggles pululando por su sagrado hogar.

—Haré que eliminen las protecciones mágicas anti-muggles. Cerca de aquí hay un pueblo muggle con un hotelito encantador para los invitados de tu parte de la familia. Tus padres podrían quedarse aquí si quieren.

Hermione seguía esperando que Narcissa estallara en carcajadas y señalara la absurdidad de lo que planteaba, que asegurara que solo era una broma, pero la mujer mordió con delicadeza una pasta y esperó a su respuesta.

—Narcissa, no seas ridícula.

Lucius observaba a su mujer con una expresión todavía más perpleja que la de Hermione. La mujer se giró hacia él como si acabara de recordar que estaba ahí y le dedicó una sonrisa condescendiente, como si le pareciera adorable que se atreviera a opinar.

—¿Qué mejor lugar para que se case tu único hijo que en la casa familiar, Lucius?

—En cualquier otra circunstancia…

Una cosa le parecía fascinante a Hermione: cómo Lucius Malfoy se contenía únicamente por su mujer. Eso decía dos cosas del matrimonio: o él la quería mucho o los enfados de ella eran temibles.

Draco se terminó su taza de té de un trago antes de lanzar una mirada desafiante a su padre.

—¿Qué otra circunstancia, padre? Venga, dilo para que podamos terminar de una vez con esto.

Lucius Malfoy soltó una seca carcajada y apuntó a su hijo con un dedo.

—La pregunta es cuándo vas a terminar con esto. ¿En serio vas a casarte con ella —su dedo se movió hacia Hermione y esta vez no intentó disimular su asco— solo para demostrar lo rebelde que eres? Reniegas de esta familia, pero lo único que quieres es que me muera para meter tus zarpas en mi dinero, ¿verdad? Eres un hipócrita, Draco.

—¡Lucius, basta!

—¡No! —El mago dio un golpe en la mesa. La pálida piel de su cuello estaba adquiriendo un tono rojizo. Hermione bajó la mano y la movió hacia el bolsillo invisible de su vestido, donde guardaba la varita—. ¡No tengo por qué aguantar este despropósito en mi propia casa!

Era increíble cómo el señor Malfoy era capaz de hablar de ella sin hablarle a ella directamente. Sin embargo, no era ese hombre quien preocupaba a Hermione, sino su hijo. Draco permanecía en su asiento y todavía no se había movido un ápice. La inmovilidad que precedía la calma. Mientras tanto, Lucius seguía con su perorata.

»Tienes la desfachatez de fingir un compromiso que no se cree nadie con la peor persona que podrías haber elegido ¿y todo para qué? —Hermione intentó no sentirse ofendida porque hablara de ella así y en parte esperaba que Draco la defendiera, pero este permanecía callado, observando a su padre. Sus dedos habían empezado a repiquetear sobre la mesa; parecía hasta aburrido—. ¿Cuál es tu plan, Draco? ¿Restregarme por la cara a esta… —Hermione contuvo la respiración, esperando el momento de saltar, porque no iba a permitir que le faltara el respeto así. Sin embargo, no terminó su frase como quería— chica? ¿Ensuciar siglos de pureza solo para demostrar qué? ¿Que sigues siendo una desgracia?

—Bueno —Draco dobló con cuidado su servilleta y la dejó sobre la mesa—, creo que ha llegado la hora de irnos.

Se levantó y miró a Hermione. Pese a su actitud calmada, Hermione vio una tormenta en sus ojos. Le ofreció su mano y la bruja la aceptó y se levantó también. Narcissa los imitó con expresión preocupada y se acercó a su hijo.

—Draco, por favor…

Sin embargo, aquello era un caso perdido y Hermione lo sabía por cómo Draco se aferraba a su mano.

Lucius Malfoy era el único que permanecía sentado.

—Deja que se vayan, Narcissa. Ni siquiera habrían tenido que venir. Su sola presencia aquí tendría que estar prohibida.

A pesar de que miraba a su hijo, Hermione sabía que hablaba de ella.

—Estoy aquí, ¿sabe, señor Malfoy? Si quiere decirme algo, puede hacerlo directamente. No sería lo peor que me han hecho en esta casa.

