-N/A: Creo que, antes que nada, debo darle las gracias a AliciaBlackM por haberme recordado diariamente durante las últimas dos semanas que tenía que actualizar. Sin recurrir a amenazas de ningún tipo, además. Qué bella esposa tengo. Así que ya sabéis: si os gusta este fic, ya sabéis quién es la responsable de la actualización.
Este es el capítulo más corto hasta ahora, pero cierra esta etapa (yo que solo quería publicar seis capítulos, qué ingenua era) y, además, introduce el pov de Draco. El próximo capítulo (o al menos parte de él) será narrado por él, porque hay un par de cosas que debe aclararnos.
Si os gusta el capítulo, no olvidéis dejar un review. Los aprecio mucho y me ayudan a seguir :D N/A-
LAS SEIS ETAPAS DEL AMOR
VI. Farsantes (tercera parte)
Hermione vio cómo Draco contenía la respiración durante un segundo y tragaba saliva antes de recomponerse y echarse hacia atrás en la silla. Era lo que la bruja llamaba «la pose Malfoy»: fingir que nada podía afectarle.
—Porque es verdad —respondió el mago como si nada. Hermione estuvo a punto de lanzarle la copia del testamento a la cabeza por su impasividad—. Cuando nos casemos recibiré la mitad y después tengo cinco años para tener un hijo si quiero el resto del dinero.
Hermione se levantó, rodeó su escritorio y se apoyó en él mientras se cruzaba de brazos. Miró a Draco con una ceja enarcada.
—¿Y cuándo pensabas informarme? —preguntó con cara de pocos amigos.
Él le restó importancia con un ademán, la imitó, sentándose en su mesa, y se encogió de hombros.
—Nunca, teniendo en cuenta que es algo que no pasará. —Sonrió, inclinándose hacia ella—. ¿O sí?
Hermione bufó, dio dos pasos hacia él y lo golpeó en el pecho con los documentos. Él rio y la detuvo cogiéndola por la muñeca. Lo hizo con suavidad, pero Hermione se quedó quieta, observándolo. Era hipnótico ver cómo las comisuras de sus labios se curvaban pese a que intentaba aparentar seriedad.
—¿Me tomo eso como un no? —Hermione puso los ojos en blanco y volvió a su silla—. Una lástima, tendríamos unos hijos maravillosos.
La bruja dejó los documentos de la herencia sobre su mesa, al lado de la carta de Narcissa, y se frotó el puente de la nariz. La familia Malfoy no hacía más que darle dolores de cabeza.
—Asumo que esto —señaló el sobre grande— lo ha mandado tu padre.
Los labios de Draco se fruncieron y chasqueó la lengua.
—Qué forma tan poco elaborada de intentar ponerte en mi contra. Mi padre está perdiendo su toque. Pero no hay nada de qué preocuparse.
Hermione examinó su expresión. Esperaba conocerlo lo suficiente para reconocer cuándo mentía. Sin embargo, no sería la primera vez que su instinto le fallaba, y tenía la sensación de que había algo que no encajaba del todo. Con Ron ya le pasó y cuando decidió ignorarlo resultó que tenía razón.
—La última vez que alguien me dijo que no pasaba nada, terminé una relación de diez años —dijo en tono grave. Miró a Draco a los ojos; este se había puesto serio al escuchar sus palabras. La había visto sufrir, podía intuir lo que estaba sintiendo—. Así que te lo preguntaré una última vez: ¿tendría que preocuparme?
Draco se levantó y se acercó a ella. Se acuclilló a su lado y puso una mano en su mejilla. La bruja movió la cabeza instintivamente para aumentar el contacto con su piel. El calor que desprendía era reconfortante. Draco Malfoy era mucho más cálido de lo que la gente sospechaba. En muchos sentidos.
—Te prometo que no. No vamos a hacer nada que tú no quieras.
Hermione abrió la boca para responder, pero en ese momento entró otra lechuza a la oficina, rompiendo la magia de sus miradas conectadas. Dejó caer un sobre en la mesa de la bruja; era de un blanco nacarado que hizo que Hermione lo mirara con curiosidad.
Draco se levantó.
—Pansy tiene el don de la oportunidad —masculló.
Hermione observó con desconfianza su nombre y apellidos escritos con una letra pulcra en cursiva. Una cosa era que le regalara ropa (lo cual seguía pareciéndole innecesario) a través de Draco, pero que le hablara directamente… Sabía que era una tontería aferrarse a las antiguas enemistades (sobre todo teniendo en cuenta que iba a casarse con el mismo mago que le deseó la muerte a los doce años), pero hacía mucho que no veía a Parkinson.
