Entre la tragedia y la esperanza
Lisa contempló el precario panorama, allí en la recamara de sus hermanas Lynn y Lucy, la cual había sido adaptada para que funcionase igual a la habitación de un hospital. En la casa Loud contaban con todo el equipo medico necesario. Más importante aun, la tenían a ella, por lo que tampoco hubo necesidad de recurrir a un doctor.
Fuera como fuese, aquel había sido un nefasto fin de semana. Sin ahondar en detalles, el sábado en la mañana la familia había salido a un inocente paseo en la van, hubo un accidente de transito y ahí estaba el resultado.
Primero procedió a examinar a Lynn Jr. que acababa de despertarse. Le auscultó el ritmo cardiaco con un fonendoscopio y después le midió la frecuencia respiratoria. Todo en orden. Sus signos constaban dentro de los parámetros normales. Su buen color y todo aspecto en general, a simple vista, hablaba bien de su actual estado.
Caso contrario al de la pobre Lucy. Cuando se aproximó a la cama de al lado a examinarla a ella, apenas y si pudo escuchar un silbido entrecortado en su pecho. Su respiración se limitaba sólo a los lastimeros gemidos que soltaba de manera irregular e intermitente. Hasta el momento no había creído que fuera posible, pero lucía más pálida, famélica y demacrada de lo que solía aparentar. Con esto ya no le cabía ninguna duda.
Terminado de redactar los expedientes, en los que se arrojaba el diagnostico definitivo, Lisa prendió cada uno a una tabla portapapeles de metal y bajó con ellos a la primera planta.
En la sala esperaban los demás, muertos de la angustia. Más allá de que Lori tenía un brazo escayolado, Luna una venda en la cabeza, Leni usaba un cuello ortopédico y a Lincoln le habían tenido que coser unos puntos en la cara, junto con Lisa, todos ellos habían corrido suerte de salir ilesos.
–¿Cómo están? –se aproximó a preguntarle su padre.
La chiquilla exhaló un suspiro, decidida a contarles todo de una vez, sin rodeos, pero procurando hacerlo con mucho tacto.
–Bueno, terminé de exzaminar a ambaz y lez tengo una buena y una mala notizia.
–Dinos que pasó –pidió su angustiada madre.
–La buena notizia ez que una de ellaz ya ezta fuera de peligro.
A lo que sus padres y hermanos sonrieron aliviados.
–La mala notizia –continuó la niña con pesar–, ez que la otra no paza la noche.
–¡¿Qué?!
–¡Oh no...!
–¡¿Pero cómo?!
–¡No es cierto! ¡Dinos que no es cierto!
Como era de esperarse, la terrible noticia les pegó duro a todos. Hubo llantos y montones de suplicas hacía Lisa, implorándole que usara su basto intelecto para salvar a su hermana. Sin embargo, con un gran dolor que le pesaba en el alma, la niña genio aclaró que ya no podía hacer nada que estuviese a su alcance.
El resto de la tarde, el señor y la señora Loud le hicieron compañía a su hija en sus últimos momentos, mientras la otra estuvo dormitando en la cama de al lado para recuperar fuerzas. De vez en cuando, alguna de sus hermanas los iba a acompañar para brindarle unas palabras de aliento y despedirse de paso.
Lincoln, por su parte, se quedó todo ese tiempo meditando en su habitación, recostado en su cama bocarriba, preguntándose cómo era posible que algo así de horrible le hubiese sucedido a su hermana.
Más tarde, mientras todos cenaban en absoluto silencio, en vista de lo sucedido, el muchacho vio salir a su padre de la cocina con una bandeja en la que llevaba servida una porción de lasaña, un vaso de jugo y una minitarta de chocolate. Asumió que aquello era la comida para su hermana que ya estaba fuera de peligro.
La expresión del pobre hombre, en la que destacaban un par de ojeras que se marcaban por debajo de sus ojos enrojecidos por el llanto, además de las manos temblorosas con las que sostenía la bandeja, develaba lo muy devastado que estaba, como le sucedería a cualquier padre que estaba a punto de perder a una hija. Lo que era su madre, no estaba para nada mejor.
