9. ALGO EN EL CAMINO
Mi padre solía decirlo: Heredarás el Viento.
Ahora creo que empiezo a entenderlo.
—Pero... ¿qué...? —me zarandeó una vez más y me llevó callejón abajo, girando en esquinas cada vez más irregulares, y no sé cuándo pero nos habíamos desaparecido de Londres y atravesábamos una pared para salir por un callejón de lámparas defectuosas y calderos que chorreaban espuma verde y purpurea, y seguía dando vueltas, pensando ¿por qué, cómo, y si acaso? Y me repetía que no, no podía ser así, él no... Pero conforme íbamos descendiendo iba cayendo en la cuenta que era lo más lógico, lo más simple, lo más obvio, ¿actuó, sin mí, o él...? Demonios... en esta carrera hacia el abismo, siempre te estás quedando sin tiempo...
—Escúchame, Cedric, no debemos llegar juntos, ve tú primero, yo seguiré el rastro... —me soltó todo eso bajo una farola oxidada en la que vivía un guinendongo borracho y panzón.
—Eh, ¿qué, el qué, de qué estás hablando?
—El escondite, Cedric, todos están yendo para allá, pero hay que ser cauteloso.
Me sacudí su mano de encima. Di unos pasos hacia atrás.
—... ¿Quién eres?
—Cedric, no tenemos tiempo para esto, vamos...
Busqué mi varita en el cinto, pero no me encontré con más que la triste revelación.
—¿Buscabas esto? —Lupin me la mostró. Yo me iba pegando a la pared, sintiendo su fría viscosidad—. Conociéndote harías una estupidez sin pensarlo. Cedric, escúchame, soy yo, Remus, escúchame, Crabbe está muerto.
Eso me cayó como una maldita bomba atómica. Así que era eso...
—Es imposible...
—Ocurrió. Subió a su escoba, hubo un chispazo y bueno...
Ella puede hacerlo, tiene la forma, nos conoce, no tiene fallo, ella y su sombra.
—Malfoy actuó primero, y envió al Ministerio tras de nosotros, Hogwarts está lleno de Aurores, es cuestión de tiempo para que se les aparezca el Salón de Menesteres, ya sabes que es un cabrón.
Para ese momento mis nalgas estaban haciendo succión a la pared. Me quedé mirándolo, algo no estaba bien, ¿algo? ¿Bien? ¿Qué podía hacer...?
—Vamos, Cedric, rápido, debemos ir...
—Ya...
Un resplandor me encegueció unos instantes, y de pronto el cuerpo de Lupin caía muchos metros lejos de mí. Era reconocible, un expelliarmus venido desde la luz del callejón, donde la difusa figura avanzaba hasta materializarse en Remus Lupin.
—Oh, diablos...
—Bien hecho, genio, casi llevas a un Auror a la guarida —me dio una palmada en el cuello. Yo me apresuré a quitarle mi varita al paralizado Lupin y arrojar la suya por algún rincón, no sé para qué, solo actúo cual autómata, solo... me detengo, lo miro fijamente, Lupin—, ¿qué pasa? Anda, debemos irnos...
—... ¿Es verdad? ¿Crabbe está muerto?
Lupin agacha la cabeza, no por pena sino por desgano, fastidio, suspira y tomando aire me dice
—Sí, Crabbe está muerto... Lamento que te tengas que enterar así, pero la situación se ha complicado un poco...
—¡Qué demonios! —estaba ofuscado, me sentía desubicado, tambaleante pero aun así conseguía mantenerme firme y apuntar con la varita.
—Cedric... —hablaba calmo, como sosegando a la bestia con la tranquilidad de su voz—, agradecería que no me apuntes con la varita...
Me temblaban las piernas, lo admito, pero estaba furioso, ¡joder!
—¿Por qué... por qué debería confiar en ti?
—Porque en estos momentos soy la persona más interesada en que te mantengas vivo, creo que eso estará en el margen de tus intereses.
Me temblaba el brazo, pero mantenía el ceño firme, los ojos abiertos.
—... ¿Puedo... confiar en ti?
—... Claro que sí, Cedric... —empecé a bajar el brazo, y pude respirar al fin, solo para recibir el golpe de Lupin en el rostro, caer y perder la varita.
—Maldito mocoso —se guardaba Lupin mi varita—, ya, párate, párate, carajo.
