Capítulo 3
Disclaimer: El Cid no me pertenece, ni ninguno de sus personajes y/o tramas.
Una vez le pareció que se había calmado lo suficiente, Ruy salió de la pequeña despensa. Sus ojos tardaron unos instantes en ajustarse a la luz de las antorchas encendidas a lo largo del todo el corredor mientras se dirigía hacía el regio salón donde había tenido lugar el convite. Era la noche de bodas de su señor el rey Sancho y, sin duda, éste estaría deseando retirarse a sus aposentos, por lo que probablemente no necesitaría a su mano derecha hasta la mañana siguiente, pero Ruy quería comprobar si Jimena y Orduño aún seguían allí y, si así era, intentar, de algún modo, llamar la atención de ella. Era plenamente consciente de que la posibilidad de tener una conversación a solas con su amada era ciertamente remota, pero se sentía tan enfadado y decepcionado que sabía que no conseguiría conciliar el sueño si no lo intentaba.
Cuando llegó al salón del banquete se encontró con que la celebración había terminado y todos los invitados lo habían abandonado, aparentemente hacía ya rato, dado que apenas unos cuantos sirvientes se afanaban en apilar las mesas ya vacías para llevarlas a las cocinas, y no había rastro de comida ni bebida en toda la estancia.
Cabizbajo y desilusionado, y, muy a su pesar, deseando por primera vez en meses encontrar a Amina en su humilde aposento para poder olvidar, al menos durante unas horas, que Jimena se iba a desposar y que era muy probable que su señor declarara la guerra a Galicia, Ruy se sorprendió cuando oyó sollozos y lamentos provenientes del salón del trono. Alarmado, se giró y volvió a cruzar el pasillo. Nunca hubiera imaginado la escena que se encontró debajo de la balconada: en el suelo yacía la reina Sancha, inerte y con los ojos abiertos sobre un gran charco de sangre que manaba de su nuca. Sus hijos Sancho y Alfonso estaban agachados en torno a ella, uno a cada lado, mientras García, de pie, observaba atónito a su madre. La infanta Urraca, con el rostro desencajado, se apoyaba en el hombro de Alfonso, y, detrás de todos sus hermanos, ligeramente apartada, la infanta Elvira sollozaba, arrodillada sobre el frío suelo de piedra, sin desviar la mirada del cuerpo inmóvil de la reina.
Reunidos en un pequeño grupo detrás de la familia real, Don Bernardo, Orduño y varios nobles leoneses contemplaban la escena, con sus cabezas inclinadas en señal de respeto. Junto a ellos, las damas de compañía de la reina y las infantas, lloraban en silencio, impresionadas. Entre ellas se encontraba Jimena, que le miró apenada.
Olvidando totalmente su urgencia por hablar con Jimena, no comprendiendo muy bien por qué nadie a su alrededor hacía nada, y sintiendo enormemente el sufrimiento que la infanta Elvira estaba claramente experimentando, Ruy dejó de estar pendiente de su amada y se acercó a la Señora de Toro. "Mi Señora, levántese, el suelo está helado," susurró una vez que llegó a su lado, sujetándola suavemente por el brazo para ayudarla a levantarse y depositarla en un lujoso sillón de madera tallada que ocupaba la pared junto a la que Elvira se había dejado caer, de rodillas, al ver el cadáver de su madre cuando se había acercado desde sus aposentos al oír las voces de sus hermanos. Ella, como en trance, se dejó hacer y no dijo una sola palabra mientras mantenía su mirada clavada en su familia.
Una vez que comprobó que la infanta no parecía que fuera a dejarse caer de su asiento, Ruy se apartó rápidamente y se colocó detrás de los nobles leoneses, con la cabeza baja y sus manos detrás de la espalda. Apenas habían transcurrido unos instantes cuando oyó como su señor el rey Sancho daba órdenes a su privado y a Don Bernardo para que se hicieran cargo del cuerpo de su madre y organizaran todo lo relativo a su funeral y entierro en San Isidoro.
Cuando levantó la cabeza vio como Sancho cerraba, con mano temblorosa, los ojos de la reina Sancha y lentamente se erguía junto a ella. Viendo el grupo reunido detrás de ellos, se dirigió a Ruy. "¡Ruy, conmigo!" exclamó, haciendo una seña para que le siguiera, no sin antes pasar junto a su hermana Elvira y agacharse para abrazarla brevemente y besarla en la frente mientras Urraca contemplaba, celosa, la escena de amor fraternal que se desarrollaba ante sus ojos.
