Capítulo 2

El pequeño pueblo situado cerca del rancho se llamaba Catelow, en honor a un colono que se fue al oeste por cuestiones de salud a principios del siglo XIX. Su familia y él, junto con algunos amigos mercaderes, pidieron y obtuvieron una estación de tren para que pudiera enviar ganado al este desde su rancho. Algunos de sus descendientes aún vivían allí, pero cada vez más jóvenes salían del estado y se trasladaban a las grandes ciudades para trabajar en puestos que estaban mejor pagados.

Aun así, el pueblo tenía todo lo necesario. Catelow tenía un buen cuerpo de policía, un parque de bomberos, un centro comercial, numerosos restaurantes étnicos, varias iglesias protestantes y una católica, un administrador municipal al que se le daba de maravilla hacer prosperar al ayuntamiento del pueblo y una gran tienda de ultramarinos junto a una ferretería aún más grande.

También había una franquicia de tractores. Desde su infancia, cuando iba con sus padres a visitar a los diversos vendedores, le habían fascinado las máquinas. Una vez, cuando estaba en la universidad, como regalo de cumpleaños Kizashi King Haruno había alquilado una excavadora y había hecho que el conductor le enseñara a manejarla. Sakura había hecho que su hermano, Naruto, hiciera una película casera del evento. El muy canalla se había negado a eliminar de la grabación la parte en la que ella metía la excavadora en una zanja. Naruto tenía un sentido del humor retorcido, igual que el hermano pequeño de Kizashi, Jiraiya, que ahora era juez del tribunal supremo y estaba casado con su antigua secretaria, la pelirroja Mei Terumi. Tenían dos hijos.

Sakura paseaba por entre las filas de tractores y suspiró al ver uno verde que probablemente podría hacer de todo. Incluso tenía una cabina para proteger al conductor del sol.

—¿Así es como pasas tu día libre? ¿Mirando tractores? —preguntó con sarcasmo una voz de mujer detrás de ella.

Sobresaltada, Sakura se dio la vuelta y encontró a Sasuke con Ino colgada de su brazo.

—Me gustan los tractores —respondió sin más. Miró con rabia a la otra mujer, que llevaba el pelo suelto. Llevaba un vestido de seda apretado, tacones de aguja y un jersey. Acababa de empezar el mes de mayo y algunos días aún eran fríos—. ¿Tiene eso algo de malo?

—No es muy de chica, ¿no? —comentó Ino. Se movió con una actitud deliberada que acentuaba sus curvas. Se acercó a Sasuke y le dirigió una sonrisa—. Yo preferiría pasear por una tienda de Victoria's Secret.

—Oh, sí. Me imagino a mí misma bañando ganado con uno de esos conjuntos —contestó Sakura con una sonrisa irónica.

—No te imagino llevando nada... femenino —agregó Ino—. No eres una chica muy femenina, ¿verdad?

Sakura recordó que muchos se habían quedado mirándola cuando se había puesto un precioso vestido de un famoso diseñador francés y miró a Ino desafiantemente sin decir nada. Eso hizo que la otra mujer se enfureciera.

—Yo odio los tractores y aquí hace frío —le dijo a Sasuke tirando de su brazo—. ¿No podemos tomarnos un capuchino en la nueva tienda que han abierto junto a la floristería?

Sasuke se encogió de hombros.

—Me parece bien —miró a Sakura—. ¿Quieres venir? —preguntó.

A Sakura le sorprendió y le agradó la invitación. ¿El jefe invitando a tomar café a una empleada? Se planteó aceptar el ofrecimiento, solo para hacer enfadar a Ino, que ya estaba roja de rabia.

—Gracias —respondió—. Pero me divierto viendo máquinas.

Ino se relajó y Sasuke pareció perplejo.

—Invito yo —añadió.

