2. TEMPORADA DE BRUJAS

A todo esto, ¿qué era lo que hacíamos? Bueno, ese es un secretito nuestro. Solo diré que Hermione era el cerebro de la operación, era la lista del grupo, a veces alguno de nosotros actuaba por cuenta propia y la pifiaba y entonces Hermione montaba en cólera y había que pedir disculpas. Fue extraño, pero imperceptiblemente el velo del liderazgo se fue pasando a sus hombros. Hermione, maldita perra codiciosa, ella no aceptaba pérdidas de ningún tipo, podía llegar ponerse muy espesa, y como te maldiga, uf, a ver dónde encuentras un mago lo suficientemente hábil para separar tus muñecas de tus tobillos. Era una perra muy codiciosa, sí, pero una perra muy perfeccionista, y por eso creo que nunca se divirtió de verdad.

—Bueno, muchachos, como siempre, un gusto hacer negocios con ustedes —el profesor Lupin cogía sus ganancias y se desaparecía.

Se había vuelto muy estricto con el lugar y la hora de los encuentros, de ninguna manera podía permitir que nos vieran juntos, que nos relacionasen, nada.

—Nadie los siguió, ¿verdad? —solía pararse junto a la pared, para que no lo pudieran ver por la ventana, y espiaba un poco por las persianas.

—Nadies nos siguió —le dije, tirándome al sillón.

—Nadie, imbécil, se dice nadie, no nadies —me corrigió Hermione. Dios, qué pesada que es.

—¿Qué es esa mierda que traes puesta? —una vez Lupin lo vio a Goyle entrar con una chaqueta de cuero nueva, Versace, con mancuernas doradas.

—Una chaqueta. La compré ayer.

—La compré ayer —lo parodió—, ¿y no tenían para hombres? ¿Por qué traes eso?

—Es bonita.

—Sí, es bonita, maldito infeliz. ¡Les dije a todos que no compraran nada costoso hasta que pasase un tiempo! Acabamos de hacer el golpe más grande, y sales y te compras una maldita chaqueta, ¿qué vas a decir, que rompiste tu chanchito, cerdo?

—Bueno... ¿Por qué no?

—¿Me estás retando, maldito?

—Bueno, es solo una chaqueta.

—¿Qué dijiste, imbécil? ¿Me tratas de estúpido? ¿Tratas de decir que soy un estúpido, verdad? Maldito gordo retrasado, voy a hacerte un cruciatus en el culo, a ver si así me escuchas una sola vez en tu inútil vida, maldición, con un demonio...

Estaba realmente molesto. Goyle solo había comprado una chaqueta, ¿qué con eso? Ni siquiera era Versace auténtica. Realmente no quería problemas con el Ministerio, las cosas como son, pero qué quería, él era el que más atención atraía siendo un maldito Hombre Lobo medicado y siempre con la botellita a la mano, parecía de esos loquitos que pasean por las plazas de los Muggles. Pero luego nos dejó bien en claro que si nos atrapaban, que no contásemos con él, él iría por su cuenta, que no conocería a nadie, y si era necesario, nos delataría a todos. Muy agradable el tipo, ¿no? Gracias por eso, por cierto, profesor Pendejo.

Siempre nos advirtió que no lo jodiéramos.

Joder, ya se podía relajar un poco, ¿no?

Pero nunca se relajaba.

—¿Qué es eso? —señaló en los pies de Crabbe.

—¿Qué? —levantó las patas.

—Eso, esa mierda que traes puesta, ¿qué son esa porquería?

—Zapatillas nuevas.

—Ah, zapatillas nuevas, ¿tienes aserrín en el cerebro, maldito imbécil?

En ese momento Cho colocó su manita en mi muñeca, ocultando con la manga el reloj bañado en oro que traía. Y con un deslizamiento sutil, este desapareció. Tendrías que tener una nariz muy aguda para captar la imperceptible subida de partículas Flug en el aire, y no conozco a ningún cabrón tan hábil. Quizás Umbridge, pero estaba como a 1000 kilómetros de distancia, de licencia en Rumania, y que yo sepa no tiene tan buena nariz. Sinceramente, creo que Lupin exageraba. ¿Qué hacía ese imbécil con todo el dinero que ganaba? No era poco, pero siempre iba austero, con zapatos destartalados. Era bueno haciendo lo suyo, o eso parecía, siempre decía que nos enseñaría los trucos del último nivel, pero pura verga, siempre encontraba una excusa, siempre estaba nervioso y sudaba. Y por algún motivo congenió muy bien con Granger. ¿Les había dicho ya que era una chupamedia profesional? Todos la adoraban por sus hoyuelos y sus ricitos, maldita farsante, ¿por qué Lupin nunca le gritaba a ella? Se hizo un cambio de look bastante llamativo, el que les mostré al principio, pero solo recibió cumplidos, condenada sobona.

