7. MI NOVIA ES UNA BRUJA

Mientras trabajábamos con los cadáveres, con el tiempo quiero decir, estos comenzaron a expeler una suerte de nepente primaveral a la vez que se fisuraban y se chorreaban los ojos. El aroma dotó de una irrealidad al escenario todavía más inesperable, que nos arrastraba por extraños recuerdos sinestésicos. De repente, el olor del ron frio y el ginger ale, impregnado de hoja seca y labio partido, y el escorzo de los dedos y el burbujeante desliz por las gargantas y los sabores más exquisitos y privados... Nos hemos quedado sin nombres, pensaba, sin padres ya, sin árbol donde mecernos. Podríamos ir al río, arrojar allí lo indisoluble, esos ríos... ¿cuántos siglos estarán allí arrojados, oxidados en los fondos pedregosos?

—No sé qué haiga allí...

—Haya, Cedric, se dice Haya.

—... Hermione... Eres una pesada, ¿lo sabías?

Crabbe aproximó la mitra al agujero.

—Bueno... Primero las damas.

Hermione exhaló como un toro.

—... Maricas.

Ella se arrojó. Luego fuimos nosotros. Y nada más.

Hace mucho calor en el mundo, la habitación casi se nos derrite encima, y yo navegando en un diván, hablando con los fantasmas de la Mansión Malfoy, diciéndome que fui así porque quise ser feliz, algo quiero ser, ¿quién yo?

Seré mejor, ahora lo seré, seré ahora mejor, algo mejor, lo juro.

Pero qué huevón podía ser a veces, y consistentemente.

Después de eso, nos fuimos a ponernos a tono.

Esa noche la banda de Malfoy había tenido un concierto en un antro de paredes garafateadas y drogadictos encuerados y perforados. Cuando subió al escenario, tras el que colgaba un manto negro con un pentagrama rojo, traía el torso desnudo, los brazos vendados y varios chupetones en el cuello. Parecía un dálmata con viruela.

—Buenas noches, maricas de mierda —dijo con la varita en el cuello.

—¡Púdranse! —gritó alguien.

—Vamos a hacer pedazos este lugar —ordenó al grupo y comenzaron.

Después de eso, fuimos a su casa de otoñal, amenazando y bromando con soltarse en mitad de la aparición. Era en nombre de Goyle, de eso nos convencimos rápido, y creo que nunca fue tan popular como en nuestras charlas de copa diametrales, mientras maduraba un silencio tenue y suavecito, andaluz, mientras se deslizaba un rostro de enjuto y pasma sobre la birria de nuevas risas babosas. Qué eléctrico sentía los labios yo.

—El profesor Snape la tiene con nosotros —repercutía el eco entre los espejos, mientras un fantasma atravesaba la mesa—. Bien pendejo está, llegar tarde, 10 puntos menos, cagar fuera del wáter, 20 puntos menos, se amarró con Voldemort y ahora no hay quien lo saque.

—Hey, ¡no digas ese nombre! ¡Tras mala suerte! —gritó una de las chicas.

—Pendejadas.

Un nombre... Un nombre lo puede significar todo, y a la vez nada. Ese miedo absurdo que los mestizos sembraron alrededor del nombre se había extendido como la peste y había calado hasta en los más puros, pero quienes conocíamos la verdad de los hechos, no solo la interpretación antojadiza, no le temíamos a un puto nombre de francesito bohemio. Sin embargo, debo reconocerle al bastardo haber logrado convertir solo un tonto y cursi anagrama en una verdadera señal de alerta para los conservadores que corrían despavoridos bajo sus camas con su solo susurro.

—Ten cuidado, no hables mal de Snape frente a unos Slytherin —le advertí con gesto conmovedor. Una vez Crabbe se pasó de lengua puteando a Sprout, que lo había reprobado porque se le murieron sus plantas Maléficas, y ya ps, nosotros lo votamos con un chingadazo y se fue con su botella a chupar a la plazuela, y unos Muggles mugrientos le robaron las zapatillas...

—Hooch sí que es un asco —señaló Hermione, y Cho a su lado asentía. Se habían unido en una especie de gremio femenino, donde había embonado Ginny como pieza faltante para un equilibrio maquiavélico—, es una bruja, en el mal sentido, es súper estricta, y gritona y creo que solo tiene una ceja.

—Yo odio a Flitwick —declara Malfoy desde su asentimiento confianzudo, desde su macanuda cima, desde su fenomenal figura. No me gusta la gente que es prístina como el agua, pero que se queda hasta arriba, no se mezcla. Cómo ha cambiado la temperatura con los años, cuando era niño no nos calentábamos tanto.

—¡No! —Corearon las hembras—, ¡es muy lindo!

—Ese huevón de Lockhart no sabe ni dónde tiene la varita —le comenté, no tan respetuoso como pensé—, al principio pensaba, ah, este sí que tiene level, ha publicado mucho y la puta madre, y voy, y puta, la peor clase que he visto, se la pasó haciendo preguntas, así muchachos, eh, ¿han leído los pergaminos, no les llegó la lechuza? Así toda la clase, y encima con sus chistes de mierda, diablos...

—¿Sigue medicado? —preguntó Cho, intrigada de pronto.

—Quién sabe, desapareció luego de su escándalo con los libros.

—Ese... —susurró Crabbe, como confundido y baboso—, no era ese hechizo.

