8. ESPACIOS VACÍOS

Nada siguió siendo como era.

No hubo escándalo, ni mucho menos. El padre de Draco, el señor Malfoy, un hombre verdaderamente respetable y temido, envió a unos tipos especialistas en desaparecer cosas para borrar cualquier rastro que vinculase a esa drogadicta con su apellido, y a esa drogadicta... digo, a Pansy, a ella la dejaron en una estación de buses, donde fue descubierta y registrada como Muggle. Se aseguró de que todos callasen, con amenaza y dinero, ambas cosas en la mayoría de casos, y ordenó suspender cualquier actividad en conjunto. Para fines prácticos, nos estaba firmando la sentencia de muerte.

Nunca le contamos nada a nadie, y nunca pudimos hablarlo, ni siquiera reunidos todos los presentables en la sala astral de Malfoy, cuando el espectáculo del polvo ingrávido era un imán de interés. Los demás, como una rosa. Tal y como pensaba, como Hermione me había demostrado más bien, los magos son especialistas en desaparecer cosas, y unas de ellas son su moral, su culpa o si es necesaria su propia conciencia. Draco se veía deforme en el pensadero, suspirando hondamente antes de acercar la punta de su varita a la sien y extraer esa flema espectral para dejarla caer. ¿En esa alargada viscosidad se escondía tal vez algún rastro de inocencia?

Dicen que el polvo es la piel del tiempo, y los artífices de la ilusión que consuela cándidamente la mente y el corazón son llamados magos, humanos hechos de un polvo especial, un polvo metálico hecho de azufre y cal, pero polvo al fin de cuentas, polvo temeroso del tiempo y el viento.

—Somos los recuerdos que tenemos. Si los perdemos, viviremos en las sombras del tiempo, observando falsos reflejos de lo real.

Estoy seguro de haberlo leído, pero no recuerdo dónde, así como no recuerdo las tardes infantiles en campos familiares, ni las últimas lactancias del crudo, ni el hambre de guerra convexa, pero sí las primeras tareas compartidas, los viajes del descubrimiento ajeno, el sombrero de mi padre pisoteado en las escaleras del Ministerio. Para mi estaba claro como las mañanas en Manchester, diáfano como el fondo de los lagos escoceses, y cuando son así de evidentes los asuntos, la voluntad inflama el pecho con poderes novedosos, con el ímpetu de los años más constructivos.

Pero de pronto Draco me venía a demostrar algo muy diferente, el gris y contaminado cielo de Londres que enfermo por los ojos, me ponía sobre la mesa una serie de sentimientos que yo ya no iba creyendo posibles en estos ambientes de hombres acusadores, cuando yo más me decía que esas cosas pasan, tarde o temprano, hay que acostumbrarse, hay que cuidarse, no fue nuestra culpa, no lo fue, nosotros heredamos este mundo de porquería de una generación débil, ¡no es nuestra culpa, nosotros no dejamos indefensa esta nación, no convertimos en un antro nuestro país! No... Solo vivimos en él.

Es parte de nuestra naturaleza, incorregible.

Los mediocres son como el clima, después de todo, pero hechos por el hombre.

Nunca sabré qué fue lo que más afectó a Draco, la verdad. Desde entonces se encapsuló y apenas lo veíamos, y cuando era, había perdido ese fulgor de su mirada, 15 kilos y se reducía a una taciturna esquina, desde donde rechazaba todo lo que le invitaran. Cuando andaba con su paso triste, una gigantesca sombra lo seguía desganada.

Si la cosa no había empezado a torcerse antes, este puede considerarse el verdadero punto de quiebre. Irónico, ¿verdad?

A eso en mi quinta lo llaman mala suerte.

Lo siguiente que supe fue por boca de Hermione. No envió lechuza ni carta, temía que lo interceptaran, seguía pensando que nos podían estar investigando. Viéndolo bien, ella era la única que se daba cuenta de la verdadera dimensión de las cosas.

Nos reunimos en el Museo de Arte Moderno. Eran tranquilo, se podía conversar, los centros comerciales seguían cerrados por los últimos disturbios y la cultura siempre es una buena excusa para ver cuerpos desnudos.

—Es un hecho, Lucius Malfoy va a entregarnos —así, lo soltó sin más, frente a un Rembrandt.

Yo me llevé un cigarro a la boca, para paliar la tembladera.

—Claro —dije con un tono más ambiguo de lo que me gustaría admitir.

—Sí que eres lento. Es un Mortífago y está en el Ministerio, seguro que ya se enteró de lo de Aleister, nos entregará antes que otros y así se cubrirá las espaldas. Por no mencionar que sus hombres se llevaron las pruebas de todo lo que hicimos en su mansión, ¿crees que no las conservó para protegerse?

—Ya, pero... ¿Por qué carajos haría eso?

