Capítulo 3
Sakura se enteró de que había una fiesta organizada para el sábado siguiente. El ama de llaves, Shizune Katō, estaba quejándose sobre la comida que los hermanos querían que preparase.
—No puedo preparar canapés —se lamentó mientras se apartaba de la cara un mechón de pelo negro que había escapado de su moño. Se llevó las manos a las caderas y puso cara de rabia—. ¿Cómo voy a preparar algo así cuando lo único que quieren siempre son filetes y patatas?
—Los canapés son fáciles —dijo Sakura con amabilidad—. Puedes envolver una salchicha de cóctel en beicon y hornearla —le dio la temperatura y el tiempo de cocción—. También puedes preparar sándwiches de pepino cortados en triángulos, pastelitos de té, flautas de queso...
—Espera un segundo —Shizune estaba apuntándolo todo frenéticamente en una libreta—. ¿Qué más?
Sakura estaba encantada. Era la primera vez que el ama de llaves le decía algo medianamente agradable. Le explicó más aperitivos fáciles de preparar que cualquiera denominaría canapé.
—¿Cómo sabes todo esto? —le preguntó la mujer con desconfianza.
—En el último rancho en el que trabajé, tenía que ayudar en la cocina —respondió Sakura, y no era mentira. Solía ayudar a su madre cuando tenían visita.
—Eso está muy bien —respondió el ama de llaves. Intentó sonreír. No le salió muy bien. Aquellos músculos faciales no hacían mucho ejercicio—. Gracias —añadió.
—De nada —contestó Sakura con una sonrisa.
—¿Y qué me dices de los manteles y esas cosas? —preguntó Shizune con los párpados entornados.
—¿Tienen de eso aquí?
—Eso espero —respondió la mujer con un suspiro—. Yo entré a trabajar aquí solo dos semanas antes que tú. Nunca he tenido que cocinar para una fiesta y no tengo ni idea sobre la disposición de los cubiertos y esas cosas. ¡No soy cocinera de la alta sociedad! ¡Mírame! —exclamó señalando sus pantalones de chándal y su camiseta, en la que podía leerse Que los pollos puedan votar.
Sakura intentó no reírse. Nunca hubiera pensado que el ama de llaves de los Uchiha tuviera sentido del humor. Tal vez la hubiera prejuzgado.
—Antes de esto cocinaba para el personal de un barracón —explicó Shizune—. Los hermanos lo sabían... se lo dije. Y ahora me vienen diciendo que quieren que cocine para unos políticos de Washington y me piden que coloque la porcelana, las copas y la cubertería de plata en el orden correcto sobre un mantel de lino antiquísimo.
—No pasa nada —dijo Sakura—. Yo te ayudaré.
—¿De verdad? A ellos no les hará gracia —respondió Shizune señalando con la cabeza hacia el salón.
—No lo sabrán —prometió ella.
El ama de llaves se movió nerviosamente.
—De acuerdo. Gracias. Esa mujer, Yamanaka, siempre anda por aquí quejándose de cómo cocino —añadió con amargura.
—No pasa nada. Siempre se queja de cómo visto.
Los ojos del ama de llaves brillaron. Nada como un enemigo común para hacer amigos.
—Cree que no soy capaz de organizar una fiesta. Quiere contratar a una de sus amigas de la alta sociedad y que Sasuke le pague una fortuna por hacerlo.
—Le demostraremos que podemos —insistió Sakura.
—De acuerdo —contestó Shizune con una carcajada—. Me apunto. ¿Ahora qué?
Sakura pasó una hora muy agradable de su tiempo libre diseñando el menú con Shizune y explicándole cómo colocar la cubertería y la vajilla sobre el mantel. Le aconsejó que comprara un mantel de plástico transparente para colocarlo sobre el mantel antiguo y protegerlo de las manchas de vino tinto que, según el ama de llaves, tanto les gustaba a los hermanos.
—Nunca me permitirán hacer algo así —se quejó.
