Capítulo 4
Disclaimer: El Cid no me pertenece, ni ninguno de sus personajes y/o tramas.
"Mi Señora, no debería estar aquí…" dijo Ruy tan pronto sintió su espalda contra la sólida y fría columna de piedra.
"Shh," Elvira le recordó que no debían hacer ruido, apartando su pequeña mano del brazo de él, y situándose junto al escudero de su hermano, ambos ocultos tras el pilar. La noche había caído hacía ya más de una hora y el silencio era sepulcral en todas las estancias de la corte leonesa tras el triste acontecimiento ocurrido por la tarde. "Sabía que estabas con mi hermano Sancho y quería saber si sigue empeñado en atacar Galicia," añadió en un tono de voz muy bajo.
Ruy suspiró. No tenía buenas noticias a ese respecto y, además, entendía que no debía ser él quien se lo comunicara a la infanta Elvira. Como sin duda le diría su abuelo si supiera que estaba en esta situación, ese no era su sitio. "Mi Señora, con el debido respeto, creo que debería hablar con mi Señor el rey Sancho…" susurró.
Elvira sacudió su cabeza y cerró fuertemente sus ojos. Sabía que su hermano Sancho no querría hablar con ella de ese tema y, además, la sucinta respuesta de Ruy le había dicho lo que quería saber. Efectivamente el rey de Castilla, su hermano mayor, tenía la intención de declarar la guerra a Galicia, donde reinaba el más pequeño de sus hermanos. Y todo por sus tierras, ese Señorío de Toro que le había dejado su padre en sus últimas voluntades y que ahora era el pretexto perfecto que tenía Sancho para atacar Galicia y empezar así a reunificar los reinos que el testamento de Fernando I había dividido. La infanta no tenía dudas de que la intención de su hermano mayor era defender sus tierras y, con ello, la última voluntad de su padre, pero sabía también que durante muchos años había sido el príncipe heredero de todos los reinos de sus padres y que había recibido la noticia de que sería únicamente el rey de Castilla con sorpresa, desagrado y decepción. Y ahora la defensa del honor de Toro le podía facilitar ser también rey de Galicia y de esta manera enmendar el error que, según su parecer, había cometido su padre al dividir los reinos. ¿Y cuál sería la postura de su otro hermano, Alfonso VI de León, en todo esto? ¿Y Urraca? Seguro que su hermana no se quedaría de brazos cruzados; sin duda algo tramaría para favorecer los intereses de Alfonso, su hermano predilecto. Elvira sentía como la preocupación y la incertidumbre la invadían por momentos.
"Así que es cierto…" murmuró tristemente, bajando la cabeza. A pesar de la poca luz, Ruy percibió claramente su gesto apesadumbrado. "No me mientas, por favor Ruy, entiendo que eres leal a Sancho pero ya me rodean suficientes mentiras…" añadió Elvira en cuanto percibió que él iba a decir algo.
Ruy volvió a suspirar. Sabía que una mentira piadosa por su parte ahora no serviría de nada; la infanta era inteligente y conocía perfectamente las circunstancias y ambiciones de cada uno de sus hermanos. "Mi Señora, yo… lo siento mucho…" fue todo lo que se le ocurrió decir, bajando también la cabeza y cruzando sus manos en la espalda. La apreciaba sinceramente y le apenaba que tuviera que pasar por este sufrimiento.
"No es culpa tuya Ruy…. Gracias por, al menos, escucharme…" le agradeció Elvira de corazón. Sus padres, sus hermanos, los nobles de la corte… siempre le habían ocultado todo aquello que pensaban que podría hacerla sufrir; sabía que lo hacían con la intención de protegerla, pero su afán de protección solo hacía que se sintiera como una niña pequeña. Era perfectamente consciente de que, por su posición, no era dueña de su destino y que sus padres tomarían siempre las decisiones relevantes: con quien se casaría, donde viviría, a quien tendría a su servicio… Lo habían hecho desde su nacimiento y lo harían mientras vivieran. Muertos sus padres, esperaba que el encargado ahora de decidir todo lo concerniente a ella fuera su hermano mayor Sancho, porque dudaba mucho que todos sus hermanos pudieran ponerse de acuerdo en algo, y lo que menos quería era verlos discutir por su causa más de lo que lo estaban haciendo ya con todo este lío de Toro. Pero, teniendo eso asumido desde siempre, llevaba muy mal el hecho de que se le ocultaran las cosas. "Que no me dejen decidir no supone que no pueda saber, y que no tenga una opinión," se solía decir a sí misma cada vez que percibía que no le contaban la verdad sobre algo. Por eso apreciaba especialmente a Ruy, porque siempre la había tratado como a uno más, como alguien que era capaz de pensar, decidir y sentir por su cuenta.