Decidió entonces que ya era tiempo de actuar como el otro hombre de la casa. Así que se enjugó una lagrima, forzándose a endurecer su expresión, y se levantó de su lugar a interponerse en el camino de su padre.
–Papá –le habló con voz suave pero firme–, yo no he visto a las chicas en todo el día, así que deja que yo me ocupe de ellas por lo que queda de la noche.
–No puedo, hijo –balbuceó el hombre con un fuerte nudo en la garganta–. Tu madre y yo tenemos que estar ahí... Para cuando...
Ni siquiera pudo terminar de decirlo. El sólo pensar lo que pasaría pronto lo destrozaba, y verlo así hacia que a uno se le partiera el corazón.
–Aunque sea dos horas –insistió Lincoln–. Déjame cuidarlas las siguientes dos horas, por lo menos. Hasta mientras tú y mamá vayan a descansar un poco. Se ve que los dos están agotados y no soporto verlos así. Háganlo, aunque sea por mi. ¿Quieren?
Su entristecido padre suspiró y le devolvió una cálida sonrisa.
–Está bien.
–Eres un buen hijo –agradeció su madre acariciándole la mejilla–. ¿Pero seguro podrás con esto?
–Si –afirmó el peliblanco enjugándose otra lagrima–, ya... Ya me preparé mentalmente para lo peor... No se preocupen, yo veré que la que está bien se recupere cuanto antes y también de consolar a la otra hasta que... Ustedes saben.
–De acuerdo –accedió el señor Lynn–. Tienes dos horas. Te las encargamos.
–Descuiden. Leni, ¿quieres venir a echarme una mano?
–Bueno –respondió la igual de entristecida rubia.
A quien el señor Lynn entregó la bandeja con comida, en tanto Lisa le pasaba los expedientes a su bien intencionado hermano.
–Ezte ez el de Lynn, y ezte el de Lucy, por zi tienez alguna duda.
–Muy bien.
Con la derecha, Lincoln tomó el expediente que Lisa tenía en su mano izquierda y con la izquierda tomó el que tenía sujeto con la derecha.
–Veamos...
De este modo, mientras subía las escaleras, seguido de su hermana mayor, repasó cada expediente para ponerse al tanto de la condición de sus otras hermanas a las que iba a cuidar.
–Está claro –comentó al ser el primero en ingresar a la habitación–. Lucy ya está fuera de peligro. En cambio a Lynn... Le queda poco tiempo de vida.
–¡¿Qué?!
Su hermana, la deportista, al despertarse por completo y oír eso, se irguió sobresaltada en su cama.
Leni, que fue la siguiente en entrar, colocó la bandeja con comida encima del escritorio y se rascó la cabeza confundida.
–Que raro... Como que tenía entendido que era al revés.
–No –aclaró Lincoln señalando lo escrito en uno de los expedientes–, aquí lo dice claramente.
–A ver... –por lo que Leni se inclinó a leer lo que Lisa había escrito allí en voz alta–. Razón de vidriera en la vaca.
–¿Qué?
–Eso dice: Razón de vidriera en la vaca.
Lincoln volvió a echarle una rápida leída al expediente, tras lo cual rodó los ojos y negó con la cabeza.
–Dirás: Rozón de vidrio en la boca.
–Ah...
–Mira también –señaló Lincoln lo que seguía.
–... Si la actriz no torea –leyó Leni.
–¿Cómo?
–Aquí dice: Si la actriz no torea.
De nueva cuenta, el peliblanco releyó esa parte y se exasperó otro poco.
–Cicatriz notoria.
–Oh... –asintió la rubia.
–Ahora, mira lo que dice el otro.
–A ver... –Leni procedió a leer el segundo expedienté–: Perforación del órgano hepático, el órgano pancreático y el órgano melódico...
Con lo que Lincoln se sobó los senos paranasales, recordándose a si mismo que debía tenerle mucha paciencia a su hermana mayor, ya que para ser tonto no se estudiaba.
