-N/A: ¡Hola otra vez! No me creo que sea capaz de actualizar tan rápido, así que no me enrollaré mucho. Muchas gracias por los reviews en el capítulo anterior, me hacéis muy feliz y me ayudáis mucho. N/A-


LAS SEIS ETAPAS DEL AMOR


VII. Amantes (primera parte)

Las palabras de Narcissa consiguieron que Draco se quedara inmóvil durante tres largos segundos antes de carraspear y dejar su taza de té sobre la mesa.

—Por supuesto que estoy enamorado de ella — replicó el mago en tono calmado—. O no me casaría con ella, obviamente.

Narcissa le dedicó una mirada perspicaz y negó con la cabeza.

—No me refiero a la farsa que estás recreando para todo el mundo, incluida Hermione —indicó su madre con un ademán desdeñoso. Draco la miró asombrado; no era común que su madre hablara con tanta franqueza—. Hijo, me ofende que pienses que me creí una mentira tan poco elaborada. Y menos después de años mencionando a la señorita Granger cada vez que quedábamos para el té.

Esa afirmación tan certera hizo que Draco se pasara una mano por el pelo y maldijera internamente a su madre por ser tan inteligente y a sí mismo por estúpido.

—No puedo decir que esté orgulloso de cómo puse el plan en marcha. Aunque en mi defensa diré que el tiempo se me echa encima; he tenido que improvisar.

Esto hizo que su madre riera, algo que no pasaba tan a menudo como debería. Draco no sabía si alegrarse o sentirse ofendido por ser la causa de su diversión. Decidió que, de momento, solo se sentiría frustrado y ligeramente avergonzado por estar hablando sobre su turbulenta vida sentimental.

Narcissa ocultó una sonrisa detrás de su taza de té.

—Y la elección de la señorita Granger ha sido completamente causal, claro. Muy conveniente su ruptura con Ronald Weasley. Qué generoso fuiste cuando le ofreciste compartir piso. —Cada palabra estaba cargada de sarcasmo, haciendo más y más patente que Draco no era tan inteligente como había pensado en un principio.

Eso o que su madre lo conocía demasiado bien.

—Ronald me hizo un favor, no lo voy a negar. —Ya no tenía sentido intentar mantener su mentira. No con su madre—. ¿Tan evidente es?

Narcissa le sonrió con ternura.

—Creo que no eres consciente de cómo la miras. Habría que estar ciego para no darse cuenta.

—Hermione debe de estar ciega entonces —masculló Draco.

No había planeado enamorarse de una de las personas a las que más detestaba en la escuela; de hecho, ni siquiera era capaz de explicar cómo había pasado. Lo único que sabía era que, desde que empezó a trabajar en el Ministerio, había empezado a verla con otros ojos. El comportamiento que en otros tiempos consideró insoportable y pedante ahora le parecía admirable, cómo Hermione siempre estaba dispuesta a aprender y a luchar por lo que creía justo. También se había empezado a fijar en detalles de Hermione: la manera en la que su ceño se fruncía cuando estaba muy concentrada; que casi siempre que reía intentaba cubrirse la boca, como si no fuera lo más bonito que Draco había visto nunca; el brillo en sus ojos cuando alguien mostraba curiosidad en las cosas que le interesaban.

Joder, pero si Draco había aprendido hasta cómo le gustaba el café.

Durante mucho tiempo, la observó perder su tiempo con Weasley con silenciosa indignación, deseando que se diera cuenta de que él era incapaz de apreciar lo magnífica que era. Por eso, cuando se enteró de la asquerosa traición de la Comadreja, sus siguientes pasos fueron inevitables.

—Hermione y tú tenéis algo en común: los dos os creéis con menos valor del que en realidad tenéis.

El mago se sirvió más té por mantenerse ocupado al menos unos segundos y así tener una excusa para no enfrentarse a la mirada escrutadora de su madre.

—¿Padre lo sabe?

—Tu padre piensa que tu elección de novia es puramente para vengarte de él. —Por cómo Narcissa fruncía los labios, estaba claro que pensaba que su marido era un ingenuo—. Como si no fuera más fácil no casarte nunca. Al fin y al cabo, no tener descendencia es peor que tener una… no tan ideal. Según él —añadió en tono serio.

—Ya sé que tú no compartes su punto de vista, madre —la tranquilizó Draco—. Nunca tendría tan mala opinión de ti.

—Ya sabes que yo solo quiero que seas feliz, querido. Si puede ser con alguien que te quiera como mereces, mucho mejor.

Draco miró por la ventana. Había empezado a llover.

—Con que no me odie tengo suficiente.