Lo cual indicaba que creía que Sakura no podía permitirse el café y estaba rechazando el ofrecimiento por esa razón. Se sintió ligeramente ofendida. Claro, que él no sabía nada sobre su pasado. Tal vez su apellido fuese raro, pero lo había visto en otros estados, incluso en otros países. Era improbable que relacionara a una pobre chica trabajadora con el famoso barón del ganado, incluso aunque hubiera podido ver a su padre en alguna ocasión. Criaba ganado de Santa Gertrudis. Los toros de Santa Gertrudis de su padre eran famosos y la gente pagaba precios altísimos por ellos.

Sakura se aclaró la garganta.

—Sí, bueno. Gracias, pero hoy no.

Sasuke sonrió de manera extraña.

—De acuerdo. Pásalo bien.

—Gracias.

Se alejaron, pero, mientras lo hacían, Sakura oyó a Ino murmurar:

—Muy generoso por tu parte ofrecerle un capuchino a una empleada. Apuesto a que ni siquiera sabe lo que es.

Sakura apretó los dientes. «Un día, bonita, recibirás tu merecido», pensó.

Se dio la vuelta hacia los tractores y suspiró.

Un viejo deportivo de color rojo apareció frente al edificio principal y se detuvo derrapando. La puerta se abrió y se cerró. Segundos más tarde, un hombre alto y agradable de pelo castaño y ojos oscuros se acercó a ella. Llevaba traje, lo cual era extraño en aquel pueblo, salvo para los banqueros.

La miró con una sonrisa.

—¿Quiere comprar algo?

—¿Yo? Oh, no. Trabajo en un rancho. Simplemente me gustan las máquinas.

—¿De verdad? —preguntó él con las cejas arqueadas.

Sakura se carcajeó.

—Supongo que suena raro.

—En realidad no —respondió el hombre—. Mi madre siempre decía que se casó con mi padre porque estaba rodeado de excavadoras. Le gusta conducirlas.

—¿De verdad?

—Mi padre es el dueño de todo esto —explicó señalando los tractores con la mano—. Yo me encargo de las ventas y del marketing —añadió con el ceño fruncido—. Preferiría trabajar en publicidad, pero mi padre no tiene a nadie más. Soy hijo único.

—Aun así, no es un mal trabajo, ¿verdad? —preguntó ella.

Él se rio.

—En absoluto, pero solo algunos días —contestó ofreciéndole la mano—. Kiba Inuzuka —se presentó.

—Sakura Haruno —respondió ella estrechándole la mano.

—Encantado de conocerla, señorita... señora...

—Señorita —dijo ella con una carcajada—. Estoy soltera.

—Qué coincidencia. ¡Yo también!

—Lo imaginaba.

—¿Estás solo mirando o intentando conseguir una buena compra para tu jefe?

—Estoy segura de que mi jefe puede encargarse de sus propias compras —respondió ella—. Trabajo para Sasuke Uchiha en el Rancho Real.

—Ah. Él —no pareció impresionado.

—Lo conoces.

—Lo conozco, sí. Hemos hablado en alguna ocasión. Antes nos compraba a nosotros. Ahora le compra a un tipo de Casper —se encogió de hombros—. En fin, nada nuevo. Muchos de los habitantes del pueblo trabajan para él, y están contentos con el trabajo. Así que supongo que es bueno con sus empleados, a pesar de ser un tormento para los vendedores.

Ella se rio.

—Supongo.

Kiba ladeó la cabeza y la miró con las manos en los bolsillos.

—¿Te gustan las citas?

Ella volvió a reírse, sorprendida.

—Bueno, más o menos. Quiero decir que hace tiempo que no tengo una.

—¿Te gusta el cine?

—¿De qué tipo?

—De terror.

—Me gusta esa trilogía de vampiros tan famosa.

Él puso cara de asombro.

—Me gustan todas las películas de dibujos animados, las de Harry Potter, las de Narnia y cualquier cosa relacionada con Star Trek o La guerra de las galaxias —añadió Sakura.

—¡Bien!

—¿Y a ti?

—No me apasiona la ciencia ficción, pero no he visto esa nueva película del hombre lobo. ¿Quieres ir a verla conmigo? Hay un pequeño cine en el pueblo. No echan todas las películas de estreno, pero no está mal. Hay un restaurante chino al lado que abre hasta tarde.