–Proyectil de esquirla metálica que entro por el bazo genérico cerca de la periferia y salió por la feria que está en el periférico... –leyó Leni a continuación–. Fragmentos de vidrio traspasando tejidos interabdominales, estomacales, intestinales, tamales, ¿de cuales?, ¿de chile o de dulce?...
–Bueno –la interrumpió Lincoln al instante–. Con todo eso, ¿tú crees que Lynn pueda estar bien?
–Yo la veo bien.
–Bien acabada.
–Mmm... Pues yo la veo sana.
–¿Sana con esa cara de mono desfigurado?
–Si, ya sé que Lynn nunca ha sido bien parecida; pero mira a Lucy, ella está peor.
–No, Leni, tú ya sabes que Lucy es fea, pero de nacimiento, que es algo muy distinto. Si vas a decir que la gente está enferma de acuerdo a lo feos que están, entonces Zach también está agonizando, y Rusty ya se murió. No, Lucy es fea, pero...
–¡Ya basta! –bramó Lynn–. Oye, apestoso, ¿puedo saber a que hora te vas a largar de mi habitación?
–En un minuto, LJ, nada más que te mueras.
La castaña perdió el color de su cara.
–¿Yo?
–Si.
–Espera un momento... –Lynn tragó saliva–. ¿En serio es verdad lo que dice el expediente?
–Si no es que peor.
Con esto dicho, Lincoln puso su mano en el hombro de su asustada hermana para brindarle consuelo.
–Mira, lo siento mucho, Lynn, pero justo para eso vine, para ayudarte a hacer llevaderos tus últimos momentos. ¿Cuál es tu ultima voluntad?
–No, ninguna... –respondió la muchacha con un hilillo de voz; pero luego se retractó–. No, espera, si tengo una. ¿Me podrías traer algo de comer?
Ante lo cual Lincoln enarcó una ceja.
–¿Comer?
–Si.
–¿Ya para qué?
–Es que tengo mucha hambre.
–¿A dos minutos del silbatazo final?
Lynn tragó otra poca de saliva.
–Pero...
–Además –la interrumpió Lincoln–, el expediente de Lisa dice claramente que tú ya no puedes pasar alimentos. La que puede comer de todo es Lucy.
–Oye... –jadeó su hermana cada vez más asustada–. Pues no me lo explico.
–Mira, yo te lo voy a explicar. Haz de cuenta que tú estás en el punto de partida de una pista de atletismo.
–Ajá.
–Nada más que cuando salgas corriendo te has de ir elevando para arriba y allá está San Pedro apuntando con una pistola al aire y clamando: En sus marcas, listos, fuera...
–¡Pero si yo me siento bien! –balbuceó Lynn, palideciendo cada vez más.
–Es natural –Leni se acercó a consolarla–. Como que a todo mundo le pasa lo mismo antes de... Bueno, tú sabes de que hablo.
–Muy bien, Leni –Lincoln cogió la charola con comida del escritorio y la puso encima de la mesa de noche que quedaba entre las dos camas–, tú reanímala mientras yo le doy de comer a Lucy. A ver, Lucy, ya es hora de comer. Aquí está la rica comida de papá. Esperamos que con esto te recuperes más rápido.
Empezó por ayudar a sentarse a su otra hermana, quien respondió con puros gemidos fatigados.
–Gemido...
–Eso es.
Luego la soltó un segundo y se giró a tomar el plato con la lasaña. Durante esta breve distracción, la debilitada niña no pudo sostenerse y se fue de lado. Cuando Lincoln se regresó a verla, la halló colgando bocabajo del borde de la cama.
–Oye, no –la reprendió en lo que la ayudaba enderezarse otra vez–, ¿qué estás buscando abajo de la cama?, aquí no hay de eso. Ven para acá...
–Gemido...
De ahí puso el plato de lasaña en su regazo.
–Aquí tienes, Lucy, la Lynnsaña de papá. Sostenla un segundo.