—Seguro que Hermione hace mucho que superó esa etapa.

Y era algo que no dudaba. Sabía que la bruja sentía algún tipo de afecto por él y tras su viaje a Australia se sentía más cómoda con su proximidad física, porque más de una mañana habían despertado abrazados al otro, pero eso era todo de lo que Draco podía estar seguro.

Cualquier idea que fuera más allá era pura especulación. O esperanza.

—Hemos decidido que la boda se celebrará el domingo veinticinco de mayo. En casa —agregó Draco a regañadientes.

Había intentado convencer a Hermione de que no era una buena idea y de que a su madre no le supondría un gran disgusto si al final no cedían a su plan, pero la joven había razonado que no veía por qué no podían celebrarla en la mansión siempre y cuando su familia muggle no corriera ningún peligro y su padre se comportara.

Narcissa sonrió ampliamente.

—¡Sabía que atenderías a razones! Gracias, hijo. Aunque supongo que la causante es Hermione —añadió tras observar la expresión del mago.

—Me harías un gran favor si lidiaras tú con padre.

La sola mención de Lucius hacía que tuviera dolor de cabeza; se frotó el puente de la nariz.

—Tranquilo, yo me ocupo de todo. Empezaremos mañana mismo a modificar las barreras anti-muggles que protegen el terreno y la casa. —Narcissa juntó las manos y sus ojos adquirieron un brillo emocionado—. Tu prometida y yo tendremos que hablar sobre la decoración y…

—Madre —interrumpió Draco—, no la agobies.

—Es un gran momento en vuestras vidas, no puedes culparme por querer que salga perfecto. Además —le dedicó una sonrisa ladeada que era más propia de los hombres Malfoy que de ella misma—, con un poco de suerte, solo se casará una vez. Es importante hacer que el día sea memorable.


Hermione entró en San Mungo con paso ansioso y fue directa al mostrador de visitas.

—Busco a Lavender Brown.

El hombre que había allí sentado la dedicó una mirada desconcertada antes de buscar el nombre solicitado en una lista e indicarle la habitación en la que se encontraba. La bruja corrió a los ascensores y pulsó el botón de la cuarta planta.

Aquella mañana no planeaba hacerle una visita a la mujer que estaba embarazada de su ex, pero había hecho una pausa para ir a por café y había oído a un compañero, cuya mujer trabajaba en San Mungo, contarle a otro que Lavender había llegado al hospital la noche anterior inconsciente. Casi sin darse cuenta de lo que hacía, Hermione le había mandado una nota a Kingsley diciéndole que necesitaba ausentarse una hora.

Cuando la bruja llegó a la habitación indicada, vio que la puerta estaba entreabierta y se quedó plantada sin saber bien qué hacer. En un principio venir a asegurarse de que estaba bien le había parecido lo correcto, pero ahora que tenía unos segundos para reflexionar, se daba cuenta de que la situación era, como mínimo, inusual. Lavender y ella no eran amigas, a pesar de que Hermione le había hecho un regalo por Navidad y su excompañera de casa le había mandado una postal navideña felicitándole las fiestas.

Sin embargo, no tuvo tiempo de echarse atrás, porque en ese momento la puerta se abrió y una versión de Lavender veinte años mayor apareció frente a ella. Se quedaron mirándose, confundidas, hasta que habló una voz de dentro de la habitación:

—¿Qué pasa, mamá?

—Soy…

—Sí, lo sé —la interrumpió la señora Brown. Le dedicó una mirada agradecida antes de salir al pasillo—. Si necesitáis cualquier cosa, estaré abajo tomando un café.

Hermione se despidió con un asentimiento de cabeza antes de pasar. Lavender la miró con gran sorpresa antes de intentar incorporarse.

—No, no, por favor. No hace falta que te muevas —le aseguró la bruja. Se quedó plantada a un lado de la cama—. ¿Cómo estás?

—Bien, bien, solo ha sido un susto. Llevaba un par de días sin mucho apetito; estaba en la cocina y de repente me desperté aquí —explicó con una risita nerviosa—. Pero solo ha sido una bajada de tensión. Me di un golpe cuando me desmayé —añadió tocándose un brazo—, pero ya está completamente curado.

Hermione soltó un suspiro de alivio y se sentó en la silla que la señora Brown debía de haber dejado vacía.

—Me alegro mucho —expresó con una sonrisa sincera—. ¿Van a tenerte aquí mucho más tiempo?

Lavender negó con la cabeza mientras se acariciaba la tripa.

—Si no aparece ningún otro problema, esta tarde. —Tenía ojeras bajo los ojos y no parecía la bruja animada que una vez había sido—. No tenías por qué venir a interesarte por mí —añadió evitando mirar a Hermione a los ojos.