Ella vaciló. No estaba segura de que fuese una buena idea. Parecía un hombre agradable. Pero su nuevo jefe parecía juzgar bien a las personas y no le gustaba comprar allí. Eso significaba algo.

—En general soy inofensivo —agregó él—. Mis dientes están sanos, solo digo tacos cuando me provocan, tengo un número de pie normal y solo me han puesto cinco multas por exceso de velocidad. Ah, y además hablo noruego.

Ella se quedó mirándolo sin saber qué decir.

—Nunca había conocido a nadie que hablase noruego.

—Me será útil si alguna vez voy a Noruega —respondió él con una carcajada—. A saber por qué lo estudié. Habría tenido más sentido estudiar español, francés o incluso alemán.

—Yo creo que deberías aprender lo que quieras.

—Entonces, ¿qué me dices del cine?

Sakura miró el reloj.

—Tengo que ayudar con el nacimiento de los terneros, así que básicamente estaré de guardia el resto del fin de semana. De hecho ya es hora de que vuelva a trabajar. Solo tengo medio día libre los sábados.

—Maldición. Bueno, ¿y qué me dices del próximo viernes por la noche? Si los terneros lo permiten.

—Se lo preguntaré al jefe —dijo ella.

Él arqueó una ceja.

—Tengo que hacerlo —se justificó Sakura—. Soy nueva. No quiero arriesgarme a perder mi trabajo por ausentarme sin permiso.

—Parece como si estuvieras en el Ejército —comentó él.

—Supongo. A veces me siento así en el rancho.

—Los tres hermanos combatieron en el extranjero —dijo él—. A dos de ellos no les fue muy bien. Sasuke, sin embargo, es un hueso duro de roer.

—Ya me he dado cuenta —no sabía que Sasuke hubiera estado en el Ejército, pero tenía sentido, teniendo en cuenta su aspecto autoritario. Probablemente fuese oficial cuando estaba en activo.

Vio que Kiba se había quedado mirándola, esperando.

—Si puedo sacar algo de tiempo, me gustaría ver la película.

—¡Genial! —exclamó él.

Ella suspiró.

—Tendré que llevar vaqueros y una camisa. Cuando empecé a trabajar en el rancho, no me traje ningún vestido, ni siquiera una falda. Toda mi ropa está en casa de mis padres.

—Te has fijado en mi traje. Lo llevo para impresionar a los clientes potenciales —contestó él con una sonrisa—. Cuando estoy en el pueblo, suelo llevar pantalones normales y camisetas, así que los vaqueros están bien. Tampoco es que vayamos a un baile, Cenicienta —añadió con brillo en la mirada—. Y no soy ningún príncipe.

—Creo que están reescribiendo ese cuento de hadas para que Cenicienta sea presidenta de una empresa y rescate a un pobre estibador de sus malvados hermanastros —contestó ella en broma.

—¡Dios no lo quiera! —exclamó Kiba—. ¿Las mujeres ya no quieren ser mujeres?

—Al parecer no, según la tele y las películas —suspiró y se quedó mirándose la ropa—. La vida moderna nos exige trabajar para vivir, y tampoco hay tantos trabajos disponibles. No hay muchas opciones económicamente viables para las chicas que se pasan el día vestidas con encajes y bebiendo té en los salones.

—¿He sonado sarcástico? No lo pretendía. Me gustan las mujeres femeninas, pero creo que las luchadoras son excitantes cuando pelean en el barro.

—¡Machista! —exclamó ella riéndose.

—Oye, también vería a dos hombres luchar en el barro. Me gusta el barro.

Sakura se recordó a sí misma cubierta de barro y pesticida en el rancho.

—No te gustaría si tuvieras que bañar al ganado —le aseguró.

—Menos mal que no sé nada sobre ganado —respondió él—. Pues pregúntale a tu jefe si puedes tener tres horas libres el próximo viernes e iremos a ver la película del hombre lobo.

Ella vaciló un instante.