Me jaloneó mientras contenía la sangre de mi nariz. Nos desaparecimos y se me revolvió el estómago. Estaba con el rostro pegado a una madera putrefacta, y por una ventana rota se vislumbraba un campo decadente, con un bosque raquítico. La cabaña era pequeña y desprolija. Hagrid sentado no hubiera cabido, y un estornudo suyo la hubiera tirado abajo. Lupin abrió una gaveta torcida y empezó a desabrocharse la correa.
—... ¿Qué haces?... —tosí, mientras le miraba asqueado—, ¿Qué carajos haces? No voy a chupártela, marica.
Lupin se me quedó viendo, frente al armario pesado que acababa de abrir.
—... ¿Y quién carajos te pidió que hicieras eso? —me amenazó con el reverso de la palma. Me recogí sobre mí mismo, tratando de aclarar qué carajos pasaba, ¿a dónde iba, a dónde terminaríamos? ¿Por qué Lupin me salva de Lupin, para tenerme en sus garras de hombre lobo, para servirle de defensa, para defenderse de quién...?
—¿Dónde estamos? —Me asomé por el cristal sucio, sin reconocer las montañas.
—Y qué importa eso —Lupin se colocaba unas botas pesadas, sentado sobre una cama chata y revuelta—, la gente no conoce este lugar.
—Riverdale —susurré, quién sabe por qué, quizás por eso que llaman instinto.
—¿Qué dijiste?
—No... Yo no... —Me sentía mareado, pero resuelto de alguna manera, irascible con alguna fuerza misteriosa, un alivio angelical—, ¿Y Sirius?
—¿Siruis? Él... Él no estaba muy bien la última vez que lo vi, no, para nada. Él... Él tenía un buen olfato, sabes, jajá. Creo que... Escapó... Hacia Blackwood. Sí, hacia Blackwood. Solo las bestias viven ahí.
Por primera vez noté su tartamudeo tan cadencioso. La forma en cómo lustraba cada bota luego de ponérselas, botas que no tenían fango. Se levantó y vino hacia mí.
—Ven, pon el brazo en la tubería.
Y yo obedecí como niño bueno, cuando me di cuenta que Iba a soldarme el brazo para que no escapara, entonces retrocedí pero él me sujetó de la muñeca.
—¡Expelliarmus! —la puerta se azotó, el resplandor lo bañó todo y Lupin salió disparado contra el armario y sus gruesos abrigos. Hermione seguidamente me apuntó.
—¡¿Qué carajos?! —le grité.
—Vámonos, Cedric. Recoge tu varita. Fred y George nos esperan.
Ordenó, yo... me quedé parado.
—Hermione... ¿Qué estás pasando? Lupin...
—Cedric, ¿acaso no lo sabes? Ese no es Lupin.
Entonces sentí un frío intenso en mis adentros.
—Pensé que ya te habrías dado cuenta. Y se supone que no eras solo una cara bonita —Hermione fue hacia Lupin, que estaba todo aturdido y despeinado entre los tablones rotos, y lo sacó usando su corbata como una soga, y en su rostro todo tonto y astillado colocó su varita—, Revelio.
Entonces la cara de Lupin empezó a regurgitarse y todos sus músculos se reacomodaban para recuperar su original posición y los huesos crujían para hacer encajar los ojos que transformaban sus iris y los cabellos castaños se arremolinaban y se teñían dorados.
—No me jodas.
Era Gilderoy. El puto Gilderoy Lockhart hace años desaparecido. Pero... ¿Cómo?
—Lockhart no huyó luego del escándalo de los libros. Solo cambió de identidad, o más bien hurtó la de Lupin. Ya sabes que nunca ha hecho nada original en su vida, ¿y qué mejor que pasar de ser un profesor detestado a uno amado? Supongo que no esperó descubrir tantas cosas de Lupin... La Licantropía, la Orden, Sirius... ¿Por qué crees que pasaba tanto tiempo con él, eh? ¿Acaso crees que me la pasaba masturbándolo? Quería pruebas. Y encontré cosas, je, ¿sabías que Lupin dejó el despacho de profesor en Hogwarts lleno de pelos? Imagino que así fue como recibió la carta. Pero entonces... Sirius conoce a Lupin. Se dio cuenta de inmediato y... luego se perdió.
No entendía nada. Era como si Hermione estuviese hablando sola, como si hubiese estado conteniendo todo ese tren de información que ahora dejaba salir sin importarle que me arroyase.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
—Empecé a sospecharlo desde la fiesta de verano.
—Hubo luna llena...
—Y aun así el imbécil vino y se fue como si nada.
—Pero no...
—¿Recuerdas la Casa de los Gritos?
—El Auror...
—El encantamiento obliviate. Crabbe se dio cuenta. Por eso lo mató.