—Bueno, supongo que no —respondió Sakura, e intentó imaginarse a su madre colocando una cubierta de plástico sobre su carísimo mantel—. E imagino que podremos encontrar una tintorería que le quite las manchas si no pasa demasiado tiempo.
—Supongo que no podré llevar chándal para servir en la mesa —comentó Shizune.
—Podríais contratar a un catering —sugirió Sakura.
—El catering más cercano que conozco está en Jackson, a casi doscientos kilómetros de aquí —respondió el ama de llaves—. ¿Crees que estarán dispuestos a venir hasta aquí?
Sakura se rio. Era improbable.
—Creo que no.
—Entonces tendremos que apañárnoslas —Shizune frunció el ceño—. Tengo un vestido aceptable. Supongo que aún me valdrá. Y podría conseguir que las mujeres de un par de vaqueros vengan a ayudar. Pero yo no sé servir.
—Yo sí —contestó Sakura amablemente—. Os enseñaré a ti y a las mujeres que quieran ayudar.
Shizune ladeó la cabeza y entornó los párpados.
—No eres lo que aparentas ser, ¿verdad?
Sakura intentó fingir inocencia.
—Simplemente cocinaba para un gran rancho —respondió. El ama de llaves apretó los labios.
—De acuerdo. Si tú lo dices...
—Claro que sí —dijo Sakura con una sonrisa—. Bueno, vamos a hablar de los platos principales.
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Sasuke entró mientras Sakura se tomaba una taza de café con Shizune después de los preparativos.
Sakura levantó la cabeza cuando él se quedó mirándola fijamente.
—Es mi tarde libre —dijo directamente.
Él arqueó las cejas.
—¿He dicho yo algo?
—Estaba pensándolo —respondió ella.
—Buena trabajadora y adivina del pensamiento —murmuró Sasuke—. Buena combinación.
—Me ha recomendado algunos canapés para esa fiesta de la alta sociedad para la que quieren que cocine —intervino Shizune con desdén—. Nunca he cocinado para políticos. No me gustan los políticos —frunció el ceño—. Me pregunto qué aspecto tendrá la cicuta...
—Déjalo —dijo Sasuke—. Vamos a darles de cenar para contarles nuestros planes. Necesitamos apoyo en Washington para el lobby de ganaderos.
—Deberían dejar a los búfalos en el lugar al que pertenecen en vez de permitirles entrar en terrenos privados e infectar al ganado con brucelosis —murmuró Sakura—. Y la gente que no vive aquí no debería hacer política para la gente que sí vive. A mí me parece que están intentando echar a todos los rancheros y granjeros independientes.
Sasuke acercó una silla y se sentó.
—Exacto —contestó—. Shizune, ¿me pones un café, por favor?
—Claro, jefe —el ama de llaves se apresuró a preparársela.
—Otra cosa es el biocombustible —dijo Sasuke—. Es una buena tecnología, claro. Hará que el medio ambiente esté mejor. Ya utilizamos el viento y el sol para obtener energía, incluso el metano de los excrementos de los animales. Pero estamos cultivando demasiado maíz para combustible. Hemos pasado a emplear hierbas nativas para alimentar al ganado porque el precio del maíz está acabando con nuestro presupuesto.
—Si comen hierba es mejor —respondió Sakura—. Sobre todo para los consumidores que quieren filetes de ternera sin grasa.
—Nosotros no criamos ganado para el consumo.
—Crían toros —señaló ella—. El resultado es el mismo. Querrán un toro que pueda engendrar terneros con menos grasa.
—No criamos terneras.
—Tampoco... —Sakura se detuvo abruptamente. Había estado a punto de decir «nosotros», porque su padre tampoco criaba terneras—. Tampoco lo hacen muchos rancheros. Ha de tener un buen modelo para su programa de cría.
—Lo tenemos. Estudié sobre la cría de animales —respondió él—. Aprendí a modificar los genes del ganado para criar animales con determinadas características.