—Tonterías —replicó la castaña—. Además, todavía no te he dado las gracias por la felicitación de Navidad. —Era una excusa muy pobre, pero serviría.

—Fue una chorrada —repuso Lavender restándole importancia con un movimiento de mano.

Se hizo el silencio entre ellas, pero Hermione buscó un tema de conversación rápido para no caer en la incomodidad.

—¿Ya tienes nombre para la niña? —preguntó en tono animado.

—Todavía no. —Lavender se mordió el labio inferior—. Esperaba poder elegirlo con el padre, pero…

Ahí estaba, la esperanza que moría poco a poco con cada día que pasaba, pero que Lavender Brown se empeñaba en mantener viva. Los «por si acaso» dolían más que cualquier otra cosa.

—Lavender…

—¡Sí, ya lo sé! —exclamó la rubia—. ¿Tú lo has visto últimamente? ¿Sabes algo de él? —le preguntó.

Hermione negó con la cabeza con expresión triste.

—Lavender, no quiero ser cruel, pero —alguien tenía que decírselo— si no se ha interesado por ti a estas alturas, no vale la pena que sigas esperándolo. Ron sabe cómo están las cosas y dónde encontrarte si quisiera hacerlo. Y si no lo ha hecho…

Calló cuando vio que los ojos de la embarazada se llenaban de lágrimas. No había verdad más cruel que la que uno ya conocía en su interior.

Afortunadamente, en ese momento llamaron a la puerta. Ambas brujas esperaban que fuera la señora Brown, pero cuando esta se abrió y aparecieron dos cabezas pelirrojas, no habrían sabido decir cuál estaba más sorprendida.

—¿Podemos pasar? —preguntó Molly Weasley.

Hermione lanzó una mirada de reojo a Lavender, pero se relajó cuando vio que esta asentía. La bruja sabía cuándo sobraba, así que se levantó y se aproximó a la puerta.

—Nos alegramos mucho de verte, hija —la saludó la señora Weasley. Su marido asintió profusamente para respaldar la afirmación.

—Yo también —respondió Hermione en tono emocionado. Echaba mucho de menos a sus exsuegros—. Será mejor que os deje solos. En realidad mi pausa para el café tendría que haber terminado hace un rato. —Todavía le quedaba media hora más si quisiera, pero ella no tenía nada que aportar a la conversación que iba a darse a continuación.

Salió al pasillo e inspiró hondo antes de echarse a andar hacia los ascensores.

—¡Hermione! —La llamada de Arthur la detuvo. El hombre se aproximó a ella con paso rápido y frotándose las manos—. Si no tienes inconveniente, a Molly y a mí nos gustaría mucho que vinieras a comer a casa en dos domingos.

Sabía que ya se lo había mencionado en otra ocasión, pero no esperaba que renovara la invitación. Al fin y al cabo, ya no había ningún lazo real entre ellos más allá que el del cariño que todavía pudieran sentir hacia ella.

Parpadeó varias veces para espantar las lágrimas.

—Si no os supone ningún problema…

—Oh, no. Ron no vendrá —añadió Arthur. Por su tono quedaba claro que no aprobaba el comportamiento de su hijo—. Y también nos gustaría que trajeras a Draco. —El mago sonrió—. Ya es hora de que lo conozcamos.

Esta vez no pudo reprimir la emoción; Hermione abrazó a Arthur mientras un par de lágrimas escapaban de sus ojos.

—Claro que sí. Gracias.

—No, gracias a ti por querer venir. Dile a Draco que no desayune esa mañana; Molly querrá impresionarlo, así que no habrá menos de cinco platos —bromeó el mago.


El día que Hermione llegó a casa y se encontró con Ginny, Luna y Draco charlando en el pequeño salón de su apartamento, pensó que estaba soñando. ¿Tendría alguna sustancia extraña el café que se había tomado esa mañana?

Sin embargo, se dejó llevar por la alegría de tener a sus amigas reunidas en su casa.

—¡Luna! —exclamó antes de que ella y la rubia se abrazaran—. ¡No sabía que habías vuelto!

—No iba a hacerlo, pero Pansy me pidió que viniera hoy.

Hermione frunció el ceño.

—Ya que tú no ibas a tener la decencia de poner una fecha, tuve que hacerlo yo por ti —la voz inesperada de Parkinson (ahora Zabini) la sobresaltó—. La vio salir del baño y acercarse a ella con los brazos cruzados y una ceja enarcada—. Cuánto tiempo, Granger.

—Lo mismo digo, Par… Zabini.