Luego la soltó otra vez y se dio media vuelta para agarrar el tenedor de la bandeja. Esta vez, Lucy se fue hacía adelante.
¡Plaf!
Cuando su hermano regresó con ella, la vio con la cara hundida en la lasaña.
–Lucy, no seas cochina –la volvió a reprender, y a ayudarla a enderezarse halándola por el cuello de su pijama–. Ya sé que tienes hambre, pero para eso hay cubiertos.
–Gemido...
A continuación, Lincoln procedió a darle el primer bocado de lasaña.
–A ver, abre grande. Aquí viene el avión...
–Balbuceo... Balbuceo... Gemido...
Sin embargo, la pelinegra no tenía fuerzas ni para mascar, tragar o siquiera probar bocado de la comida que su hermano se esforzaba por poner en su boca.
–¡Puaj!
–No, no escupas...
–¡Puaj!
–¡Que no escupas!
–¡Puaj!
–¡Rayos! ¡Pero que niña más berrinchuda!
En dado momento, cansado de que le escupieran lasaña en la cara, Lincoln bajó el tenedor.
–Suficiente, Lucy –amenazó cogiendo la tarta de chocolate de la mesa de noche y apartándola de su lado–. Si no te comes tu lasaña, no te doy postre.
–¡Yo quiero postre!
Entonces Lynn se estiró a tratar de arrebatarle la tarta a Lincoln, pero esté consiguió aferrarse al plato.
–¡No, Lynn!
–¡Si no lo quiere ella, dámelo a mi!
–¡Espera!
–¡Yo quiero pastel de chocolate!
–¡Es para Lucy...!
¡Splash!
Entre tantos forcejeos, Lynn y Lincoln acabaron soltando el plato con la tarta y este salió impulsado a estrellarse directo en la cara de la debilitada pelinegra.
–Ouh... Gemido...
Más tarde, Lincoln terminó de limpiarle las manchas de chocolate a su hermanita con un paño empapado con agua.
–Gemido...
–Eso es, tranquila, Lucy. Leni ya fue a decirle a papá que te envíe otro poco de lasaña y pastel. Pero, eso si, te advierto una cosa, si sigues haciendo berrinches, a la próxima te quedas sin comer.
De ahí se encaminó a la cama de su hermana mayor inmediata.
–Y tú, Lynn –rogó juntando ambas manos–, ¿podrías por favor estar tranquila y agonizar como la gente decente?
–¡Ya déjate de tonterías, apestoso! –reclamó la castaña–. Te digo que estás equivocado.
Lincoln enarcó ambas cejas y ladeó la cabeza.
–¿Yo equivocado en qué?
–¡Yo soy la buena, Lucy es la mala!
–Y Leni es la fea, ¿verdad?... I ji ji ji ji ji ji... ¿Entiendes? Malisimo.
Lynn bufó, igual de exasperada a cuando Luan soltaba uno de sus chascarrillos así de pésimos.
–En primer lugar –la contradijo Lincoln agarrando una de las tablas portapapeles–, aquí lo dice claramente el expediente: Lucy es la que ya puede levantarse, comer de todo, hacer ejercicio...
En el acto puso el expediente sobre el escritorio otra vez. Luego se aproximó a levantar a su debilitada hermana de negros cabellos agarrándola de las axilas.
–Hacer ejercicio, claro. Con razón no tiene hambre, primero tiene que hacer ejercicio... A ver, Lucy, levántate que vamos a hacer ejercicio.
–Gemido... –protestó la otra tambaleándose.
–No, no seas holgazana. Necesitas hacer ejercicio para recuperarte más rápido.
En eso, Leni regresó a la habitación y se dirigió a su hermano.
–Lincoln...
–¿Si?
–Papá dice que en media hora nos manda otra bandeja con comida.
–Que bien –en breve, Lincoln soltó a Lucy un momento para volverse hacia Leni. Naturalmente, la niña no pudo sostenerse por si misma y cayó despatarrada al suelo cual muñeca de trapo–. Dile que sobre todo le traigan...
¡Plaf!