—Como que los terneros pesen menos al nacer y tengan menos concentración de grasa.
—Sí. Y también agrandar sus... —Sasuke se detuvo en mitad de la frase y pareció incomodarse—. Bueno, para que los toros tengan depósitos más grandes.
Sakura tuvo que morderse la lengua para no reírse. Era una referencia frecuente entre los ganaderos, pero a él le resultaba incómodo hablarlo con ella. Era muy anticuado. Sakura no se rio. Estaba protegiéndola, en cierto modo. No debería gustarle, pero le gustaba.
Sasuke estaba observándola con curiosidad.
—Sabes mucho sobre el negocio del ganado.
—Aprendo muchas cosas trabajando en un rancho —respondió ella—. Siempre prestaba atención cuando el jefe hablaba sobre cómo mejorar su rebaño.
—¿Era un buen jefe?
—Oh, sí —dijo ella. Los empleados de su padre siempre eran los mismos. Era justo con ellos, se aseguraba de que tuvieran seguro y todos los beneficios que pudiera darles.
—Entonces, ¿por qué te marchaste? —preguntó él.
Ella cambió de posición sobre su silla. Debía tener cuidado con aquel tema.
—Tuve un pequeño problema con un admirador —respondió finalmente. Era cierto. El tipo no era empleado del rancho, pero ella insinuó que sí.
Sasuke entornó los párpados.
—Eso nunca ocurrirá aquí. Si tienes problemas con alguno de los vaqueros, me lo dices. Yo me encargaré.
—Gracias.
—No hay de qué. Gracias, Shizune —añadió cuando el ama de llaves le entregó la taza de café—. Preparas el mejor café de Wyoming.
—Solo lo dice porque quiere una tarta de manzana para la cena.
Él arqueó las cejas.
—¿Tanto se me nota?
—Desde luego —declaró ella.
—Me encanta la tarta de manzana —respondió Sasuke encogiéndose de hombros.
—Ya me he dado cuenta. Supongo que puedo pelar manzanas y escuchar mientras hablan de ganado —dijo Shizune , se levantó y fue a la encimera a por las manzanas, un cuenco grande y un cuchillo.
—O de hombres —comentó Sakura.
—¡Vas a tener problemas aquí! —exclamó él.
—¡No! —respondió ella—. No tengo problemas. Hay un hombre muy simpático del pueblo que quiere salir conmigo. Su padre es el dueño de la tienda de tractores...
—¡No!
Sakura se quedó mirándolo con la boca abierta.
—Kiba Inuzuka tiene mala reputación por aquí —continuó Sasuke—. Salió con una de las hijas de Hiashi Hyūga y la dejó abandonada en un bar cuando ella no quiso montárselo con él en su coche. Aquella vez estaba muy borracho.
—No vamos a ningún bar —respondió ella—, solo a ver una película al cine.
Sasuke ladeó la cabeza.
—¿Qué película?
—La de dibujos del camaleón. El western.
—Esa está bastante bien. Aunque habría imaginado que él preferiría la del hombre lobo.
—Esa es la primera que sugirió. No me gusta el gore. Los críticos decían que era algo gore y las críticas eran malas.
—¿Crees que los críticos saben de lo que hablan? —preguntó él con brillo en la mirada—. No compran libros ni entradas de cine. Solo son gente normal con opiniones normales. Una opinión no cambia nada en el negocio del entretenimiento.
—Nunca lo había pensado de ese modo.
—Yo no leo críticas. Veo de qué trata un libro o una película y decido libremente si leerlo o ir a verla al cine. De hecho, la película del hombre lobo tenía una fotografía fantástica y los mejores efectos especiales que he visto en mucho tiempo. Me gustó, sobre todo esa preciosa chica rubia con la capa roja sobre el fondo blanco de la nieve. Críticos cinematográficos. ¿Qué sabrán ellos?