—¿Crees que se la estará tirando? —algunas veces Lupin y Hermione se iban juntos, por actividades "extracurriculares". Joder, ya me podrían dar un puto diploma extra por todas estas "actividades extracurriculares". Pero yo sabía que Lupin era maricón, y Hermione una maldita lesbiana.

—No me importa...

Bien, no era exactamente así como le hubiera gustado a mi padre que trabajase el grupo, pero qué más da, necesitábamos al hombre y hacíamos dinero todas las semanas. Como dije, estaba dispuesto a aguantar un par de sermones, fueran de mi padre o de este infeliz o de la pendeja de Hermione, con tal de ir creciendo, lento pero seguro como el caracolito de esa canción.

Había que conocer muy bien la región.

No meterse con los Mortífagos del Norte era norma, uno nunca sabe las que se cuecen en esos callejones oscuros, donde el aroma aún putrefacto de las pociones agarra la punta de tu nariz como un gancho el labio de un pez, y te llevan colgadito por los espirales púrpuras de la perdición, los sueños más perdidos forjados en la magia más oscura. Luego había que cuidarse de los estúpidos vampiros nihilistas del lado Este. Eran como unas ratas, ratas afeminadas llenas de rímel, siempre estaban chupándose el cuerpo entre ellos, e iban y venían del Banco de Sangre porque eran dueños de los Hospitales ahora y eran como veganos o una mierda de esas, muy espiritualistas a decir verdad. Yo odiaba sus fiestas, ponían bandas de maricones pintaditos, como el sidoso de Marilyn Manson, ¿dónde quedaba el buen rock underground británico?

El mayor problema eran los Aurores, enserio. Solo puedes hacer esto un par de veces antes de que empiecen a sospechar, y cuidado, porque si descubren un patrón, caíste. Adivinarán tu próximo movimiento e irás directo a pisar la trampa y pa, un dementor te chupa el alma. Por eso siempre hay que refrescar la estrategia, explorar nuevos puntos, y nunca abusar. La magia se olfatea. Y lo último que quieres es que los malditos de seguridad te estén oliendo el culo en busca de trucos. Y aunque no te encuentren nada, pueden simplemente prohibirte entrar si es que ganas demasiado, así que mejor no excederse. Sí, el mundo es injusto, pero el Mundo Mágico es brillantemente esperanzador, como para equilibrar la balanza, solo hay que saber agitar la varita.

Pero al final, como decía, el mayor enemigo es uno mismo. La codicia que cargamos en el corazón, (y muchas veces en las tripas o más abajo) nos termina pasando factura, tarde o temprano; yo no lo creía, decía, yo soy diferente, a mí esa mierda no me va a pasar, ya verán, me recordarán. Mentira, pura mentira. No recuerdo a nadie, a nadie les digo, yo incluido, que haya conocido el trabajo y que no sea siquiera un poco codicioso, y que más encima no haya tenido que pagar por eso alguna vez. Y uno siempre dice, ya aprendí la lección, ya no más codicia, solo lo necesario, y va y ahí está, ganando 30 000 por noche. Es que no aprendemos, nos pegan demasiado.

Pero en esos momentos era un tema que creíamos poder controlar, podíamos coger al pequeño desgraciado y encerrarlo en la fría jaula del raciocinio. Joder, sáquense la mierda que traen en el cráneo y métanse esto: Nosotros no llegamos a la cima de la cadena evolutiva matando y cogiéndonos todo lo que veíamos, usamos el puto cerebro. A veces. Al punto: que íbamos cuesta arriba, y me la pasaba todo el día silbando esa canción, ya saben cuál.

Así que al final de una semana bien ganada, nos juntábamos y poníamos alguna película rara. Es el mejor ruido de fondo para entrar en sinfonía.

—Sintonía, Cedric, vamos, no es tan difícil...

—Sí, me imagino...

Entonces los Weasley traían la magia. Era una fórmula modificada del Euphoria Elixir, a la que agregábamos unas hojas de Alihotsy. La perra de Hermione decía que lo que cocinábamos en nuestros calderos era basura, y que con ella por aquí ya no cocinaríamos basura, sino piezas de arte, magia de verdad, magia mágica. Que la jodan, nuestra basura era la mejor. Eso sí, ella no consumía, se contentaba con algunas latas de cerveza de mantequilla con resina de sauces muertos de amor, ulala, señorita refinada. Ya luego nos veía desde su esquina, sin idea de lo que se perdía. Levitar por dentro, como elevarse hasta una estratósfera hecha de los más sublimes vapores, pero sin moverte de tu sitio, sentías cómo si tu cerebro lo metieran a un horno lleno de las sazones más exóticas de la cocina del mundo mundial. Algunos me contaron que llegaron a sentir cómo se derretían sus extremidades, cómo sus dedos se hacían de gelatina dulce, y sentían cómo se fundían con la terrenalidad.

