4. MUJER MAGIA NEGRA

La puerta era más pesada de lo que parecía, e hizo un gruñido grueso cuando se arrastró por el mugroso suelo. Unos ojos rasgados y opiáceos nos vigilaron al cruzar el umbral de madera desconocida. Desde las mesas nos observaban oscurecidos trajes, harapos negros y ceñidas correas que sujetaban a hombres de rostro marcados, dientes expuestos y huesos que atravesaban una carne putrefacta que era bombardeada por unas moscas de mierda. Me llamó mucho la atención la cabeza de cerdo sobre la mesa, con el hocico todavía abierto, y los ojos lechosos.

—Idiotas —arriba estaba Malfoy, asomando por un balcón dorado, y nos llamaba señalándonos la escalera espiraladas como las intenciones y consciencias que pueblan estos bares—. Suban, rápido.

Creo que Hermione no pasaba tan desapercibido como quisiéramos. He oído que algunos Mortífagos están especializadas en descubrir Sangres Sucias, los encuentran con el olfato. O quizás se fijaban en la carne tierna que atravesaba sus chillantes pisos.

Arriba nos esperaba, en una mesa circular, Malfoy y Parkinson. Han parado juntos desde que ingresaron, si no fuera porque nunca lo han confirmado diría que son pareja, pero no me arriesgaría a tanto. Eran lúgubres, y ella tenía una mirada espectral, disparada desde una piel pálida como una luna desgastada por las noches, y sentía que se adentraba en mi alma a través de ese cabello corto y nocturno que le caía a los costados, como un casco de jinete. Malfoy se veía algo más demacrado en persona, pero en general saludable, diría yo, no sé, no soy un médico. Eso sí, ambos eran muy delgados, ahora lo recuerdo, y en ese entonces no me llamó la atención.

—¿No podías haber escogido otro lugar que no fuera Borgin y Burkes?

—Es un callejón seguro —levantó los brazos Malfoy, como orgulloso.

—Seguro para Mortífagos —dijo uno de los Weasley.

—¿Algo mejor para alejar a los Aurores? —sonrió.

—¿Algo mejor para que nos maten? —Hermione fue la primera en sentarse.

—... ¿Qué hace aquí la Sangre Sucia? —inclinó la cabeza para decirlo.

—Malfoy... —atiné a levantarle las palmas.

—No confío en ninguno de estos tontos para administrar mis negocios —declaró Hermione—, conversarás conmigo. Luego no nos veremos, Draco.

Draco, qué nombre, escuchó atento, y terminó por sonreír, pero en un tono como distinto, menos discordante, más satisfactorio. Se reclinó, cómodamente.

—... Bien. Acepto. La discusión será corta, de hecho ya terminó. Trato hecho.

—Háblanos de la supuesta vía de escape —casi ordenó Hermione.

Malfoy sonrió, y le dio una palmada en el muslo a Parkinson. Ella se levantó y caminó, con un bamboleo suave, cercano al mareo farmacéutico, hasta la esquina del salón, donde solo esperaba un espacio vacío. Pero ella igualmente tomó y haló, y cayó una manta, y reveló detrás un armario alto, metálico y anguloso.

—Hermoso, ¿no? —Malfoy parecía realmente emocionado.

—Sí, hermoso... —habló Goyle—, ¿qué es?

—Es un armario evanescente —sabía Hermione, siempre lo sabe todo, ¿por qué siempre lo sabe todo?

—Pensaba que el Ministerio los había destruido después de la última guerra —comenté, que no soy un puto ignorante, ya los vi.

—Eso les hubiera gustado mucho. Mi padre dice que al Ministerio le gusta alardear especialmente de las cosas que no ha hecho.

—Puto Ministerio... —Parkinson habló, con una voz débil que se deslizaba por el ambiente como silbando—. Debería volar por los aires.