—Es muy terco —comentó Shizune mientras pelaba manzanas sentada junto a ellos—. Y fue Udon Ise quien le contó lo de la hija de Hyūga. A él le gusta y a ella no le gusta Kiba, así que hay que tener eso en cuenta cuando se escucha la historia — hablaba sin apartar la mirada de la manzana que estaba pelando—. Kiba no tiene nada de malo, salvo que es un poco veleidoso. Ustedes no entienden lo que es eso porque los tres son fuertes como una roca, obstinados y temperamentales.
Sasuke dejó escapar una carcajada antes de dar un trago al café.
—Yo no soy temperamental.
—Sí que lo es —respondió el ama de llaves.
—Puede que sí —admitió él encogiéndose de hombros. Miró a Sakura y entornó los párpados—. Llévate el móvil y, si Kiba se excede, me llamas. ¿Entendido?
—De acuerdo —era como estar otra vez en casa de sus padres. Hablaba igual que su padre cuando ella había salido con un chico del instituto al que no conocía—.
Quería llevarme al cine el viernes, pero se supone que debo vigilar a las vacas...
—Llamaré a uno de los empleados de media jornada para que haga tus horas. Solo esta vez —añadió él—. No esperes concesiones. No podemos permitírnoslas.
Ella se sonrojó.
—Sí, señor. Gracias.
—Tiene más de veintiún años, jefe —dijo Shizune.
—Trabaja para mí —respondió él—. Soy responsable de todos los empleados que tengo. De algunos más que de otros —se quedó mirando fijamente a Sakura y no apartó la mirada.
Cuando Sakura lo miró a los ojos, experimentó un escalofrío. El corazón se le aceleró y se quedó sin aliento. Sintió la intensidad de su mirada hasta en los dedos de los pies. Nunca en su vida había sentido tanto placer.
Sasuke apartó la mirada con evidente esfuerzo y bebió café.
—Bueno, puedes ir, pero ten cuidado. Sigo pensando que es arriesgado. Pero es tu vida.
—Sí, lo es —respondió ella. Sintió un nudo en la garganta y se sonrojó. Después se levantó de la mesa—. Gracias por el café —le dijo a Shizune—. Es hora de volver a trabajar.
—No te caigas en la piscina de pesticida —dijo Sasuke con cara seria, aunque sus ojos brillaban de un modo nuevo y excitante.
—Sí, señor —respondió ella. Sonrió y se dio la vuelta para salir de la habitación antes de quedar en ridículo al quedarse mirándolo. Se preguntó cómo disimularía aquel súbito placer que experimentaba mirando a su jefe.
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Tenía unos pantalones bonitos y un jersey rosa y verde con bordados. Eligió esa ropa para su cita y se dejó el pelo suelto. Se lo cepilló hasta dejarlo brillante. Era espeso, rosáceo y bonito, como el de su padre. Cuando se miró en el espejo, vio muchos rasgos de su madre en su rostro. No era preciosa, pero tampoco era fea. Tenía los mismos rasgos delicados que habían hecho famosa a Mebuki Uzum Haruno en su época como modelo. Y Marie Uzum, la abuela de Sakura, había sido una actriz de cine famosa por su capacidad interpretativa. Ella no había heredado ese rasgo. Su experiencia en el teatro de la universidad la había convencido de que lo suyo no era el escenario.
Tenía un abrigo vaquero y se lo puso encima del jersey, porque fuera hacía frío. El tiempo estaba loco. Típico en Wyoming. El clima de Texas también era así.
Oyó que un coche se acercaba al edificio de las habitaciones. Se puso la riñonera y salió a recibir a Kiba. Estaba sentado tras el volante de su deportivo, con una sonrisa.
Advirtió que no salía del coche para abrirle la puerta. Se inclinó sobre la palanca de cambios y la abrió desde dentro.
—Hola —dijo ella mientras se sentaba.
—Hola. ¿Lista para ver la película?
—Desde luego.
Puso el coche en marcha y se alejó con un rugido del motor por el camino.
—No hagas eso —se quejó ella—. ¡Tenemos vaquillas preñadas en el granero!