O Zabini. Era extraño pensar en ella con otro apellido.
No tenía sentido darle más vueltas, así que despegó la solapa del sobre y sacó su contenido. Era un rectángulo del mismo papel brillante que rezaba: «Granger, me gustaría discutir contigo los diseños de tu vestido de boda y el de tus damas de honor. Dime qué fecha de enero te va bien. P.».
—Draco. —Hermione miró a su prometido con cara de circunstancias—. ¿Hay algún motivo por el cual tu amiga piense que ella va a diseñar mi vestido de boda y el de mis damas de honor?
El mago soltó una carcajada.
—Probablemente en su mente el plan suene espectacular. —Ante la expresión de Hermione, añadió rápidamente—: Ah, no, yo no pienso decirle nada. Si no quieres que te vista ella díselo tú. —Levantó las manos—. La valentía no era una característica de mi casa, a nosotros nos va más el instinto de supervivencia.
Hermione levantó el mentón con mirada decidida, pero se mordió el labio al pensar en la posible respuesta. Pansy Parkinson no parecía el tipo de personas que se tomaban bien un no. O que dejaban estar el tema sin pelear.
—Ya le responderé —terminó diciendo, dejando la nota encima de los papeles de la herencia.
Draco contuvo una sonrisa y volvió a su puesto.
—¿Le escribes tú la nota de agradecimiento a mi madre o lo hago yo?
La bruja suspiró.
—Ya lo hago yo. Tendré que ganarme a mi suegra de alguna manera, ya que mi suegro es un caso perdido.
—Tranquila, con solo existir ya tienes el trabajo hecho.
—Seguro que sí —respondió Hermione con mordacidad—. Debe de estar encantada con mi aspecto refinado —dijo levantando una mano para mirarse las uñas, cortas y sin pintar— y mis orígenes nobles.
Draco sonrió mientras abría un informe que tenía por revisar.
—No sería la primera Malfoy en caer rendida a tus encantos.
Hermione no sabía si estaba más ansiosa porque en unas (muchas) horas vería a sus padres por fin o porque en esa misma cantidad de tiempo tendría que presentarles a Draco Malfoy como su prometido. Un hombre del que, durante los primeros casi veinte años de su vida, había echado pestes constantemente y que solo durante los últimos años había mencionado sin poner cara de asco.
Movió la cabeza disimuladamente para mirar a dicho mago de reojo. Draco estaba a su lado, cogiendo con una mano su maleta de cabina y la otra guardada en el bolsillo de sus pantalones. Hermione le había dicho que no hacía falta que se arreglara tanto como lo hacía normalmente, pero el concepto de «informal» que tenía el hombre era no ponerse corbata.
Al principio, cuando habían llegado al aeropuerto, Hermione pensó que estaba demasiado tranquilo; le parecía injusto que solo ella estuviera de los nervios. Sin embargo, la bruja se dio cuenta de que los ojos de Draco no paraban de moverse, analizando todo lo que había a su alrededor. Pese a que ella solía pasar más tiempo en el mundo mágico que en el muggle, había situaciones que nunca dejarían de serle familiares.
Lo más probable era que Draco no hubiera pisado un aeropuerto en su vida, pero Hermione tenía que reconocerle que estaba disimulando bastante bien.
—A veces la sensación de estar en un avión es como la de un traslador —le dijo, intentando tranquilizarlo.
Aunque si lo pensaba bien, no creía que la idea de tener ganas de vomitar durante varias seguidas fuera muy atrayente. Gran aportación la suya.
Draco se encogió de hombros y carraspeó.
—No me da miedo. ¿Cómo de impresionante puede ser subirse en uno de esos cachivaches con alas? —replicó. Su tono intentaba ser impasible, pero había empezado a dar golpecitos en el suelo con el pie derecho.
Como iban en preferente, fueron los primeros en pasar y Draco fue lo bastante inteligente como para dejarla pasar primero y así poder imitar sus movimientos. Subieron al avión sin contratiempos y se dejaron caer en sus cómodos asientos mientras el resto de la tripulación de clase turista subía lentamente.
—Gracias a Merlín que mi madre nos regaló billetes de primera clase —suspiró Draco mientras estiraba las piernas. No podía hacerlo por completo, pero desde luego era mucho mejor que el espacio que habría tenido en turista—. ¿Aquí sirven alcohol, verdad?
Hermione le lanzó una mirada desaprobadora.
—¿Piensas pasarte todo el vuelo borracho? —Bajó la voz—. Como me vomites encima no voy a poder hacer magia para eliminar la mancha y te voy a matar con mis propias manos.