La mano de Draco la apretó durante un segundo.

—No tienes por qué pasar por esto —le susurró.

Hermione apretó los labios y negó brevemente con la cabeza. Después, miró al señor Malfoy con una ceja enarcada, expectante.

—Oh, pero seguro que está encantada. ¿Verdad, señorita Granger? Debe de ser muy divertido vengarse así de nosotros. Y hasta parece buena actriz, fingiendo tan bien con mi hijo. —La boca de Lucius se torció en una mueca cruel—. Se casará con él ¿y luego qué? ¿Será capaz de aguantar el tiempo de espera hasta recibir parte de la herencia? ¿Será capaz de tener un hijo para la siguiente? ¿Hasta dónde cree que podrá aguantar?

Los dedos de Hermione soltaron la mano de Draco y lo miró, alarmada. Sin embargo, él negó con la cabeza casi imperceptiblemente. La bruja tenía dos opciones: caer en el juego de Lucius y preguntar a qué se refería o impedirle el placer de verla afectada por sus palabras.

—Muchas gracias por la invitación, Narcissa.

La mujer, pese a su ceño fruncido, consiguió sonreír levemente y asentir con la cabeza.

—Gracias a ti por venir, querida, pese a todo —respondió lanzando una mirada significativa a su marido—. Eres bienvenida siempre que quieras.

Draco se despidió de su madre y, sin que ninguno de los dos mirara a Lucius, salieron de la mansión a paso rápido. Hermione casi tenía que correr para seguir el ritmo a Draco, quien no se detuvo hasta atravesar el jardín delantero de la mansión.

Soltó a Hermione y se pasó las manos por el pelo con los ojos cerrados. Tenía la respiración acelerada.

La bruja se acercó a él y lo cogió por los hombros. Los ojos grises de él fueron directamente a su mirada, con una expresión que no supo descifrar. Acto seguido, soltó una carcajada.

—Tengo casi treinta años y sigue afectándome lo que me diga el cabrón de mi padre.

Hermione se acercó a él y negó con la cabeza.

—Da igual, ¿sabes por qué? —Draco ladeó la cabeza, esperando su respuesta—. Porque tu padre sigue siendo la misma escoria que antes de la guerra, solo que diez años más viejo. ¿Y sabes por qué? Porque después de diez años sigue sin ver que ha tenido la enorme suerte de que su hijo no haya seguido sus pasos.

Sonrió al ver que la tensión en los hombros de Draco se aliviaba un poco. El mago inclinó la cabeza hasta que sus frentes se tocaron. Por un momento, Hermione pensó que iba a repetirse la escena de la biblioteca y entreabrió los labios, pero entonces se desaparecieron.

Cuando llegaron al apartamento, Draco se apartó y fue a sentarse en el sofá. Suspiró.

—Bueno, pues ya está. —Sonaba cansado—. Siento el espectáculo.

Hermione le restó importancia con un encogimiento de hombros.

—Ya echaba de menos un poco de drama familiar. —Echaba de menos a su familia, pero no quería pensar en ello—. Aunque eso no es nada —añadió en tono alegre—, tendrías que ver a la señora Weasley discutiendo con los gemelos.

Sin embargo, mencionar a los Weasley tampoco ayudaba a que se sintiera mejor; no echaba de menos a Ron (al menos no tanto como esperaría), pero sí la calidez de la Madriguera. Estar con Harry a un lado y Ginny enfrente mientras la señora Weasley iba de acá para allá negándose a recibir ayuda al mismo tiempo que se quejaba de que tenía que hacerlo todo ella.

Parpadeó repetidamente para no llorar y se levantó.

—¿Quieres un café? —preguntó. Aunque ya no era un buen momento para tomar café, necesitaba estar ocupada con algo. De camino a la cocina, se detuvo y volvió sobre sus pasos. Se apoyó en el respaldo del sofá y esbozó una sonrisa divertida—. Acabo de caer en una cosa.

—Ilumíname.

—Al final no he probado las pastas de tu madre.

Draco rio.

—No lo digas muy alto o te obligará a volver.

—No me importaría. Siempre que no esté tu padre —matizó la bruja.