—Sí, debería... —secundó Malfoy solo por decir, creo, creía—, este armario es su vía de escape, o mejor dicho, de salida... Y está oculto por una capa de invisibilidad.

—Una falsificación —dijo Hermione—, y una muy mediocre, si me permites. Es fácil crear un manto de invisibilidad, usando pelo de Demiguise o un mediano encantamiento desilusionador. Sirve por un tiempo, pero va perdiendo su efecto, por lo que hay que renovarla. Yo puedo hacerlo, y con una eficacia del 99,1%, lo que nos dará mayor ventaja... ¿Qué? Hasta un niño de segundo podría darse cuenta.

—... Brillante, Granger —terminó por reconocer Malfoy, y se reclinó con mala cara, mirando a los Weasley, a Crabbe, a Goyle y a mí—... ¿no les da vergüenza? Que una Sangre Sucia los supere.

Hermione mantuvo su mirada, pesada y fría como un iceberg.

—¿A dónde lleva el armario? —Pregunté para romper el tenso ambiente que se arremolinaba sobre nuestras cabezas—, ¿dónde está su hermano?

—¿Por qué no lo averiguamos? —Malfoy se relajó, pero no perdió su desafío.

—Ja... —Hermione disimuló una risa prófuga, y entonó la garganta—. Los armarios evanescentes son muy caprichosos y temperamentales. Puedes ir y volver completo, o bien partido en un millón de pedazos. O incluso... Nunca volver.

Le sostiene la mirada. Malfoy sonríe.

—... ¿Y por qué no lo pruebas? —la tienta. Hermione le inclina el rostro.

—Los Armarios respetan a los buenos magos. No los juzgan por su sangre —y diciendo eso, se puso de pie y caminó hacia el armario, para seguidamente abrirlo.

—El conjuro es...

—Armonía Nectere Pasus, "obviamente" —y se metió. No sé si habrá alcanzado a escuchar a Malfoy replicando: claro, tú eres la lista.

Tras unos segundos de silencio, Goyle se acercó a abrir el armario, y todos nos encontramos ahora con el vacío de su interior.

—Bien... Andando —ordenó Malfoy casi con un brinco, observó una jarra sostenida en la barandilla, y con una inocencia perversa la empujó con la punta de los dedos. El estallido del cristal llegó hasta nosotros, y los Weasley se asomaron. Era un tipo llamado Greyback, y tenía cara de perro rabioso y como muchas ganas de matarnos. Cogió al primer tipo que encontró y le arrancó la oreja con los colmillos, ¡le arrancó la oreja! Todo el bar se hizo un desastre entonces, y nosotros nos metimos como pudimos al armario y llegamos a sal otro lado.

Les describiría cómo se siente el viaje a través del armario, pero es casi igual que cuando uno se aparece pero sin hacerse un revoltijo. Era la casa de Malfoy, creo que olvidé mencionarlo, la casa otoñal, para ser más precisos. Una mansión espaciosa y vieja, de maderas oscurecidas y cuyos pasillos oblongados hacía circular las voces eternamente. Por la ventana se extendía la panorámica de un campo de trigales mecidos por el cálido viento del sur y la sala apestaba sutilmente a coñac escoces. Hermione ya se encontraba revisando un viejo librero, enserio, esas cosas tienen como un imán de Hermione, entienden lo que digo, ¿no?

—¿Y no hay problema con usar este lugar? —le pregunté.

—No... Solo el abuelo Malfoy vive aquí —y nos señaló hacia la cúspide de las escaleras reales, desde donde bajaba un anciano petrificado en una mecedora hechizada para deslizarse por el pasamano—, mírenlo, no puede hacer nada...

Malfoy se acercó y apartó al amargado y encorvado elfo que le daba la sopa. El anciano movió los ojos, dos esferas teñidas por completo de gris.

—Draco, maldito mocoso, no hagas idioteces... —balbuceó con su único diente.