—Él...
—Iba a entregarte como a un lechón con una manzana en la boca.
—Él hizo qué...
Me sentí mareado, sentí que iba a caerme, pero Hermione me tomó del brazo.
—Cedric. Reacciona. Toma tu varita y vámonos.
Yo obedecí. Obedecí, porque debía hacerlo, porque era lo único que podía hacer, porque lo único peor que un mago confundido es un mago sin su varita, a donde fuera que vayamos, necesitaría la vara seguro, a donde sea que vamos, hay problemas. Debo admitir que no me sentía temeroso, solo un poco confuso y nervioso y me temblaban las piernas y me lagrimeaba un ojo, pero nada más. No sentía nada más.
Así que me llevó del brazo por un sendero difuso e invadido por la hierba mala, y tras una cerca toda chueca nos esperaba el volvo azul de los Wesley, en el cual nos acomodamos.
—Te ves terrible, Cedric —me dijo uno de los gemelos, el copiloto, quién carajos sería, palmeándome el rostro, para transformar su risa bobalicona en una pena joven, como recién estrenada—, estaremos a salvo.
El coche, que nunca había estado apagado, empezó a andar, más lento de lo que quisiera, pero con un bamboleo suave y un rugido con el que podría dormirme, sino fuera porque la palma de Lockhart se estrelló en el cristal en el que apoyaba el rostro.
—¡Joder! —Alcancé a gritar, pudiendo atrapar mi alma antes que se escapara del todo—. ¡Maneja!
El auto se elevó y Lockhart quedó atrás, triste y solo en el páramo grisáceo.
No sé cuándo me quedé dormido, pero viajamos por un par de horas al menos, pegados a la costa hacia el norte, y desperté entre los murmullos de los demás.
—...el Fénix.
—...Hogwarts no es segura...
—Escuché qué enviaron Dementores...
—Qué exagerado...
Cuando me di cuenta, nos dirigíamos a la Madriguera. ¿Estamos locos o qué? El padre de los Wesley y el primogénito trabajan para el Ministerio... ¿acaso ellos...? La matriarca Wesley, por su parte, es... ¿comprensiva, severa, amorosa, tremendista? Todo eso y algo más la describía perfectamente, como un rio en sus diferentes tramos, coloreadas sus aguas según el momento del día... El volvo descendió por una colina imaginaria hasta quedar reposado pero aún arrullador frente al acogedor y chueco hogar.
—¿Será seguro?
Los Wesley se giraron hacia mí. Se miraron entre ellos y rieron, cómplices de su secreto, y uno de ellos, George por el costado, me palmeó el hombro. Ambos salieron y se dirigieron a Hermione.
—Probablemente Percy siga de visita —masculló Fred—, espérennos aquí, iremos a tantear el lugar... —y con eso dicho se alejaron del volvo hacia la casucha, dejándonos en un silencio borboteante y oscuro olor de gasolina.
—Conduce —ordenó Hermione.
—... ¿Qué?
—¿Qué crees que planean los gemelos? Nos entregarán a su familia, su familia los protegerá, seremos cabeza de turco —declaró fríamente y se pasó al frente, al copiloto y me izó del brazo para que ocupara el volante—, rápido, conduce, o se darán cuenta...
Al posar las manos sobre el volante, sentí cómo el motor me rugía y todo el cacharro temblaba, como intentando sacudirse de sus garrapatas.
—No... No quiere...
En lo que yo dudaba, el volvo abrió los faros y el claxon chilló. Los Wesley se giraron de golpe.
—Cabrón —Hermione desenfundó e inyectó un potente hechizo por la radio, que sentí cómo se esparció por todo el esqueleto, volviendo a la bestia dócil.
—Joder —y pisé a fondo, haciendo avanzar y elevarse al auto como un potro mecánico y brutal, apenas logrando los Wesley arañar los cilindros para luego con sendas varitas arrojarnos los destellos de su despecho.
—¡Malditos, vuelvan, están jodidos! —sus gritos se perdían en la letanía de la comarca, y ante nosotros se abría una oscuridad profunda e irregular. Hermione, tras asegurarse de que no nos siguieran, cayó en su asiento con una sonrisa risueña.
Entonces lo supe, era claro como una mañana.
Hermione iba hacerlo, tarde o temprano.
El amanecer en el horizonte tenía un color sangriento.