Debido tanto a las noticias que acababa de conocer como al frío reinante en la oscura estancia de la corte en la que se encontraban, la infanta comenzó a temblar incontroladamente, y el castaño de sus dientes fue evidente cuando pronunció el final de su frase.
"Mi Señora, está temblando," dijo Ruy al darse cuenta, levantando la cabeza para mirarla. El ancho pilar de piedra tras el que se escondían proyectaba una profunda sombra sobre la tenue luz de las antorchas que iluminaban la estancia contigua, pero estaban tan cerca que el temblor del cuerpo de la infanta se percibía incluso en la oscuridad.
Elvira resopló, encogiéndose de hombros mientras le miraba también. "Urraca y mis damas, que se empeñaron en que me preparara para acostarme, como si fuera una niña pequeña que pudiera dormir con todo lo que está pasando…" se quejó, intentando dominar como podía las sensaciones de frío y preocupación que le embargaban.
"Solo quieren ayudarla, mi Señora," le aseguró Ruy, mientras se quitaba la rudimentaria chaqueta que llevaba sobre su humilde camisa, y se la pasaba suavemente por los hombros. Si bien no era más baja que él, la infanta tenía una constitución menuda y la prenda tendía a resbalarse sobre la lujosa tela de su camisa de dormir, por lo que torpemente y procurando tocarla lo menos posible, intentó ajustarla lo más posible a su pequeña figura.
A Elvira le conmovió fuertemente el gesto; no sólo el amable detalle en sí mismo sino el cuidado con el que el fiel escudero de su hermano había depositado la prenda de abrigo sobre su cuerpo tembloroso, teniendo además la precaución de acomodarlo para abrigarla lo más posible. Que el héroe de Graus fuera capaz de semejante delicadeza hizo que notara mariposas en su estómago en su presencia una vez más. Y esta vez sin necesidad de ver su semblante sonriente, aunque dudaba que Ruy estuviera sonriendo ahora mismo. Siempre había admirado su empatía y generosidad, además de su lealtad, y estaba segura que ahora estaría haciendo suyo parte de su sufrimiento.
"Gracias Ruy, pero te vas a congelar. Una vez oí a unos escuderos quejarse de que en vuestras habitaciones no hay fuego ni manera de calentarse en invierno, que no fuera… bueno, mejor no lo repito..." se atrevió a decir, sonrojándose en la oscuridad, deseando que este encuentro con Ruy se prolongara en el tiempo. Si de ella dependiera, le conduciría a una de las salas de la corte y estaría hablando con él durante un rato más. Entendía perfectamente el aprecio que su hermano Sancho tenía por él, y cómo confiaba en su criterio, y no por primera vez deseó tener las mismas posibilidades que su hermano para departir y tratar con el Campeador con habitualidad.
"No se preocupe por mí, mi Señora, he de partir a Castilla de inmediato…" dijo Ruy de manera automática, intentando con todas sus fuerzas la reacción que en él había causado el comentario distendido de la infanta. Sin saber que estaba pensando lo mismo que ella, deseó poder hablar con ella tranquilamente en una estancia iluminada, sin tener que esconderse, y poder, en lo posible, intentar tranquilizarla respecto a lo que estaba por venir.
"Prométeme una cosa, Ruy…" Gruesas lágrimas rodaban ahora por las mejillas de Elvira, y cuando pronunció su nombre pareció más un sollozo que otra cosa.
Conmovido por la tristeza de la infanta, Ruy instintivamente alargó su mano y le acarició la mejilla, secando con su pulgar sus lágrimas. "Prométeme que cuidarás de Sancho, que serás su sombra y que …" continuó ella, que dejó a medias su frase al iluminarse de repente el espacio en el que se encontraban.
Cuando ambos se giraron súbitamente, con la mano de él todavía sobre el rostro de ella, vieron a Jimena, que sostenía un elaborado candelabro con varias velas mientras miraba a ambos claramente sorprendida.