—Viejo loco —Malfoy se rio dándole unas palmadas más fuerte de la cuenta—, Eridión, encárgate... —el elfo se incorporó, lleno de crepitares, y arrastró sus patitas hasta alcanzar al anciano...

—Vamos arriba —nos señaló.

Subimos hasta un estudio astronómico en su tercer piso, que se cerraba a dos puertas y con diseños en bronce de unas gárgolas bien feas.

—Vaya, tienes un pensadero —George se aproximó a la fuente en una esquina—, cielos, estas cosas son genial, puedes almacenar cientos de años de historia.

—Sí, creo que tiene como la historia de todas las generaciones Malfoy o algo así —Malfoy se arrojó sobre un sofá de terciopelo carmesí, haciendo saltar el polvo—, coff, coff... Bueno, ¿por qué no me muestran cómo hacen la magia?

Así fue como comenzó una bonita relación. No era como un romance, nada tan patético, se parecía más a una simbiosis enfermiza, como un parasitismo mutuo del cual todos salíamos beneficiados. La vieja casa de los Malfoy se convirtió de facto en nuestro cuartel general, íbamos y veníamos cada vez con más confianza, y ahora apenas veíamos el Salón de Menesteres. No nos gustaba claro el barrio Mortífago, pero como que fuimos ganándonos un prestigio allí, el portero nos reconocía y nos saludaba, nosotros le preguntábamos por su señora y él decía que esperaba una nueva cría, lo felicitábamos y le invitábamos un trago. Acababa hecho mierda muy temprano. Con el tiempo, reconstruimos nuestra red de contactos y expandimos nuestras fronteras. Estábamos en la cúspide de nuestras posibilidades mucho más rápido de lo que imaginamos, y pronto el flujo de oro empezó a engordar. Era tanto dinero que no sabíamos cómo gastarlo, y había que tomar muchas precauciones.

—¿Lo consiguieron? —los vi llegar a los Weasley. Arrojaron el pergamino sobre la mesa. Lo abrí y estaba en blanco—, ¿qué pedo? —George sacó la varita e hincó la punta entre los pliegos.

—Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas —y con tal santo y seña se esparció por el pergamino una tinta negra que se fue configurando en complejos laberintos. Una leyenda coronaba el mapa: Los señores Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta se complacen en presentar el Mapa del Merodeador.

—¿Todo Hogwarts? —pregunté.

—Y alrededores.

Al cabo de un par de meses, habíamos vaciado cada lugar al que llegábamos. Empezaban a reconocernos, y tuvimos que empezar a disfrazarnos, entintarnos el cabello, usar lentillas, y hasta beber esa asquerosa poción multijugos, Hermione sabía hacerla muy bien, recogíamos cabellos en los hoteles, ¿en quién nos convertíamos? En realidad no importaba, siempre que no nos lo encontráramos en plena actividad, eso siempre era incómodo, y difícil de explicar. Así seguimos burlando a la seguridad por un tiempo más, el necesario. Hasta que, por fin, me fui de la casa de mi padre.

Pero lo mejor eran las fiestas. Ahí nos poníamos demasiado locos. La que hicieron por mi cumpleaños fue épica. Esta vez los Weasley trajeron una planta llamada Burundanga. Era de Sudamérica, y le llamaban "El Respiro del Diablo". Hasta que hicieron algo bien esos sudacas. Tan solo respirar los vapores que generaba la infusión te mandaba a volar. No teníamos problemas cardiacos, por suerte, porque si no, caeríamos fulminados con el primer sorbo. Sentías que te hacía efervescencia la sangre del cerebro, las burbujas escapaban por tus oídos, y tu piel exudaba unos rumores exquisitos que te dejaban escarapelado e inocente, todo liviano, tibio y sumiso, capaz de atravesar paredes y ver el futuro al menos por un segundo, como si el mundo fuera a trompicones, mal sincronizado.