—¿En serio? —Draco se giró para mirarla bien.

—Sí. Tu madre me cae bien. —Hasta ella misma se sorprendió con sus palabras, pero eran sinceras.

Eso hizo que Draco sonriera, la primera sonrisa radiante del día. Como los rayos del sol sobre la nieve recién caída.

. . .

Unos días después, Hermione recibió dos sobres. Sucedió mientras discutía con Draco sobre las compras navideñas.

—Es que no lo entiendo, Hermione. ¿No ves que, como mínimo, es raro?

La bruja había mencionado que había recibido una invitación de Lavender Brown para tomar el té en el Callejón Diagon y Hermione había pensado en hacerle un regalo, ya que faltaban unos días para Navidad.

Había cometido el error de comentárselo a Draco y este le había dedicado su miraba habitual, que había diseñado específicamente para su antigua compañera de clase.

—Yo creo que se siente sola y por eso quiere quedar conmigo, para tener a alguien con quién hablar.

La verdad era que Lavender había sido muy popular en Hogwarts, pero eso no significaba que hiciera amigas de verdad. De hecho, que Hermione supiera, solo mantenía una buena relación con las Patil, aunque Parvati se había mudado a Estados Unidos hacía un par de años y Padma y Lavender no eran tan cercanas.

—Peor todavía —argumentó Draco—: te usa porque no tiene otra opción. O quizás le recuerdas a Ronald. Enfermizo —agregó con una mueca de asco y diversión por partes iguales.

Hermione puso los ojos en blanco y estaba a punto de responder cuando dos lechuzas entraron volando, soltaron sendos sobres sobre su mesa y se marcharon. La bruja se quedó mirándolos, sorprendida. Uno era un sobre de color blanco cremoso con una «M» grabada. El otro era un sobre grande que parecía contener varios papeles.

—Ah, sí.

Hermione miró a Draco inquisitivamente. Él suspiró, pero le indicó con una mano que abriera el sobre pequeño. La bruja le hizo caso y sacó dos cosas: una carta doblada y una pluma de pavo real.

Estimada Hermione: Draco me comentó que pasarías las navidades aquí y tus padres en Australia, así que me he tomado la libertad de —no, no podía ser. Narcissa no se habría atrevido— pedir un traslador que os transportará hasta Sídney el día 23 de diciembre por la tarde. —Pues sí que lo había hecho. A medida que leía, el tono de Hermione iba adquiriendo más y más sorpresa—. También he arreglado el tema de vuestras vacaciones con el ministro Shacklebolt. ¡Draco! —exclamó la bruja en tono acusatorio.

Este levantó las manos y se encogió de hombros.

—A mí no me mires, yo no he hecho nada. —Hermione le dedicó una mirada de incredulidad—. Bueno, quizás la viera hace un par de días y comentáramos que no ibas a verlos este año en Navidad.

Hermione bufó mientras observaba los billetes de avión. A partir de ese momento empezaría a temer las reuniones de madre e hijo, porque cada vez que sucedían, le afectaban de una manera u otra.

—¿Y ahora cómo se los devuelvo educadamente?

—No puedes. Solo te queda aceptarlo e ir sacando la ropa de verano del armario —replicó Draco con una sonrisa triunfal.

Hermione lo fulminó con la mirada. Se negaba a creer que aquello había sido un plan tramado únicamente por la señora Malfoy, pero sería una mentirosa si negara que quería pasar navidades con sus padres. Aunque eso supusiera que Draco fuera con ella y tener que presentarlo como su prometido. Una cosa era hacerlo por Skype y otra que se encontraran cara a cara. Y pasaran días juntos.

Pensar en estar en Australia con Draco y con sus padres durante toda una semana casi hizo que olvidara que había recibido un segundo sobre. Lo abrió con el ceño fruncido y sacó una carpeta de dentro, atada con un cordel negro. Si hubiera levantado la mirada en ese momento, se habría dado cuenta de que Draco había reconocido al instante esos documentos.

Sin embargo, Hermione tardó un minuto entero en posar su mirada confundida y dolida (y en parte enfadada) en su prometido.

—Draco, ¿por qué dice aquí que debemos tener un hijo?