—¿No será un poco gore?

Kiba suspiró.

—Siempre podemos ver la película de dibujos a la que Johnny Depp pone voz. El western del camaleón.

Sakura se rio. Kiba era agradable, guapo y con sentido del humor. Y ella llevaba meses sin tener una cita. Podría ser divertido.

—De acuerdo entonces —le dijo—. Johnny Depp me gusta haga lo que haga, aunque solo sea su voz. Tenemos una cita.

—Tenemos una cita —convino él con una sonrisa.

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Había mucho que hacer en un rancho durante la época del nacimiento de los terneros, y los vaqueros sabían que no podrían dormir mucho.

Las vaquillas que iban a parir por primera vez eran vigiladas atentamente. También había una vaca vieja conocida por escaparse y esconderse entre los matorrales para parir. Nadie sabía por qué; simplemente lo hacía. Sakura la llamaba Bessy y se dedicaba a tenerla vigilada.

—No vayas todo el día detrás de esa vieja vaca y te olvides de vigilar a las demás —le recomendó Iruka—. No puede esconderse donde no seamos capaces de encontrarla.

—Lo sé, pero ya tiene algunos años y han dicho que va a volver a nevar —contestó ella con preocupación—. ¿Y si se quedara bloqueada en una ventisca? Si tenemos una tormenta como la anterior, puede que ni siquiera seamos capaces de ir a buscarla. Es difícil montar a caballo cuando la nieve te llega a la cintura.

Iruka se rio.

—Entiendo lo que quieres decir. Pero tienes que pensar que este es un rancho grande y tenemos docenas de vacas preñadas por aquí. Por no mencionar que tenemos muchas novillas que van a parir por primera vez. Eso es mucho beneficio en época de crisis. No podemos permitirnos perder muchas.

—Lo sé —su padre había disminuido el número de ganado por los elevados precios del grano, y ahora se centraba en criar un rebaño de toros de mayor calidad en vez de tener una granja de vacas y de terneros como la que había construido su padre, el difunto Jim Haruno.

—Maldita sea, sí que hace frío hoy —dijo Iruka cuando terminó de tratar a uno de los toros.

—Ya me he dado cuenta —contestó Sakura mientras se abrochaba la cazadora vaquera. Tenía ropa muy buena en casa de sus padres, pero al rancho se había llevado la más vieja para no levantar sospechas sobre su estatus.

—Será mejor que sigas revisando la valla —agregó Iruka.

—Ya voy. Había venido a por mi iPod —respondió ella, y mostró el reproductor dentro de su funda—. No puedo vivir sin música.

Él apretó los labios.

—¿Qué tipo de música te gusta?

—Vamos a ver. El country, la música occidental, la música clásica, las bandas sonoras, el blues...

—En definitiva, toda.

Ella asintió.

—También me gustan las músicas del mundo. Es divertido escuchar a artistas extranjeros, aunque apenas entienda nada de lo que cantan.

Iruka negó con la cabeza.

—A mí me gusta John Denver.

Ella arqueó las cejas.

—Era un cantante de folk de los años sesenta —le explicó él—. Compuso una canción muy famosa, Calypso, sobre el barco en el que navegaba Jacques Cousteau cuando recorría el mundo —sonrió con nostalgia—. Dios, debo de haberme dejado una pequeña fortuna poniendo esa canción en las rocolas —se quedó mirándola—. Apuesto a que no sabes lo que es una rocola.

—Sí que lo sé. Mi madre me habló de ellas.

—Cómo ha cambiado el mundo desde que era pequeño —dijo él con un suspiro mientras negaba con la cabeza—. Algunos cambios son buenos, pero la mayoría no lo son.

Ella se rio.

—Bueno. A mí me gusta mi iPod porque es música portátil —enganchó los auriculares al aparato, con el que podía meterse en Internet, escuchar música e incluso ver películas siempre y cuando estuviese conectada a la Wi-Fi del rancho—. Te veré más tarde.

—¿Tienes pistola? —preguntó Iruka de pronto.