Y como a esas horas Crabbe y Goyle se ponían a pelearse, y nosotros los animábamos, porque éramos muy buenas personas, ya saben, al principio estaban medio tímidos, estiraban nada más la pata como putas gatas.

—Ah, ya bésense putos, ¿qué mierda están haciendo?

Ahora, quién mierda lo habrá dicho, ya ni los diferenciaba: la verdad a veces los imaginaba como un espejo móvil, capturado-captor, intercambiados siempre solo por joder, como si siempre estuvieran haciendo aparición. Sí, un perfecto par de idénticos pendejos que compartían la novia. ¿Cuántos tríos? Ni idea. Encontrarse atrapada entre esos reflejos vivos, imagínense, no puede ser peor que la especulación del reflejo, digo por decir, esa noche transpirábamos entre desconocidos.

Uf, quisiera poder verle la panocha a Hermione, cielos, es un pimpollo, para qué voy a mentir, todos lo pensaban, pero qué diablos, las fiestas eran para divertirse, no para estocarse, hundidos en el fango de tu morbosidad, y tal vez se lo tomaran a mal, deslizarse, respirar, pero qué se yo, no era precisamente malo.

—Yo nunca he sido malo, saben. Nunca

Nada. Hasta me consideraba un vegetariano espiritual, aunque un poco incendiario de biblioteca, pero nada que hiciera rabiar a ese dios oscuro que nos bailaba por dentro. Así que nos poníamos a bailar y Mickey Roddy estaba en todo lo alto de su swing y sus notas como que estiraban la ontología del mundo, y la realidad parecía una entelequia autoritaria, demasiado obsesionada con que la desafiara.

—¿Y qué podía hacer? Tenía que desafiarla.

—Cedric, a veces hablas mierda.

—Es que he leído demasiado. Solo me echaré y tal vez escuche un poco la música celestial, hablo de Steve Blandee.

Y la habitación se reclinaba de costado y todo se iba al traste. Pero siempre había pulso, buen pulso para el trago, y nunca era tarde para el ron, pero no el estúpido hermano de los Weasley, hablo del de verdad, el que sí tiene nota, con limón y su sal minada. Tal vez sea cierto, hablo demasiada mierda de ebrio, y sobrio, uf, si me vieran.

—... ¿Podría haber algo más oscuro?

Podría, un beso negro, tantos pasillos y solo uno por el que deslizarse.

—El secreto es el polvo de fénix.

Eso era una reverenda porquería. Tomaban un gargajo con la varita y se daban el pinchazo en la vena gruesa del brazo y era el no va más. La gente se ponía hasta arriba con eso, golpeaban el techo como putos globos con helio. Y yo me reía, hundido en mi mierda. Ese puto de Armstrong, ¿cómo lo hará? Entonces Cho me tomaba de la mano y yo era suyo como no soy de nadie o como nadie es mío porque todavía no me han clavado a la cruz, joder, puta reina, cuerpo menudito, cachetes levantados, todos, cabello como un velo de nocturnidad cósmica, qué cursi soy a veces, ella se pierde en las sombras, sus ojos atraviesan mis entrañas y me pica el bajo-vientre y así estamos, como danzando, sin querer llorar, en la profundidad de una inmundicia de sábanas.

Y los golpes como estruendo me levantan. Me la guardo y voy a abrir. Por la puta, Cho está afuera. Amanda se revuelve, qué quieren, quién es, que se vayan, no hay servicio, está cerrado hasta mañana, y yo por la puta, y ella que sal, quiero hablar y yo que cierro tras de mí. Estoy tan seguro que lo ha visto, y si no, el olor llega, cómo llega, como mejunje de dioses. Y yo soy bien transcendental, pero me gustan un par de cosas por ahí bien mundanas en estos espacios terrenales, como el amor sincerito, o solo pasar un buen rato con alguien a quien también le llegue al pincho entonces, ¿por qué no entienden eso?

—Cedric Alexander, ¿qué mierda crees que haces?

