Mei, este fic te lo dedico a ti, considerando que lo hice por lo que hablamos de Sherly arriesgándose tontamente y que básicamente fuiste eligiendo ruta (?.


Disciplina.

Ya habían vuelto a lo que temporalmente sería su hogar, la misión había resultado más peligrosa de lo planeado, pero al final, todo había terminado bien. Estaban vivos. Y aun cuando todo parecía normal entre ellos, El ambiente era tenso. Al buen observador no le sería imposible discernir la pelea silenciosa que tenían. No obstante, había algo que podría confundir a cualquier testigo. Ese algo eran dos clases de tensiones presentes y densas. La primera, era tan inusual que ninguna persona que conocieran, sabría qué nombre darle, al menos no entre dos hombres: la sexual. La segunda, era la más conocida y que más saltaba a la vista: la ira.

Apenas cerraron las puertas de su hogar, un aura salvaje les erizó la piel. La ropa se sentía incómoda. Las palabras se encontraban atoradas en sus gargantas.

El fuego y el mar se encontraron en un destello implosivo. Un nuevo acuerdo silencioso se desplegó entre ambos. Sabían que debían hablar y actuar. Cada uno conocía su papel, pese a nunca antes haberlos representado de dicha manera, lo sabían.

Liam fue en silencio por unas sogas que tenían en el armario y sacó de su maleta el fuete que se trajo de recuerdo de aquella peligrosa misión.

Sherlock pasó saliva pesadamente. Jamás se había considerado fanático de ciertas prácticas, pese a estar consciente de su existencia. Pero si era con el hombre frente a él, no le importaba. Se quitó el sacó y lo arrojó descuidadamente sobre la cama, sin dejar de observar a su amo del crimen.

La mirada depredadora del rubio iba de arriba hacia abajo, ocasionalmente se detenía en los botones de su camisa o en el de sus pantalones.

Sherlock lo supo y sin pudor alguno, se liberó de sus ropas. Después, siguió la mirada del sol hacia un banco de madera que tenían.

— Sentado — escuchó la autoritaria y aterciopelada voz.

Pese a la distancia, sintió como si le acariciara el oído y se volvió incapaz de oponerse a la orden. Incluso ignoró la parte de su cerebro que se preguntaba, cuando había llegado ese banco ahí. Tomó asiento y pronto escuchó otra indicación:

— Manos en la espalda.

Sherlock hizo lo que le pidió, dejándose hacer.

Liam tomó las sogas y se puso detrás de él. Con una maestría escalofriante, inmovilizó sus manos y lo volvió incapaz de moverse o pararse. El corazón de Sherlock latió muy fuerte. En cambio, los movimientos lentos y sensuales de Liam se presumían de hielo, contrastando con su solaridad.

El rubio se colocó frente al detective y se desprendió de sus ropas frente a él. Estarían en las mismas condiciones, pero en diferentes posiciones. No fue difícil para Sherlock saber que era una sesión de disciplina.

Liam era matemático y era profesor. Había rasgos de personalidad muy marcados: su necesidad de controlar y su necesidad de encontrar una fórmula perfecta para todo.

El cuerpo solar lucía delgado, más de lo que su ropa dejaba ver. Aun había restos de moretones y cicatrices cubriéndole. Iba a juego con su propio cuerpo.

La sola idea le erizó la piel.

De repente, Liam avanzó con paso gatuno y fuete en mano hacia Sherlock. Con aquel instrumento acarició el mentón del moreno y agudizó la mirada. Sherlock asintió levemente, consintiendo esa extraña lección.

Liam le dio un azote en los pectorales y Sherlock siseo, tratando de soportar el ardor que le provocaba el cuero del fuete.

El rubio caminó en círculos alrededor del banco en el que estaba sentado el detective. Y cuando se posicionó detrás de él, deslizó el fuete desde la base del cuello hacia abajo, paseándolo por toda su columna.

Es lo provocó un escalofrío a Sherlock, su respiración se agitó. Él mismo estaba impresionado de su propia reacción ante la espera.

Otro azote llegó esta vez en su espalda.

El respingo del cuerpo de Sherlock y otro siseo encubrió el lugar, creando una atmosfera cada vez más pesada y sensual.