—Ah, perdona, no se me había ocurrido —respondió él, aunque no parecía preocupado—. Lo superarán. Hace buena noche. Dijeron que a lo mejor nevaba, pero no me lo creo. Casi siempre se equivocan.
Sakura estaba pensando en las asustadas vaquillas durante su primera época de cría, y temía el sermón que pudiera echarle su jefe si sucedía algo por la falta de consideración de Kiba.
—Deja de preocuparte —bromeó él—. Solo son vacas, por el amor de Dios.
Solo vacas. A ella le encantaba pasarse por allí a acariciarlas. Le gustaban sus enormes ojos, sus hocicos y el pelo que tenían entre los ojos. Eran tan tiernas. Y las vaquillas, aunque fueran animales, debían de estar muy asustadas. A ella siempre le había dado pánico el parto, por razones que nunca podría entender. Era una de las razones por las que no sabía si se casaría algún día.
—¿Sabías que Isabel I nunca se casó ni tuvo hijos? —le preguntó a Kiba.
Él puso cara de hastío.
—Odio la historia. Vamos a hablar de quién va ganando en American Idol.
Sakura se quedó mirándolo con la boca abierta. Ella no solía ver la televisión.
—Yo veo el canal del tiempo, el canal militar y los canales de ciencia principalmente —explicó—. Nunca he visto uno de esos programas en los que vota el público.
—Creo que nunca nos pondremos de acuerdo en nada —observó él—. No importa. Eres mona y me gustas. Podemos partir desde ahí.
¿Podrían?
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La película fue divertida e inteligente, y ambos salieron del cine sonriendo.
—Ahora vamos a comer comida china —sugirió él—. ¿Tienes hambre?
—Mucha. Pero pagamos a medias —añadió Sakura con firmeza—. Yo me he comprado mi entrada y yo pagaré mi cena.
Él arqueó las cejas.
—No esperaría que me debieras nada si te invitara a cenar.
—Da igual —respondió ella con una sonrisa—. Me gusta que todo sea igualitario.
—Eres una chica extraña —murmuró él.
—¿Extraña? —se encogió de hombros—. Supongo.
—Vamos a cenar.
Entraron en el restaurante y siguieron a la camarera hasta una mesa situada en un rincón.
—Esto es precioso —observó Sakura. Le encantaba la decoración asiática, con reproducciones de antiguas estatuas y grabados en la madera. Sakura, que había viajado por Asia, apreciaba la cultura reflejada allí. Le encantaban todas las personas que había conocido durante sus viajes.
—Basura —comentó él—. Aquí no hay nada de valor.
—Me refería a que es bonito —aclaró ella.
—Ah —Kiba miró a su alrededor—. Supongo. Un poco ordinario para mi gusto.
Sakura estaba a punto de responder cuando advirtió movimiento en la puerta. En la barra estaba su jefe, Sasuke, con Ino. Habló con la camarera y esta les sentó cerca.
Sasuke sonrió con frialdad y les saludó con la cabeza. A Sakura le parecía demasiada casualidad que apareciese justo allí. No tendría razón alguna para espiarla...
—¿Puedes creértelo? —preguntó Kiba con sorpresa—. ¿Hace esto siempre que sales con un hombre? Había oído hablar de jefes posesivos, pero esto es el colmo.
—Le gusta ir a sitios con su novia —respondió ella, intentando aparentar indiferencia—. Este es el único buen restaurante del pueblo.
—Supongo.
—No tendría razón para tenerme vigilada —señaló ella—. Solo soy una empleada.
Kiba apretó los labios y se quedó mirándola.
—Claro.
Sasuke también estaba mirándola, fijándose en su melena larga y rosa que le llegaba casi hasta la cintura.
—¿Por qué la miras? —preguntó Ino con frialdad—. No es más que una persona normal. Trabaja para ti. ¿Y por qué estamos aquí? ¡Sabes que odio la comida china!