—Puedes llamarme Parkinson. Blaise ya ha dado esa batalla por perdida. —Antes de añadir nada más, lanzó una mirada crítica a Draco—. ¿Qué haces aquí todavía? —inquirió.

Draco puso los ojos en blanco y levantó las manos.

—Ya me voy. Echaba de menos tu simpatía y cariño —añadió con sarcasmo antes de dirigirse hacia la puerta.

Pansy esbozó una sonrisa ladeada.

—Lo sé. —Volvió a su cara de pocos amigos con rapidez—. Vete ya. Y que no te vea en las próximas dos horas como mínimo. —Su viejo amigo cuadró los hombros e hizo un saludo militar antes de marcharse—. Bien, ahora que estamos solas… —La bruja analizó a las tres amigas de arriba abajo, lentamente, con los labios fruncidos en un mohín que, si bien no era de desagrado, tampoco era de aprobación—dejadme ver qué puedo hacer con vosotras.

—Parkinson, te agradezco que quieras ayudarme, pero no hace falta que te molestes —aseguró Hermione.

—Tonterías. —Así de rápido desechó la opinión de la novia—. Además, os vestiré gratis, así que no veo qué otra objeción tienes en contra—. Puso los ojos en blanco y se enganchó un mechón de pelo lacio tras la oreja—. Y no me vengas con que no somos amigas, eso da igual. Probablemente cuando llegue el día de la boda hayas peleado al menos una vez con todas las personas que conoces, así que eso no es excusa.

Hermione ya no sabía qué argumentar, así que cerró la boca y soltó un suspiro resignado.

—Vale. Pero insisto en pagarte.

Pansy ignoró su tono tajante y cogió su bolso, del que sacó una carpeta que doblaba a este en tamaño.

—Es mi regalo para Draco. No seas tan difícil.

—Esto es increíble —masculló Ginny en tono divertido.

—Bueno, será mejor que nos sentemos. —Pansy miró a su alrededor—. Estaría bien que Lucius le adelantara parte de la herencia a Draco y así mudaros a un sitio más grande. Mi vestidor tiene más metros que este salón.

Hermione puso los ojos en blanco antes de modificar la mesa para que fuera más ancha y mover el sofá a una esquina para tener más espacio.

—Antes de que empieces, quiero que sepas que no quiero nada muy recargado ni ostentoso.

Pansy soltó una carcajada antes de mirarla con lástima.

—Claro que sí, futura señora Malfoy, claro que sí. —Sacó una pluma y una libreta de su bolso—. Bueno, ¿qué corte de vestido te gustaría? —Cuando Hermione la miró sin comprender, la bruja agregó —: ¿Sirena, princesa, glam…? ¡Por Merlín, Granger! ¿Es que no tienes la más mínima idea de nada?

—Yo creo que nada de vintage ni tubo —intervino Ginny—. Ni tampoco imperio. Ese estilo siempre me ha parecido horrible.

Parkinson observó a Ginevra con renovado respeto.

—No sabía que entendieras tanto de vestidos de novia —dijo Hermione.

—A mí el estilo sirena me gusta mucho. —Las tres brujas se giraron hacia Luna, que había intervenido tímidamente.

—¿Tú también? —la acusó Hermione. Suspiró y se dejó caer contra el respaldo de la silla—. Me rindo, decidid vosotras.

—La peor novia del mundo —Pansy chasqueó la lengua—, pero aprecio tu criterio.

Durante la siguiente media hora, Hermione se limitó a dar el visto bueno o rechazar los diferentes diseños que Pansy le mostraba. Debía admitir que la bruja tenía talento para la moda y, aunque muchos vestidos no eran para ella, eran todos preciosos.

Al final, cuando se quedó con solo tres, su modista se dio por satisfecha y le aseguró que dentro de poco los tendría listos para que se los probara.

—Podría usar un hechizo para que te vieras con ellos, pero cuando se trata del vestido de tu boda, es necesario sentirlo sobre la piel. Él te dirá si es el adecuado. —Se levantó—. Bien, ahora pasemos a las damas de honor. —Señaló a Ginny con un dedo—. Asumo que tú irás con Potter, así que —se giró hacia Luna— ¿tendrías algún inconveniente en ir con Theodore?

—¿Nott?

—¿Conoces a algún otro? —replicó Pansy.

Hermione había pensado sobre la boda de manera abstracta, pero no había llegado a visualizar nada y, mucho menos, a los invitados. Suponía que Draco querría que sus amigos estuvieran con él.

—Me parece bien. Es un buen chico. —Y así de fácil Luna dio su consentimiento.