—Amén a eso —una voz femenina intervino en su conversación. La mujer que estaba sentada al otro lado del pasillo los saludó con una inclinación de cabeza y un guiño de ojo. Debía de rondar los sesenta, aunque tenía la piel tan tersa que fácilmente podía quitarse diez años—. Siento inmiscuirme, pero no he podido evitar fijarme en ese anillo que llevas en el dedo. —Soltó un silbido de admiración.
Hermione rezó para que no hubiera escuchado su último comentario y le sonrió. Se miró la mano para apreciar la joya, porque a veces se olvidaba de que estaba ahí. Desde luego, era una pieza admirable.
—Usted tampoco tiene mal gusto —declaró Draco, lanzando una mirada al collar que llevaba su vecina.
La mujer, claramente orgullosa por el remarque, se llevó una mano de uñas largas y perfectas al cuello y sonrió.
—¿Esto? Un regalo de mi marido, que pensó que me ayudaría a olvidar la existencia de su secretaria veinteañera. —Hermione y Draco intercambiaron una mirada incómoda, a lo que la mujer soltó una carcajada—. Y acertó, sin duda. —Se inclinó hacia ellos y habló a Hermione en confidencia, como si Draco no estuviera allí—. Si no puedes asegurarte la lealtad de un hombre, al menos asegúrate su dinero, querida.
La idea de que Draco la engañara con otra mujer no hizo sentir a Hermione todo lo indiferente que debería haberse sentido. Parpadeó varias veces para deshacerse del desagradable pensamiento y entrelazó una mano con la de Draco.
—Oh, estoy segura de que mi prometido no hará nada parecido —explicó sonriendo—. Sabe cómo me pongo cuando me enfado.
—Una vez me rompió la nariz —convino Draco.
La mujer mayor rio.
—El miedo también funciona. —Tendió una mano, que Hermione estrechó—. Si no, búscame: me llamo Regina Walters, abogada de familia. Especializada en divorcios —añadió antes de guiñarle un ojo a Draco.
—No creo que haga falta. —Draco le hizo señales a un auxiliar de vuelo que se acercara para que le trajera un whiskey—. Y póngale a la señora Walters lo que ella quiera, invito yo.
Cinco whiskeys y una escala en Dubái después, Draco y Hermione pisaron suelo australiano. Ambos estaban exhaustos, pero tras una rápida visita al baño en el que pudieron usar sus varitas, lucían como si hubieran pasado solo un par de horas desde que salieron de Londres.
—Creo que nunca en mi vida había deseado tanto poder hacer magia —dijo Draco con voz cansada mientras llevaba el carrito con las maletas.
Hermione ya le había dicho que ella podía llevar las suyas, pero el mago se había negado, en un ataque de caballerosidad.
—¿Para qué? Así puedes esconderte detrás si ves que mi padre tiene cara de pocos amigos —bromeó la bruja. Se arrepintió al instante al ver cómo la expresión de Draco se ensombrecía. Se colocó a su lado y apoyó una mano en su brazo brevemente—. Es broma: mi padre es incapaz de mirar mal a nadie. A no ser que hayas cometido algún crimen contra la humanidad.
Hermione se maldijo internamente mientras observaba cómo Draco se bajaba la manga arremangada del brazo izquierdo. Parecía que tenía un talento especial para meter la pata cada vez que pisaba un aeropuerto.
Apoyó una mano en el carrito para detenerlo. Draco tenía la mandíbula apretada, pero se obligó a relajarla cuando la bruja clavó los ojos en él.
—Lo siento. Es broma, a mis padres les vas a encantar. —Dio un paso hacia él y apoyó las manos en sus hombros—. Te lo prometo —añadió.
Siguieron caminando y cruzaron las puertas automáticas que daban a la recepción, donde había un montón de personas esperando a sus seres queridos. Hermione sonrió ampliamente cuando distinguió a sus padres y se acercó rápidamente a ellos para abrazarlos.
—¡Hermione, por fin! —exclamó su madre con ojos brillantes. La miró de arriba abajo—. Estás más delgada —recriminó.
La bruja puso los ojos en blanco.
—Siempre me dices lo mismo, mamá.
—¡Porque es verdad! —protestó su madre—. Pero esta vez te lo dejaré pasar por los nervios del compromiso. —Tras decir eso, Margaret echó un vistazo a las espaldas de Hermione y sonrió—. Creo que tu prometido está esperando educadamente a que le permitas acercarse.
Ante este comentario, Draco rodeó el montón de maletas y les dedicó una sonrisa cortés antes de tenderle la mano al padre de Hermione.
