Capítulo 2
Disclaimer: El Cid no me pertenece, ni ninguno de sus personajes y/o tramas.
"Disculpe mi lenguaje, mi Señora, no pretendía ofenderla…" dijo Ruy, avergonzado, intentando adoptar una postura erguida entre las estanterías y sacos que le rodeaban, a la vez que trataba de disimular su estado de agitación. Ante él estaba una infanta de León, que además era la hermana favorita de su señor; tenía que comportarse como el caballero que era, y tratarla con el debido respeto.
"Y no lo has hecho, Ruy. Yo no debería haberte seguido…" murmuró Elvira, deliberadamente evitando pensar en el hecho de que, según lo que acababa de decir, efectivamente, Ruy había catado el cuerpo de Amina, tal y como se rumoreaba en la corte. Ella estaba preocupada por otra cosa, y desde que sus hermanos y su madre habían empezado a discutir durante el banquete, la idea de acudir a Ruy había rondado su cabeza, pero siempre estaba rodeado de gente (su hermano el rey Sancho, Amina, sus amigos Lisardo y Nuño, Don Bernardo…) y no se había atrevido a dirigirse a él hasta que le vió entrar en la alacena desde el fondo del pasillo. Quizá no se presentara otra oportunidad de hablar con él a solas. "¿Estás bien?" preguntó después, frunciendo el ceño. Nada más entrar en la oscura despensa se había dado cuenta del evidente enfado de Ruy; su respiración entrecortada y la manera en la que le había visto batirse contra los sacos le delataban.
"No se preocupe por mí, mi Señora. Este no es lugar para su Alteza, ¿en qué puedo servirla?" fue su respuesta. Aparentemente no estaba siendo capaz de disimular su estado y no podía salir del pequeño cubículo sin invadir el espacio personal de la infanta Elvira. Cuando antes le dijera lo que quería, antes podría acabar con esta embarazosa situación.
"Siempre tan atento, poniendo a los demás por delante de sí mismo…" pensó Elvira. Desde que eran unos niños le había fascinado la forma de ser de Ruy, tan distinto a sus propios hermanos. Si bien era unos años más joven que ella, siempre le había llamado la atención su generosidad. Pero no era momento de admirar su personalidad, o de recordar cómo notaba algo así como mariposas en el estómago cada vez que le sonreía tímidamente, como ahora. La infanta no sentía esa sensación desde que había intercambiado besos y caricias con su primo Alvar cuando ambos tenían diecisiete años, antes de que éste falleciera en la toma de Lamego, e intentó no distraerse. Si bien el cuarto estaba bastante oscuro, estaban tan cerca que la escasa luz le permitía distinguir perfectamente las facciones de Ruy, ahora más relajadas que cuando se había dado la vuelta sorprendido por su voz. "Quería hablar contigo, Ruy. Tienes que impedir la guerra entre Castilla y Galicia…" dijo la infanta, intentando centrarse en lo que había venido a pedirle.
Ruy suspiró. Conociendo a Elvira, dicha petición no le debería sorprender; quería mucho a todos sus hermanos y era lógico que recurriera a lo que ella creía que era la vía más directa para evitar la guerra entre Sancho y García: el Campeador, mano derecha de su hermano mayor. "Mi Señora, me temo que no puedo hacer nada…" declaró finalmente, mirándola fijamente a los ojos.
"Sí, sí puedes," contestó ella, aventurandose a dar un paso al frente y posar su mano sobre el antebrazo de él, quien durante un segundo desvió, sorprendido, su mirada para confirmar que, efectivamente, doña Elvira estaba tocando suavemente su brazo, para seguidamente volver a mirarla a los ojos. "¿Por qué todo es tan complicado?" añadió Elvira, susurrando, antes de que Ruy pudiera decir nada.
No era la primera vez que habían estado tan cerca físicamente el uno del otro. A lo largo de sus años en León, Ruy la había ayudado a subir y a bajar del caballo en innumerables ocasiones, e incluso le había ofrecido su brazo para bajar las escaleras durante varias semanas cuando Elvira se lastimó su tobillo en una cacería, y ella se había atrevido a abrazarle, orgullosa, para felicitarle cuando regresó victorioso de Grau. Pero nunca habían estado tan cerca estando a solas, en un espacio reducido y en penumbra, mientras él trataba de calmar su evidente enfado y agitación. "Mi Señora, debo cumplir las órdenes del rey Sancho…"
"Todo esto es por mis tierras…" se lamentó Elvira, bajando la mirada. Tras unos segundos de duda, volvió a mirarle, acercándose todavía más. "Ruy, tú puedes frenar esto, mi hermano Sancho te escucha, confía en tu criterio…" añadió, desesperada.