—Necesito que os levantéis. —Luna y Ginny intercambiaron una mirada dudosa antes de obedecer—. Las apuntó con la varita y vieron cómo una luz blanca las recorría de arriba abajo—. Esto es un escáner. A partir de ahora —les mostró un apartado de su carpeta con sus nombres— aparecerá aquí cada subida o bajada de peso que hagáis. Además —vieron que unos colores empezaban a materializarse en la hoja de papel—, también tenemos disponibles los colores que mejor combinan con vuestro tono de piel y pelo. Así es más fácil decidirse —concluyó con una sonrisa satisfecha. Era evidente que estaba muy orgullosa de sí misma.

Durante los siguientes quince minutos estuvieron debatiendo entre el turquesa y el violeta claro. Hermione empezaba a tener dolor de cabeza, por lo que se levantó sin previo aviso y se fue a la cocina a por un vaso de agua.

Ginny la siguió.

—¿Estás bien? —le preguntó preocupada.

—Sí —respondió la otra bruja, pero rápidamente cambió de parecer—. No. Esto es demasiado. Primero tenemos que elegir el color de vuestros vestidos, que tendremos que comunicar a los floristas y también a Narcissa porque será ella la encargada de decorar su casa. Además, todavía falta decidir mi peinado, maquillaje, el formato de las invitaciones… —Se dio cuenta de que había alzado la voz, por lo que la bajó y se acercó a Ginny—. ¿No te parece exagerado teniendo en cuenta que es una boda por conveniencia?

—Aunque susurréis, desde aquí se escucha todo, querida —la informó Pansy desde el salón.

—Es verdad —confirmó Luna.

Hermione y Ginny intercambiaron una mirada alarmada.

—¡Mierda!

Pansy se asomó por la puerta de la cocina y se quedó plantada en el marco con los brazos cruzados y una ceja enarcada.

—Tampoco es que fuera muy difícil de adivinar. —Levantó ambas manos y se encogió de hombros—. Eso no significa que no sea un motivo tan válido como otro cualquiera. La gente que se casa enamorada a menudo descubre que su pareja no es tan ideal como había creído en un principio.

—¿Experiencia personal, Parkinson? —inquirió Ginny enarcando una ceja.

Si esas dos se hubieran relacionado más en Hogwarts, habría sido un espectáculo digno de ver: o se habrían hecho con el control absoluto de la escuela o la habrían incendiado en una de sus peleas explosivas.

Pansy esbozó una sonrisa de dientes perfectos.

—Blaise y yo no somos como «la gente». —Se apoyó en la encimera de la cocina y miró a Hermione—. ¿Qué pensabas, que una boda era firmar unos papeles y ya está?

—¿Sí? No veo por qué hay que complicarlo.

La bruja morena soltó una carcajada condescendiente.

—Te casas con Draco Malfoy, el heredero más rico de Inglaterra (y posiblemente de media Europa). Las razones son algo que queda entre tú y él, pero si no estás dispuesta a hacer este pequeño sacrificio por tu futuro marido, entonces quizás no eres la Hermione Granger que yo recuerdo. Draco ya intentó que funcionara una vez con una lluvia de verano —Astoria —, pero él necesita una tormenta. —Pansy se acercó más hasta que ambas mujeres quedaron a unos pocos centímetros—. Vas a ser la novia más hermosa que ha visto Inglaterra y vas a arrasar con todo y con todos.

Hermione tragó saliva con fuerza, pero cuadró los hombros.

—Creo que me gusta más el turquesa que el violeta.

Pansy asintió.

—Por fin demuestras un mínimo de buen gusto.


Draco, pese a que la había usado incontables veces para burlarse de la pobreza de los Weasley, nunca había pisado La Madriguera hasta ese día. No era la mejor casa que había visto nunca y dudaba mucho que fuera capaz de sostenerse en pie si no fuera por la magia (e incluso así conservaba sus dudas), por no hablar de que solo de pensar en nueve personas viviendo juntas en tan pocos metros cuadrados lo angustiaba; sin embargo, tenía algo de lo que carecían muchas casas de sus amigos, incluida la suya propia: un toque familiar.

Y desde luego Molly Weasley, con su figura rechoncha, su delantal blanco y el olor de la comida que estaba preparando le daba ese aire hogareño a aquella construcción extravagante.

Draco había temido y esperado el momento a partes iguales, porque consideraba a los Weasley una familia pintoresca. Sin embargo, tuvo la suerte de no encontrarse con todos: aquel día solo comería con los padres, la familia de su hijo mayor (William), el único hijo soltero (Charlie) y los Potter. Lo que no sabía era (sin contar a Ron) si el resto no había podido o no había querido comer con él ese día. No le gustaría que rechazaran a Hermione por su elección de marido, pero había aprendido hacía mucho que no podía demostrar nada si no se lo permitían. Era algo que escapaba a su control.

