5. FLECHA MÁGICA
—¿Cuál de los dos era Goyle? —preguntó Hermione.
—Cielos, ni siquiera te importaban, ¿verdad? —le recrimino.
—Oye, eres más sensible de lo que me imaginaba.
—Maldición, maldita sea... —la habitación me daba vueltas, no sentía los pies estables, era como si flotara alrededor de ese planetario, buscando qué patear—. No se quedará así, nos haremos respetar...
—Tú no vas a hacer nada —era Lupin, sosteniendo su saco desde la entrada.
—Lo mataron, Remus, a uno de los nuestros.
—No seas hipócrita, apenas lo conocías —me respondió, ¿con qué derecho dice eso? No somos más que peones en su tablero—, A tu amigo lo mataron por trabajo. No fue nada personal. Se metieron donde no debieron, y así están las cosas en paz.
—¿Y entonces qué? ¿No hacemos nada?
—Seguimos trabajando... Ah, por cierto, ¿no se les olvida algo? —su sarcasmo era asqueroso. George lo miró con cierta soltura, se levantó y caminó hasta el cuadro del niño azul, que al descolgarse mostraba una caja fuerte, que una vez abierta dejaba ver numerosos lingotes dorados y torres de monedas plateadas. Tomó hasta que se le llenaron las manos y lo depositó sobre el escritorio. Lupin se acercó—, bien, pensaba que lo habían olvidado...
—No le daremos nada... —hablé. Lupin se giró en 180, como en automático.
—¿Qué dijiste?
—Ayúdenos a vengarnos —decreté—, y tendrá su dinero, como siempre.
—... ¿Eres estúpido? —Se acercó con pasos holgados, y cuando más cerca estuvo, me miró fijamente y habló—, Mira, no te estás metiendo con unos niños de un barrio bonito con ganas de romper las normas. Ellos no van a arrojar un gnomo por tu ventana a las 9 de la noche para arruinarte una cena familiar viendo los Muppets, para de allí echarse a correr. No. Estamos hablando de un gueto Mortífago. Ellos vendrán y te encontrarán, donde sea que estés, donde te escondas, eso no importa, no hay lugar que pueda darte la seguridad de pegar los ojos. Si aun cuando creas haber podido encontrar una pequeña isla de tranquilidad en ese horrible mar de miedo en el que naufragas y pataleas, ellos entrarán a las 3 de la mañana como sombras, en el momento en el que estés más vulnerable, suavemente recostado en el brazo de Morfeo, y te sacarán a rastras. Perderás toda noción del mundo que te rodea, pero no te matarán. No de inmediato. Primero te harán sufrir todo lo humana y mágicamente posible. Matarán a cada miembro de tu familia y amigo frente a ti, de las formas más lentas e irónicas posibles, y tú sentirás cada gota de dolor en tu propia carne. Para cuando terminen con todos, después de 72 horas de tortura, seguirás tú. En ese momento, si es que tu mente no se ha quebrado en mil pedazos, podrás sentir el lento y sutil, pero insoportable vértigo de la muerte apoderándose de cada centímetro de tu ser. Solo cuando vean que han arrancado hasta la más minúscula partícula de esperanza de tu alma, y lo que tengan enfrente sea un cascarón vacío, un vegetal inútil e insensible, un espejo de la sombra de lo que alguna vez fuiste, en ese entonces, y si lo consideran pertinente, te darán el dulce y liberador beso de la muerte.
—... Está exagerando...
Fue todo lo que se me ocurrió decir.
—Ya madura, Cedric —pasó el brazo sobre el dinero y lo desapareció, y después se desapareció él.
Los Wesley intentaron apoyarme, con cosas como Ánimos, viejo, salgamos de cacería, ¿no quieres que traigamos algunas chuches? Eran como un par de ladillas que taladraban mi cabeza, ¿cómo iba yo a querer salir? A no ser que fuera para buscar venganza, pero los conocía, ellos eran... Acordamos unos cuantos de jerez y así como que todos se fueron olvidando, navegando por el dulce espasmo del licor, así vimos que Malfoy se sacó el pensamiento y lo depositó en la fuente. Más tarde, más picados y prendidos, salimos a la calle, a buscar a quién molestar.
Y andábamos juntos por calles retorcidas como toboganes, apagando farolas y chispeando gatos, bajo la mirada feroz de ese hombre de mirada chueca, que abrazaba perritos y besaba bebés en campaña, pero luego arreaba a palos a los hijos de inmigrantes hacia celdas en bahías infectas y no le temblaba la mano a la hora de pulverizar los ahorros de los viejos retirados. Era un hombre intrigante e impopular, al que se le veían las ganas de ser el próximo Primer Ministro en alguna especie de futuro utópico alucinado, y cuyo puño enguantado apuntaba hacia un porvenir tan brillante que cegaba, y cualquier pasado lucía ceniciento, y hacia él desfilaban los aviones de Fuego Nórdico, con su brutal progreso y las Juventudes Blanquistas, con su maniática marcha. Fuimos arrancando cuanto afiches nos topábamos, con cuidado de no ser vistos por sus matones partidarios, pero qué carajos, me gustaría verlos intentar algo, lo que fuera, ¡por favor!