—Para proteger a Malfoy. Ayer lo mandó a América —creando un puente.

—No tiene motivo, no tiene por qué desconfiar de nosotros.

—Tal vez no de nosotros, pero hubo más gente esa vez, los Wesley, Cho, Crabbe, otros amigos de Malfoy, cualquiera puede hablar... en especial Crabbe, ha estado muy alejado desde lo de Goyle, y lo que ocurrió en la Casa de los Gritos... Bueno...

No era una mentira, pero acomodaba convenientemente la verdad.

—... ¿Crees que de verdad pase? Que alguien hable, que Lucius actúe...

Hermione remojó sus labios y suspiró, ocultando los ojos tras gafas oscuras.

—Si yo fuera él... No correría riesgos. Protegería mi apellido.

¿Y tú? ¿Acaso no te estás protegiendo tú poniéndonos a todos en la primera línea? En ese momento no me di cuenta, pero Hermione era la más preocupada, era una Sangre Sucia después de todo, los Malfoy tendrían motivos para cargar contra ella en primer lugar y ella haría lo necesario para salvarse, no correría riesgos. Eran iguales.

—... ¿Y entonces?

—Como yo lo veo, tenemos solo dos opciones. O desaparecemos... o actuamos.

—... ¿haciendo qué?

—Tal vez... Deberíamos hacerle una visita a Crabbe... —dijo bajando las gafas, levantando las cejas—, Aclarar la situación.

Me volví contra ella, fustigado y todo.

—¿Qué es lo que pretendes, eh?

Ella inclinó la mirada, como apenada por el regaño.

—... Nada, solo digo que no deberíamos arriesgarnos...

—... ¿Y qué diablos significa eso?

—No pensaba que fueras tan cobarde, Cedric —Ni yo pensaba que ella fuera tan fría, tan cruelmente convenida, tan perra a fin de cuentas. Me helaba los huesos. Se colocó las gafas nuevamente y sin perder pie ni pisada se retiró.

—Está bien... —hablé al final, y estoy casi seguro que se sonrió la catira.

Hermione tenía razón, quiera o no, Lucius Malfoy tarde o temprano jugaría sus cartas y estaríamos jodidos. Pero igual de seguro estaba de eso como de que Hermione era igual de capaz de silenciarnos para protegerse, incluso solo para tener una mejor posición con la que negociar Si no actuaba con ella, ella cargaría contra mí también, seguro, así que por el momento podría ganar tiempo y así nadie saldría lastimado... En especial yo, porque una cosa estaba clara: Hermione no se aliaba conmigo porque confiara más en mí, o yo fuera muy inteligente, joder, lo sé muy bien, sino porque me veía más comprometidamente influenciable, más flexible pero dispuesto a salvar el pellejo, como si fuera, incluso... Maldición, ¿por qué tiene que ser así, Hermione, por qué nos llevas a estos extremos?

¿No tengo derecho acaso yo de velar por mi propio trasero?

En el Mundo Mágico no puedes confiar en nadie.

Luego de eso, una intensa nausea se alojó en mi garganta y no me dejó por días.

El vacío de mi habitación me agobiaba, y me había cansado de bailar solo en la oscuridad así que salía a caminar por calles forradas por las marcas rojas. El cielo de Londres era tóxico y repulsivo y el mar estaba consistentemente manchado, y bamboleaba viejos botes de velas puercas, donde viejos de barbas polvorientas amarran las redes y jovencitos imberbes, tal vez de mi edad, tal vez más jóvenes, arrojaban la cuerda y echaban el manto a la carnada. Al otro lado del rio, al otro extremo de la ciudad, se elevaban las columnas de los incendios anarquistas y aullaban las sirenas de los Blanquistas.

Me senté en la orilla, y a mi lado iba toda una fila de transparentes viejos pescadores sentados, añorando, mirando sin ver el horizonte continental. Alguien me sacó del trance, era una chica con los brazos tatuados, que me dio un volante impreso en rojo. Con una sonrisa nos despedimos, y leí: La Dictadura Parlamentaria desvía las críticas hacia los Inmigrantes. Tras la ruptura británica en la Unión Europea, el Reino Unido se ha convertido en el destino de numerosos... Arrugué el papel y lo arrojé a la orilla, donde flotó medianamente hasta terminar varado.

—Cedric —escuché a mis espaldas. Era mi padre, en saco y corbata casual, mirándome con esos pequeños y cansados ojos tras sus pequeños lentes.

Se sentó a mi lado. Hace meses que no lo veía, y aún recordaba su presencia roñosa, el olor de su viejo saco. Solo se sentó allí, alargando la fila de muertos. En todo este tiempo no habíamos hablado, así que supongo que no era tan raro que no supiéramos qué decir, aunque tuviéramos muchos temas en la garganta.

—¿Te va todo bien?

—... Bien, papá... Está todo bien.

—Me alegro, Cedric...