— ¿Qué es lo que no debes hacer, Sherly?

Sherlock buscó la mirada de Liam con la suya y el destello escarlata que provenía de Liam, le hizo "despertar".

El hombre frente a él quería una respuesta.

— Hacer cosas peligrosas, Liam.

Liam volvió a caminar a su alrededor hasta ponerse frente a él. Subió su pierna hasta apoyar su pie en la rodilla de Sherlock, mientras se inclinaba hacia adelante, quedando lo suficientemente cerca para tentarlo. Le ofrecía sus labios sin entregárselos. Tampoco permitió que lo besara cuando Sherlock trató de acercarse.

— No te escucho, Sherly. ¿Qué es lo que no debes hacer?

— Hacer cosas peligrosas.

— Dilo más fuerte — el brillo escarlata le daba un encanto irreal. Casi demoniaco.

Sherlock recordó lo mucho que a Liam le gustaba Shakespeare. La mirada rojiza de Liam le hacía pensar en sus escritos, pero el fuete lo remontaban al marqués de Sade.

— Hacer cosas peligrosas — repitió más fuerte a su amo.

— Así es.

Volvió a posicionar el fuete en su barbilla y lo deslizó hacia abajo con lentitud, dejando que la sensualidad del cuero despertara las sensaciones en el cuerpo ajeno, hasta llegar al miembro ya despierto, en una caricia amenazante que logró exterminar la cordura de Sherlock, quien, a esas alturas, no paraba de repetir su respuesta como un mantra al cual se aferraba como una nueva programación mental.

Liam colisionó sus labios con los del detective, sin retirar el fuete de su miembro, encajándolo un poco para acentuar la sensación de amenaza.

— ¿Por qué no debes hacer cosas peligrosas, Sherly? — agregó alejando sus labios con rapidez.

No permitiría que Sherlock olvidara que estaba en una sesión de disciplina.

Retiró el fuete y se sentó a horcajadas sobre las piernas abiertas del moreno, lo suficientemente cerca para sentir el calor irradiando del cuerpo ajeno, pero sin llegar a pegarse demasiado, no quería premiarlo aún.

Se sentará sobre sus piernas, frente a él, pero no tan cerca, no pega su cuerpo, pero sienten el calor irradiando del cuerpo ajeno. Volvió a colocar la punta del fuete en la barbilla ajena y lo encajó justo bajo el ángulo del mentón, en un punto de presión que evocaba un dolor punzante.

Sherlock gimió y se esforzó en alcanzar sus labios, pero William se alejó.

— Mal chico.

Bajó su mano por el pecho y abdomen desnudos, sintiendo el escalofrío que su toque provocaba en el detective. Su mano llegó hasta la base del pene donde enredó sus dedos en su vello púbico.

Se aseguró de que sus miradas estuvieran en contacto.

— Debo castigarte.

Y al acto, le arrancó un par de vellos púbicos.

— ¡Aagh! — se quejó Sherlock por el dolor, que le provocó una leve comezón.

— Contesta la pregunta, Sherly.

Silencio.

Probablemente, Sherlock aun trataba de concentrarse, pero era difícil con el enervante aroma solar tan cerca.

— Quieres que desate tus manos.

El detective asintió con la cabeza y Liam le arrancó otro par de vellos.

— Entonces, contesta la pregunta, Sherly.

Su nombre lo dijo de forma tan mimosa, que parecía un estado de ánimo totalmente diferente.

— ¿Por qué no debes hacer cosas peligrosas?

Acarició el miembro de Sherlock con una sutileza deliciosa. Tomó otro par de vellos de su ingle, pero no los arrancó. Se limitó a jalarlos amenazante.

Con suma dificultad para enfocarse en otra cosa que no fuera el dolor o lo eróticas que le resultaban la voz y las caricias de Liam, intentó afianzar su argumento a la petición de vivir juntos.

No obstante, no pudo decirlo en voz alta. Su cuerpo temblaba. No de frío, no de miedo. Era… ¿placer?

— Así es, Sherly. En eso habíamos quedado.

Él mismo sabía que no habían hecho ninguna promesa, en realidad, Sherlock aun esperaba su respuesta. Pero no permitiría que el detective se sacrificara así de nuevo.