—Je, me acuerdo que una vez le dijo a su asistente que hiciera la clase —comenté, algo jocos, algo fastidiado—, la Greengrass, tremendo pendejo, trabajaba lo menos posible y se aprovechaba siempre que podía de sus alumnas...

—¿Y qué tal hizo la clase? —me preguntó Malfoy, inclinado.

—Normal...

—Los hombres solo iban para verla a ella... —comentó Hermione. Ella estaba indemne, no se mojaba cuando llovía. ¿Cuánto me habré empapado yo? Para hacer canotaje no hay que tener maña, solo estilo, las cosas llegan, con un poquito de filosofía celta, unos piquetazos de fango judío, y ya estábamos con la burundanga otra vez, y los fantasmas que nos jalaban, aburridos de su espectrura, queriendo comerse nuestros corazones.

—¿Y pueden sentir lo que siente el otro? —preguntaba Pansy, con una sonrisa inusual, a los Wesley. Ellos negaban, reían, bebían y respondían otras cosas, a veces se contradecían, pero otras hablan hasta coordinados, como el eco.

Creo que en el fondo, solo un hermano sabe lo bueno que es uno realmente, ya saben, que es el mejor en el mundo y esas cosas. Joder...

—¿Tu hermano es tu mejor amigo?

—No, no es como un amigo, es mucho menos que un amigo, y a la vez mucho más.

Cuando era niño, creo que recuerdo, ya saben que a veces unos se inventan esas cosas, como para tener una relevancia alucinante, solía ver en los libros, qué piel de dragón ni qué carajos, veía los árboles genealógicos, me perdía en sus ramas circunspectas, hacía carrerilla y me balanceaba en sus hojas, me imbuía de todos los espíritus de épocas que hacia mías, me bañaba en charcos de sangre envejecida, y casi podía oler el oro que despedía. Han pasado demasiado años, sucedáneos y epilépticos, rutinarios pero explosivos, nada despreciables y espiralados años, pero nada que pueda llamar un camino, un sendero orgulloso, vigorizante, pero qué... Yo solía preguntarle a papá dónde estaba nuestro árbol, cuál de nuestros antecesores había hecho algo relevante, y más allá de un tío segundo de hace 11 generaciones que puso de moda el ponerle advertencias a las pociones, y una tátara abuela que era prima de la esposa del Ministro de Magia en ese entonces, no había nada, estábamos vacíos, aventados solos.

Pensando en esas cosas tontas y puntillosas, se me inflamó el pecho de jerez.

Rutilismo, hermosa salvedad. Pobre prohibición.

Los cuerpos se mecían hacia delante y hacia atrás, como posesos. Qué calor.

Alguien dio la palmada, pero sin intención, y las hélices se revolucionaron, soplando sobre nuestras hierbas, levantando una cortinilla de polvo que nos dejó a todos como desorientados pero felices, imbuidos de extrañas sensaciones, rodeados y amarrados por las risas. Una ventana se abrió, oportuna, y todos salieron al extremo del balcón, a desafiar al abismo, a gritarle improperios, eso era lo suyo, la noche estaba obtusa y apática y la vía láctea había quedado escondida tras pesadas nubes carbónicas. Qué cólera, qué envidia, pero qué vigor, no sé bien quién empezó, pero pronto ya todos estábamos con las varitas en alto, disparando escarchas y flamas, abriendo el cielo como amos, acariciando la luna roñosa, arrojando esas flores sobre el cielo delatábamos los ojos de los justos y pecadores, y las risas burbujeaban y mandaban hasta el fondo cualquier dolor.

Tomé una muñeca a la espera, reconocía esa respiración en el cuello, y recordaba todavía el plan, así que apenas separados del mundo insulso, saqué el frasquillo.

—Toma, bébete esto...

Cho lo olió con sospecha.

—Puack, ¿qué es, Poción multijugos?

Se hacía la sana. Al final lo bebió. Si no muero hoy, me moriré mañana. En algún momento, y ese vértigo que me invade ahora, sí, adelante, podría ser ahora, podrá ser cuando quieran, agárrenme como me encuentren, qué importa, si nada dejarás atrás, que venga, estoy preparado, en la cúspide de ese cenit donde muerte y vida significan la misma huevada. Soy un monstruo, una fuerza de la naturaleza, denme un punto de apoyo y joderé al mundo, todo esto y más, en su canal favorito, con el nuevo escocés y las groupies irlandesas, esas son vampiras aunque digan que no, te sacan el alma por el pito, te tocan toda la marcha de William Wallace, haciendo efervescencia bajo una luna cachosa.

Tranquilidad.

Cuando desperté no me di cuenta. Iba con los calzones pegoteados. Me tambaleé, pisando ocasionalmente alguna pierna y tal vez algún dedo, y llegué hasta el baño, a mojarme la sota de bastos, me sopesé los testículos y escupí el mal sabor. Al salir, cuidándome de no pegar con el meñique alguna pata, los vi. Malfoy realizaba las presiones rítmicas sobre el pecho, sus ojos fríos como cristales se estampaban en un techo descorazonado, y el hilo de vómito recorría su pálida mejilla.

Joder, qué mala suerte...

Era... ¿Cómo decirlo? Aberrante

Tras un rato de golpes falsos e inútiles, Malfoy se arrastró al lado de la chimenea, hecho un feto con el rostro de desgracia atómica. El sollozo gimiente fue despertando a cada uno, como una retardada sirena, para encontrarse con el dante.