There's nothing else to do
—Acabo de ver que mi hermano te ha empujado, lo siento mucho.
Jeremy observó angustiado a una muchacha rubia darle la mano para levantarle del suelo. ¿Había dicho «hermano»? Sí, ella debía ser Zoe, entonces. Tomó su mano y dejó que le ayudara, sintiendo que las mejillas le ardían con furia por la vergüenza.
—No pasa nada —respondió con un hilo de voz. Comenzaba a sudar de los nervios y por el temor de que ella lo notase.
—Mi hermano es algo… inestable —Zoe arrugó la nariz ante su explicación—. Dime si vuelve a pasar y te ayudaré.
Jeremy asintió con la cabeza baja y esperó a que ella diera el primer paso para despedirse, sin ponerse a sí mismo en ridículo al intentarlo. Zoe subió los hombros con una sonrisa y se fue caminando en dirección contraria. Si no se sintiera entumecido por la ansiedad, sonreiría por la pequeña ayuda.
Observándola de espaldas, Zoe no se parecía en nada a Connor.
Ella era rubia, Connor tenía el cabello negro.
Ella tenía ojos azules, Connor tenía ojos oscuros y con ojeras.
Ella tenía una piel tersa. Connor parecía tener la piel ajada.
Ella tocaba en una banda de jazz, Connor desaparecía una vez tocaban el timbre de final de clases.
Zoe era amable, Connor… Connor era un enigma.
Las clases ya habían finalizado y Jeremy se mantuvo oculto en el baño mientras esperaba que la mayoría de los alumnos se retiraran a sus hogares. Salir con la estampida le llenaba de un miedo extraño y prefería pasar desapercibido, aunque deseaba llegar pronto a casa. Michael iría esa tarde a jugar Super Mario Bros 3 y le faltaba comprar algunas bolsas de frituras para picar durante el juego. Mirando su reloj pulsera calculó que la salida ya debía estar casi vacía y salió corriendo del baño, sin mirar atrás ni a nadie hasta salir del edificio, terminar la cuadra y llegar a la tienda más cercana. Odiaba que su mejor amigo no estuviese en la misma escuela que él, se sentiría menos solo.
Con torpeza hizo su pedido y casi gritó de cólera cuando sus manos temblorosas por el ejercicio repentino y los nervios que no lo abandonaban le impidieron sacar con rapidez el dinero. Estaba convencido de que el dueño del lugar ya lo odiaba por su torpeza. Agradeció con un balbuceo y otra vez inició una carrera hasta su casa.
—¡Estúpido Connor! —chilló al viento.
No se suponía que ocurriera eso. No esa tarde. Sería su gran día…, pero ya estaba arruinado.
«Acabo de ver que mi hermano te ha empujado, lo siento mucho».
«Mi hermano es algo… inestable. Dime si vuelve a pasar y te ayudaré».
La vergüenza le invadió. ¿Cómo iba a pedirle ayuda a una niña de primaria? Él pronto cumpliría trece, ya era casi un adulto y tenía que ser capaz de cuidarse por sí solo, no estar causando lástima. Además, conocía de sobra el temperamento de Connor desde que se convirtieron en compañeros por la clase de matemáticas. Jeremy dejó de correr cuando notó la calle vacía. No le molestaba verse solo, pero le desagradaba que lo vean solo, como si se tratara de un perdedor sin amigos.
—¡Estúpido Connor! —chilló otra vez.
Lo había lanzado al suelo por culpa de…, de…
Jeremy se detuvo. ¿Por qué motivo lo empujó?
Porque era un maldito loco. Sí, por eso.
Después de semanas de hablar con Michael sobre un extraño compañero llamado Connor Murphy, el cómo le tachaban de maniático y el miedo que este le causaba; su mejor amigo creyó que se trataba de un simple caso de «juzgar al libro por su portada», y que en realidad se trataba de un chico solitario con problemas de adaptación. No le pareció mala idea invitarlo a jugar con ellos. Si no le gustaba el Super Nintendo, al menos comerían frituras y verían una película. Michael pensó que le vendría bien algunos amigos, y aunque ellos estaban en el último escalón de popularidad, lo importante era divertirse.
La secundaria era cruel.