Sakura se quedó mirándolo con la boca abierta.

—¿Qué voy a hacer? ¿Disparar a los lobos? Eso va contra la ley.

—Todo va contra la ley en lo que respecta a los rancheros. No, no pensaba en las alimañas de cuatro patas. Un convicto se ha escapado. Es un asesino. Creen que podría estar por la zona.

Ella aguantó la respiración.

—¿Podría colarse en el rancho?

—No hay valla que pueda detener a un hombre decidido. Podrá saltarla —regresó al barracón y volvió a salir con un pequeño revólver metido en una funda de cuero—. Es una Smith & Wesson de 32 milímetros —explicó mientras se la ofrecía. Frunció el ceño al ver su indecisión—. No tienes que matar a un hombre para asustarlo. Solo disparar cerca de él y salir corriendo. ¿Sabes disparar un arma?

—Oh, sí. Mi padre se aseguró de ello —le dijo—. Nos enseñó a mi hermano y a mí a usar todo tipo de armas, desde una cerbatana hasta cualquier clase de revólver.

—Entonces llévatelo —respondió Iruka—. Mételo en tu alforja. Me sentiré mejor así.

Ella sonrió.

—Eres muy amable, Iruka.

—Desde luego que sí —dijo él—. No puedo permitirme perder a alguien que trabaja tan duramente como tú.

Sakura le miró con el ceño fruncido, se montó en su caballo y se alejó.

El campo abierto era precioso. En la distancia, veía las montañas escarpadas que se alzaban como agujas blancas sobre el cielo gris cubierto de nubes. Los abetos aún estaban verdes. Era demasiado pronto para que empezase a brotar más vegetación del suelo, pero la primavera ya estaba cerca.

Casi todos los rancheros criaban al ganado para que los terneros nacieran a principios de primavera, cuando la hierba comenzaba a brotar y las cosechas crecían. La hierba fresca sería muy nutritiva para las vacas que alimentaban a sus retoños. Para cuando destetaran a los terneros, la hierba seguiría estando verde para ellos, si la lluvia cooperaba.

Le gustaba que los hermanos Uchiha respetaran el medio ambiente y emplearan sistemas naturales. Tenían molinos por todas partes para bombear el agua hacia las reservas para el ganado. Cultivaban hierba natural e intentaban no estropear el suelo con la sobreexplotación. Rotaban las cosechas para que el terreno siguiera siendo fértil y utilizaban fertilizantes naturales. Tenían reservas de excrementos, que utilizaban para producir metano que suministraba electricidad para los graneros y demás edificios. Era un lugar fascinante. Sobre todo para ser unos ganaderos que se habían hecho cargo de un rancho ruinoso y habían hecho que prosperase. Aún no eran ricos, pero trabajaban bien y tenían buen ojo para los mercados. Además, Sasuke era una especie de genio de las finanzas. El rancho estaba empezando a dar dinero. Mucho dinero.

Shisui iba a las ferias de ganado con sus toros, según le había dicho Iruka, cuando se mantenía sobrio el tiempo suficiente. A Sakura le resultaba algo intimidante, pero tenía una personalidad chispeante y era capaz de encandilar a los compradores.

Itachi, al que, por alguna razón, llamaban Tanque, era el especialista en marketing. Redactaba los panfletos para las ventas, iba a conferencias y convenciones, asistía a las reuniones del comité de acción política del condado y del estado, incluso de las asociaciones nacionales de ganaderos, y se encargaba de publicitar el ganado del rancho. Trabajaba incansablemente, pero era un hombre atormentado y eso se notaba.

Sasuke era el jefe. Tomaba las decisiones importantes, aunque era democrático y pedía opinión a sus hermanos. Todos eran obstinados. Iruka decía que era genético; sus padres habían sido iguales.

Sakura lo entendía. Su padre era una de las personas más obstinadas que había conocido jamás. Su madre era dulce y amable, aunque tenía carácter. La vida en su casa siempre había sido interesante. Pero Sakura se había convertido en el blanco para los solteros que buscaban dinero y estabilidad financiera. En algún lugar debía de haber un hombre que la quisiera por lo que era, no por lo que tenía.