"Siento mucho su pérdida, mi Señor," dijo Ruy tras entrar en los aposentos reales.
"Muchas gracias, Ruy. Vienen días duros, quiero que tengas a las huestes preparadas lo antes posible," ordenó Sancho, como si no acabara de perder a su madre de manera totalmente inesperada.
Ruy le miró extrañado. Con los años había aprendido a conocer a su rey, sus puntos fuertes y sus debilidades, pero todavía había veces, como ahora, que le sorprendía. ¿No debería estar de luto por la muerte de su madre? ¿Incluso pasando tiempo con su recién estrenada mujer? Se había casado apenas hacía unas horas, y si la reina Sancha no hubiera fallecido, sin duda estaría disfrutando del inicio de su luna de miel, y, sin embargo, estaba pensando claramente en movilizar a su ejército.
"No me mires, así, Ruy. Tengo que defender la última voluntad de mi padre," explicó Sancho. Como su rey y señor, sabía que no le debía explicación alguna, pero valoraba enormemente la opinión de Ruy y le preocupaba que éste pudiera pensar que se equivocaba.
Ruy asintió frente a él, con sus manos en la espalda. "Lo sé, mi Señor, y yo le ayudaré y serviré en todo lo que pueda."
Impresionado como estaba por la repentina muerte de su madre, aunque no lo pareciera a simple vista, las palabras de su mejor vasallo emocionaron al rey, quien dio un paso al frente y posó su mano sobre el hombro de Ruy en señal de afecto. "La verdad es que no concibo un vasallo más leal que tu, Ruy. Supongo que tardaremos uno o, a lo sumo, dos días en enterrar a la reina; tiempo suficiente para obtener de mi hermano Alfonso el permiso para que las tropas de Castilla atraviesen León camino de Galicia," explicó. "Y no quiero que mientras tanto nuestras huestes estén ociosas, que se preparen ya para la batalla," añadió, mirándole fijamente.
Ruy volvió a asentir mientras su señor daba un paso atrás y paseaba por la amplia habitación. "Sí, mi Señor. Partiré de inmediato hacia Castilla para reunir las mesnadas y organizar el aprovisionamiento de armas y víveres." Ya se retiraba cuando oyó la voz de su señor con un tono más suave del habitual.
"Gracias, Ruy, por haber estado pendiente de mi hermana Elvira antes. Ella es quien más va a sufrir con la muerte de nuestra madre, y ninguno de nosotros... ha sido... capaz de... darse cuenta en el momento…" dijo Sancho prácticamente arrastrando sus palabras. No se sentía cómodo hablando de sus sentimientos, pero quería hacerle saber al Campeador que apreciaba sinceramente el gesto que éste había tenido para con su hermana cuando toda su familia y sus damas de compañía parecían haberse olvidado de ella.
"Solo hice lo que tenía que hacer, mi Señor," le contestó Ruy, y con una pequeña inclinación de cabeza abandonó la estancia.
Camino de su humilde aposento para reunir sus escasas pertenencias y ensillar su caballo para dirigirse a la corte castellana, iba pensando en que parecía que la guerra entre Castilla y Galicia resultaba ya imparable dada la determinación de su rey y que la reina Sancha no estaba ya para poner paz entre sus hijos, y que finalmente no tendría la oportunidad de ver ni mucho menos hablar con Jimena antes de partir, cuando la imagen de una silueta femenina al fondo del pasillo llamó poderosamente su atención. Al llegar a la antesala del salón del trono pudo comprobar que era la infanta Elvira, quien nada más verle se acercó a él. Ruy observó con sorpresa que estaba únicamente vestida con lo que parecía una elegante y fina camisa de dormir adornada con diversos bordados y lazos. Pero antes de que pudiera decir nada, la Señora de Toro se llevó el dedo índice a los labios para indicarle que no hiciera ruido y, posando decididamente su mano en la muñeca de él, tiró de su brazo hasta llegar a una zona oscura al fondo de la sala porticada, empujándole suavemente hasta quedar ambos escondidos tras un ancho pilar de piedra.