Jeremy rechazó la idea al instante, realmente le temía a Murphy. Continuó exponiendo a su mejor amigo cómo era común mirarlo comer solo, igual que él. Tampoco tenía amigos, igual que él —pero Jeremy tenía a Michael, aunque estuviese en otra escuela—. No hablaba mucho, apenas nada, igual que él. Siempre tenía la cabeza agachada y a veces estallaba de ira. Su vestimenta negra ensombrecía su imagen y daba pie a más rumores.
—Creo que se parece a ti, Jeremy —Michael sonrió al verlo sorprendido—, pero tú eres el nivel easy y Connor el nivel dark, con el DLC de ira incluido.
Jeremy se echó a reír por la comparación.
—A veces quiero hablarle, pero me asusta. Me recuerda a mí cuando está vagando solo y todos hablan mal de él.
—Jeremy, ¿tienes pruebas de que hablan mal de ti o son otras de tus inferencias?
—Es que… Si los vieras, siento que se burlan de mí.
Michael lo miró con pena. Jeremy era demasiado ansioso, un muchachito temeroso que pensaba que alguien o algo le haría daño en cualquier momento. Se habían criado juntos y el día que tuvieron que separarse por las secundarias distintas, Jeremy le miró con miedo y súplica, pidiendo en silencio que no le dejase y que convenciera a su madre de inscribirlo en el mismo lugar. Pero Michael no podía controlar la decisión de los adultos, así que le prometió con solemnidad que lo visitaría cada viernes para quedarse con él hasta el domingo en la noche. Jeremy aceptó, aunque no muy convencido.
—Bueno, seguro que no son todos, Jeremy. Deberías respirar y concentrarte en lo mejor de las cosas. ¿Crees que Connor habla mal de ti?
—No lo sé.
—Pues deberías averiguarlo.
—Siento que apuñala con esos ojos, quizás sí me odia.
—¿Por qué motivo?
Jeremy alzó los hombros por no tener una respuesta.
—Yo pienso que es tímido —Michael regresó a verle el lado bueno a todo y a todos—. Deberías intentar hablar con él. Si te rechaza, entonces no tendrá derecho a decir que no lo intentaste y tú podrás dejar de darle importancia. Tómalo como un desafío. Si lo pasas, te invito hamburguesas; si no lo pasas, tendrás que darme la mitad del dinero de tu futuro Bar Mitzvá. ¡Ya quiero que llegue ese día!
Jeremy aceptó el reto, aunque los calambres por la incertidumbre le mantenían con ganas de vomitar. Planeó en silencio mientras miraba la pantalla con la partida de Mega Man X3 de Michael. Tenía un inicio: Se acercaría a Connor con un hola, luego le preguntaría… ¿qué cosa le preguntaría? ¡Era terrible socializando! Decidió que era mejor sentarse cerca a él, saludarle y pedirle prestado un borrador. Después le diría gracias y un «nos vemos». Eso contaba como una conversación, se animó a que sucedería así. Se ganaría la hamburguesa.
Pero salió mal.
Connor no solo no tenía un borrador, sino que lo miró con fastidio mezclado con sueño. Él siempre parecía tener sueño después de primer receso. La profesora nunca le decía nada, pero a los demás sí les regañaba si se atrevían a bostezar. Aquello sumaba un punto más por el que sus compañeros le trataban como un paria.
Michael le dijo que volviera a intentar al día siguiente. Esta vez, que dejara caer un lápiz en su sitio. Si se lo recogía, entonces era señal suficiente de no ser mala persona y fluiría la conversación de gracias-de nada.
Para su sorpresa, sí funcionó.
—Gracias —Jeremy sonrió de lado y tomó el lápiz, agradeciendo en voz baja para que el profesor de turno no escuchara. Connor se mostró algo sorprendido al verle con una sonrisa dirigida a él en lugar de una mueca burlona. No dijo nada, pero Jeremy pudo notarle la expresión.
—Quizás sí es tímido —fue su pensamiento recurrente durante todo el día.