Invitábamos a otros muchachos, pero solo gente de confianza, y aun así, nunca les revelábamos más de la cuenta, aunque al principio preguntaban de dónde tanta prosperidad, ¿qué, eres un puto Auror, me vas a investigar por irme bien, ya no se me permite nada en este puto país? Con el tiempo, aprendieron simplemente a gozar de nuestra amabilidad y no ser unas putas ladillas.

Quizás algún día les chorrearía alguito de nuestra magia. Y a nosotros siempre nos gustaba tenerlos cerca, saben, aunque en su puta vida lo admitirían, era una forma de seguir sintiéndose parte de Hogwarts, porque te contaban cómo iba todo, qué chupamedia se había convertido en Prefecto, si la clase de Defensa seguía maldita y esas cosas, y como que te contagiaban con su puta inocencia, era como verse en un espejo curvado y extrañabas esos pasillos, quieras que no, extrañabas ese descubrimiento, las escapadas nocturnas, acampar en el Bosque Prohibido, echar un polvo en un armario de escobas encantadas, y a cambio le legábamos algunos secretos así que volvían a la escuela hechos unos chuchas, se las sabían todas, los pasillos secretos, cuántas gotas de dormina ponerle al gnomo, qué y cómo ofrecerle a Hagrid para que les mostrase su jardín secreto (le gustan particularmente las de Cuarto Año) y con cuántas jarras se duerme el pendejo para que se deje de chingar. Claro que hay cosas que es mejor no decirles, porque ya saben, luego siempre andan fanfarroneando y así ningún secreto dura, como cuando les dijimos que si pones algo de incienso de oliva en el Baño de Chicas del Primer Piso Myrtle se pone como muy cachonda y te hace una mamada extra-terrenal, enserio, lo deja todo lleno de ectoplasma o algo así y si dejas corriendo el agua caliente ya no es Myrtle la Llorona sino Myrtle la Chillona, así que cuando se enteraron como peregrinos iban al baño de chicas y ahí los veías, verdaderas filas y filas como si regalaran pan. Era un verdadero festival de la mamada. Cuando las chicas se enteraron se pusieron como unas fieras, y exigieron que esa fantasma prostituta fuese exorcizada.

—Odio los putos Rolex, basura de Muggles —Cho Chang solía ponerse agresiva con el alcohol, una chinita de metro y medio, les sorprendería saber a cuántos derribó.

—Oye, Cedric —se sentó Seamus—, estaba en el baño y se apareció un viejo en el espejo, ¿es alguien conocido o...?

—Ah, es el abuelo Diggory. Es un viejo loco, no le hagan caso.

—Ah, menos mal, por poco me preocupé, ya sabes, no sería bueno que un viejo desconocido estuviera viviendo en tus espejos...

—No se preocupen. Eso sí, chicas, cuando vayan a usar el baño, cuelguen una toalla, el viejo es un poco fisgón...

Nos ahogamos en nuestras bailantes risas, a mandíbula suelta todavía más cuando Goyle se levantó solo para azotar como una res, lo digo enserio, como un tronco, tieso y recto, haciendo añicos la mesa de cristal. Sí, era hilarante, ese Goyle, maldito, siempre sabía cómo hacernos reír. Entonces empecé a escuchar risas macabras pero así como escondidas detrás de mi oreja y pucha qué miedo, con los muertos no se jode, ya me habían dicho, pero ¿y con los demonios? Ellos viven para la jodienda. No me había dado cuenta hasta entonces, pero con las películas corriendo, los libros abiertos en conjuros avanzaos, magos que sudaban hormonas, alguna fornicación oculta, olores confusos, habíamos invocado entre todos un demonio sin querer pero un poco queriendo también.

Así que decidimos salir un rato, estirar las piernas, respirar. Qué demonios, tomamos las escobas y cabalgamos como la puta gendarmería imperial cortando cabezas. Nos deleitamos con las vistas a lo ancho de la bahía, salpicada de luces doradas, cuan largos eran los contenidos gemidos de las sirenas, con los elfos trabajando en los campanarios góticos y los jodidos duendes robándote el espíritu a pedazos en el banco, la vida iba un poco resuelta por sí sola, se desenredaba la madeja de la existencia como por una inercia universal, el mundo estaba allí, joder, allí para que lo tomáramos, pero los magos de ahora están acobardados, vivimos como ratas ocultándonos de inferiores. Qué tiempos, qué tiempos, joder.