Pronto apareció un bosque de copas familiares, tras el cual se tendía un monte exuberante y sensualón en el que fuimos a parar con no pocos escamoteos. Apenas cruzamos el rio, el volvo empezó a jadear toscamente y todo su óxido se sacudía y en general mostraba signos de que le costaba vivir. Parecerá que no, pero estos autos voladores, celosos y caprichosos, necesitan del mismo líquido combustible que los cacharros Muggles, e incluso la magia poco puede por su lenta agonía y a veces se ponen todos remilgosos porque habrá lluvia. Mientras perdíamos altura, me iba dando cuentas que algunas cosas no necesitan estar hechizadas para funcionar bien, la magia rara vez simplifica las cosas, y no logra arreglar a la máquina más imperfecta de todas...
Al golpear el soto con la carrocería sentíamos que todo se destartalaba, pero pudo con un esfuerzo escondido expulsarnos de sus asientos, arrojándonos cual desperdicio, y tras ello inició una lenta y refunfuñante huida que vio su fin en el roble, con el que compartió el último de sus fuegos. Cómo me hacía falta un buen cigarro, negro y mentolado, en la boca...
—Ok, esto es algo cliché —se hundió de hombros Hermione y enrumbó, y yo detrás de ella, como perro fiel, pudiendo escapar, pudiendo... no sé, ¿qué me quedaba, acaso podía...? Tantas posibilidades se abren ahora, como un racimo, pero entonces, un fruto inmaduro y seco... Solo quería, solo podía pensar en llamar a Amanda, en escucharla una vez más, pero incluso eso era ¿un placebo? Pronto, del sendero emergió la dantesca estructura.
—Hermione... ¿aquí? —me detuve en seco. La Casa Otoñal de los Malfoy se nos imponía...
—¿Acaso existe algún lugar en el que no nos buscarán?
Hice un puño en mis tripas y continué. ¿Por qué estar con Hermione era lo más seguro pero a la vez lo más peligroso, por qué me había traído aquí, a este monumento de excesos y pecados, acaso, qué eres, Hermione Granger, perfume o veneno? El lugar no estaba cerrado...
Subimos al Salón astronómico, nuestro confidente máximo, pero no eterno... Con el hechizo adecuado, estas paredes confesarían, y con la misma indiferencia que tiene la lona cuando se proyecta en ella una cinta... Aún estaba a tiempo, aún podía, tenía la varita, la apretaba tan fuerte que creía que la rompería, un buen hechizo en esa nuca de cisne y todo... Todo... Sería como un sueño, despertad de un sueño muy malo...
—Aquí —se giró Hermione—, debemos hacerlo aquí.
Corrió el cierre de su chaqueta. Holgó su playera.
—¿Al fin?
Hermione tiró de la cadenilla y reveló el Giratiempo.
—Usaremos el máximo. Tres días —mientras ella determinaba, yo daba unos lentos pasos hasta estar justo enfrente, sintiendo su respiración, que extrañamente tenía un olor de pera—, si todo sale bien, ya deberíamos estar a salvo.
Extendió la cadenilla alrededor de mi cuello y tras dar una última mirada que no esperó confirmación o duda, le dio vueltas a la vaina esa y el mundo a nuestro alrededor se congeló para empezar a retroceder. Enserio, todos los pequeños elementos que dispersos en su secreta interrelación conformando un inmenso momento se detuvieron de golpe, suspendidos como de incredulidad, y regresaron sobre sus pasos, los frutos se ocultaron, las virutas retornaron a su madera, los árboles recogían sus hojas como raquíticos barrenderos. El Sol retrocedió, fue del oeste al este, la sombra invadió rincones inéditos. Todos los segundos recuperados, como aire que regresa a los pulmones. Es una experiencia única, lo juro, ninguna droga logra acercarse...
—Bien, vamos allá...
Hermione descolgó y me dio una palmada, pero su inusitado entusiasmo se vio interrumpido súbitamente por los hombres entunicados que saltaron en el salón con golpetazos de puerta.
—No se muevan.
Aurores, eran putos Aurores alrededor de nosotros, enseñando orgullosos sus varitas, con sonrisas triunfantes encima...
Hermione quedó inexpresiva.
Así era, o así fue, creo... Lo importante es que nunca hubo ninguna oportunidad, ya habíamos sido atrapados, mucho antes incluso de cualquier intento de arreglar nada, siempre estuvimos en sus manos... Era todo.
Pero no, de pronto fui succionado, todas las formas y las figuras se afilaron en negruras y apenas nos alcanzaron los ecos de gritos de ¡deténganse!