–¡Lincoln! –lo alertó la rubia.
–¿Qué pasa?
–¡Lucy!
–¡No puede ser! –exclamó al volverse hacia donde la había dejado de pie y no encontrarla–. ¿Pero cómo se le ocurre a esta niña salirse de la habitación en pijama y descalza?
–No, Lincoln –Leni señaló al piso–, se cayó.
Al bajar la mirada, el peliblanco negó con la cabeza y se echó a reír.
–Típico de ustedes, chicas –dijo en tanto se agachaba para ayudarla a levantarse–. Apenas se sienten un poco mejor y se ponen a retozar... Ven acá, Lucy, que hay que hacer ejercicio.
–Mi cama...–se aquejó la niña con voz debilitada–. Mi cama...
–No, ¿cuál cama? Tienes que hacer ejercicio.
–Oye, Linky –lo llamó Leni–, ¿quieres que te ayude?
–No, tú ve a encargarte de la moribunda, yo me encargo de esta.
A fuerza de suaves empujones, Lincoln hizo caminar a Lucy hasta una pared en la que la hizo apoyarse de espaldas. Una vez ahí, le agarró ambas muñecas y le hizo levantar los brazos.
–Eso es. Ahora, Lucy, te paras aquí y...
–Mi cama...
–¡No, qué cama ni que nada!... Te paras aquí, con los pies juntos... Así, juntando las palmas de la mano arriba... Eso es...
–Oye, Linky –lo interrumpió Leni, por lo que nuevamente soltó a Lucy y se volvió hacia ella–, a mi como que Lynn no me parece que esté moribunda.
–Mira, por favor encárgate de ella y a mi déjame trabajar.
–Está bien.
En cuanto volvió con Lucy, Lincoln apenas tuvo chance de atraparla antes de que se fuera de cara contra el suelo.
–No, Lucy, tampoco me vengas a presumir con ejercicios complicados.
–Mi cama...
–No, ¡¿cuál cama?! Ahora, párate aquí, pegando las palmas arriba... Las palmas arriba...
–Oye, Lincoln –lo interrumpió Leni otra vez–, yo como que insisto que Lynn es la que está sana.
–¿Cuál sana? El expediente de Lisa dice que Lucy es la que puede comer de todo, hacer ejercicio, respirar aire puro... Espera... Respirar aire puro... Mejor que se ejercite frente a la ventana para que respire aire puro.
Dicho y hecho, Lincoln arrastró a Lucy hasta el otro lado de la habitación y la hizo pararse al borde de la ventana abierta. Ahí siguió insistiéndole que repitiera los ejercicios que le indicaba.
–Aquí, Lucy, como te dije antes, junta las manos arriba... Eso es... Ahora, hay que bajar las manitas hasta la cintura, así como lo hago yo...
Ni bien la volvió a soltar, y que Lucy se fue de espaldas, tropezó con el borde de la ventana y cayó afuera de la casa Loud.
–¡WAAAAAHH...!
¡PLAF!
En ese momento, los demás miembros de su familia se asomaron a la puerta de la habitación a atestiguarlo todo.
–¡¿Pero que rayos hiciste?! –le gritó Lori a Lincoln.
–Lo que dije que iba a hacer –respondió este en su defensa–. Estaba ayudando a Lucy a recuperarse.
–¡Pero que tonto eres! ¿Cómo no te diste cuenta que, literalmente, Lucy era la que estaba grave?
En respuesta, su hermano abrió los ojos de par en par y levantó sus brazos para replicar.
–¡¿Pero cómo puede estar grave una niña a la que se le ocurre brincar por la ventana?!
–¡¿A eso le llamas tú brincar?! –reclamó Lola escandalizada.
–Estamos en un segundo piso. Si eso no es brincar, yo ya no sé. Porque, si quieren, le preguntamos a Lynn si hay alguna...
–¡Lincoln, basta! –sollozó Rita–. ¡Tu familia está pasando por una horrible crisis y tú lo estás empeorando todo!