Si era así y lograba su confianza, entonces podrían ser amigos… ¿Verdad? Podrían acompañarse en los almuerzos, sentarse cerca y ser pareja en química. Jeremy sintió leves esperanzas, cortando momentáneamente el sentimiento de congoja que parecía no irse nunca. Iba a ganarse esa hamburguesa. El timbre sonó y los calambres en el estómago empezaron, llegaba el terrible momento de comer solo. El rostro se le coloreó de rojo al ingresar a la cafetería y el sudor comenzaba a brotar de sus axilas mientras tomaba asiento en una de las mesas.
Pero tendría un poco de buena suerte.
Connor se acercó a él sin decir nada y tomó asiento a su lado. Jeremy casi se atraganta, mirándolo con ojos desorbitados.
—¿Por qué me miras así? —escupió el muchacho de negro— ¿Acaso tú también quieres decirme que parezco un maldito terrorista?
—Buh… Err… —Jeremy no podía responder a eso ni a lo otro. Agrandó aún más la mirada
—Olvídalo —gruñó exasperado.
Connor estuvo a punto de irse cuando Jeremy logró sacar las palabras de su boca todavía llena.
—Perdón. So-Solo me sorpren-ndí. Esss… todo.
Eso pareció calmarlo y regresó al asiento. Con brusquedad sacó de su mochila un paquete de sándwiches junto a una caja de jugo. Por la marca y los ingredientes en los panes, Jeremy pensó que debía tener dinero. Él solo podía comer carnes cuando su padre cobraba el sueldo a fin de mes. Se avergonzó al ver su lamentable sándwich de huevo y una caja de refresco. Para su sorpresa, Connor inició una conversación, dejándolo mudo otra vez:
—Siempre te veo comer solo —mascó su sándwich, esperando una respuesta.
—Bueno… Yo no… No tengo amigos —no le importó compartir ese detalle si ambos estaban iguales.
—Apesta no tener amigos, ¿verdad?
Connor masculló un par de maldiciones que estremecieron a Jeremy.
—Pero apesta más pertenecer al grupo amigos que abusan de los demás.
Jeremy le dio toda la razón.
—Sí. Los populares son… son complicados… uhm, son complicados.
—Son idiotas.
—Pero todos los quieren.
—No los quieren, nadie los quiere.
Jeremy notó con curiosidad cómo Connor sacaba unas pastillas blancas del bolsillo de su pantalón y se las llevaba a boca junto al jugo.
—¿Estás enfermo?
—¿Te parece? —Le gritó ofendido. Jeremy se encogió de hombros, solo intentaba ser amable.
—Lo-Lo siento.
—¿Acaso está mal enfermarse?
—No… claro que no.
—¿Te crees el dueño de la salud?
¿Qué iba a decir? Connor comenzó a asustarlo de veras, usaba todo lo que decía en su contra, lo tenía acorralado.
—Lo siento —repitió, ambos dejaron de mirarse.
Su extraña comida se repitió al día siguiente, y a los que siguieron. Además, Connor comenzó a sentarse cerca de él en las clases que compartían, sin decirle nada. Jeremy llegó a sonrojarse de pura vergüenza por sentir que había atraído a un cachorro en la calle (en este caso, una especie de doberman que no tardaría en morderlo) Michael rio a carcajadas cuando se lo contó.
—¡Tímido pero difícil! Gran ítem.
—Se aparece como fantasma y cuando me doy cuenta ya está a mi lado. ¡Es muy extraño!
—A mí me dicen lo mismo todo el tiempo.
—Pero tú no pareces querer matar a nadie por decir algo.
—¿Sigue tomando a mal tus palabras? Pues no las repitas. Yo creo que solo debes comprobar qué piensa de ti y ya ganaste la hamburguesa.
Jeremy dudó un segundo, pero lo miró con desafío.
—¿De qué puedo pedir?
—De la que quieras.
Michael se sintió bien al verlo asentir con seguridad. Estaba orgulloso de que Jeremy, con todos los nervios y miedo, lo intentaba a su manera. Connor también lo intentaba, aunque actuara como un erizo relleno de bombas. Confiaba en que ambos congeniarían pronto; con algo de buena suerte, tendrían a un tercer amigo en su dúo.