Sasuke no la oyó. Estaba pensando que nunca había visto nada tan bonito como aquella larga melena rosa. Le trajo a la memoria un poema. Probablemente ella también lo conocería. Bess, la hija de una terrateniente, atándose en la melena rosa un lazo rojo como símbolo de su amor. El salteador de caminos, de Alfred Noyes. Era un poema trágico, donde la heroína se sacrificaba por el héroe.
—«Vendré a verte con la luz de la luna, aunque el infierno me corte el camino...».
—¿Qué? —preguntó Ino, desconcertada.
Sasuke no se había dado cuenta de que había hablado en voz alta.
—Nada. ¿Qué quieres pedir? —preguntó, y se obligó a sí mismo a mirar a su acompañante en vez de a Sakura.
Sakura se sentía incómoda. Kiba quería hablar de los concursantes de un programa de televisión y ella no tenía ningún punto de referencia.
—Ese tío no sabe cantar, pero la gente le sigue y se lleva casi todos los votos —murmuró él—. A mí me gusta la chica. Tiene estilo y una gran voz... ¿Estás escuchándome?
—Perdona. Estaba pensando en la predicción del tiempo. Dicen que podría haber otra tormenta de nieve y tenemos a muchas vaquillas primerizas a punto de parir.
—Vacas —gruñó él—. Sakura, en la vida hay más cosas que filetes de cuatro patas.
A ella se le desencajaron los ojos.
—El señor Uchiha no tiene un rancho de animales para producir carne. Se trata de un rancho de toros de cría.
—Toros de cría —repitió él.
—Sí. Crían toros para venderlos. No se los comen.
Él negó con la cabeza.
—Eres la chica más rara que jamás he conocido.
—¡Vaya, gracias! —respondió ella con una sonrisa.
Kiba levantó su copa de vino y bebió.
—¿Estás segura de que no quieres vino? —preguntó—. Este es el único restaurante del pueblo en el que se puede beber alcohol legalmente.
—Yo no bebo —respondió ella—. Tengo el estómago delicado. Me pongo muy mal. Tampoco puedo tomar bebidas con gas. Solo café y té helado. O, como en este caso —agregó levantando su taza de té verde—, té caliente —dio un sorbo y cerró los ojos—. ¡Delicioso!
Él puso cara de asco.
—No le has puesto azúcar.
—En Japón nadie le pone azúcar —respondió ella, y acto seguido se mordió la lengua—. O eso es lo que he leído —se corrigió.
—Yo no puedo beberlo sin azúcar. Sabe asqueroso —dijo él mientras dejaba la copa de vino—. Aquí tienen buenos postres. Arroz glutinoso con mango o helado de coco.
—El helado —respondió ella riéndose—. Me encanta.
—A mí también —Kiba llamó a la camarera—. Al menos coincidimos en algo.
Cuando se preparaban para marcharse, Sasuke Uchiha los observó con los párpados entornados. Se levantó mientras Sakura pagaba la cuenta y le hizo gestos a Kiba para que se acercara.
Kiba le miró nervioso.
—Señor Uchiha —dijo amablemente.
—No es lo suficientemente joven para ser mi hija, pero soy responsable de ella —respondió Sasuke—. Si haces algo que no le guste, tendré que hacerte una visita.
—No puede amenazar a la gente —contestó Kiba, sonrojado.
—Oh, no es ninguna amenaza, hijo —añadió Sasuke con la mandíbula apretada—. Es una promesa en firme.
Se dio la vuelta, se alejó, se detuvo junto a su mesa para dejar la propina y ayudó a Ino a levantarse.
Kiba acompañó a Sakura, que no se había enterado de nada, hasta su coche. Estaba alterado por el vino y furioso por que uno de los hermanos Uchiha le hubiera amenazado.
—Debería llamar a la policía —murmuró mientras ponía el coche en marcha y arrancaba con vehemencia.
—¿Para qué? —preguntó Sakura.
—Tu jefe acaba de amenazarme.