Ruy tragó saliva, descubriendo cuán agradable resultaba tenerla tan cerca, y deseando poder decirle que no iba a pasar nada. "Esta vez no lo va a hacer, mi Señora," le contestó. Comprendía e incluso podía llegar a compartir la preocupación de Elvira, pero conocía muy bien a su señor el rey Sancho como para saber que no iba a cambiar de opinión aunque Ruy hablara con él. Sabía que el que fuera durante muchos años el heredero al trono de León había recibido con gran sorpresa y desagrado el deseo de su padre de dividir el reino entre sus hijos, pero una vez superado el primer golpe se había erigido como el mayor defensor de la voluntad de su padre. "Sancho el justiciero," como le había espetado su hermana Urraca hacía un rato en la celebración de su boda. El nuevo rey de Castilla era noble y justo, y era perfectamente capaz de tomar decisiones difíciles que pudieran llegar a acarrear dolor para sus allegados y hasta para él mismo si pensaba que era lo justo.
Elvira dio un paso atrás. Al igual que su hermano Sancho, ella también confiaba ciegamente en el criterio de Ruy, y si él pensaba que el rey de Castilla no iba a reconsiderar su postura respecto a Toro y Galicia, no le cabía duda alguna de que así sería. Confundida, volvió a apoyarse en la puerta. "¿Y qué tengo que hacer entonces? ¿Observar cómo mis hermanos se matan por mis tierras y felicitar a quién gane la batalla?" preguntó, moviendo su cabeza de lado a lado, incrédula, tratando de impedir que las lágrimas que ahora se agolpaban en sus ojos cayeran por sus mejillas.
En ese momento Ruy sintió lástima por ella. Hija, hermana, sobrina y nieta de reyes por vía paterna y materna, había recibido una sobria y estricta educación, incluso en las artes liberales, pero esa posición privilegiada no había evitado que desde joven conociera el sufrimiento. Siempre había tratado de hacer que sus hermanos y hermana se llevaran bien entre ellos y de disfrutar, en lo posible, de una plácida vida familiar en la corte. Pero todos sus intentos habían caído en saco roto, y con el tiempo se había acostumbrado a añorar una vida que, en realidad, nunca había tenido y parecía que nunca tendría. Ruy era solo un paje al servicio del entonces infante Sancho, pero recordaba perfectamente como la tristeza la había invadido tras la muerte de su primo Alvar. El fallecimiento de su querido padre había sido también un duro golpe, que la consiguiente marcha de sus hermanos Sancho, a Castilla, y García, a Galicia, no había ayudado precisamente a mitigar.
"Mi Señora, lo siento con toda mi alma…" susurró, bajando la cabeza y cruzando los brazos en su espalda, haciendo todo lo posible por controlar el impulso que le empujaba a abrazarla para consolarla. Todo lo que había visto de ella desde que la conocía le decía que era una buena persona, y su querida Jimena hablaba con auténtico afecto de ella. No se merecía que sobre sus hombros cayera el peso y la responsabilidad de una guerra entre hermanos, sus hermanos, a los que quería con devoción.
Tratando de disimular sus lágrimas, Elvira desvío su mirada, distinguiendo por primera vez desde que había entrado en la pequeña alacena el crucifijo que Ruy había dejado sobre los sacos al entrar. Alargó tímidamente su brazo izquierdo y lo cogió, admirando su labrada superficie mientras él le miraba sorprendido.
"¿Es tuyo?" preguntó. Si le sorprendió la posibilidad de que hubiera un crucifijo en una despensa mientras su dueño batía sus puños contra las provisiones que en ella se guardaban, no lo mostró.
"Sí, mi Señora…" contestó Ruy, bajando de nuevo la cabeza, preparando metalmente una explicación plausible para su comportamiento sin delatar a Jimena.
Pero no le hizo falta decir nada ya que inmediatamente sintió a Elvira acercarse y pasarle la cadena del crucifijo por el cuello con las dos manos. Extrañado y sorprendido, alzó la cabeza, casi chocando con la de ella. "No lo pierdas, es precioso," susurró ella, sonrojándose al sentir su proximidad. Rápidamente se dio la vuelta y abrió la puerta, saliendo del pequeño habitáculo entre un revuelo de ropajes.
Ruy dio un paso al frente y cerró la puerta, confundido. Si hacía unos minutos había buscado refugio en la diminuta alacena para dar rienda suelta a su enfado y frustración, ahora no se sentía mejor. En absoluto. No solo Jimena se iba a casar con Orduño, sino que por lo que le acababa de decir la infanta Elvira su señor el rey Sancho iba a ir a la guerra contra su propio hermano el rey de Galicia, y sin duda Ruy le acompañaría en la batalla. Ya no podría estar en León para intentar hacer cambiar de opinión a Jimena.
Y no sabía si era fruto de la continua presencia de Amina coqueteando a su alrededor desde que la había traído como rehén de Zaragoza, o de que hubiera dado todo lo que tenía por una mirada de Jimena como las que había dirigido a Orduño en el banquete y en aquel pasillo en presencia de Don Bernardo, o que nunca había tenido la oportunidad de admirar la belleza de la infanta Elvira desde tan cerca y sin interrupciones, o que simplemente la alacena era demasiado pequeña y su sangre hervía con ira y decepción, pero encerrado en ese cuarto con la Señora de Toro había experimentado sensaciones que había olvidado hacía mucho tiempo.