Acarició su pene y acercó su cuerpo, estrechándolo y sintiendo sus hombros en un abrazo hermético. Ocultó su rostro de esa forma y le susurró al oído:

— No hagas que me preocupe innecesariamente.

Sherlock se había excitado más, su miembro estaba tan erecto que Liam sentía esa dureza estando tan cerca.

— No tan rápido, Sherly. Aún estoy molesto.

— ¿Qué necesitas, Liam?

William friccionó y acarició el cuerpo del detective, sin embargo, cuando sintió los limitados movimientos del otro para tratar de participar, se puso de pie bruscamente.

— ¿Qué crees que quiero?

Sherlock pasó saliva. Esa actitud le hizo sentir dolor en su parte baja, se sentía cada vez más excitado con esa faceta autoritaria por parte del rubio.

— Y no te equivoques. Este es un examen que no puedes fallar — al ver la expresión emocionada de Sherlock, se acercó a su oído nuevamente para susurrarle mimoso — No acepto ceros en esta ocasión, Sherly.

Paseó su dedo por la clavícula del detective, para después volver a abrazarlo. Retomó el fuete que estuvo descansando en su otra mano, y así enseguida, volvió a azotarlo.

— ¿Pero cómo creerlo, Sherly? ¿En verdad piensas que en este punto basta con una promesa? — frunció el ceño — ¿Qué quiero?

Sherlock seguía excitado por cómo Liam parecía leerle la mente. Leyó cuando quiso responderle sobre vivir juntos y lo hacía al saber que no tenía respuesta en mente. Ante la última pregunta solo pudo pensar en una pregunta suelta que sabía, era la respuesta incorrecta "¿Satisfacerte?" era la pregunta errada.

Liam pareció leer eso también.

— No es un misterio tan difícil, Sherly. ¿Qué desearías tú, si nuestras posiciones estuvieran invertidas?

Sherlock cerró los ojos, tratando de acortar estímulos y concentrarse en la lógica. La pregunta de Liam era cruda y directa. No obstante, no paraba de recordar el cuerpo desnudo, lo cual, lo hizo que terminara liberando su esencia.

Liam fingió no notarlo y empezó a caminar en círculos alrededor de él y desde atrás, puso sus manos sobre los fuertes hombros que habían embarnecido durante el tiempo que estuvo inconsciente, lo sabía. Acarició esos hombros por su pecho hasta abrazarlo desde atrás.

— ¿Resolverás este nuevo misterio? ¿O me harás darte pistas? ¿En verdad no puedes resolverlo solo? A estas alturas, creí que un detective de tu calibre lo sabría.

Sherlock no quería dejarse vencer así. Mucho menos arriesgarse a perder el mismo campo de visión de Liam. Lo tenía en sus manos, no lo dejaría ir.

Un crujido ahogado en un quejido se escuchó. Sherlock había liberado sus manos de las ataduras dislocándose el pulgar. El labio le sangraba.

Al ver su mano así, Liam le dio otro azote con el fuete. En su expresión se lograba ver con facilidad su molestia.

— ¿No has aprendido nada de esta sesión intensiva, Sherly? — el destello escarlata se intensificó en sus ojos

Sherlock se acercó aun con la feralidad de Liam emergiendo. Con una mirada conciliadora lo envolvió en sus brazos.

— Lo siento — le susurró al oído.

Algo en el interior de Liam se derritió. Razón por la cual, permitió el abrazo y se permitió cerrar los ojos con suavidad, dejando que el aroma del detective llegara a sus fosas nasales. Las palabras le supieron sanadoras y tenía muchas ganas de disolver su ira ahí en los deliciosos brazos.

No obstante, lo empujó haciéndolo caer de sentón en la silla.

— Las disculpas no resuelven nada, Sherly. Lo sabes.

Con su pie, comenzó a pisar con cambios de presión, el pene de Sherlock. Lo suficiente para provocarle un poco de dolor, pero no tan fuerte como para dañarlo. Su ceño fruncido fue cambiando levemente la curva, dejando entrever otra expresión que Sherlock, no estaba seguro de poder interpretar.