—Señor Granger.
El hombre se la estrechó.
—Puedes llamarme Adam, hijo.
La expresión de Draco se relajó y asintió antes de girarse hacia su suegra, quien lo abrazó en vez de aceptar su mano. El mago pareció sorprendido al principio, posiblemente porque los abrazos no eran comunes entre su círculo social.
—Ni se te ocurra llamarme «señora Granger» —advirtió la mujer en tono divertido—. Margaret o «hermosa suegra» servirán.
Draco rio e hizo una breve reverencia.
—Como desee mi hermosa suegra.
Hermione observó el intercambio con una sonrisa y satisfacción interna al comprobar que Draco no tardaría nada en ganarse completamente a sus padres. La verdad era que la joven había mantenido un par de conversaciones con sus ellos sobre el pasado de Draco, pero estaba segura de que eso solo les había ahorrado un par de días de incomodidad, porque su prometido sabía cómo ser absolutamente encantador cuando se lo proponía.
Un par de horas después, atravesaban la puerta de la casa de sus padres.
—La habitación de invitados ya está lista —explicó Margaret a su hija mientras los hombres se encargaban de las maletas. Otra vez innecesario, pero ellos habían insistido—. Tu padre quería que Draco durmiera en el sofá —añadió la mujer mientras subían las escaleras—, pero a mí me parece una gran estupidez. Ya sois mayorcitos y vais a casaros, así que…
Muy a su pesar, Hermione enrojeció levemente; era extraño, por llamarlo de alguna manera, oír a su madre hacer insinuaciones sobre su vida sexual. O la vida sexual que no tenía, para ser más exactos.
—Gracias, mamá —respondió Hermione, sin saber bien qué más decir.
Draco llegó, seguido por Adam, y dejaron las maletas en el suelo, delante de la cama.
—Podéis descansar o daros una ducha si queréis. Nosotros estaremos abajo. —Margaret arrastró a su marido por el brazo, a pesar de que este había empezado a protestar en voz baja.
Draco se dejó caer en la cama y soltó un suspiro aliviado.
—Bueno, ¿y tú dónde dormirás?
Hermione se cruzó de brazos y le lanzó una mirada aprensiva.
—¿Ahora de repente has decidido ser innovador? —Se dejó caer sobre la cama y se dio cuenta entonces de lo cansada que estaba. Giró la cabeza para mirar a Draco—. Hay suficiente espacio para los dos —señaló.
—Así podemos ir practicando —añadió él con una sonrisa provocadora.
Hermione puso los ojos en blanco para enmascarar que la idea de tener que dormir juntos la ponía nerviosa. «Hermione, para ya, parece que tengas catorce años», se dijo.
—O también podrías dormir en el suelo —dijo ella con mordacidad—. O en el sofá, como quería mi padre.
Draco se llevó una mano al pecho.
—Me duele la desconfianza de mi suegro, sobre todo teniendo en cuenta que todavía no me has desabrochado ni un triste botón.
Hermione le dio un golpe con el dorso de la mano antes de levantarse y empezar a deshacer las maletas, lo que le sirvió para meditar cuáles serían sus próximos movimientos durante su estancia. Debían ponerse de acuerdo para que su «historia de amor» fuera creíble.
Cuando terminó, salió de su absorción y se giró hacia Draco para informarlo de sus planes, pero se contuvo cuando vio que se había quedado dormido. Tenía una mano sobre el abdomen y la cabeza ladeada, con una pierna colgando. Hermione sonrió y le subió la pierna a la cama con cuidado de no despertarlo. Cuando dormía parecía vulnerable, sin murallas.
La bruja cogió ropa limpia y salió de la habitación silenciosamente para ir a darse esa ducha que tanto necesitaba.
Cuando salió del baño, más de media hora después, encontró la habitación vacía y oyó risas desde el piso inferior. Cuando bajó, se encontró a Draco apoyado en la isla de la cocina charlando con sus padres tranquilamente.
—Les estaba contando la vez que Potter tuvo que intervenir cuando un mago se enfadó con su vecino muggle y lo hechizó para que cada tercera palabra que dijera fuera «patatas».
Hermione rio al recordar la anécdota. Harry dijo que había tenido que pedir refuerzos porque le era imposible tomarse al pobre muggle en serio.
Draco se incorporó y anunció que era momento de darse una ducha él también. Hermione lo observó subir las escaleras con una sonrisa asombrada antes de volverse hacia sus padres con esperanza.