Cuando se aparecieron en La Madriguera, Hermione ya le había recordado cincuenta veces los temas que más les interesaban a todos y cada uno de los miembros de la familia y había tenido que secarse las manos sudorosas con la tela de los pantalones al menos dos veces.

—Tranquila, no es a ti a quien puede que muerdan —le recordó él en tono bromista.

Hermione lo fulminó con la mirada e iba a defender a sus amigos cuando la señora Weasley los vio.

—¡Ah, por fin! ¡Empezaba a temer que no os presentarais!

—Muchas gracias por la invitación, señora Weasley —dijo Draco en un tono perfectamente cordial.

—Tonterías —repuso la mujer mientras les hacía señas para que la siguieran—. Ya iba siendo hora de que conociéramos a la nueva incorporación a la familia.

Draco sonrió; aquellas palabras, muy a su pesar, lo habían reconfortado enormemente. Aunque si pensaba en su propia familia, le volvía la ira por el comportamiento de su padre.

—¿Eso es…? —El señor Weasley se acercó a ellos con la mirada clavada en la mano de Draco; o más bien, en la bebida que había traído—. ¿Eso es lo que creo que es?

Draco le ofreció la botella con orgullo.

—Hermione me ha hablado muchas veces de su afición por el mundo muggle, señor Weasley. —Y su padre también, aunque no en tan buenos términos—. Iba a traer una botella de vino, pero pensé que un refresco sería más apreciado.

Arthur palmeó el hombro de Draco mientras observaba con adoración la bebida burbujeante.

—Qué considerado por tu parte, hijo. —De repente se dio cuenta de la situación y carraspeó—. ¡Pero pasad! Entrad antes de que Molly se enfade conmigo por dejaros aquí fuera tanto tiempo con este frío.

—¡Espero que tengáis hambre! —les gritó Molly desde la cocina.

—Si todo está tan bueno como huele, no pienso dejar nada en mi plato.

Potter y su mujer bajaban las escaleras en ese momento.

—Vaya, Malfoy, no sabía que fueras tan adulador —se burló su compañero del trabajo.

—Mucho más que tú seguro; todavía no sé cómo convenciste a Ginevra para que se casara contigo —contraatacó Draco.

—En realidad fue ella la que me convenció a mí —replicó Harry con una sonrisilla en el rostro. Eso, claro está, hasta que su mujer le dio un codazo en las costillas.

La velada transcurrió entre más pullas y preguntas y respuestas sobre la vida de Draco, su trabajo y su relación con Hermione. Si algo había aprendido de su adolescencia era a mentir bien, por lo que esto último no supuso ningún problema. Además, agradecía enormemente que se tomaran la molestia de conocerlo más allá de su apellido y su pasado.

Hasta que llegó el Indeseable Número Uno.

—Ron, no te esperábamos. —Molly saludó a su hijo con nerviosismo y después lanzó una mirada preocupada en dirección a Hermione.

Draco también lo hizo y alargó una mano para buscar una de la joven. Esta le dedicó una mirada de agradecimiento. Podría sujetar su mano toda la vida si ella quisiera.

Pero ese no era el tema ahora.

—Sí, parece que nadie se acordó, muy convenientemente, de avisarme de que hoy sí que había comida familiar. —Sus ojos azules se posaron primero en Hermione, con suavidad, y después en Draco, con mucha más beligerancia—. Aunque parece que no es tan familiar como yo pensaba.

—¡Ron! —advirtió su padre.

El primogénito, Bill, se levantó y puso una mano en el hombro de su hermano menor a modo de pacificación.

—¿Por qué no salimos a dar una vuelta?

Ron se deshizo del agarre de su hermano con brusquedad y se sentó en una silla vacía.

—¿He llegado justo a tiempo para el postre, verdad?

Su cuñada Fleur, que durante la comida había dejado claro mediante indirectas que no aprobaba ningún atisbo de infidelidad, mucho menos uno que había dejado una prueba tan evidente, hizo un ruidito condescendiente.

—Seguro que hay postre con espectáculo —masculló.

Solo reaccionaron dos personas; su marido Bill, que le lanzó una mirada entre incrédula y divertido; y Draco, que era el único otro que hablaba francés. Este último tuvo que apretar los labios para no soltar una carcajada.

La mano de Ronald sobre la mesa se cerró en un puño mientras clavaba sus ojos en Draco, pero en ese momento hubo otra aparición inesperada aunque mucho más bien recibida: George apareció con su familia al completo.