—¿Mi jefe? ¿De qué estás hablando?
Kiba se dispuso a contárselo, pero entonces se lo pensó mejor. Era guapa y le gustaba; no quería que pensara que había alguna razón por la que su jefe pudiera querer ahuyentarlo.
Así que se encogió de hombros.
—Solo ha dicho que será mejor que cuide de ti —respondió.
Sakura arqueó las cejas.
—¿Por qué iba a decir algo así? —preguntó, e intentó disimular lo halagada que se sentía. Ningún hombre interfería en la vida de una mujer a no ser que le gustara.
—Me molesta —dijo él—. No estará detrás de ti, ¿verdad?
Ella se echó a reír.
—Oh, sí. Le gusto porque tengo millones en una cuenta de ahorro y tengo muchos contactos —contestó con ironía.
Él también se rio. Estaba perdiendo la cabeza. Sakura no era el tipo de mujer con la que querría casarse un empresario del ganado. Los Uchiha celebraban fiestas fabulosas a las que asistía todo tipo de gente famosa a la que le vendían el ganado del que ella hablaba. Al parecer tenían amigos muy conocidos. Pero Sakura llevaba ropa vieja, incluso a una cita. Estaba exagerando. Tal vez Sasuke sí que se sintiera responsable de ella. Tal vez conociera a sus padres. Quizá temiese que pudieran demandarlo. No era nada personal. Solo cuestión de negocios.
—Bueno, me ha encantado la película —dijo ella—. Gracias.
—Gracias a ti. No salgo tanto como me gustaría. Pero podríamos ver una película de vez en cuando y salir a cenar, si quieres.
—Lo pensaré —respondió ella con una sonrisa.
Kiba había planeado llevarla a un mirador conocido como «el rincón del amor». Pero, después de las palabras amenazadoras de Sasuke, no quería provocarlo. Así que, en su lugar, volvió a llevarla al rancho. Incluso apagó el motor y la acompañó hasta la puerta del edificio donde estaban las habitaciones.
—¿Vives ahí con todos esos hombres? —le preguntó.
—Tengo mi propia habitación —explicó ella—. Son hombres agradables.
—Si tú lo dices.
—Bueno, gracias de nuevo —dijo Sakura, vacilante.
Kiba sonrió. Le gustaba aquella risa nerviosa y el hoyuelo que se le formaba junto a la boca.
Se agachó y le dio un beso en los labios.
Ella no se apartó, pero tampoco reaccionó. No sintió nada. Nada en absoluto.
Él se dio cuenta. Eran demasiado diferentes para encajar. Pero ella era atractiva y a él le gustaba tener compañía cuando salía de noche.
—Pronto volveremos a hacerlo —prometió.
—Claro —respondió ella con una sonrisa.
Se dio la vuelta y entró en el edificio. Iruka estaba sentado junto a la puerta y la miró con las cejas arqueadas cuando entró y cerró tras ella.
—¿Lo has pasado bien? —preguntó en voz baja, para no despertar a los vaqueros que dormían cerca.
—Sí. Supongo.
—¿Supones? —preguntó él con la cabeza ladeada.
—El jefe se presentó en el restaurante —respondió algo confusa—. No sabía que le gustara la comida china.
—La odia —respondió Iruka con sorpresa.
—Bueno, pues iba con la señorita Yamanaka. Quizá a ella le guste.
—Quizá.
—Que duermas bien, Iruka.
—Tú también.
—¿Las vaquillas están bien? —preguntó.
—Están bien. Esperemos que el hombre del tiempo se haya equivocado con lo de la tormenta de nieve.
—Lo mismo digo. Buenas noches.
—Buenas noches.
Entró en su habitación y cerró la puerta. A Iruka le había sorprendido que el jefe fuese al restaurante en el que ella estaba cenando. A ella también le sorprendía, pero a la vez se sentía halagada y tremendamente entusiasmada.
Al fin se durmió y tuvo dulces sueños.