Y así que íbamos y jodíamos a unos cuantos Muggles, bastardos bonachones, inconscientes. Cosas leves, claro, apagar el auto de alguien que llega tarde a una cena, romper las bolsas del mercado, atrapar en un bucle infinito a los que usaban las puertas giratorias. Los pobres diablos nunca sabían qué los había golpeado, y nos cuidábamos muy bien de cualquier exceso, ya había habido muchas amenazas ese año, algunas enfrentamientos callejeros entre pandillas de magos habían quedado registrados en cámara, saben, y había que poner muchas excusas con el Ministerio Muggle, borrar muchas memorias, inventar que en realidad usaban fuegos artificiales, muchas cartas parlanchinas yendo y viniendo, escupiendo sobre el deber y la moral, hipócritas, si son tan listos pues que demuestren algo, imbéciles.

—Esa es una maldita porquería, una real basura, ¿sabes por qué? ¿Sabes por qué no pueden dejar de darnos por el culo mientras se hunde este barco de mierda? Porque el puto Ministerio de Magia es una porquería, y lo es porque está lleno de putos izquierdistas, una bola de marxistas culturales de mierda que ni tienen ni puta idea de cómo va el mundo, joder...

—¿Ginny? —George reconoció a la muchachita liviana con su vestido negro pintarrajeado, en medio de un grupo de chicos—, ¡Ginny, ¿qué diablos estás haciendo?!

—¿Qué te parece que hago? Vivo mi vida, imbécil —eso fue lo que les respondió.

Claro, estaríamos tranquilos si al menos no fueran unos peleles desesperados por chupar su vagina. Supongo que debo entenderlos. Ginny fue la primera Weasley en entrar a Slytherin, ya era Prefecta, era alta y pálida, pelirroja y pecosa, y por sobre todo era una furibunda lectora del Diario de Riddle; enserio, se pasaba noches y noches conversando con ese puto libro y quién sabe cómo le habrá lavado el cerebro, pero salía convertida en una proto mortífaga de cuidado, y desde sus últimos años se le auguraba un futuro zorrón, cuando organizaba a las chicas para escaparse al bosque a realizar rituales con ofrendas de ciruelas y frutos rojos, fumar basuras naturalistas, bailar desnudas y bañarse en sangre de cabritos, atrayendo centauros excitados de los que ordeñaban su néctar, todo para que hiciese acto de aparición el Señor de la Oscuridad, para que se dignase a preñar a esas brujas facilonas. Cuando sus hermanos la descubrieron le cantaron las cuarenta, ¿qué se creía? ¿Acaso cree que todavía vivimos en chozas de paja y pedimos buena cosecha a cambio de la virginidad de nuestras hijas? Joder, que esas cosas se hacían en el pasado por necesidad, no por puterío o aburrimiento, como ellas alegaban.

—Ósea que ustedes sí pueden cogerse a la fantasma esa del segundo piso pero nosotras no podemos honrar a nuestros antepasados —esa Ginny también dirigía el club de debate.

—Vete a la mierda —repetía varias veces Fred.

Pero el Señor no llegó, no, ese pendejo llevaba un buen rato de parranda Los Ángeles, y en su lugar había dejado a una chiquilla bajita, catira y remilgosa, y cuando vieron eso curiosamente ya ningún chico se opuso al ritual.

—Sí... Esos putos mestizos progresistas —decía Crabbe—, ¿cómo tu hermana puede salir con uno de esos? Dios... Deberíamos matarlos.

—... Sí... —era extraño, pero me sentía tranquilo hablando así, escuchando todo eso, me sentía ligero, suave, como descompuesto en el éter, diluyéndome en el caldo primordial, célula a célula... Yo solo hablaba y hablaba, y oía y oía, y reíamos y reíamos, ni siquiera sabía si íbamos enserio, las ideas solo fluían, y entramos a 3, ¡3 tiendas! Y en todas nos atendió un indio, ¡un indio! O un hindú, como mierda sea, y dos se llamaban Jamal (el otro era Anwar), tenía que ser una broma, nos está invadiendo, ya lo digo, una jodida invasión. Malditos latinos, malditos árabes, malditos negros. Vienen aquí y piden trabajos y esperan que se los den como si les debiéramos algo. Se tiran en sus mugrosas camas, mientras sus gordas mujeres se prostituyen en la calle ofreciéndonos sus asquerosas vaginas, y viven chupando de los sistemas sociales como malditas garrapatas. Métanse algo en la cabeza, imbéciles mantenidos, nosotros no conquistamos el mundo y estuvimos a la cabeza de los más grandes avances porque hayamos sido "malvados", sino porque éramos los mejores, los más inteligentes, los más preparados, éramos y somos el epítome de la jodida evolución humana, ¡ven y psicoanaliza mi pene, Darwin!