—¡Mamá! —exclamó con más alegría de la necesaria—. Hemos pensado que podríamos venir a pasar la tarde aquí. ¿Verdad, niños?

Sus hijos parecían un poco confundidos por la situación, pero ante un empujoncito de su madre fueron a reunirse con sus primos.

—¿No te queda nada que comer, Molly? Mi marido necesita algo que meterse en esa bocaza que tiene —dijo Angelina con una sonrisa demasiado tirante.

Habría que ser muy tonto para no entender que había sido George quien le había hablado a Ron sobre la comida familiar por error.

Molly suspiró y se levantó.

—Ya por los que quedan más vale que avise a los demás.

Al final, terminaron asistiendo también Percy con su mujer y sus dos hijos, y su tía Andrómeda con Teddy. Draco siempre se alegraba de verla, aunque tenía que esforzarse por no fijarse en lo mucho que se parecía a Bellatrix.

—Así que te casas.

No, definitivamente sus ojos se parecían más a los de su madre. Tenían la misma humanidad.

—Eso parece —concluyó Draco con una sonrisa mientras contemplaba a Hermione hablar con Audrey de algo relacionado con el Ministerio.

Andrómeda sonrió.

—Me encantaría ver la cara de Lucius.

—Podrás hacerlo en la boda. Todavía no hemos mandado las invitaciones, pero estoy segura de que Hermione habrá pensado en ti. Y a mi madre le gustará verte —aseguró.

Cuando terminó la sobremesa, salieron al jardín. El cielo se había despejado y los niños insistieron en jugar al Quidditch, por lo que Charlie sacó viejas escobas y los nietos mayores se subieron, muy a pesar de la opinión de la abuela de que se abrirían la cabeza contra el suelo en cualquier momento.

—Menos mal que somos magos y podemos cerrársela —dijo Bill con una sonrisa antes de coger una quaffle.

Hermione estaba dentro de la casa hablando con Fleur, por lo que Draco se encontró solo afuera; le habían ofrecido jugar, pero ya había abusado demasiado de su hospitalidad.

No le duró la soledad mucho tiempo.

—Malfoy. —Ronald se había acercado a él con las manos en los bolsillos, pero cuando llegó a su altura se irguió para parecer más alto. Draco sonrió para sus adentros; seguía siendo varios centímetros más alto que él—. Hablemos.

Y sin esperar respuesta echó a andar hacia un punto más alejado de la casa. Los ojos de Draco se encontraron con los de Potter, pero le negó con la cabeza, asegurándole que no pasaba nada. No iba a ser él el que empezara una pelea, pero tampoco iba a huir de ella si Ronald era tan tonto como para querer empezarla.

Y ya le tenía ganas.

Se colocaron junto a un gran árbol que había en un lateral del jardín. Draco se quedó mirando a Ronald con expresión beatífica. Sabía que, cuando alguien estaba nervioso o enfadado, esa era la mejor técnica para hacerlo hablar.

—Creo que esto ya ha durado demasiado.

El rubio puso los ojos en blanco.

—Ronald, me aburres más que Binns con sus peroratas sobre las guerras de los gigantes. —Hizo amago de darse media vuelta—. Cuando quieras hablar de algo más razonable, búscame. Mientras tanto…

La mano del pelirrojo en su brazo lo detuvo. Draco lo miró con los ojos entrecerrados y el otro lo soltó.

—¿Qué ganas con esto? ¿Es para fastidiar a tu padre? ¿O para vengarte por lo que pasó en Hogwarts? —Draco bufó; ¿cuándo entendería la gente que ya no era esa persona?—. ¿Es eso? ¿Vas a dejar a Hermione plantada en el altar para que sea la burla de tus amiguitos?

Draco soltó una risotada.

—Sé que nunca has tenido una gran opinión de mí, pero tenemos casi treinta años. Es hora de que superes el pasado. —Podría haberlo dejado ahí, pero llevaba muchos meses guardándose una verdad dentro—. No soy yo quien expuso a Hermione a la censura del mundo. Y además sin ningún motivo aparente. Patético hasta para ti.

Ronald dio un paso amenazante hacia él, pero no sentía la más mínima pizca de temor por su integridad física.

—Siempre supe que intentarías quitármela.

—Yo no te he quitado nada, porque, para empezar, ella nunca fue tuya. No es culpa mía de que tú fueras tan estúpido como para dejar ir a la mejor mujer que conocerás nunca. —Draco sonrió ampliamente—. Aunque tengo que darte las gracias por ello. Nunca entendí por qué alguien como ella tenía que acabar con alguien como tú hasta que me demostraste que era imposible que supieras apreciarla.