–¡Zi! –secundó Lisa muy enojada–. ¿Cómo pudizte zer tan tonto para confundir a la que eztaba grave de la que eztá zana?
–¡Esperábamos eso de Leni, pero no de ti, hermano! –añadió Luna.
Ante esto, Lincoln se cruzó de brazos y sonrió de forma jactanciosa.
–Yo sé, sé que tomé los expedientes al revés –confesó ante todos–; pero lo hice a propósito, todo era parte de mi plan.
–¿Qué? –inquirió el señor Lynn.
–Verán, yo sabía desde el principio que Lucy era la que estaba grave, por eso es que le repetí muchas veces que estaba sana, la traté como si estuviese sana, para que la autosugestión haga efecto en ella y así quedará realmente sana, se los aseguro.
–... ¡Eso ez lo máz abzurdo que ezcuchado! –objetó Lisa–. ¡La zienzia medica no funziona azí!
–No es cierto.
Como solía suceder siempre, todos se sobresaltaron al oír esa rasposa voz a sus espaldas. Era Lucy, que había vuelto a entrar por la puerta de en frente y subido las escaleras. Su piel seguía estando pálida, pero era su tono pálido natural, y ya no presentaba el mismo aspecto demacrado de hacía un momento. Lo más sorprendente, es que se podía sostener en pie por si misma.
–Lucy... –Luan la observó atónita–. ¿Pero cómo es posible que...?
–Lincoln tenía razón –explicó la pelinegra, cuya voz seguía sonando rasposa y neutral, pero se denotaba un dejo de jubilo en su tono–. Él estuvo diciéndome tantas veces que estaba sana, me trató como si estuviese sana, que realmente me siento sana, me siento muy bien, como si no me hubiese pasado nada.
Sin todavía dar crédito a lo que veía, Lisa se apuró a ir en busca de su fonendoscopio y un termómetro eléctrico. No hace falta mencionar lo perpleja que quedó cuando volvió a examinar las constantes vitales de Lucy. Su ritmo cardiaco y su frecuencia respiratoria sonaban a la perfección y su temperatura corporal había vuelto a los parámetros normales. Nada que ver con la moribunda de la que hablaba el expedienté redactado con su puño y letra.
–No puede zer... Ezto ez...
–¡Es un milagro! –exclamó el señor Lynn, que ahora desbordaba lagrimas de pura alegría–. ¡Te recuperaste!
–Si –asintió Lucy, esbozando una sutil pero sincera sonrisa–. Todo fue gracias a Lincoln.
Al instante, todos se dedicaron a felicitar al unico hijo varón de la familia por su gran logro.
–¡Muy bien, hermano! –lo felicitó Luna.
–¡Salvaste a Lucy! –le siguió Lana.
–Se los dije –rió Lincoln.
–¡Literalmente, eres un héroe! –exclamó Lori dandole un abrazo y un beso–. ¡Tu plan funcionó!
–Si... –jadeó Lynn desde su cama–. Pero funcionó demasiado bien...
Cuando sus padres y hermanos entraron a la habitación, la hallaron tendida boca arriba, esforzándose por respirar. Su piel se había blanqueado de un momento a otro y en torno a sus ojos se abultaban un par de ojeras enormes que antes no estaban allí.
–A mi... –dijo con voz jadeante. Hasta hablar le significaba un gran esfuerzo–. Lincoln me dijo tantas veces que estaba moribunda... Me trató como si estuviese moribunda... Que...Ugh...
La castaña puso sus ojos en blanco y se desplomó inconsciente en su cama. Ipso facto, Lisa la examinó. No era que hubiese fallecido de verdad, pero si había entrado en estado de coma, de algún modo, inducido por efecto de la autosugestión que, de igual forma, había ayudado a recuperarse a Lucy.
Y en lo que Lisa trataba exasperadamente de reanimar a Lynn, el resto de Los Loud miraron preocupados al chico peliblanco como en busca de respuestas.
–Bueno... –se excusó encogiéndose de hombros–. Todos nos tenemos que morir de algo alguna vez.
FIN