Jeremy supo que era su gran momento cuando la clase de química comenzó. Vestido con su bata y sus guantes, tomó asiento junto a Connor. Este no dijo nada, su rostro somnoliento lo mantenía bufando por intentar estar despierto. La profesora por fin terminó la explicación y dijo las palabras mágicas: Buscar una pareja. Jeremy sintió que las palabras se le atoraban en la garganta, pero logró pedirle a su objetivo hacer equipo.
No supo si fue el sueño o el hecho de estar sentados juntos, pero Connor accedió.
El trabajo fue regular. No le exigía nada por verlo con sueño, aunque se estaba fastidiado por hacerlo casi todo. Recibieron una nota aprobatoria y Jeremy pudo por fin respirar.
—Buen trabajo, Jeremy —la voz entrecortada de su compañero lo dejó sin habla—. Eres inteligente…
Sintió miles de emociones en el cuerpo, todas de alegría que deseaban gritar y saltar.
—Te dije que solo era tímido —Michael lamió la mostaza de sus labios—, y que tampoco pensaba mal de ti.
—Sí… Tenías razón —la hamburguesa triple no cabía en su boca. La comió a bocaditos, bastante satisfecho consigo mismo.
Connor se calmó un poco en lo referente a Jeremy; estaba menos reacio a compartir con él y de vez en cuando le pedía algunas cosas prestadas en clases. Jeremy no tenía problemas para prestarle nada, de hecho, sintió que eran un poco menos tímidos el uno con el otro. Cuando cambiaban de clases y no podían estar cerca, Jeremy regresaba a la ansiedad y se mantenía en silencio, sin hablar con nadie, sin saber que Connor estaba en las mismas, aunque no lo pareciera. Las miradas y murmuraciones iban dirigidos a ellos y a su extraña cercanía, y aunque Jeremy siempre pensaba que lo odiaban, el sentirse acompañado minimiza esa sensación
¿Podía llamarlo «amigo»?
Ambos se buscaban, se llamaban y compartían algunas cosas. Fuera de la escuela no hablaban ya que ambos eran incapaces de invitarse para pasar la tarde juntos o hacer las tareas. Sin embargo, Jeremy sabía sus horarios al haberse compartido sus rutinas (nada impresionante). En algún momento tendrían que llamarse amigos. Miró el calendario, llevaban dos meses en la misma situación, y en dos más celebraría su Bar Mitzvá.
—¡Invítalo! —Michael sugirió con alegría después de verlo tan avergonzado —. ¡Será increíble! Y después de ese día seremos tres, como la trifuerza. Yo soy Link.
—Siempre eres Link.
—Connor sería Ganondorf.
—¡No quiero ser Zelda!
Y su gran día llegó. Se había armado de la confianza necesaria para invitarlo por adelantado a su ceremonia, pero antes de hacerlo, probaría con invitarlo a su viernes de juegos con Michael para que lo conociera. Cuando el timbre de salida sonó y los alumnos fueron saliendo poco a poco de los salones, Jeremy corrió hasta la clase de Connor y se acercó a él cuando lo vio salir.
—Hey… —se había hecho costumbre saludarse así. Jeremy levantó tímidamente la mano.
—Hey —Connor se dirigió al pasillo, invitándole a caminar con él.
—Tengo una pregunta.
Su amigo de negro lo miró de soslayo.
—¿Quiere…? ¿Qui-quieres… ha-hacer algo?
—¿Algo? —arqueó una ceja.
—Ya sabes.
—No sé.
Jeremy reunió todo el aire que pudo en sus pulmones.
—¿Hacemos algo hoy?
La sugerencia lo tomó tan desprevenido que se detuvo en medio del pasillo. Los jóvenes alrededor seguían caminando, ocasionalmente girando a verlos para murmuras cosas sin sentido. Jeremy los ignoró, atento a Connor.
—¿Quieres quedar conmigo? —su manera de preguntar se asemejaba a alguien a quien le ofrecían drogas.
—Es viernes —añadió como quien no quiere la cosa—. Tengo algunas consolas retro y un televisor.
Connor tenía el semblante de estar meditando la situación.
—¿Retro? ¿Te refieres a la Game Cube y cosas así? Mario Bros, Zelda, Pokemón.
—O vemos algo. ¿Te gustan las frituras?