—Bueno... Ha habido algunos problemas, ya sabes, discusiones, alguna rencilla...

—¿Problemas por chicas? ¿O por dinero?

—... Ambos. Los chicos andan un poco... tensos.

—Bueno, hay épocas buenas y épocas malas. Es cómo te enfrentas a las malas lo que determina qué tanto disfrutas las buenas.

—... Supongo que sí.

Luego, un silencio que se fue alargando tanto como el rio que nos cruzaba.

—Bueno, Cedric, fue bueno volverte a ver y ver que estás bien —me dio unas palmadas en el hombro, una sonrisa orgullosa y se puso de pie.

—Papá... —le detuve—, ¿por qué estás en Londres?

—Por nada en especial... Asuntos del Ministerio.

—Asuntos... Ya veo.

—Bueno. Nos vemos, Cedric.

—Oye, papá... ¿Tú crees que podríamos ir a comer, o tomar algo?

—Lo siento, Cedric, pero iba a una reunión justo ahora, uy, voy tarde...

Aún tenía ese viejo y gordo reloj de bolsillo, broncíneo e inquebrantable.

—... ¿Y qué tal si quedamos un día, podría ir a visitarte a la casa?

—Bueno, tendrá que esperar, estaré ocupado un tiempo, Cedric, el Ministerio anda muy movido estos meses. Pero tal vez el mes siguiente...

—... Sí, claro, está bien... Oye... ¿Tú crees que podría mudarme a mi cuarto? Solo por un tiempo, hasta que relaje el ambiente aquí...

—Eh, bueno... Cedric, sabes... He alquilado tu cuarto.

—Es genial.

Y nos separamos, cada quien por su lado, como dos desconocidos se distancian después de pedirse la hora o una dirección. Si hubiera sabido que sería la última vez que vería sus ojos cansados, sus pasos atrasados, hubiera ido tras él, hubiera corrido, qué demonios, me hubiera arrojado contra su débil figura que pedía permiso al viento para pasar, me hubiera aferrado como un condenado, ¿llorado, suplicado? Como un... ¿cuánto tiempo había pasado? Esta ciudad sigue dando vueltas a mi alrededor, esta ciudad es la que llora, no yo, es la que gime, es la que suplica que la tome, la asalte y la monte, la despedace y la incendie, ¿lo ven? ¿Qué podemos hacer cuando lo único que nos han enseñado es a seguir luchando, y qué haremos cuando caigamos en la vorágine de su insaciable sexo, y qué haremos cuando no tengamos con qué llenar todos esos vacíos que vamos dejando detrás de nuestra pusilánime grandeza? No, ya empezaba a darme cuenta, lo único que podemos hacer cuando nos han tirado al fondo del tacho es arrastrarnos para salir, y cuando salgamos, salir a dominar esa locura llamada mundo con esta grandeza llamada cuerpo ¡lo sé! Compraré una nueva guitarra, reventaré los cristales de una Iglesia, destruiré aquella muralla de ladrillos, amaestraré ratas, contraeré enfermedades, cambiaré dulces por armas, y cuando ya no queden más que montículos de tierra y basura donde sentarnos, entonces empezaremos a considerar ¿qué comeré mañana?

Este era ya mi asunto, ahora y siempre...

Y en este mundo, en este mundo solo necesito una oportunidad pero este mundo te deja siempre sin opciones, pero yo, Cedric Alexander Diggory, no soy un hombre, no soy un niño... Soy un mago, y como todo buen mago, tengo un último as bajo la manga, el último gran truco con el que te robarás el show, así que sal ahí y lucha, revuélcate y muerde si hace falta, todo... Puedes hacerlo todo...

Joder, tan solo necesitas... una oportunidad...

Tomé la dirección contraria y al cruzar una esquina un brazo se estiró desde la oscuridad, apresó mi muñeca y me haló bajo un saliente gótico.

—Ya es hora, Cedric —Lupin estrelló su rostro en mis ojos—, el Ministerio ya empezó...

Entonces todo me pareció tan falso, y yo me alejaba de todo y ninguna voz llegaba a mí. Si lo pienso ahora, todo tenía sentido. Bueno, en realidad no, ya saben, no puedo saberlo todo y estar en todos lados, y los espacios vacíos que quedan por todos lados pues los relleno con los restos de mi imaginación, con lo que me acuerdo y lo que supongo. Al final, queda un mosaico todo raro, como los de ese Museo, y me digo a mí mismo que eso tiene sentido y solo así puedo dormir tranquilo. ¿Cuándo fue la última vez que dormí sin sostener mi varita bajo la almohada? Qué importa lo demás. Solo quiero que esto termine y estar tranquilo.

Pero claro, debí suponer que ya no había vuelta atrás. Porque al final, no importa lo que hagas... al final todo se deshace en el aire... todo se lo lleva el viento...