King's Cross, usualmente invadido de turistas, lucía limpio y taciturno para nosotros, pero apenas mis zapatillas rozaron esos ladrillos ya veía los calzados magisteriales, y se me deshacía el estómago antes de haber completado nada. Los cultivos de La Madriguera, donde el trigo se estiraba como halos de luz y todos los colores del horizonte se amalgamaban en una densidad confusa y aterrorizante que lo tragaba a uno hasta el fondo y el mundo desaparecía, puto y llano. La Casa de los Gritos, fue apenas llegar y ya todo se estaba desgarrando, como liberando los gritos que su pútrida madera escondiera, y podía sentir los brazos transparentes que se estiraban tras de mí, ¡Hermione, para! Y todas las vociferaciones cruzadas y como si atravesásemos una tormenta tóxica, con las narices acuchilladas por fuegos nucleares y los ojos chuecos de tanta exposición epiléptica, y los cuerpos, como espaguetis, se hilaban, como las serpientes al morir se ensartan en un último desesperante abrazo, sin punto ni suelo, todos los centímetros un centímetros, todas las sensaciones deslizándose, explosivas, por mi vértebra, y los recuerdos bombardeados ¡Suéltame ya! Que el mundo se desintegra, ¿y qué importa? Si pudiera ir, con Amanda, ver sus ojos esmeraldas, Cho, su exótico misterio, y hundirse en la negruga abismal, ¡ya, que la vida carga el tiempo, que sea lo que tenga que ser! ¿Sería un momento eterno? ¿Se murieron todas las rosas, despertaron los sonámbulos? ¡Estaré despierto!
La boca se me llenó de sangre...
Los veía a todos, transparentes y soberbios, todos mis antecesores, magos estafadores y brujas alcahuetas, jóvenes que vivieron muy aprisa, siendo a veces tragados por los bordes de un rio traicionero; y abuelos de huesos crepitantes que vieron sus últimos días perdidos en laberínticas librerías, fundiendo sus restos en el polvo y el aserrín, todos imbuidos con el aire de transcendencia que los años censurados otorga, yo quería algo de eso... ¿no podrían compartir algo de su buen nombre? Qué rostro de tranquilidad la de los buenos muertos, que observan sin culpa o juicio, no andan penando en jardines ajenos. Nosotros... ¿qué ha quedado para nosotros? Dejas tus huellas, pero nadie las encuentra, porque las borra el mar, alisa la arena, como acariciándola, la deja como perfecta, sin los picos del tiempo...
Así fue como llegamos hasta aquí, destripado.
Ha sido más largo de lo que pensaba, debo admitir que no lo recordaba todo tan rico, tan exuberante, tan lleno de detalles. Han sido esos pequeños desvíos lo que le han dado gracia al asunto, lo que más he disfrutado, sin duda. Todo eso podría haberlo contado en 3 minutos, y me sobrarían segundos, pero no, por el camino difícil.
Ahora ya nos hemos quedado sin tiempo.
Sin padres, sin un continente al cual nadar.
Solos nos queda el viento.
A veces pienso que estaba mejor al principio, que debí haberme quedado como estaba, ¿para qué arruinarlo? No puedo decir que no lo pienso ahora.
No crean que ha sido un desperdicio. Repasar los hechos me ha ayudado a darme cuenta de algunas cosas, cosas no importantes ni transcendentales... solo cosas.
—Hermione... ¿De veras ibas a hacerlo? —pregunté, casi como súplica.
Hermione me dedicó una mirada gélida, atrapada entre la incredulidad y la frustración, mantenía el semblante lo más firme posible.
—... ¿Hacer qué?
Entonces me di cuenta de la última cosa importante.
—... Cho...
—No es gracioso, ¿Cedric?... —soltó una sonrisa Hermione—, tu sangre no luce diferente a cualquier otra sangre...
Gracioso... Más bien irónico. Todo esto era como una gran ironía a decir verdad. Granger, ¿quién conoce a los Granger? Nadie, ¿y a los Chang? Solo en su esquina... En cambio, yo... Yo... Cuando me llevaron al Hospital, tuvieron que hacerme transfusiones de sangre... Transfusiones, ¿pueden creerlo?... Y yo los vi, cuando los doctores sonreían, y pude ver sus colmillos asomando brillantes sobre mí... Eso sí que es una ironía... Ni todas las generaciones pasadas, ni todas las potencias futuras; solo nos quedaba este sucio presente estancado, como mi sangre embarraba el asfalto, embetunada con los restos del alquitrán. Era una hermosa mañana, a decir verdad...
Viejo es el tiempo y viejo es el viento. Y el tiempo sigue rodando y el viento sigue soplando.
Eva Gantz