Recorrió a caballo la valla en busca de roturas. Era una de las tareas importantes del rancho. Una valla rota incitaba al ganado a escaparse o a cruzar la autopista de doble sentido que circulaba junto al rancho. Una vaca en la carretera podía provocar un accidente que acabara en una demanda para los hermanos Uchiha.

Iruka se había quejado de que, en los últimos años, se había apoderado del país la mentalidad de demandar a todo el mundo. Le había dicho a Sakura que, en sus tiempos, a los abogados se les imponían estándares más elevados de comportamiento y no se les permitía anunciar sus servicios. Que él supiera, nadie había demandado a nadie cuando era niño. Ahora la gente demandaba por cualquier cosa. Actualmente tenía poco respeto hacia la profesión. Sakura la había defendido. Su tío era juez del tribunal supremo y durante años había sido abogado de oficio. Era honesto y se desvivía por ayudar a la gente que no tenía dinero para pagarse un abogado. Iruka había aceptado que tal vez hubiera algunos abogados que fueran buenas personas. Pero añadió que las demandas frívolas iban a acabar con la civilización como la conocían. Ella simplemente sonrió y siguió con su trabajo. Estaban de acuerdo en que no estaban de acuerdo. Al fin y al cabo, la tolerancia era lo que hacía que la vida fuese soportable.

Se había detenido en el arroyo para dejar que su caballo bebiera agua. Se ajustó los auriculares para poder escuchar la exquisita banda sonora de Mark Mancina para la película El triunfo de un sueño. Había un solo de órgano que le provocaba escalofríos por la espalda. Tenía la misma sensación escuchando la Tocata y Fuga de Bach sonando en un órgano. La música era una parte muy importante de su vida. Sabía tocar el piano clásico, pero había perdido práctica. La universidad no le había dejado tiempo para tocar. Había visto un enorme piano de cola en el salón de los Uchiha. Se preguntaba cuál de los hermanos tocaría. Nunca lo había preguntado.

Se detuvo en una zona de la valla en la que, durante la última tormenta de nieve y hielo, había caído una rama. El hielo ya no estaba, pero la rama seguía apoyada sobre la valla y la doblaba, de manera que el ganado podría atravesarla. La rama era grande, pero ella era fuerte. Bajó del caballo, se abrochó el bolsillo del abrigo para que no se le cayera el iPod y se acercó a la rama.

Tuvo que romper algunos pedazos antes de poder bajarla al suelo. En el proceso, una de las ramas más afiladas le hizo un corte en la mejilla. Murmuró al sentir la sangre en los dedos. Bueno, ya se le curaría.

Empujó la rama hacia el suelo con fuerza y se alegró de ver que la valla no estaba dañada, solo un poco doblada por el impacto. Volvió a colocarla más o menos derecha y escribió una nota en el iPod para informar a los hermanos de la localización con el GPS que siempre llevaba encima. Era un rancho con alta tecnología, a pesar del bajo presupuesto. Tenían ordenadores portátiles que utilizaban para coordinar las operaciones cuando tenían que juntar al ganado.

Hizo una pausa al sentir el crescendo de la banda sonora y cerró los ojos para saborearlo. Debía de ser maravilloso ser compositor y poder escribir composiciones que conmovieran a quienes las escucharan. A ella le gustaba la música, pero no tenía tanto talento. No componía. Simplemente interpretaba la música de otras personas cuando tocaba el piano o, con menos frecuencia, la guitarra.

—¿Te has hecho daño? —preguntó una voz profunda desde atrás.

Sakura se dio la vuelta con el corazón acelerado y se sorprendió al ver a un desconocido de pie a pocos metros de distancia. Se quedó petrificada, como un ciervo al ver a un cazador.

Era alto y delgado, con ojos oscuros y el pelo escondido bajo un sombrero negro de ala ancha. Llevaba vaqueros y sonreía.