—Pues… —Jeremy pudo jurar ver una chispa en esos ojos oscuros y cansados—. ¿Ahora mismo?
—Sí, solo tengo que pasar por la tienda para comprar papitas.
—Me gustan los Doritos.
Jeremy sintió una ola de esperanzas.
—Aumentaré los Doritos —Connor dibujó una pequeña sonrisa que animó a Jeremy a seguir hablando—. Michael está emocionado por conocerte.
Como si hubiese dicho algo prohibido, Connor borró la sonrisa y abrió los párpados de par en par. Su respiración errática le hizo subir y bajar los hombros con ímpetu, apretando los puños. Jeremy tuvo la sensación de que intentaba matarlo con la mirada.
—¿Quién es Michael? —gruñó, la pregunta era exigente.
—Es mi amigo —Jeremy respondió con timidez; la presencia de los demás alumnos amenazaba con enloquecerlo por la combinación de vergüenza y miedo.
—¡Dijiste que no tenías amigos!
—¡Aquí no tengo amigos!
—¿Yo que soy, entonces? ¿Un estúpido?
—¿Por qué dices eso? —la desesperación que sentían ambos levantó una pared que comenzaba asfixiarlos. Connor se acercó a él con un aura amenazante.
—Crees que estoy ciego y que soy un imbécil, ¿eh? ¡Te estuviste burlando de mí todo este tiempo! ¡Eres un maldito mentiroso!
Sin permitirle explicarse, Connor se acercó a él para tumbarlo al suelo, haciendo retumbar sus botas mientras se alejaba por el pasillo. Jeremy se dobló por el dolor, sintiendo que las piernas le temblaban demasiado como para levantarse; hasta que Zoe apareció para ayudarlo. Angustiado cogió sus cosas y se fue corriendo para ocultarse en el baño, lejos de todos, lejos de Zoe, lejos de Connor. Quería llorar, quería gritarle y reclamarle por tratarlo así. ¿Cómo llegaron a eso? ¿Por qué?
Cuando llegó a casa, Michael ya estaba ahí, mirando detrás suyo como si esperase a alguien más.
—¿Connor va a…? —se calló al ver los ojos furiosos y llorosos de su amigo.
—¡No quiero volver a hablar de él!
Michael entornó los ojos cuando Jeremy aventó su mochila al suelo y la bolsa de frituras a la mesita auxiliar. Tenía el rostro enrojecido, aguantando las lágrimas.
Prefirió no volver a mencionar al que hubiese sido el tercer amigo.
En cambio, Connor no podía dejar de pensar en Jeremy. ¿Cómo podía creer que ese muchacho tembloroso resultaría tan cruel? A fin de cuentas, ¿no era igual de tímido que él? Y lo había utilizado, siendo un despiadado al tenerlo donde quería. Miles de ideas distorsionadas le hacían temblar, acurrucado en la cama; su mente era incapaz de ver la realidad, atrapada en una situación de pastillas y terapia que no funcionaban como deberían, preocupando a su madre. Por momentos, la lucidez regresaba para aclarar sus pensamientos y su ánimo decaía al reparar en sus errores, llorando como si fuese un niño que esperaba su castigo por portarse mal. Se odiaba, deseaba correr, buscar a Jeremy y rogarle que fuera su amigo de nuevo, pero el daño ya estaba hecho, no le perdonaría. Tampoco podía soportar la idea de compartir a su único amigo, temiendo que lo dejara y despertando en él deseos de desaparecer a todo el mundo para que nadie se atreviera a separarlos. ¡Es que no podía soportar verlo irse de su lado! Asustado, se odió más al contemplar su manera de ver a Jeremy, como algo que debía estar a su lado porque le pertenecía. Todos tenían razón: estaba loco, era un demente que debía desaparecer.
Él era el problema, no el muchacho de mirada nerviosa. Jeremy tenía razón si no quería volver a dirigirle la palabra. No se merecía ese trato, era un buen chico, ¿por qué se había acercado a él?
Quizá se habían aferrado el uno al otro en esos meses porque no tenían a nadie más.
Disclaimer: Be more Chill le pertenece a Ned Vizzini y Dear Evan Hansen a Ben Pasek y Justin Paul. Lo único mío es la historia.