— ¿Quieres hacérmelo, Sherly? — se sentó en él de nuevo.

Acarició el rostro de Sherlock y sujetó su quijada con firmeza, haciéndolo inclinar la cabeza. Deposita un beso suave que fue subiendo de tono en cuanto permitió su lengua internarse en la cavidad del moreno.

Cuando sintió a Sherlock adicto a su beso, se alejó. Estuvo a punto de pararse, sin embargo, Sherlock le sujetó de la cintura para evitarlo y mantenerlo sentado en sus piernas.

Con una sonrisa burlona, Liam desasió el agarre con suavidad y cuando entrelazó su mano con la del detective, presionó el pulgar dislocado con fuerza y con una mirada feral.

— No rompas mis pertenencias.

De pronto, Sherlock pareció comprender algo, aunque no terminaba de aterrizarlo.

— Lo siento, Liam.

Fue lo único que atino a decir con un genuino dolor y arrepentimiento en sus ojos, no solo por la presión en su pulgar, sino, por lo que Liam trataba de decirle.

El joven solar, comenzó a ceder.

— ¿Prefieres que te cure? ¿Prefieres seguir en tu sesión de disciplina? ¿O prefieres dormir conmigo?

Con la última pregunta, Sherlock dudó si "dormir" era realmente acostarse a dormir o si era el eufemismo para finalizar el acto sexual. Sin querer equivocarse, pasó saliva y se limitó a asentir con la cabeza.

Liam se paró y le hizo una señal para que se quedara dónde estaba. Fue y vino al baño, con el botiquín en mano. Volvió a sentarse en sus piernas y empezó a atenderlo. Sacó una jeringa y lo inyectó en la base del pulgar.

— Hace tiempo no hacía esto — las palabras se colaron de su mente mientras esperaba un momento a que la anestesia hiciera efecto.

— ¿Curar a alguien?

William sintió un nudo en la garganta y se dio cuenta de su error. No había lo pensado, lo había dicho. Estar con Sherlock tenía ese efecto, era difícil saber dónde iniciaba y donde terminaba y al mismo tiempo, era muy fácil saberlo. Probablemente, el enigma más grande en la vida de ambos, era su contraparte.

Cerró los ojos permitiendo que la cortina espesa de pestañas doradas, cubrieran el carmín de sus ojos, hipnotizando al detective con cada movimiento, besó la mano de Sherlock con devoción, distrayéndolo.

Le dio un beso en los labios mientras de un solo movimiento le recolocó el pulgar en su sitio. A Sherlock no le había dolido, pero sí había sentido una presión muy extraña la que sintió, por lo que ahogó un quejido en la boca del amo del crimen. Su amo.

Liam sintió una presión suave en su mejilla, producto de un beso. Seguido de ello algo de humedad. Curioso volteó a ver el rostro ajeno, quien lucía perplejo y angustiado, más no adolorido. Pronto, notó en el reflejo de los zafiros, que no era Sherlock quien estaba llorando, las lágrimas eran suyas.

Ignorando la molestia que sentía por sus propias lágrimas, continuó vendando a Sherlock. Una vez terminado, lo abrazó en silencio por un momento, sintiendo como el calor de su cuerpo comenzaba a abandonarlo, gracias a su desnudez y la ausencia de estímulo.

Se puso de pie e invitó al detective a seguirlo a la cama, quien, sin objeciones, se dejó guiar a ella. Lo único que ambos querían era sentir sus cuerpos cerca.

Quedaron recostados de lado, mirándose mutuamente.

— Lo siento — dijo pasando su mano por la nuca de Liam para hacer que se sus frentes se encontraran.

Liam sintió su aroma, su calor, incluso sus latidos eran tan fuertes que lograba percibirlos.

— Lo siento, Sherly.

Por un momento, Sherlock pensó que la disculpa era por la severidad de la sesión de disciplina, no obstante, la mirada tamesiana chispeaba en fuego y agua, eso le indicó que su disculpa era por otra cosa.

Era obvio ahora.

Sabía que Liam estaba disculpándose por lo sucedido en el puente. De pronto, todo el rompecabezas se reacomodó en su mente. Las piezas de acertijo cayeron una a una en orden:

Al arriesgarse así, le había hecho pasar a Liam por el mismo terror que él sintió ese día en el puente.