Eso entendí entre los chorros de verbos y adjetivos. Cuántos insultos a mi virilidad. La tomé del brazo y la abracé pero se me escurrió e hizo pucherito así que la llevé hacia la sala de nuevo, y ahí se las dejé, que la vieran, que no estaba bien. ¿Cómo me piden hacer esas cosas? No sé. Algunas lloran cuando no se controlan, otras se ponen violentas. ¿Me tenía que cruzar con las dos? Ya veremos, pero yo vi al regresar que ella ya se iba y me dejaba con las bolas frías y de nuevo Cho detrás de mí y ya está, sabes qué, si quieres entrar, entra.

No se confundan, yo no pido nada, nunca pido nada por ver cómo me lamen el culo.

Dios, ¿por qué las mujeres me hinchan tanto en mi vida?

Malditas sincréticas.

—Ya déjate de esas mamadas del neo romanticismo, no funcionan.

Amanda era así, como un volumen desconocido de un arte oculto, escrito en una lengua muerta, encriptada, y yo soy el mago que debe descifrarla. Hay otras, como comprenderán, que son como una página en blanco, vacías, aburridas y planas. A ver qué tal...

—Seré claro. Quiero verte desnuda. Quiero recorrer, no... Quiero manosearte por todos lados, por cada recoveco que tienes. Quiero sentir la redondez de tus tetas en mis manos. Quiero... Quiero palmear esas nalgas preciosas, hacerlas sonar hasta China. Quiero ver... qué tan bien hace juego con mi verga encima de ella. Quiero que deslices tu hermoso y suave labio por mi tronco. Quiero descubrir el sabor de tu vagina, aunque sospecho que sabrá igual que otras. Ah, y quiero cabalgarte, quiero sentir tu trasero mientras lo galopo y te tomo del cabello y te arreo como a una yegua salvaje. Quiero lamer... el sudor de tu espalda... ¿Así está bien?

Amanda se rio como se ríen los ángeles al coger, y se alejó de mi lado. Creo que sigue resentida porque no le he dicho a qué me dedico con los muchachos, pero ella es vivaz y joven, joven y bella, bella e intrépida, acabaría descubriendo algo, sospechando lo mínimo, jalando del hilo de la verdad, joder, así que se vistió y se fue, mañana tenía clases, ese instituto femenino de Luna Nova.

Al despertarme me encontré a Hermione arregostada en el sofá, como un embrión, los cabellos despeinados.

Y se me ocurrió, ¿por qué no? No tendría forma de notarlo.

Encontré un cielo de hiel en el fondo de mi copa y recordamos que teníamos hambre como buenos filisteos y luego la cocina estaba un asco y apostamos para ver quién la hacía porque ya saben, esos platos y sartenes no se lavan solos, ¿entienden? Bueno, sí lo hacen, pero no me refiero a eso, alguien debe hacer el hechizo y es como mucha weba con el flim, y swchit y kaplim, y no sé.

—... ¿Qué hacen? —vi que los hermanos Wesley se habían quedado apreciando un viejo cuadro donde un oscuro mago de capa negra acariciaba un lince púrpura con unos guantes negros, probable piel de Dragón Africano. En la placa de oro desgastado se leía «Diavolo Malfoy».

—Sabes, Fred, me pregunto si el nombre los predispone al mal.

—¿Sus padres se imaginarían que serían tremendos hijos de puta?

No dije nada más. Me volví a recostar, pensando tal vez ¿cuál es la esencia de un nombre como el mío? ¿Qué te dice Cedric? ¿Qué esperar de un Cedric Alexander?

Respiré.

La cosa fue bien, hasta que un pendejo mató a Goyle.

Le dispararon un Abada Kadabra por la espalda, los muy cobardes, solo por ir por un callejón desconocido. Y así de simple, ahí lo dejaron en un rincón de orines, y eso era todo. Puff.