—¿Y bien? —preguntó. Pese a que se trataba de una relación falsa, le importaba la opinión que sus padres pudieran tener sobre él.
Adam y Margaret intercambiaron una mirada empática antes de responder.
—No quiero mentirte, Hermione: yo sigo pensando que todo está pasando muy rápido —señaló su padre—. Sobre todo después de Ron —agregó en tono cauteloso.
Hermione no reaccionó ante ese nombre, lo cual la hizo sentirse orgullosa de sí misma.
—Pero parece que eres feliz con él —añadió su madre—. Y se nota que Draco te quiere. Con eso nos damos por satisfechos.
Hermione se obligó a sonreír; estaba aprendiendo a ser tan buena actriz como su enamorado prometido.
Draco entró en la tetería y buscó a su madre con la mirada, aunque ya sabía que la encontraría en su mesa favorita junto a la ventana. La mujer presentaba su habitual elegancia y le dedicó una sonrisa en cuanto lo vio acercarse.
—Hijo —saludó mientras él se inclinaba para darle un beso en la mejilla—. Qué alegría verte. ¿Cómo ha ido?
Draco se quitó el abrigo y se sentó frente a su madre.
—Mucho mejor de lo que esperaba —admitió—. Nunca pensé que me acostumbraría tan rápido a un invierno caluroso. De hecho, ya lo echo de menos. Menos mal que existen los hechizos anti-frío.
—¿Cómo se han portado los padres de Hermione contigo?
—Demasiado bien teniendo en cuenta las circunstancias.
El té llegó y Narcissa movió su varita para servirles sendas tazas.
—No deberías pensar así, obviamente no iban a encontrarte ningún defecto.
Draco sonrió y negó con la cabeza; su madre tenía una opinión sobre él demasiado imparcial y, obviamente, mucho más favorecedora de lo que era en realidad.
—¿Aparte por el hecho de que todo lo que sabían de mí hasta hace unos meses es que era partidario de Tú-sabes-quién?
Su madre lo miró con los labios apretados.
—Eso fue hace muchos años. Y al final hicimos lo correcto. Nadie puede negar que tu comportamiento en el Ministerio ha sido intachable desde que empezaste a trabajar ahí. —Sonrió levemente mientras removía su té—. Dudo mucho que Hermione Granger te hubiera dado el sí si pensara que sigues conservando aunque sea uno de nuestros antiguos ideales.
Por su tono, la mujer tampoco se sentía orgullosa de su pasado, pero era la que mejor había superado el pasado de los tres Malfoy.
Draco decidió cambiar a un tema más alegre.
—Por cierto, los Granger me pidieron que te diera las gracias por el regalo y que insistiera en que no era necesario.
Su madre pareció satisfecha con el mensaje.
—Tonterías. Ya que vendrán a Inglaterra para la boda, qué menos que poder disfrutar un poco más de su estancia. —El regalo de Navidad de Narcissa consistía en un fin de semana en un balneario del distrito de los Lagos—. Es lo mínimo para los padres de mi futura nuera.
—En realidad me dijeron que os lo agradeciera a padre y a ti, pero no creo que padre sepa siquiera de la existencia del regalo.
Narcissa chasqueó la lengua.
—Por supuesto que no. Y más teniendo en cuenta que lo he pagado con mi dinero. Tu padre no tiene por qué saber ni opinar sobre lo que hago con mis galeones.
El continuo desafío a Lucius hacía que Draco se enorgulleciera de la mujer que era su madre. Nunca había visto a su padre más contenido que cuando Narcissa Black le lanzaba una mirada desafiante. Excepto, quizás, con el Señor Tenebroso, pero claro, su madre nunca había amenazado con matarlo.
Que él supiera.
—Hermione se cabreó conmigo al enterarse de que ella también tenía un regalo —informó Draco en tono divertido.
—Seguro que tardaste poco en hacer que se le pasara el enfado.
—Estuvo un día entero lanzándome miradas de reproche.
Narcissa sonrió y dio un sorbo a su té mientras observaba a su hijo con atención.
—¿Y cuándo vas a confesarle que estás enamorado de ella?
-N/A: La explicación de Draco sobre la herencia ha sido corta, pero para seguir hablando del tema tendremos que esperar. Para lo que no tenemos que esperar tanto es para ver la química innegable entre Draco y Hermione, por mucho que ella se convenza de lo contrario.
Nos leemos. No diré cuándo porque ni yo misma lo sé, pero intentaré terminar el fic antes del verano (nos faltan unos 3 capítulos para el final). Espero que todas estéis muy bien *corazones* ¡No olvidéis comentar! N/A-
MrsDarfoy