— Lo siento.

Una disculpa sincera y que ahora sí comprendía el significado.

— Lo siento — repitió algunas veces más— Perdóname, Liam.

Sherlock le abrazó con fuerza, sintieron el calor del otro y algo volvió a encenderse. Paseó su mano sana por la espalda de Liam de manera conciliadora, de arriba hacia abajo una y otra vez, disfrutando el tacto.

Liam probó los labios del hijo de la luna, era como libar miel. El tacto en su espalda le hizo sentir como si su corazón volviera a casa. Suspiró.

Con su peso, hizo a Sherlock girarse boca arriba y bajó su mano hacia el miembro endurecido.

— No he olvidado tu nuevo despertar.

Se sentó a horcajadas en el abdomen de Sherlock, permitiendo que el detective si comenzara a hacer más consciente de su desnudez y de la cercanía de sus genitales.

Sherlock, siendo presa de las maniobras de Liam, le acarició el muslo e intentó subir su mano para tocarlo más.

— Aún estoy molesto, Sherly. No me hagas repetirte las cosas.

Apresó las muñecas del detective entre sus manos y la cama, dominándolo, pero con cuidado de no lastimarlo.

Sherlock sintió el movimiento peligrosamente cerca de su mano, aún estaba anestesiada, no obstante, no quería pensar en el dolor posterior si se lastimaba más. Fingió una mueca de dolor que no logró engañar a su sol.

— Agradece que no apreso tus manos con las rodillas.

El sol comenzó a sentir el miembro cien por ciento erecto de Sherlock pegársele en las posaderas, delineando aquella separación entre sus carnes. Pidiendo permiso para adentrarse.

Sonrió.

Sherlock tenía un lado bastante masoquista si fue esa última frase lo que lo hizo excitarse más.

Liam liberó la mano herida de Sherly, confiando en que su sesión de disciplina había sido efectiva, de forma en que no la usara para tocarlo, para que así, pudiera prepararse él mismo para lo que estaba por venir.

Se estiró un poco para tomar un frasco de crema que estaba en la mesita junto a la cama y liberó la otra mano de Sherlock para colocarle el frasco en la mano sana.

— Sostenlo — ordenó, mientras él giraba la tapa para abrirla.

— Liam… por…favor… — su respiración era más caótica.

Sintiéndose en deuda con Sherlock, por el pulgar roto, no se preparó demasiado, esperaba, no, más bien, deseaba experimentar algo de dolor también.

Sintió la mano lunar afianzarse a su miembro, mientras iba montándose y penetrándose con el pene de Sherlock.

— Liam… no… tú…

— Esta es tu otra lección, Sherly.

La sensualidad de la voz de Liam funcionaba como un encantamiento para Sherlock. El fulgor rojo en sus irises, le daban un aspecto casi sobrenatural.

— Cuando tú te lastimas, yo también me lastimo. Herirte a propósito significa que eres tú lastimándome. ¿Eso quieres?

Sherlock pasó saliva pesadamente y por un momento, su respiración se detuvo. El dolor, la excitación, la preocupación y el deseo se disolvieron en una mezcla que nubló su mente.

Aceptación.

— No volveré a lastimarte— dijo, finalmente complaciendo a su amo.

El silencio de la habitación fue usurpado por los sonidos húmedos y fricciones que los hicieron llegar a una nueva promesa.

El rostro solar volvió a disolverse en lágrimas y un fuerte temblor le recorrió el cuerpo. Desconoció si eran de nuevo sus emociones en conflicto o si era porque Sherlock había tocado aquel punto enloquecedor que le hacía perder control y noción de sí mismo.

Sintió la liberación de las gotas lunares en su interior, poco después, hizo lo mismo.

Sherlock intentó de nuevo estirarse para secarle las lágrimas, más no lo alcanzó. O más bien, Liam no se lo permitió.

Cansado, el sol se dejó caer exhausto sobre el pecho de su amante. Apoyó su cabeza en el pecho ajeno, donde fue acunado por los brazos lunares.

— No vuelvas a lastimarme.

— No volveré a lastimarte.

Fin