Weasley estaba tan rojo como su pelo y boqueó varias veces antes de encontrar las palabras que quería decir.

—¿Ah, sí? ¿Y se supone que tú, exmortífago, vas a ser mucho mejor que yo? Que tengas más dinero no significa…

Draco se giró para mirar el partido que se desarrollaba frente a ellos y chasqueó la lengua. Le dedicó al otro mago una mirada condescendiente.

—Con cada frase que sale de tu boca consigues insultar a Hermione de una manera diferente. ¿Tan superficial la crees? —Aunque sí que debía reconocerle que su trato estaba basado en gran parte por el dinero—. Mira, Ronald, yo no tuve la culpa de que tú la cagaras, pero pienso aprovechar la oportunidad mientras dure. La haré todo lo feliz que ella me permita. —Podría haberse marchado de allí y haber terminado la conversación en ese punto, pero había algo dentro que le susurraba que sería muy divertido empujar a Ronald a su límite—: No será muy difícil después de haber estado contigo.

Vale, mientras Weasley lo lanzaba por los aires y su cuerpo impactaba contra el suelo con un golpe seco, Draco admitió para sus adentros que se había ganado el ataque con esa última frase, pero sus viejos hábitos a veces volvían, sobre todo cuando discutía con alguien que era tan fácil de hacer enfadar.

Varias personas exclamaron al mismo tiempo el nombre de Ron, la mayoría con tono de enfado. Draco se incorporó con expresión de dolor; había aterrizado con las manos para no darse de cabeza contra el suelo. Se maldijo internamente por no haber caído de manera más grácil teniendo en cuenta su entrenamiento de Auror, pero en su defensa diría que no esperaba que ser atacado por la espalda.

Antes de que pudiera levantarse Hermione ya estaba arrodillada junto a él examinando sus heridas.

—No es nada —aseguró Draco—, un par de rasguños.

La bruja lo ignoró mientras movía su mano derecha con cuidado para evaluar el daño. Cuando comprobó que no era nada grave, se giró hacia Ron, que estaba siendo amonestado por la mitad de su familia al mismo tiempo. Draco solo podía ver los rizos de la bruja, pero ojalá fuera una mirada de odio.

—Discúlpame, tengo que cometer un asesinato —le dijo antes de incorporarse.

Draco la habría besado en ese mismo momento.


Hermione seguía sin poder creer que Ron hubiera sido tan estúpido.

Imbécil.

Niñato.

Y tenía mil apelativos más para él, pero estaba resuelta a no dedicarle ni un segundo más de su tiempo. Ya se había quedado a gusto con todo lo que le había dicho y había disfrutado especialmente cuando le había espetado que su hija no merecía tener a un padre incapaz de comportarse como un adulto.

Cuando volvieron a su apartamento, la bruja se dio cuenta de que estaba tan cansada como si hubiera estado jugando al quidditch ella también. Fue a la cocina a por un vaso de agua, pero cuando Draco la siguió, le ofreció el primer vaso a él.

—¿Seguro que estás bien? —le preguntó por enésima vez. No podía evitar sentirse culpable.

Draco levantó ambas manos para demostrarle que las heridas habían desaparecido por completo.

—Solo en mi orgullo —dijo en tono teatral.

Hermione dejó el vaso sobre la encimera y se apoyó sobre esta. Cerró los ojos e inspiró profundamente.

—Es increíble. Han pasado varios meses y sigue encontrando maneras de…

La mano de Draco en su hombro hizo que detuviera el hilo nada agradable de sus pensamientos. Sintió la calidez de su tacto a través de la ropa y sonrió sin proponérselo.

—Weasley tiene el talento de ser increíblemente molesto, por decirlo suavemente. No te martirices.

Sus ojos estaban clavados en ella y Hermione encontró tanta compasión y tanto sentimiento que contuvo la respiración. Parpadeó varias veces para deshacerse del encanto y se incorporó.

—¿Qué le has dicho para que se pusiera así? —preguntó, mordiéndose el labio inferior.

Draco observó el gesto antes de mirar al frente y encogerse de hombros.

—Nada especial: solo le he recordado lo gilipollas que fue cuando perdió su oportunidad contigo y que yo no estaba dispuesto a hacer lo mismo y pensaba encargarme de que fueras feliz.

Oír esas afirmaciones salir de su boca con tanta tranquilidad hacían que el estómago de Hermione se contrajera con un sentimiento que había experimentado varias veces, pero al que no le había dado importancia por obstinación o por miedo.

Anhelo.

Antes de que tuviera tiempo de meditar su siguiente movimiento, tiró del cuello de la camisa de Draco, se puso de puntillas y lo besó.