—Señor Uchiha —murmuró ella cuando al fin reconoció a Itachi Uchiha. No lo había visto mucho. No le resultaba familiar como Sasuke—. Perdone, no estaba prestando atención...

Él estiró la mano, le quitó uno de los auriculares y apretó los labios mientras escuchaba. Después se lo devolvió.

—El triunfo de un sueño —dijo.

Ella arqueó las cejas.

—¿Conoce la banda sonora?

—Sí —contestó él con una sonrisa al ver su sorpresa—. Es una de mis favoritas, sobre todo el solo de órgano.

—Ese también es mi favorito —convino ella.

Itachi miró hacia la valla.

—Toma nota de las coordenadas para que podamos reparar esa parte de la valla, ¿quieres? Por el momento contendrá al ganado, pero no durante mucho tiempo.

—Ya lo he hecho —confirmó Sakura. Aún le costaba respirar con normalidad.

—Hay un convicto que se ha fugado y anda por aquí —le dijo él—. No creo que sea culpable, pero está desesperado. A mí me gusta la música más que a nadie, pero hay un momento y un lugar para escucharla, y no es este. Si yo hubiera sido ese hombre, y hubiera estado lo suficientemente desesperado para disparar a alguien o tomarlo como rehén, ya estarías muerta o secuestrada.

Sakura acababa de darse cuenta de eso y asintió con la cabeza.

—Ahora entenderás por qué va contra la ley llevar auriculares mientras conduces —añadió Itachi—. No podrías oír una sirena con eso puesto —señaló los auriculares con la mano.

—Sí. Quiero decir, sí, señor.

Él ladeó la cabeza y la miró con brillo en los ojos.

—Llámame Itachi. Todo el mundo me llama así. Así que guárdate los auriculares en el bolsillo y escucha música cuando sea un poco más seguro, ¿quieres?

—Así lo haré —prometió Sakura mientras guardaba el iPod.

Itachi se subió al caballo negro que ella no había oído aproximarse y se acercó más.

—Ese chisme no es un teléfono, ¿verdad?

—No, señor.

—¿Llevas móvil? —preguntó él con expresión de solemnidad.

Sakura sacó un teléfono de emergencias que llevaba en el bolsillo y se lo mostró.

—Solo sirve para llamar al 911, pero me sirve.

—No te sirve. Te conseguiremos uno. Aquí es necesario. Se lo diré a Iruka y él se encargará.

—Gracias —respondió ella, sorprendida. Debería haber usado su propio móvil, pero pensaba que eso la habría delatado. Era un modelo muy caro. El que llevaba en ese momento se parecía más a lo que tendría una joven vaquera sin recursos.

—Oh, somos amables —le dijo Itachi con seriedad—. Tenemos un carácter admirable, nunca blasfemamos ni nos quejamos, es fácil llevarse bien con nosotros... —se detuvo al ver que Sakura estaba aguantándose la risa—. El hecho de que Shisui eche sapos y culebras por la boca y de que Sasuke tire cosas no es razón para pensar que somos intratables.

—Sí, señor. Lo tendré en cuenta.

Él se rio.

—Si necesitas algo, llama —añadió Itachi—. Y mantén los ojos abiertos. El hombre que se ha escapado está acusado de haber matado a un hombre a sangre fría. Nagato Uzumaki. Estuvo conmigo en Irak. Pero los hombres desesperados pueden llegar a hacer cosas desesperadas. Podría hacer daño a un desconocido, incluso a una mujer, si pensara que esta pudiera entregarlo a las autoridades. Ha jurado que jamás volverá a la cárcel —había tristeza en sus ojos—. Nunca pensé que huiría. Estoy seguro de que no pretendía matar a ese hombre, si es que acaso lo hizo. Pero están decididos a atraparlo y él está decidido a que no lo atrapen. Así que vigila tus espaldas.

—Tendré más cuidado.

—Por favor, tenlo. Es difícil encontrar buenos empleados —se tocó el ala del sombrero y se alejó montado en su caballo.

Sakura suspiró aliviada y volvió a subirse a su caballo.