Y así bajamos hasta llegar al vendito Támesis, cuyas aguas centellaban ante nuestros ávidos ojos, nuestros ojos voraces, desesperados por mundos, y mi vértigo hacia esas aguas fue tan profundo que el corazón se me llenó de mil muchachos corriéndose por primera vez en mugrientos baños, 500 ancianos de rostros agrietados congraciándose con su último vals, y 2000 mujeres otorgando sus dones sin discriminar ni repetir, y todos los animales en su danza natural, agazapados o acechantes, curvados o crispados, a punto de lanzarse, y tan magníficas figuras se dibujaron ante mí, obras todas distintas pero iguales en su categoría demencial, labradas por el mismo artista onírico que vive en un suspiro de nuestros entrecejos, y vinieron a mí imágenes tan prístinas que de inmediato se ocultaban tras las cortinas vaporosas del éxtasis, tan preciosistas que parecían forjadas en un fuego celestial eterno, acompañadas de un digno coro de ángeles acorazados listos para la masacre y los cañonazos del recuerdo ¡sí, todo está allí, y de pronto, el fuego nos alumbra, nos sorprende, nos fascina! Un viejo montón de madera podrida y decorados mohosos, un monumento a un pasado ahora decadente, lleno de ratas y drogadictos, se viene abajo y los fuegos artificiales sobre nosotros lo inundan todo. Agitábamos nuestras varitas, como imaginarios subversivos, y la noche se llenaba de un olor acre intenso, como de pólvora y conspiración, y esa música, ¿estaba en las calles, o en nuestras cabezas, o acaso en nuestro recrudecido corazón? Como fuera, nosotros solo huíamos, y los vecinos apenas nos veían pasar, aullando como llenas.
Ya recordé... Creo que era un 5 de noviembre... Diablos.
La situación estuvo algo agitada en los días siguientes. No sé por qué, pero por esta época del año están todos como muy inquietos, como que les pica algo. La Prensa solo dedicó un párrafo olvidable a lo que llamó "fortuita y conveniente demolición", pero las legiones de ratas izquierdistas intentaron convertirlo en alguna especie de símbolo, y del otro lado del parlamento acusaron a unas bandas de irlandeses dinamiteros, y los más cínicos se conformaron con decir que no había que lamentarse por una reliquia de dudosa arquitectura ni por un puñado de vagabundos aplastados. Pero los anarquistas viven de ser revoltosos, y no perdieron oportunidad para salir a quemar cosas como les gusta, y a los indecisos esa orquesta nocturna les calienta bien las orejas y luego se les suman los inmigrantes cómo no, exigiendo chingaderas como si fueran ciudadanos, y luego ya están peleándose con los hooligans borrachos que salen de ver a su equipo eliminado y con gol anulado por un francés, y buscan ahora patear cráneos, y saldrían claro los Blanquistas a repartir su mierda propagandística y golpear viejales y luego acusar a los rojos y los Gusaneros ya solo aprovecharían la mínima provocación para armar el gran desmadre y todos hablan como si supieran lo que está pasando y de repente hay un paquete de leyes que deben aprobarse a medianoche y no sé qué otra mamada más.
Entonces todo empieza a pudrirse.
Era mejor simplemente esperar a que el tiempo lo enterrase todo y a que el viento lo desvaneciera.
Pero no, yo estaba metido en esto, y yo no estaba dispuesto a aceptar las palabras de Lupin así de fácil, yo suelo aprender a la mala, lo sé. No meterse con los Mortífagos, es un buen consejo. Pero ya saben, las lecciones no se aprenden de cabeza ajena. Y cuando me di cuenta iba encaminado a ese oscuro callejón que cada vez se hundía más, como si condujera a las entrañas del infierno. Mientras descendía y experimentaba los síntomas de una curiosa abstinencia, me preguntaba, casi me susurraba a mí mismo, si acaso estaré haciendo esto por una especie de compañerismo, o como una valentonada individual, o como un homenaje, pero a qué, esa era la cuestión, qué sería ¿sería porque yo fui quien le dijo a Goyle que fuera por allá? ya no sabía, pero no me detenía, cruzaba hombres mugrosos que suplicaban por almas perdidas en la fisura de los ladrillos negros, y brujas tuertas que ofrecían sabores sublimes y prohibidos, experiencias inenarrables, para toparme con ancianas ebrias y vomitadas de pies retorcidos en la entrada de bares a punto de quebrar, con una desconocida coloración verdosa tras un vidrio empañado, y hombres con tripas desviadas, que excretaban una pasta marrón en una bota y la bota la exprimían para echar el asco en una acequia que seguramente conoció mejores épocas. Pero yo seguía avanzando, porque sentía que ya no había camino detrás, como que lo que abandonaba mi pie se esfumaba, era como si siempre corriese al borde de un abismo que no dejaba de extenderse, pero el retortijón en el bajo-vientre me reclamaba, ¿hacia dónde corres? Pues hacia donde haya camino, supongo, siempre saltando, escapando hacia adelante. Crucé una esquina donde una batería se tocaba sola, y alcancé el local deseado, y frente a él ya no supe qué hacer, ya no supe qué hacía, ya no supe nada...
